sábado, 11 de febrero de 2012

A MON PÉGASE L’AUTOMOBILE de Filippo Tommaso Marinetti


Al hilo del recorrido por las Vanguardias y el Futurismo, y como introducción a un análisis de los manifiestos futuristas, dejo aquí una poesía de Filippo Tommaso Marinetti que da fe del amor de estos autores por la velocidad y por la modernidad en general.

La canción del automóvil es una oda al acero, al estruendo, al fuego, al motor. Hemos de situarnos en el contexto en que se escribió, a principios del siglo XX, cuando los coches no eran tan habituales y constituían un emblema de la técnica más moderna.

Los versos de La canción del automóvil parecen arrastrarnos con la fuerza y la violencia de que hacían gala estos primeros vanguardistas, a golpe de onomatopeyas, de exclamaciones, apelaciones, encabalgamientos e interjeciones que se suceden para constituir una adoración por el moderno medio de transporte. Y sin frenos.

A MON PÉGASE L’AUTOMOBILE

¡Dios vehemente de una raza de acero,
automóvil ebrio de espacio, 
que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes! 
¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua,

nutrido de llamas y aceites minerales, 
hambriento de horizontes y presas siderales 
tu corazón se expande en su taf-taf diabólico 
y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas 
que bailen por las blancas carreteras del mundo! 
Suelto, por fin, tus bridas metálicas.., ¡Te lanzas 
con embriaguez el Infinito liberador! 
Al estrépito del aullar de tu voz… 
he aquí que el Sol poniente va Imitando 
tu andar veloz, acelerando su palpitación 
sanguinolento a ras del horizonte… 
¡Míralo galopar al fondo de los bosques!... 
¡Qué importa, hermoso Demonio! 
A tu merced me encuentro… ¡Tómame 
sobre la tierra ensordecido a pesar de todos sus ecos, 
bajo el cielo que ciega a pesar de sus astros de oro, 
camino exasperando mi fiebre y mi deseo, 
con el puñal del frío en pleno rostro!
De vez en vez alzo mi cuerpo 
para sentir en mi cuello, que tiembla 
la presión de los brazos helados 
y aterciopelados del viento. 
¡Son tus brazos encantadores y lejanos que me atraen! 
Este viento es tu aliento devorante, 
¡insondable Infinito que me absorbes con gozo… 
¡Ah! los negros molinos desmanganillados 
parece de pronto 
que, sobre sus aspas de tela emballenada 
emprenden una loca carrera 
como sobre unas piernas desmesurados… 
He aquí que las Montañas se aprestan a lanzar 
sobre mi fuga capas de frescor soñoliento… 
¡Allá! ¡Allá! ¡mirad! ¡en ese recodo siniestro!... 
¡Oh Montañas, Rebaño monstruoso, Mammuths 
que trotáis pesadamente, arqueando los lomos Inmensos, 
ya desfilasteis… ya estáis ahogadas 
en la madeja de las brumas!... 
Y vagamente escucho 
el estruendo rechinante producido en las carreteras 
por vuestras Piernas colosales de las botas de siete leguas… 
¡Montañas de las frescas capas de cielo!... 
¡Bellos ríos que respiráis al claro de luna!... 
¡Llanuras tenebrosas Yo os paso el gran galope 
de este monstruo enloquecido… Estrellas, Estrellas mías, 
¿oís sus pasos, el estrépito de sus ladridos 
y el estertor sin fin de sus pulmones de cobre? 
¡Acepto con Vosotras la opuesta,... Estrellas mías … 
¡Más pronto!... ¡Todavía más pronto 
¡Sin una tregua¡ ¡Sin ningún reposo 
¡Soltad los frenos!... ¡Qué! ¿no podéis?... 
¡Rompedlos!... ¡Pronto! 
¡Que el pulso del motor centuplique su impulso! 
iHurral ¡no más contacto con nuestra tierra inmunda !
¡Por fin me aparto de ella y vuelo serenamente 
por la escintilante plenitud 
de los Astros que tiemblan en su gran lecho azul!

En Papel en Blanco | El nacimiento de la Vanguardia: el Futurismo

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