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domingo, 19 de agosto de 2012
La sima de Pío Baroja (Ciudad Seva)
jueves, 5 de abril de 2012
PIO BAROJA Y MADRID.
Subido por modernismozuloaga el 18/07/2011
Pio Baroja, uno de los narradores españoles más personales de todos los tiempos hace una narración sobre Madrid en su texto Lo que queda de España, dentro de sus memorias En la última vuelta del camino.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Descripción de "el Libertario" en Aurora roja de Pío Baroja (Capítulo 1, Segunda Parte)
El que hablaba con Juan era un hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.
Había dedicado un artículo elogioso al grupo de Los Rebeldes, y luego había buscado a Juan para conocerle.
Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre delgado y alto, de nariz corva, barba larga y modo de expresarse irónico y burlón. A pesar de que a primera vista parecía indiferente y bromista, era un fanático. Trataba de convencer a Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos largos y delgados su barba de prócer, suave y flexible. Para él, lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. Él no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas de bien y de mal tenían que transformarse por completo, y con ellas, las del deber y la virtud.
Hacía sus afirmaciones con cierta reserva y, de cuando en cuando, observaba a Juan con una mirada escrutadora.
El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin alardes, iba exponiendo sus doctrinas.
Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer a los artistas de cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid llegó a intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado de ver una gente mezquina e indelicada, una colección de intrigantuelos, llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con todas las malas pasiones de los demás burgueses.
Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe de los artistas la puso de lleno en los obreros. El obrero era para él un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y tampoco notaba que si a los obreros les faltaba la envidia, les faltaba también, en general, el sentimiento del valor, de la dignidad y de la gratitud.
Descripción de "las Escombreras" (entre Vallermoso y el Paseo de Areneros) en Aurora roja de Pío Baroja
Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros una ancha y extensa hondonada que lentamente se va rellenando con escombros. Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de cascote, ni el más humilde cardo se decide a poblarlos.
Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos, chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran a filosofar lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol y perros vagabundos. En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas. En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.
En esta hondonada, en el borde del paseo de Areneros, al lado de unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él, una taberna, un juego de bolos y una churrería.
El juego de bolos estaba en medio, la taberna a su derecha y la churrería a la izquierda. La taberna se llamaba oficialmente «La Aurora»; pero era más conocida por la taberna del Chaparro. Daba al paseo de Areneros y a un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón a la entrada, y una muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las mañanas, solían verse cuatro o cinco barreños con ceniza, y encima, unos pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de cuerda que iban a comer allí.
El local tenía sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y continuamente había, cerca de la ventana, un reloj parado de caja grande pintarrajeada.
La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él, salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada con una caperuza.
Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique o biombo, hecho con trapos sujetos con un alto bastidor. En el fondo, en un sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.
Dando la vuelta al juego de bolos había una casita blanca casi cubierta con enredaderas; detrás de ésta, un antiguo invernadero arruinado, y junto a él, una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas abiertas y sin cristales, que servía de refugio a las gallinas. La churrería, la taberna y el juego de bolos eran de los mismos dueños: dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.
Descripción de "la Salvadora" en Aurora roja de Pío Baroja
La Salvadora se fue con la Fea, a la que consideraba como su hermana; pero, a los pocos días, salió de la casa porque Jesús no la dejaba a sol y a sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. Entonces, la Salvadora fue a vivir con Manuel y con la Ignacia. Pactaron que ella daría una parte a la Ignacia, para la comida de su hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde trabajaba Manuel.
Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fue la depositaria del dinero, y la Ignacia, la que llevaba el peso de la casa y hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.
Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la Salvadora y la Fea habían puesto, entre las dos, una tienda de confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba todas las mañanas a la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de bordado, y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y, al cabo de cuatro o cinco meses, iban, por la tarde, cerca de veinte chiquillas con sus bastidores a aprender a bordar.
Este trabajo, de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche en casa, y la falta de sueño, tenían a la muchacha flaca y con grandes ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que persistía en ella era su amor al trabajo. A los veinte años, la Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiera podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.
Tenía la nariz corta, los ojos oscuros, grandes, el perfil recto y la barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de tesón.
Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le ocultaba la frente, y esto contribuía a darle un aire más imperioso.
Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y sonreía variaba por encanto.
Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez que despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero, a veces, sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un cuchillo.
Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la ironía y la gracia; otras, como un sufrimiento lánguido, contenido, producía a la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas, palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y un gatito rojo, que se llamaba Roch.
Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la calle Ancha y esperaba a la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos, hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la mayoría, finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos maliciosos, oscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón, y sin nada a la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer la Salvadora: en invierno, de mantón; en verano, con su traje claro, la mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba del grupo de sus amigas y se acercaba a Manuel, y los dos juntos marchaban calle arriba, hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin cambiar una palabra.
Descripción de "la calle Magallanes" en Aurora roja de Pío Baroja
La casa estaba en esa plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de Magallanes, cerca de antiguos y abandonados cementerios. Limitaban la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en larga tapia. Este edificio amarillo, con su bóveda pizarrosa, su tinglado de hierro y su campana, era, a juzgar por un letrero medio borrado, la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.
A derecha e izquierda de esta iglesia seguía una tapia medio derruida; a la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña, por cuyas rendijas se veía el cementerio, con los nichos vacíos y las arcadas ruinosas; a la derecha, en cambio, la pared, después de limitar la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso, formando uno de los lados de la calle de Magallanes, para lo cual se unía a las verjas, paredones, casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras de otros. Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San Luis y San Ginés y la Patriarcal.
Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.
Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de fúnebre como la de Magallanes.
En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente fúnebre, de una funebridad única e indivisible. Solamente podía parangonarse en especialización con ella alguna otra callejuela de barrios bajos y la calle de la justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre todo, dedicada galantemente a la diosa de las labores agrícolas, con sus casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle, resto del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la boca, que se hablan de puerta a puerta, acarician a los niños, echan céntimos a los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la comparación con aquélla, podía llamarse, sin protesta alguna, calle del Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia, el nombre de calle de la Muerte.
Otra cualidad un tanto paradójica unía a estas dos calles, y era que, así como la de Ceres, a fuerza de ser francamente amorosa, recordaba el sublimado corrosivo y a la larga la muerte; así la de Magallanes, por ser extraordinariamente fúnebre, parecía a veces una calle jovial, y no era raro ver en ella a algún obrero cargado de vino, cantando, a alguna pareja de golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.
La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una parte baja por donde corría ésta y otra a un nivel más alto, que formaba como un raso delante de la parroquia. En este raso o meseta, con una gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la vecindad.
Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.
Tenía la tal casuca un tejado saliente y alabeado, puerta de entrada en medio, a un lado de ésta una barbería y al otro una ventana con rejas.
Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y remozado; los balcones con sus cortinillas blancas y sus macetas de geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un chambergo.
La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:
LA ANTISÉPTICA
PELUQUERÍA ARTÍSTICA
En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas: en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual manaba un surtidor rojo, que iba a parar con una exactitud matemática al fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de cintas oscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el observador se aventuraba a suponer si el artista habría tratado de representar un vivero de esos anélidos vulgarmente llamados sanguijuelas.
¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías! Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con rejas, escrito con letras negras, se leía:
REBOLLEDO
MECÁNICO-ELECTRICISTA
SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES
TIMBRES, DINAMOS, MOTORES
LA ENTRADA POR EL PORTAL
Y, para que no hubiera lugar a dudas, una mano con ademán imperativo mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no habla más portal que aquél en la casa.
Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde, antes de llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:
BORDADORA
SE DAN LECCIONES
El zaguán de la casa era bastante ancho; en el fondo, una puerta daba a un corralillo; a un lado partía recia escalera de pino, muy vieja, en donde resonaban fuertemente los pasos.
Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de escombros.
Después, la calle quedaba silenciosa, y en las horas del día no transitaban por ella más que gente aviesa y maleante.
Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por aquellos campos baldíos.
Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos llenaban la plaza; pasaban los obreros, de vuelta del Tercer Depósito, en donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del poniente se oscurecían y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, se oía, melancólico y dulce, el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Diálogo entre Manuel y Jesús al final de Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.
A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.
-¡Cuánta estrella! -dijo Manuel-. ¿Qué serán?
-Son mundos, y mundos sin fin.
-No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? -preguntó Manuel.
-Quizá, ¿por qué no?
-¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril...
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma...
FIN
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.
A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.
-¡Cuánta estrella! -dijo Manuel-. ¿Qué serán?
-Son mundos, y mundos sin fin.
-No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? -preguntó Manuel.
-Quizá, ¿por qué no?
-¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril...
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma...
FIN
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Diálogo entre Manuel y Vidal sobre "la golfería" en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio, las botas le venían estrechas y cortas.
-Tienes el pie pequeño -murmuró Manuel-. Has nacido para señorito. Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
-Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata no me gusta, ¿y a ti?
-A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.
-¿Para qué?
-Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.
-¿Vamos?
-Andando.
Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.
-Tráelo, no seas lila-dijo Vidal; y quitándoselo de la mano, lo tiró a un solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
-O de otra manera.
-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.
De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.
-Bueno; tendrás algún secreto.
-Puede ser.
-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.
-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...
-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.
-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?
-A ti.
-¡Quia!
-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
¿Y cómo?
-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése! ¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.
-¿Volviste a coger otras lámparas?
-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-Sí, hombre.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
«¡Qué aplomo tiene!», pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
-¡Rediez! -exclamó Vidal, mirándole de hito en hito-. ¡Qué facha de golfo tienes!
-¿Por qué?
-¿Qué sé yo? Porque la tienes.
-Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que al soltarla le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José a meterme por la calle de las Torres cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...! «Déjeme usted», dije yo. «Calla; si no, llamo a uno del Orden. (Yo me callé.) Te he visto cómo limpiabas el reloj a ese pimpi.» «¿Yo?» «Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido.» Vamos -pensé yo-; éste es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna, y allí el hombre me habló dato. «Mira -me dijo-, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas; compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste, que ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.,
-¿Y le diste el reloj?
-Sí. Al día siguiente...
-Te quedarías de boqueras...
Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-¿Y quién es ese hombre?
-Marcos Calatrava.
-¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?
-El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti.
-¿Quieres entrar en la comba?
-¿Pero qué hay que hacer?
-Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra..., peligro no hay..., conque tú dirás.
-No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi, casi prefiero vivir así.
-Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.
-Sí, es verdad.
-¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que negociando eres una persona decente, y robando te llevan a la cárcel.
-¿Crees tú...?
-Sí, hombre. Es más: creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.
-¡Sabes que me parece que tienes razón!
-Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.
-Nada, se acepta. Otra sociedad como la de los Tres.
-No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
-Pero hay un Cojo.
-Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.
-¿Es el jefe de la partida?
-Te diré, chico..., yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-Comprendido.
-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente..., al pelo.
-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo maldito si lo sé.
-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por prófugo.
-¡Psch!
-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?
-Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.
-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.
-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron nuevamente solos los dos primos.
Vamos al Círculo -dijo Vidal.
-Tienes el pie pequeño -murmuró Manuel-. Has nacido para señorito. Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
-Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata no me gusta, ¿y a ti?
-A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.
-¿Para qué?
-Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.
-¿Vamos?
-Andando.
Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.
-Tráelo, no seas lila-dijo Vidal; y quitándoselo de la mano, lo tiró a un solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
-O de otra manera.
-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.
De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.
-Bueno; tendrás algún secreto.
-Puede ser.
-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.
-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...
-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.
-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?
-A ti.
-¡Quia!
-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
¿Y cómo?
-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése! ¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.
-¿Volviste a coger otras lámparas?
-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-Sí, hombre.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
«¡Qué aplomo tiene!», pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
-¡Rediez! -exclamó Vidal, mirándole de hito en hito-. ¡Qué facha de golfo tienes!
-¿Por qué?
-¿Qué sé yo? Porque la tienes.
-Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que al soltarla le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José a meterme por la calle de las Torres cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...! «Déjeme usted», dije yo. «Calla; si no, llamo a uno del Orden. (Yo me callé.) Te he visto cómo limpiabas el reloj a ese pimpi.» «¿Yo?» «Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido.» Vamos -pensé yo-; éste es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna, y allí el hombre me habló dato. «Mira -me dijo-, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas; compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste, que ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.,
-¿Y le diste el reloj?
-Sí. Al día siguiente...
-Te quedarías de boqueras...
Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-¿Y quién es ese hombre?
-Marcos Calatrava.
-¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?
-El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti.
-¿Quieres entrar en la comba?
-¿Pero qué hay que hacer?
-Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra..., peligro no hay..., conque tú dirás.
-No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi, casi prefiero vivir así.
-Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.
-Sí, es verdad.
-¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que negociando eres una persona decente, y robando te llevan a la cárcel.
-¿Crees tú...?
-Sí, hombre. Es más: creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.
-¡Sabes que me parece que tienes razón!
-Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.
-Nada, se acepta. Otra sociedad como la de los Tres.
-No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
-Pero hay un Cojo.
-Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.
-¿Es el jefe de la partida?
-Te diré, chico..., yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-Comprendido.
-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente..., al pelo.
-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo maldito si lo sé.
-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por prófugo.
-¡Psch!
-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?
-Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.
-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.
-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron nuevamente solos los dos primos.
Vamos al Círculo -dijo Vidal.
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Descripción "Bajos fondos" en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de
nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera
del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna
estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el
barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y
entraron. El Hombre-boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos
de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos
destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba
agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de
infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los
rincones, cucarachas muertas y secas.
Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y
triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se
despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por
las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros
marchaban por el arroyo de Embajadores.
Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos
de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres
tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura
humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la
que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo
de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad
y de la miseria.
-Si los ricos vieran esto, ¿eh? -dijo don Alonso.
-¡Bah! , no harían nada -murmuró Jesús.
-¿Por qué?
-Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que
mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere
de hambre, le quita usted la mitad de su dicha.
-¿Crees tú eso? -preguntó don Alonso, mirando a Jesús con asombro.
-Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de
nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas,
tranquilamente, mientras nosotros...
Hizo un gesto de desagrado el Hombre-boa; le molestaba que se
hablara mal de los ricos.
Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, a las
escombreras de la Fábrica del Gas de encima de las Injurias comenzaron
a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la
hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla
del cigarro en la boca.
Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en
la casa desalquilada y los echó de allí.
Los días siguientes, Manuel y Jesús -el titiritero había desaparecido- se
decidieron a ir al asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los
dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes
vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en
un asilo, iban viviendo.
La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las
Delicias fue un día de marzo.
Cuando llegaron al asilo no se había abierto aún. Aguardaron
paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los
campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas
puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban
chiquillos andrajosos.
Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de
ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un
cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,
hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo
rota, algún horno de cal derruido. Sólo a largo trecho se destacaba una
huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte,
se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje
intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en
grupos de tres y cuatro.
Por allá cerca pasaba el arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco,
y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los
Tres Ojos.
Volvieron al anochecer. El asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la
derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios
abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de
madera, le daban aspecto de un chalet suizo. En el balcón, en un letrero
sujeto al barandado; se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal
rojo lanzaba la luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un
empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron y
entraron en el asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas,
iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con
pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel
cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo,
sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos
y charlaron un rato...
Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en
medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus
abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de
guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.
-Aquí no corre tanto aire -dijo un viejo mendigo que se preparaba a
tenderse cerca de Manuel.
Unos cuantos golfos de quince años hicieron irrupción en la sala, se
apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.
-¡Qué tunantes sois! -les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel-.
Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!
-¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado! -replicó uno de los golfos.
-Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el
tambor -dijo otro.
-¡Granujas! ¡Golfos! -murmuró el viejo con ira.
Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba
escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras
que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y
mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro
de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó
en el suelo.
-Es que estos granujas nos desacreditan explicó el viejo-; el año pasado
robaron el teléfono del asilo y un pedazo de plomo de una cañería.
Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba
blanca, con una cara de apóstol, embebido en sus pensamientos,
apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una
bufanda y una gorrila. En el rincón ocupado por los golfos descarados y
fanfarrones se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo
de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco
o seis años.
Todos los demás eran de facha brutal: mendigos con aspecto de
bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus
deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre
éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas
grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello,
corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo
del esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire impregnado de olor
de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel se tendió en su tarima y escuchó la conversación que
entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un
pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la
caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rondando de un lado a otro, no se
había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.
-Antes se estaba bien en este asilo -explicaba el viejo a Jesús-; había
una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el
mundo se le daba una sopa.
-Sí, una sopa de agua -replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y
tostado por el sol.
-Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la
golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por
Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro
de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en
las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un
Ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo
de ellos en la miseria y en el desamparo más grande. Mientras tanto,
escribía a su mujer dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y
después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una
peseta, fue al Gobierno Civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo
y a él a un asilo. «No llevo al asilo sino a los que piden limosna», le dijo
el guardia. «Yo voy a pedir limosna -le contestó él con humildad-; puede
usted llevarme.» «No; pida usted limosna, y entonces le cogeré.»
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su
hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca.
Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al asilo de las
Delicias.
-Pues si le llegan a coger, no adelanta usted nada -dijo el de los
anteojos-; le habrían llevado al Cerro del Pimiento y allá se habría usted
pasado el. día sin probar la gracia de Dios.
Y luego, ¿qué habrían hecho conmigo? -preguntó la persona decente.
-Echarlo fuera de Madrid.
-Pero ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche? -dijo Jesús.
-La mar -contestó el viejo-, por todas partes. Ahora que en el invierno
se tiene frío.
-Yo he vivido -añadió el mendigo joven- más de medio año en
Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y
yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas
semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con
una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la
bota y después tapábamos el agujero con pez.
-¿Y por qué se fueron ustedes de allí? -preguntó Manuel.
-La Guardia Civil nos sintió y tuvimos que escaparnos por las
ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me
gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra
uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...
-¿Y usted ha andado mucho por ahí?
-Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un
pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo
que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay cosa como eso. Se come donde
se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de
tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que
el rey Luego, como las golondrinas, sé va uno donde hace calor.
El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,
indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.
Adonde suelo yo ir cuando hace buen tiempo es a un campo santo que
hay cerca del tercer depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta
primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó
dormido. A media noche se despertó al oír unas voces. En el rincón de la
golfería, dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo
partido.
-Te daré dinero -murmuraba uno entre dientes.
-Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó
el garrote y dio un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió
bramando de coraje.
-Ven ahora, ¡cochino! ¡Hijo de la grandísima perra! -gritó.
Se abalanzaron uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de
bruces.
-Estos granujas nos están desacreditando -exclamó el viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a
tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y
sibilantes...
Por la mañana, antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del
asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se
desparramaron al momento por aquellos andurriales.
Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Álvaro. En los andenes de
la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz
en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas
de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales
lanzaban un guiñó confidencial desde sus altos soportes; las calderas en
tensión de las locomotoras bramaban con espantosos alaridos.
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos
lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y
amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas
bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y
oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas
tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban
abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a
la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo
de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la
izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban
hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo
húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...
lunes, 15 de agosto de 2011
Descrpción de Langairiños en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de Los Debates, pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se estampaban en los nueve sapos nacidos en los sótanos de la imprenta de Sánchez Gómez.
Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en broma, los periodistas el Superhombre, y, abreviando, el Súper, porque siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.
Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba Máximo; otras, Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en Los Debates o en El Tiempo, en El Mundo o en El Radical, era Ernesto Langairiños. ¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca una tarde de verano. ¡Langairiños! Un sueño.
El gran Langairiños tenia entre treinta y cuarenta años; abdomen pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.
Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral; algunas de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho dandismo; a pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban rodilleras y flecos, y sus americanas, constelaciones de manchas; a pesar de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.
Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista despreciaba esas frases vulgares como la «señorita de Pérez rayó a gran altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra», y otras de la misma clase.
En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas las ideas acerca del mundo que le rodeaba; eran dos frases terribles, de una ironía amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: «Sí, sí; ya sé quién dices». Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o dejaban de hacer..., él contestaba: «Bueno, bueno; por la otra puerta».
La superioridad del espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un hombre que no fuera él valiese más que otro.
Su obra maestra era un articulo titulado «Todos golfos». Se trataba de una conversación entre un maestro del periodismo -él- y un aprendiz de periodista.
Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:
El aprendiz. -Hay que tener principios.
El maestro. -En la mesa.
El aprendiz. -Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.
El maestro. -Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de la casa de huéspedes.
El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.
A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.
Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis, veintisiete, hasta llegar a ciento, y aún más. Aquel Bayardo de la gimnasia se llamaba Langairiños.
Mala hierba (texto en sribd)
domingo, 29 de mayo de 2011
Zalacaín el aventurero (Biblioteca básica de Radio 5 - 17/07/10)
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- > Biblioteca básica - Zalacaín el aventurero - 17/07/10
Zalacaín el aventurero se editó en 1909. Pio Baroja se sentía orgullosa de esta obra porque la información que utilizó fue de primera mano ya que su padre participó en la tercera guerra carlista. Traducida desde 1923 sigue siendo de máximo interés.
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