sábado, 8 de diciembre de 2012

El perro de Wert por Manuel Rivas (El País)


El ministro de Educación y Cultura habla del toro bravo para desviar la atención de su mal gobierno

Hay que respetar las fantasías de cada uno, sobre todo cuando son zoológicas, y si el ministro Wert se ve a si mismo como un “toro bravo”, conviene no tratarlo como un cabestro y estar atento a las embestidas. Otra cosa sería Wert Toro Sentado, pero no está el ruedo político para sutilezas. La embestida goza de mucho prestigio en la historia simbólica de España. Es más. Está tatuada en el imaginario colectivo. El ciudadano corriente trata de evitar cruzarse con las comitivas oficiales porque el instinto le dice que en fracción de segundos, bien porque hable o bien porque calle, puede verse en el riesgo de ser acometido no solo por algún morlaco subalterno, sino incluso sufrir la cornada doctrinaria del mismísimo titular de Educación y Cultura. Por importación mimética, desde el periodismo siempre estamos buscando alguna paloma entre halcones en la fauna conservadora dominante. Pero el ecosistema ha sido destrozado. Ocupado por depredadores y carroñeros. En la mejor época de Suárez, triunfaron las palomas sobre los halcones. Fue también el período más fértil de la democracia. Con Aznar los halcones se tomaron la revancha. La última paloma quemada fue Alberto Oliart, que había resucitado RTVE, y que los halcones han vuelto a hundir con su habitual eficacia. Para Maquiavelo, el gobernante debería conjugar la fuerza del león con la astucia del zorro. Puede aparentarse la fuerza del león, o irrumpir en el ágora como un toro bravo, poniendo fin a la conversación civilizada. Es mucho más difícil alcanzar la calidad de zorro. Cuando Wert anuncio con estruendo cornúpeto la Contrarreforma educativa, me acordé de otro animal mitológico. El perro de Alcibíades. Este gobernante griego le cortó en público el rabo a su perro. ¿Por qué? Para que la gente hablase del perro de Alcibíades y no de su mal gobierno. Ahora, aquí, hablamos del toro de Wert. Al final, en España, siempre gana la embestida.

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