martes, 7 de mayo de 2013

Quevedo versus Góngora en Redacción VersOados

Historia de la batalla más hermosa de la literatura
   

Para ponernos en situación recurramos a la descripción de la Filóloga Carmen Javaloyes Jiménez publicada en realidadliteral.com : "El amor, la pasión, el odio... son temas recurrentes de la literatura. Pero pocas veces el enfrentamiento puramente formal se ha llevado a lo personal.  Este es el caso de Cultistas y Conceptistas, de Góngora y Quevedo.  Son conocidas las diferencias de forma y estilo de las principales corrientes literarias del siglo de oro español. Cultistas y conceptistas llevaron hasta el insulto personal las diferencias de estilo: Góngora desarrolló el culto clasicista de línea “garcilasiana” llevándolo hacia tal extremo que las sutilezas latinistas tan apreciadas de Garcilaso y Fray Luis de León llegan a convertirse en latinajos de difícil lectura.

     
Hipérbaton exagerado, metáforas desbordadas de significado, latinismos gramaticales... llevaron a una poesía excesivamente enrevesada para un público elitista. 
Y sin embargo, esta poesía pronto será aplaudida por este sector de la intelectualidad que ve en Góngora el artificio clásico iniciado por Garcilaso llevado a extremos que buscan el desafío cultista. Quevedo se opone violentamente a esta nueva forma de entender la poesía “clásica” de Garcilaso. Quevedo llega a alabar la poesía clásica cultista de Garcilaso y Fray Luis de León, y sin embargo nada hay más opuesto que la obra de Quevedo y la poesía renacentista.
Ambos, Quevedo y Góngora, enfrentados por la forma de entender la literatura -cultistas vs. Conceptistas, etiquetas que se colocaron por la crítica literaria del siglo XVIII para definir ya esta oposición- llevarán el enfrentamiento a lo personal, en un diálogo poético nunca visto hasta entonces. 
Sin embargo, bien mirado, la poesía de Góngora bebe del conceptismo al igual que Quevedo se siente influido por el cultismo gongorino: Quevedo da muestras de un latinismo erudito en muchos de sus versos, no sólo en el léxico, la sintaxis de los versos.

También en la temática mitológica, en metáforas y sobreentendidos... al lado de un léxico deliberadamente vulgar. Por otra parte, Góngora es tan conceptista, ingenioso y agudo como Quevedo (-Ande yo caliente, ríase la gente...) empleando metáforas violentas e irónicas de influencia más barroca que quevedesca. El enfrentamiento entre Quevedo y Góngora se muestra en realidad más personal que literario: Góngora es más laico, materialista y liberal en sus “usos y costumbres”, se deja llevar por la artificiosidad de los amores mitológicos de corte clásico, mientras que con Quevedo nos encontramos con la crisis existencialista puramente barroca, la pasión cristiana,  el terror a la muerte, a la justicia divina, y algo de lo que se le ha acusado -quizás injustamente- bajo el prisma de la mentalidad contemporánea: el desprecio de clase; elementos clave de la poesía quevedesca que no se aprecia en la artificiosidad de Góngora. En Quevedo encontramos la angustia por el paso del tiempo, la ira por el desamor... en Góngora el gusto por el goce físico, la exageración de una descripción... Al fin, Góngora y Quevedo compartirán el tono burlesco y la sátira personal."

Batallas
No fue solo algo llevado al terreno de las letras. En aquel siglo de validos, intereses cortesanos e intrigas Quevedo y Góngora no solo emplearon recursos literarios... Quevedo mantuvo una agitada vida política. Sus padres desempeñaban altos cargos en la corte, por lo que desde su infancia estuvo en contacto con el ambiente político y cortesano. Estudió en el colegio imperial de los jesuitas, y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá de Henares y de Valladolid, ciudad ésta donde adquirió su fama de gran poeta y se hizo famosa su rivalidad con Góngora. Siguiendo a la corte, en 1606 se instaló en Madrid, donde continuó los estudios de teología e inició su relación con el duque de Osuna, a quien dedicó sus traducciones de Anacreonte, autor hasta entonces nunca vertido al español. 


En 1613 acompañó al duque a Sicilia como secretario de Estado, y participó como agente secreto en peligrosas intrigas diplomáticas entre las repúblicas italianas. De regreso en España, en 1616 recibió el hábito de caballero de la Orden de Santiago. Acusado, parece que falsamente, de haber participado en la conjuración de Venecia, sufrió una circunstancial caída en desgracia, a la par, y como consecuencia, de la caída del duque de Osuna (1620); detenido fue condenado a la pena de destierro en su posesión de Torre de Juan Abad (Ciudad Real). Sin embargo, pronto recobró la confianza real, con la ascensión al poder del conde-duque de Olivares, quien se convirtió en su protector y le distinguió con el título honorífico de secretario real. Pese a ello, Quevedo volvió a poner en peligro su estatus político al mantener su oposición a la elección de santa Teresa como patrona de España en favor de Santiago Apóstol, a pesar de las recomendaciones del conde-duque de Olivares de que no se manifestara, lo cual le valió, en 1628, un nuevo destierro, esta vez en el convento de San Marcos de León. Pero no tardó en volver a la corte y continuar con su actividad política, con vistas a la cual se casó, en 1634, con Esperanza de Mendoza, una viuda que era del agrado de la esposa de Olivares y de quien se separó poco tiempo después. Problemas de corrupción en el entorno del conde-duque provocaron que éste empezara a desconfiar de Quevedo, y en 1639, bajo oscuras acusaciones, fue encarcelado en el convento de San Marcos, donde permaneció, en una minúscula celda, hasta 1643. Cuando salió en libertad, ya con la salud muy quebrantada, se retiró definitivamente a Torre de Juan Abad.

Góngora también mantuvo una vida cortesana, mucho menos ajetreada, por otra parte. Nacido en el seno de una familia acomodada, estudió en la Universidad de Salamanca. Nombrado racionero en la catedral de Córdoba, desempeñó varias funciones que le brindaron la posibilidad de viajar por España. Su vida disipada y sus composiciones profanas le valieron pronto una amonestación del obispo (1588). En 1603 se hallaba en la corte, que había sido trasladada a Valladolid, buscando con afán alguna mejora de su situación económica. En esa época escribió algunas de sus más ingeniosas letrillas, trabó una fecunda amistad con Pedro Espinosa y se enfrentó en terrible y célebre enemistad con su gran rival, Francisco de Quevedo.
  
Instalado definitivamente en la corte a partir de 1617, fue nombrado capellán de Felipe III, lo cual, como revela su correspondencia, no alivió sus dificultades económicas, que lo acosarían hasta la muerte.

La enemistad de los dos poetas llevo a situaciones como la de un Quevedo que compra la casa, en el Madrid de la época, donde vivía un arruinado Góngora. Los poetas tuvieron también aliados en su particular lucha. Quevedo era protegido por el Conde-Duque, valido de Felipe IV. El rival del Conde-Duque en los favores del rey, el también poeta y cortesano Juan de Tassis, Conde de Villamediana, mantuvo una relación hostil con Quevedo y guardó gran admiración por Góngora. Parece que el poder y las intrigas se cuelan en estas disputas "formales". Lo que se percive en estos dos "bandos" son unas filosofías de vida contrapuestas. Góngora y el donjuanesco Conde de Villamediana eran personajes que gustaban de la buena vida, llena de sabores y sensaciones; por contra el Conde-Duque fue un estadista mucho más astuto y despiadado y quevedo un hombre religioso, recto, rígido y profundamente voraz en sus afirmaciones.
Sin duda se puede decir la frase de "corrieron ríos de tinta..." ¡Bebamos en ellos!

¡Al ataque!
Esto fue lo que se dedicaron para la posteridad. Extensas y refinadas composiciones que se pueden tildar de "pavoneo poético" en el que despliegan sus mejores plumas, nunca mejor dicho.

Primer asalto. Ataca Quevedo.

CONTRA DON LUIS DE GONGORA Y SU POESIA

Este cíclope, no siciliano,
del microcosmo sí, orbe postrero;
esta antípoda faz, cuyo hemisferio
zona divide en término italiano;


este círculo vivo en todo plano;
este que, siendo solamente cero,
le multiplica y parte por entero
todo buen abaquista veneciano;

el minoculo sí, mas ciego vulto;
el resquicio barbado de melenas;
esta cima del vicio y del insulto;

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.
  
Segundo asalto. Ataca Góngora.

Anacreonte español, no hay quien os tope.
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope

¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día.
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego

Tercer asalto. Ataca Quevedo.

Yo te untaré mis obras con tocino
Porque no me las muerdas, Gongorilla,
Perro de los ingenios de Castilla,
Docto en pullas, cual mozo de camino.

Apenas hombre, sacerdote indino,
Que aprendiste sin christus la cartilla;
Chocarrero de Córdoba y Sevilla,
Y en la Corte, bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
Aunque aquesto de escribas se te pega,
Por tener de sayón la rebeldía.

Cuarto asalto. Ataca Góngora.

A don Francisco de Quevedo

Cierto poeta, en forma peregrina
cuanto devota, se metió a romero,
con quien pudiera bien todo barbero
lavar la más llagada disciplina.


Era su benditísima esclavina,
en cuanto suya, de un hermoso cuero,
su báculo timón del más zorrero
bajel, que desde el Faro de Cecina

a Brindis, sin hacer agua, navega.
Este sin landre claudicante Roque,
de una venera justamente vano,

que en oro engasta, santa insignia, aloque,
a San Trago camina, donde llega:
que tanto anda el cojo como el sano. 

Dicho esto solo queda decir la palabra fin.

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