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sábado, 9 de junio de 2012

Dioses, ángeles y demonios, con mayúscula






Los nombres propios de dioses, ángeles y demonios se tratan como eso: nombres propios, y, por tanto, se escriben con mayúscula inicial:

(1) Jehová sacó a su pueblo de Egipto

(2) El Espíritu Santo se dirigió a María

(3) La exclamación ojalá está formada sobre el nombre de Alá

(4) El arcángel Gabriel es el mensajero de Dios

(5) Abadón es el ángel del abismo sin fondo

(6) Lucifer tentó a Cristo

La mayúscula se extiende a las advocaciones, títulos o apelativos que se suelen unir a estos nombres:

(7) Me voy a rezarle un rosario a Jesús del Gran Poder

(8) Tú no apruebas ni aunque se te aparezca María Auxiliadora

(9) Palas Atenea se llamaba así por ser la protectora de Atenas

También se deben escribir con mayúscula las denominaciones antonomásticas que aparecen en lugar del nombre propio (por ejemplo, la Virgen por María, el Altísimo por Dios, etc.), así como los apellidos o advocaciones que las acompañan:

(10) En Cáceres hay mucha devoción por la Virgen de la Montaña

(11) Esta iglesia está dedicada a Nuestra Señora de las Angustias

(12) No te dejes tentar por el Maligno, insensato

Como se puede ver, la mayúscula no se hace extensiva al artículo (10, 12), aunque sí a veces a otros determinantes (11) si se considera que forman parte de la denominación.

Mención aparte merece el nombre dios. Cuando se usa como nombre propio, se escribe con mayúscula:

(13) Ya puedes ir encomendándote a Dios, que de esta no te libra nadie

En cambio, cuando funciona como nombre común, se escribe con minúscula:

(14) Tor es el dios del trueno

(15) Los dioses griegos se parecían sospechosamente a los seres humanos

(16) El dios Apolo se enamoró de la hermosa Dafne

El caso de (16) es análogo al de los nombres comunes ángel, arcángel, demonio, etc. cuando acompañan al nombre propio de uno de estos personajes. Como nombres comunes que son, se escriben en minúsculas:

(17) El arcángel Miguel es el jefe de los ejércitos

(18) Antiguamente se creía que el mago Merlín era hijo del demonio Asmodeo

La Ortografía de la lengua española de 2010 prescribe además que los nombres diablo y demonio, referidos a Satán, se escriban con minúscula:

(19) Una vecina le denunció porque decía que invocaba al demonio

(20) El diablo se complacía especialmente en tentar a los ermitaños

Cabe preguntarse si en esto último no habrán pesado más las consideraciones religiosas que las puramente ortográficas.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Un partido entre Dionisos y Apolo


Termina el año, un año de profunda crisis en casi todos los ámbitos de la vida. Lo cierro con esta última entrada, la número 100 del mes de diciembre, la número 601 de este 2011 que toca fondo. Elijo a uno de mis columnistas favoritos, Manuel Vicent, y el periódico que me acompaña día y noche (más noche), mi fiel amigo, El País, que mantiene un nivel altísimo de información de calidad, entretenimiento y amenidad. Por otro lado, en esta columna confluyen dos de mis grandes pasiones, el deporte y la filosofía griega, que tanto tienen en común. Las dos caras del ser humano, dentro de la tragedia. Espero una réplica de Vicent, que gire en torno a la comedia; seguro que encuentra dos deportistas de tan alto nivel como mis admirados Nadal y Federer.



MANUEL VICENT 

EL PAÍS - 31-12-2011




El origen de la tragedia nace de la pelea entre los dioses Apolo y Dionisos, de la que se deriva toda la filosofía griega, según Nietzsche. Desde la tribuna de una cancha de tenis, mientras Federer y Nadal disputan la final agónica de un Gran Slam, Nietzsche podría explicar esta lección. Federer encarna lo apolíneo, que es ese lado platónico del espíritu, donde se genera el equilibrio, la forma y la medida; en cambio, Nadal representa lo dionisiaco, la parte socrática que expresa la pasión, el exceso y el instinto. Solo en casos muy excelsos Apolo y Dionisos se ponen de acuerdo en regalar sus fuerzas contrarias a un solo héroe para que disuelva en ellas su individualidad, siendo puro y orgiástico al mismo tiempo. Decidir quién de estos dos tenistas merece semejante don, he aquí el origen de la tragedia.
Juega Roger Federer. El tenis parece un deporte fácil, elegante, mesurado, que no genera sudor alguno ni requiere ningún esfuerzo especial. La raqueta golpea de forma listada, metódica, y de ella sale la pelota volando a una velocidad ingrávida hacia un punto exacto, solo con la fuerza necesaria, fuera del alcance del adversario. Juega Rafa Nadal. El tenis parece un deporte sobrehumano, propio de un atleta explosivo. Cada golpe imposible, más allá de toda medida, va acompañado de un grito de dolor o tal vez de placer orgásmico. Nadal suda. No importa. El sudor de Nadal es su corona.

Rafa Nadal es un zurdo artificial. Con la derecha come, escribe, lanza al público la muñequera y firma en la pantalla sus victorias. La ventaja que de niño le daba jugar con la zurda hoy se ha convertido en un hándicap grave en las pistas rápidas de cemento. Su saque carece de fuerza suficiente para ser un golpe determinante, pero esa dificultad es su estímulo y Dionisos le cede muchas veces el propio brazo a cambio de un gemido. Hace unos años, el adolescente Nadal vestía en la pista pantalones de pirata y tenía una mirada obsesiva de guerrero apache. Sus ojos concentrados expresaban una disposición a resistir la adversidad a cualquier precio hasta la agonía solo con la mente. Ante el saque mortal del adversario, Nadal todavía parece mirarse hacia dentro de sí mismo, pendiente de su cerebro más que del azar de la pelota.

En sus inicios, el Federer adolescente comenzó rompiendo raquetas sin poder dominar la cólera. A cada derrota le seguía un llanto. Sus entrenadores sucesivos lo sometieron a una doma y su desequilibrio fue corregido a tiempo hasta alcanzar la serenidad del héroe frío incapaz de mostrar ninguna pasión. Su juego perfecto lleva a la admiración. Parece imposible alcanzar esa suavidad mortal, matemática en cada golpe, sin despeinarse, sin ninguna crispación, pero el don apolíneo de Federer necesita una pista rápida y cubierta, con el espacio bajo control, a salvo de cualquier polvareda de tierra, para que la perfección platónica y pura que se deriva de las esferas no encuentre ninguna distorsión entre la mente del héroe y su raqueta. Solo aquella vez en que Federer perdió el Gran Slam de Australia contra Nadal y no pudo evitar las lágrimas se supo que Dionisos tampoco andaba lejos.

Ese Nadal duro, agónico, resistente, que antes de cada saque se tira del pantalón y se mete la greña dentro de la sudadera como dos gestos rituales con que invoca a su dios, somete a sus fieles al sacrificio de compartir su esfuerzo y su sufrimiento hasta llegar a la explosión de la victoria como una orgía dionisiaca. Apolo es el don de la claridad, pero Dionisos posee el espíritu de la tierra, por eso en la pista de tierra Nadal todavía es invencible. Con estos dos tenistas puede fabricarse el héroe perfecto: Federer aporta la coordinación y la facilidad; Nadal, la mentalidad y el sacrificio; la helada suiza de los sentimientos envasados frente al Mediterráneo lleno de naturalidad. Apolo y Dionisos, según la lección de Nietzsche sobre la tragedia.


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