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jueves, 28 de febrero de 2013

La metamorfosis de Frank Kafka



La metamorfosis (Die Verwandlung, en su título original en alemán) es un relato de Franz Kafka, publicado en 1915 y que narra la historia de Gregorio Samsa, un comerciante de telas que vive con su familia a la que él mantiene con su sueldo, quien un día amanece convertido en una criatura no identificada claramente en ningún momento (Wikipedia).



artículo de Wikipedia - imágenes - Análisis de la obra en paginaspersonales.deusto.es - Audiolibro en albalearning.com - La metamorfosis de Frank Kafka (vídeo con fragmentos extraídos de la novela) por elDoctoErudito - trabajo universitario que resume en vídeo la novela - Franz Kafka: La Última Historia ( Documental ) - Análisis de Ignacio Arellano - Introducción a la obra y al autor en realidadyficcion.eu - "Algunas consideraciones críticas sobre Kafka y La Metamorfosis" por Dr. Luis Quintana Tejera (Universidad Autónoma del estado de México) - reseña de Cristina Caviedes - Prólogo, primer capítulo y actividades de la Editorial Octaedro - La metamorfosis de Frank Kafka (presentación en PowerPoint) por Carlos Garcés Muñoz - La Metamorfosis (Cómic en Slideshare) - Análisis de la novela de Kafka (Sildeshare) por Rafael del Moral





Análisis de la novela de Kafka (Sildeshare) por Rafael del Moral


La Metamorfosis (Cómic en Slideshare)


La metamorfosis de Frank Kafka (presentación en PowerPoint) por Carlos Garcés Muñoz

La metamorfosis de Frank Kafka (vídeo con fragmentos extraídos de la novela) por elDoctoErudito



Breves extractos de La Metamorfosis, la novela corta escrita en 1915 por el autor checo Franz Kafka. En La Metamorfosis se tratan temas como el aislamiento, la soledad, el egoísmo, las relaciones rotas o el trato de una sociedad autoritaria hacia el individuo diferente, donde éste queda aislado e incomprendido ante una maquinaria institucional abrumadora y la monotonía que ni él comprende ni ésta lo comprende a él.

lunes, 23 de abril de 2012

Leer a Kafka estimula el cerebro


leer-kafkaLeer a Franz Kafka puede hacernos más inteligentes, según revela un nuevo estudio de la Universidad British Columbia y la Universidad de California.

La clave está en el surrealismo presente en textos como Un médico rural, escrito por Kafka en 1918. Según explica Travis Proulx, coautor de un estudio que publica la revista Psychological Science, "elsignificado de una cosa es una asociación esperada con nuestro propio entorno". Así, por ejemplo, el fuego se asocia con calor extremo, de modo que poner la mano sobre una llama y sentir de repente un frío extremo sería una “amenaza” para el significado de fuego.”Sería desconcertante, porque no tendría sentido”, explica Proulx. Y esa es la sensación que causan algunos textos de Frank Kafka.

Para comprobar sus efectos sobre el cerebro, Proulx y sus colegas pidieron a una serie de voluntarios que leyeran la historia de Un médico rural, en la que se suceden acontecimientos disparatados, mientras otros compañeros leían una versión diferente del mismo relato reescrita de forma que todo cobraba sentido. A continuación se les propuso un ejercicio de gramática, que los que habían leído al auténtico Kafka resolvieron con mejores notas.

“Las personas nos sentimos incómodas cuando las asociaciones que esperábamos resultan violadas, y eso crea un deseo inconsciente de dar sentido a lo que nos rodea”. Esa sensación incómoda puede venir de una historia surrealista y “nos incita a aprender nuevos patrones cerebrales, a desarrollar una mayor capacidad de aprendizaje” , concluyen los investigadores.


domingo, 11 de marzo de 2012

1912, viaje al año del ‘big bang’ de Kafka por RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN



Hace un siglo el escritor vivió una eclosión creativa que cambiaría el rumbo de la literatura
El atormentado literato facturó Contemplación, La condena y La metamorfosis

1912 es un año decisivo en la vida y obra de Kafka. Tanto que, en su devenir, ni la una ni la otra, inextricablemente unidas, resultan comprensibles sin atender a ese tiempo eje. Varias son las razones que validan semejante argumento. En primer lugar, el 13 de agosto de aquel año Kafka conoce a Felice Bauer en casa de los padres de Max Brod. De todas las mujeres que articulan la vida emocional de Kafka, ninguna como Felice retrata no sólo lo que Kafka llegará a ser, sino sobre todo lo que nunca será: esposo, padre, un hombre con raíces. La relación con Felice, su vértigo de compromisos una y otra vez aplazados o rotos, dibuja con singular empeño esa infernal soltería, esa incapacidad (y, a la vez, ese terrible anhelo) para una vida doméstica al uso, que Kafka elevó a rango de inolvidable literatura.

Franz Kafka / SCIAMMARELLA
Pero no solo la vida sentimental de Kafka queda marcada para siempre en 1912. También su vocación como escritor, su pasión y condena literaria, se cincelan aquel año. Tres datos bastan para confirmar dicha idea. A finales de 1912, Kafka ve publicado su primer libro: las prosas de Betrachtung, conocidas entre nosotros como Contemplación, un título sin duda menor pero no por ello menos crucial para la historia íntima de la literatura. Con todo, esta publicación no es lo más importante en el terreno creativo del año del que hablamos. Porque dos sucesos de hondísima significación marcan su trabajo en esas fechas.

De un lado, la revelación del "lugar natural" de la escritura de Kafka: la noche, el insomnio, las tinieblas en las que el autor de Praga desarrollará la parte del león de su trabajo. La noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, a lo largo de ocho horas ininterrumpidas de escritura, Kafka factura La condena, uno de los textos capitales para comprender la visión del mundo del narrador checo. Y lo hace en un estado casi mediúmnico, acaso sólo comparable al que embargará a Pessoa una noche de marzo de 1914 al pergeñar cincuenta poemas de El cuidador de rebaños. Poseído por un dios feroz y a la vez dadivoso, Kafka descubre aquella noche cuál será a partir de entonces su relación con la literatura. Mientras los demás duerman el sueño de los justos, descansando de sus afanes y miserias, él volcará su inquietante universo en interminables veladas que, como un motivo opaco, dibujan una de las telas mayores de la literatura de todos los tiempos.


El último eslabón literario para contemplar 1912 como año de gracia en la vida de Kafka es el más conocido. Entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912, en apenas tres semanas, Kafka escribe uno de los textos decisivos de la sensibilidad occidental del siglo veinte, y con pocas dudas el fragmento que con mayor hondura ha reflejado el angst del sujeto contemporáneo: durante veinte fecundas noches, en la Niklasstrasse de Praga, nuestro hombre redacta, para asombro de las generaciones futuras, La metamorfosis.

En puridad, no se puede prescindir de Kafka para entender en qué se ha convertido la literatura durante el pasado siglo. En 1964, en un ensayo justamente célebre, La locura, la ausencia de obra, Foucault asegura que "es tiempo ya de comprender que el lenguaje de la literatura no se define por lo que dice, ni tampoco por las estructuras que lo hacen significante, sino que tiene un ser y que es este ser lo que hay que interrogar". La conclusión de Foucault al respecto de este problema es rotunda: "El ser de la literatura, tal como se manifiesta desde Mallarmé y llega hasta nosotros, alcanza la región donde, desde Freud, tiene lugar la experiencia de la locura". Así, el demiurgo de la literatura dialoga con esa instancia que dice todo lo que nuestra vida reglamentada, formalista, constreñida por la prevención y las costumbres, calla. La intuición foucaultiana tiene notables adeptos: "En este siglo", escribe DeLillo en Los nombres, "el escritor ha sostenido una conversación con la locura. Casi podríamos decir que el escritor del siglo veinte aspira a la locura. Para un escritor, la locura es la destilación última de sí mismo, una versión final. Equivale a apagar el sonido de las voces falsas".

Como ese espejo deformante y audaz en que se refleja el escritor, Kafka resulta inagotable e ineludible. No sólo su apellido ha pasado a las lenguas cultas del mundo para definir una situación determinada (lo kafkiano), sino que su personalidad y su obra han legitimado el nacimiento de lo que, a falta de un nombre mejor, se denomina kafkología. La nómina de intelectuales que han prestado su talento a desentrañar las circunstancias de esta ciencia de lo kafkiano, de este logos interminable, es abrumadora. Sin ánimo exhaustivo, basta recordar los nombres de Theodor Adorno, Walter Benjamin, Elias Canetti, Milan Kundera, Robert Musil, Marthe Robert, Jean Starobinski e incluso David Foster Wallace, quien en 1999 dedicó al humor en Kafka un brevísimo ensayo, el iluminador Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante, recogido en Hablemos de langostas.

Su obra, cien años después, nos sigue interrogando, conmoviendo y desconcertando
Los compromisos emocionales, el carácter sagrado de la escritura, la perspectiva de la locura y, en resumidas cuentas, todo el elenco avasallador del pathos de Kafka nos interrogan con fuerza en el último estudio sobre el autor vertido a nuestra lengua, el ensayo de Pietro Citati concisamente titulado Kafka, que publicado por Acantilado recoge la edición italiana de Adelphi de 2007, a la que el erudito florentino añade nuevas consideraciones y material inédito respecto al original de 1986. Contempla aquí Citati a Kafka a través de su relación con las mujeres (Felice, por descontado, pero también Milena y su última compañera, la jovencísima Dora Diamant), a través de su vínculo con la escritura en su doble dimensión de don y de fatalidad, y a través de un puñado de obras mayúsculas: sus tres novelas (El desaparecido, El proceso y El castillo), algunos relatos extraordinarios (Durante la construcción de la muralla china, La madriguera e Investigaciones de un perro) y los fascinantes Aforismos de Zürau, sublimación del genio y el padecimiento kafkianos.

El resultado, discutible en ocasiones (la lectura abiertamente “teológica” que Citati propone de Kafka parece a menudo forzada), memorable en otras (la conversión de Kafka en personaje casi novelesco es notabilísima), redunda en todo caso en la convicción expresada por Adorno en sus Apuntes sobre Kafka: “El momento de la respuesta, al que todo apunta en Kafka, es aquel en que los hombres se dan cuenta de que no son sino cosas”. Y es que, siempre moderno, irreductible a un único punto de vista, enigmático en definitiva como todo gran creador, Kafka amaneció a la eternidad de la literatura hace ahora un siglo. Su obra, cien años después, nos sigue interrogando, conmoviendo y desconcertando con la enormidad de lo imperecedero.

*Ricardo Menéndez Salmón es autor de novelas como La ofensa y La luz es más antigua que el amor (ambas en Seix Barral)

jueves, 9 de febrero de 2012

Hallazgos del planeta Kafka


Por:
Blogs ELPAIS.com
08/02/2012

Dibujos_kafka_editorial_sextopiso

Un recorrido por la invención de un mundo y su habitante central, Franz Kafka, de la mano de Pietro Citati, el gran escritor y crítico italiano. Un libro ensayístico que se puede leer como una novela y autobiografía que EL PAÍS avanza hoy en exclusiva. Kafka, lo publicará Acantilado el 17 de febrero.

Puedes ver aquí el avance literario de Kafka, de Pietro Citati.

Por Justo Navarro


No es una biografía el Kafka de Pietro Citati (Florencia, 1930), y ni siquiera es un ensayo. Es más una meditación, una digresión, una manera de pensar y contar a la vez, una novela, podríamos decir: invención de un mundo y de su habitante central, Franz Kafka, en una época en que los escritores se han convertido en criaturas fabulosas, escarabajos o equilibristas o simios parlantes, héroes que imaginan universos de fábula y también los habitan. Pietro Citati mira y se encarna en los mundos kafkianos, los describe, los nombra. Pero no invade el planeta K: se deja invadir por los días, los sueños, los diarios, las cartas de amor, las visiones, los seres, los lugares de Kafka, maniáticos cuartos de soltero, pensiones que parecen “una tumba familiar o una fosa común”, teatros o hipódromos burlescamente paradisíacos, angustiosos juzgados, fábricas, oficinas, colonias penitenciarias, castillos inalcanzables, las inagotables tramas narrativas de Franz Kafka, el abogado de Praga.

Pietro Citati, que alguna vez declaró su antagonismo con esos estudiosos de la literatura que estudian más a los críticos que a los propios escritores, ha practicado con sus autores íntimos, Goethe, Tolstoi, Proust o Kafka, una familiaridad cotidiana, como si su proximidad obedeciera a una necesidad semejante al alimento o el sueño. Muchos años después de escribir su Kafka, y como si fuera uno de sus lectores, se sentía deseoso de continuar su incursión por las páginas kafkianas más hondas. Su inmersión en Kafka puede seguirse como el diario personal de Citati, lector de las profundidades, o, según sugirió Giorgio Manganelli, como una autobiografía que habla de uno mismo hablando de otro. Acata los instrumentos narrativos del autor explorado, sus “principios simplísimos”, como escribe Citati: el narrador desaparece. Y así parece desaparecer el narrador Citati, que, sin embargo, existe imaginando o fabulando las voces, la conciencia, las experiencias de su extraordinario personaje. 

La óptica de Citati descubre las criaturas, objetos y mundos kafkianos siguiendo los métodos de Kafka, que “no buscaba la multiplicidad, sino concentración, enclaustramiento…”. Pero, aunque Citati no parece haber oído jamás la risa del humorista Kafka, su meditación no conduce a la oscuridad, sino a la transparencia, a una claridad misteriosa. “Recorremos los grandes libros de Kafka como el cuerpo mismo del Enigma”. Como en una historia de misterio, la intriga empieza desde la irrupción del personaje fantástico en escena: todos los que se cruzan con él tienen la impresión de que lo rodea “una pared de cristal”. Pietro Citati le decía un día a Paolo Mori que le interesan los escritores que avanzan a tientas intentando descifrar el mundo y descifrarse a sí mismos. No hay en Kafka intención de escribir una teoría de Kafka, porque las teorías, según el propio Citati, violentan, deforman e incluso destruyen los objetos que estudian. Hay percepción de una realidad, reflexión en curso que se vuelve amorosa y esplendente narración. A esto quizá podríamos llamarle gran novela.


Imagen: Tomado de Franz Kafka. Dibujos,  del libro editado en Sexto Piso.

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