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jueves, 28 de febrero de 2013

Vuelve la teoría de que Ulises llegó a América por Luis Martínez González



Retomada por el ingeniero naval y helenista Siegfried Petrides

Homero
Una recreación de la imagen de Homero
Es, sin duda, ‘La Odisea’ de Homero uno de los libros más importantes de la Historia de la Literatura. En ella, se narran las andanzas de Ulises y sus hombres que, tras luchar en la Guerra de Troya, atraviesan un sinfín de peripecias para regresar a su casa en Ítaca, donde al héroe lo esperan su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Entre sus múltiples percances, van a parar a la misteriosa isla de Ogigia, situada al oeste y alejada del mundo, donde Ulises es retenido por la ninfa Calipsoque se ha enamorado de él.
Mucho se ha especulado acerca de dónde podría estar ubicado ese lugar. Plutarco y Estrabón, por ejemplo, lo situaban en el Océano Atlántico. Pero la teoría más curiosa fue la formulada por la historiadora estadounidenseHenriette Mertz en los años sesenta del pasado siglo.
Según ella, las andanzas de Ulises habrían tenido lugar en América y la mítica isla de Ogigia sería una de las que forman el archipiélago de las Bermudas. Estas ideas fueron publicadas en el libro ‘La Épica heroica de Homero en el Atlántico Norte’ pero cayeron en un cierto olvido. Aunque no para todo el mundo: al morir Mertz, el ingeniero navalSiegfried Petrides  retomó sus investigaciones para llegar a la misma conclusión que aún defiende actualmente con toda seguridad.

En sus palabras, “no es tan difícil ir a América con una pequeña embarcación. Tengo un amigo que posee un velero de doce metros de eslora y ha llegado. Tan sólo hay que seguir los vientos del noreste que soplan desde la costa de España y se llega en unos diecinueve días, siguiendo el viento”. Sus indagaciones se han publicado en el libro ‘Odisea: la épica naval de los griegos en América’ y, al parecer, recientes investigaciones arqueológicas en la isla de Creta podrían darle la razón.

lunes, 28 de mayo de 2012

Gregorio Marañón, un espíritu del Renacimiento por Luis Martínez González


El pasado día diecinueve se cumplieron ciento veinticinco años desde que naciera



Cuando los sesudos pedagogos señalan como útil para la educación de los jóvenes elegir entre Ciencias o Letras, probablemente no saben el craso error que están cometiendo. El saber no puede dividirse en compartimentos estancos y todas las disciplinas, desde las Matemáticas hasta la Música pasando por el Deporte, son necesarias para una completa formación intelectual y humana.

Es algo que ya sabían los hombres del Renacimiento –el mejor ejemplo es Leonardo da Vinci- y, como ellos parecía opinar el escritor Gregorio Marañón y Posadillo (Madrid, 1887-1960), de cuyo nacimiento se cumplieron el pasado diecinueve de mayo ciento veinticinco años, aunque, como casi siempre, pasara desapercibido.

Gregorio Marañón fue académico de cinco de las ocho Reales Academias que existen en España. Entre ellas, de la de la Lengua (en la foto)
Gregorio Marañón fue académico de cinco
de las ocho Reales Academias que existen en España.
Entre ellas, de la de la Lengua (en la foto).


Hombre culto, eminente médico, historiador y excelente prosista, Marañón pertenecía a la llamada Generación de 1914 o Novecentista, la misma de Ortega y Gasset y una de las mejor formadas de la Historia de España, pues muchos de sus integrantes habían gozado de becas para estudiar en prestigiosas universidades extranjeras. Personifica, por tanto, Marañón el ideal renacentista del Humanismo, que propugnaba la formación integral del individuo y que procede a su vez del antropocentrismo de aquella época. Éste consideraba al Hombre como centro del Universo y capaz de cultivar todas las ramas del saber, al tiempo que a todas éstas como imprescindibles para conseguir un adecuado desarrollo intelectual. Fue, en suma, el ilustre doctor  uno de los más prestigiosos pensadores de la España del siglo XX.

Por otra parte, una de sus mejores contribuciones literarias es el podríamos calificar como “ensayo biológico”, un  subgénero ensayístico creado por él dado su carácter de médico. Consistía en analizar la conducta de personajes históricos e incluso literarios a la luz de sus rasgos fisiopatológicos y psíquicos. Así, nos ha brindado inmejorables retratos del Conde Duque de Olivares, valido del Rey Felipe IV, de Antonio Pérez, traidor a la Corona de Castilla o del Emperador romano Tiberio.

Pero, en este sentido, quizá su obra más interesante sea la dedicada a don Juan Tenorio, que constituye una de las más originales visiones que se hayan dado del personaje de José Zorrilla. Fue, en suma, Marañón un intelectual de primera fila, uno de los pocos que ha conseguido ser académico de cinco de las ocho Reales Academias que existen en España (lo fue de la de la Lengua, de la de Medicina, de la de Historia, de la de Bellas Artes y de la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales). Sin duda, su figura requeriría mayor atención por parte de las autoridades de la Cultura.

Fuente: Fundación Gregorio Marañón.

miércoles, 15 de febrero de 2012

La enemistad entre Cervantes y Lope de Vega


Su enfrentamiento llegó incluso a lo personal


Por Luís Martínez González


Entre algunos escritores, como en cualquier otra profesión, existen desencuentros, enemistades y envidias y, como consecuencia de todo ello, sonoras polémicas. Pero, cuando éstas se producen entre dos genios de la Literatura universal, al lector le resultan, cuando menos, sorprendentes y, si nos retrotraen al magnífico Siglo de Oro español, el grado de estupefacción es máximo.

Sin embargo, fue aquella época pródiga en enfrentamientos entre escritores y muchas veces llegaron a superar lo meramente literario para entrar en la descalificación personal. Muy destacada fue la mantenida entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, de la que ya hemos hablado aquí.

Foto de un monumento a Cervantes
Detalle del monumento a Cervantes en la Plaza de España de Madrid . 
Foto: Rjhuttondfw.


Pero quizá aún más escandalosa puede considerarse la enemistad que mantuvieron durante toda su vida el mismísimo Miguel de Cervantes y el no menos genial Félix Lope de Vega, quienes, además de legarnos obras extraordinarias (en las que también, dicho sea de paso, se lanzaban algún que otro dardo), tuvieron tiempo para escribirse -aunque con maravillosa literatura- notas insultantes en las que se descalificaban mutuamente. Como un ejemplo vale más que mil palabras, lo mejor será que mostremos alguno de estos textos.

En 1604, poco antes de publicarse oficialmente el Quijote, que sin embargo ya andaba probablemente circulando en manuscrito y había llegado a oídos de Lope, éste escribió a un amigo: “de poetas no digo: buen siglo es éste. Muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote”. Pero no contento con ello, Lope volvió a la carga con este soneto:

“Yo no se de los, de li ni le/ ni se si eres, Cervantes, co- ni cu-,/ sólo digo que eres Lope Apolo, y tú/ frisón de su carroza y puerco en pié./ Para que no escribieras orden fue/ del Cielo que mancases en Corfú;/ hablaste buey, pero dijiste mú,/ ¡oh mala quijotada que te de!/ ¡honra a Lope, potrilla, o guay de ti!/ que es Sol, y si se enoja lloverá;/ y este tu don Quijote baladí/ de culo en culo por el mundo va,/ vendiendo especias y azafrán romí,/ y al final en muladares parará”.

Precisamente a este soneto se referiría Cervantes, que siempre quiso triunfar en el Teatro como Lope, en una ‘Adjunta al Parnaso’. Cuenta que, viviendo en Valladolid, le llegó una carta a portes debidos por la que pagó un real y que, al abrirla, “venía en ella un soneto (el anterior) malo, desmayado, sin garbo ni agudeza alguna, diciendo mal de don Quijote; y de lo que me pesó fue del real, y propuse desde entonces no tomar carta con porte”. Sin duda, los lectores del Siglo de Oro debían reírse mucho con las pullas de sus grandes literatos.

Fuente: DesequiLibros.

Quevedo y Góngora: historia de una enemistad irreconciliable


Un largo intercambio de agravios que enriqueció la Literatura española

Por Luís Martínez González 



Desgraciadamente, hoy día, todos podemos presenciar en televisión bochornosos espectáculos en que unos contertulios se dedican a otros lindezas del más bajo jaez. Sin embargo, las polémicas han existido siempre incluso dentro del mundo de la  Literatura. La enorme diferencia es que, si ahora se insultan de forma barriobajera, antes lo hacían con erudición, ingenio y calidad literaria.

Podríamos citar muchas pero, sin duda, una de las más sonadas, tanto por la importancia de sus protagonistas como por la elevación artística de las pullas que se lanzaron, fue la que mantuvieron durante toda su vida Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, que se inició -se supone- por divergencias de tipo literario pero acabó en una profunda enemistad personal.

Foto de un texto de Quevedo a Góngora
Fragmento del famoso soneto que Quevedo dedicó a Góngora
Foto: Next Sentence.

Sabido es que dos corrientes estéticas  protagonizan la literatura española del Barroco: la conceptista, que se basa, a grandes rasgos, en relacionar ideas y términos de forma ingeniosa y uno de cuyos máximos representantes es Quevedo y la culteranista, derivación de la anterior, que –dicho también de forma esquemática- busca la oscuridad verbal pero no a través de las ideas sino de la dislocación sintáctica y del uso de palabras difíciles y rebuscadas. Huelga decir que el máximo exponente de ésta última es Góngora.

A la vista de ello, la polémica estaba servida. No sabemos muy bien ni cuándo ni quién la comenzó pero resulta irresistible reproducir algunas de las lindezas que se enviaron uno a otro. En lo que respecta a Quevedo, es muy popular el soneto dedicado a Góngora que comienza así: “Érase un hombre a una nariz pegado (alusión al prominente apéndice nasal de éste), érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado…”. Tampoco se quedó corto el autor del ‘Buscón’ en esta otra copla: “Yo te untaré mis obras con tocino porque no te las muerdas, Gongorilla, perro de los ingenios de Castilla, docto en pullas cual mozo de camino…”.

Por su parte, el poeta cordobés, más rebuscado, le respondía con letras de este tipo: “…Con cuidado especial vuestros antojos, dicen que quieren traducir al griego, no habiéndolo mirado vuestros ojos…”. O bien, en alusión a los pies zambos de Quevedo: “Anacreonte español no hay quién os tope, que no diga con mucha cortesía, que ya que vuestros pies son de elegía, que vuestras suavidades son de arrope…”. No obstante todo lo dicho y en honor a la verdad, fueron muchas más las pullas del deslenguado Quevedo hacia Góngora que a la inversa. Pero, en cualquier caso, así merece la pena escuchar agravios.

Fuente: Filosofía Tk.


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