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lunes, 21 de marzo de 2016

Entrevista a Javier Fonseca, autor de La herencia del capitán Bañuelos, por Gema Jiménez






Javier Fonseca García-Donas (Madrid, 1972) es Doctor en Derecho y durante años ha combinado su trabajo de profesor universitario y de responsable de voluntariado en una ONG con su pasión por escribir historias a un público infantil y juvenil. Ha escrito más de diez novelas, álbumes y cuentos infantiles. Actualmente, compagina la escritura con su labor como profesor de Literatura Infantil y Juvenil en la Escuela de Escritores de Madrid, y la promoción y animación a la lectura, tanto a jóvenes como adultos.


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Javier estuvo el pasado miércoles 16 de febrero en el Matemático Puig Adam para hablar con los alumnos de 1° de la ESO sobre La herencia del capitán Buñuelos, libro que los estudiantes tenían como lectura obligatoria. En este libro se cuenta la historia de los hermanos Morata, Álex y Mar, que intentarán descubrir el misterio de unas canciones desaparecidas que el capitán Buñuelos escribió para la cantante más famosa del momento, Olivia Valdés. El escritor charló con los alumnos durante más de una hora y ellos tuvieron la oportunidad de preguntarle todo lo que querían saber acerca del libro. Aprovechando su visita, le hicimos esta entrevista sobre su trayectoria como escritor. 




¿Es cierto eso de que los niños son el público más exigente?

Sí, hasta cierto punto sí, porque el lector adulto te permite más cosas, que le aburras un poco de vez en cuando. Si a un lector infantil no le das lo que quiere, te abandona, no le interesa lo que le das.
Hasta el momento sólo has escrito literatura infantil o juvenil, ¿no has pensado en escribir para adultos?
Sí, alguna vez sí que se me ha ocurrido, pero me siento muy a gusto en este registro infantil. He hecho alguna cosa por mi cuenta, pero de momento no. Sí que noto que voy evolucionado y que cada vez escribo para niños de más edades, pero me tira más lo juvenil, así que no sé si en algún momento me dará por dar el salto a la literatura de adultos, pero en estos momentos no.



¿Cómo acaba un Doctor en Derecho escribiendo literatura infantil y juvenil?

Porque siempre me ha gustado escribir, pero yo quizá le daba la vuelta a la pregunta: ¿cómo acaba una persona a la que le gusta escribir estudiando Derecho y doctorándose? Tengo que decir que fue porque me dejé convencer por las circunstancias cuando tenía 18 años, pero lo que a mí siempre me hubiera gustado estudiar es Filología y Literatura.


Al escribir para gente tan joven, ¿cómo te sientes al saber que muchos niños se han aficionado a la lectura gracias a ti y a tus libros?

Es muy gratificante, porque cuando uno escribe lo que busca es gustarle a otros, y cuando ves que eso les pasa a los niños, que son mucho más expresivos que los adultos y que si algo no les gusta te lo dicen, te sientes muy bien. Yo estoy muy a gusto y es muy motivador que los chavales te manden correos diciéndote lo que les ha gustado de un libro, que te hagan preguntas, que te digan que leer tu libro les ha llevado a leer otros diferentes… Es muy motivador y hace que me mantenga escribiendo libros e historias.


¿Qué ídolos literarios tenías de pequeño hicieron que te adentraras en este mundillo y te aficionaras a la lectura?

Yo empecé leyendo muchos cómics, creo que es muy interesante, porque al niño hay que dejarle que lea lo que quiera, no se le pueden meter con calzador las cosas. De vez en cuando sí se le puede decir que lea ciertas cosas, pero hay que dejarle libertad. Yo empecé leyendo cómics americanos y de ahí me pasé a novelas. Además, tuve la suerte de tener a un bibliotecario en el colegio que no me prestaba los libros, sino que me los regalaba, entonces gracias a él me enganché a las historias y a leer. Después, he ido buscando las lecturas por mí mismo, me he dado cuenta de que sentarse a leer un libro es mucho más que eso, es meterte en un mundo, en un espacio durante un tiempo, en el que no hay nada que te molesta. Merece la pena  pasar el tiempo leyendo. Yo he disfrutado mucho con la lectura y cuando eso te gusta y te engancha, un libro te lleva a otro.

¿Qué recomendación literaria le harías a los jóvenes para introducirse en la lectura?

Sobre todo libros que traten temas que a ellos les interesen e inquieten. Hoy en día en el instituto tienes unas lecturas obligadas que tienes que leer y están muy bien para conocer la Historia de la literatura y demás, pero también es muy interesante poder alternar estas lecturas con otras que realmente inquieten a los chicos, que elijan ellos mismos. Yo creo que es necesario conocer qué quieren los niños y así poderles hacer propuestas. Por ejemplo, en lo juvenil funciona mucho la fantasía, una autora como Laura Gallego genera muchísimos lectores; también funciona muy bien lo romántico, hay de todo en este género, incluso libros que pueden llegar a ser, en mi juicio, perjudiciales para el desarrollo de los niños. Una novela juvenil que a mí me encanta que es Eleanor & Park, una historia romántica preciosa. Por supuesto, también son importantes autores como  John Green que han sabido captar lectores y engancharlos, tanto a chicas como a chicos. 


Has venido al instituto a hablar de tu libro La herencia del capitán Bañuelos, ¿cómo surge la historia de los hermanos Morata?

Surge porque me apetecía mucho escribir una historia relacionada con la música. Siempre me ha gustado la música y quería incorporarla en alguna de mis historias. Siempre he escrito libros de aventuras con bastante humor y decidí que, como hasta ahora sólo había escrito historias protagonizadas por chicas, quería incorporar a un chico y seguir con la línea del misterio, que es lo que siempre me ha gustado, y así surgió la idea. Son dos hermanos con una familia un poco peculiar que consiguen ayudar a una cantante muy famosa a recuperar unas canciones perdidas que le había dejado su padre en herencia. Además,  más adelante también se ven involucrados con una cantante actual.


¿Vas a seguir escribiendo sobre ellos?

Sí, estoy escribiendo nuevas historias sobre los Morata. De hecho, hay una en la que en vez de ayudar a una cantante latina, ayudarán a una rapera durante su gira, y hasta ahí puedo leer.


¿Tienes algún libro favorito de los que hayas escrito, alguno con el que sientas especial debilidad?

Siempre se tiene especial debilidad por el primero, porque es el que te ha abierto las puertas y el que te ha permitido seguir, y es cierto que Ole Sardina no ha sido, en absoluto, el libro que más beneficios económicos me ha dado, pero sí emocionales. No es un libro muy conocido, pero sí que he podido conjugar en él mi amor por la música y la literatura. Por otro lado, también me gusta mucho la poesía y tengo ahora un  proyecto entre manos de un poemario que espero que vea la luz para otoño, y me haría muchísima ilusión,  no sólo por ser el último que he escrito, sino sobre todo porque es poesía y tengo muchas ganas de publicarla, me gusta mucho.


A la hora de escribir, ¿qué es lo que más te cuesta?

Lo más difícil es la continuidad, porque tener una idea no es tan complicado, la puedes pensar o coger de cualquier sitio, sólo tienes que estar abierto a todo. Esa idea requiere una continuidad y una disciplina, ya que convertirla en una historia y conseguir narrarla es más arduo, es realmente todo el trabajo. Pero por encima de esto, la parte de la corrección, que se suele olvidar, es de lo más pesado. Sí, diría que la parte de la corrección es lo más difícil para mí.


¿Te es difícil escribir para niños, es decir, ponerte en su piel?

No especialmente, porque tengo bastante relación con ellos, pero hay que estar muy abierto y escuchar. A veces, me he dejado llevar por interpretaciones mías y he escrito por mi cuenta cosas que no les han gustado o enganchado, pero cuando escuchas a los que van a ser tus lectores te dan muchas claves y, sobre todo, si son niños o jóvenes, que prácticamente se les escapan. Cuando doy charlas, hablo con alguno o me mandan correos me doy cuenta de qué es lo que les gusta, lo que quieren y con estar un poco espabilado puedes conseguir las claves básicas para que luego  les pueda llegar lo que escribas. En ese sentido es lo que más cuesta.


¿Cómo ves actualmente el panorama literario infantil y juvenil en España?

Se decía que era el último al que le había llegado la crisis en todos los sentidos. La crisis creativa no existe, porque siempre va a haber gente que escriba y que tenga ideas, en eso  la literatura siempre va a estar sana. Otra cosa es que lo que escribas pueda leer más o menos gente. Hoy en día creo que se abren muchísimas posibilidades  para conseguir eso, las nuevas tecnologías nos permiten desde la autoedición hasta hacer campañas de mecenazgo para sacar  adelante un libro, y eso está muy bien, tiene muchas ventajas, aunque se abre tanto el abanico que puedes encontrarte de todo. El lector tiene que desarrollar una visión crítica y de análisis, porque ya no hay tanta gente que te garantice que lo que te va a ofrecer es de calidad. El sector se está renovando, están saliendo nuevas formas de publicar y de contar, las tecnologías nos permiten escribir libros que luego continúan en el ordenador o al revés, muchas cosas. También hay muchísima gente que ha empezado a escribir en su blog y luego se ha convertido en libro y son experiencias muy recomendables, sobre todo en lo juvenil. Creo que el sector está removido, como el Martini de James Bond, removido, pero no agitado, y yo creo que es bueno. Poco a poco se van asentando las cosas, las editoriales vuelven a apostar de nuevo y vuelven a publicar  cosas, después de un momento más de llanura vuelve a repuntar y tengo mucha esperanza.
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Gema Jiménez es exalumna del IES Matemático Puig Adam y está realizando en la actualidad, con brillantez, estudios de Periodismo

miércoles, 6 de febrero de 2013

Entrevista con "Leopoldo María Panero" 2011 para Babylon Magazine


Leopoldo María Panero nace en Madrid en 1948. Es incluido muy joven en la que acabó siendo la legendaria antología de José María Castellet "Nueve novísimos poetas españoles" (Barral, 1970). En los más de 30 años transcurridos desde entonces, mientras el resto de sus compañeros de generación han pasado ha engrosar el parnaso de la excelencia de nuestras letras, Panero se ha convertido en el único poeta maldito que ha conocido nuestra literatura en ese tiempo. Mientras los otros ganaban premios, ocupaban cargos y debatían en las tertulias de los distintos medios de comunicación, Panero languidecía en cárceles, manicomios y sórdidas pensiones.


"El equipo de Babylon Magazine pasó un día entero con el poeta español Leopoldo María Panero en Las Palmas de Gran Canaria. ¿Locura o genialidad? Conozcan a uno de los poetas contemporáneos más brillantes en lengua hispana".


domingo, 6 de mayo de 2012

Esas frases típicas de madre...


Amaya Ascunce las recopila en Cómo ser una drama mamá
La escritora Amaya Ascunce. | Foto: Javi Martínez
La escritora Amaya Ascunce. | Foto: Javi Martínez

  • ¿Quién no se ha planteado si debía esperar las dos horas de digestión?
  • Un libro recopila y rebate 101 frases repetidas hasta la saciedad por las madres
  • La obsesión por el frío y la velocidad, algunas de las constantes

Elena Mengual | Madrid - El Mundo

Este domingo millones de personas se reunirán con sus progenitoras para celebrar el Día de la Madre. Citas que, ineludiblemente, terminarán de la misma manera. "Abrígate, que hace frío"; "Tápate la barriga que te vas a enfriar. Qué manía con esos pantalones que dejan el tanga al aire": "Eso que llevas, ¿es un vestido o una camiseta?"; "A ver si te cortas el pelo, que lo llevas siempre en los ojos"; y, por supuesto: "Ten cuidado". ¿De qué? Así, en general. De todo.

Abrumar con consejos a los hijos, y, sobre todo, a las hijas, parece connatural a la maternidad. Y además, demuestra la efectividad de una de las máximas de la propaganda: un mensaje muchas veces repetido al final termina por calar. Y hondo. Porque, ¿quién no se ha planteado si podía bañarse o debía esperar las dos horas de digestión?.

"Por si acaso hija, por si acaso" o "Bébete el zumo antes de que se le vayan las vitaminas" son algunas de esas frases grabadas a fuego en la materia gris. Y detonantes de discusiones típicas de adolescente, con la salvedad de que ninguno de los protagonistas cumple ya los 30. Ni los 40 ni los 50 muchas veces. Porque para una 'drama mamá', término acuñado por la periodista Amaya Ascunce, sus hijos siempre serán bebés, aunque peinen canas, hayan recorrido medio globo terráqueo, tengan descendencia propia o un sillón en la RAE.
[foto de la noticia]
Ascunce ha recopilado esos consejos (101 en concreto) en Cómo no ser una drama mamá (Planeta), un relato irónico que empezó como blog y, visto su éxito, ha decidido llevar al papel. En él, además de esas frases 'de madre', se puede encontrar la opinión de Javier Urra y Rocío Ramos-Paúl -"que aportan algo de racionalidad a la historia"-, así como la de lectores anónimos. Porque con esta experiencia, Ascunce descubrió que no era la única 'drama hija', después de que lectores como Queta le confesaran que desinfectaba la casa antes de que la visitara su madre.

La autora analiza con humor esas frases, su contexto, consecuencias y excepciones. Y aunque su ausencia de carácter científico queda más que patente -ha consultado incluso al servicio pediátrico del Hospital Niño Jesús-, reconoce su efectividad: "Tengo una vida llena de 'por si acasos' y 'planes B'".

Pregunta.- ¿Qué es una drama-mamá? ¿No es una mamá a secas? ¿No es el 'drama' connatural a la madre?

Es una mamá normal pero que te aterroriza de más por si acaso piensas en no obedecerla. Ante la duda, ella te repite las cosas 20.000 veces y le añade este componente de miedo. Una madre normal te diría: "No te tragues chicles, que es malo para la tripa". Una 'drama mamá' te dice que si lo haces se te pegarán las tripas, de modo que tú te vas a la cama aterrorizada pensando si podrás vivir con los intestinos pegados. A la 'drama mamá' le pierden las formas

P.-¿Y por qué decidió desahogarse en un blog?

Un día me llamó mi madre por teléfono, y antes de colgar me dijo que apagara los fuegos antes de salir de casa. Me lo repite tantas veces, es tan absurdo... Como si fuera una pirómana. ¡Si yo nunca he quemado ninguna casa! Entonces me pregunté: "¿Cuántas de estas cosas que tanto me pesan como hija me ha dicho y por qué me las dice?" Me puse a apuntar, y en un momento me salieron más de cien. Primero pensé en un libro. Pero por falta de tiempo opté por un blog. Me parecía interesante que la gente me pudiera comentar las cosas.

P.- Y gracias a esos lectores descubrió que el mundo estaba lleno de 'drama madres'

Me hizo mucha gracia que cosas que yo pensaba que sólo las decía de mi madre, o se decían en mi pueblo, resulta que también se dicen en Argentina o Colombia. De repente descubrí que somos muchos los que hemos ido disfrazados de basura al colegio [ese disfraz tan socorrido consistente en una bolsa de basura con agujeros]. He incluido algunas de sus historias porque sus madres eran incluso peores que la mía.

P.- De modo que lo que empezó como una catarsis terminó siendo una terapia de grupo

Cuando todo empezó, yo estaba enfadada con mi madre porque estaba especialmente pesada diciéndome lo que tenía que hacer y cómo enfocar mi vida. Necesitaba soltar lastre. Y al final, se me ha dado la vuelta. Incluso le he cogido cariño a esa actitud. Antes me enfadaba mucho cuando me decía que me retirara el pelo de la cara -como me ha dicho estos días cada vez que voy a una entrevista-, porque no me parecía algo importante y siempre estábamos discutiendo por esa tontería. Ahora me hace gracia saber que hay tantas madres que siguen siendo tan pesadas con sus hijas, e incluso me ha reconciliado con esa parte que a ella le lleva a intentar seguir educándome.

P.- ¿Es inevitable que uno se sorprenda a sí mismo profiriendo esa frase materna que tanto odiaba?

Algunas son inevitables. Ahora, yo espero no decirle nunca a mi hijo eso de que "el negro del plátano está buenísimo", porque no lo está. Pero es verdad que tengo mi vida llena de "por si acasos", porque mi madre se ha preocupado de inculcarme eso.

P.- ¿Cuál es la máxima más universal?

¡Fíjate que yo pensaba que "Esto ya pasa de castaño oscuro" era una frase de mi madre! Todas son universales: la del chicle y las tripas, la de "¿Te crees que soy la dueña del Banco de España?" en sus diferentes versiones (la dueña de Telefónica, la dueña de Iberduero, piensas que tengo acciones en Fenosa...)

P.- ¿Y cuál le ha calado hondo?

La que más hondo me ha calado es una idea que ella verbaliza a través de muchos consejos, como "hasta que no se rompe no se compra otro" o "lo negro del plátano está bueno". Es una forma de inculcarme que hay que valorar las cosas. Es difícil ser caprichoso si no te conceden caprichos de pequeño; tu tolerancia a la frustración es mayor. Y no me parece mala idea. El problema, como decía antes, son las formas de la 'drama madre'. No pasa nada porque una vez te disfracen de princesa. Una vez. No es necesario con cuatro años ser la niña más fea del carnaval, disfrazada de vieja chocha con unas gafas y unos dientes horribles.

P.- ¿Y por qué esas madres, cuando se convierten en abuelas, olvidan todos sus consejos y son las más consentidoras del mundo?

Supongo que ya no tienen la responsabilidad y el miedo lo enfocan hacia ti, no hacia tus hijos. Porque ser 'drama mamá' en realidad tiene que ver con el miedo: que cojas frío, que te caigas, que te pase algo, que sufras, en definitiva.

P.- En el libro analiza racionalmente algunas de esas máximas, consultando hasta a pediatras

Hablar sobre la maternidad es muy arriesgado, la gente se lo toma muy en serio. En el blog me pusieron cosas muy duras. Me escribió un psicoanalista diciendo que tenía que ir a terapia, que difícilmente podía superar la madre que tenía simplemente escribiéndolo en un blog... Me pareció necesario poner un poco de cordura a algunas partes. Por ejemplo, cuando publiqué un 'post' diciendo que no es necesario guardar dos horas de digestión, me escribió mucha gente indignada, aludiendo a muertes de niños. Me pareció importante explicar que la causa del corte de digestión era el cambio drástico de temperatura.

P.- ¿Por qué 101 frases exactamente?

En mi casa se dice: "A la 101 se rompe". Me lo decían cuando jugaba a golpear algo con una cuchara, o pulsaba el interruptor de la luz. En algún momento tenía que parar.

ESAS FRASES DE MADRE

No te asomes a las ventanas (…) Esta frase solo debe utilizarse "en caso de tornado, huracán, tsunami, plaga de langostas y juicio final".

Si te duermes con el pelo mojado, te puede dar un aire. Ascunce asegura tener "terror a los aires, aunque sin certeza de qué narices son".

Cierra la puerta al salir de casa. "Las puertas de las casas solo se abren para entrar y para salir, el resto del tiempo están cerradas". En algún caso, además de la puerta, "¡había que apagar el gas!".

Cuando seas madre, comerás huevos. "¿Cómo puede uno desarrollarse como ser humano sin haber pasado por esa frasecita? ¡Forma parte de la existencia!". Retírate el pelo de la cara. "Aunque tengas 33 años, las madres lo son toda la vida y con eso se ganan el derecho a decirte todo los que les parezca (…) ¡durante toda la vida!".

Los interruptores de la luz también se limpian. "Sufro cuando mi madre va a venir a mi casa por si hay algún objeto en el que yo jamás haya reparado". Llega una edad, nena, en la que tienes que elegir entre culo o cara. "Me hizo sentirme vieja con 17 años".

Por si acaso, nena, por si acaso. "Tengo una vida llena de por si acasos y planes B (…) Va a ser difícil no usar este consejo".

Como tenga que ir yo... "Me gusta este consejo. Es más, estoy deseando tener hijos para decirlo".

Si te bebes la leche de alguien, qué menos que tener un detalle. "Una gran metáfora". Otra versión dice que "Es de bien nacidos ser agradecidos".

Si te tragas un chicle, se te van a pegar las tripas. "¡¡¡¡¡¡¡AHHHHHHHHHH!!!!!!! (…) ¿Por qué dejan al alcance de los niños un objeto tan dañino?".

Échate un novio pudiente, creyente y sin pendiente. "La nena ha oído y se queda ojiplática".

Tómate el zumo rápido que se le van las vitaminas. "Tomarme un zumo de naranja me provoca estrés. Tengo la sensación de que me estoy perdiendo lo mejor".

Algo habrás hecho tú. "Mamá, me han castigado en el colegio porque dicen que he copiado, y yo no era". "Algo habrás hecho tú (…)" Cada vez que pasa algo en 20 kilómetros a la redonda, me pregunto ¿habré sido yo?.

Si no te lo comes para cenar, pues para desayunar. "Quitando mi desorden horario, como de todo. Bueno, casi, casi". Como sigas llorando, te voy a dar una razón para que llores de verdad. "No lloro. Casi nada. Y cuando lloro, lo hago con rabia (…) Tengo que aprender a llorar como la gente normal, sin remordimientos".

Los cromos que te regalan en la puerta del cole llevan droga. "¡Mamá, era marketing, marketing!".

Nunca compres solo dos patatas, eso es de gente triste. "Lo he superado. Eso sí, por el camino he tirado cantidades ingentes de comida podrida, sobre todo patatas·. No hables bajito, la gente que habla bajito tiene miedo al qué dirán. "No lo entiendo. Hablar alto, que para mi madre también significa claro, es una virtud".

Nena, ponte recta, si andas encogida te va a salir chepa. "Si ve que mis futuros hijos no van rectos, les apuntaré a ballet, natación o les llevaré al médico".

Si eres mayor para trasnochar, también para madrugar. "Uf. Algo de razón tenía".

¡Ni chocolate ni chocolata!

Esto me duele más a mí que a ti. "Vamos mamá, un poquito de seriedad: no te dolía nada de nada, ni siquiera un poquito".

Y si Martita se tira por la ventana… "Pues yo detrás, mamá, porque soy un ser sin personalidad (…) Esta frase me ponía, y me pone, de los nervios".

Quien tiende bien, plancha la mitad. "Lo tengo que reconocer: mi madre tiene razón. Un gran consejo. Estupendo. Pura sabiduría de madre". Como te caigas, vas a cobrar. "Dicho y hecho (…) Es un superpoder de madres" ¿Crees que soy la dueña del Banco de España? "Pues sí, mamá".

Bah, esos pelos se ponen rubios con el sol y ni se ven. "Me pasaba el rato en el agua para que nadie me viera".

Abrígate que viene un frente. "Incluso ahora que vivo lejos de mi madre, me llama y me informa".

lunes, 16 de abril de 2012

"Sería una tragedia que la cultura acabe en puro entretenimiento" (Vargas Llosa)


Premio Nobel de Literatura. Publica ahora el ensayo La civilización del espectáculo


JAN MARTÍNEZ AHRENS El País

Mario Vargas Llosa en su casa de París en 2003. / DANIEL MORDZINSKI

A Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) le asaltaba desde hacía algún tiempo la incómoda sensación de que le estaban tomando el pelo. Lo empezó a sentir al visitar ciertas exposiciones y bienales, asistir a algunos espectáculos, ver determinadas películas y programas de televisión e incluso le ocurría cuando se arrellanaba en el sillón para leer ciertos libros y periódicos. En esos momentos, como él mismo cuenta, le sobrevenía la sensación, poco definida al principio, de que se estaban burlando de él, de que estaba “indefenso ante una sutil conspiración” para hacerle sentir un inculto o un estúpido, para hacerle creer que un fraude era arte; un embuste, cultura.

De esa sensación surgió una convicción y de esta un ensayo, La civilización del espectáculo (Alfaguara). En sus páginas el premio Nobel de Literatura disecciona la conversión de la cultura en un caos donde “como no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es”. Esa disolución de jerarquías y referentes es consecuencia, para Vargas Llosa, del triunfo de la frivolidad, del reinado universal del entretenimiento. Pero los efectos de este clima de banalización extrema no se limitan a la cultura. Para el escritor, y quizá sea este su juicio más severo, el empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, desarmado al periodismo y, sobre todo, devaluado la política, un espacio donde gana terreno el cinismo y se extiende la tolerancia hacia la corrupción, algo que el autor de Conversación en La Catedral ilustra con una anécdota de su tierra natal:

“En las últimas elecciones peruanas, el escritor Jorge Eduardo Benavides se asombró de que un taxista de Lima le dijera que iba a votar por Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple una pena de 25 años prisión por robos y asesinatos.

“¿A usted no le importa que el presidente Fujimori fuera un ladrón?”, le preguntó al taxista.

“No” —repuso este— “porque Fujimori solo robó lo justo”.

Lo justo. La indiferencia moral. La civilización del espectáculo.

El ensayo, un diamante para la polémica, lo explica Vargas Llosa con voz cálida y precisa, que inunda la línea telefónica desde el otro lado de Atlántico, viernes por la mañana en Lima.

P. Mantiene usted que la cultura se ha banalizado, que triunfa la frivolidad en su peor sentido, que el erotismo pierde en favor de la pornografía, que la posmodernidad es, en parte, un experimento fallido y pedante, que el periodismo amarillea, que la política se degrada, que en la civilización del espectáculo el cómico es el rey… ¿Hay escapatoria?

R. Sí, hay escapatoria. La historia no está escrita, no es fatídica, cambia. Justamente nos ha tocado vivir una época en que hemos visto las transformaciones históricas más extraordinarias e inesperadas. Si alguien me hubiera dicho cuando yo era joven que iba a ver la desaparición de la Unión Soviética, la transformación de China en un país capitalista; si alguien me hubiera dicho que América Latina iba a estar en pleno proceso de crecimiento, mientras Europa vivía su peor crisis financiera en un siglo, no me lo hubiera creído y, sin embargo, todas esas cosas han pasado. Desde luego que se puede esperar una renovación de la vida cultural, de las artes, de las humanidades, y que abandone ese sesgo cada vez más frívolo, superficial, que yo creo que es una de sus características principales hoy en día; no la única, porque hay excepciones a la regla, afortunadamente. Pero esa banalización tiene consecuencias no solamente en el campo de la cultura, sino en todos los otros. Por eso en el libro me refiero a la política, incluso a la vida sexual, a la relación humana. Todo eso se puede ver muy afectado si la cultura vive en la banalización, la frivolización permanente.

P. Y eso le produce un cierto enfado, sensación de tomadura de pelo. ¿Desde cuándo?

R. Es un proceso, no llega de una vez, pero sí recuerdo, por ejemplo, el shock que supuso para mí hace algunos años visitar la Bienal de Venecia, que era una vitrina del prestigio y la modernidad, de la novedad, del experimento, y de pronto, después de un recorrido de un par de horas, llegar a la conclusión de que allí había mucho más fraude, embuste, que seriedad, que profundidad. Fue para mí una experiencia bastante importante, que me llevó a reflexionar sobre este tema. Al final del libro, en un texto que es bastante personal, cuento cómo enriqueció mi vida leer buenos libros, conocer la gran tradición pictórica, el mundo de la música, cómo eso dio un sentido, un orden, una organización al mundo que lo hizo para mí muchísimo más interesante, más rico, más estimulante. Yo creo que sería una tragedia que justamente en una época en que hay un progreso tecnológico, científico, material extraordinario, al mismo tiempo, la cultura vaya a convertirse en un puro entretenimiento, en algo superficial, dejando un vacío que nada puede llenar, porque nada puede reemplazar a la cultura en dar un sentido más profundo, trascendente, espiritual a la vida.


P. Hay un momento, cuando habla usted de la añoranza, en el que dice: “Lo peor es que probablemente este fenómeno [la banalización de la cultura] no tenga arreglo y lo que yo añoro sea polvo y cenizas sin reconstitución posible”.

R. Espero equivocarme.

P. Ese pesimismo resulta llamativo en alguien de su éxito.

R. …nostalgia de viejo. A ratos siento, sí, cierta angustia porque… Mire, yo viví en Inglaterra y me acuerdo el deslumbramiento que me produjo ver la televisión; la que había conocido antes era muy pobre, muy mediocre, y de pronto descubrí que sí había posibilidades de utilizar la televisión en un sentido creativo y no solo porque los mejores escritores y dramaturgos escribían para la televisión… Había un programa que veía con pasión, se llamaba Panorama, periodismo de investigación. Me acuerdo, por ejemplo, de una entrega de dos horas sobre los disidentes en la Unión Soviética filmado en Moscú clandestinamente. Y de pronto, al cabo de los años, vi que la televisión de Inglaterra había caído también en la frivolidad total. Los mejores países, los que uno supondría que están más defendidos contra eso, han ido también sucumbiendo a esa especie de mandato generacional hacia el facilismo, la superficialidad, la frivolidad. Hay excepciones, desde luego...

P. …su propia obra es una excepción. ¿No es un ejemplo de que la capacidad de autocrítica sobrevive? ¿Qué no todo es autocomplacencia y frivolidad?


R. Sí, pero es siempre preocupante que el mayor vigor, la mayor riqueza, esté ahora en el pasado más que en el presente; que no sea algo de actualidad, sino que hay que volver la vista atrás… Y hay otro aspecto. Junto a la frivolización, hay un oscurantismo embustero que identifica la profundidad con la oscuridad y que ha llevado, por ejemplo, a la crítica a unos extremos de especialización que la pone totalmente al margen del ciudadano común y corriente, del hombre medianamente culto al que antes la crítica servía para orientarse en la oferta tan enorme.

P. Pero lo que plantea es volver a los patrones culturales. ¿Es eso posible? ¿Existe legitimidad para hacerlo? ¿No hay un cierto aristocratismo en todo ello?

R. Aristocratismo es una palabra que provoca mucho rechazo, pero por otra parte el rechazo de la élite en bloque es una gran ingenuidad. No todos pueden ser cultos de la misma manera, no todos quieren ser cultos de la misma manera y no todos tendrían que ser cultos de la misma manera, ni muchísimo menos. Hay niveles de especialización que son perfectamente explicables, a condición de que la especialización no termine por dar la espalda al resto de la sociedad, porque entonces la cultura deja ya de impregnar al conjunto de la sociedad, desaparecen esos consensos, esos denominadores comunes que te permiten discriminar entre lo que es auténtico y lo que es postizo, entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que es bello y lo que es feo. Parece mentira que se haya llegado a un mundo donde ya no se pueden hacer este tipo de discriminaciones. Porque eso sí, si desaparecen esas categorías es el reino del embuste, de la picardía… La publicidad reemplaza al talento, lo fabrica, lo inventa.

P. Usted extiende su crítica a la cocina o la moda que están pasando a formar parte de la alta cultura.

R. Justamente esa es una de las manifestaciones de esa banalización y de esa frivolidad. No tengo nada contra la moda, me parece magnífico que haya una preocupación por la moda, pero desde luego no creo que la moda pueda reemplazar a la filosofía, a la literatura, a la música culta como un referente cultural. Y eso es lo que está pasando. Hoy en día hablar de cocina y hablar de la moda, es mucho más importante que hablar de filosofía o hablar de música. Eso es una deformación peligrosa y una manifestación de frivolidad terrible. ¿Qué cosa es la frivolidad? La frivolidad es tener una tabla de valores completamente confundida, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto plazo, por lo inmediato. Justamente eso es el espectáculo.

P. Pero no encierra esa perspectiva una excesiva idealización del pasado, como esa edad dorada platónica que tanto criticaba Popper, y que tiene como consecuencia fosilizar la sociedad, cerrarla al cambio...

R. No, yo no estoy por la fosilización. No soy un conservador en ese sentido, desde luego que no, y sé que en el pasado, al mismo tiempo que Cervantes y que Shakespeare, existía la esclavitud, el racismo más espantoso, el dogmatismo religioso, la Inquisición, las hogueras para el disidente… Yo sé muy bien que el pasado venía con todo eso, pero al mismo tiempo no se puede negar que en ese pasado había cosas muy admirables, que han marcado profundamente el presente, que enriquecieron la vida de las gentes, la sensibilidad, la imaginación. Y esa era una función que tenía la alta cultura, y hoy día no se puede ni siquiera hablar de alta cultura porque eso es incorrecto, políticamente incorrecto.

P. Hay una defensa muy interesante del erotismo en el libro, como obra de arte frente al “sexo descarnado”.

R. El erotismo fue en el mundo de la experiencia la conversión de un instinto en algo creativo, en una verdadera obra de arte y eso fue posible gracias a la cultura. Yo no creo que el erotismo nazca simplemente de una experiencia pragmática del sexo, ni muchísimo menos. Creo que es la cultura, que son las artes, el refinamiento de la sensibilidad que produce la alta cultura, la que crea el erotismo. El erotismo es una manifestación de civilizaciones, se da en sociedades que han alcanzado un cierto nivel de civilización. Y al mismo tiempo significa el respeto de las formas, la importancia de las formas en la relación sexual. Y ahí yo cito mucho a Georges Bataille, él defendió siempre el erotismo justamente como una manifestación de civilización, y fue muy reticente a la permisividad total porque creía que la permisividad total iba a matar las formas y al final se iba a llegar, otra vez, a una especie de sexo primitivo, salvaje. Y algo de eso ha pasado en nuestro tiempo.

P. Es decir, le falta erotismo a nuestra cultura.

R. Por eso el sexo significa tan poco para las nuevas generaciones. Significa un entretenimiento que es casi una gimnasia. Es como segar una fuente riquísima no solo de placer sino de enriquecimiento de la sensibilidad.

P. ¿Qué pensaría el Vargas Llosa de 25 años del libro que ha escrito el Vargas Llosa de ahora?

R. No me lo puedo imaginar. A nosotros nos ha tocado vivir una diferencia generacional sin precedentes en la historia. Precisamente por la extraordinaria revolución tecnológica, audiovisual, el mundo es tan absolutamente diferente que es muy, muy difícil ponerse hoy en día en la piel de un joven. Hay muchas cosas en el pasado que hay que suprimir, que hay que reformar sin ninguna duda. Pero hay una que yo creo que no, que hay que conservarla renovándola, actualizándola, que es la cultura. Una civilización que ha producido Goya, Rembrandt, Mahler, Goethe no es despreciable, no puede ser despreciable. Eso fijó unos ciertos patrones que deben ser, si se quiere, criticados pero mantenidos, continuados. Y esa continuación es la que yo creo que se pierde si la cultura pasa a ser una actividad secundaria y relegada al puro campo del entretenimiento.

P. Habla del pesimismo, del catastrofismo, incluso como un peligro mayor que la corrupción y cita una juventud apática, recluida en la hostilidad sistemática, aburrida. Fenómenos como el del 15-M, el de Occupy Wall Street, ¿no le generan cierta esperanza?

R. Sí, cierta esperanza sí. Siempre y cuando no se orienten en el sentido equivocado. Porque hay un cierto conformismo en la inconformidad. En eso Foucault escribió cosas muy interesantes. Pero sí, creo que hay estallidos entre los jóvenes que son bastante interesantes. No soy pesimista, sino más bien optimista, las cosas pueden cambiar para mejor. Pero hay algunos aspectos en los que es muy importante una crítica muy radical de un fenómeno representa una decadencia.

P. Una decadencia en la que incluye la corrupción política. Para ilustrarla cita usted una anécdota vivida por el escritor Jorge Eduardo Benavides, en Lima, cuando un taxista le dijo que votaba a Fujimori porque “solo robó lo justo”.

R. A mí me pareció maravillosa la historia. Hay una mentalidad ahí detrás ¿no? Un político puede robar; es más, no puede no robar, pero lo importante es que robe no más de lo debido.

P. Y ese tipo de conductas se están extendiendo…

R. …es por el desplome de los valores, no solamente estéticos, sino otros que antes, por lo menos de la boca para fuera, todos respetábamos. El político ya no debe ser honrado, debe ser eficaz. El ser honrado parece una imposibilidad connatural al oficio. Bueno, si se llega a un pesimismo de esa naturaleza entonces estamos perdidos. Y creo que no es verdad y yo lo digo, eso no es verdad. Pero hay una mentalidad que identifica la política con la picardía, con la deshonestidad. Es peligrosísimo sobre todo para el futuro de la cultura democrática. Si vamos a pensar eso entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o la larga va a desplomarse también.

P. Pero hay países donde hay mayor protección frente a la corrupción.

R. Por supuesto. La gran diferencia está en el mundo de la democracia y en el mundo del autoritarismo. En democracia hay corrupción, desde luego, lo estamos viendo todos los días. Pero precisamente lo vemos, sale a flote, existe una justicia más o menos independiente que puede todavía sancionar a los culpables. España es un ejemplo. Se puede decir que hay mucha corrupción pero estamos viendo casos de políticos importantísimos que son sentados en el banquillo de los acusados y que son condenados por pícaros, por ladrones, por traficantes. Bueno, esa es la gran diferencia. Eso no se ve en Cuba o China, donde de repente te enteras de que le cortan la cabeza a un señor porque dicen que delinquió y tenía cargos políticos. Hay diferencias. Y dentro de las democracias también. Las más avanzadas son menos corruptas que las más primitivas, las que son mucho más ineficientes. Recuerdo que en los años en que viví en Inglaterra, el escándalo más grande de corrupción fue el de un ministro de Margaret Thatcher, que no solamente perdió su ministerio sino que fue preso y perdió prácticamente todo su patrimonio por haber pasado un fin de semana en el Hotel Ritz de París, pagado por un jeque árabe. O sea, una corrupción de unos cuantos cientos o unos cuantos miles de libras esterlinas. Como comprenderá, eso en la época de Fujimori en el Perú era lo que robaba normalmente un pequeño alcalde. Ya no le digo los millones de millones de millones que consiguieron Fujimori y Montesinos. La sanción social fue muy escasa, puesto que en las últimas elecciones estuvo a punto de subir otra vez al poder con el voto popular. Esas diferencias sí son muy importantes. Y creo que es fundamental ser muy exigente y riguroso en ese campo, y no pensar que por ser político se tiene derecho a robar hasta cierto límite.

P. En las dictaduras hay evidentemente más corrupción. Pero también se da un fenómeno inverso. Ahí es donde la lucha de los intelectuales cobra mayor sentido. Es el caso de China con un premio Nobel de la Paz encarcelado.

R. Absolutamente. Cuando la libertad desaparece es cuando la libertad de pronto resulta importante. Y cuando la lucha por la libertad se convierte en una prioridad, el intelectual, el escritor, el poeta, el novelista, el pintor, de pronto empiezan a tener una importancia central en esa lucha. Ese es un fenómeno que lo estamos viendo en China, es interesantísimo, el caso de Ai Weiwei. Es una figura que representa hoy en día el espíritu de resistencia, la voluntad de apertura, de modernización, de democratización.

P. Al tratar de la degradación de los valores, incluye también el sensacionalismo en la prensa. ¿Cree usted en la autorregulación como una vía para atajar estas prácticas?

R. Creo que es la única. Que la propia prensa asuma una responsabilidad. Eso no se resuelve con sistemas de censura, ni muchísimo menos. Pero además yo creo que el sensacionalismo es la expresión de una cultura. La prensa forma parte de la vida cultural de un país. Y si la cultura empuja a la prensa a la chismografía, y hace de la chismografía un elemento central, al final el mercado se lo va a imponer a los periódicos, por más responsables y serios que quieran ser. Y eso lo estamos viendo en todas partes. Los periódicos más serios tratan de resistir, pero en un momento dado, si la supervivencia está en juego, tienen que hacer concesiones. El origen no está en los periódicos, el origen está en la cultura reinante, que impone la frivolidad y el amarillismo.


P. Usted ha sufrido el sensacionalismo.

R. Lo he padecido. Toda persona que es conocida hoy en día es irremediablemente víctima de la chismografía. Pasas a ser un objeto que ya no puede controlar su propia imagen. La imagen se puede distorsionar hasta unos extremos indescriptibles. Mucho más si haces política en un mundo subdesarrollado. Allí ya todo puede ocurrir.

P. Y hay un efecto multiplicador con las nuevas tecnologías.

R. Frente a las cuales te puedes defender muy mal. A mí me pasó una experiencia hace un tiempo en Argentina. Una señora me felicitó por un texto que me dijo le había conmovido mucho de homenaje a la mujer. Y yo le dije que muchas gracias, pero que no había escrito ningún homenaje a la mujer. Pensé que era una cosa que se había inventado ella o que se había confundido. Un tiempo después me mandan mi elogio a la mujer, que había aparecido en Internet. Un texto de una cursilería que da vergüenza ajena, firmado por mí y lanzado al espacio con motivo de no sé qué. ¿Cómo te defiendes contra eso? Es absolutamente terrible. De pronto pierdes tu identidad, porque hoy en día hay esos mecanismos que permiten falsificaciones de esa índole. A mí me parece bastante aterrador. Tampoco puedes dedicar tu vida a rectificar. Al final dejas de escribir, dejas de leer, para tratar de rectificar todas las falsedades, invenciones que te atribuyen. Eso es uno de los aspectos justamente de la irresponsabilidad que ha traído la gran revolución audiovisual.

P. Pero también hay que reconocer que el universo de Internet y las redes sociales permiten la exposición universal de un artista o de un pensador al instante.

R. Y burlar todos los sistemas de censura; eso es un progreso. Pero al mismo tiempo también es otra forma de confusión que tiene efectos muy negativos en la cultura, en la información. El exceso de información en última instancia también significa la desaparición de la discriminación, de las jerarquías, de las prioridades. Todo alcanza un mismo nivel de importancia por el simple hecho de estar en la pantalla.

P. Aunque no ataca a las religiones, sino al contrario, se percibe en el libro un canto al ateísmo ilustrado. Hay un momento incluso que identifica cultura profunda con aquella fuerza capaz de reemplazar el vacío dejado por la religión.

R. La idea liberal, tradicional, de que con el avance del conocimiento, la religión se iba a ir desvaneciendo fue una ingenuidad. El grueso de la gente, países cultos o países incultos, necesita una trascendencia, algo que le asegure que no perecerá definitivamente, y que habrá otra vida de la índole que sea, y eso es lo que sostiene la religión. Solo una minoría de personas, y eso ha sido igual en el pasado y en el presente, llega a llenar ese vacío con la cultura, que les da suficiente seguridad, suficiente resistencia para aceptar la idea de la extinción. Pero es una ingenuidad combatir a la religión. Tiene una función que cumplir, y es dar ese mínimo de seguridad que permite vivir a la gente con la esperanza de otra vida, de una defensa contra la extinción que aterra a todas las generaciones, no importa que nivel de cultura tenga esa sociedad. Eso lo debemos aceptar los creyentes o no creyentes, siempre y cuando la religión no pase a identificarse con el Estado, porque entonces desaparece la libertad. La religión por definición es dogmática, establece verdades absolutas, y no quiere coexistir con verdades contradictorias. Pero mientras la religión ocupe el espacio que le es propio, creo que es indispensable para que una sociedad sea verdaderamente democrática, libre, en la que se pueda coexistir en la diversidad.

***

La diversidad, la libertad, la tolerancia. El escritor vive y revive en esas palabras. A lo largo de la entrevista, la amargura que, a veces, asoma en su discurso ante lo que considera la devastación de la cultura, siempre se atempera con ellas. De algún modo, son su anclaje ateo y su religión frente al espectáculo.

—“Hemos escrito otro libro, ¿eh?”, bromea antes de despedirse

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