jueves, 8 de julio de 2010

La fiesta continúa


Por:
Babelia Mundial de Fútbol
07/07/2010


MILTON FORNARO sigue a la selección de Uruguay

La selección nacional perdió la oportunidad de disputar la final de la Copa del Mundo. ¡Cuántos años hace que no se escribía ni se leía esta frase! El combinado celeste cayó dignamente ante una escuadra poderosa que por momentos desplegó un fútbol impecable. El equipo uruguayo no ganó, la fría matemática del 2–3 se impuso, sin embargo ellos, los holandeses, terminaron pidiendo la hora, y más de uno presionó al árbitro para que acabase el encuentro. Los últimos minutos fueron altamente emotivos, con nuestro seleccionado volcado sobre el arco rival intentando el empate que forzara el suplemento de los 30 minutos. No fue. Los holandeses ganaron bien.



Uruguay no perdió sino que nuestra selección se ve impedida de jugar la final. Así se siente en mi país, donde la gente nuevamente se volcó a las calles a cantar y a vivar el nombre de Uruguay. No se respira olor a derrota sino aire fresco de agradecimiento a un grupo humano que dignamente nos ha representado en una Copa del Mundo. Un señor mayor, envuelto en una bandera nacional, con el puño derecho en alto grita ante la cámara de la televisión que lo entrevista en la calle: “¡Fuerza! –grita, y dirigiéndose a los jugadores que están a miles de kilómetros de distancia, suelta: “¡Son lo más grande que hay!”. La inmensa mayoría del país vive así este traspié, alentando, vivando a este equipo de todos, sin caer en el desánimo ni maldiciendo la mala suerte, esa muletilla tan gastada y recurrida por quienes hemos sido malos perdedores durante tanto tiempo. No hay de qué lamentarse. Se jugó de la mejor manera, y por eso nuestro fútbol está en un sitial de privilegio, entre los cuatro equipos mejores del mundo.

No engaño a nadie cuando afirmo que la fiesta continúa. Esta selección celeste obró un milagro largamente esperado: creó una afición a su imagen y semejanza. Eso es lo que rescato de este paso de Uruguay por Sudáfrica. Un paso enorme, acompañado por la inmensa mayoría de los habitantes de este país, y por los miles de uruguayos que andan desparramados por otras tierras de este mundo. Un paso sin exitismos, sin desbordes enojados que terminaban haciéndonos ver la paja en el ojo ajeno, sin patoterismos, sin juego desleal y sin esos atajos infames que algún malentretenido definió como “viveza criolla”. La selección nacional fue a hacer lo que sabe: a jugar al fútbol, a crear la magia de un pase justo en la elaboración del juego colectivo, de una pisada, de un tiro medido, de un gol que enronquece las gargantas. Fue a jugar, sin complejos, sin el peso de la historia que tantos boquiabiertas no se cansan de apuntar en los cientos de programas periodísticos que pueblan radios y televisoras y que enchastran páginas y páginas de periódicos. El equipo de todos nos demostró a todos que el fútbol es por sobre todas las cosas un juego, y que el jugador no es un héroe, ni un triunfo una epopeya, ni siquiera una gesta.

El gran mérito de esta selección es que creó una afición a su medida, algo increíble en un país de sabihondos y de opinadores de toda laya en lo que a fútbol se refiere. Una selección que obró lo impensable hasta hace poco menos de un mes, la certeza de que a partir de ahora del fútbol uruguayo se puede hablar en presente e inclusive de futuro. Una afición que así lo entiende porque lo vivió. Muchas veces a la uruguaya, con el corazón en la boca, pero palpitando en vivo y directo lo que hasta ahora le contaron en bobo y en diferido.

Uruguay no le ganó a los holandeses, pero no hay derrota. Por eso la fiesta continúa.

* Milton Fornaro nacó en Minas, Uruguay, en 1947. Último libro publicado “Un señor de la frontera”, Planeta, 2009 (finalista del premio Planeta-Casamérica).

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