WILLIAM SHAKESPEARE, HAMLET
EN: OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICAS DE D. LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN, ENTRE LOS ARCADES DE ROMA, INARCO CELENIO, ÚNICA EDICIÓN RECONOCIDA POR EL AUTOR, TOMO III
TRADUCCIÓN DE LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN (1798)
PARÍS, IMPRENTA DE AUGUSTO BOBÉE, 1825
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sábado, 10 de septiembre de 2011
jueves, 23 de junio de 2011
Nombres de persona extranjeros
21 de junio de 2011
Con los nombres de persona extranjeros (y me refiero aquí a los nombres de pila) se constata una tendencia semejante a la de los nombres de ciudades extranjeras: cada vez se va imponiendo más la forma original.
Este es un campo en el que no existen normas rígidas, sino tan solo usos y convenciones. Tradicionalmente se traducían al castellano los nombres de pila de personalidades internacionales como escritores, filósofos, compositores, políticos, etc. Así, lo normal era hablar de Carlos Dickens, Manuel Kant, Juan Sebastián Bach, Teodoro Roosevelt, etc.
Sin embargo, hoy se mantiene casi siempre el nombre de pila original, con lo que los personajes anteriores vuelven a llamarse como les pusieron sus padres, o sea, Charles Dickens, Immanuel Kant, Johann Sebastian Bach y Theodor Roosevelt. Solo esquivan la traducción (y no siempre) algunos nombres que están ya muy asentados en nuestra tradición, como los de escritores célebres con los que todos hemos crecido. Estoy pensando, por ejemplo, en Alejandro Dumas y Julio Verne. Compruebo, eso sí, que las traducciones modernas de sus obras están divididas al respecto: algunas se mantienen fieles a la castellanización, mientras que otras se van atreviendo a introducir la forma francesa.
El único ámbito en el que mantiene su vitalidad la costumbre de castellanizar es el de los miembros de dinastías: reyes, príncipes, papas, patriarcas ortodoxos, etc. Así, hoy seguimos hablando de Isabel de Inglaterra (no Elizabeth), Alberto de Mónaco, Juan XXIII y Cirilo I. Nótese que incluso ha ocurrido que cuando un plebeyo se ha nobilizado, se le ha traducido el nombre: Grace Kelly se convirtió en Gracia de Mónaco al casarse con Rainiero III.
Sin embargo, la traducción de los nombres de cabezas coronadas no siempre está exenta de complicaciones. Cuando se creó papa al cardenal Ratzinger, este adoptó como nombre Benedictus XVI. Esto se hubiera tenido que traducir como Benito XVI (que es lo que se hizo en francés, lengua en la que se le denomina Benoît XVI). Sin embargo, teniendo en cuenta la tradición de otros papas que se habían llamado igual, se adoptó finalmente la forma Benedicto (aunque quizás influyeran en esto también razones de prestigio: Benito suena más popular, mientras que Benedicto parece transmitir mayor sensación de dignidad y gravedad).
E incluso hay nombres de monarcas que se mantienen tal cual, probablemente por la dificultad de encontrar un equivalente. Esto es lo que pasa con Harald de Noruega, con su hijo Haakon y con la princesa Mette Marit.
Todo esto forma parte, probablemente, de una tendencia más general en la lengua que tiene que ver con el mayor conocimiento de lenguas y culturas extranjeras gracias a factores como el acceso a la educación y a Internet, así como la popularización de los viajes al extranjero. Pero esto es solo una modesta reflexión que se me pasaba por la cabeza y quería compartir aquí.
viernes, 17 de diciembre de 2010
García Yebra : In memoriam
15/12/2010
J. C. Santoyo
catedrático de traducción e interpretación
La dialectología, la gramática, el estudio de las palabras, los galicismos, el buen y mal uso de la lengua española, fueron a lo largo de su vida unas áreas del ámbito lingüístico por las que don Valentín sintió siempre notable interés, y quizá por ello facetas muy destacadas de su obra.
Pero hay otra faceta de su bio-bibliografía, tan importante, si no más, que las anteriores, por la repercusión nacional e internacional que ha tenido: la de los Estudios de Traducción, en los que García Yebra fue un auténtico pionero, en los dos sentidos en que el diccionario define este término: Persona que inicia la exploración de nuevas tierras / Persona que da los primeros pasos en alguna actividad humana . Porque García Yebra ha sido pionero en las nuevas tierras (yo diría todo un continente ) de los Estudios de Traducción en España y en esa parcela del conocimiento humano ha dado, también en España, unos bien conocidos primeros pasos. Para entender el alcance de esa condición pionera es preciso retroceder en el tiempo y situarnos a comienzos de los años 70, años en los que, a pesar de la omnipresencia del fenómeno traductor, cuando uno recorría en España el panorama académico en busca de algo de luz y sabiduría que le iluminara, nada encontraba sino tinieblas, rotas, eso sí, por la llama mortecina de algunos trabajos menores (menores, por su extensión) de García Calvo, Emilio Lorenzo o Francisco Ayala.
Y es que por entonces, primeros años 70, no había una sola biblioteca especializada en el tema; no había ni una sola bibliografía, siquiera tentativa, y las bibliografías extranjeras sólo incluían uno o dos títulos españoles, entre ellos el nada recomendable de Ortega, Miseria y esplendor de la traducción ; el estado general de las traducciones, literarias o no, era crónicamente patológico; carecíamos de todo tipo de datos históricos sobre la traducción e interpretación en España; ni siquiera se sabía a ciencia cierta quién había dicho algo de sustancia sobre el tema en los siglos pasados, y sólo se citaba alguna frase, siempre la misma, de Vives, Garcilaso o fray Luis de León; ni una sola tesis doctoral se había leído en España sobre teoría de la traducción. Si alguien preguntaba algo, no había respuestas. No había respuestas para casi nada. No había en todo el país ni siquiera una sola revista o publicación periódica que se dedicara monográficamente a la traducción. En toda la Universidad española no había en aquel momento ni un solo lugar donde cursar estudios que llevaran a la profesión de traductor e intérprete. Tal era el panorama español de aquellos años en lo que concierne a la traducción y a los Estudios de Traducción. Mejor dicho, tal NO era el panorama, porque ni siquiera había panorama que contemplar.
Pero en ese páramo nacional ya había empezado a moverse en solitario, y desde hacía años, la figura inquieta de don Valentín. Traductor del alemán desde 1944, y luego del francés, griego, latín, inglés, portugués e italiano, pocos traductores, si alguno, pueden igualar hoy en día esta panoplia de lenguas de trabajo. Nunca fue literatura de evasión: siempre literatura de pensamiento, ensayos sobre lingüística, crítica literaria, filosofía o teoría del Estado. En 1964 el Ministerio belga de Educación y Cultura le concedió el primer Premio Nacional de Traducción. En 1971 fue premio -˜Ibáñez Martín-™ del CSIC por su traducción de la Metafísica de Aristóteles. Tres años después, junto con Emilio Lorenzo, fundaba en la Univ. Complutense de Madrid el Instituto de Lenguas Modernas y Traductores, el primer lugar en el que en este país podía estudiarse la traducción, recibir clases teóricas y prácticas de traducción, conocer la experiencia directa de los mejores traductores. Era lo primero, y lo único, que por entonces había en toda España.
Con toda esa experiencia (para entonces ya llevaba más de veinte versiones publicadas), García Yebra comenzó a poner por escrito sus reflexiones sobre la actividad que le venía ocupando desde hacía treinta años. No era nada frecuente que el traductor reflexionara sobre los problemas de su trabajo. Todo lo que hasta entonces, a lo largo de toda la historia de España, habían escrito los traductores sobre la tarea que llevaban a cabo cabía en un pequeño puñado de cuartillas. Eso hasta 1982, cuando García Yebra publica dos volúmenes de casi 900 páginas con el título de Teoría y práctica de la traducción , que inmediatamente se establecieron como el -˜canon-™ teórico-práctico de la actividad traductora, el texto de referencia, tan citado, tan solicitado en todo el mundo de habla hispana que tan sólo dos años después ya hubo necesidad de una segunda edición. Nunca nadie, en toda la historia de España, había escrito tanto sobre la traducción, sus problemas, sus dificultades, sus trampas saduceas. No es de extrañar que ese mismo año de 1982 la Real Academia Española le concediera por esa obra el premio -˜Nieto López-™, un galardón que sólo se otorga cada tres años. En esa transmisión fruto de su experiencia, doce meses después, en 1983, García Yebra publicaba otro libro: En torno a la traducción: Teoría, crítica, historia . A estas alturas a nadie le puede ya extrañar que al año siguiente, en 1984, don Valentín fuera elegido, por unanimidad, nuevo miembro de la Real Academia Española. Ni tampoco podrá nadie extrañarse de que el discurso de ingreso en la Academia lo hiciera el nuevo académico sobre Traducción y enriquecimiento de la lengua del traductor .
Además de todo ello, García Yebra no cesaba de llevar su mensaje lingüístico y traductor a todos los rincones del Planeta. Te encontrabas con él en el aeropuerto y lo mismo volvía de unas conferencias en Méjico, que de Amberes o Quebec. Que yo sepa, y con seguridad me dejo muchos lugares en el tintero, sólo en América García Yebra impartió su magisterio en Río de Janeiro, Buenos Aires, Santiago de Chile, Puerto Rico, Sao Paulo, Méjico y Quebec: y en Europa, entre otros muchos lugares, en Ginebra, Zurich, Sofía, París, Bucarest, Bruselas y Milán.
Desde aquellos primeros años 80, España parece haberse sacudido de encima el secular desinterés nacional por la traducción. Y don Valentín ha sido una de las personas que con más fuerza se ha sacudido ese desinterés, y nos lo ha sacudido a todos. Porque desde entonces todo parece haber cambiado en una impresionante aceleración histórica. En 1990 el Consejo de Universidades creaba el área de Traducción e Interpretación . En el 91 se creaba la correspondiente Licenciatura. En el 93 el Consejo de Universidades autorizaba el primer doctorado en Traducción, precisamente en la Universidad de León. Y los congresos nacionales e internacionales sobre traducción comenzaban a pulular por toda la geografía española. Y donde no había un solo libro publicado en España sobre la traducción, hoy hay ya más de trescientos, hasta el punto de que empieza a ser difícil estar al día de todo lo que en nuestro país se publica sobre el tema. Y donde no había ninguna revista especializada, hoy ya hay diez. Créase o no, en el origen, raíz y principio de todo ello está García Yebra y cuanto ha escrito, y ha sido mucho, y muchos lugares distintos, sobre el arte y oficio de la traducción, sobre su teoría y sobre su práctica. Merecido fue, pues, el Premio Nacional de Traducción que se le concedió en 1998, como reconocimiento a toda una vida dedicada a esa tarea.
Fui diez años rector de la Universidad de León, de 1990 al 2000. Durante ese decenio una de mis mayores satisfacciones académicas fue la de haber propuesto a don Valentín como doctor honoris causa por nuestra Universidad, en la que con esa distinción le recibí en el claustro universitario de doctores el 16 de noviembre de 1990, junto con un reconocido lingüista, Emilio Alarcos, y un no menos reconocido crítico literario, Ricardo Gullón. Pocos meses después seguiría el doctorado honoris causa de Victoriano Crémer; y tras él, los de Ramón Carnicer, Antonio Pereira, Antonio Gamoneda y Eugenio de Nora.
Con ello quiso la Universidad reconocer en su propia tierra la importante labor de toda una generación de escritores leoneses, toda una -˜vieja guardia-™, que ha mantenido encendida, en ocasiones entre muchas dificultades, la antorcha de las letras, de la literatura, de los estudios humanísticos, y en el caso de García Yebra, de los Estudios de Traducción, en los que sin duda ha sido en este país el más notable pionero.
jueves, 27 de mayo de 2010
La España del pinganillo
Enrique Montiel
EL gesto adusto, realmente serio, del vicepresidente español Manuel Chaves, llevándose la mano a la oreja para colocar un pinganillo con el que poder entender lo que el presidente Montilla decía en el Senado, es la foto fija de la España actual. Es una imagen que no tiene precio, impagable, para el imaginario nacionalista. En el Senado de España, el vicepresidente del Gobierno de España entra por el pinganillo, si quiere entender lo que ha venido a decir el presidente de Cataluña. La lengua común de los españoles, llamada "castellano" por transigencia en la Constitución de 1978, será lo común que se quiera pero "los territorios" que la integran tienen su propia lengua que imponer a los ciudadanos, arrinconando la común que nos ha unido desde hace siglos y siglos.
Algunos cotillas han evaluado el esperpento en 7000 euros. Que es lo que ha costado el trabajo de traducir el mensaje a la lengua común. Y viceversa. Es como lo de cierto político valenciano que se llevó a Barcelona un traductor del catalán al valenciano. Era el mensaje, que el catalán y el valenciano son lenguas que requieren de traducción para ser entendidas.
¿Nadie va a mandar parar? Digo a no elevar el disparate a la categoría de tenebroso esperpento. O sea, que si el Senado es la cámara territorial de España, ¿tiene que ser necesariamente una jaula de grillos, una ONU chunga multilingüe con traducción simultánea? Se malician en el tripartito catalán, y en la oposición nacionalista del tripartito, que el Tribunal Constitucional sí o sí va a darle un portazo a su estatuto. Y han montado una carrera de sacos en la feria de los intereses y las vanidades, una barraca de feria cateta en donde el altoparlante aturde a la parroquia con las ventajas de la tómbola que siempre da premio. ¿Y nadie va a decirle cuatro cosas a este señor envarado, cordobés de primera nación, y "recordguinnes" del catalanismo más agresivo y rampante? Digo que si nadie le va a decir que se deje de vainas y no contribuya tan decisivamente a la esquizofrenia patria, en el sentido doceañista del término patria, esa que constitucionalmente los españoles reunidos debíamos amar por obligación moral, así como el ser justos y benéficos.
Con la que está cayendo, por Dios. Y esa certidumbre que no queremos aceptar, que nos negamos a contemplar, de que algo más gordo se avecina. Más peor, dicho en román paladino. Porque si nos dicen que que ahora es el tiempo de la estrechez y el sacrificio, pero nos aguardan días con sol, días felices, pues es como cuando a la espera de la salud soportamos estoicamente la enfermedad. Pero esto, esto… El ahora sí y mañana no, y lo del pinganillo, la España del pinganillo… ¿Se puede soportar?
EL gesto adusto, realmente serio, del vicepresidente español Manuel Chaves, llevándose la mano a la oreja para colocar un pinganillo con el que poder entender lo que el presidente Montilla decía en el Senado, es la foto fija de la España actual. Es una imagen que no tiene precio, impagable, para el imaginario nacionalista. En el Senado de España, el vicepresidente del Gobierno de España entra por el pinganillo, si quiere entender lo que ha venido a decir el presidente de Cataluña. La lengua común de los españoles, llamada "castellano" por transigencia en la Constitución de 1978, será lo común que se quiera pero "los territorios" que la integran tienen su propia lengua que imponer a los ciudadanos, arrinconando la común que nos ha unido desde hace siglos y siglos.
Algunos cotillas han evaluado el esperpento en 7000 euros. Que es lo que ha costado el trabajo de traducir el mensaje a la lengua común. Y viceversa. Es como lo de cierto político valenciano que se llevó a Barcelona un traductor del catalán al valenciano. Era el mensaje, que el catalán y el valenciano son lenguas que requieren de traducción para ser entendidas.
¿Nadie va a mandar parar? Digo a no elevar el disparate a la categoría de tenebroso esperpento. O sea, que si el Senado es la cámara territorial de España, ¿tiene que ser necesariamente una jaula de grillos, una ONU chunga multilingüe con traducción simultánea? Se malician en el tripartito catalán, y en la oposición nacionalista del tripartito, que el Tribunal Constitucional sí o sí va a darle un portazo a su estatuto. Y han montado una carrera de sacos en la feria de los intereses y las vanidades, una barraca de feria cateta en donde el altoparlante aturde a la parroquia con las ventajas de la tómbola que siempre da premio. ¿Y nadie va a decirle cuatro cosas a este señor envarado, cordobés de primera nación, y "recordguinnes" del catalanismo más agresivo y rampante? Digo que si nadie le va a decir que se deje de vainas y no contribuya tan decisivamente a la esquizofrenia patria, en el sentido doceañista del término patria, esa que constitucionalmente los españoles reunidos debíamos amar por obligación moral, así como el ser justos y benéficos.
Con la que está cayendo, por Dios. Y esa certidumbre que no queremos aceptar, que nos negamos a contemplar, de que algo más gordo se avecina. Más peor, dicho en román paladino. Porque si nos dicen que que ahora es el tiempo de la estrechez y el sacrificio, pero nos aguardan días con sol, días felices, pues es como cuando a la espera de la salud soportamos estoicamente la enfermedad. Pero esto, esto… El ahora sí y mañana no, y lo del pinganillo, la España del pinganillo… ¿Se puede soportar?
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