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jueves, 23 de abril de 2015

Discurso de Juan Goytisolo Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014

A la llana y sin rodeos

En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.
A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.
“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.
Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacional- católico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!
Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?
Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.
Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.
Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.
Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

lunes, 13 de agosto de 2012

Discurso de ingreso en la RAE de Soledad Puértolas (vídeo)




Publicado el 17/03/2012 por RAEInforma

La recepción académica de la novelista y ensayista Soledad Puértolas, que se celebró en el salón de actos de la Real Academia Española el domingo 21 de noviembre de 2010, estuvo presidida por el entonces director de la institución, Víctor García de la Concha.
A su discurso de ingreso, titulado "Aliados. Los personajes secundarios del Quijote", le respondió el académico José María Merino.
Soledad Puértolas fue elegida el 28 de enero de 2010 miembro de número de la Real Academia Española para ocupar el sillón "g", vacante tras el fallecimiento de su anterior titular, Antonio Colino.
Soledad Puértolas [http://soledadpuertolas.com] es autora de una extensa obra literaria. Entre sus títulos figuran "El bandido doblemente armado" (Premio Sésamo, 1979); "Queda la noche" (Premio Planeta, 1989) y "La vida oculta" (Premio Anagrama de ensayo, 1993). También ha sido galardonada con el Premio Glauka (2001), el Premio de la Letras Aragonesas (2004) y el Premio Cultura de la Comunidad de Madrid (Literatura, 2008).

lunes, 30 de julio de 2012

"Arroz Cocido Frente al Pacífico" por Montserrat Sanz



Texto completo de la intervención de Montserrat Sanz

en la presentación de su libro (extraído del blog El Cuaderno del Náufrago)
Antonio López, José Antonio Abella, Rafael Encinas y Jesús Martínez, con Monserrat Sanz y Tomoko Miyamoto al fondo por videoconferencia / Foto: Kamarero/El Adelantado

FRENTE AL PACÍFICO
(Merece la pena leerlo)

Presentación del libro Frente al Pacífico
Montserrat Sanz Yagüe
21 de junio de 2011
Segovia/Kobe

Cuenta un escritor brasileño amigo mío, Edweine Loureiro, que, en una cena en la que le preguntó a un anciano japonés cómo pudo transformarse Japón tras la Guerra Mundial en una potencia económica, éste le respondió ofreciéndole un tazón de arroz con una sonrisa. Mi amigo pensó que su interlocutor había optado por ignorar la pregunta, pero éste, consciente de la perplejidad de su compañero de mesa, le ofreció una explicación de su metáfora. “Al término de la guerra, no teníamos arroz para comer”, le aclaró. “Entendimos que sólo trabajando juntos e intensamente seríamos capaces de vencer al hambre y a la miseria. Así que nos convertimos nosotros mismos en arroz cocido: cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos.” El arroz japonés constituye la alegoría perfecta para ilustrar las diferencias entre la naturaleza de este pueblo y la nuestra: mientras nuestro concepto de arroz de calidad incluye como condición indispensable el que sus granos estén sueltos, el arroz japonés es pegajoso. Cada grano, redondo y lleno de almidón, se encuentra pegado a otro, de manera que comer con palillos no supone ninguna dificultad: los granos nunca se caen y el tazón queda invariablemente limpio al final. El señor de la historia le hizo entender a mi amigo que los japoneses, ante una catástrofe de proporciones inimaginables, hicieron lo que mejor saben hacer: poner el bien común por encima del individual. El progreso se derivó de ello por sí solo, y en la repartición de los beneficios también entraron todos.

El arte de anteponer el bien común al propio, tan bien visto, aceptado y predicado universalmente, no es sin embargo practicado con frecuencia en muchos lugares del mundo. ¿Es, pues, inalcanzable para seres que no posean una cualidad humana especial? ¿Cómo se implementa en actos concretos? La lección que recibimos con cierto desconcierto los occidentales que vivimos en Japón es que la cuestión carece de misterio, ya que no requiere de ningún sacrificio heroico ni de ninguna capacidad sobrenatural. Hacer bien el trabajo de uno, sin cuestionar ni eludir sus aspectos más ingratos, cualquiera que sea el oficio y la consideración social que reciba, es la única clave para pertenecer a ese arroz cocido colectivo y beneficiarse al mismo tiempo como individuo. Si todo el mundo sigue el mismo principio de no escabullirse de los aspectos que no le gustan del trabajo y los realiza con la misma diligencia que aplica a aquellos que le agradan --a pesar de inclinaciones propias que motivarían a uno a no hacerlo así-- no hay razón para establecer percepciones clasistas en cuanto al valor del trabajo de cada uno. Todos somos parte pequeña de una gran maquinaria y navegamos en el mismo barco. Una definición simple de respeto al trabajo como un privilegio sagrado y de respeto mutuo que cualquiera puede entender.
La paradoja es que este arte de vivir en colectividad consiste, precisamente, en ser del todo individualista, responsable absoluto y soberano de la tarea a uno asignada. Ser parte importante del grupo parece consistir en asumir una tarea concreta de forma verdaderamente independiente para realizarla en toda su perfección. No existe por tanto pérdida de libertad en la pertenencia a la colectividad, sino precisamente un gran individualismo. Y si esa labor que el destino te asigna no corresponde a tus sueños, tampoco es culpa del trabajo, sino de uno mismo. Mientras se aspira a más, la obligación se ejecuta con respeto y agradecimiento por tener algo en qué realizarse como humano. Esta otra definición de individualismo, diferente a la occidental, destaca el reto personal de realizar bien la empresa que uno ha aceptado, consciente de que lo contrario siempre redundará en perjuicio de alguien. Una realización de nuestras capacidades al máximo que conlleva siempre una gran auto satisfacción. La  base de las sonrisas ubicuas en Japón.
Esta relatividad “cuántica” oriental penetra en las experiencias diarias de los extranjeros que vivimos en Japón y hace que se desmoronen todas nuestras certezas occidentales. A medida que nos adaptamos a vivir en su cultura, vamos relativizando nuestras creencias, despojándonos de algunas y comprendiendo un poco más los conceptos ambiguos que subyacen a esta cultura lejana, donde nada es lo que parece y todo es a la vez transparente de puro básico.
De estas reflexiones filosóficas personales nace Frente al Pacífico, que crece en los trayectos de metro diarios entre mi casa y la Universidad; en mi ordenador portátil se van cuajando los pequeños artículos que lo componen y que se ofrecen periódicamente a los lectores de El Adelantado de Segovia con el convencimiento de que se trata de asuntos humanos simples, generalizables y universalizables. Mientras redacto esas piezas, a veces imagino que una de las líneas que escribo causa un impacto especial en algún lector y le obliga a analizar su realidad y sus actitudes. Esa persona es educador o padre, y decide dedicar una clase o una conversación a un tema surgido de alguno de mis pensamientos, y abre a su vez otras tantas ventanas de aire fresco entre sus alumnos o sus hijos. Cuando llego a este punto, me reprendo mentalmente por mis aires de grandeza y por haber perdido la perspectiva: vuelvo los ojos a la pantalla y regreso al texto, recordándome a mí misma que lo importante es la tarea concreta de encontrar el adjetivo más apropiado o la forma más concisa y elegante de expresar algo. Es importante no confundir los sueños de trascender (por muy legítimos que sean), con los detalles prácticos de la tarea, pues serán únicamente estos los que permitan tal trascendencia, si la hubiera. Mi única obligación es que cada una de las frases de ese artículo estén pensadas y cuidadas al máximo. Una lección aprendida de ver trabajar al revisor del tren, al panadero, al recepcionista de un hotel o al porteador de maletas del autobús al aeropuerto. Todas nuestras tareas, las importantes y las que lo parecen menos, trascienden igual, porque permiten que el engranaje no se oxide, creando así riqueza material y espiritual para todos.
Pero de pronto, esa rutina de escritos y viajes al trabajo se ve alterada por un desastre que nos sobrecoge y sobrecoge al mundo. Las actitudes que he analizado en mis escritos y que he ido adoptando durante años se ponen de manifiesto en horas de cobertura televisiva de la catástrofe. Se producen reacciones de respeto y de admiración hacia un pueblo que enseña su lección al mundo sin querer, simplemente por ser ellos mismos y comportarse como únicamente saben: con integridad. En estas circunstancias, se me ocurre que, ahora sí, es momento oportuno de contribuir a reforzar esa lección tratando de llegar a más lectores para maximizar el efecto moralizante de las imágenes con mi visión de observadora externa e interna a la vez. En una era en la que se comenta la escasa altura moral de dirigentes, poseedores de los medios económicos y de la comunicación, no está de más que todos  aprovechemos para analizar los valores propios, la contribución personal de cada uno de nosotros a la calidad de la sociedad en la que participamos. Es un buen momento para auto evaluarse y sentarse a hablar sobre valores humanos que conocemos perfectamente porque son universales. ¿Debemos admirarlos como si esos valores fueran exclusivos de los japoneses? El mensaje que siento la necesidad de transmitir al mundo en los días siguientes al desastre es: todo lo que veis es más simple de lo que parece. No hay nada que no podamos aplicar todos en nuestra vida diaria. El esfuerzo, la dedicación al trabajo, la integridad, el respeto mutuo, la nobleza del alma, están en todos nosotros porque son nuestra esencia como humanos. En realidad, mis artículos anteriores no presentaban nada extravagante ni heroico. El desastre japonés ocurre, pues, en un momento oportuno, cuando la eurodecadencia empieza a ser evidente. Siento que es hora de desempolvar algunos de los artículos y retocarlos para ofrecerlos de nuevo.
Me lanzo entonces a buscar un profesional que pueda materializar ese sueño, y confirmo que los hados y la globalización funcionan estupendamente juntos: un tsunami en el noreste de Japón va a permitir a dos personas de Kobe naufragar en una isla que casualmente se ha creado en mi querida Segovia. José Antonio Abella decide que el riesgo merece la pena y Jesús Martínez se vuelca generosamente en que el proyecto salga adelante. Si en algún momento mi cansancio o falta de capacidad me hacen flaquear, la diligencia y eficacia de José Antonio impulsa el proyecto sin remisión y me obliga a hacer las correcciones con celeridad. Recurro a mi amiga Tomoko para ilustrar los conceptos importantes con su pincel y en un par de días recibo un paquete con las obras. Además, se da la feliz coincidencia de que mis padres se encuentran conmigo en Japón en ese momento y me liberan de cientos de tareas domésticas que me permiten ponerme a trabajar. Su valioso apoyo, la calidad de las obras de Tomoko y el indiscutible gusto estético de José Antonio culminan en un libro delicado que sale al mundo a una velocidad vertiginosa, menos de dos meses después del desastre, y por el que no puedo por menos de sentir un gran agradecimiento y una profunda emoción.  En el proceso de crearlo, me parece estar aprendiendo lo equivalente a diez años de experiencias vitales.
Ni que decir tiene que sería inético que nosotras nos beneficiáramos económicamente de un libro que nace de unas circunstancias que han causado sufrimiento a cientos de miles de personas. Este libro pertenece a las más de 124.000 personas que llevan tres meses viviendo como refugiados, a los 15.400 muertos y a los 7.650 desaparecidos. Pero muy en particular, es para los treinta y cuatro niños y tres maestros supervivientes de la escuela Ookawa, en Ishinomaki. Somos conscientes de que la modesta contribución monetaria que podríamos ofrecer con nuestros derechos de autor sería de todos modos una gota en el océano de las necesidades que se han generado. Por eso tiene mucho valor la actitud de la editorial, pues asumo que lo que le quede después de su generosa donación, que excede con mucho lo que nos tendría que abonar como autoras, servirá para poco más que para impedir que su isla se hunda. También sabemos que no importa cuánto se ayude a esos niños y a sus maestros, su corazón jamás podrá reponerse de la muerte de sus setenta y cuatro compañeros y diez profesores. Pero los padres de los niños, en el rito budista de los 100 días después del fallecimiento colectivo, han optado una vez más por la aceptación, por la vida y por la esperanza y han decidido plantar 121 árboles, tantos como niños y profesores componían la comunidad de la escuela. Así que nosotras también trabajaremos para que algo de nuestro esfuerzo por llevar los valores de su tierra al otro lado del mundo revierta en su bienestar emocional a través de algún material o ayuda al estudio.
Hace tan solo una semana mantuve una conversación con un ex-alumno cuya familia es de Sendai pero sobrevivió sin grandes problemas a la tragedia. Me contaba que el hermano de su cuñada, casado y con un recién nacido, acababa de comprar una casa a tres Kilómetros de la Planta Nuclear de Fukushima. Ahora viven evacuados, sin trabajo y sin dinero para reconstruir su vida. Cuando le pregunté cómo se sentían y si no estaban todos quejándose de las parcas ayudas públicas y de la mala gestión del problema, abrió los ojos asombrado y me contestó: “No, están contentos de estar vivos. Además, querríamos tener tiempo para victimizarnos un poco, pero cuando tienes un problema de estas dimensiones, no hay tiempo para eso.” Otra gran lección. A pesar de haber escrito un libro como éste, yo estaba haciendo lo que mejor sabemos hacer los occidentales: quejarme en lugar de las víctimas y erigirme en defensor de sus derechos por medio de la crítica a responsables externos. Ellos estaban aplicando su serenidad y su filosofía de no esperar que un mesías te resuelva tus problemas. “Me queda trabajo por hacer”, pensé. “Al fin y al cabo, sigo siendo fiel representante de mis prejuicios”. Efectivamente: cuando tienes un pequeño problema, todo es victimizarse. Pero cuando tienes un problema de proporciones ingentes, no hay tiempo para eso. Haber salvado la vida ya es regalo suficiente. El esfuerzo y el trabajo, y el apoyo del grupo, que nunca les fallará porque sus componentes seguirán asumiendo sus responsabilidades personales bajo la premisa de que el trabajo no es un castigo divino, sino un regalo divino, harán el resto. El arroz está cocido. Ellos lo saben y confían.

Muchas gracias.

jueves, 28 de junio de 2012

Discurso dirigido a la clase de 4ª B, mi Tutoría (Curso 2011-2012)



Por primera vez, vengo con las manos vacías, o casi vacías. No traigo ni el cuaderno del profesor, ni el cuaderno rojo con las oraciones, ni libretas… no traigo ni tan siquiera unas bebidas y aperitivos para cerrar el curso y acompañar la entrega de boletines; esto último de debe a varios motivos que, en este caso, no tienen que ver con los “recortes”: la distancia de mi domicilio, el que venga en transportes públicos, no poder mantener la bebida fresca (llevo en el Centro trabajando desde las ocho); además, alguno no debe de estar en condiciones demasiado óptimas para castigar el estómago tras la noche de vuestra graduación.

No temáis, ni penséis que me he vuelto loco  o que quiera amargaros la plácida resaca. Es de ley que me despida de vosotros con unas breves palabras (espero que os resulten breves). Disculpad que este discurso lo traiga planificado y escrito; me hace sentirme más seguro o, por lo menos, me tranquiliza saber que, al finalizarlo, os habré dicho lo más importante que quería transmitir.

Estas palabras las quiero, además, publicar en el blog, esa criatura que me roba sueño y los poquitos ratos libres que me quedan al día, y, con vuestro permiso, acompañarlo de una foto de todo el grupo y un servidor. Será el último enlace que os mande este curso a vuestro correo, mi homenaje a público tan estupendo. Otras veces os he pedido que pusierais algún comentario a las entradas del blog, casi siempre sin éxito. Yo creo que de este discurso vais a guardar mejor recuerdo, y sería bonito que escribierais alguna opinión.

Para empezar, lo primero que quiero pediros son disculpas por no haber podido estar a la altura en el último trimestre. Circunstancias personales, que algunos conocéis (si no todos), han impedido que pudiera encontrarme al cien por cien, dándolo todo. Algunos días ya era un triunfo levantarme para enfrentarme al día a día, y ahí, erais vosotros los que me inyectabais la energía suficiente para seguir tirando del carro. No os quiero cansaros ahora con este tipo de detalles que, espero, hayan pasado desapercibidos o, al menos, sean perdonados con vuestra generosidad.

Prefiero alegraros los oídos, elogiaros, como premio a vuestra constancia, ansia de superación e interés por estudiar.

Estoy orgulloso del curso de 4º B. Mañana, en el Claustro de profesores, se nos leerán las estadísticas finales y, con seguridad, saldréis como el grupo con mejores resultados académicos del Instituto. Pero los datos que no saldrán, os los adelanto ahora: como grupo humano (un vez vencidas las ganas de hablar al comienzo de cada clase) habéis ido creciendo día a día, logrando objetivos casi sin querer, absorbiendo lo que el profesor quería inculcaros en cada momento. Hay mucha y buena materia prima dentro de vosotros; no la desaprovechéis.

En un primer borrador a este discurso (bastante más largo), había personalizado, llegado a este punto, y había comentado un detalle significativo de cada uno de vosotros, según lo que habíamos pasado juntos. Finalmente, he considerado más oportuno generalizar y haceros llegar una visión de conjunto. 

Yo, como profesor y tutor del grupo, solo por vuestro esfuerzo, por hacer (más o menos) todo lo que os he ido pidiendo y, sobre todo, por vuestra atención y preguntas en clase, me doy por satisfecho y pagado este curso que cerramos ahora. Vosotros no entráis en la nómina que me llega a final de mes, pero sois el mejor complemento que se me da, el premio mayor.

Habéis hecho el curso fácil, a la vez que habéis conseguido que el último examen de la tercera evaluación resultara pan comido. El mérito es vuestro.

Este grupo tenía un diseño especial; por un lado, había alumnos de Ciencias con asignaturas específicas para encaminarse a un Bachillerato científico y tecnológico; por otro, alumnos de Humanidades, preparados para otros bachilleratos, ya sean de Ciencias Sociales o de Humanidades, propiamente dicho. Como ya dije en la Junta de Evaluación, celebrada hace tres días, delante de todos vuestros profesores, lo que ha hecho especial al grupo ha sido, precisamente, su heterogeneidad y, en especial, el brillo que le han dado los alumnos de Humanidades. No os sintáis relegados ni menospreciados los alumnos de Ciencias y permitidme dar una explicación a esta teoría.

De siempre se ha tenido la idea (a mi juicio, errónea) de que los alumnos más válidos y capaces para los estudios eran conveniente que estudiaran Ciencias (también en los tiempos en que yo era estudiante). En 4º B se dan las circunstancias de que hay alumnos brillantes en las dos opciones. En un futuro, de esta clase, saldrán importantes y reconocidos médicos, biólogos e ingenieros; pero, también, excelentes periodistas, artistas y, quién sabe, si algún profesor de Lengua que mejore la especie.

Os ruego que me escuchéis ahora con atención: los buenos alumnos de Humanidades tenéis un don (más o menos desarrollado), cierta sensibilidad que os hace diferente al resto: los ecos de un poema, por ejemplo, tardan más en borrarse; el elogio del profesor a una obra o a un autor determinado os llama más la atención. Observando algunas de de vuestras miradas de concentración e interés me habéis hecho dichoso. Quizás esta sensibilidad no sea computable, ni tenga un reflejo en la nota final, pero la emoción que se siente al leer un texto, escuchar una sinfonía o contemplar un lienzo, es un premio que no está al alcance de todo el mundo. 

Repito una cosa, para que quede claro: estoy orgulloso de todo el grupo, pero quería hace esa mención especial a los alumnos que han cursado Latín, Música y Cultura Clásica, porque tenéis el mérito de nadar contracorriente y no ser siempre bien valorados.

Para ir concluyendo, espero haberos dejado el legado de algo más de un amplio compendio de oraciones. He procurado transmitir, además de conocimientos de mi asignatura, algunas lecciones de vida que creo tener ya aprendidas y que os pueden ayudar, sacadas de mis palabras y experiencias personales, como también de las lecturas y las películas que hemos seguido en clase.

He procurado, como Tutor, a través de las entrevistas con vuestros padres y vuestros profesores, haceros más fácil el camino, aunque a veces os pudieran regañar. No he dejado, a pesar de las circunstancias adversas, de luchar por vosotros. Espero que haya servido de algo.

No quiero cansaros más. Ite missa est (Podéis ir en paz)


martes, 1 de mayo de 2012

"Les quiero pedir a los chicos y a los jóvenes que lean" por Ernesto Sábato



Discurso pronunciado por el autor durante la presentación del Plan Nacional de Lectura (Buenos Aires, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 18 de mayo de 2004). Texto difundido por Prensa y Comunicación del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.

Ernesto Sabato en lenliblog

Queridos chicos: 

He venido hasta acá porque quiero hablarles de la educación, de los libros, de la importancia decisiva que tienen en la vida de los pueblos y de las personas, y de la que han tenido en mi vida. 

Han pasado tantos años y sin embargo aún conservo el recuerdo de mi escuela de Rojas y de aquel colegio de mi adolescencia donde, igual que ustedes, fui conducido a los umbrales del pensamiento y de la imaginación. Con una mezcla de rigor y de ternura nuestras maestras y nuestros profesores nos enseñaron a buscar la verdad, a la vez que se iba formando nuestro espíritu con valores esenciales. Junto a los saberes que integran la educación básica, ellos nos transmitieron algo de la heroica epopeya del hombre. A menudo nos sentíamos extraviados ante aquellos acontecimientos cuyos motivos últimos, sin duda, sobrepasaban lo que podíamos comprender. Por esos relatos, llenos de peligro y de pasión, lograban suscitar nuestro asombro, que es la piedra angular de la verdadera enseñanza. En aquel tiempo, se forjaron las ideas esenciales que me acompañaron a lo largo de la vida, y se echaron las raíces de todo lo que tuvo que ser.

Por eso he venido hoy, especialmente, para hacerles un pedido: les quiero pedir a los chicos y a los jóvenes, con la autoridad que me dan los años, que lean. Yo también he leído de chico, y fueron los libros quienes me ayudaron a comprender y a querer la grandeza de la vida. Quienes sembraron en mi alma lo que luego los años pudieron expandir. Leía cuanto llegaba a aquellas bibliotecas de barrio, donde primero a través de libros de aventuras, y luego, porque un libro lleva, inexorablememte, a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano, y la belleza y el sentido de la existencia. 

Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida.

Leer les dará una mirada más abierta sobre los hombres y sobre el mundo, y los ayudará a rechazar la realidad como un hecho irrevocable. Esa negación, esa sagrada rebeldía, es la grieta que abrimos sobre la opacidad del mundo. A través de ella puede filtrarse una novedad que aliente nuestro compromiso.

Privar a un niño de su derecho a la educación es amputarlo de esa primera comunidad donde los pueblos van madurando sus utopías.

Créanme, es necesario que nos dejemos todos empapar por la utópica búsqueda de una gran educación para nuestros chicos.

Lo he dicho en otras oportunidades y lo reafirmo: la búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación. Como supo señalar Simone Weil, su tarea es "preparar para la vida real, formar al ser humano para que él mismo pueda entretejer, con este universo que es su herencia, y con sus hermanos cuya condición es idéntica a la suya, relaciones dignas de la grandeza humana". 


Ernesto Sabato

martes, 20 de septiembre de 2011

Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931:


 "Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí.


«Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía.

Esta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

"Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuántos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.


Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos.


Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan.

Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

"Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento.

Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

"¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.


Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!».


Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón.

Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.


"Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser : «Cultura».

Cultura porque sólo a través de ella, se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz".



(A PUNTO DE CUMPLIRSE 80 AÑOS DE AQUEL DISCURSO,  SIGUE VIGENTE)


¡ NO A LOS RECORTES EN EDUCACIÓN!

lunes, 13 de junio de 2011

"El Gran Dictador" de Charles Chaplin (Discurso final de la película, estrenada en 1940)





" Los Dictadores se hacen libres ellos, sin embargo esclavizan al pueblo. ¡Luchemos ahora nosotros para hacer realidad lo prometido; todos a luchar por la libertad del mundo entero, para derribar barreras, para derribar la ambición, el odio y la intolerancia! ¡Luchemos por el mundo de la razón, un mundo en que la ciencia y el progreso auténtico nos conduzcan a todos a la felicidad! ¡Soldados, en nombre de la democracia, debemos unirnos todos!..."

sábado, 7 de mayo de 2011

Miguel de Unamuno: "Venceréis pero no convenceréis"


Altercado que Unamuno mantuvo con José Millán-Astray el 12.10.1936.




"Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha..."

sábado, 11 de diciembre de 2010

DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 05 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 04 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 03 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 02 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

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