martes, 1 de abril de 2014

Tema 10 – LA PROSA EN EL SIGLO XVII (Temas de literatura de 1º de Bachillerato)


La prosa barroca no supone una ruptura demasiado grande con la anterior prosa renacentista. En realidad, al igual de lo que ocurre en la poesía, la prosa barroca fue una solución de continuidad que no rompió los moldes renacentistas ni sus principales tendencias, aunque sí se adaptó a las nuevas características del pensamiento y el arte barrocos.

Como principal elemento de cambio, la prosa barroca se preocupa mucho más por las circunstancias sociales y añade mayores dosis de realismo, contenido moral y crítica social. Esto no es más que la continuación del camino iniciado por los autores de la novela picaresca, que en el Renacimiento tardío ya empezaron a lidiar con asuntos menos idílicos y bucólicos y más con la cruda realidad de las clases bajas y las injusticias sociales.

La prosa sigue, en general, dividida entre la ficción y el ensayo. No obstante, esta división que era tan clara durante el Renacimiento se hace ahora más difusa, y en ocasiones ambas escuelas se mezclan.
En el ámbito de la ficción, quedan casi definitivamente abandonados los géneros más propiamente renacentistas (las historias idealistas y exóticas de las novelas pastoriles, bizantinas o de caballerías), si bien ocasionalmente siguen apareciendo novelas de este corte.

En lógica consecuencia, lo que se desarrolla más durante el Barroco es la otra gran tendencia de la que hablábamos. La novela corta y la novela realista ocupan el lugar de la abandonada novela pastoril, y se desarrollan siguiendo el ejemplo del exitoso Lazarilo de Tormes.

Una de las mayores innovaciones de la prosa barroca es la aparición de la novela corta, un género que paradójicamente había sido abandonado en el Renacimiento en favor de novelas más extensas. Ahora se recupera, si bien con mayor acción y diálogo, para contar historias fundamentalmente cortesanas, relacionadas con el honor de los personajes de clase alta. Tirso de Molina (Los cigarrales de Toledo), Castillo Solórzano (Las harpías de Madrid) y Lope de Vega (Novelas a Marcia Leonarda) son los mayores representantes de este ámbito.

Por otra parte, la novela lucianesca es otra aparición de esta época. Es también novela corta, pero de carácter satírico (muchas veces grotesco), que huye del realismo preponderante. Ejemplo de este tipo de relatos es El diablo cojuelo, de Vélez de Guevara.

Los relatos costumbristas, por otra parte, anticipan el fuerte desarrollo del costumbrismo que estaba por venir. Se centran en la narración de las costumbres de la época por medio de diálogos, y tienen una intención básicamente didáctica. Destaca María de Zayas, la narradora más importante del siglo detrás de Cervantes, que escribió Desengaños amorosos.

En cualquier caso, estos últimos no son más que apariciones ocasionales que se salen de la norma más habitual, que siguió siendo la novela de corte realista encaminada a la crítica social.

La novela picaresca en el siglo XVII, cincuenta años después de la publicación del Lazarillo de Tormes, se reanuda, de carácter realista, con los siguientes rasgos:

·        Punto de vista autobiográfico.
·         Procedencia del protagonista de un estrato social bajo.
·         El protagonista niño o adolescente que aprende la crudeza del mundo de los adultos.
·         El vagabundeo al servicio de varios amos.

·         El hambre como móvil de todas sus acciones.
·         El pícaro pierde inocencia y ternura, para convertirse en un experto timador y ratero, lleno de resentimiento.
·         El elemento satírico es más mordaz y caricaturesco.
·         Se percibe un acentuado pesimismo cargado de dolor, crueldad y desconfianza.
               
                Destacan dos títulos: Vida del pícaro Guzmán de Alfarache (1599), de Mateo Alemán, que incluye como novedad la reflexión moral, al negar los valores de la vida (todo es mentira y desengaño) y El Buscón, de Francisco de Quevedo. Pero aparecen otra más, incluso con protagonista femenina: La pícara Justina , de Francisco López de Úbeda, La hija de Celestina, de Salas Barbadillo, o Vida de Estebanillo González, de Vélez de Guevara.

La prosa moral y doctrinal. Por su calidad literaria y por el interés temático, se debe destacar la prosa satírica y doctrinal de Quevedo y la prosa didáctica de Baltasar Gracián.

                La prosa satírica y doctrinal de Francisco de Quevedo, mostraba su carácter, pensamiento, su visión de la realidad y del mundo y, de paso, censurar los vicios y defectos del hombre. De la prosa satírica, hay que destacar Los sueños, donde reflexiona sobre la decadencia española y valiéndose del sueño o visión consigue su tono humorístico o burlesco. De la prosa doctrinal, hay que diferenciar entre las obras ascéticas y las políticas; en las primeras se funde el pensamiento cristiano con las doctrinas del estoicismo (pesimismo y muerte), La cuna y la sepultura (1635) las representa y, en las segundas, critica los defectos del gobierno de España, ataca a los malos ministros, la relajación de costumbres y la pérdida de los valores nacionales: Vida de Marco Bruto.

                La prosa didáctica de Baltasar Gracián, es una muestra de su gran inteligencia e ingenio; para él, todo depende del punto de vista desde el que se observe el mundo y al hombre lo ve como un concepto negativo. Al igual que Quevedo, la influencia de Séneca es notable: considera que la virtud solo se puede alcanzar a través de la inteligencia y de la sabiduría.

                Su estilo es muy conceptista: antítesis, juegos de palabras, supresión de elementos oracionales, frases breves y sentenciosas (“Lo breve si bueno, dos veces bueno”). Su forma de escribir se somete a tres principios básicos: el ingenio, la alegoría y el humor. Así lo muestra en su obra principal: El Criticón.

Miguel de Cervantes- Como autor de novelas, Cervantes está considerado como el creador de la novela moderna, al dotar al género narrativo de una gran complejidad y riqueza.

                Además de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes escribió otras obras novelísticas. Algunas de ellas se ajustan a los géneros renacentistas, como La Galatea (1585), que es una novela pastoril o Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), novela bizantina.

                Otra obra destacable es la que reúne las doce Novelas ejemplares (1613). Su denominación de ejemplares obedece a que son el primer ejemplo en castellano de un tipo de novelas italianas y al carácter didáctico y moral que incluyen los relatos. En estas narraciones breves, hay algunas de carácter idealizante, al gusto renacentista, como La española inglesa o La fuerza de la sangre. Pero las más importantes son las que reflejan de modo realista la vida española de la época: La gitanilla, Rinconete y Cortadillo o El licenciado Vidriera.

                La obra más universal de la literatura española es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Fue publicado en dos partes: la primera apareció en 1605 y gozó de un éxito inmediato, como lo demuestran las numerosas ediciones y las rápidas traducciones a las lenguas más importantes de Europa. La segunda parte de la novela se publicó en 1615. Un año antes de publicar la segunda parte, apareció en Tarragona una continuación de la novela, firmada por un tal Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo de un autor conocido.

                Los propósitos del autor al escribir la obra era desacreditar los libros de caballerías, ridiculizarlos y conseguir que dejaran de escribirse y leerse. Pero esos objetivos pronto quedan superados. El Quijote es mucho más que una burla del género caballeresco: es una de las obras literarias más universales; sus acciones, personajes, temas y conductas han logrado fama mundial.

                Es un libro claro, espontáneo, natural, lleno de aventuras y sucesos, divertido y profundo. Cervantes es capaz de hacernos reír, reflexionar sobre la condición humana y comprender la realidad de la sociedad española a un mismo tiempo.

                Uno de los aspectos originales del Quijote es la figura del narrador. Cervantes presenta la narración como si hubiera sido inventada por un autor árabe (Cide Hamete Benengeli) y traducida después al castellano. También asegura que las aventuras han sido recogidas anteriormente en libros de historia y crónicas.

                La obra se organiza en torno a tres salidas: dos en la primera parte y una en la segunda. Cada una tiene una estructura circular: partida, aventuras y regreso a casa. La primera parte se fundamenta en el contraste entre los dos personajes protagonistas. Don Quijote, desde su locura, asume los más altos valores humanos: libertad, justicia, heroísmo; Sancho representa, desde su cordura, la sencilla bondad natural: el interés desmesurado por lo material, la lealtad, el sentido común y la satisfacción de los placeres mundanos. En la segunda parte, los personajes adquieren más riqueza en su psicología y en sus conductas. Esta segunda parte es más compleja que la primera; su historia es conocida por los personajes con que se encuentran Don Quijote y Sancho; incluso, Don Quijote se encuentra con un personaje de las aventuras escritas por Avellaneda.

                Don Quijote ya no es un personaje exclusivamente cómico y burlesco. Poco a poco se comprueba el proceso de desengaño que se produce en el protagonista. Con el desengaño, vuelve la cordura, y con esta, llega la muerte. Pero la figura de Don Quijote no se pierde en la nada. Sus ideales son virtuosos y deberían ser la más alta aspiración del ser humano: dedicar la vida al servicio del bien.

                La transformación de Sancho en esta segunda parte es también significativa. Es él quien tiene que reanimar el espíritu y la fe en su amo a medida que este va desengañándose. Según se acerca el final de la obra, Sancho se quijotiza cada vez más, hasta el punto de alentar a su señor a que insista en la consecución de sus ideales.

                Los principales interpretaciones temáticas que se pueden hacer de la obra son:

·         La crítica de los libros de caballerías. Cervantes censuraba este tipo de lecturas por su excesiva imaginación y su mala calidad literaria.
·         El enfrentamiento entre la locura y la razón.
·         El humor, tanto en su faceta paródica y burlesca como en su faceta ingeniosa.
·         La lucha entre los ideales del hombre y la dolorosa realidad.
·         La descripción y el contraste entre los grandes valores del ser humano y las conductas egoístas e innobles.
·         Por último, la descripción de una época: costumbres, creencias, ideologías, panorama social, ambiente cultural, etc.

                En cuanto a su estilo, la principal característica es su falta de uniformidad, en cuanto a la mezcla de novelas en una sola novela. Aparentemente, tiene un estilo sencillo y llano. Sin embargo, se incluye en ella una enorme cantidad de palabras precisas y variadas. Se huye de toda artificiosidad, lo que no impide un manejo habitual de las figuras retóricas: ironías, juegos de palabras, antítesis.


                Hay que destacar la maestría en el uso de los diálogos. Los personajes están perfectamente caracterizados por la manera de expresarse. Don Quijote varía su registro según las circunstancias: usa un lenguaje arcaico cuando ejerce de caballero andante y un lenguaje coloquial cuando no t rata temas caballerescos. Sancho Panza se caracteriza por el lenguaje vulgar y por el frecuente empleo de refranes y proverbios. El resto de personajes adquiere su propia identidad expresiva según sus rasgos personales, sociales o locales, lo que le confiere un carácter polifónico.

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