Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.
A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.
-¡Cuánta estrella! -dijo Manuel-. ¿Qué serán?
-Son mundos, y mundos sin fin.
-No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? -preguntó Manuel.
-Quizá, ¿por qué no?
-¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril...
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.
No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...
Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.
Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma...
FIN
Mostrando entradas con la etiqueta Mala hierba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mala hierba. Mostrar todas las entradas
miércoles, 24 de agosto de 2011
Diálogo entre Manuel y Jesús al final de Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Etiquetas:
diálogo,
Diálogo entre Manuel y Jesús al final de Mala hierba,
La lucha por la vida,
Mala hierba,
Pío Baroja,
texto,
texto dialógico,
wikisource
Diálogo entre Manuel y Vidal sobre "la golfería" en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio, las botas le venían estrechas y cortas.
-Tienes el pie pequeño -murmuró Manuel-. Has nacido para señorito. Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
-Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata no me gusta, ¿y a ti?
-A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.
-¿Para qué?
-Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.
-¿Vamos?
-Andando.
Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.
-Tráelo, no seas lila-dijo Vidal; y quitándoselo de la mano, lo tiró a un solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
-O de otra manera.
-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.
De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.
-Bueno; tendrás algún secreto.
-Puede ser.
-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.
-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...
-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.
-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?
-A ti.
-¡Quia!
-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
¿Y cómo?
-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése! ¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.
-¿Volviste a coger otras lámparas?
-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-Sí, hombre.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
«¡Qué aplomo tiene!», pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
-¡Rediez! -exclamó Vidal, mirándole de hito en hito-. ¡Qué facha de golfo tienes!
-¿Por qué?
-¿Qué sé yo? Porque la tienes.
-Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que al soltarla le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José a meterme por la calle de las Torres cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...! «Déjeme usted», dije yo. «Calla; si no, llamo a uno del Orden. (Yo me callé.) Te he visto cómo limpiabas el reloj a ese pimpi.» «¿Yo?» «Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido.» Vamos -pensé yo-; éste es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna, y allí el hombre me habló dato. «Mira -me dijo-, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas; compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste, que ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.,
-¿Y le diste el reloj?
-Sí. Al día siguiente...
-Te quedarías de boqueras...
Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-¿Y quién es ese hombre?
-Marcos Calatrava.
-¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?
-El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti.
-¿Quieres entrar en la comba?
-¿Pero qué hay que hacer?
-Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra..., peligro no hay..., conque tú dirás.
-No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi, casi prefiero vivir así.
-Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.
-Sí, es verdad.
-¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que negociando eres una persona decente, y robando te llevan a la cárcel.
-¿Crees tú...?
-Sí, hombre. Es más: creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.
-¡Sabes que me parece que tienes razón!
-Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.
-Nada, se acepta. Otra sociedad como la de los Tres.
-No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
-Pero hay un Cojo.
-Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.
-¿Es el jefe de la partida?
-Te diré, chico..., yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-Comprendido.
-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente..., al pelo.
-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo maldito si lo sé.
-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por prófugo.
-¡Psch!
-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?
-Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.
-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.
-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron nuevamente solos los dos primos.
Vamos al Círculo -dijo Vidal.
-Tienes el pie pequeño -murmuró Manuel-. Has nacido para señorito. Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
-Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata no me gusta, ¿y a ti?
-A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.
-¿Para qué?
-Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.
-¿Vamos?
-Andando.
Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.
-Tráelo, no seas lila-dijo Vidal; y quitándoselo de la mano, lo tiró a un solar por encima de la tapia.
Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.
-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.
-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?
-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!
-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.
-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?
-O de otra manera.
-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.
De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.
-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.
-Bueno; tendrás algún secreto.
-Puede ser.
-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.
-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...
-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.
-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?
-A ti.
-¡Quia!
-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.
¿Y cómo?
-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése! ¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.
-¿Volviste a coger otras lámparas?
-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-Sí, hombre.
Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
«¡Qué aplomo tiene!», pensó Manuel.
Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.
-¡Rediez! -exclamó Vidal, mirándole de hito en hito-. ¡Qué facha de golfo tienes!
-¿Por qué?
-¿Qué sé yo? Porque la tienes.
-Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que al soltarla le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José a meterme por la calle de las Torres cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...! «Déjeme usted», dije yo. «Calla; si no, llamo a uno del Orden. (Yo me callé.) Te he visto cómo limpiabas el reloj a ese pimpi.» «¿Yo?» «Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido.» Vamos -pensé yo-; éste es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna, y allí el hombre me habló dato. «Mira -me dijo-, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas; compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste, que ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.,
-¿Y le diste el reloj?
-Sí. Al día siguiente...
-Te quedarías de boqueras...
Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-¿Y quién es ese hombre?
-Marcos Calatrava.
-¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?
-El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti.
-¿Quieres entrar en la comba?
-¿Pero qué hay que hacer?
-Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra..., peligro no hay..., conque tú dirás.
-No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi, casi prefiero vivir así.
-Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.
-Sí, es verdad.
-¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que negociando eres una persona decente, y robando te llevan a la cárcel.
-¿Crees tú...?
-Sí, hombre. Es más: creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.
-¡Sabes que me parece que tienes razón!
-Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.
-Nada, se acepta. Otra sociedad como la de los Tres.
-No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
-Pero hay un Cojo.
-Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.
-¿Es el jefe de la partida?
-Te diré, chico..., yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-Comprendido.
-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente..., al pelo.
-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo maldito si lo sé.
-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por prófugo.
-¡Psch!
-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?
-Dentro de un momento estará aquí.
Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.
-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.
-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.
Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el Cojo.
Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron nuevamente solos los dos primos.
Vamos al Círculo -dijo Vidal.
Etiquetas:
diálogo,
Diálogo entre Manuel y Vidal sobre "la golfería",
La lucha por la vida,
Mala hierba,
Pío Baroja,
texto dialógico
Descripción "Bajos fondos" en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja
Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de
nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera
del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna
estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el
barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y
entraron. El Hombre-boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos
de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos
destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba
agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de
infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los
rincones, cucarachas muertas y secas.
Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y
triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se
despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por
las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros
marchaban por el arroyo de Embajadores.
Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos
de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres
tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura
humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la
que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo
de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad
y de la miseria.
-Si los ricos vieran esto, ¿eh? -dijo don Alonso.
-¡Bah! , no harían nada -murmuró Jesús.
-¿Por qué?
-Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que
mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere
de hambre, le quita usted la mitad de su dicha.
-¿Crees tú eso? -preguntó don Alonso, mirando a Jesús con asombro.
-Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de
nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas,
tranquilamente, mientras nosotros...
Hizo un gesto de desagrado el Hombre-boa; le molestaba que se
hablara mal de los ricos.
Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, a las
escombreras de la Fábrica del Gas de encima de las Injurias comenzaron
a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la
hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla
del cigarro en la boca.
Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en
la casa desalquilada y los echó de allí.
Los días siguientes, Manuel y Jesús -el titiritero había desaparecido- se
decidieron a ir al asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los
dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes
vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en
un asilo, iban viviendo.
La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las
Delicias fue un día de marzo.
Cuando llegaron al asilo no se había abierto aún. Aguardaron
paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los
campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas
puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban
chiquillos andrajosos.
Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de
ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un
cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,
hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo
rota, algún horno de cal derruido. Sólo a largo trecho se destacaba una
huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte,
se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje
intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en
grupos de tres y cuatro.
Por allá cerca pasaba el arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco,
y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los
Tres Ojos.
Volvieron al anochecer. El asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la
derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios
abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de
madera, le daban aspecto de un chalet suizo. En el balcón, en un letrero
sujeto al barandado; se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal
rojo lanzaba la luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un
empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron y
entraron en el asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas,
iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con
pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel
cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo,
sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos
y charlaron un rato...
Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en
medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus
abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de
guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.
-Aquí no corre tanto aire -dijo un viejo mendigo que se preparaba a
tenderse cerca de Manuel.
Unos cuantos golfos de quince años hicieron irrupción en la sala, se
apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.
-¡Qué tunantes sois! -les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel-.
Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!
-¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado! -replicó uno de los golfos.
-Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el
tambor -dijo otro.
-¡Granujas! ¡Golfos! -murmuró el viejo con ira.
Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba
escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras
que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y
mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro
de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó
en el suelo.
-Es que estos granujas nos desacreditan explicó el viejo-; el año pasado
robaron el teléfono del asilo y un pedazo de plomo de una cañería.
Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba
blanca, con una cara de apóstol, embebido en sus pensamientos,
apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una
bufanda y una gorrila. En el rincón ocupado por los golfos descarados y
fanfarrones se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo
de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco
o seis años.
Todos los demás eran de facha brutal: mendigos con aspecto de
bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus
deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre
éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas
grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello,
corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo
del esplendor de la vida pasada.
La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire impregnado de olor
de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
Manuel se tendió en su tarima y escuchó la conversación que
entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un
pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la
caridad oficial.
A pesar de que andaba siempre rondando de un lado a otro, no se
había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.
-Antes se estaba bien en este asilo -explicaba el viejo a Jesús-; había
una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el
mundo se le daba una sopa.
-Sí, una sopa de agua -replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y
tostado por el sol.
-Bueno, pero calentaba las tripas.
El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la
golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por
Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro
de lo triste, era cómica su historia.
Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en
las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un
Ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo
de ellos en la miseria y en el desamparo más grande. Mientras tanto,
escribía a su mujer dándole esperanzas.
El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y
después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una
peseta, fue al Gobierno Civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo
y a él a un asilo. «No llevo al asilo sino a los que piden limosna», le dijo
el guardia. «Yo voy a pedir limosna -le contestó él con humildad-; puede
usted llevarme.» «No; pida usted limosna, y entonces le cogeré.»
Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su
hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca.
Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al asilo de las
Delicias.
-Pues si le llegan a coger, no adelanta usted nada -dijo el de los
anteojos-; le habrían llevado al Cerro del Pimiento y allá se habría usted
pasado el. día sin probar la gracia de Dios.
Y luego, ¿qué habrían hecho conmigo? -preguntó la persona decente.
-Echarlo fuera de Madrid.
-Pero ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche? -dijo Jesús.
-La mar -contestó el viejo-, por todas partes. Ahora que en el invierno
se tiene frío.
-Yo he vivido -añadió el mendigo joven- más de medio año en
Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y
yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas
semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con
una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la
bota y después tapábamos el agujero con pez.
-¿Y por qué se fueron ustedes de allí? -preguntó Manuel.
-La Guardia Civil nos sintió y tuvimos que escaparnos por las
ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me
gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra
uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...
-¿Y usted ha andado mucho por ahí?
-Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un
pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo
que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay cosa como eso. Se come donde
se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de
tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que
el rey Luego, como las golondrinas, sé va uno donde hace calor.
El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,
indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.
Adonde suelo yo ir cuando hace buen tiempo es a un campo santo que
hay cerca del tercer depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta
primavera.
Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó
dormido. A media noche se despertó al oír unas voces. En el rincón de la
golfería, dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo
partido.
-Te daré dinero -murmuraba uno entre dientes.
-Suelta, que me ahogas.
El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó
el garrote y dio un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió
bramando de coraje.
-Ven ahora, ¡cochino! ¡Hijo de la grandísima perra! -gritó.
Se abalanzaron uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de
bruces.
-Estos granujas nos están desacreditando -exclamó el viejo.
Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a
tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y
sibilantes...
Por la mañana, antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del
asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se
desparramaron al momento por aquellos andurriales.
Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Álvaro. En los andenes de
la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz
en el aire negro de la noche.
De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas
de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales
lanzaban un guiñó confidencial desde sus altos soportes; las calderas en
tensión de las locomotoras bramaban con espantosos alaridos.
Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos
lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y
amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas
bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y
oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas
tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban
abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a
la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo
de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la
izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban
hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo
húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
Entradas populares
-
1 Di cuál es la función sintáctica de los determinantes de estas oraciones. § Ha venido con un primo suyo. § ...
-
1 Clasifica las siguientes palabras según sean cultismos , préstamos o acrónimos . En el caso de los cultimos , indica si...
-
Identifica los elementos de la comunicación en cada una de las siguientes situaciones: a Desde la ventanilla del tren, Juan dice adiós...
-
1 Comenta el significado denotativo de las siguientes palabras y, a continuación, añade los posibles significados connotativos que se...
-
Indica el nivel de la lengua al que pertenecen las siguientes expresiones: a) ¡Trae pacal bolso, tú! Culto Estándar Vulgar ...
-
UNIVERSIDADES PÚBLICAS DE LA COMUNIDAD DE MADRID - EVALUACIÓN PARA EL ACCESO A LAS ENSEÑANZAS UNIVERSITARIAS OFICIALES DE GRADO - Curso 201...
-
1 Observa el cambio sem á ntico que han sufrido estas palabras en estos contextos. Determina a qu é tipo de causa se deb...
-
NARRACIÓN DESCRIPCIÓN EXPOSICIÓN ARGUMENTACIÓN
-
Se escriben con minúscula las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno, como en este ejemplo: A lo largo del pasado ...
-
Una elección muy personal de los mejores cuentos infantiles por el mensaje que nos hacen llegar. Cuando eramos niños un cuento antes d...


