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viernes, 2 de noviembre de 2012

Fallece a los 86 años el filósofo Agustín García Calvo



El filósofo Agustín García Calvo, durante su participación en el I Congreso Internacional Nudo Mediterráneo, en 2004. / GARCIA CORDERO








Uno de lps principales latinistas españoles del siglo XX, ha fallecido hoy con 86 años. Ensayista, poeta, dramaturgo, traductor, filósofo, García Calvo fue también y siempre un pensador polémico. Tanto que el franquismo le apartó de su cátedra en la universidad Complutense de Madrid por apoyar las protestas de los estudiantes. Aunque finalmente, años después, fue nombrado catedrático emérito de Filología Clásica del mismo centro.
En el fondo, el pensador, que falleció en el Hospital Virgen de la Concha de Zamora debido a una insuficiencia cardíaca, no renunció nunca a oponerse al sistema. Desde el nacimiento del movimiento, el año pasado, acudía cada jueves a las concentraciones del 15-M en la madrileña puerta del Sol para "hablar con los jóvenes", como cuenta Isabel Escudero, su pareja desde hace 36 años. "Lo que más me consuela después de su muerte es la cantidad de jóvenes que ha dejado tras él y tras su pensamiento. Gente viva, del 15-M, y no de la Cultura en mayúsculas, que siempre ha mirado para el otro lado", añade Escudero.
Hasta la semana pasada García Calvo estuvo en la tertulia que organizaba semanalmente en el Ateneo. En la última, habló sobre física y matemáticas en una conferencia llamada Uno más uno son dos. Escudero destaca “el vigor y la gracia que ha mantenido hasta el último día, también cuando ya estaba enfermo”.
En julio el filósofo sufrió una parada cardíaca por la que tuvo que ser hospitalizado en Madrid. Desde entonces, estuvo viviendo en Zamora, hasta que ayer volvió a tener el mismo problema. De ahí que fuera ingresado en el centro clínico de la ciudad. Murió hoy poco después del mediodía, por las consecuencias de esa parada cardíaca.

García-Calvo se encuentra en el tanatorio La Soledad de Zamora y mañana será enterrado a las 17.00 en el cementerio municipal de la ciudad.
En Zamora García-Calvo nació, en 1926. Estudió Filología Clásica en la Universidad de Salamanca, y a partir de 1951 se convirtió en profesor de instituto. En 1965, privado de su cátedra en Madrid junto a José Luis Aranguren y Enrique Tierno Galván, se fue en exilio a Francia, donde sí pudo seguir enseñando, tanto en la Universidad de Lille como en el Collège de France. En París también fundó y coordinó una tertulia política y literaria en el café La boule d'or del Barrio Latino.
En España en cambio lanzó en 1988 el proyecto de una Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del Lenguaje, para reconciliar disciplinas a las que la enseñanza había ido alejando hasta confinarlas en los compartimentos estancos de la filología, las matemáticas y el teatro. La iniciativa duró hasta 1991, aunque el filósofo quiso retomarla en 2010.Sea como fuere, García Calvo no sufrió especialmente por el final del proyecto. "Aquello fracasó, como fracasa todo lo que puede herir. El éxito solo llega a aquello que no hace daño a nadie, a aquello que sigue la corriente", contaba a este periódico en una entrevista de 2010.
Entre sus obras más importantes se encuentra la trilogía compuesta porDel lenguajeDe la construcción (Del lenguaje II) y Del aparato (Del lenguaje III), en las que desarrolló su teoría general sobre el lenguaje. Con Hablando de lo que habla. Estudios de lenguaje, una recopilación de sus artículos, obtuvo en 1990 el Premio Nacional de Ensayo.
“Agustín era un hombre muy riguroso, siempre muy socrático. Creo que ha sido el último Sócrates”, asegura Escudero. Sobre el filósofo griego, García Calvo escribió algunos de sus textos más famosos, comoLecturas presocráticas y Lecturas presocráticas II. Otras de sus conocidas reflexiones filosóficas son Razón comúnContra el tiempoDe Dios y Contra la Realidad.
Recibió también los premios nacionales de Literatura Dramática y de Traducción, respectivamente por La Baraja del rey don Pedro y por el conjunto de su obra.
"Era un hombre atípico, único e inconfundible, siempre alejado de modas y al margen de la vida cultural oficial", ha declarado a la agencia Efe Fernando Savater, que fue alumno de García-Calvo cuando daba clases en una academia de Madrid.

martes, 25 de enero de 2011

Ortografía



AGUSTÍN GARCÍA-CALVO


EL PAÍS  -  Opinión - 22-01-2011 Me ha tocado estas semanas pasadas enterarme de un gran despliegue de páginas, ondas y pantallas, en torno a los arreglos de la Academia con la ortografía del español. Tanto descaro, que las mayorías (no lo que quede de gente o pueblo) admiran, tragan y se callan, me obliga a volver aquí a soltar cuatro perogrulladas sobre el asunto, ya que no las sueltan otros.
La ortografía del español no es mala por esos melindres de si se autoriza o no a escribir el acento de este o solo ni porque a la y se le llame y griega o ye: esta ortografía es mala y detestable porque, por ejemplo, desde que el español oficial perdió el fonema H (que algunos dialectos mantienen hasta casi hoy en uso, cuando dicen "hambre", "hondo" o "ahogar"), los doctos del XVII o ya académicos del XVIII quedaban con las manos libres para jugar con la letra h y mandar que lo que en castellano se venía escribiendo omre o aver se escribiera hombre y haber, en vista de que en latín (como doctos que eran, sabían su poquito de latín) se había escrito homine y habere; o porque, una vez que en castellano se hubo anulado la oposición de fonemas que hacía distinguir en la escritura lo que en la lengua se distinguía, cavar (o, lo que era lo mismo, cauar) y lavor, pero caber y sabor, las letras b y v (cuando en el XVIII acabó de distinguirse de u) quedaban abandonadas a las decisiones de los cultos, que ordenarían escribir boca o hierba, no por nada, sino porque en latín eran bucca o herba, pero vaca y cuervo, porque en latín habían sido uacca y coruo, y los imperfectos de la 1ª, que durante siglos, habían sido en castellano y se habían escrito con ava, cuando ya la distinción de las letras b/v no respondía a nada en la lengua, mandarían que se escribieran con aba, porque así se escribían en latín. Puede que estas te parezcan un par de inocentes pedanterías de los cultos, pero, ah lector, como la cultura es el poder, han acarreado que la gente, a la que se ha hecho perder el don de escribir como se habla, no sepa a qué atenerse con la h, la b o la v, y deba, para "escribir bien", o sea demostrar su cultura, recurrir a la autoridad, necesite manuales de ortografía y, en el colmo del progreso, el tocho de 800 páginas de Ortografía de la Academia. Y no digamos (EL PAÍS, 16 de diciembre de 1991, Esplicando trasgresiones de ostáculos subcoscientes) de los casos en que, introduciéndose más y más cultismos en la lengua, la ortografía académica se atenía sin reparo a lo que en la lengua de origen se escribiera, llegando a producir cosas como extraño, obscuro o transporte, que nadie había jamás oído en castellano, pero que, por fuerza de la cultura, algunos locutores concienzudos hasta llegaban a pronunciarlas. En una palabra: la ortografía del español es mala, y casi tan mala como la del inglés o la del francés, en el sentido de que es una constante traición a lo que hay de veras en la fonémica y prosodia de la lengua, y costituye así una serie sin fin de tropiezos y de trampas para la gente, que habla así de bien como habla gracias a que no sabe cómo lo hace y que, puesta a escribir, desearía que le dejaran escribir sencillamente como se habla. Y eso era tan fácil... No tiene usted más que ver cómo, para escribir lenguas que no se habían escrito nunca, se han inventado escrituras decentes, con más o menos acierto, y menos o más intromisión de pedanterías de poca monta, pero que responden a lo que era la vocación de la escritura misma, y de la alfabética en especial, que era reproducir visualmente todos (o al menos los principales) y solos los entes y reglas que en la lengua hubiera; así, para los cientos de lenguas, africanas, amerindias, polinesias, australianas, que desde hace un par de siglos han venido a escribirse por obra de lingüistas, doctos, pero con sentido común de lo que era la función de una escritura; o ahí cerca tienen el caso de la lengua vasca, en sus dialectos o ya unificada, para la que los entendidos honestos han establecido una escritura normal, que no tiene por qué tenderle al lector trampas graves para entrar al menos a la fonémica de la lengua. Y aun para las lenguas cargadas con una manipulación eclesiástica y cultural como las eslavas o las germánicas, se crearon escrituras (la cirílica para escribir en antiguo búlgaro la Biblia o en gótico la de Ulfilas, o las que se usaron para escribir los cantos nórdicos de la Eda o el Beowulfo en antiguo inglés) que respondían sin duda a las lenguas vivas, y que, por varios avatares, han venido a dar en escrituras de lenguas nacionales, como la del ruso o la del alemán, que, pese a algunas complicaciones engorrosas como la de juntar dos y hasta tres letras para escribir un fonema (al. sch), dan cuenta debidamente, si no de la prosodia, al menos de la fonémica de sus lenguas; y, lo que es más y bien cercano, cuando se hizo precisa para el italiano una "revolución desde arriba" de las escrituras, no fue tan difícil establecer una que, salvo las mismas torpezas o engorros ocasionales, no engaña tampoco mayormente al lector sobre lo que haya de veras en la lengua. Me queda solo por hoy razonar un poco de por qué es que puedan o deban alcanzar tan gran atención, propaganda y esplendor, las naderías de las reglas de ortografía: es que para el poder, para sus Estados y capitales, es de primera importancia procurar que se confunda la lengua con la escritura (y con la cultura en general), ya que la escritura (lo mismo la tradicional que sus versiones informáticas y digitales) es algo que se puede manejar desde arriba, por leyes y por escuelas, que se compra y se vende y vale dinero y promoción en la sociedad y el régimen, mientras que la lengua es la sola máquina que se le da a cualquiera gratuitamente, que no es de nadie y nadie puede mandar en ella, que tiene sus propias leyes, secretas, en las que autoridad ninguna puede intervenir (como puede en la escritura) y tampoco en los cambios que una lengua realice en sus leyes de vez en cuando, sin que nadie personalmente lo decida, sino una asamblea anónima que bulle ahí por debajo de las almas. Y claro está que una cosa como esta es un peligro constante para el orden, que necesita que eso no exista o, si tal ideal no acaba de cumplirse, que por lo menos se oculte y se confunda con otras cosas manejables, y que no se sepa que la hay y que sigue viva.

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