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lunes, 12 de noviembre de 2012

LIM figuras literarias por María Jesús Alcántara

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El lenguaje literario es un lenguaje especial donde predomina la función poética. Pretende crear belleza con las palabras. Para crear esta belleza utiliza diversos medios, como por ejemplo, las figuras literarias o retóricas (metáforas, paralelismos, aliteraciones…). Este LIM te ofrece una definición de las principales figuras literarias y una serie de actividades interactivas que te ayudarán a comprenderlas de forma amena y divertida.

miércoles, 13 de junio de 2012

Diferencias entre Oxímoron, Paradoja y Antítesis (en retoricas.com)



En el Oxímoron se producen contradicción e incoherencia:

"¡Oh desmayo dichoso! (contradictorio)
¡Oh muerte que das vida! (incoherente)
¡Oh dulce olvido!" (contradictorio)

(Fray Luis de León)

Sin embargo en la Antítesis las oraciones o palabras contrapuestas no encierran en sí una contradicción:

"eres como la Rosa de Alejandría
que se abre de noche 
se cierra de día"
(Popular)

La Paradoja, se diferencia del oxímoron en su extensión: éste se limita al marco de la oración simple, mientras que la paradoja lo supera:

"Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero" 

(Santa Teresa de Jesús)

sábado, 7 de mayo de 2011

Listado de figuras retóricas

La metonimia

5 de mayo de 2011



La metonimia es una figura retórica. Hasta ahí estamos todos de acuerdo. Pero es mucho más. Se trata de una potente herramienta que amplía nuestras posibilidades expresivas tanto en la lengua literaria como en la cotidiana y que nos ayuda a entender el mundo.



Mediante la metonimia, una palabra o expresión adquiere un significado adicional que se basa en una relación de contigüidad entre la realidad que nombraba originariamente y la nueva. Contribuye, por tanto, a la polisemia. Por ejemplo: uno de los órganos que utilizamos para hablar es la lengua; esta siempre interviene en nuestra producción del habla. No es de extrañar, por tanto, que el nombre del órgano haya adquirido el significado adicional de ‘lenguaje’. Y no solo no es de extrañar, sino que se trata de una metonimia enormemente frecuente. Entre las lenguas de Europa la encontramos, por mencionar solo una de cada familia, en inglés (tongue), en checo (jazyk), en gaélico irlandés (teanga), en húngaro (nyelv) y en griego (tanto clásico como moderno: glossa). La relación que se da en este caso es de tipo instrumental, pero la tipología de las metonimias de la lengua cotidiana es de lo más variada. Así, cuando hablamos de la Casa Rosada para referirnos al gobierno argentino, la relación es de lugar. Cuando llamamos Rioja a un tipo de vino, la relación es de procedencia. O cuando al revisor del tren le llamábamos el pica, el vínculo venía por la actividad: él era la persona encargada de picar los billetes.



Hay que tener en cuenta dos puntos importantes para entender lo que es la metonimia. En primer lugar, se trata de relaciones en presencia, es decir, lo uno aparece con lo otro (por lo menos, originariamente): la lengua como órgano está presente en la producción del habla, el gobierno de Argentina está en la Casa Rosada, en la Rioja hay vino de Rioja y cuando llamamos a uno de nuestros amigos el melenas, la melena aparece con nuestro amigo. En segundo lugar (y esto se deriva de lo anterior), los dos significados se sitúan en el mismo ámbito de la realidad.



Metáfora y metonimia se diferencian en los dos puntos anteriores. Cuando hablamos de las perlas de tus dientes, las perlas no aparecen por ningún lado (si no, sería relativamente fácil hacerse rico). Lo que hay son dientes. Y lo uno y lo otro son realidades que pertenecen a ámbitos diferentes. Son relaciones en ausencia. Por otra parte, las relaciones que se dan en la metonimia son objetivas, reales: están ahí esperando a que alguien las descubra. En cambio, las que se establecen en la metáfora son relaciones subjetivas que creamos nosotros más o menos caprichosamente. No hay nada que vincule de por sí las perlas con los dientes.



La metonimia no solo añade significados nuevos a palabras que ya existen. También desempeña un importante papel en la creación de nuevas palabras. Muchos compuestos se basan en una relación metonímica, como, por ejemplo, pelirrojo, ciempiés o correveidile (y lo mismo ocurre con alguna palabra formada por parasíntesis, como pordiosero).



Jakobson dijo que la metonimia era la pariente pobre de la metáfora. Se refería a que tradicionalmente ha sido esta última la más estudiada, mientras que la otra se tenía que conformar con que la mentaran de pasada. Esto se explica en parte por su naturaleza. La metáfora y la metonimia son dos hermanas, pero a la una le gusta llamar la atención y a la segunda, pasar desapercibida. Si hablamos de los panteras grises, salta a la vista que la expresión no es literal. En cambio, cuando nos dicen que Finlandia y Kósovo han establecido relaciones diplomáticas, hay que pararse un momento a pensar para percatarse de que quienes han dado ese paso son los gobiernos.



Sin embargo, metáfora y metonimia son igual de importantes. Se trata de dos mecanismos complementarios de los que se sirve nuestro sistema cognitivo para aprehender el mundo. En el fondo, cuando nos encontramos ante una realidad nueva, hay dos estrategias básicas para enfrentarnos a ella. Una consiste en decir “esto es como esto otro”. Es lo que se conoce como metáfora. La otra consiste en fijarnos en algún aspecto de esa realidad o de lo que la rodea y utilizarlo para representarnos el todo. Eso es la metonimia.



Ni más ni menos.

jueves, 7 de abril de 2011

La metáfora

30 de marzo de 2011



La metáfora es una vieja conocida de la retórica, que la situaba entre las figuras de dicción. Desde un punto de vista retórico, la metáfora se suele considerar una comparación abreviada que se basa en una semejanza entre dos entidades o conceptos. Así, al menos, es como nos la presenta Lausberg en su Manual de retórica literaria. Se dice que es una comparación abreviada porque carece del vínculo comparativo que encontramos en un símil como Tus dientes son como perlas. Si a partir este ejemplo nos arriesgamos a un pequeño salto y decimos Tus dientes son perlas, ya hemos entrado en el terreno de la metáfora. La semejanza habremos de buscarla en las propiedades de uno y otro elemento, que tendrán algunas en común; en el caso que nos ocupa, por ejemplo, la blancura, el brillo, la dureza y, quizás, el valor.



Yo me conformaré con esta presentación esquemática de la idea tradicional, literaria, de metáfora. Personas hay que pueden abordar el asunto con mayor fundamento. A mí me interesa más aportar aquí la perspectiva del lingüista.



Fijémonos, para empezar, en la etimología. El sustantivo metáfora se deriva del verbo griego metaphéro, que significa ‘llevar algo a otro sitio, trasladarlo’. Esto es importante porque nos da una idea del mecanismo básico que subyace a la metáfora (¿no hemos dicho siempre que da lugar a significados traslaticios?).



En el corazón de todas sus definiciones encontramos la noción de que se entabla una relación entre realidades pertenecientes a dos ámbitos diferentes, de manera que se usa el primero para aprehender el segundo. Al hacerlo se proyecta sobre este último una parte de las propiedades del primero. Y si es cierto que se da una relación de semejanza entre una y otra realidad, también lo es que dicha semejanza no es inherente a ellas, sino que se trata de una semejanza inducida que no existe con independencia de la metáfora. O sea, que antes que buscarla en las cosas en sí, haríamos bien en volver la mirada hacia nuestro interior, más concretamente, al funcionamiento de nuestro sistema cognitivo.



La relación de semejanza la establecemos nosotros. En el célebre ejemplo de las perlas y los dientes, una realidad perteneciente al ámbito animal, concretamente, de la ostra, nos sirve para hablar de una parte del cuerpo de una persona. De todas las propiedades que tiene la perla, enlazamos algunas con las del diente. Ya hemos mencionado arriba la blancura, el brillo y la dureza. Y decíamos que quizás también el valor. Pero ¿esto es algo intrínseco al diente o algo que le estamos añadiendo gracias a la metáfora y que nos permite contemplarlo a una luz diferente, que es la que se desprende del mundo de las joyas, el lujo, lo precioso? Y, en cambio, hay otras propiedades de la perla que no intervienen, como la redondez o la composición química. Esto ha de ser forzosamente así, pues de lo contrario no se trataría de una comparación o asimilación, sino de que lo uno sería estrictamente lo otro.



Y si hacemos el ejercicio mental de asimilar los dientes con terrones de azúcar, bolitas de pan de Viena o trocitos de tiza, iremos viendo cómo nuestra percepción de ese diente va transformándose según la luz que arrojemos sobre él. Mucho de esto lo vamos entendiendo cada vez mejor gracias al trabajo de científicos cognitivos como George Lakoff y Mark Johnson.



La metáfora es un instrumento de gran utilidad en la ardua tarea de explicarnos qué es y cómo es el lenguaje. Nos sirve así para desentrañar un gran número de procesos de cambio lingüístico, tanto del léxico como de la gramática.



La metáfora permite aumentar el repertorio de significados de una palabra o expresión al irle añadiendo a su significado básico otros nuevos que se derivan de este. Contribuye así al aumento de la polisemia. Por ejemplo, las partes de nuestro propio cuerpo se convierten en fuente de abundantes metáforas que nos permiten nombrar cada vez más objetos. Pocas cosas habrá que sean más importantes para un ser humano que sus manos. Y por eso vemos manos por todas partes. Así, decimos que los relojes tienen manos o manecillas (pues al fin y al cabo son pequeñas) o que tiene mano un mortero; en una partida de cartas, a quien primero juega le llamamos mano; alguien que es influyente tiene mucha mano (en el ministerio, el ayuntamiento o donde sea); una medicina que me va bien diré que es mano de santo…



Pero no hemos acabado. La acción prototípica que realizamos con las manos es la de coger cosas (aunque también podamos utilizarlas para espantarnos las moscas, aplaudir o quitarnos el sol de los ojos). Nos pasamos el día cogiendo paraguas, libros y teléfonos móviles. Eso ha dado pie a que podamos coger chistes, resfriados o enfados. Y no contentos con coger nosotros lo que de por sí es inasible, nos empeñamos en reconocer esta acción hasta en objetos y acontecimientos, de modo que aseguramos con pleno convencimiento que la tierra no coge el agua, que nos ha cogido una tormenta en medio del bosque o que nuestro nuevo coche coge muy bien las curvas. Cada uno de estos usos está basado en una metáfora diferente, pero en todos ellos reconocemos el significado básico de coger sobre el que se han formado.



A veces, los nuevos significados se van sumando a los que ya existían. En otras ocasiones, un nuevo significado puede llegar a desplazar al antiguo y quedar como único superviviente. Por ejemplo, nuestras piernas fueron en otros tiempos jamones. La palabra perna significaba en latín ‘jamón’, pero alguien tuvo un buen día la ocurrencia de utilizarla humorísticamente para nombrar las extremidades inferiores de las personas. El chiste gustó, se institucionalizó y se incorporó con ello a los significados de esa palabra, hasta que acabó perdiéndose el sentido originario y solo quedó el que conocemos hoy.



La metáfora entra a menudo en juego en la ampliación del repertorio léxico de las lenguas mediante la neología. No es difícil identificarla detrás de muchos compuestos. Pensemos, por ejemplo, en chupatintas, sacabocados o rompecorazones. ¿Y cuál, si no, fue el procedimiento por el que se formaron expresiones idiomáticas como arrimar el ascua a su sardina o dar sopas con honda?



Las metáforas también son omnipresentes en la gramática. De hecho, uno de los medios favoritos de innovación gramatical es la metáfora. Una de las principales metáforas que dan lugar a estructuras gramaticales en las lenguas del mundo es la del tiempo como espacio. Los conceptos espaciales se cuentan entre los primeros que adquiere un niño y en ellos se asienta la comprensión de nociones más abstractas, como la temporalidad y la causalidad. Una gran parte del vocabulario que se refiere a fenómenos temporales procede del ámbito espacial. Decimos que el tiempo pasa, corre o vuela, que tenemos una vida por delante, etc. Es muy frecuente en las lenguas del mundo que los tiempos de futuro se formen sobre verbos de movimiento. Un ejemplo típico es nuestra perífrasis voy a cantar, que tiene su paralelo en el inglés I’m going to sing.



En fin, terminaré esta entrada, más que nada, porque ya va excediendo los límites de lo razonable y, probablemente, de la paciencia de los lectores; pero el tema es prácticamente inagotable y prometo volver al ataque tratando en detalle algunos de sus aspectos más específicos. O, para decirlo con una metáfora, esto era solamente para abrir boca.

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