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martes, 19 de febrero de 2013

Fray Luis de León



Fray Luis de León es uno de los escritores más importantes de la segunda fase del  Renacimiento español  junto con  Francisco de Aldana,  Alonso de Ercilla, Fernando de Herrera y San Juan de la Cruz. Su obra forma parte de la literatura ascética de la segunda mitad del siglo XVI y está inspirada por el deseo del alma de alejarse de todo lo terrenal para poder alcanzar a Dios, identificado con la paz y el conocimiento. Los temas morales y ascéticos dominan toda su obra. (Wikipedia)


miércoles, 22 de agosto de 2012

'Espadas sobre fondo de oro' de Félix de Azúa


La historia de Bernal es una de las últimas épicas caballerescas y su único defecto es el de ser verdadera

 22 ABR 2012  El País

  • En noviembre de 1519 aquellos hombres protegidos por pesadas corazas y con los caballos resoplándoles en el cogote se adentraron por el gran camino que sale de Estapalapa. No tardaron mucho en montar la formación. A medida que se aproximaban a la gran ciudad, ellos, que sólo conocían los pueblos españoles y las villas coloniales cubanas, iban quedando cada vez más atónitos: “Y de que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que, por una parte, en tierra había grandes cibdades, y en la laguna, otras muchas; e víamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchas puentes de trecho en trecho, y por delante estaba la cibdad de México”.
    Al frente de un gentío de indígenas enemigos del azteca formaban 400 soldados al mando de Hernán Cortés. Para nuestra fortuna uno de ellos era Bernal Díaz del Castillo, nacido en Medina del Campo hacia 1495 en cuna plebeya, aunque acomodada, y sin apenas educación porque tenía entonces 20 años y llevaba ya en la aventura americana desde 1514. Este muchacho sería el más grande cronista de la conquista americana aunque, como él decía, “no soy latino”, es decir, no sabía latín ni poseía elegancia literaria ninguna. Su escritura, en efecto, es seca, desaliñada, a veces brutal y vehemente, como sin duda fue su juventud, pero de una inmensa eficacia. La Historia verdadera de la conquista de Nueva España es, a juicio de este modesto comentarista, una obra maestra de la literatura española capaz de medirse perfectamente con las de Cervantes, no en la perfección formal sino en su grandeza narrativa. La reciente edición, muy diestramente anotada y comentada por Guillermo Serés en esa cada día más impresionante biblioteca clásica de la Real Academia, es de todo punto imprescindible para cualquier lector educado. El precio también es educado.
    Esta tremenda historia, sin comparación alguna con nada similar en la literatura europea, comenzó a escribirla un hombre de 60 años cuando ya no podía emprender empresa guerrera alguna, pero no la abandonó hasta su muerte en 1584, añadiendo, quitando, reescribiendo, corrigiendo, enmendando el texto sin descanso, en parecida obsesión a la de Proust. Las razones para escribir, sin embargo, diferían. A Proust le movía el deseo desesperado de salvar algún sentido antes de que la muerte todo lo aniquilara. A Bernal, en cambio, le movían varias indignaciones, la primera y principal de ellas las mentiras de los cronistas oficiales, las cuales le obligaban a tomar la péñola “…porque cosas tan heroicas como adelante diré no se olviden, ni más las aniquilen y claramente se conozcan ser verdaderas, y porque se reprueben y den por ningunos los libros que sobre esta materia han escrito, porque van muy viciosos y escuros de la verdad…”. Se refiere a cronistas como López de Gómara, Gonzalo de Illescas o Paulo Jovio, contra los cuales añadió, por contraste, ese sorprendente adjetivo de “verdadera” a su historia. Él había combatido y sufrido codo con codo con Cortés durante décadas, pero ahora llegaban unos cronistas a sueldo y peroraban disparates pagados por los potentados en busca de fácil fama. Bernal había hecho con su cuerpo la historia verdadera, pues “a tan excesivos riesgos de muerte y heridas y mil cuentos de miserias pusimos y aventuramos nuestras vidas (…) y de día y noche batallando con multitud de belicosos guerreros, y tan apartados de Castilla”, que no podía soportar las invenciones de quienes sin haber empuñado ni una navaja ahora escribían la historia de América.
    Lo asombroso es que esta historia sea una obra maestra de la literatura
    “Tan apartados de Castilla”, en efecto, porque la segunda indignación de Bernal es que le estaban quitando sus privilegios y posesiones para beneficiar a unos señoritos recién llegados y sin más mérito que su encumbrada parentela. A partir de 1542, cuando el soldado se acercaba a la peligrosa cincuentena, las “Leyes Nuevas” promovidas por Las Casas para “frenar la esclavitud de los indios, fijar límites a la perpetuidad de las encomiendas y dotar de cierta igualdad a los nativos” (Serés), leyes sin duda tan necesarias como justas, despojaron a los viejos soldados de sus propiedades y beneficiaron a los burócratas emparentados con la nobleza. Las reivindicaciones de Bernal (que respetaba a Las Casas y nunca le dirigió la menor invectiva) asemejan a veces a las del pleiteante obsesivo de Dickens, aunque siempre desde la digna actitud de un soldado viejo y maltratado. De haber vivido en el siglo XVIII se habría comparado con el general Belisario.
    Lo asombroso es que esta historia escrita por un hombre sin apenas formación (aunque lector de novelas de caballerías), enfurecido por cronistas mentirosos, perturbado por la abyecta política española, sea a pesar de todo una obra maestra de la literatura. Lo milagroso es que Bernal fuera siendo devorado por la pasión literaria y a medida que avanzaba en el relato la gracia misma de la narración venciera sobre sus venganzas y miserias privadas, quizás como le sucedió también al gran Saint Simon en su interminable historia. La pura pasión literaria fue lo que le empujó a introducir toda suerte de detalles, cuadros de género, observaciones y escenas de modo que el lector fuera tropezando con “diálogos, anécdotas, catálogos detallados de naves, caballos, provisiones, descripciones fisiognómicas de españoles, mexicanos, tácticas militares etc.” (Serés), lo que da una viveza singular a esta crónica distinta de todas, pero próxima a la de Herodoto a quien Bernal desconocía. Aunque “no era latino”, Bernal sí era un narrador natural y tan avanzado en su época que algunos expertos, como Ángel Delgado, no dudan en ponerlo junto a Cervantes como el primero en dar pasos metaliterarios antes de hora.
    Esta es, pues, la historia de un soldado de cuna humilde que se atribuye sin pudor el valor de sus hazañas como un héroe antiguo y siente la injusticia de no acceder a una nobleza, la de las armas, en nada distinta a la que merecieron Amadis o Juan de Austria. No sabía que iba a ser la conquista de América, justamente, lo que acabara con la vieja nobleza guerrera y diera paso a un funcionariado gandul que en pocos años arruinaría el imperio, como siempre ha sucedido en España.
    Y no sólo en España, también para el resto de Europa se avecinaba esa época que Max Weber llamó la del desencanto del mundo, cuyo último y residual modelo heroico sería Alonso Quijano, el hidalgo pobre que sigue creyendo en los encantamientos y milagros de un mundo que él todavía lee a lo cristiano, aunque se rompa la crisma contra la sociedad práctica, pragmática, funcional, que se ríe de él como de un orate porque ha aprendido que la vida va en serio.
    El mundo en el que se crió Bernal era todavía un lugar donde eran posibles los milagros y en el que las hazañas traían consigo gloria, honra y nobleza. El mundo en el que muere Bernal es ya el de los primeros laboratorios científicos, los incipientes Estados administrados por una burocracia de casta, y unos súbditos que van a ir dejando de creer en los encantamientos y milagros para dedicarse a ganar dinero, o, como prefería decirlo Karl Marx, a construir un Paraíso de los humanos levantado con el trabajo humano y no regalado por la divinidad. La historia de Bernal es una de las últimas épicas caballerescas europeas y su único defecto es el de ser verdadera.
    Félix de Azúa es escritor.

    martes, 7 de agosto de 2012

    Diana enamorada de Gaspar Gil Polo

    Compuesta por Gaspar Gil Polo es -además de una de las más bellas obras españolas del XVI tanto por su prosa como por su verso- una continuación de la primera Diana, por lo que prosigue su mismo patrón y retoma algunos de sus personajes. (Educared)


    Gaspar Gil Polo

    Gaspar Gil Polo (* Valencia [España], 1530, † Barcelona [España], 1584) fue un escritor español del que se tienen  referencias sobre su vida: su fama como poeta radica en que Miguel de Cervantes le dedica una octava real el "Canto de Caliope" de La Galatea y Juan de Timoneda lo cita en el Sarao de amor, de 1561. Su principal obra Diana enamorada, de 1564, continuación de la obra Diana de Jorge de Montemayor. (Wikipedia)

    domingo, 8 de julio de 2012

    Jorge de Montemayor



    Jorge de Montemayor  o, en portugués original,  Jorge de Montemor  (Montemor-o-Velho,  Portugal, h.  1520  - ¿Piamonte?, Italia, h. 1561) fue un escritor portugués en lengua española. Adoptó como nombre el de su lugar de nacimiento, Montemor-o-Velho, cerca de Coímbra. Se ha especulado sobre su origen judío, pero no hay nada probado. Fue músico en las cortes de Portugal y de Castilla. Estuvo primero al servicio de María, hermana de Juan III de Portugal y futura esposa de Felipe II, como cantante. Más adelante pasó a la corte de Juana, infanta de Castilla, hija de Carlos I, como cantor contrabajo primero, y luego, tras el matrimonio de la infanta con el príncipe don Juan de Portugal, hijo de Juan III, como aposentador. Cuando falleció don Juan, en 1554, Montemayor regresó con la infanta viuda a Castilla. Por entonces publicó su Cancionero (Amberes, 1554), cuyos versos devotos no gustaron a la Inquisición. Con el séquito de Felipe II estuvo en Flandes, y posiblemente también en Inglaterra. Se sabe que estuvo también en Valencia al servicio de Juan Castellá, barón de Bicorb y Quesa, así como de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa. Los últimos años de su vida los pasó en el Piamonte. Se piensa que murió asesinado por un amigo en una reyerta causada por un asunto de celos. (Wikipedia)


    La Diana de Jorge de Montemayor


    Esta obra, que combina el verso y la prosa, es la primera novela pastoril de la literatura en lengua castellana y ejerció una gran influencia en las letras del siglo XVI. Fue pronto traducida al francés, al inglés y al alemán. (Wikipedia)



    Historia de los amores de Clareo y Florisea de Alonso Núñez de Reinoso

    lunes, 11 de junio de 2012

    Lazarillo de Tormes



    La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (más conocida como Lazarillo de Tormes) es una novela española anónima, escrita en primera persona y en estilo epistolar (como una sola y larga carta), cuya edición conocida más antigua data de 1554. En ella se cuenta de forma autobiográfica la vida de un niño, Lázaro de Tormes, en el siglo XVI, desde su nacimiento y mísera infancia hasta su matrimonio, ya en la edad adulta. Es considerada precursora de la  novela picaresca  por elementos como el realismo, la narración en primera persona, la estructura itinerante, el servicio a varios amos y la ideología moralizante y pesimista. (Wikipedia)


    domingo, 3 de junio de 2012

    Églogas de Garcilaso de la Vega



    Garcilaso de la Vega, máximo exponente del ‘Siglo de Oro’ español, recupera el género clásico de las églogas.Obras poéticas de Garcilaso de la Vega, poeta y militar del ‘Siglo de Oro’ español que vieron la luz por primera vez en la publicación Las obras de Boscán y algunas de Garcilasso de la Vega hacia 1542. Las églogas del autor son tres, y en ellas recupera este género clásico en el que la evocación de la naturaleza juega un papel crucial. 
    La primera pieza de Garcilaso está dedicada al virrey de Nápoles don Pedro de Toledo y describe el canto de dos personajes campestres entre la salida del sol y su ocaso. La segunda égloga es la más extensa y compleja de las tres. Está compuesta por una escena bucólica y una apología de la casa de Alba. La tercera y última égloga recurre al ‘Locus amoenus’, y en ella se idealiza la belleza de un paisaje del Tajo. (www.españaescultura.es)


    martes, 9 de marzo de 2010

    Autoría del Lazarillo de Tormes. Descubierto el autor del Lazarillo de Tormes: Diego Hurtado de Mendoza



    .
    EL PRESUNTO AUTOR. El poeta y diplomático español Diego Hurtado Mendoza sería el autor de la obra.


    Acaba de ser resuelto uno de los grandes misterios de la literatura española: la autoría del Lazarillo de Tormes, publicado en 1554. Según los descubrimientos de la paleógrafa Mercedes Agulló (Madrid, 1925) el honor corresponde a Diego Hurtado de Mendoza, un aristócrata que fue desde embajador en Inglaterra a poeta.


    Agulló ha seguido el rastro del autor desde que elaboró su tesis doctoral.


    Dentro de unos días, según avanza Elmanifiesto.com, se publicará el libro A vueltas con el autor del Lazarillo (Calambur), donde Agulló, quien fue directora de los Museos Municipales de Madrid durante once años, explicará con detalle su descubrimiento. La universitaria ha estado siguiendo el rastro del autor desde que elaboró su tesis doctoral y ha tardado unos 60 años en descubrirlo.

    Quienes visitan los archivos y no temen mancharse de polvo las manos, suelen encontrar tesoros negados a quienes se limitan a recoger testimonios sin comprobarlos con documentos. Publican menos, salen menos en televisión, pero su nombre queda vinculado a un hecho histórico y a un servicio a la humanidad.


    Uno de esos tesoros que aguardan en los archivos a los verdaderos investigadores fue el manuscrito autobiográfico del capitán Alonso de Contreras, escrito en 1630, descubierto a finales del siglo XIX y publicado en 1900, y que inspiró a Arturo Pérez Reverte su personaje Diego Alatriste. Ahora, después de un trabajo paciente y profesional, todos tenemos la recompensa.

    En su libro Agulló va a dar a conocer una documentación, apenas utilizada, nunca leída completamente, de Juan López de Velasco, encargado de expurgar El Lazarillo para reeditarlo. Los documentos señalan claramente: López de Velasco, que era el testamentario de Diego Hurtado de Mendoza, en el inventario de sus bienes relaciona, primero, los papeles propios y, luego, los que eran de don Diego y él custodiaba. Uno de estos cajones contiene inequívocamente las correcciones del Lazarillo, junto con las de la Propalladia de Torres Naharro.

    Así lo explicó Agulló a El Cultural de El Mundo:

    “Para redactar mi tesis me fue necesario consultar la documentación de Archivos parroquiales, Archivo Histórico de Protocolos y el Histórico Nacional, esencialmente. Entre esos documentos figuran muchos Inventarios de libros, tanto de impresores y libreros, como de personajes. Acabada la tesis, no terminé yo mi tarea sino que la continué con idea de hacer unas Adiciones, que en este momento ya tengo preparadas para su publicación (…). En estas Adiciones, he prestado especial atención a los Inventarios y tasaciones y, en mi búsqueda, di con el de los libros pertenecientes a un abogado Juan de Valdés, dueño nada menos que de casi 300 obras (todas inventariadas con su lugar de impresión y año, lo que no es muy habitual). Más importante todavía es que, junto al Inventario de ese Valdés, su hermana y testamentaria realizó el de los bienes y libros de Juan López de Velasco, de quien el abogado había sido testamentario.”

    López de Velasco, cosmógrafo real, fue encargado (¿por el Rey?) oficialmente de podar y censurar el Lazarillo en 1573 para sacarlo del Catálogo de los libros prohibidos.

    Junto a un importantísimo bloque documental de papeles americanos y una gran parte de las obras de San Isidoro, se encontraba en una serie de serones y cajones el impresionante lote de documentos acumulados por don Diego Hurtado de Mendoza durante su larga vida, ya que a López de Velasco se le había encargado la administración de la hacienda del anterior. Ahí encontró Agulló, al lado de «Una copia de Las guerras de Granada y otros papeles de la hacienda de Carmona», dos líneas que dicen: «UN LEGAJO DE CORRECCIONES HECHAS PARA LA IMPRESIÓN DE LAZARILLO Y PROPALADIA».

    Un auténtico hombre renacentista y del Imperio

    El autor fue un personaje a la altura de los titanes españoles que atravesaron los siglos XVI y XVII. Nació en La Alhambra en una fecha desconocida entre 1503 y 1504, porque su padre, Íñigo López de Mendoza, conde de la Tendilla, era capitán general del reino de Granada, nombrado por los Reyes Católicos. Conocía varios idiomas, como el latín, el griego, el árabe y el hebreo, aparte de lenguas europeas vivas. Introdujo metros poéticos italianos en España. Desempeñó varias misiones y cargos a las órdenes del emperador Carlos V y del rey Felipe II: embajador en 1537 ante Enrique VIII para negociar una boda, embajador ante la República de Venecia y ante el Papa, gobernador de Siena, general del ejército que se enfrenta a la rebelión de los moriscos hasta que le releva don Juan de Austria…

    De sus múltiples viajes por Italia y Flandes, trajo múltiples libros que luego regaló al rey Felipe II y que se encuentran en la biblioteca de El Escorial. Precisamente, la biblioteca personal del aristócrata y diplomático pudo ser motivo de resquemor con el rey. Según Mercedes Agulló, “era el deseo del rey de hacerse con la biblioteca de don Diego, una de las más destacadas en la época, tanto en impresos como en su valiosísima colección de manuscritos. Le regaló al rey seis o siete baúles llenos de manuscritos árabes”.

    Debido a un accidente se le gangrenó la pierna, que tuvieron que cortársela. El 14 de agosto de 1575 murió y fue enterrado en el Monasterio de la Latina. “¡Ah, cuando le cortaron la pierna gangrenada, no usó más anestesia que el rezo del Credo! ¡Échale temple!”, apostilla Agulló, según la entrevista que le hizo la periodista Blanca Berasategui en su casa de San Fernando de Henares.

    sábado, 6 de marzo de 2010

    Oda a la vida retirada de Fray Luis de León


    Oda a la vida retirada


    ¡Qué descansada vida
    la del que huye el mundanal ruido
    y sigue la escondida senda
    por donde han ido los pocos sabios
    que en el mundo han sido!

    Que no le enturbia el pecho
    de los soberbios grandes el estado,
    ni del dorado techo
    se admira, fabricado,
    del sabio moro, en jaspes sustentado.

    No cura si la fama
    canta con voz su nombre pregonera,
    ni cura si encarama
    la lengua lisonjera
    lo que condena la verdad sincera.

    ¿Qué presta a mi contento,
    si soy del vano dedo señalado,
    si en busca de este viento
    ando desalentado
    con ansias vivas, con mortal cuidado?

    ¡Oh monte, oh fuente, oh río!
    ¡Oh secreto seguro, deleitoso!
    Roto casi el navío
    a vuestro almo reposo,
    huyo de aqueste mar tempestuoso.

    Un no rompido sueño,
    un día puro, alegre, libre quiero;
    no quiero ver el ceño
    vanamente severo
    de quien la sangre ensalza o el dinero.

    Despiértenme las aves
    con su cantar sabroso no aprendido,
    no los cuidados graves
    de que es siempre seguido
    el que al ajeno arbitrio está atenido.

    Vivir quiero conmigo,
    gozar quiero del bien que debo al cielo
    a solas, sin testigo,
    libre de amor, de cielo,
    de odio, de esperanzas, de recelo.

    Del monte en la ladera
    por mi mano plantado tengo un huerto,
    que con la primavera,
    de bella flor cubierto,
    ya muestra en esperanza el fruto cierto.

    Y como codiciosa
    por ver y acrecentar su hermosura,
    desde la cumbre airosa
    una fontana pura
    hasta llegar corriendo se apresura.
    Y luego sosegada,
    el paso entre los árboles torciendo,
    el suelo de pasada
    de verdura vistiendo,
    y con diversas flores va esparciendo.

    El aire el huerto orea
    y ofrece mil olores al sentido,
    los árboles menea
    con un manso rüido
    que del oro y del cetro pone olvido.

    Ténganse su tesoro
    los que de un falso leño se confían:
    no es mío ver el lloro
    de los que desconfían
    cuando el cierzo y el ábrego porfían.

    La combatida antena
    cruje, y en ciega noche el claro día
    se torna, al cielo suena
    confusa vocería,
    y la mar enriquecen a porfía.

    A mí una pobrecilla
    mesa de amable paz bien abastada
    me basta, y la vajilla de fino oro labrada
    sea de quien la mar no teme airada.

    Y mientras miserable
    mente se están los otros abrasando
    con sed insacïable
    del no durable mando,
    tendido yo a la sombra esté cantando.

    A la sombra tendido,
    de hiedra y lauro eterno coronado,
    puesto el atento oído
    al son dulce, acordado
    del plectro sabiamente meneado.


    Fray Luis de León

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