martes, 8 de marzo de 2011

Incidentes en la escuela (fragmento de La ciudad y los perros)

El robo del examen de química y la muertedel cadete


Cava, uno de los estudiantes del colegio, roba un examen de química siguiendo las instrucciones de Jaguar. Las autoridades se enteran del delito aunque no son capaces de identificar al culpable. Deciden tomar represalias contra todos los jóvenes y los retienen en el colegio de forma indefinida. Tras varias semanas de encierro, el Esclavo denuncia a Cava ante los oficiales y este es expulsado. Sin embargo, durante unas maniobras ocurre un trágico acontecimiento. Un cadete recibe un balazo de misteriosa procedencia y muere. Así termina la primera parte:





–Rápido, a la enfermería. A toda carrera. […]
Gamboa (*) arrebató el cadete a los suboficiales, lo echó sobre sus hombros y aceleró la carrera; en pocos segundos sacó una distancia de varios metros.
–Cadetes –gritó el capitán–. Paren el primer coche que pase. Los cadetes se apartaron de los suboficiales y cortaron camino, transversalmente. El capitán quedó retrasado, junto a Morte y Pezoa.
–¿Es de la primera compañía? –preguntó.
–Sí, mi capitán –dijo Pezoa–. De la primera sección.
–¿Cómo se llama?
–Ricardo Arana, mi capitán –vaciló un instante y añadió–: Le dicen el Esclavo.


* Gamboa es el teniente responsable de la primera compañía.





El testimonio de Alberto y la implicación del Jaguar

Alberto, apodado el Poeta, sentía aprecio por el Esclavo. Por eso denuncia las irregularidades de sus compañeros del colegio y acusa al Jaguar ante el teniente Gamboa. Sospecha que él ha sido el asesino de Arana, pero no tiene pruebas suficientes. La intervención del teniente no servirá de nada; sus superiores se niegan a investigar para evitar escándalos que dañen la imagen de la institución. Amenazan a Alberto para lograr su silencio y ordenan el traslado del teniente. Los cadetes, que son castigados por la información que ha aportado el Poeta, creen equivocadamente que los delató el Jaguar en un momento de resentimiento. Este recibe entonces el desprecio y la humillación de sus compañeros y se siente por primera vez solo:





En las clases, los cadetes hablaban, se insultaban, se escupían, se bombardeaban con proyectiles de papel, interrumpían a los profesores imitando relinchos, bufidos, gruñidos, maullidos, ladridos: la vida era otra vez normal. Pero todos sabían que entre ellos había un exiliado. Los brazos cruzados sobre la carpeta, los ojos azules clavados en el pizarrón, el Jaguar pasaba las horas de clase sin abrir la boca, ni tomar un apunte, ni volver la cabeza hacia un compañero.

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