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lunes, 3 de febrero de 2014

La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez publicado por Alejandro Gamero



   La idea original de La barraca, publicada en 1898 como novela folletinesca en el periódico El Pueblo, tiene su origen en un cuento breve titulado Venganza morisca que Vicente Blasco Ibáñez había escrito tres años antes a partir de una experiencia real. Posteriormente apareció como un volumen independiente, pero sería sobre todo a partir de las ediciones y traducciones al francés que cobraría fama. El éxito de la novela se debe sobre todo a la habilidad de Blasco Ibáñez para proyectar una serie de elementos y conflictos a una dimensión universal partiendo de un entorno y unos personajes localistas, muy cerrados y limitados. Si bien es cierto que el lector necesita conocer un mínimo las estructuras socioeconómicas de la Valencia huertana de fines del siglo XIX, pronto se da cuenta de que la historia va más allá del mero localismo comarcal. Lo que se percibe en la lectura de La barraca es la lucha pesimista del individuo contra el entorno, el odio macerado de la incultura y la avaricia y en niveles más profundos la lucha revolucionaria contra corrupción y las injusticias sociales y a favor del cambio en los medios de producción. Porque al fin y el cabo, Blasco Ibáñez había adquirido un compromiso político para con los más necesitados, a favor de la república y de la revolución, que le había llevado incluso a poner en práctica un modelo de sociedad socialista.

   La historia sigue una estructura bastante tradicional, con un único salto temporal en el segundo capítulo para explicar los hechos sucedidos en relación con la barraca. El primer capítulo supone una presentación de los personajes principales, mientras que a partir del tercero la trama se desarrolla siguiendo un orden cronológico lineal. Todo empieza con el pobre y viejo tío Barret, con cinco hijas y ningún hijo, que es incapaz de cosechar por sí solo la barraca completa. Las deudas se van acumulando, al igual que las mensualidades, hasta que finalmente el avaricioso arrendatario don Salvador decide expropiarle. Aparece la figura de don Salvador caricaturizada, al igual que la de todos los señoritos, dibujado como estereotipo sin ningún tipo de profundización psicológica ─más bien recuerda a los típicos malvados de novelas folletinescas, con su sombrero largo y embozados en una capa negra, al estilo de las novelas de Rocambole─. Ante él, el tío Barret es un personaje débil, también estereotipo del campesino sometido de forma pasiva y obediente al yugo del señor. Pero, ya sin nada, en un acto de locura decide matar a don Salvador, crimen que provoca que dé con sus huesos en la cárcel, donde acaba muriendo. Este acto de rebeldía individual es asumido por la huerta, auténtico personaje colectivo al estilo del coro en la tragedia griega, más que como un símbolo de la lucha contra la sociedad de clases como una cobarde excusa para amedrentar a los dueños de la tierra. Es lo que Pimentó confesará, borracho, en la taberna de Copa: las tierras del tío Barret deben permanecer yermas, pero no por solidaridad con él, ni siquiera porque la huerta tenga la obligación de proteger y cuidar a sus miembros, sino por puro egoísmo y avaricia, ya que de esa forma se libra de pagar el arrendamiento de sus tierras.

   En este contexto sucio y perverso aparece Batiste con su familia. Se trata de un personaje con el que el lector se va encariñando, porque va conociendo poco a poco su pasado difícil, a la aventura, en los caminos, siempre trabajando como un animal para sacar adelante a los suyos, por los que estaría dispuesto a dar la vida. Es evidente que Batiste, como individuo fuera de la sociedad, encarna los valores del campesino honesto, trabajador y humilde. No tiene la cobardía del tío Barret ni está dispuesto a humillarse ante las injusticias como él, pero tampoco tiene el carácter pendenciero y desfasado de Pimentó. Su predisposición en la huerta es llevarse bien con todo el mundo, y pone todo de su parte para que así sea; sin embargo, la huerta rechaza les rechaza, les tilda de gitanos, porque suponen una molestia y un peligro contra ese miedo que utilizan con los arrendatarios. En poco tiempo Batiste consigue hacer de su barraca la más hermosa de toda la huerta, superando con creces a la del tío Barret, lo que acrecienta las iras y las envidias de sus vecinos. La situación se hace insostenible: «El odio silencioso y reconcentrado le seguía su camino. Apartábanse las mujeres, frunciendo los labios, sin dignarse a saludarlo, como es costumbre en la huerta. Los hombres que trabajaban en los campos cercanos al camino llamábanse uno a otros con expresiones insolentes que indirectamente iban dirigidas a Batiste, y los chicuelo».
   La tensión va subiendo poco a poco, hasta alcanzar su punto climático con la muerte de su hijo, el pequeño Pascualet, a causa de unas fiebres provocadas porque sus compañeros del colegio lo lanzaron a una acequia ponzoñosa y tragó mucho barro. Después de este incidente la huerta parece replegarse, arrepentirse, y tender la mano por primera vez a Batiste y su familia. Pero este paréntesis dura poco, y Pimentó, enemigo moral de Batiste, precipita el final en un duelo que acaba con su vida. Como consecuencia, la barraca de Batiste es incendiada, y la familia al completo se ve obligada a salir al camino con lo puesto, a empezar de nuevo desde cero en otro lugar.

   Frente a las virtudes de Batiste aparece por encima de la huerta como claro antagonista Pimentó. Es significativo que el héroe de la huerta sea un personaje vago, borracho, pendenciero y charlatán. Ante la actitud desafiante de Batiste todos los huertanos acuden a Pimentó, que queda establecido como vengador de la injuria provocada al tío Barret y guardián de sus tierras. Los oscuros motivos que generan ese interés, indicados anteriormente, los expone él mismo en mitad de una borrachera. Durante gran parte de la obra parece que Pimentó es un fanfarrón, al estilo del miles gloriosus de Plauto, que no irá más allá de decir cuatro bravuconadas por el miedo a correr la misma suerte que el tío Barret. Pero a medida que avanza la historia, y de forma muy sutil, se empieza a percibir que el personaje está dispuesto a ir mucho más allá, hasta las últimas consecuencias.

   Sin embargo, y a pesar de todo lo indicado, el personaje de Pimentó no es un estereotipo, es un personaje con altibajos, con profundidad psicológica, lo que le convierte en uno de los más ricos e interesantes de toda la obra. En varias ocasiones se cuestiona sobre su actitud ante Batiste. Tras la muerte de Pascualet se debate con estas palabras: «Ya no era el Pimentó de otros tiempos; empezaba a conocerse. Hasta llegó a sospechar si todo lo que llevaba contra Batiste y su familia era un crimen. Hubo un momento en que llegó a despreciarse. ¡Vaya una hazaña de hombre la suya!... Todas las perrerías de él y los demás vecinos sólo habían servido para quitar la vida de un pobre chicuelo». Al fin y al cabo, don Joaquín, el maestro, hace una descripción de los huertanos que bien podría ponerse en labios de Blasco Ibáñez: «Créame a mí, que los conozco bien: en el fondo son buena gente. Muy brutos, eso sí, capaces de las mayores barbaridades, pero con un corazón que se conmueve ante el infortunio y les hace ocultar las garras… ¡Pobre gente! ¿Qué culpa tienen si nacieron para vivir como bestias y nadie los saca de su condición? […] Aquí lo que se necesita es instrucción». En relación con esta descripción, de esta manera se describe lo que Pimentó hace cuando se siente mal: «y siguiendo su costumbre en los días negros, cuando alguna inquietud fruncía su entrecejo, se fue a la taberna, buscando los consuelos que guardaba Copa en su famosa bota del rincón».

   Existen además dentro de la historia una serie de personajes intermedios, que no se sitúan ni dentro ni fuera de la huerta, sino integrados pero funcionando al mismo tiempo al margen de ella, movidos por otras leyes distintas. Se trata del maestro don Joaquín y su mujer, y del tío Tomba y su sobrino Tonet. Los dos primeros simbolizan la educación, el progreso y la civilización, condenados en un entorno embrutecido e ignorante a vivir como mendigos, a través de limosnas, implorando una paga que no siempre llega. Su vida es más miserable que la del más pobre de los huertanos, lo cual es indicativo del lugar que ocupa la cultura dentro de la huerta. Por otra parte, el tío Tomba es una especie de Tiresias moderno, profeta pastor, anciano y ciego, que trata de advertir a Batiste sobre su futuro. «Creme fill meu: ¡te portarán desgrasia!», le advierte en más de una ocasión, pero el huertano hace oídos sordos. Por último, Tonet, el sobrino del tío Tomba, es prácticamente el único personaje que ofrece un amistoso saludo y un afectuoso trato a la familia de Batiste, lo que hace que el labrador se encariñe rápidamente de él. Detrás de esa amabilidad se esconde el amor de Tonet hacia Roseta, la hija de Batiste, un amor que bien podría considerarse de novela folletinesca y que ayuda a poner en pie una acción secundaria que alterna con la principal y que sirve para dosificar la tensión.

   El movimiento oscilatorio entre la universalidad y el localismo de la historia se percibe de forma muy evidente en el uso que hace Blasco Ibáñez del lenguaje. El escritor valenciano no quiere traicionar sus raíces: no es creíble que los personajes se expresen en castellano; sin embargo, utilizar el valenciano en los diálogos tendría como resultado una difusión mucho menor de la obra. Para conciliar estas dos necesidades Blasco Ibáñez busca una solución intermedia: los diálogos se mantendrán efectivamente en valenciano, pero se verán reducidos al mínimo, siendo sustituidos en la mayor parte de los casos por el estilo indirecto libre, en el que sí era coherente el uso del castellano. El estilo directo quedará reducido a palabras sueltas o a frases de fácil comprensión por parte de un lector castellano. Por tanto, el narrador omnisciente se convierte en una figura fundamental dentro de la acción, como intermediario entre los personajes y el lector. Esta técnica es la que Blasco Ibáñez utilizará en todo el ciclo de novelas valencianas.

   La barraca, por tanto, trasciende la consideración de mero panfleto político revolucionario. Es una pesimista radiografía sobre la miseria y el odio humano, sobre cómo puede llevar a la destrucción de los hombres. Es la trágica historia de un hombre abocado a la perdición, condenado a padecer las iras de aquellos contra los que nada ha hecho. Si bien es patente la influencia de Zola, no se puede hablar de un naturalismo en sentido estricto sino más bien de un uso técnico, en la descripción de ambientes sórdidos y descarnados, llenos de incultura y pobreza. El hombre solo, independientemente del entorno en el que haya nacido, tiene derecho a medrar, y eso es precisamente lo que Batiste y su familia persiguen al salir de la barraca chamuscada, con paso incierto pero resignados a empezar otra vida.


Texto obtenido de http://www.lapiedradesisifo.com/2008/06/26/la-barraca-de-vicente-blasco-ibáñez/#ixzz2sFG7QPlx 
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lunes, 26 de diciembre de 2011

Tema 3 (pregunta 5 de Selectividad) - La novela realista y naturalista en el siglo XIX


Aunque es una corriente estética que afectó a todas las artes  y géneros literarios, el realismo tiene en la novela su manifestación más característica. La novela realista puso freno a la fantasía. Los autores realistas pretendían narrar una historia posible ambientada en lugares conocidos y observados previamente. El objetivo del escritor era crear la ilusión de realidad mediante las descripciones minuciosas de lugares exteriores e interiores, la caracterización de los personajes  atendiendo a aspectos externos y psicológicos, y el decoro en el uso del lenguaje, esto es, el empleo de una lengua viva, acorde al personaje, con coloquialismos, voces populares o regionales  y hasta jergales.
La narración suele ser lineal y cerrada. Es frecuente el uso de un narrador omnisciente que interviene de manera constante en el relato enjuiciando hechos y personajes con intención satírica o moralizadora. Se observa también el empleo de técnicas narrativas que aproximan la novela realista al relato moderno: la presentación indirecta de los personajes, es decir, a partir de su comportamiento y su discurso, el estilo indirecto libre y  el monólogo, con el que el autor se adentra en la conciencia de los  personajes. Los conflictos de la sociedad de su tiempo constituyen la fuente principal de temas tratados en la novela realista: el contraste entre la vida urbana y el campo, los vicios y defectos de la burguesía, la miseria de ciertos individuos o lugares, el enfrentamiento ideológico por cuestiones religiosas o políticas, etc.
 
Dos tendencias se pueden observar en la novela realista española:

·         Una conservadora, con escritores  como Fernán Caballero (seudónimo utilizado por Cecilia Bölh de Faber, La gaviota), Pedro Antonio de Alarcón (El sombrero de tres picos), y José Mª de Pereda (Peñas arriba). Tratan en sus novelas temas  relacionados con un mundo rural idealizado, al que todavía no han llegado el progreso ni los males de la civilización; un mundo en el que todo lo malo procede de fuera, la cultura produce desasosiego y la fe religiosa aparece como vía de salvación.
·         Juan Valera representa una actitud intermedia entre las dos tendencias. Su realismo se caracteriza por la búsqueda del conocimiento de la personalidad humana, y sus novelas indagan sobre todo en la condición de la mujer (como, por ejemplo sucede en Madame Bovary de Flaubert). Entre sus obras, Pepita Jiménez.
·         En la otra tendencia podemos encuadrar a Galdós y a Clarín, partidarios de un realismo crítico que toma del mundo urbano preferentemente sus temas  y aborda el relato con la creencia en el progreso social humano como consecuencia  de la educación y la cultura. 
  
Benito Pérez Galdós es autor de una  extensa producción narrativa y teatral, de más de cien títulos. Destacan:

 -  Episodios nacionales, 46 novelas históricas que relatan hechos del pasado nacional reciente comprendidos entre los últimos años del reinado de Carlos IV y la Restauración. La documentación sobre los hechos referidos y la objetividad son los rasgos característicos de esta nueva novela histórica, muy diferente, por tanto, de la romántica.
 - Novelas de tesis: son las novelas de la 1ª  época, que inicia con  La fontana de oro. El argumento y los personajes de estas obras quedan sometidos a las ideas del autor, que trata de ejemplificarlas y justificarlas con la historia narrada y con los personajes arquetípicos que utiliza y que representan actitudes y valores (la tradición frente al progreso y el liberalismo). Destaca Doña Perfecta.
 - Novelas españolas contemporáneas: ciclo de novelas que inicia con  La desheredada y con el que trazó un fresco del Madrid y de la España de la época, con sus ambientes sociales, formas de vida, tipos,  etc. Galdós pretendió realizar un análisis profundo de la realidad. Los personajes son más complejos. Su comportamiento se relaciona con el medio social, la herencia biológica y la psicología. Emplea nuevas técnicas narrativas, como el estilo indirecto libre, el monólogo o el estilo teatral. Un título destacado de esta serie es Fortunata y Jacinta.
- Novelas espirituales: en sus últimas novelas, muestra un profundo interés por temas morales y espirituales; se acentúa el idealismo de los personajes y pierde importancia la descripción de la realidad. Títulos: Nazarín y Misericordia.
 
Leopoldo Alas “Clarín” ensayista, crítico literario, gran cultivador del relato corto (Pipá, Doña Berta, Adiós, cordera …), es el  autor de la novela más importantes del siglo XIX, La Regenta,  novela que presenta el vasto panorama social de una ciudad de provincias, Vetusta (Oviedo), en la que está representada la sociedad española de la Restauración.
La historia es la crónica del adulterio de Ana Ozores, joven esposa del regente de la Audiencia Provincial, mujer sensible e imaginativa que busca en un medio hostil, como lo es la ciudad de Vetusta, el amor ideal, la felicidad, la plenitud. El modelo de Madame Bovary es innegable. Destacan en la novela la caracterización psicológica de los personajes, siempre en relación con el medio y la sociedad, y el empleo del estilo indirecto libre, utilizado por el autor para adentrarse en la vida interior de sus criaturas.
 
El naturalismo en la novela española.
 La influencia de la novela naturalista, impulsada principalmente por Émile Zola, que proponía aplicar el método científico a la literatura —la descripción y análisis del comportamiento humano en función de los factores que lo determinan: el medio natural y social, el momento histórico y la herencia biológica—, es apreciable en las obras de estos dos grandes novelistas españoles. La recepción del naturalismo francés fue crítica, sin embargo, en España. Emilia Pardo Bazán  planteó en  La cuestión palpitante, título en el que recogió diversos artículos publicados en periódicos sobre el Naturalismo, su rechazo del determinismo y del tratamiento de asuntos y situaciones desagradables, a los que tan inclinado era Zola, al tiempo que elogiaba del escritor francés la observación minuciosa y la calidad literaria de su obra. Los pazos de Ulloa y su continuación La madre naturaleza son dos de las obras de esta escritora gallega  en que se puede apreciar la aplicación de elementos y técnicas propias del Naturalismo. 
El otro gran autor naturalista en España fue el valenciano Vicente Blasco Ibáñez .El regionalismo de Blasco Ibáñez no ofrece una visión amable de su país, sino que presenta los conflictos sociales de la huerta y la ciudad con toda su crueldad, utilizando la técnica naturalista para exponer con dureza el problema. Entre sus obras: Cañas y barro, La barraca, Entre naranjos...

sábado, 10 de diciembre de 2011

Textos literarios del Tema 3 - Editorial Bruño - 4º ESO

JUAN VALERA


22 de Marzo.

Querido tío y venerado maestro: Hace cuatro días que llegué con toda felicidad a este lugar de mi nacimiento, donde he hallado bien de saluda mi padre, al señor vicario y a los amigos y parientes. (…)
Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular la impresión que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria. Todo me parece más chico, mucho más chico; pero también más bonito que el recuerdo que tenía. (…)
Todos me llaman Luisito o el niño de D. Pedro, aunque tengo ya veintidós años cumplidos. Todos preguntan a mi padre por el niño, cuando no estoy presente. (…)
Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien Vd. habrá oído hablar sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende. (…)
No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es muy linda. Yo sospecho que será una beldad lugareña y algo rústica. (…) Pepita tendrá veinte años; es viuda; sólo tres años estuvo casada. Era hija de doña Francisca Gálvez, viuda, como Vd. sabe, de un capitán retirado.

19 de Mayo.

Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que me envía. Hoy los necesito más que nunca. (…)
No era sueño, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos están dotados de una atracción magnética inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan en ella los míos. (…)
 Un sentimiento de abnegación se alza de las profundidades de mi ser, y me llama a sí, y me dice que todo mi ser debe darse y perderse por el objeto amado. Ansío confundirme en una de sus miradas; diluir y evaporar toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus ojos. (…) Mi vida, desde hace algunos días, es una lucha constante.(…) Apenas me alimento; apenas duermo. (…) No me queda más recurso que huir.

Fragmentos de Pepita Jiménez
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EMILIA PARDO BAZÁN

En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa. Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha el botín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de vino proporcionado al pan. (…)

 De nuevo la increpó airadamente el marqués:

-¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?

Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos antes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro. (…) Julián creyó al pronto que se había aumentado el número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo canino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones de blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor inteligencia y más estrecha fraternidad.

El chiquillo gateaba por entre las patas de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del hambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y exhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la mano para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz dentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándole a refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas de la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián se compadeció del chiquillo, y, bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, la roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.

-¡Pobre! -murmuró cariñosamente-. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizo sangre? (…)

Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efecto en el marqués.

-¡Farsante! -gritó-. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y después lagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los valientes?

 Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al niño que, cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió (…)

-¿Y no le hará daño tanto vino? -objetó Julián, que sería incapaz de bebérselo él.
-¡Daño! (…)  Déle usted otros tres, y ya verá...

Fragmento de Los pazos de Ulloa
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BENITO PÉREZ GALDÓS

Una noche, cuando menos se le esperaba, apareció al fin avergonzado, compungido, la ropa hecha jirones, imagen del hijo pródigo. Con la alegría de verle, no fue la severidad de Isidora tan grande como cumplía, y le perdonó. Tenía Mariano entre sus maldades, desarrolladas por el abandono, algunas cosas buenas, y la cualidad mejor era la franqueza con que confesaba sus delitos sin ocultar nada. (…) Todo cuanto había hecho en la semana lo contó puntualísimamente; pero ninguna parte de aquella Odisea de travesuras causó tan penoso efecto en el alma de la señorita de Rufete como estas palabras:
«Estuve en casa de mi tía Encarnación, ¿sabes?..., y mi tía Encarnación y la tía Palo -- con -- ojos comían juntas; y mí tía Encarnación me dijo: «Anda, pillete, anda con tu hermana a que te dé de comer y te vista de señorito, pues bien puede hacerlo». Entonces mi tía Encarnación y la tía Palo -- con -- ojos se pusieron a hablar de ti, y mi tía Encarnación dijo que tú tienes un novio marqués que te da mucho dinero».
Isidora se quedó yerta; pero como el mostrar enfado por aquel ultraje habría sido ocasión de que entrara más en malicia el chico, harto malicioso ya, fingió tomar a broma el caso, aunque le destrozaba el alma, y se echó a reír. (…) Isidora, que recibió del marqués de Saldeoro otra visita platónica y una nueva remisión de fondos por cuenta, al parecer, del Canónigo, salió de aquella sombría situación de escaseces y apuros; pagó sus deudas, compró un Diccionario de la Lengua castellana y llevó a su hermano al teatro, de lo que este recibió tanto gusto, que en algunos días apareció como transformado, encendida la imaginación por las escenas que había visto representar, y manifestando vagas inclinaciones al heroísmo, a las acciones grandes y generosas. Contenta Isidora de esto, comprendió cuánto influye en la formación del carácter del hombre el ambiente que respira, las personas con quienes tiene roce, la ropa que viste y hasta el arte que disfruta y paladea.
Animada Isidora al ver que no carecía su hermano de algún fundamento bueno y sólido para construir en él la persona decente, determinó que no corriera un día más sin ponerlo en un colegio. Pasados Reyes, el señorito fue confiado a un profesor que apacentaba su rebaño de chicos en un colegio de la calle de Valverde. Mal, muy mal le supo al de Rufete la sujeción, porque sobre todos sus instintos malos y buenos dominaba el de la vagancia y el gusto de correr por calles y caminos, con cierto afán como de buscar aventuras. La mortificación de su amor propio al ver que le eran muy superiores niños de menos edad que él, aumentaba el horror que hacia el colegio y su maldito profesor sentía. (…) La poca estimación que se le tenía mató en él sus escasos deseos de aprender. Concluyó por despreciar el colegio como el colegio le despreciaba a él, de donde vino su costumbre de hacer novillos, la cual aumentó de tal modo que, sin saberlo su hermana, dejó de asistir un mes entero al estudio.
En aquellos días de aventuras y pilladas y esparcimiento, cualquiera que hubiese tenido interés en seguir los pasos de este desgraciado chicuelo le habría visto encaramándose en la verja de la puerta principal de la Plaza de Toros para alcanzar a ver algo del ensayo de la mojiganga, o bien jugando en los tejares adyacentes, o en el río entre las lavanderas. En sus compañías, que al llegar al colegio fueron de niños decentes, descendió poco a poco hasta el más bajo nivel, concluyendo por incorporarse a las turbas más compatibles con su fiereza y condición picaresca.  

Fragmento de La desheredada
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LEOPOLDO ALAS “CLARÍN”

Celedonio, ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela; y si se le antojaba, disparaba chinitas sobre algún raro transeúnte, que le parecía del tamaño y de la importancia de un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.

-¡Mira tú, Chiripa, que dice que pué más que yo! -dijo el monaguillo, casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.

-¡Qué ha de poder! -respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva fuerza las llaves para subir a tocar las oraciones. (…)

- Mia, chico, ¿quiés que le atice al señor Magistral que entra ahora?

-¿Le conoces tú desde ahí?

-Claro bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se me gasta. (…)

-¡El Laudes! -gritó Celedonio-; toca, que avisan.

Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable badajo. (…)

Empezaba el otoño. Los prados renacían, la hierba había crecido fresca y vigorosa con las últimas lluvias de septiembre. Los castañedos, robledales y pomares, que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos oscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle, reflejaban la luz como espejos. (…)

 Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos. ¿Quién era el osado?

-¿Será Chiripa? -preguntó Celedonio entre airado y temeroso.

-No; es un carca, ¿no oyes el manteo?

Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, magistral de aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispado. El delantero sintió escalofríos.

 Pensó:

-¿Vendrá a pegarnos?

No había motivo, pero eso no importaba. El vivía acostumbrado a recibir bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba Bismarck usando y abusando de la autoridad para repartir cachetes.

 

Fragmento de La Regenta

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