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lunes, 13 de mayo de 2013
miércoles, 4 de abril de 2012
Análisis de Los santos inocentes de Miguel Delibes por Ginés Lozano Jaén, Antonio Albertus Morales, María González García y María Teresa Caro Valverde
lunes, 26 de diciembre de 2011
Elogio a otro hombre, Paco, el del Tiburón: confesión y súplica de perdón de Menchu (Cinco horas con Mario de miguel Delibes)
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo XXVII páginas 180 185
Menchu, lectora (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
Si eso no es sensibilidad, Esther dirá lo que es sensibilidad, que la muy sandia se cree que sensibilidad es
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo XXVI página 178
El Seiscientos (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo VIII página 42
La juventud está perdida... (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
No quiero entristecerme más de lo que estoy, Mario, cariño, pero la juventud está perdida, unos por el twist y otros por los libros, ninguno tiene arreglo, que yo recuerdo antes, ¿cómo vas a comparar?, hoy no les hables a estos chicos de la guerra, te llamarían loco, y sí, la guerra será todo lo horrible que tú quieras,
pero, al fin y al cabo, es oficio de valientes, después de todo no es para tanto, que yo, por mucho que digáis, lo pasé bien bien en la guerra, de acuerdo, a lo mejor por insensatez, pero no me digas, si aquello era como una fiesta sin fin, cada día algo distinto, que si los legionarios, que si los italianos, que si se tomaba
porque algo había que hacer por esa pobre gente y yo le contestaba, que una vez se presentó con permiso y empeñado en salir conmigo, figúrate, ya le dije que de eso ni hablar y, entonces, que al cine, y yo que no, menos, imagínate, con toda la gente, y él empezó a dramatizar que lo mismo le mataban al día siguiente y yo
que qué le iba a hacer, que lo sentiría en el alma y él, entonces, se metió un dedo con toda la uña negra en la boca y me puso en la mano una muela de oro, que yo horrorizada, "¿para qué hace usted eso?", porque eso sí Mario, muy de usted, no te vayas a creer, buena era mamá: "Está bien ayudarles, pero guardando las distancias; los soldados son gente baja", y él que los moros cascaban las cabezas de los muertos, figúrate qué espanto, para quitarles los dientes de oro y que se lo guardara hasta el final de la guerra, que debió ser un presentimiento, porque del bueno de Pablo Haza nunca más se supo, que tuvimos que ir mamá y yo un día a entregar la muela al Tesoro. De esto hubo mucho en la guerra, desgraciadamente, mira Juan Ignacio Cuevas sin ir más lejos, me parece que ya te lo conté, el hermano de Transi, que era así como retrasado, medio anormal, pero le movilizaron y le llevaron a un cuartel, para servicios auxiliares y así, pero lo que pasa en las guerras, debió hacer falta gente o qué sé yo, el caso es que una mañana, los padres de Transi se encontraron un papelito todo lleno de faltas por debajo de la puerta: "Me yeban, figúrate con i griega, a la gerra, sin ú. Tengo muchísimo miedo, a Dios, separado, Juanito". Bueno, pues ésta es la hora, y ya ha llovido, que revolvieron Roma con Santiago, no te vayas a creer, buenos son, pues lo que se dice ni rastro. Claro que, lo que yo digo, conforme estaba, preferible que Dios se lo llevase, una carga, imagina qué porvenir, de peón de albañil o algo parecido, mejor muerto, pero a Transi, hijo, le dio sentimental, "ay, no, guapina, un hermano es un hermano", que eso según desde donde lo mires, pero si piensa así, es absurdo que pusiera cara a Evaristo, un emboscado, que hasta se dejó pintar desnuda por él o a saber cómo,
que en otra cosa, no, Mario, cariño, pero en este punto bien tranquilo puedes estar, que yo de eso, ni hablar, ya lo sabes, y no por falta de ocasiones, Mario, que los hombres, por si no estás enterado, todavía me miran por la calle y hay miradas y miradas que Eliseo San Juan, cada vez que me echa la vista encima,
hay que oírle, un torbellino, que no se para en barras, "qué buena estás, que buena estás; cada día estás más buena", que si le diera pie no sé lo que sería, que ni le miro, sigo y como si nada, hasta que se cansa, te lo prometo, como si no fuera conmigo, anda que si le diera pie...
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo VII página 39
Libros enlutados (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
martes, 4 de octubre de 2011
El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes (Podcast)
Descripción: El lazo sentimental que tiene La Milana Bonita con el escritor castellano Miguel Delibes es una realidad que cada año se hace más patente. Tras haber analizado obras clave de su bibliografía como El hereje o Los santos inocentes, la tercera temporada se abrirá con El disputado voto del Señor Cayo, una novela desconocida por muchos, pero que en los tiempos que corren está muy relacionada con la actualidad.
Este pequeño libro, publicada en 1978, realiza una descripción satírica del sistema electoral democrático que se quería instaurar en España tras los años grises de la dictadura franquista. De entre esa vorágine partidista que se instauró en el país, surge en un pueblo perdido de la meseta castellana el Señor Cayo. Un personaje de campo y naturaleza que ejerce durante la trama de curioso contrapunto con el discurso de los jóvenes militantes que persiguen su voto. Hasta aquí se puede contar, porque La Milana Bonita en este programa analiza con sus secciones habituales esta joya literaria.
Para hacer este programa que se emitió en directo desde la Biblioteca de Castilla y León, nos acompañan Elisa Delibes (hija de Escritor), Ramón García (biógrafo de Delibes) y Alejandro Carrión (director de la Biblioteca).
domingo, 17 de julio de 2011
El camino - Miguel Delibes
El camino es la tercera novela del escritor español Miguel Delibes, publicada en 1950. Está ambientada en la España rural de la posguerra, posiblemente en Molledo, Valle de Iguña, donde el autor pasaba sus vacaciones veraniegas en la infancia. Según confesión del autor, con esta obra encontró su estilo narrativo. La novela fue llevada al cine por la directora Ana Mariscal en 1963.
Miguel Delibes en lenliblog - artículo de wikipedia - imágenes - vídeos - noticias - Books Google - Propuesta didáctica por José Luis Vilaplana (Castella) - Estudio realizado por la Junta de Andalucía - Trabajo multimedia del IES Juan José Calvo Miguel - CVC - Todos los capítulos de la Serie de RTVE - Ficha de la obra - "El camino, de Miguel Delibes: la “circunstancia” rural de Daniel, el Mochuelo" por Jorge Urdiales Yuste (UCM) - Podcast de El camino en ivoox
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El camino - Miguel Delibes (podcast)
Descripción: Una historia llena de entrañables relaciones entre los habitantes de un pueblo rural, en una clave de humor ácido, pero repleto de ternura. Contado por Daniel, el Mochuelo, llega a lo más hondo del... corazón humano. Por la voz silenciosa
Cinco horas con Mario - Miguel Delibes
Argumento
Estamos en Marzo de 1966. Carmen Sotillo, a los 44 años, acaba de perder a su marido Mario de forma inesperada. Una vez que las visitas y la familia se han retirado, ella sola vela durante la última noche el cadáver de su marido e inicia con él un monólogo-diálogo en el que descubrimos sus personalidades y los conflictos de su matrimonio. (Wikipedia)
texto completo
Miguel Delibes en lenliblog - artículo de wikipedia - imágenes - vídeos - noticias - Books Google - "CINCO HORAS CON MARIO: A CABALLO ENTRE LA NOVELA Y EL DRAMA" por Purificación Jurado Domínguez - Guía de lectura por terra.es - "Estudio descriptivo de Cinco horas con Mario" en el blog "Erudición y crítica" - Presentación del profesor Vicente Morales Ayllón - "CINCO HORAS CON MARIO: DE LA NOVELA AL DRAMA" por Rosa M. Tabernero - "ASPECTOS IDEOLÓGICOS EN CINCO HORAS CON MARIO DE MIGUEL DELIBES" por Fernando Larraz - Trabajo sacado en Buenas Tareas - "Aspectos formales e ideológicos en la exploración de la conciencia femenina de Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes" por Francisco Manzo-Robledo -
domingo, 12 de junio de 2011
Maestro Delibes, maestro López: Una escultura que habla, la verdad
En este texto inédito de Miguel Delibes, el autor de Los santos inocentes y premio Cervantes en 1993 exhibe desde su tradicional, recia y callada forma de estar en la vida y en la literatura, una admiración sin condiciones hacia la persona y la obra de Antonio López. Cuando faltan apenas dos semanas para que la Fundación Thyssen abra sus puertas a la antológica del pertinaz retratista de la Gran Vía madrileña, esta inclasificable pieza literaria de amistad y de tributo adquiere, de la mano de Delibes, valor de legado. Todo, o casi, está implícito en ella: el descubrimiento de la pintura de Antonio López en la Fundación March "en años políticamente tristes", aquel almuerzo juntos en El Caballo de Troya de Valladolid, la sincera rendición del escritor ante "la modestia machadiana" del aliño indumentario del pintor, y aquella tarde, en la casa de Miguel Delibes en Valladolid, en que el artista le midió la cabeza para una de las tres esculturas que tenía en mente: Delibes-Tàpies-Ferlosio. Un canto a la amistad. El texto formará parte del libro Antonio López. Pintura y escultura, que la editorial TF publicará en julio.
Miguel Delibes en lenliblog
MIGUEL DELIBES - EL PAÍS - Cultura - 12-06-2011
Deslumbrado por la magia del pincel de Antonio López, fui de los primeros en acercarme a su obra. ¿Para qué? ¿Y quién lo sabe? Yo buscaba algo, una muestra, una aproximación a su genio. Después aspiré a un recuerdo. En mi expectativa ávida, llegué a proponerle: "Lo que tú quieras, Antonio. Una interrogación, mis iniciales firmadas por ti. Algo". Él sonreía, los ojos bajos, con su bonhomía habitual, esa sonrisa flébil de hombre cuya naturaleza no le permite complacer a tanta gente. Mas el talento pictórico de Antonio era tan excelso y natural que atraía al más profano. Yo sabía que me leía, me decía que gustaba de mis escritos, pero esto nada tenía que ver con mi deseo.
Lo vi, lo visité, volví a verlo, a hablarle, él en Madrid, yo en Valladolid, pero el tiempo pasaba sin que nuestras relaciones progresaran. Transcurrieron más de tres décadas con infrecuentes encuentros, al cabo de las cuales fue Antonio López el que llegó a mí a través de un amigo común. ¡Cuánto habíamos envejecido! Antonio Piedra portaba la gran noticia:
"A Antonio López le gustaría hacer tu cabeza en bronce", me dijo.
Sentí un pequeño mareo, no me lo creí. No era posible que Antonio necesitase algo mío. Me emocioné, pero tanto insistió que acabé admitiéndolo, confundido. ¿Habría alguna otra cosa que pudiera desear más en el mundo? Se inició entre nosotros un trato más frecuente y familiar. Antonio López y yo nos veíamos y charlábamos. Antonio me observaba. Yo observaba a Antonio. Me cautivaba la naturalidad de su ofrecimiento, su absoluta espontaneidad sin asomo de esnobismo. Como si me pidiera un favor. Su manera de manifestarse estaba a mil leguas de la autosuficiencia, y seguía trabajando a su manera, pausada, sin prisas, nunca movido por una ambición pecuniaria.
¿Qué admirar más en Antonio? ¿Su persona o su obra? Su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía.
"Mi tío Antonio, el de Tomelloso, ese sí que sabe".
Tenía esta obsesión. Los elogios dedicados a él los aplicaba a su tío, con quien de niño mezcló los primeros colores. Él era solamente un copiador, un aprendiz. No era tarea fácil sacarle de su juicio. Él pintaba, sí, pero el genio era su tío. Y su tío, el de Tomelloso, era realmente un talento natural, pero Antonio era el maestro.
Yo había tenido la primera noticia de Antonio en la Fundación Juan March, en años políticamente tristes. La March llevaba la batuta de la cultura y el que quería saber por dónde iban los tiros en arte debía vivir conectado a ella. Allí vi su primera obra en blanco y negro y me dije: "Si la Fundación lo instala aquí, es que es ya un artista consumado". Aún era un chico, pero sus dibujos en blanco y negro, acogedores, domésticos (¡ay aquel dormitorio en desorden de la casa de sus padres, tan auténtico, tan vivo!), me entusiasmaron. Sus grabados no estaban expuestos, pero la gente visitaba la Fundación impaciente, anticipándose a la primera muestra.
Luego, su carrera meteórica: el color. Aquella encrucijada de la Gran Vía madrileña en cuya elaboración trabajaba únicamente dos o tres minutos cada mañana durante unos pocos días, para respetar los matices de la luz. El cine: la película El sol del membrillo, de una meticulosidad prodigiosa, explicada por él mismo en una documentada lección. La escultura, la tercera dimensión, el paso decisivo, que inició con los Reyes de España en el Patio Herreriano de Valladolid. El tiempo solo conseguía ir perfilando su genialidad, cuyos ecos llegaron pronto a los portavoces de París y Nueva York. El realismo de Antonio se erigía en modelo plástico del momento. Decididamente la maestría de Antonio López había salvado las últimas fronteras.
Al llegar la primavera me avisó: venía a Valladolid, a verme. Comimos juntos en El Caballo de Troya con María Moreno, su mujer, tocada también por la magia de la pintura. Antonio habló con su encogimiento habitual de su decisión de hacer mi cabeza en bronce, de su ilusión, de los pasos dados hasta el momento. Volvimos a separarnos, mas en un corto plazo volvió por Valladolid -yo ya estaba demasiado viejo- a tomar los puntos de mi cráneo, a medirme. Fue una operación silenciosa, a pesar de los espectadores, tanto que se hubiera sentido volar una mosca. Yo me sentía conmovido ante el interés de Antonio. Hablar en ese momento me hubiese parecido una profanación. No he vuelto a verlo.
Meses después encontré a Antonio Piedra, el amigo común, en la calle, en Valladolid. Y tomé la decisión de sonsacarle a cualquier precio. No podía vivir en silencio su empeño. Di un rodeo y le pregunté si había visto al gran hombre:
-Claro, a eso iba.
-Y dime ¿trabaja?
Se entabló de pronto un forcejeo entre mi ávida curiosidad y la educada reserva de Piedra. Yo aspiraba a una sola palabra, pero definitiva. Antonio, en cambio, había decidido callar, esperar a que fueran la obra y el autor quienes hablaran en su momento. No me atrevía a atacar de frente y apelé a artimañas pueriles:
-¿Me parezco?
-Eso es secundario.
-Ya lo sé, pero en Antonio quizá no.
Antonio Piedra sonreía, consciente de mi decepción. Le pregunté cuándo podría ver "mi cabeza"; no podía soportar la espera.
-Antonio quiere llevarla a Valladolid en octubre, el día de tu homenaje, y presentarla a los hispanistas asistentes al tiempo que tus obras completas.
-Pero yo no puedo esperar hasta octubre, Antonio -dije.
-Tú verás, pero ese es el proyecto.
Se cerraba; no soltaba prenda; se mantenía en sus trece. Yo me mostraba torpe en mis pretensiones de hacerle hablar. Olvidando que me hubiera conformado con cualquier cosa, ataqué de nuevo:
-Pero, por favor, Antonio, ¿es un trabajo importante?
-De Antonio López, ¿qué más quieres? Con eso está dicho todo.
-Y ¿está logrado?
Antonio, al hablar del otro Antonio, mantenía una actitud reverencial, de respeto. Emitió un levísimo cloqueo y se diría, por sus ademanes y la exageración de su rostro, por la manera de abrir la boca, un poco exagerada, que iba a pronunciar un largo discurso, pero dijo simplemente:
-Estás hablando, la verdad.
Miguel Delibes en lenliblog
MIGUEL DELIBES - EL PAÍS - Cultura - 12-06-2011
Deslumbrado por la magia del pincel de Antonio López, fui de los primeros en acercarme a su obra. ¿Para qué? ¿Y quién lo sabe? Yo buscaba algo, una muestra, una aproximación a su genio. Después aspiré a un recuerdo. En mi expectativa ávida, llegué a proponerle: "Lo que tú quieras, Antonio. Una interrogación, mis iniciales firmadas por ti. Algo". Él sonreía, los ojos bajos, con su bonhomía habitual, esa sonrisa flébil de hombre cuya naturaleza no le permite complacer a tanta gente. Mas el talento pictórico de Antonio era tan excelso y natural que atraía al más profano. Yo sabía que me leía, me decía que gustaba de mis escritos, pero esto nada tenía que ver con mi deseo.
Lo vi, lo visité, volví a verlo, a hablarle, él en Madrid, yo en Valladolid, pero el tiempo pasaba sin que nuestras relaciones progresaran. Transcurrieron más de tres décadas con infrecuentes encuentros, al cabo de las cuales fue Antonio López el que llegó a mí a través de un amigo común. ¡Cuánto habíamos envejecido! Antonio Piedra portaba la gran noticia:
"A Antonio López le gustaría hacer tu cabeza en bronce", me dijo.
Sentí un pequeño mareo, no me lo creí. No era posible que Antonio necesitase algo mío. Me emocioné, pero tanto insistió que acabé admitiéndolo, confundido. ¿Habría alguna otra cosa que pudiera desear más en el mundo? Se inició entre nosotros un trato más frecuente y familiar. Antonio López y yo nos veíamos y charlábamos. Antonio me observaba. Yo observaba a Antonio. Me cautivaba la naturalidad de su ofrecimiento, su absoluta espontaneidad sin asomo de esnobismo. Como si me pidiera un favor. Su manera de manifestarse estaba a mil leguas de la autosuficiencia, y seguía trabajando a su manera, pausada, sin prisas, nunca movido por una ambición pecuniaria.
¿Qué admirar más en Antonio? ¿Su persona o su obra? Su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía.
"Mi tío Antonio, el de Tomelloso, ese sí que sabe".
Tenía esta obsesión. Los elogios dedicados a él los aplicaba a su tío, con quien de niño mezcló los primeros colores. Él era solamente un copiador, un aprendiz. No era tarea fácil sacarle de su juicio. Él pintaba, sí, pero el genio era su tío. Y su tío, el de Tomelloso, era realmente un talento natural, pero Antonio era el maestro.
Yo había tenido la primera noticia de Antonio en la Fundación Juan March, en años políticamente tristes. La March llevaba la batuta de la cultura y el que quería saber por dónde iban los tiros en arte debía vivir conectado a ella. Allí vi su primera obra en blanco y negro y me dije: "Si la Fundación lo instala aquí, es que es ya un artista consumado". Aún era un chico, pero sus dibujos en blanco y negro, acogedores, domésticos (¡ay aquel dormitorio en desorden de la casa de sus padres, tan auténtico, tan vivo!), me entusiasmaron. Sus grabados no estaban expuestos, pero la gente visitaba la Fundación impaciente, anticipándose a la primera muestra.
Luego, su carrera meteórica: el color. Aquella encrucijada de la Gran Vía madrileña en cuya elaboración trabajaba únicamente dos o tres minutos cada mañana durante unos pocos días, para respetar los matices de la luz. El cine: la película El sol del membrillo, de una meticulosidad prodigiosa, explicada por él mismo en una documentada lección. La escultura, la tercera dimensión, el paso decisivo, que inició con los Reyes de España en el Patio Herreriano de Valladolid. El tiempo solo conseguía ir perfilando su genialidad, cuyos ecos llegaron pronto a los portavoces de París y Nueva York. El realismo de Antonio se erigía en modelo plástico del momento. Decididamente la maestría de Antonio López había salvado las últimas fronteras.
Al llegar la primavera me avisó: venía a Valladolid, a verme. Comimos juntos en El Caballo de Troya con María Moreno, su mujer, tocada también por la magia de la pintura. Antonio habló con su encogimiento habitual de su decisión de hacer mi cabeza en bronce, de su ilusión, de los pasos dados hasta el momento. Volvimos a separarnos, mas en un corto plazo volvió por Valladolid -yo ya estaba demasiado viejo- a tomar los puntos de mi cráneo, a medirme. Fue una operación silenciosa, a pesar de los espectadores, tanto que se hubiera sentido volar una mosca. Yo me sentía conmovido ante el interés de Antonio. Hablar en ese momento me hubiese parecido una profanación. No he vuelto a verlo.
Meses después encontré a Antonio Piedra, el amigo común, en la calle, en Valladolid. Y tomé la decisión de sonsacarle a cualquier precio. No podía vivir en silencio su empeño. Di un rodeo y le pregunté si había visto al gran hombre:
-Claro, a eso iba.
-Y dime ¿trabaja?
Se entabló de pronto un forcejeo entre mi ávida curiosidad y la educada reserva de Piedra. Yo aspiraba a una sola palabra, pero definitiva. Antonio, en cambio, había decidido callar, esperar a que fueran la obra y el autor quienes hablaran en su momento. No me atrevía a atacar de frente y apelé a artimañas pueriles:
-¿Me parezco?
-Eso es secundario.
-Ya lo sé, pero en Antonio quizá no.
Antonio Piedra sonreía, consciente de mi decepción. Le pregunté cuándo podría ver "mi cabeza"; no podía soportar la espera.
-Antonio quiere llevarla a Valladolid en octubre, el día de tu homenaje, y presentarla a los hispanistas asistentes al tiempo que tus obras completas.
-Pero yo no puedo esperar hasta octubre, Antonio -dije.
-Tú verás, pero ese es el proyecto.
Se cerraba; no soltaba prenda; se mantenía en sus trece. Yo me mostraba torpe en mis pretensiones de hacerle hablar. Olvidando que me hubiera conformado con cualquier cosa, ataqué de nuevo:
-Pero, por favor, Antonio, ¿es un trabajo importante?
-De Antonio López, ¿qué más quieres? Con eso está dicho todo.
-Y ¿está logrado?
Antonio, al hablar del otro Antonio, mantenía una actitud reverencial, de respeto. Emitió un levísimo cloqueo y se diría, por sus ademanes y la exageración de su rostro, por la manera de abrir la boca, un poco exagerada, que iba a pronunciar un largo discurso, pero dijo simplemente:
-Estás hablando, la verdad.
sábado, 26 de marzo de 2011
Los santos inocentes - Miguel Delibes
Otros enlaces de interés:
- Delibes en lenliblog
- Los santos inocentes en wikipedia (novela)
- Los santos inocentes en wikipedia (cine)
- Imágenes sobre Los santos inocentes
- Los santos inocentes por Tomás Valero Martínez (cine)
- Vídeos sobre Los santos inocentes
- Google Books sobre la obra
- Análisis de Los santos inocentes de Miguel Delibes / Lozano Jaén-Albertus Morales-González García (Universidad de Murcia)
- "En la Arcadia de Los santos inocentes" por Borja Hermoso, en El País
- Descripción del Azarías
- Los santos inocentes (trabajo en aula de letras)
- Trabajo de Aula de letras
- "ESTUDIO DE LOS SANTOS INOCENTES, DE MIGUEL DELIBES" por Juan Cano Conesa
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Miguel Delibes
Se trata por tanto de una de las grandísimas figuras de la literatura española posterior a la Guerra Civil, por lo cual fue reconocido con multitud de galardones, pero su influencia va aún más allá, ya que varias de sus obras han sido adaptadas al teatro o se han levado al cine.
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sábado, 5 de marzo de 2011
El camino de Miguel Delibes se adapta a la literatura infantil
5/mar/11 02:01
Edición impresa .
EFE, Valladolid
A falta de una semana para que se cumpla el primer aniversario de la muerte de Miguel Delibes, la familia del prestigioso novelista no ha dejado de recibir signos de cariño y su obra continúa siendo reeditada, como es el caso de una nueva versión infantil de "El camino" que ayer se presentó en Valladolid.
"Seguimos muy abrumados por tantos homenajes y demostraciones de cariño, lo cual cobra valor si tenemos en cuenta que mi padre era bastante adusto, no voy a decir antipático, pero tampoco un campeón de las relaciones públicas", explicó Germán Delibes, uno de los hijos del escritor y catedrático de la Universidad de Valladolid.
Esa novela, redactada en menos de un mes y publicada en 1950 tenía, explicó su hijo, un significado especial para su padre porque, que al igual que le sucedió al protagonista del libro (Daniel "El Mochuelo"), "encontró su propio camino literario" después de sus dos primeras obras. "Le hemos dado un toque moderno sin perder la esencia y la imaginación de su escritura", señaló Germán.
A falta de una semana para que se cumpla el primer aniversario de la muerte de Miguel Delibes, la familia del prestigioso novelista no ha dejado de recibir signos de cariño y su obra continúa siendo reeditada, como es el caso de una nueva versión infantil de "El camino" que ayer se presentó en Valladolid.
"Seguimos muy abrumados por tantos homenajes y demostraciones de cariño, lo cual cobra valor si tenemos en cuenta que mi padre era bastante adusto, no voy a decir antipático, pero tampoco un campeón de las relaciones públicas", explicó Germán Delibes, uno de los hijos del escritor y catedrático de la Universidad de Valladolid.
Esa novela, redactada en menos de un mes y publicada en 1950 tenía, explicó su hijo, un significado especial para su padre porque, que al igual que le sucedió al protagonista del libro (Daniel "El Mochuelo"), "encontró su propio camino literario" después de sus dos primeras obras. "Le hemos dado un toque moderno sin perder la esencia y la imaginación de su escritura", señaló Germán.
lunes, 23 de agosto de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
Ha muerto Miguel Delibes

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