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viernes, 30 de marzo de 2012

El papel de las redes sociales, «un balcón desde el que gritar», a debate


Publicado por Ana Mendoza - Agencia Efe

Las redes sociales influyen sin duda en la forma de escribir de quienes las usan y constituyen una oportunidad de oro para fomentar el diálogo entre los hispanohablantes. Ya no se escribe de manera unidireccional sino «buscando la respuesta», que no siempre será plácida ni positiva.
«Las redes sociales son un balcón desde el que gritar lo que se piensa, y eso deben tenerlo en cuenta los que escriben en internet porque a veces se producen reacciones no calculadas», afirmó hoy Xosé Castro, traductor, guionista y experto en terminología informática, en la jornada «El buen uso del español en los medios sociales».

Organizada por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) y la Asociación Española de Comunidades Online (Aerco-PSM), la jornada sirvió para reflexionar sobre la influencia de las redes sociales en el lenguaje y el nivel de exigencia que se debería tener al escribir en Facebook o en Twitter, dada la enorme repercusión que alcanza lo que se dice en esas redes.

Los expertos participantes aseguraron que «no hay que tenerle miedo a Twitter ni a Facebook, porque no ejercen una presión sobre la lengua sino que suponen una oportunidad», y coincidieron en afirmar que la influencia que los medios de comunicación tenían sobre el lenguaje se ha desplazado a las redes sociales.

«En Twitter vemos que determinadas personas tienen una gran influencia en su entorno porque poseen el talento de comunicar. Es difícil controlar ese mundo tan abierto; son los individuos, y no los medios», los que influyen en la forma de expresarse, dijo en esta jornada Gumersindo Lafuente, adjunto al director de El País.

Coordinada por Álvaro Peláez, filólogo y periodista perteneciente a la Fundéu, la sesión contó además con expertos como Mario Tascón, director de un manual de estilo para los nuevos medios; Guillermo de Haro, directivo de varias multinacionales, y Txema Valenzuela, responsable de comunicación online y redes sociales de BBVA.

Internet, dijo Lafuente, ofrece «un espacio de comunicación instantánea y universal que antes no existía», y ha acabado con «los compartimentos» en que estaba dividido el español de los diferentes países. De ahí que las Academias de la Lengua «no deberían estar preocupadas por conservar el idioma, sino por su evolución y adaptación a los nuevos medios».

Cuando se escribe en las redes, señaló Tascón, hay que tener en cuenta que el lenguaje de un país puede resultar equívoco en otro. «Los españoles nos creemos los garantes del idioma», pero, como recordó Peláez, hay más de 400 millones de hispanohablantes y en España viven solo el diez por ciento.

«El lenguaje es de todos y, en muchos casos, en algunos países pueden tener más que decir que nosotros», aseguró Tascón.

Txema Valenzuela describió gráficamente cuál es la situación: «En los últimos años, gracias a Twitter, nuestra identidad consiste en una foto muy pequeña y el resto es lo que escribimos, y eso hace que nos preocupemos mucho más por cómo lo hacemos».

En las redes los usuarios se mueven a veces «en círculos» y no se habla para todo el mundo sino para quienes «comparten nuestros mismos intereses». Eso «genera jergas propias», como sucede en el ámbito de la economía, la publicidad, el marketing.

«Esos intereses empiezan a ser las nuevas fronteras en torno al idioma, no las físicas», afirmó Valenzuela, quien también llamó la atención sobre lo fácilmente que «las incorrecciones en el lenguaje» acaban arrastrando a los usuarios de las redes.

Twitter y Facebook «están creando una nueva ortografía. La norma académica sirve hasta que enciendes el ordenador», porque también hay «una ortografía aplicada que se impone desde la red», señaló Xosé Castro, quien recomendó no abusar de los anglicismos ni de las mayúsculas. «El español es una lengua minusculista».

Aunque a veces una mayúscula cambia el sentido de la frase: «No es lo mismo decir "la Virgen del pueblo" que "la virgen del pueblo"», dijo Castro con humor.

Y, anglicismos los justos. Hay que olvidarse de expresiones como «stop and go» o «vamos a un paintball a hacer un teambuilding».




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miércoles, 29 de febrero de 2012

Javier Marías: Luchar contra el deterioro de la lengua es una batalla perdida



Ana Mendoza
Agencia Efe

El escritor Javier Marías tiene «cada vez más la sensación» de que luchar contra el deterioro de la lengua «es una batalla perdida» y afirma que, «al ritmo que vamos», dentro de cincuenta años los lectores tendrán dificultades no ya para entender el Quijote sino lo que escriben los novelistas actuales.

«Creo que es una batalla perdida la que todavía nos empeñamos en librar unos pocos, llamando la atención sobre los disparates que se dicen», asegura Marías en una entrevista telefónica con Efe con motivo de la publicación del libro Lección pasada de moda, que reúne medio centenar de artículos de este gran escritor relacionados con el idioma español.
En ese libro, publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y con prólogo de Alexis Grohmann, responsable también de la edición, Marías trata de hacer frente a la «marea continua de disparates» que se oyen y escriben a diario y reflexiona sobre incorrecciones gramaticales y ortográficas, el lenguaje grosero e injurioso o el políticamente correcto, entre otras cuestiones.

Tradicionalmente, los hablantes han tratado de dominar la lengua, «unos con mayor soltura y otros con menos conocimientos», le dice el escritor a Efe, pero «ahora da la sensación de que la lengua domina a los hablantes, de que es una especie de magma».

«La lengua es una especie de sopa boba en la cual la gente chapotea. Todos los dichos, frases y modismos se utilizan indiscriminadamente», asegura Marías antes de recordar que hace unos días escuchó la expresión la relación de esta pareja va 'miel sobre hojuelas'" «Eso no significa nada. 'Miel sobre hojuelas' quiere decir una cosa buena sobre otra cosa buena, pero ya se confunde con 'ir como la seda'».

También oyó en un telediario que un determinado ciclista se conoce los Pirineos 'como anillo al dedo'. Será como la palma de la mano, dice con resignación.

Elegido académico de la Lengua en 2006, este novelista cuya obra está traducida a más de cuarenta lenguas no ve bien que la Real Academia Española acabe aceptando ciertas incorrecciones con el argumento de que «están muy extendidas».

«Eso es un error», afirma tajante. «Evidentemente, la Academia no puede imponer nada; su función es orientar, sugerir y responder dudas» pero, «si se rinde ante los usos incorrectos, la gente se siente con permiso para utilizarlos».

Y es que, recientemente, Marías descubrió «con estupefacción» que la Academia ha aceptado la expresión hacer aguas, que «se emplea ahora continuamente en prensa y televisión para lo que es 'hacer agua'.

Como recuerda el novelista, tradicionalmente «hacer aguas menores sería hacer pis y aguas mayores, hacer caca». Por eso, cuando en un partido de fútbol dicen que «el Barcelona empezó a hacer aguas a mitad de tiempo», a Marías le suena «como si el equipo entero se hubiera puesto a orinar». Tampoco hace aguas un bote ni la relación de un matrimonio.

«Pero me temo que es una batalla perdida», insiste Marías a quien le preocupa la creciente pobreza de vocabulario que tienen los hablantes, para muchos de los cuales «empiezan a ser molestas y poco comprensibles las frases largas, con subordinadas o subjuntivos».

«Un lector actual puede entender bien, con ayuda de notas a pie de página, el Quijote, un libro escrito hace cuatro siglos, pero creo que al ritmo de deterioro que lleva la lengua, sobre todo en España, dentro de cincuenta años más los lectores tendrán dificultades para entender, por ejemplo, mis novelas, las de Pérez-Reverte o las de Eduardo Mendoza», señala.

A la hora de buscar culpables, Marías señala a la televisión y a los medios de comunicación en general. «La gente que interviene en ellos cada vez habla peor y se contamina todo». «Hasta en los propios telediarios se dicen barbaridades continuamente», añade.

Con frecuencia el escritor arremete en sus artículos contra la corrección política aplicada al lenguaje, que desaconseja emplear términos como judiada o negro, entre otros.

«Normalmente quienes están tan preocupados por ese tipo de cosas son los verdaderos racistas», subraya el autor de Los enamoramientos, esa excelente novela, considerada la mejor de 2011 por medios especializados y que se está traduciendo a más de veinte idiomas.

Las lenguas, concluye Marías, «se han ido haciendo a lo largo de siglos y cada vez han sido más exactas y precisas, pero ahora tenemos la tendencia contraria: da igual matizar, da igual un término que otro, si al fin y al cabo nos entendemos».

«Es cierto que nos entendemos, pero acabaremos haciéndolo como los hombres de las cavernas», subraya.

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LECCIÓN PASADA DE MODA 
Javier Marías


No soy quién para saberlo, pero no está de más hacer algún comentario sobre la actual dicción de nuestra lengua e intentar diferenciar en lo posible. Hay pronunciaciones regionales o locales que nunca deberían considerarse faltas ni fallos, sino meras variantes en el habla de las gentes, y en ese sentido me parece ridícula la tendencia a evitar acentos andaluces, canarios o catalanes entre quienes nos relatan las noticias, y lamentable el esfuerzo por corregir su natural manera de hablar por parte de los locutores originarios de las correspondientes zonas. Tan correcta es la dicción de Sevilla, Tenerife o Gerona como la de Madrid o Segovia, tanto la de México, Buenos Aires o La Habana como la de Valladolid o Toledo. Sería absurdo reprochar a los argentinos que no sepan pronunciar la ll, como si la pronunciación castellana de ese sonido fuera la única ortodoxa (...). Sería lo mismo que acusar a los andaluces de no saber reproducir el sonido s antes de t, puesto que sí lo hacen, en su variante aspirada. Tan de buen español es la l palatal catalana como la de cualquier otro sitio, por la sencilla razón que el español que se habla en Cataluña no es malo ni bueno, mejor ni peor, sino simplemente otro, tan licito y característico como el de Lima, Burgos, Pamplona o Caracas. 


Es en cambio insensato que los responsables de las televisiones y las radios, injustificadamente sensibles a los acentos, no se preocupen por las dicciones. Porque las hay que no obedecen a ninguna razón geográfica ni tan siquiera de clase o nivel de educación — ya que no todos los hablantes de una misma capa social incurren en ellas, ni dejan de incurrir individuos de las demás — sino desconocimiento, pereza o descuido (…).


Otro fallo bastante común es el decir “estijma” o “ijnorancia” en vez de “estigma” o “ignorancia”, o el hostigamiento variado a que se somete al sonido doble x (g o c más s), sobre todo ante otra consonante, y así oímos a menudo que algo es “excelente” o “excepcional” e incluso “ececional” sin más. Confieso que me irrita particularmente el defecto, que algunos intentan hacer pasar por madrileñista, consistente en maltratar nuestra d final convirtiéndola en z: “Madriz”, “ciudaz”, “libertaz” y así. En un andaluz es del todo admisible que digan “Madrí”, como un catalán “Madrit”, pero esa z bestial no pertenece a ninguna pronunciación local — se lo aseguro a ustedes, y yo soy de Chamberí —, sino a una incapacidad para la d relajada o suave que corresponde. Resultan también grotescas y afectadas (salvo en Valencia, donde es rasgo regional) las personas que al hablar diferencian la v de la b, ya que en castellano no hay la menor distinción fonética entre esos dos signos. No habría mucho que reprochar a quienes pronuncian “sicólogo” o “siquiatra”, ya que incluso está admitido escribir de ese modo esos términos, pero prescindir de la p que los antecedió desde los griegos me parece una concesión a la pereza (...).


Con todo, no me siento para nada purista y me parece estupendo que cada cual pronuncie como le venga en gana. Lo único es que, de la misma manera que no todo el mundo debe dedicarse al teatro, o a la canción, o a la abogacía, o a la carpintería, hay muchas personas que no deberían dedicarse a hablar en público y sin embargo ahí están misteriosamente en televisión o en radio, propagando dicciones erróneas y dañándonos sin necesidad los oídos. 


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