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miércoles, 24 de agosto de 2011

Diálogo entre Manuel y Jesús al final de Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja

Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.




El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la Vía Láctea cruzaba la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel océano de astros.



A lo lejos, el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un muelle.



El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas silvestres, agostadas por el calor.



-¡Cuánta estrella! -dijo Manuel-. ¿Qué serán?



-Son mundos, y mundos sin fin.



-No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, ¿tú crees que habrá hombres en esos mundos? -preguntó Manuel.



-Quizá, ¿por qué no?



-¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? ¿Crees tú?



Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril...



En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un estado superior.



No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...



Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de energía y de piedad; y aquellas palabras suyas, caóticas, incoherentes, caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...



Luego, los dos callaron, entregados a sus pensamientos, contemplando la noche.



Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma...

FIN

Diálogo entre Manuel y Vidal sobre "la golfería" en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja

Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió a la carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles vuelta por abajo; en cambio, las botas le venían estrechas y cortas.




-Tienes el pie pequeño -murmuró Manuel-. Has nacido para señorito. Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.



-Algunas señoritas darían algo por estos pinreles, ¿verdad? A mí, una mujer que tenga mucha pata no me gusta, ¿y a ti?



-A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco donde elegir... Anda, dame un periódico. Voy a envolver estas prendas.



-¿Para qué?



-Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré a la calle. Lo que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.



Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató con una guita y lo cogió en la mano.



-¿Vamos?



-Andando.



Salieron a la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y miraba el paquete que llevaba y no se atrevía a dejarlo en ninguna parte.



-Tráelo, no seas lila-dijo Vidal; y quitándoselo de la mano, lo tiró a un solar por encima de la tapia.



Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena a la plaza de Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.

-¡Qué se le va a hacer! Uno parece lo que es.




-Pero ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?



-Sí; he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé de todo eso lo que es peor.



-Y habrás pasado muchas hambres; ¿eh?



-¡Uf!..., la mar... ¡Y si fueran las últimas!



-Pues lo serán, hombre; lo serán, si tú quieres.



-¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez a trabajar?



-O de otra manera.



-Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; o hay que trabajar, o hay que robar, o hay que ser rico, o hay que pedir limosna.



De trabajar he perdido la costumbre; para robar no tengo agallas; rico no soy, conque me tendré que poner a pedir limosna. A no ser que caiga soldado un día de éstos.



-Todo eso que dices -replicó Vidal- es una pura pamplina. ¿De mí se puede decir que trabajo?, no; ¿que robo o que pido limosna?, tampoco; ¿que soy rico?, menos..., y ya ves, vivo.



-Bueno; tendrás algún secreto.



-Puede ser.



-Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?



-Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?



-Hombre..., verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en quitármelo, sino en vivir, y no me estorbases, entonces sí, que no te quepa duda.



-Bien, eso es justo. Tú eres franco..., ¡qué moler! Mira, yo por ti haría cualquier cosa y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de cómo vivimos nosotros. Tú eres un barbián; no eres un bruto de esos que no quieren más que matar y asesinar a las personas. Yo, te lo digo con franqueza, ¿por qué no? , yo no soy valiente...



-Ni yo tampoco -exclamó Manuel.



-¡Bah! Tú eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. -¿A mí?



-A ti.



-¡Quia!



-Como quieras. Pero voy a lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo somos. Ganarlo no se puede; a mí que no me vengan con historias. Para tener algo hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; total, na. ¿No se puede ganar dinero? Pues hay que arreglarse para quitárselo a alguno y para quitárselo sin peligro de ir a la trena.



¿Y cómo?



-Ése es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al centro desde Casa Blanca era un descuidero, un randa. Me tuvieron sin culpa una quincena en el abanico, en la jaula, y cuando lo recuerdo, ¡chico!, me tiemblan las carnes. Me daba más miedo que vergüenza robar, ésa es la verdad; pero ¿qué iba a hacer? Un día cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo; la portera me vio, una tía vieja indecente, y se echó a correr tras de mí, gritando: «¡A ése! ¡A ése!». Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al llegar a la iglesia de San Luis tiré las bombillas al suelo, me colé entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. Pues ya ves, a pesar del miedo, no escarmenté.



-¿Volviste a coger otras lámparas?



-No, verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera a la que tanto odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?



-Sí, hombre.






Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.



«¡Qué aplomo tiene!», pensó Manuel.



Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las tostadas con ansia.



-¡Rediez! -exclamó Vidal, mirándole de hito en hito-. ¡Qué facha de golfo tienes!



-¿Por qué?



-¿Qué sé yo? Porque la tienes.



-Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá cuando veo a un señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. Había mucha gente; me acerco a él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta a la anilla y la hago saltar. Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que al soltarla le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le habían afanado; pero en aquel momento dieron unas palmadas, la gente comenzó a entrar en el teatro a empellones, yo solté la cadena y me escabullí. Iba escapado por frente á San José a meterme por la calle de las Torres cuando siento que me cogen del brazo. ¡Chico, me entró un sudor...! «Déjeme usted», dije yo. «Calla; si no, llamo a uno del Orden. (Yo me callé.) Te he visto cómo limpiabas el reloj a ese pimpi.» «¿Yo?» «Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón; conque no seas memo y anda a tomar una copa a la taberna del Brígido.» Vamos -pensé yo-; éste es un vivo que viene a la parte. Entramos en la taberna, y allí el hombre me habló dato. «Mira -me dijo-, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al abanico, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno, ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un cimbel, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes a mi casa; yo te llevaré a un bazar de ropas hechas; compras un traje, un sombrero y un baúl y te recomendaré a una casa de huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste, que ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo más mollar de la vida. Ahora dame ese reloj; a ti te engañarían.,




-¿Y le diste el reloj?



-Sí. Al día siguiente...



-Te quedarías de boqueras...



Al día siguiente estaba yo ganando dinero.



-¿Y quién es ese hombre?



-Marcos Calatrava.



-¿El Cojo? ¿El amigo del repatriado?



-El mismo. Conque ya sabes; lo que me dijo a mí él te lo digo yo a ti.



-¿Quieres entrar en la comba?



-¿Pero qué hay que hacer?



-Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una buena hembra..., peligro no hay..., conque tú dirás.



-No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi, casi prefiero vivir así.



-Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: o trabajar o engañar, porque lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te lo han de regalar.



-Sí, es verdad.



-¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, chico. No hay más diferencia que negociando eres una persona decente, y robando te llevan a la cárcel.



-¿Crees tú...?



-Sí, hombre. Es más: creo que en el mundo hay dos castas de hombres: unos, que viven bien y roban trabajo o dinero; otros, que viven mal y son robados.



-¡Sabes que me parece que tienes razón!



-Y tal... No hay más que comer o ser comido. Conque tú dirás.



-Nada, se acepta. Otra sociedad como la de los Tres.



-No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.



-Pero hay un Cojo.



-Sí, pero es un Cojo que vale un riñón.



-¿Es el jefe de la partida?



-Te diré, chico..., yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices a mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?



-Comprendido.




-Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho una persona decente..., al pelo.



-Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas? -preguntó Manuel-, porque yo maldito si lo sé.



-Yo, sí; estoy rebajado. Debes arreglar eso; si no, te van a coger por prófugo.



-¡Psch!



-Se lo diremos al Cojo. Cuándo le veremos?



-Dentro de un momento estará aquí.



Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café. Vidal le indicó lo que había propuesto a su primo en breves palabras.



-¿Servirá? -preguntó Calatrava, mirando atentamente a Manuel.



-Sí, es más listo de lo que parece -contestó, riendo, Vidal.



Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.



-Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa -repuso el Cojo.



Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal a tratar de sus asuntos, y Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.



Cuando concluyeron de hablar salió Calatrava del café y quedaron nuevamente solos los dos primos.



Vamos al Círculo -dijo Vidal.



Descripción "Bajos fondos" en Mala hierba (La lucha por la vida) de Pío Baroja

Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba a llover de

nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera

del paseo Imperial bajaron a la hondonada de las Injurias. La taberna

estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el

barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y

entraron. El Hombre-boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos

de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos

destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba

agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de

infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los

rincones, cucarachas muertas y secas.

Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y

triste; a lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se

despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, a la busca, por

las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros

marchaban por el arroyo de Embajadores.

Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos

de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres

tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura

humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la

que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo

de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad

y de la miseria.

-Si los ricos vieran esto, ¿eh? -dijo don Alonso.

-¡Bah! , no harían nada -murmuró Jesús.

-¿Por qué?

-Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que

mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere

de hambre, le quita usted la mitad de su dicha.

-¿Crees tú eso? -preguntó don Alonso, mirando a Jesús con asombro.

-Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de

nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas,

tranquilamente, mientras nosotros...

Hizo un gesto de desagrado el Hombre-boa; le molestaba que se

hablara mal de los ricos.

Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, a las

escombreras de la Fábrica del Gas de encima de las Injurias comenzaron

a llegar carros y a verter cascotes y escombros. En las casuchas de la

hondonada, alguna que otra mujer se asomaba a la puerta con la colilla

del cigarro en la boca.

Una noche, el sereno de las Injurias sorprendió a los tres hombres en

la casa desalquilada y los echó de allí.

Los días siguientes, Manuel y Jesús -el titiritero había desaparecido- se

decidieron a ir al asilo de las Delicias a pasar la noche. Ninguno de los

dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes

vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento o en

un asilo, iban viviendo.

La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las

Delicias fue un día de marzo.

Cuando llegaron al asilo no se había abierto aún. Aguardaron

paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los

campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, a cuyas

puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban

chiquillos andrajosos.

Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de

ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad a la cual un

cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,

hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo

rota, algún horno de cal derruido. Sólo a largo trecho se destacaba una

huerta con su noria; a lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte,

se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje

intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en

grupos de tres y cuatro.

Por allá cerca pasaba el arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco,

y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los

Tres Ojos.

Volvieron al anochecer. El asilo estaba ya abierto. Se encontraba a la

derecha, camino de Yeseros arriba, próximo a unos cuantos cementerios

abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de

madera, le daban aspecto de un chalet suizo. En el balcón, en un letrero

sujeto al barandado; se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal

rojo lanzaba la luz sangrienta en medio de los campos desiertos.

Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un

empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron y

entraron en el asilo. La parte destinada a los hombres tenía dos salas,

iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con

pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel

cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde a lo largo,

sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos

y charlaron un rato...

Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en

medio y junto a las columnas. Dejaban, los que entraban, en el suelo sus

abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de

guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.

Los parroquianos pasaban casi todos a la segunda sala.

-Aquí no corre tanto aire -dijo un viejo mendigo que se preparaba a

tenderse cerca de Manuel.

Unos cuantos golfos de quince años hicieron irrupción en la sala, se

apoderaron de un rincón y se pusieron a jugar al cané.

-¡Qué tunantes sois! -les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel-.

Hasta aquí tenéis que venir a jugar, ¡leñe!

-¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado! -replicó uno de los golfos.

-Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted a don Nicanor tocando el

tambor -dijo otro.

-¡Granujas! ¡Golfos! -murmuró el viejo con ira.

Manuel se volvió a contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba

escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras

que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y

mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro

de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó

en el suelo.

-Es que estos granujas nos desacreditan explicó el viejo-; el año pasado

robaron el teléfono del asilo y un pedazo de plomo de una cañería.

Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba

blanca, con una cara de apóstol, embebido en sus pensamientos,

apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una

bufanda y una gorrila. En el rincón ocupado por los golfos descarados y

fanfarrones se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo

de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco

o seis años.

Todos los demás eran de facha brutal: mendigos con aspecto de

bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus

deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados a la holganza, y entre

éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas

grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello,

corbata y puños, aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo

del esplendor de la vida pasada.

La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire impregnado de olor

de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.

Manuel se tendió en su tarima y escuchó la conversación que

entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un

pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la

caridad oficial.

A pesar de que andaba siempre rondando de un lado a otro, no se
había alejado nunca más de cinco o seis leguas de Madrid.

-Antes se estaba bien en este asilo -explicaba el viejo a Jesús-; había

una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana a todo el

mundo se le daba una sopa.

-Sí, una sopa de agua -replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y

tostado por el sol.

-Bueno, pero calentaba las tripas.

El hombre decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre la

golfería, tomó al chico entre sus brazos y se acercó al lugar ocupado por

Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. Dentro

de lo triste, era cómica su historia.

Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en

las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un

Ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo

de ellos en la miseria y en el desamparo más grande. Mientras tanto,

escribía a su mujer dándole esperanzas.

El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y

después de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una

peseta, fue al Gobierno Civil y pidió a un guardia que les llevara a su hijo

y a él a un asilo. «No llevo al asilo sino a los que piden limosna», le dijo

el guardia. «Yo voy a pedir limosna -le contestó él con humildad-; puede

usted llevarme.» «No; pida usted limosna, y entonces le cogeré.»

Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su

hijo, se llevaba la mano al sombrero, pero la petición no salía de su boca.

Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al asilo de las

Delicias.

-Pues si le llegan a coger, no adelanta usted nada -dijo el de los

anteojos-; le habrían llevado al Cerro del Pimiento y allá se habría usted

pasado el. día sin probar la gracia de Dios.

Y luego, ¿qué habrían hecho conmigo? -preguntó la persona decente.

-Echarlo fuera de Madrid.

-Pero ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche? -dijo Jesús.

-La mar -contestó el viejo-, por todas partes. Ahora que en el invierno

se tiene frío.

-Yo he vivido -añadió el mendigo joven- más de medio año en

Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y

yo encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas

semanas al pelo. Por las noches íbamos a la estación de Arganda; con

una barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la

bota y después tapábamos el agujero con pez.

-¿Y por qué se fueron ustedes de allí? -preguntó Manuel.

-La Guardia Civil nos sintió y tuvimos que escaparnos por las

ventanas. Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me
gusta andar por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra

uno con gente que sabe, y se va uno ilustrando...

-¿Y usted ha andado mucho por ahí?

-Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un

pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo

que echar a andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay cosa como eso. Se come donde

se puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de

tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que

el rey Luego, como las golondrinas, sé va uno donde hace calor.

El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,

indicó a Jesús los rincones que había en las afueras.

Adonde suelo yo ir cuando hace buen tiempo es a un campo santo que

hay cerca del tercer depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta

primavera.

Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó

dormido. A media noche se despertó al oír unas voces. En el rincón de la

golfería, dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban a brazo

partido.

-Te daré dinero -murmuraba uno entre dientes.

-Suelta, que me ahogas.

El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó

el garrote y dio un golpe en la espalda a uno de ellos. El caído se irguió

bramando de coraje.

-Ven ahora, ¡cochino! ¡Hijo de la grandísima perra! -gritó.

Se abalanzaron uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de

bruces.

-Estos granujas nos están desacreditando -exclamó el viejo.

Un guardia restableció el orden y expulsó a los alborotadores. Volvió a

tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y

sibilantes...

Por la mañana, antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del

asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se

desparramaron al momento por aquellos andurriales.

Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Álvaro. En los andenes de

la estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz

en el aire negro de la noche.

De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas

de humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales

lanzaban un guiñó confidencial desde sus altos soportes; las calderas en

tensión de las locomotoras bramaban con espantosos alaridos.

Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos

lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y

amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, casacas
bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafos, lejanos y

oscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. Algunas

tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban

abiertas... Luego ya, a la claridad opaca del amanecer, fue apareciendo a

la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo

de rocío; enfrente, la mole del Hospital General, de un color ictérico; a la

izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, que se alargaban

hasta fundirse en las colinas onduladas del horizonte bajo el cielo

húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores madrileños...

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