Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Delibes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Delibes. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de diciembre de 2011

Elogio a otro hombre, Paco, el del Tiburón: confesión y súplica de perdón de Menchu (Cinco horas con Mario de miguel Delibes)


Y me di cuenta en seguida, no te creas, un Tiburón rojo aquí, imagina, inconfundible, no podía ser otro, y aunque intenté hacerme la tonta, él, ¡plaf!, en seco, un frenazo de cine, ¿eh?, que se quedó un rato el coche como temblando y Paco venga de sonreír, "¿vas al centro?", y yo, toda acomplejada, a ver, que Crescente no hacía más que fisgar desde el motocarro, "sí", "pues, arriba", y ya con la portezuela abierta, a ver qué podía hacer, me colé, y más cómoda que en el sofá del cuarto de estar, Mario, te lo prometo, que lo que yo le dije, "me chifla tu coche", que es verdad, que parece que ni tocas el suelo ni nada. Y él, entonces, dio media vuelta y salió como un cohete por la carretera de El Pinar, que yo le decía, "vuelve, ¿estás loco?, ¿qué va a decir la gente?", pero él, ni caso, cada vez pisaba más y decía, ¿sabes lo que decía?, decía, "déjales que digan misa" y los dos a reír, figúrate qué locura, en un Tiburón, mano a mano, a ciento diez, que hasta se me iba la cabeza, te lo juro, que hay cosas que no se explican, date cuenta, aquel chiquilicuatro que hasta trabucaba las palabras, pues no veas ahora, un aplomo, una serenidad, hablando a media voz, sin vocear, pero sólo lo justo, como la gente de mundo, si no se ve no se cree, que hay que ver, en un dos por tres, lo que ha corrido este hombre, si es el no parar, ¡Dios mío, aquel chisgarabís! (...) Y es verdad, Mario, qué cambiazo, por mucho que te lo diga no te lo puedes ni imaginar, unos modales, una delicadeza, lo que se dice otro hombre, eso, que yo recuerdo por aquellos entonces, "diócesis" por"dosis", y cosas por el estilo, que era una perfecta calamidad, (...) Bueno, pues le ves conducir ahora y te caes de espalda, ¡qué soltura!, es que no hace ni un solo movimiento de más, que parece que hubiera nacido con el volante entre las manos. Y luego ese olor que se gasta, como a tabaco rubio mezclado con colonia de fricción, que a la legua se ve que hace deporte, tenis y así, y cuando fuma ni se quita el pitillo de los labios, a ver, a ciento diez, loco sería, y guiña los ojos como en el cine, que yo le decía, te lo juro, "da la vuelta, Paco, tengo un montón de cosas que hacer", pero él venga de reírse, que tiene toda la dentadura completa, figúrate qué envidia, "demos tiempo al tiempo; la vida es breve", y, ¡hala!, como un loco, a ciento veinte, que, en éstas, nos cruzamos con el Dos Caballos de Higinio Oyarzun, que a saber de dónde vendría a esas horas por esa carretera, y yo quise agacharme pero estoy casi segura de que me vio, date cuenta qué apuro, y Paco, "¿te ocurre algo, pequeña?" y, luego, "es que estás igual", y yo, "¡qué bobada! fíjate la de años que han pasado", y él, muy fino, "el tiempo no pasa igual para todos", una galantería, tú dirás, pero que se agradece, por qué voy a decir lo contrario. Y cuando paró no me quitaba ojo y me preguntó, de repente, que menudo sofoco, si sabía conducir, y yo que muy poco, casi nada, y él, dale, que todos los días me encontraba en la cola del autobús, entre gentuza, que yo ni sabía dónde meterme, que pasé más vergüenza que en toda mi vida junta, te lo prometo, pero a ver qué le iba a contestar, la verdad, Mario, que quien dice la verdad ni peca ni miente, que no teníamos coche, que a ti eso de los modernismos no acababa de entrarte, y no quieras saber cómo se puso, que me gustaría que le hubieras visto, "¡no, no, no!", como un loco, palabra, dándose coscorrones en la cabeza, natural, que es lo que yo digo, cariño, que hace años tal vez, pero hoy en día, un coche no es un lujo, es un instrumento de trabajo. Y Paco venga de encender pitillos, uno tras otro, que si no fumó veinte no fumó ninguno, y "¿qué es de Transi?", y lo que yo le dije, que no había tenido suerte, y que si se acordaba de los Viejos, bueno, pues Evaristo, el alto, se casó con ella, ya de mayor, y a los cinco años la había abandonado con tres criaturas y él se había largado a América, a Guinea, me parece, que Paco, entonces, "todos nos equivocamos, no es fácil acertar", que me dejó de una pieza, que le brillaban los ojos y todo, Mario, te lo puedo jurar, que a mí me dio lástima, un hombrón así, que no pude por menos, "¿no eres feliz?" y él, "dejemos eso. Vivo y no es poco", pero me miraba cada vez más de cerca y yo estaba toda aturdida, a ver, pensando en la mejor manera de ayudarle, que entonces se me ocurrió recordarle cuando paseábamos por la Acera, de nuestros tiempos, Mario, cuando el bárbaro de Armando se ponía los dedos en las sienes y mugía, ¿te acuerdas?, antes de hacernos novios, pues eso, y él, "¡qué tiempos!", como suele decirse, y, de repente, "tal vez entonces perdí mi oportunidad. Luego, ya ves, la guerra", como con pena, que lo que yo le dije "pues tú te portaste bien bien en la guerra, Paco, no digas", que él, sin venir a cuento, se desabotonó la camisa, que no lleva suéter ni nada, en pleno invierno, y me enseñó las cicatrices del pecho, un horror, no te puedes ni imaginar, entre los pelos, que quién lo hubiera dicho, tan varonil, que de chico era un poco niño Jesús, que me dejó helada, te lo prometo, que eso es lo último que me esperaba, y le dije, "pobre", sólo eso, nada más, te lo juro, pero él me puso el brazo por detrás, que yo pensé que en buen plan, te lo juro, y cuando me quise dar cuenta ya me estaba besando, visto y no visto, y sí, desde luego, muy fuerte, que yo ni sabía lo que hacía, como de tornillo, sí, apretadísimo y muy largo, ésta es la verdad, pero yo no puse nada de mi parte, como lo estás oyendo, que estaba como hipnotizada, te lo juro, que me había estado mirando sin dejarlo yo que sé el tiempo, y luego aquel olor entre de colonia y de tabaco rubio, que trastorna a cualquiera, Valen te lo puede decir, que me lo ha comentado un montón de veces, que yo sólo te quiero a ti, no hace falta que te lo diga, pero estaba como atontada, a lo mejor de la misma velocidad, la falta de costumbre, vete a saber, cualquier cosa, como un fardo, lo mismito, y el corazón, paf, paf, paf, como desbocado, no puedes hacerte idea, eso instintivamente, los principios, lógico, y no podía ni menear un dedo, igual que anestesiada, lo mismito, que ni los  árboles, imagínate, con los que había, sólo el runrún de sus palabras, cerquísima, desde luego, prácticamente encima, que era como estar en las nubes, una desorientación, y él me abrió la puerta y, muy suave, "baja" y yo como una sonámbula, bajé, pero como te lo digo, ni voluntad ni nada, que era una especie de flojera, a buena hora si no, obedecía sin darme cuenta, y nos sentamos detrás de una mata, al sol, más bien grande, sí, muy grande, nos tapaba desde luego, y figúrate a esas horas, en día de labor, ni un alma, lo que se dice nadie, que si yo estoy en mis cabales de qué, y Paco insistiendo, "aquí donde me ves, que parece que tengo todo, estoy solo, Menchu", que yo "pobre", otra vez, pero conmovida de veras, Mario, que esto es lo curioso, como si no supiera decir otra cosa, claro que no era yo ni Dios que lo fundó, hipnotizada o lo que quieras, segurísimo, imagínate, buena soy, y él, como enloquecido, empezó a abrazarme y a estrujarme por el suelo, y me decía, me decía, ¿sabes qué me decía?, después de todo, Mario, no es ninguna novedad, que al fin y al cabo, fue sincero, que otros lo piensan y no lo dicen, me decía, mira Elíseo San Juan, de siempre, y el mismo Evaristo, que a saber qué tienen mis pechos, yo qué le voy a hacer, y Paco cada vez más frenético, me decía, ¿sabes lo que me decía?, me decía, "veinticinco años soñando con estos pechos, pequeña", figúrate, que yo, como tonta, "pobre", esto te dará idea, que él como fuera de sí, que hasta me rompió la ropa y todo, Mario, pero yo no era yo, no hace falta que te lo diga, perdóname, nada de culpa, que le rechacé, te lo juro, le recordé a nuestros hijos, que ni sé de dónde me vinieron las fuerzas porque estaba completamente sin voluntad, hipnotizada, palabra, pero le mandé a paseo, que se debió quedar de un aire, te lo prometo, que me caiga muerta, que a saber tú con Encarna, en Madrid, perdona, Mario, perdóname, no quise decir eso, pero no pasó nada de nada, puedes estar tranquilo, te lo juro, que le recordé a nuestros hijos, o a lo mejor fue él, vete a saber, ya ni me acuerdo, pero para el caso es lo mismo, Mario, que me quitó la palabra de la boca, que ni hablar podía, estaba desquiciada, cariño, tienes que hacerte cargo, sólo quiero que me comprendas, ¿oyes?, porque aunque hubiese hecho algo malo no era yo, puedes estar seguro, que la persona que estaba allí no tenía nada que ver conmigo, sólo faltaría, pero no pasó nada, nada de nada, en absoluto, te lo juro por lo que más quieras, Mario, créeme, y si Paco no hubiera reaccionado hubiese reaccionado yo, ya me conoces, aunque estuviera convertida en una piltrafa, pero él, después de todo, tenía la culpa, a él le correspondía, que cuando se separó tenía unos ojos que daban miedo, echaban chispas, Mario, de loco, pero dijo, "somos dos locos, pequeña, discúlpame, no quiero perjudicarte", y se levantó, que yo avergonzada, sí, así fue, bien mirado, fue él, pero que fuera uno u otro es indiferente, cariño, lo importante es que no pasó nada, te lo prometo, sólo hubiera faltado, el respeto que te debo y nuestros hijos, pero, por favor, no te quedes ahí parado, ¿es que no me crees?, te lo he contado todo, Mario, cariño, de pe a pa, tal como fue, te lo juro, no me guardo nada, como si me estuviera confesando, palabra, Paco me besó y me abrazó, lo reconozco, pero de ahí no pasó, estaría bueno, te lo juro, y tienes que creerme, es mi última oportunidad, Mario, ¿no lo comprendes?, y si tú no me crees yo me vuelvo loca, te lo prometo, y si te quedas ahí parado es que no me crees, ¡Mario!, ¿es que no me estás escuchando?, atiende, por favor, nunca he sido más franca, te lo podría jurar, con nadie, figúrate, que te estoy hablando con el corazón en la mano, escucha, para mí el que me perdones es cuestión de vida o muerte, ¿te das cuenta?, no se trata de un capricho, Mario, mírame, anda, aunque sólo sea un momentín, por favor, no me vayas a confundir con mi hermana, me aterro sólo de pensarlo, te lo prometo, ya ves Julia, una cualquiera, no me digas, con un italiano, que no tiene perdón, en plena guerra, tú me dirás, como quien dice en frío, que al fin y al cabo, Galli, un desconocido, buena diferencia con Paco que perdería la cabeza y todo lo que quieras, pero, en resumidas cuentas, un caballero, Mario, "somos unos locos, pequeña; discúlpame", un detalle, que me quitó la palabra de la boca, te lo juro, Mario, te lo juro por lo que más quieras, que yo se lo iba a decir y eso que estaba como tonta, completamente hipnotizada, ni voluntad ni nada, un fardo, pero se lo iba a decir, palabra, y él, zas, se me adelantó, claro que lo importante, fuese uno u otro, es que no pasara nada, a ver si no, Mario, pero mírame un poco, di algo, no te quedes ahí parado, que parece como que no me creyeras, que te estuviera engañando o así, y no, Mario, cariño, que en la vida he sido más franca, te estoy diciendo toda la verdad, toda, enterita, te lo juro, no ocurrió nada más, pero mírame, di algo, anda, por favor, mira que eres, me estoy tirando por los suelos, más no puedo hacer, Mario, cariño, que al fin y al cabo, si a su tiempo me compras un Seiscientos, ni Tiburones ni Tiburonas, segurísimo, que con estas restricciones lo que hacéis es ponernos en el disparadero, a ver si no, que cualquiera te lo puede decir, pero perdóname, Mario, anda, te lo pido de rodillas, no hubo más, te doy mi palabra, yo sólo he sido para ti, te lo juro, te lo juro y te lo juro, por lo más sagrado, Mario, por lo que más quieras, por mamá, fíjate, que más no puedo hacer, pero mírame, un segundo aunque sólo sea, anda, hazme ese favor, ¡mírame!, ¿es que no me oyes? ¿cómo quieres que te lo diga? ¡Mario, que me muera si no es verdad!, no pasó nada, que Paco, a fin de cuentas, un caballero, claro que fue a dar conmigo, pero si yo tengo un Seiscientos, ni Paco ni Paca, te lo juro, Mario, te lo juro por Elviro y por José María, ¿qué más quieres?, en mejor plan no me puedo poner, Mario, que yo puedo llevar la cabeza bien alta, para que lo sepas, pero ¡escúchame, que te estoy hablando! ¡no te hagas el desentendido, Mario!, anda por favor, mírame, un momento, sólo un segundo, una décima de segundo aunque sólo sea, te lo suplico, ¡mírame!, que yo no he hecho nada malo, palabra, por amor de Dios, mírame un momento, aunque sólo sea un momentín, ¡anda!, dame ese gusto, qué te cuesta, te lo pido de rodillas si quieres, no tengo nada de qué avergonzarme, ¡te lo juro, Mario, te lo juro! ¡¡te lo juro, mírame!! ¡¡que me muera si no es verdad!!, pero no te encojas de hombros, por favor, mírame, de ¡mírame o me vuelvo local ¡¡Anda, por favor...!!  



Miguel Delibes  Cinco horas con Mario     Capítulo XXVII  páginas 180 185

Menchu, lectora (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)


 Si eso no es sensibilidad, Esther dirá lo que es sensibilidad, que la muy sandia se cree que sensibilidad es 
leer, atiborrarse de libros, cuanto más rollos, mejor, que no es que yo vaya a decir que una sea muy cultivada, Mario, que ni tiempo, tú lo sabes, pero tampoco una analfabeta, Mario, ya ves, que tu Memoria, bueno, la de papá tres veces, y no era precisamente un libro divertido, y los de Cánido, que digáis lo que digáis a mí me encantan, y los tuyos, Mario, no digas, todos, uno detrás de otro, y aprendiéndome párrafos de carrerilla, de pe a pa, y antes de casarme, "La Pimpinela Escarlata" y por lo menos diez veces "Vendrá por el mar", que me chiflaba, nunca he disfrutado tanto con un libro, palabra, que tenía un encanto especial, que la pánfila de Esther se da unos aires como si sólo hubiera leído ella. Y ahora que me acuerdo, Mario, también me leí de cabo a rabo el libro de versos de aquel amigo tuyo, Barcés o Bornes, ¿te acuerdas?, el que encontramos en Madrid durante el viaje de novios, de Granada, me parece, que hablaba todo el tiempo de García Lorca, él un poco pelirrojo y ella llenita, muy morena, que le conocías, creo, de cuando la guerra, no me hagas mucho caso, él como muy cohibidín, bueno, es igual, pues me leí el libro de un tirón, que eran unos versos rarísimos, unos cortos cortos y otros largos largos, que no pegaban ni con cola, al buen tuntún, que al acabar me dio una jaqueca horrible, ¿recuerdas?, distinta de otras veces, como en mitad de la cabeza.

Miguel Delibes  Cinco horas con Mario Capítulo XXVI página 178

El Seiscientos (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)


Fuera de los nombres de los chicos, la administración, los colegios y cosas así, yo un cero a la izquierda, no me vengas ahora, que lo que más me duele, Mario, es que por unos cochinos miles de pesetas, me quitaras el mayor gusto de mi vida, que yo no te digo un Mercedes, que de sobra sé que no estamos para eso, con tanto gasto, pero qué menos que un Seiscientos, Mario, si un Seiscientos lo tienen hoy hasta las porteras, pero si les llaman ombligos, cariño, ¿no lo sabías?, porque dicen que los tiene todo el mundo. ¡Cómo hubiera sido, Mario!, de cambiarme la vida, fíjate; no quiero ni pensarlo. Pero ya, ya, un automóvil es un lujo, una cátedra no da para tanto, me río yo, como si no supiera que los que te frenaban eran los de la tertulia, pero mira don Nicolás, consejos vendo y para mí no tengo, un Milquinientos, que es lo que yo digo, una cosa es predicar y otra dar trigo, que mucho igualdad y todas esas historias pero ya le ves a él, el cuento de siempre, que si tú te lo propones, un Gordini, a ver, y no quito ni tanto así, que oportunidades no te han faltado, mira Fito, en mejor plan no cabe, y aun sin recurrir a eso, Mario, porque tú escribes bien, todo el mundo lo dice, pero de unas cosas que no entiende nadie y cuando se entiende, peor, de una gentuza que hasta huele, desarrapados y muertos de hambre. Y eso a la gente, no, Mario, que la gente es muy avisada y no le gusta que le vayan con problemas, que bastantes tienen ya, que me he hartado de decírtelo.

Miguel Delibes  Cinco horas con Mario Capítulo VIII página 42

La juventud está perdida... (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)


No quiero entristecerme más de lo que estoy, Mario, cariño, pero la juventud está perdida, unos por el twist y otros por los libros, ninguno tiene arreglo, que yo recuerdo antes, ¿cómo vas a comparar?, hoy no les hables a estos chicos de la guerra, te llamarían loco, y sí, la guerra será todo lo horrible que tú quieras, 
pero, al fin y al cabo, es oficio de valientes, después de todo no es para tanto, que yo, por mucho que digáis, lo pasé bien bien en la guerra, de acuerdo, a lo mejor por insensatez, pero no me digas, si aquello era como una fiesta sin fin, cada día algo distinto, que si los legionarios, que si los italianos, que si se tomaba 
esto o aquello, y todo el mundo, hasta los viejos, cantando "Los Voluntarios", que tiene una letra bien bonita, o "El novio de la muerte", que ésta sí que es el no va más. Y entonces ni me importaban los bombardeos, ni el Día del Plato Único, que mamá, con ese arte especial que tenía, juntaba todo en un plato y ni pasábamos hambre, te lo juro, como el Día sin Postre, que Transi y yo comprábamos caramelos y ni notarlo. Los que sí eran un poco así, como frescos, ahora me doy cuenta, eran los de los pueblos, a ver, gente sin trato, que yo recuerdo que cuando les clavábamos el Detente, pero en la carne, ¿eh?, todo el tiempo tocándonos y "dadnos suerte", que Transi y yo sin rechistar, a ver, eran tan valientes. ¿Sabías que yo, aunque ya era novia tuya, fui madrina de uno? Pablo, Pablo Haza creo que se llamaba, me escribía unas cartas tronchantes, llenas de faltas de ortografía, un patán de la cabeza a los pies, pero no te den celos, 
porque algo había que hacer por esa pobre gente y yo le contestaba, que una vez se presentó con permiso y empeñado en salir conmigo, figúrate, ya le dije que de eso ni hablar y, entonces, que al cine, y yo que no, menos, imagínate, con toda la gente, y él empezó a dramatizar que lo mismo le mataban al día siguiente y yo 
que qué le iba a hacer, que lo sentiría en el alma y él, entonces, se metió un dedo con toda la uña negra en la boca y me puso en la mano una muela de oro, que yo horrorizada, "¿para qué hace usted eso?", porque eso sí Mario, muy de usted, no te vayas a creer, buena era mamá: "Está bien ayudarles, pero guardando las distancias; los soldados son gente baja", y él que los moros cascaban las cabezas de los muertos, figúrate qué espanto, para quitarles los dientes de oro y que se lo guardara hasta el final de la guerra, que debió ser un presentimiento, porque del bueno de Pablo Haza nunca más se supo, que tuvimos que ir mamá y yo un día a entregar la muela al Tesoro. De esto hubo mucho en la guerra, desgraciadamente, mira Juan Ignacio Cuevas sin ir más lejos, me parece que ya te lo conté, el hermano de Transi, que era así como retrasado, medio anormal, pero le movilizaron y le llevaron a un cuartel, para servicios auxiliares y así, pero lo que pasa en las guerras, debió hacer falta gente o qué sé yo, el caso es que una mañana, los padres de Transi se encontraron un papelito todo lleno de faltas por debajo de la puerta: "Me yeban, figúrate con i griega, a la gerra, sin ú. Tengo muchísimo miedo, a Dios, separado, Juanito". Bueno, pues ésta es la hora, y ya ha llovido, que revolvieron Roma con Santiago, no te vayas a creer, buenos son, pues lo que se dice ni rastro. Claro que, lo que yo digo, conforme estaba, preferible que Dios se lo llevase, una carga, imagina qué porvenir, de peón de albañil o algo parecido, mejor muerto, pero a Transi, hijo, le dio sentimental, "ay, no, guapina, un hermano es un hermano", que eso según desde donde lo mires, pero si piensa así, es absurdo que pusiera cara a Evaristo, un emboscado, que hasta se dejó pintar desnuda por él o a saber cómo, 
que en otra cosa, no, Mario, cariño, pero en este punto bien tranquilo puedes estar, que yo de eso, ni hablar, ya lo sabes, y no por falta de ocasiones, Mario, que los hombres, por si no estás enterado, todavía me miran por la calle y hay miradas y miradas que Eliseo San Juan, cada vez que me echa la vista encima, 
hay que oírle, un torbellino, que no se para en barras, "qué buena estás, que buena estás; cada día estás más buena", que si le diera pie no sé lo que sería, que ni le miro, sigo y como si nada, hasta que se cansa, te lo prometo, como si no fuera conmigo, anda que si le diera pie... 

Miguel Delibes  Cinco horas con Mario Capítulo VII página 39 

Libros enlutados (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)


Lo de Mario era excesivo. ¿Cómo casar la orla negra de seis cíceros de Pío Tello con su suéter azul? Los amigos se escondían en su hombro y le palmeaban la espalda sin miramientos, como si quisieran sacarle el polvo a su suéter azul. "Cierre del todo. Es mejor que cierre del todo". "Hace frío". "Es muy mala la corriente". "Así, gracias". "El corazón es muy traicionero, ya se sabe". "Lo dicho". "Una orla bien negra, Pío, por favor". Y no es que la agradasen las esquelas pero de perdidos, al río. Y  se me quedó plantado, delante, como haciéndome cara, te lo juro, que me asustó, "¿quién ha vuelto los libros?", "pues yo", le dije, y él dijo: "los libros eran él", ya ves qué salida, que así, tan llamativos, con esas pastas, no son luto ni cosa parecida, porque tú ya sabes, Valen, cómo hacen ahora los libros, que parecen cualquier cosa, cajas de bombones o algo así, que dan más ganas de comerlos que de leerlos, ésta es la verdad, que vivimos la época de los envases, hija, no me digas, que en todas las cosas vale más lo de fuera que lo de dentro, que es una engañifa y una vergüenza, figúrate en un caso así, tú dirás, con un muerto en casa y todo rodeado de colorines, al demonio se le ocurre, que yo, ya me conoces, tuve la santa paciencia de volver libro por libro, menos mal que los paños negros tapaban la mayoría, que si no, la mañana entera, como lo oyes, menuda trabajina, si no se ve no se cree.  Y  hay que ver las manos que me puse, la porquería que almacenan, para eso es para lo que sirven los libros, como yo digo, que lo que siento es no haberme dado cuenta a tiempo, que si me ayudan los chicos de la funeraria, figúrate, en un santiamén, claro que qué vas a pedir a esa gente, ni enterarse, a ver, natural, de detalles, cero, ellos atienden su oficio y adiós muy buenas, si te he visto no me acuerdo. "En la vida he visto un muerto así se lo aseguro. ¡Pero si ni siquiera ha perdido el color!" "¿No quieres pasar a verle, Valen? Te advierto que no impone nada". "De veras que no, bobina. Prefiero guardar un recuerdo de Mario vivo".  (Prólogo de la obra)

martes, 4 de octubre de 2011

El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes (Podcast)

Descripción: El lazo sentimental que tiene La Milana Bonita con el escritor castellano Miguel Delibes es una realidad que cada año se hace más patente. Tras haber analizado obras clave de su bibliografía como El hereje o Los santos inocentes, la tercera temporada se abrirá con El disputado voto del Señor Cayo, una novela desconocida por muchos, pero que en los tiempos que corren está muy relacionada con la actualidad. 


Este pequeño libro, publicada en 1978, realiza una descripción satírica del sistema electoral democrático que se quería instaurar en España tras los años grises de la dictadura franquista. De entre esa vorágine partidista que se instauró en el país, surge en un pueblo perdido de la meseta castellana el Señor Cayo. Un personaje de campo y naturaleza que ejerce durante la trama de curioso contrapunto con el discurso de los jóvenes militantes que persiguen su voto. Hasta aquí se puede contar, porque La Milana Bonita en este programa analiza con sus secciones habituales esta joya literaria. 


Para hacer este programa que se emitió en directo desde la Biblioteca de Castilla y León, nos acompañan Elisa Delibes (hija de Escritor), Ramón García (biógrafo de Delibes) y Alejandro Carrión (director de la Biblioteca). 

domingo, 17 de julio de 2011

El camino - Miguel Delibes


El camino es la tercera novela del escritor español Miguel Delibes, publicada en 1950. Está ambientada en la España rural de la posguerra, posiblemente en Molledo, Valle de Iguña, donde el autor pasaba sus vacaciones veraniegas en la infancia. Según confesión del autor, con esta obra encontró su estilo narrativo. La novela fue llevada al cine por la directora Ana Mariscal en 1963.



El camino - Miguel Delibes (podcast)

Descripción: Una historia llena de entrañables relaciones entre los habitantes de un pueblo rural, en una clave de humor ácido, pero repleto de ternura. Contado por Daniel, el Mochuelo, llega a lo más hondo del... corazón humano. Por la voz silenciosa

















































Cinco horas con Mario - Miguel Delibes

Argumento

Estamos en Marzo de 1966. Carmen Sotillo, a los 44 años, acaba de perder a su marido Mario de forma inesperada. Una vez que las visitas y la familia se han retirado, ella sola vela durante la última noche el cadáver de su marido e inicia con él un monólogo-diálogo en el que descubrimos sus personalidades y los conflictos de su matrimonio. (Wikipedia)

domingo, 12 de junio de 2011

Maestro Delibes, maestro López: Una escultura que habla, la verdad

En este texto inédito de Miguel Delibes, el autor de Los santos inocentes y premio Cervantes en 1993 exhibe desde su tradicional, recia y callada forma de estar en la vida y en la literatura, una admiración sin condiciones hacia la persona y la obra de Antonio López. Cuando faltan apenas dos semanas para que la Fundación Thyssen abra sus puertas a la antológica del pertinaz retratista de la Gran Vía madrileña, esta inclasificable pieza literaria de amistad y de tributo adquiere, de la mano de Delibes, valor de legado. Todo, o casi, está implícito en ella: el descubrimiento de la pintura de Antonio López en la Fundación March "en años políticamente tristes", aquel almuerzo juntos en El Caballo de Troya de Valladolid, la sincera rendición del escritor ante "la modestia machadiana" del aliño indumentario del pintor, y aquella tarde, en la casa de Miguel Delibes en Valladolid, en que el artista le midió la cabeza para una de las tres esculturas que tenía en mente: Delibes-Tàpies-Ferlosio. Un canto a la amistad. El texto formará parte del libro Antonio López. Pintura y escultura, que la editorial TF publicará en julio.




Miguel Delibes en lenliblog





MIGUEL DELIBES - EL PAÍS - Cultura - 12-06-2011

Deslumbrado por la magia del pincel de Antonio López, fui de los primeros en acercarme a su obra. ¿Para qué? ¿Y quién lo sabe? Yo buscaba algo, una muestra, una aproximación a su genio. Después aspiré a un recuerdo. En mi expectativa ávida, llegué a proponerle: "Lo que tú quieras, Antonio. Una interrogación, mis iniciales firmadas por ti. Algo". Él sonreía, los ojos bajos, con su bonhomía habitual, esa sonrisa flébil de hombre cuya naturaleza no le permite complacer a tanta gente. Mas el talento pictórico de Antonio era tan excelso y natural que atraía al más profano. Yo sabía que me leía, me decía que gustaba de mis escritos, pero esto nada tenía que ver con mi deseo.



Lo vi, lo visité, volví a verlo, a hablarle, él en Madrid, yo en Valladolid, pero el tiempo pasaba sin que nuestras relaciones progresaran. Transcurrieron más de tres décadas con infrecuentes encuentros, al cabo de las cuales fue Antonio López el que llegó a mí a través de un amigo común. ¡Cuánto habíamos envejecido! Antonio Piedra portaba la gran noticia:



"A Antonio López le gustaría hacer tu cabeza en bronce", me dijo.



Sentí un pequeño mareo, no me lo creí. No era posible que Antonio necesitase algo mío. Me emocioné, pero tanto insistió que acabé admitiéndolo, confundido. ¿Habría alguna otra cosa que pudiera desear más en el mundo? Se inició entre nosotros un trato más frecuente y familiar. Antonio López y yo nos veíamos y charlábamos. Antonio me observaba. Yo observaba a Antonio. Me cautivaba la naturalidad de su ofrecimiento, su absoluta espontaneidad sin asomo de esnobismo. Como si me pidiera un favor. Su manera de manifestarse estaba a mil leguas de la autosuficiencia, y seguía trabajando a su manera, pausada, sin prisas, nunca movido por una ambición pecuniaria.



¿Qué admirar más en Antonio? ¿Su persona o su obra? Su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía.



"Mi tío Antonio, el de Tomelloso, ese sí que sabe".



Tenía esta obsesión. Los elogios dedicados a él los aplicaba a su tío, con quien de niño mezcló los primeros colores. Él era solamente un copiador, un aprendiz. No era tarea fácil sacarle de su juicio. Él pintaba, sí, pero el genio era su tío. Y su tío, el de Tomelloso, era realmente un talento natural, pero Antonio era el maestro.



Yo había tenido la primera noticia de Antonio en la Fundación Juan March, en años políticamente tristes. La March llevaba la batuta de la cultura y el que quería saber por dónde iban los tiros en arte debía vivir conectado a ella. Allí vi su primera obra en blanco y negro y me dije: "Si la Fundación lo instala aquí, es que es ya un artista consumado". Aún era un chico, pero sus dibujos en blanco y negro, acogedores, domésticos (¡ay aquel dormitorio en desorden de la casa de sus padres, tan auténtico, tan vivo!), me entusiasmaron. Sus grabados no estaban expuestos, pero la gente visitaba la Fundación impaciente, anticipándose a la primera muestra.



Luego, su carrera meteórica: el color. Aquella encrucijada de la Gran Vía madrileña en cuya elaboración trabajaba únicamente dos o tres minutos cada mañana durante unos pocos días, para respetar los matices de la luz. El cine: la película El sol del membrillo, de una meticulosidad prodigiosa, explicada por él mismo en una documentada lección. La escultura, la tercera dimensión, el paso decisivo, que inició con los Reyes de España en el Patio Herreriano de Valladolid. El tiempo solo conseguía ir perfilando su genialidad, cuyos ecos llegaron pronto a los portavoces de París y Nueva York. El realismo de Antonio se erigía en modelo plástico del momento. Decididamente la maestría de Antonio López había salvado las últimas fronteras.



Al llegar la primavera me avisó: venía a Valladolid, a verme. Comimos juntos en El Caballo de Troya con María Moreno, su mujer, tocada también por la magia de la pintura. Antonio habló con su encogimiento habitual de su decisión de hacer mi cabeza en bronce, de su ilusión, de los pasos dados hasta el momento. Volvimos a separarnos, mas en un corto plazo volvió por Valladolid -yo ya estaba demasiado viejo- a tomar los puntos de mi cráneo, a medirme. Fue una operación silenciosa, a pesar de los espectadores, tanto que se hubiera sentido volar una mosca. Yo me sentía conmovido ante el interés de Antonio. Hablar en ese momento me hubiese parecido una profanación. No he vuelto a verlo.



Meses después encontré a Antonio Piedra, el amigo común, en la calle, en Valladolid. Y tomé la decisión de sonsacarle a cualquier precio. No podía vivir en silencio su empeño. Di un rodeo y le pregunté si había visto al gran hombre:



-Claro, a eso iba.



-Y dime ¿trabaja?



Se entabló de pronto un forcejeo entre mi ávida curiosidad y la educada reserva de Piedra. Yo aspiraba a una sola palabra, pero definitiva. Antonio, en cambio, había decidido callar, esperar a que fueran la obra y el autor quienes hablaran en su momento. No me atrevía a atacar de frente y apelé a artimañas pueriles:



-¿Me parezco?



-Eso es secundario.



-Ya lo sé, pero en Antonio quizá no.



Antonio Piedra sonreía, consciente de mi decepción. Le pregunté cuándo podría ver "mi cabeza"; no podía soportar la espera.



-Antonio quiere llevarla a Valladolid en octubre, el día de tu homenaje, y presentarla a los hispanistas asistentes al tiempo que tus obras completas.



-Pero yo no puedo esperar hasta octubre, Antonio -dije.



-Tú verás, pero ese es el proyecto.



Se cerraba; no soltaba prenda; se mantenía en sus trece. Yo me mostraba torpe en mis pretensiones de hacerle hablar. Olvidando que me hubiera conformado con cualquier cosa, ataqué de nuevo:



-Pero, por favor, Antonio, ¿es un trabajo importante?



-De Antonio López, ¿qué más quieres? Con eso está dicho todo.



-Y ¿está logrado?



Antonio, al hablar del otro Antonio, mantenía una actitud reverencial, de respeto. Emitió un levísimo cloqueo y se diría, por sus ademanes y la exageración de su rostro, por la manera de abrir la boca, un poco exagerada, que iba a pronunciar un largo discurso, pero dijo simplemente:



-Estás hablando, la verdad.

sábado, 26 de marzo de 2011

Los santos inocentes - Miguel Delibes

Otros enlaces de interés:

Miguel Delibes




Se trata por tanto de una de las grandísimas figuras de la literatura española posterior a la Guerra Civil, por lo cual fue reconocido con multitud de galardones, pero su influencia va aún más allá, ya que varias de sus obras han sido adaptadas al teatro o se han levado al cine.





sábado, 5 de marzo de 2011

El camino de Miguel Delibes se adapta a la literatura infantil

 

5/mar/11 02:01
 
Edición impresa .
EFE, Valladolid

A falta de una semana para que se cumpla el primer aniversario de la muerte de Miguel Delibes, la familia del prestigioso novelista no ha dejado de recibir signos de cariño y su obra continúa siendo reeditada, como es el caso de una nueva versión infantil de "El camino" que ayer se presentó en Valladolid.
"Seguimos muy abrumados por tantos homenajes y demostraciones de cariño, lo cual cobra valor si tenemos en cuenta que mi padre era bastante adusto, no voy a decir antipático, pero tampoco un campeón de las relaciones públicas", explicó Germán Delibes, uno de los hijos del escritor y catedrático de la Universidad de Valladolid.
Esa novela, redactada en menos de un mes y publicada en 1950 tenía, explicó su hijo, un significado especial para su padre porque, que al igual que le sucedió al protagonista del libro (Daniel "El Mochuelo"), "encontró su propio camino literario" después de sus dos primeras obras. "Le hemos dado un toque moderno sin perder la esencia y la imaginación de su escritura", señaló Germán.

viernes, 12 de marzo de 2010

Ha muerto Miguel Delibes


El escritor Miguel Delibes ha muerto a las 7 de la mañana en Valladolid a los 89 años en su casa de Valladolid y rodeado de su familia. El estado de Delibes había empeorado en los últimos días. Todo el mundo de las letras rinde homenaje al autor de Los Santos Inocentes.Delibes tenía el Premio Nadal, el Cervantes, el Príncipe de Asturias,... muchos galardones y muchas novelas. Ha dejado unas 60 obras. / ATLAS ESPAÑA

Entradas populares

número de páginas