Mostrando entradas con la etiqueta Mario Vargas Llosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mario Vargas Llosa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Vargas Llosa gana la primera edición del Premio Carlos Fuentes


El galardón está dotado con 193.000 euros

Ha sido creado por el Gobierno mexicano en memoria del escritor fallecido

 México DF 
  • Los escritores Carlos Fuentes (i) y Mario Vargas Llosa, se saludan en 2010 / DANIEL MORDZINSKI

    El escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa es el primer ganador del Premio Internacional Carlos Fuentes a la creación literaria, que ha instituido el Gobierno mexicano para rendir homenaje al escritor,fallecido el pasado 15 de mayo, y “reconocer el trabajo de quienes, a través de sus letras, engrandecen la patria de la Ñ y enriquecen la literatura universal con sus poemas, novelas, ensayos y cuentos que estimulan la imaginación y el sentido crítico del lector”.
    El jurado estaba compuesto por José Manuel Blecua, Marcos Martos Carrera, Jaime Labastida, Darío Jaramillo Agudelo, Eduardo Casar, Gonzalo Celorio e Ignacio Padilla. En nombre de todos, Blecua, director de la Real Academia Española, leyó el acta en la que se destaca la “contribución al enriquecimiento del patrimonio literario de la humanidad” de Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2012.
    “No esperaba más premios después del Nobel”, aseguró el escritor hispano-peruano durante la conferencia telefónica en la que se anunció el galardón. Vargas Llosa dijo estar “muy agradecido y conmovido” y saludó la presencia de Silvia Lemus, viuda del escritor mexicano, que acompañó al jurado del premio. Sobre su relación con Fuentes, Vargas Llosa afirmó que fue un autor a quien conoció de muy joven y que jugó un “papel principalísimo” en la promoción de otros autores latinoamericanos”.
    Creo que la promoción de la literatura latinoamericana le debe mucho
    El premiado se mostró además muy optimista sobre el momento que vive la ‘patria de la Ñ’. “Es una de las lenguas más extendidas del mundo, con una literatura creativa, novedosa, traducida y cada vez más conocida, y, probablemente, la más pujante después del inglés, dijo.
    El Premio está dotado con 250 mil dólares americanos (193.000 euros), una obra escultórica diseñada por el artista mexicano de origen español Vicente Rojo y la publicación del discurso de aceptación. El galardón será entregado el 11 de noviembre, día del nacimiento de Fuentes, en una ceremonia que presidirá el presidente saliente de México, Felipe Calderón. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) anunció en agosto pasado la creación de este premio en honor al autor de Aura y La muerte de Artemio Cruz y como parte del Proyecto Cultural del Siglo XXI Mexicano que tiene como uno de sus ejes hacer del país la plataforma intelectual del español.
    Al morir Carlos Fuentes, el pasado mes de mayo, Vargas Llosa elogió en EL PAÍS la curiosidad universal del escritor mexicano. “Fue un hombre universal, que conoció muchas literaturas, en muchas lenguas, y que vivió de una manera comprometida todos los grandes problemas políticos y culturales de su tiempo. Fue siempre un gran promotor cultural y trabajó incansablemente por unir a los escritores y lectores de nuestra lengua a ambas orillas del Atlántico (…) No solo sus amigos, sino también sus muchos lectores lo vamos a extrañar”.

    sábado, 22 de septiembre de 2012

    lunes, 16 de abril de 2012

    "Sería una tragedia que la cultura acabe en puro entretenimiento" (Vargas Llosa)


    Premio Nobel de Literatura. Publica ahora el ensayo La civilización del espectáculo


    JAN MARTÍNEZ AHRENS El País

    Mario Vargas Llosa en su casa de París en 2003. / DANIEL MORDZINSKI

    A Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) le asaltaba desde hacía algún tiempo la incómoda sensación de que le estaban tomando el pelo. Lo empezó a sentir al visitar ciertas exposiciones y bienales, asistir a algunos espectáculos, ver determinadas películas y programas de televisión e incluso le ocurría cuando se arrellanaba en el sillón para leer ciertos libros y periódicos. En esos momentos, como él mismo cuenta, le sobrevenía la sensación, poco definida al principio, de que se estaban burlando de él, de que estaba “indefenso ante una sutil conspiración” para hacerle sentir un inculto o un estúpido, para hacerle creer que un fraude era arte; un embuste, cultura.

    De esa sensación surgió una convicción y de esta un ensayo, La civilización del espectáculo (Alfaguara). En sus páginas el premio Nobel de Literatura disecciona la conversión de la cultura en un caos donde “como no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es”. Esa disolución de jerarquías y referentes es consecuencia, para Vargas Llosa, del triunfo de la frivolidad, del reinado universal del entretenimiento. Pero los efectos de este clima de banalización extrema no se limitan a la cultura. Para el escritor, y quizá sea este su juicio más severo, el empuje de la civilización del espectáculo ha anestesiado a los intelectuales, desarmado al periodismo y, sobre todo, devaluado la política, un espacio donde gana terreno el cinismo y se extiende la tolerancia hacia la corrupción, algo que el autor de Conversación en La Catedral ilustra con una anécdota de su tierra natal:

    “En las últimas elecciones peruanas, el escritor Jorge Eduardo Benavides se asombró de que un taxista de Lima le dijera que iba a votar por Keiko Fujimori, la hija del dictador que cumple una pena de 25 años prisión por robos y asesinatos.

    “¿A usted no le importa que el presidente Fujimori fuera un ladrón?”, le preguntó al taxista.

    “No” —repuso este— “porque Fujimori solo robó lo justo”.

    Lo justo. La indiferencia moral. La civilización del espectáculo.

    El ensayo, un diamante para la polémica, lo explica Vargas Llosa con voz cálida y precisa, que inunda la línea telefónica desde el otro lado de Atlántico, viernes por la mañana en Lima.

    P. Mantiene usted que la cultura se ha banalizado, que triunfa la frivolidad en su peor sentido, que el erotismo pierde en favor de la pornografía, que la posmodernidad es, en parte, un experimento fallido y pedante, que el periodismo amarillea, que la política se degrada, que en la civilización del espectáculo el cómico es el rey… ¿Hay escapatoria?

    R. Sí, hay escapatoria. La historia no está escrita, no es fatídica, cambia. Justamente nos ha tocado vivir una época en que hemos visto las transformaciones históricas más extraordinarias e inesperadas. Si alguien me hubiera dicho cuando yo era joven que iba a ver la desaparición de la Unión Soviética, la transformación de China en un país capitalista; si alguien me hubiera dicho que América Latina iba a estar en pleno proceso de crecimiento, mientras Europa vivía su peor crisis financiera en un siglo, no me lo hubiera creído y, sin embargo, todas esas cosas han pasado. Desde luego que se puede esperar una renovación de la vida cultural, de las artes, de las humanidades, y que abandone ese sesgo cada vez más frívolo, superficial, que yo creo que es una de sus características principales hoy en día; no la única, porque hay excepciones a la regla, afortunadamente. Pero esa banalización tiene consecuencias no solamente en el campo de la cultura, sino en todos los otros. Por eso en el libro me refiero a la política, incluso a la vida sexual, a la relación humana. Todo eso se puede ver muy afectado si la cultura vive en la banalización, la frivolización permanente.

    P. Y eso le produce un cierto enfado, sensación de tomadura de pelo. ¿Desde cuándo?

    R. Es un proceso, no llega de una vez, pero sí recuerdo, por ejemplo, el shock que supuso para mí hace algunos años visitar la Bienal de Venecia, que era una vitrina del prestigio y la modernidad, de la novedad, del experimento, y de pronto, después de un recorrido de un par de horas, llegar a la conclusión de que allí había mucho más fraude, embuste, que seriedad, que profundidad. Fue para mí una experiencia bastante importante, que me llevó a reflexionar sobre este tema. Al final del libro, en un texto que es bastante personal, cuento cómo enriqueció mi vida leer buenos libros, conocer la gran tradición pictórica, el mundo de la música, cómo eso dio un sentido, un orden, una organización al mundo que lo hizo para mí muchísimo más interesante, más rico, más estimulante. Yo creo que sería una tragedia que justamente en una época en que hay un progreso tecnológico, científico, material extraordinario, al mismo tiempo, la cultura vaya a convertirse en un puro entretenimiento, en algo superficial, dejando un vacío que nada puede llenar, porque nada puede reemplazar a la cultura en dar un sentido más profundo, trascendente, espiritual a la vida.


    P. Hay un momento, cuando habla usted de la añoranza, en el que dice: “Lo peor es que probablemente este fenómeno [la banalización de la cultura] no tenga arreglo y lo que yo añoro sea polvo y cenizas sin reconstitución posible”.

    R. Espero equivocarme.

    P. Ese pesimismo resulta llamativo en alguien de su éxito.

    R. …nostalgia de viejo. A ratos siento, sí, cierta angustia porque… Mire, yo viví en Inglaterra y me acuerdo el deslumbramiento que me produjo ver la televisión; la que había conocido antes era muy pobre, muy mediocre, y de pronto descubrí que sí había posibilidades de utilizar la televisión en un sentido creativo y no solo porque los mejores escritores y dramaturgos escribían para la televisión… Había un programa que veía con pasión, se llamaba Panorama, periodismo de investigación. Me acuerdo, por ejemplo, de una entrega de dos horas sobre los disidentes en la Unión Soviética filmado en Moscú clandestinamente. Y de pronto, al cabo de los años, vi que la televisión de Inglaterra había caído también en la frivolidad total. Los mejores países, los que uno supondría que están más defendidos contra eso, han ido también sucumbiendo a esa especie de mandato generacional hacia el facilismo, la superficialidad, la frivolidad. Hay excepciones, desde luego...

    P. …su propia obra es una excepción. ¿No es un ejemplo de que la capacidad de autocrítica sobrevive? ¿Qué no todo es autocomplacencia y frivolidad?


    R. Sí, pero es siempre preocupante que el mayor vigor, la mayor riqueza, esté ahora en el pasado más que en el presente; que no sea algo de actualidad, sino que hay que volver la vista atrás… Y hay otro aspecto. Junto a la frivolización, hay un oscurantismo embustero que identifica la profundidad con la oscuridad y que ha llevado, por ejemplo, a la crítica a unos extremos de especialización que la pone totalmente al margen del ciudadano común y corriente, del hombre medianamente culto al que antes la crítica servía para orientarse en la oferta tan enorme.

    P. Pero lo que plantea es volver a los patrones culturales. ¿Es eso posible? ¿Existe legitimidad para hacerlo? ¿No hay un cierto aristocratismo en todo ello?

    R. Aristocratismo es una palabra que provoca mucho rechazo, pero por otra parte el rechazo de la élite en bloque es una gran ingenuidad. No todos pueden ser cultos de la misma manera, no todos quieren ser cultos de la misma manera y no todos tendrían que ser cultos de la misma manera, ni muchísimo menos. Hay niveles de especialización que son perfectamente explicables, a condición de que la especialización no termine por dar la espalda al resto de la sociedad, porque entonces la cultura deja ya de impregnar al conjunto de la sociedad, desaparecen esos consensos, esos denominadores comunes que te permiten discriminar entre lo que es auténtico y lo que es postizo, entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo que es bello y lo que es feo. Parece mentira que se haya llegado a un mundo donde ya no se pueden hacer este tipo de discriminaciones. Porque eso sí, si desaparecen esas categorías es el reino del embuste, de la picardía… La publicidad reemplaza al talento, lo fabrica, lo inventa.

    P. Usted extiende su crítica a la cocina o la moda que están pasando a formar parte de la alta cultura.

    R. Justamente esa es una de las manifestaciones de esa banalización y de esa frivolidad. No tengo nada contra la moda, me parece magnífico que haya una preocupación por la moda, pero desde luego no creo que la moda pueda reemplazar a la filosofía, a la literatura, a la música culta como un referente cultural. Y eso es lo que está pasando. Hoy en día hablar de cocina y hablar de la moda, es mucho más importante que hablar de filosofía o hablar de música. Eso es una deformación peligrosa y una manifestación de frivolidad terrible. ¿Qué cosa es la frivolidad? La frivolidad es tener una tabla de valores completamente confundida, es el sacrificio de la visión del largo plazo por el corto plazo, por lo inmediato. Justamente eso es el espectáculo.

    P. Pero no encierra esa perspectiva una excesiva idealización del pasado, como esa edad dorada platónica que tanto criticaba Popper, y que tiene como consecuencia fosilizar la sociedad, cerrarla al cambio...

    R. No, yo no estoy por la fosilización. No soy un conservador en ese sentido, desde luego que no, y sé que en el pasado, al mismo tiempo que Cervantes y que Shakespeare, existía la esclavitud, el racismo más espantoso, el dogmatismo religioso, la Inquisición, las hogueras para el disidente… Yo sé muy bien que el pasado venía con todo eso, pero al mismo tiempo no se puede negar que en ese pasado había cosas muy admirables, que han marcado profundamente el presente, que enriquecieron la vida de las gentes, la sensibilidad, la imaginación. Y esa era una función que tenía la alta cultura, y hoy día no se puede ni siquiera hablar de alta cultura porque eso es incorrecto, políticamente incorrecto.

    P. Hay una defensa muy interesante del erotismo en el libro, como obra de arte frente al “sexo descarnado”.

    R. El erotismo fue en el mundo de la experiencia la conversión de un instinto en algo creativo, en una verdadera obra de arte y eso fue posible gracias a la cultura. Yo no creo que el erotismo nazca simplemente de una experiencia pragmática del sexo, ni muchísimo menos. Creo que es la cultura, que son las artes, el refinamiento de la sensibilidad que produce la alta cultura, la que crea el erotismo. El erotismo es una manifestación de civilizaciones, se da en sociedades que han alcanzado un cierto nivel de civilización. Y al mismo tiempo significa el respeto de las formas, la importancia de las formas en la relación sexual. Y ahí yo cito mucho a Georges Bataille, él defendió siempre el erotismo justamente como una manifestación de civilización, y fue muy reticente a la permisividad total porque creía que la permisividad total iba a matar las formas y al final se iba a llegar, otra vez, a una especie de sexo primitivo, salvaje. Y algo de eso ha pasado en nuestro tiempo.

    P. Es decir, le falta erotismo a nuestra cultura.

    R. Por eso el sexo significa tan poco para las nuevas generaciones. Significa un entretenimiento que es casi una gimnasia. Es como segar una fuente riquísima no solo de placer sino de enriquecimiento de la sensibilidad.

    P. ¿Qué pensaría el Vargas Llosa de 25 años del libro que ha escrito el Vargas Llosa de ahora?

    R. No me lo puedo imaginar. A nosotros nos ha tocado vivir una diferencia generacional sin precedentes en la historia. Precisamente por la extraordinaria revolución tecnológica, audiovisual, el mundo es tan absolutamente diferente que es muy, muy difícil ponerse hoy en día en la piel de un joven. Hay muchas cosas en el pasado que hay que suprimir, que hay que reformar sin ninguna duda. Pero hay una que yo creo que no, que hay que conservarla renovándola, actualizándola, que es la cultura. Una civilización que ha producido Goya, Rembrandt, Mahler, Goethe no es despreciable, no puede ser despreciable. Eso fijó unos ciertos patrones que deben ser, si se quiere, criticados pero mantenidos, continuados. Y esa continuación es la que yo creo que se pierde si la cultura pasa a ser una actividad secundaria y relegada al puro campo del entretenimiento.

    P. Habla del pesimismo, del catastrofismo, incluso como un peligro mayor que la corrupción y cita una juventud apática, recluida en la hostilidad sistemática, aburrida. Fenómenos como el del 15-M, el de Occupy Wall Street, ¿no le generan cierta esperanza?

    R. Sí, cierta esperanza sí. Siempre y cuando no se orienten en el sentido equivocado. Porque hay un cierto conformismo en la inconformidad. En eso Foucault escribió cosas muy interesantes. Pero sí, creo que hay estallidos entre los jóvenes que son bastante interesantes. No soy pesimista, sino más bien optimista, las cosas pueden cambiar para mejor. Pero hay algunos aspectos en los que es muy importante una crítica muy radical de un fenómeno representa una decadencia.

    P. Una decadencia en la que incluye la corrupción política. Para ilustrarla cita usted una anécdota vivida por el escritor Jorge Eduardo Benavides, en Lima, cuando un taxista le dijo que votaba a Fujimori porque “solo robó lo justo”.

    R. A mí me pareció maravillosa la historia. Hay una mentalidad ahí detrás ¿no? Un político puede robar; es más, no puede no robar, pero lo importante es que robe no más de lo debido.

    P. Y ese tipo de conductas se están extendiendo…

    R. …es por el desplome de los valores, no solamente estéticos, sino otros que antes, por lo menos de la boca para fuera, todos respetábamos. El político ya no debe ser honrado, debe ser eficaz. El ser honrado parece una imposibilidad connatural al oficio. Bueno, si se llega a un pesimismo de esa naturaleza entonces estamos perdidos. Y creo que no es verdad y yo lo digo, eso no es verdad. Pero hay una mentalidad que identifica la política con la picardía, con la deshonestidad. Es peligrosísimo sobre todo para el futuro de la cultura democrática. Si vamos a pensar eso entonces la cultura democrática no tiene sentido y a la corta o la larga va a desplomarse también.

    P. Pero hay países donde hay mayor protección frente a la corrupción.

    R. Por supuesto. La gran diferencia está en el mundo de la democracia y en el mundo del autoritarismo. En democracia hay corrupción, desde luego, lo estamos viendo todos los días. Pero precisamente lo vemos, sale a flote, existe una justicia más o menos independiente que puede todavía sancionar a los culpables. España es un ejemplo. Se puede decir que hay mucha corrupción pero estamos viendo casos de políticos importantísimos que son sentados en el banquillo de los acusados y que son condenados por pícaros, por ladrones, por traficantes. Bueno, esa es la gran diferencia. Eso no se ve en Cuba o China, donde de repente te enteras de que le cortan la cabeza a un señor porque dicen que delinquió y tenía cargos políticos. Hay diferencias. Y dentro de las democracias también. Las más avanzadas son menos corruptas que las más primitivas, las que son mucho más ineficientes. Recuerdo que en los años en que viví en Inglaterra, el escándalo más grande de corrupción fue el de un ministro de Margaret Thatcher, que no solamente perdió su ministerio sino que fue preso y perdió prácticamente todo su patrimonio por haber pasado un fin de semana en el Hotel Ritz de París, pagado por un jeque árabe. O sea, una corrupción de unos cuantos cientos o unos cuantos miles de libras esterlinas. Como comprenderá, eso en la época de Fujimori en el Perú era lo que robaba normalmente un pequeño alcalde. Ya no le digo los millones de millones de millones que consiguieron Fujimori y Montesinos. La sanción social fue muy escasa, puesto que en las últimas elecciones estuvo a punto de subir otra vez al poder con el voto popular. Esas diferencias sí son muy importantes. Y creo que es fundamental ser muy exigente y riguroso en ese campo, y no pensar que por ser político se tiene derecho a robar hasta cierto límite.

    P. En las dictaduras hay evidentemente más corrupción. Pero también se da un fenómeno inverso. Ahí es donde la lucha de los intelectuales cobra mayor sentido. Es el caso de China con un premio Nobel de la Paz encarcelado.

    R. Absolutamente. Cuando la libertad desaparece es cuando la libertad de pronto resulta importante. Y cuando la lucha por la libertad se convierte en una prioridad, el intelectual, el escritor, el poeta, el novelista, el pintor, de pronto empiezan a tener una importancia central en esa lucha. Ese es un fenómeno que lo estamos viendo en China, es interesantísimo, el caso de Ai Weiwei. Es una figura que representa hoy en día el espíritu de resistencia, la voluntad de apertura, de modernización, de democratización.

    P. Al tratar de la degradación de los valores, incluye también el sensacionalismo en la prensa. ¿Cree usted en la autorregulación como una vía para atajar estas prácticas?

    R. Creo que es la única. Que la propia prensa asuma una responsabilidad. Eso no se resuelve con sistemas de censura, ni muchísimo menos. Pero además yo creo que el sensacionalismo es la expresión de una cultura. La prensa forma parte de la vida cultural de un país. Y si la cultura empuja a la prensa a la chismografía, y hace de la chismografía un elemento central, al final el mercado se lo va a imponer a los periódicos, por más responsables y serios que quieran ser. Y eso lo estamos viendo en todas partes. Los periódicos más serios tratan de resistir, pero en un momento dado, si la supervivencia está en juego, tienen que hacer concesiones. El origen no está en los periódicos, el origen está en la cultura reinante, que impone la frivolidad y el amarillismo.


    P. Usted ha sufrido el sensacionalismo.

    R. Lo he padecido. Toda persona que es conocida hoy en día es irremediablemente víctima de la chismografía. Pasas a ser un objeto que ya no puede controlar su propia imagen. La imagen se puede distorsionar hasta unos extremos indescriptibles. Mucho más si haces política en un mundo subdesarrollado. Allí ya todo puede ocurrir.

    P. Y hay un efecto multiplicador con las nuevas tecnologías.

    R. Frente a las cuales te puedes defender muy mal. A mí me pasó una experiencia hace un tiempo en Argentina. Una señora me felicitó por un texto que me dijo le había conmovido mucho de homenaje a la mujer. Y yo le dije que muchas gracias, pero que no había escrito ningún homenaje a la mujer. Pensé que era una cosa que se había inventado ella o que se había confundido. Un tiempo después me mandan mi elogio a la mujer, que había aparecido en Internet. Un texto de una cursilería que da vergüenza ajena, firmado por mí y lanzado al espacio con motivo de no sé qué. ¿Cómo te defiendes contra eso? Es absolutamente terrible. De pronto pierdes tu identidad, porque hoy en día hay esos mecanismos que permiten falsificaciones de esa índole. A mí me parece bastante aterrador. Tampoco puedes dedicar tu vida a rectificar. Al final dejas de escribir, dejas de leer, para tratar de rectificar todas las falsedades, invenciones que te atribuyen. Eso es uno de los aspectos justamente de la irresponsabilidad que ha traído la gran revolución audiovisual.

    P. Pero también hay que reconocer que el universo de Internet y las redes sociales permiten la exposición universal de un artista o de un pensador al instante.

    R. Y burlar todos los sistemas de censura; eso es un progreso. Pero al mismo tiempo también es otra forma de confusión que tiene efectos muy negativos en la cultura, en la información. El exceso de información en última instancia también significa la desaparición de la discriminación, de las jerarquías, de las prioridades. Todo alcanza un mismo nivel de importancia por el simple hecho de estar en la pantalla.

    P. Aunque no ataca a las religiones, sino al contrario, se percibe en el libro un canto al ateísmo ilustrado. Hay un momento incluso que identifica cultura profunda con aquella fuerza capaz de reemplazar el vacío dejado por la religión.

    R. La idea liberal, tradicional, de que con el avance del conocimiento, la religión se iba a ir desvaneciendo fue una ingenuidad. El grueso de la gente, países cultos o países incultos, necesita una trascendencia, algo que le asegure que no perecerá definitivamente, y que habrá otra vida de la índole que sea, y eso es lo que sostiene la religión. Solo una minoría de personas, y eso ha sido igual en el pasado y en el presente, llega a llenar ese vacío con la cultura, que les da suficiente seguridad, suficiente resistencia para aceptar la idea de la extinción. Pero es una ingenuidad combatir a la religión. Tiene una función que cumplir, y es dar ese mínimo de seguridad que permite vivir a la gente con la esperanza de otra vida, de una defensa contra la extinción que aterra a todas las generaciones, no importa que nivel de cultura tenga esa sociedad. Eso lo debemos aceptar los creyentes o no creyentes, siempre y cuando la religión no pase a identificarse con el Estado, porque entonces desaparece la libertad. La religión por definición es dogmática, establece verdades absolutas, y no quiere coexistir con verdades contradictorias. Pero mientras la religión ocupe el espacio que le es propio, creo que es indispensable para que una sociedad sea verdaderamente democrática, libre, en la que se pueda coexistir en la diversidad.

    ***

    La diversidad, la libertad, la tolerancia. El escritor vive y revive en esas palabras. A lo largo de la entrevista, la amargura que, a veces, asoma en su discurso ante lo que considera la devastación de la cultura, siempre se atempera con ellas. De algún modo, son su anclaje ateo y su religión frente al espectáculo.

    —“Hemos escrito otro libro, ¿eh?”, bromea antes de despedirse

    domingo, 12 de febrero de 2012

    La casa de Molière por Mario Vargas Llosa


    Pocos creadores de su tiempo ayudaron tanto a los franceses, y al mundo entero, como el autor de El enfermo imaginario, a salir de los quebrantos, las infamias, la coyunda y las rutinas cotidianas y a transformar las amarguras y los rencores en alegría y esperanza
    por Fernando Vicente

    MARIO VARGAS LLOSA 11 FEB 2012 


    A fines de los años cincuenta, cuando vine a vivir a París, aunque uno fuera paupérrimo podía darse el lujo supremo de un buen teatro, por lo menos una vez por semana. La Comédie Française tenía las matinés escolares, no recuerdo si los martes o los jueves, y esas tardes representaba las obras clásicas de su repertorio. Las funciones se llenaban de chiquillos con sus profesores, y las entradas sobrantes se vendían al público muy baratas, al extremo que las del gallinero —desde donde se veía sólo las cabezas de los actores— costaban apenas 100 francos (pocos centavos de un euro de hoy). Las puestas en escena solían ser tradicionales y convencionales, pero era un gran placer escuchar el cadencioso francés de Corneille, Racine y Molière (sobre todo el de este último), y, también, muy divertido, en los entreactos, escuchar los comentarios y discusiones de los estudiantes sobre las obras que estaban viendo.

    Desde entonces me acostumbré a venir regularmente a la Comédie Française y lo he seguido haciendo a lo largo de más de medio siglo, en todos mis viajes a París: Francia ha cambiado mucho en todo este tiempo, pero no en la perfecta dicción y entonación de estos comediantes que convierten en conciertos las representaciones de sus clásicos.

    Vine también ahora y me encontré que la Gran Sala Richelieu estaba cerrada por trabajos en la cúpula que tomarán todavía más de un año. Para reemplazarla se ha construido en el patio del Palais Royal un auditorio provisional muy apropiadamente llamado el Théâtre Éphémère. El local es precario, el frío siberiano de estos días parisinos se cuela por los techos y rendijas y los acomodadores (nunca había visto algo semejante) nos reparten a los ateridos y heroicos espectadores unas gruesas mantas para protegernos del resfrío y la pulmonía. Pero todos esos inconvenientes se esfuman cuando se corre el telón, comienza el espectáculo y el genio y la lengua de Molière se adueñan de la noche.

    Se representa Le Malade imaginaire, la última obra que escribió Jean-Baptiste Poquelin, que haría famoso el nombre de pluma de Molière, y en la que estaba actuando él mismo la infausta tarde del 17 de febrero de 1673, en el papel de Argan, el enfermo imaginario, víctima de lo que los fisiólogos de la época llamaban deliciosamente “la melancolía hipocondríaca”. Era la cuarta función y el teatro llamado entonces del Palais Royal estaba repleto de nobles y burgueses. A media representación el autoritario y delirante Argan tuvo un acceso de tos interminable que, sin duda, los presentes creyeron parte de la ficción teatral. Pero no, era una tos real, cruda, dura e inesperada. La función debió suspenderse y el actor, llevado de urgencia a su casa vecina con una vena reventada por la violencia del acceso, fallecería unas cuatro horas después. Había cumplido 51 y, como no tuvo tiempo de confesarse, los comediantes de la compañía formada y dirigida por él, junto con su viuda, debieron pedir una dispensa especial al arzobispo de París para que recibiera una sepultura cristiana.

    Buena parte de esos 51 años de existencia se los pasó Molière viviendo no en la realidad cotidiana sino en la fantasía y haciendo viajar a sus contemporáneos —campesinos, artesanos, clérigos, burócratas, comerciantes, nobles— al sueño y la ilusión. Las milimétricas investigaciones sobre su vida de ejércitos de filólogos y biógrafos a lo largo de cuatro siglos arrojan casi exclusivamente las idas y venidas del actor J.B. Poquelin a lo largo de los años por todas las provincias de Francia, actuando en plazas públicas, patios, atrios, palacios, ferias, jardines, carpas, y, luego de su instalación en París, escribiendo, dirigiendo y encarnando a los personajes de obras suyas y ajenas de manera incesante. Y, cuando no lo hacía, contrayendo o pagando deudas de los teatros que alquilaba, compraba o vendía, de tal modo que, se puede decir, la vida de Molière consistió casi exclusivamente —además de casarse con una hija de su amante y producir de paso unos vástagos que solían morirse a poco de nacer— en vivir y difundir unas ficciones que eran unos espejos risueños y deformantes, y, a veces, luciferinamente críticos de la sociedad y las creencias y costumbres de su tiempo.

    Llegó a ser muy famoso y considerado por unos y otros el más grande comediante de la época, insuperable en el dominio de la farsa y el humor, pero, detrás de la risa, la gracia y el ingenio que a todos seducían, sus obras provocaron a veces violentas reacciones de las autoridades civiles y eclesiásticas —el Tartufo fue prohibido por ambas en varias ocasiones— y el propio Luis XIV, que lo admiraba e invitó a su compañía a actuar en Versalles y en los palacios de París y alrededores ante la corte, y fue a menudo a aplaudirlo al teatro del Palais Royal, se vio obligado también en dos ocasiones a censurar las mismas obras que en privado había celebrado.

    El enfermo imaginario no tiene la complejidad sociológica y moral del Tartufo, ni la chispeante sutileza de El Avaro, ni la fuerza dramática de Don Juan, pero entre el melodrama rocambolesco y la leve intriga amorosa hay una astuta meditación sobre la enfermedad y la muerte y la manera como ambas socavan la vida de las gentes.

    Cuando escribió la obra, estaba de moda —él había contribuido a fomentarla— incorporar a las comedias números musicales y de danza —el propio Rey y los príncipes acostumbraban a acompañar a los bailarines en las coreografías— y la estructura original de El enfermo imaginario es la de una opereta, con coros y bailes que se entrelazan constantemente con la peripecia anecdótica. Pero en este excelente montaje del fallecido Claude Stratz, esas infiltraciones de música y ballet se han reducido, con buen criterio, a su mínima expresión.

    Paso dos horas y media magníficas y, casi tanto como lo que ocurre en el escenario, me fascina el espectáculo que ofrecen los espectadores: su atención sostenida, sus carcajadas y sonrisas, el estado de trance de los niños a los que sus padres han traído consigo abrigados como osos, las ráfagas de aplausos que provocan ciertas réplicas. Una vez más compruebo, como en mis años mozos, que Molière está vivo y sus comedias tan frescas y actuales como si las acabara de escribir con su pluma de ganso en papel pergamino. El público las reconoce, se reconoce en sus situaciones, caricaturas y exageraciones, goza con sus gracias y con la vitalidad y belleza de su lengua.

    Viene ocurriendo aquí hace más de cuatro siglos y ésa es una de las manifestaciones más flagrantes de lo que quiere decir la palabra civilización: un ritual compartido, en el que una pequeña colectividad, elevada espiritual, intelectual y emocionalmente por una vivencia común que anula momentáneamente todo lo que hay en ella de encono, miseria y violencia y exalta lo que alberga de generosidad, amplitud de visión y sentimiento, se trasciende a sí misma. Entre estas vivencias que hacen progresar de veras a la especie, ocupa un papel preponderante aquello a lo que Molière dedicó su vida entera: la ficción. Es decir, la creación imaginaria de mundos donde podemos refugiarnos cuando aquel en el que estamos sumidos nos resulta insoportable, mundos en los que transitoriamente somos mejores de lo que en verdad somos, mundos que son el mundo real y a la vez mundos soberanos y distintos, con sus leyes, sus ritmos, sus valores, su música, sus ideas, sostenidos por una conjunción milagrosa de la fantasía y la palabra.

    Pocos creadores de su tiempo ayudaron tanto a los franceses, y luego al mundo entero, como el autor de El enfermo imaginario, a salir de los quebrantos, las infamias, la coyunda y las rutinas cotidianas y a transformar las amarguras y los rencores en alegría, esperanza, contento, a descubrir la solidaridad y la importancia de los rituales y las formas que desanimalizan al ser humano y lo vuelven menos carnicero. La historia, más que una lucha de religiones o de clases, ha opuesto siempre esos pequeños espacios de civilización a la barbarie circundante, en todas las culturas y las épocas y a todos los niveles de la escala social. Uno de esos pequeños espacios que nos defienden y nos salvan de ser arrollados del todo por la estupidez y la crueldad oceánicas que nos rodean es éste que creó Molière en el corazón de París y no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecérselo como es debido.

    "Lo mágico y lo maravilloso" por MARIO VARGAS LLOSA


    FRAGMENTO LITERARIO: PRÓLOGO DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD

    MARIO VARGAS LLOSA 
    24/03/2007

    El proceso de edificación de la realidad ficticia, emprendido por García Márquez en el relato Isabel viendo llover en Macondo y en La hojarasca, alcanza con Cien años de soledad su culminación: esta novela integra en una síntesis superior a las ficciones anteriores, construye un mundo de una riqueza extraordinaria, agota este mundo y se agota con él.

    Difícilmente podría hacer una ficción posterior con Cien años de soledad lo que esta novela hace con los cuentos y novelas precedentes: reducirlos a la condición de anuncios, de partes de una totalidad. 

    Cien años de soledad es esa totalidad que absorbe retroactivamente los estadios anteriores de la realidad ficticia, y, añadiéndoles nuevos materiales, edifica una realidad con un principio y un fin en el espacio y en el tiempo: ¿cómo podría ser modificado o repetido el mundo que esta ficción destruye después de completar? Cien años de soledad es una novela total, en la línea de esas creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vitalidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes. 

    Esta totalidad se manifiesta ante todo en la naturaleza plural de la novela, que es, simultáneamente, cosas que se creían antinómicas: tradicional y moderna, localista y universal, imaginaria y realista. Otra expresión de esa totalidad es su accesibilidad ilimitada, su facultad de estar al alcance, con premios distintos pero abundantes para cada cual, del lector inteligente y del imbécil, del refinado que paladea la prosa, contempla la arquitectura y descifra los símbolos de una ficción y del impaciente que solo atiende a la anécdota cruda. 

    El genio literario de nuestro tiempo suele ser hermético, minoritario y agobiante. Cien años de soledad es uno de los raros casos de obra literaria mayor contemporánea que todos pueden entender y gozar. Pero Cien años de soledad es una novela total sobre todo porque pone en práctica el utópico designio de todo suplantador de Dios: describir una realidad total, enfrentar a la realidad real una imagen que es su expresión y negación. 

    Esta noción de totalidad, tan escurridiza y compleja, pero tan inseparable de la vocación del novelista, no sólo define la grandeza de Cien años de soledad: da también su clave. Se trata de una novela total por su materia, en la medida en que describe un mundo cerrado, desde su nacimiento hasta su muerte y en todos los órdenes que lo componen -el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, el cotidiano y el mítico-, y por su forma, ya que la escritura y la estructura tienen, como la materia que cuaja en ellas, una naturaleza exclusiva, irrepetible y autosuficiente...


    - Lo mágico- Lo real imaginario

    Lo real objetivo es una de las caras de Cien años de soledad; la otra, lo real imaginario, tiene el mismo afán arrollador y totalizante, y, por su carácter llamativo y risueño, es para muchos el elemento hegemónico de la materia narrativa. 

    Conviene, antes que nada, precisar que esta división de los materiales en real objetivos y en real imaginarios es esquemática y que debe ser tomada con la mayor cautela: en la práctica, esta división no se da, como espero mostrar al hablar de la forma. La materia narrativa es una sola, en ella se confunden esas dos dimensiones que ahora aislamos artificialmente para mostrar la naturaleza total, autosuficiente, de la realidad ficticia. 

    Martínez Moreno ha levantado un inventario de prodigios en Cien años de soledad, y esa enumeración exhaustiva de los materiales real imaginarios de la novela prueba que su abundancia e importancia, aunque indudables, no exceden, contrariamente a lo que se dice, la de los materiales real objetivos que acabamos de describir. 

    El carácter totalizador de lo imaginario en la materia de Cien años de soledad se manifiesta no sólo en su número y volumen, sino, principalmente, en el hecho de que, como lo histórico y lo social, es de filiación diversa, pertenece a distintos niveles y categorías: también la representación de lo imaginario es simultáneamente vertical (abundancia, importancia) y horizontal (diferentes planos o niveles). 

    Los sucesos y personajes imaginarios constituyen (dan una impresión de) una totalidad porque abarcan los cuatro planos que componen lo imaginario: lo mágico, lo mítico-legendario, lo milagroso y lo fantástico. 

    Voy a definir muy brevemente qué diferencia, en mi opinión, a estas cuatro formas de lo imaginario, porque pienso que ello queda claro con los ejemplos. 

    Llamo mágico al hecho real imaginario provocado mediante artes secretas por un hombre (mago) dotado de poderes o conocimientos extraordinarios; milagroso al hecho imaginario vinculado a un credo religioso y supuestamente decidido o autorizado por una divinidad, o que hace suponer la existencia de un más allá; mítico-legendario al hecho imaginario que procede de una realidad histórica sublimada y pervertida por la literatura, y fantástico al hecho imaginario puro, que nace de la estricta invención y que no es producto ni de arte, ni de la divinidad, ni de la tradición literaria: el hecho real imaginario que ostenta como su rasgo más acusado una soberana gratuidad.

    Es en los primeros tiempos históricos (o, mejor, durante la prehistoria) de Macondo, cuando suceden sobre todo hechos extraordinarios provocados por individuos con conocimientos y poderes fuera de lo común: se trata, principalmente, de gitanos ambulantes, que deslumbran a los macondinos con prodigios. El gran mago realizador de maravillas es Melquíades, cuyos imanes pueden atraer "los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes" de las casas y hasta "los clavos y los tornillos" (p. 9). Dice "poseer las claves de Nostradamus" (p. 14) y es un experto en conocimientos marginales y esotéricos; trae la alquimia a Macondo y trata, sin éxito, de persuadir a Úrsula de "las virtudes diabólicas del cinabrio" (p. 15). A Melquíades no le ocurren cosas imaginarias: él las provoca, gracias a sus artes mágicas, a ese poder sobrenatural que le permite regresar de la muerte hacia la vida "porque no pudo soportar la soledad" (p. 62). El pobre José Arcadio Buendía trata desesperadamente de dominar esas artes mágicas, de adquirir esos poderes, y no lo consigue: no va nunca más allá de las realizaciones científicas (real objetivas), como su descubrimiento de que la tierra es redonda (p. 13) o su conversión en "mazacote seco y amarillento" de las monedas coloniales de Úrsula (p. 40). 

    Esos poderes mágicos los tienen, en cambio, el armenio taciturno inventor de un jarabe que lo vuelve invisible (p. 26), y los mercachifles de esa tribu que han fabricado "una estera voladora" (p. 42). No sólo los gitanos gozan de poderes fuera de lo ordinario, desde luego. Pilar Ternera los tiene, aunque en dosis moderada: las barajas le permiten ver el porvenir, aunque un porvenir tan confuso que casi nunca lo interpreta correctamente (p. 39). Petra Cotes, en cambio, es un agente magnífico de lo real imaginario, ya que su amor "tenía la virtud de exasperar a la naturaleza" y de provocar "la proliferación sobrenatural de sus animales" (p. 220). 

    Hay que hacer una distinción: Melquíades, el armenio taciturno y los gitanos de la estera voladora son agentes deliberados y conscientes de lo imaginario: su capacidad mágica es en buena parte obra de ellos mismos, resultado de artes y conocimientos adquiridos, y es una sabiduría que ejercitan con premeditación y cálculo. 

    Este es también el caso de Pilar Ternera, agente mínimo de lo real imaginario. Pero Petra Cotes es un agente involuntario y casi inconsciente de lo imaginario: sus orgasmos propagan la fecundidad animal sin que ella se lo haya propuesto ni sepa por qué ocurre. No es una maga que domina la magia: es magia en sí misma, objeto mágico, agente imaginario pasivo. 

    Esta es la condición de una serie de personajes de Cien años de soledad, que tienen virtudes mágicas, no conocimientos mágicos, y que no pueden gobernar esa facultad sobrenatural que hay en ellos, sino, simplemente, padecerla: es el caso del coronel Aureliano Buendía y su aptitud adivinatoria, esos presagios que es incapaz de sistematizar ("Se presentaban de pronto, en una ráfaga de lucidez sobrenatural, como una convicción absoluta y momentánea, pero inasible. 

    En ocasiones eran tan naturales, que no los identificaba como presagios sino cuando se cumplían. Otras veces eran terminantes y no se cumplían. Con frecuencia no eran más que golpes vulgares de superstición") (p. 150); el de Mauricio Babilonia, que se pasea por la vida con una nube de mariposas amarillas alrededor (p. 327), y, sólo por un instante póstumo, el de José Arcadio Buendía, a cuya muerte se produce "una llovizna de minúsculas flores amarillas" (p. 166). El caso de Amaranta, quien ve a la muerte, es distinto y lo analizaré más adelante. 

    En cambio, los gringos de la compañía tienen conocimientos que, más que científicos, deberíamos llamar mágicos: "Dotados de recursos que en otra época estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas, y quitaron el río de donde estuvo siempre..." (p. 261).

    Tomado del diario El País de España

    sábado, 5 de noviembre de 2011

    Viaje a la intimidad de Vargas Llosa

    Una muestra reúne objetos, como notas de colegio o fotografías, que repasan la vida del escritor que repasan la vida del escritor

     ANA MARCOS - Madrid EL PAÍS - 04-11-2011




    Cualquier transeúnte que paseara ayer por la zona de Delicias pudo albergar la duda de si Coldplay repetía concierto en Madrid. La sala de exposiciones El Águila, en Arganzuela, se abarrotó de curiosos, amigos y políticos que querían acompañar a Mario Vargas Llosa durante un breve paseo por su vida en la exposición Mario Vargas Llosa, la libertad y la vida, abierta hasta el 29 de enero. La medalla del Nobel que se muestra junto al discurso que pronunció Vargas Llosa en Suecia. Esta pieza es parte de la selección que Ana Osorio, comisaria y museógrafa de la exposición, ha sacado de la casa de Vargas Llosa. Esta "hormiguita incansable", como la denominó el escritor, trabaja con un grupo de mujeres llevando por el mundo la intimidad del autor de Pantaleón y las visitadoras. "Mario no ha participado en el proceso de selección", contaba Lucía Muñoz-Najar, parte del equipo de Osorio. "Siempre nos ha dado total libertad para que eligiéramos las piezas que mejor creíamos representaban su vida". Hace tres años, en la Casa O'Higgins de Lima, se mostraron por primera vez las notas del colegio, los tebeos de la infancia o las anotaciones y puntuaciones que el autor escribe al terminar un libro que componen el amplio ajuar de fotografías, libros, manuscritos, cartas, documentos, objetos personales y demás material audiovisual que ahora alberga la sala El Águila. Desde entonces, estos objetos han visitado México, Argelia, Francia, Suecia, Colombia y ahora España. "Intentamos adaptar la exposición a cada ciudad que llega. Por eso, hemos dedicado un espacio a los recuerdos de Mario en España en una sala donde hemos incluido el premio Cervantes, el Príncipe de Asturias e imágenes del Café Central donde tantas novelas creó", explicó Muñoz-Najar. Vargas Llosa intentó compartir sus recuerdos con los asistentes que a cada paso le paraban. La acumulación de gente hizo temer a su mujer, Patricia Llosa, por la integridad de algunas piezas, como el cuadro de Carlos Boix o la colección de hipopótamos. El escritor restó importancia al asunto y terminó su visita agradeciendo a Madrid ("el mundo entero en pequeño formato", dijo) lo que había significado para su carrera literaria y su peripecia vital.






    domingo, 12 de junio de 2011

    Mario Vargas Llosa clausura el especial de Babelia en la Feria

    "La crítica literaria debe recuperar su presencia e importancia", afirma el premio Nobel Mario Vargas Llosa. Lo hace en este vídeo que clausura el especial de Babelia en la 70ª Feria del Libro de Madrid con el cual hemos llevado a ustedes la cita literaria más importante de España. Vargas Llosa también se ha unido a la pregunta, que ya han contestado más de 250 lectores: ¿Cuál fue el libro que te conquistó para la lectura? Una sección en la cual han participado desde el 27 de mayo, comienzo de la feria, 16 escritores con quienes presentaremos mañana domingo, último día de feria, el vídeo Autorretrato de lectores, que sirve como epílogo a esta cobertura.



    Mario Vargas Llosa en lenliblog

    sábado, 4 de junio de 2011

    La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa (podcast)





    Descripción: La ópera prima del reciente premio Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, narra la historia de un grupo de estudiantes integrados en el colegio militar Leoncio Prado; las relaciones entre ellos, los 'perros' o cadetes jóvenes, los militares encargados de instruirlos y su vida en la ciudad: tanto la fracción que representa estabilidad (padres, novias) como sus coqueteos con la ilegalidad y el vandalismo (ladrones, prostitutas...)




    La ciudad y los perros tiene un trazado de personajes impresionante, con una cantidad de matices prácticamente inabarcable: El Poeta, El Jaguar, El Esclavo... son tres de las piezas clave que conforman una de las mejores novelas de la literatura hispanoamericana de finales de siglo XX, que justamente la han elevado a la categoría de obra maestra.




    http://lamilanabonita.blogspot.com

    lunes, 28 de marzo de 2011

    FUERA DE JUEGO "El fútbol es una religión laica"



    JUAN CRUZ

    EL PAÍS  -  Deportes - 28-03-2011


    Peruano de la misma patria que el legendario Hugo Sotil (un gran futbolista del Barça), Mario Vargas Llosa no nació para practicar deportes, pero cree que un escritor es "como un deportista, se construye con disciplina y con terquedad".
    No practica, pero antes de ponerse a escribir, cada mañana del año, esté donde esté, el premio Nobel de Literatura de 2010 sale con su mujer, Patricia, y con los amigos que le hayan ido a visitar a correr por los parques que tenga a mano. En Lima, donde está ahora, corre por las cercanías de su casa, en Barranco; en Madrid conocen sus pisadas las baldosas del templo de Debod; en Nueva York, cuando le dieron la noticia del Nobel, en la madrugada americana, no perdonó el rato de sus correrías y se fue por Central Park a conceder entrevistas a los ávidos reporteros de la televisión sueca que le asaltaron en el vestíbulo del edificio donde tenía su apartamento. Hoy (como su colega el español Julio Llamazares) cumple años; él llega a los 75 y sigue corriendo. Quizá, porque siempre ha corrido. "Con disciplina y con terquedad". De resto, ningún deporte; de chico, cuando era como los amigos de sus primeros cuentos, fue muy feliz cuando le llevaron a jugar "con los muchachos de la U", el Universitario de Deportes, de Lima, su equipo de grandes también, "a jugar al fútbol". La U le dedicó un homenaje cuando le dieron el Nobel. "Fue muy emocionante: me pusieron a hacer el saque de honor y tuve que dar un discurso en el que dije lo que siento, que la U no es solo un equipo de fútbol: es una leyenda". Como el Madrid. Para él, que vivió en Barcelona, donde nació su hija Morgana (es del Barça): "El Madrid es el equipo español que me atrajo". En medio de aquel color gris de la vida bajo Franco, "el fútbol era de las pocas cosas que se podían ver sin tanta presión como la que se vivía en las calles" y el fútbol, entonces, en la capital, era el Madrid. Así que Mario Vargas Llosa fue blanco entonces y es tan blanco ahora que el club le ha conferido algunos honores académicos, pero uno, sobre todo, que le resulta tan emocionante como si hubiera marcado un gol junto a Alfredo Di Stéfano. Cuando le dieron el Nobel, la noche anterior a su viaje a Estocolmo, fue al Madrid-Valencia "a ejercer el honor del saque de centro"; allí lo saludó el capitán, Casillas, y solo el frío le heló tanto como la sensación que sintió ante el graderío. Jorge Valdano, el director general del equipo de Vargas Llosa, acuñó la expresión "miedo escénico" para referirse a lo que pasa allá, dentro del césped, en ese punto fatídico. "Es una experiencia exaltante y terrorífica. Estar en el centro del estadio del Madrid, con las tribunas absolutamente abarrotadas, exaltadas, te da la impresión de lo que debieron de ser los circos romanos. El jugador, que es aplaudido o vilipendiado por esa multitud gigantesca, vive esa psicología de masas... ¡Debe de ser estremecedor! Pues sí, es como una enorme responsabilidad, estar allí, ante miles de ojos, delante de la pelota. No conozco un espectáculo que nos conecte más con los grandes espectáculos de masas más primitivos: los circos romanos, los grandes movimientos de masas de los pueblos primitivos, cuando creían que los grandes terremotos eran castigos divinos... ". Es un misterio lo que encierra la pasión por el fútbol, en España y en el mundo. Él cree que "el fútbol es una religión laica; antes, solo las religiones convocaban esa especie de manifestación irracional, colectiva; hoy en día, eso que antes era prototípico de la religión es la religión laica de nuestro tiempo", desata pasiones y fanatismos. "Una irracionalidad a flor de piel que a la corta o a la larga genera violencia. Un deporte que es apasionante, a mí me apasiona desde niño, pero que al mismo tiempo genera actitudes de desfogue que uno ni se imagina que pueden suceder... ¡Espero que jamás lleguen mis exabruptos en el graderío!". Se siente tan del Madrid, de lo que supone este equipo en la historia, que algunos de sus amigos lo han visto indagar, en los lugares más insospechados, sobre los sitios donde pudiera contemplar tanto los partidos grandes como los partidos chicos. Y se exalta o se deprime como los aficionados fieles. Entre esos honores que le ha dado la vida, antes y después del Nobel, hay uno en particular, el marquesado que le otorgó la Corona española al mismo tiempo que a Vicente del Bosque, el seleccionador español de fútbol. "Claro que fue un honor. Le ha dado un premio tan importante al fútbol español... Y es una persona que me inspira tanto respeto... Es un hombre que no ha perdido la sencillez, la modestia. Así que he considerado un honor haber compartido con él ese reconocimiento".




    Las gestas y los honores
    - ¿Una gesta reciente
    que le haya emocionado?
    El triunfo de España
    en el Mundial de fútbol.
    Fue un espectáculo exultante.
    Había tanta dificultad
    que la victoria se disfrutó aún más.
    - ¿Una gesta peruana?
    No la viví, pero el gran gol
    de Lolo Fernández al frente
    del equipo de Perú en los Juegos Olímpicos de Berlín resulta algo inolvidable para cualquier peruano.
    - ¿Y una gesta del Madrid?
    Cuando fui a hacer el saque de honor, antes de recibir el Nobel,
    me enseñaron las nueve copas.
    Es emocionante
    estar delante de esa historia.
    - ¿Un momento emocionante relacionado con el fútbol?
    Cuando mi equipo peruano, la U [Universitario de Deportes, de Lima], me llevó a rendirme
    un homenaje en medio
    de la cancha y tuve que hacer un discurso sobre
    la leyenda que representa.

    martes, 8 de marzo de 2011

    La ciudad y los perros - Mario Vargas Llosa

    Otros enlaces de interés:

    La vida después del colegio (fragmento de La ciudad y los perros)


    El Jaguar, decepcionado por la actitud del resto de los cadetes, le confiesa a Gamboa que fue él quien cometió el crimen. Está arrepentido, dispuesto a entregarse y preparado para acatar las consecuencias. Pero Gamboa sabe que nadie en el colegio está interesado en escuchar su confesión. Le insta a aprender de su error y a enmendar su vida. El Jaguar acaba por integrarse en la sociedad y se casa:






    –¿Por qué ha cambiado de opinión ahora? –dijo el teniente–. ¿Por qué no me contó la verdad cuando lo interrogué?
    –No he cambiado de opinión –dijo el Jaguar–. Solo que –vaciló un momento e hizo, como para sí, un signo de sentimiento– ahora comprendo mejor al Esclavo. Para él no éramos sus compañeros, sino sus enemigos. ¿No le digo que no sabía lo que era vivir aplastado? Todos lo batíamos, es la pura verdad, hasta cansarnos, yo más que los otros. No puedo olvidarme de su cara, mi teniente. Le juro que en el fondo no sé cómo lo hice. Yo había pensado pegarle, darle un susto. Pero esa mañana lo vi, ahí de frente, con la cabeza levantada y le apunté. Yo quería vengar a la sección, ¿cómo podía saber que los otros eran peores que él, mi teniente? Creo que lo mejor es que me metan en la cárcel. Todos decían que iba a terminar así, mi madre, usted también. Ya puede darse gusto, mi teniente. […]
    –El caso Arana está liquidado –dijo Gamboa–. El ejército no quiere saber una palabra más del asunto. Nada puede hacerlo cambiar de opinión. Más fácil sería resucitar al cadete Arana que convencer al ejército de que ha cometido un error.
    –¿No me va a llevar donde el coronel? –preguntó el Jaguar–. Ya no lo mandarán a Juliaca, mi teniente. […]
    –¿Sabe usted lo que son los objetivos inútiles? […] Fíjese, cuando un enemigo está sin armas y se ha rendido, un combatiente responsable no puede disparar sobre él. No solo por razones morales, sino también militares; por economía. Ni en la guerra debe haber muertos inútiles. Usted me entiende, vaya al colegio y trate en el futuro de que la muerte del cadete Arana sirva para algo.

    Incidentes en la escuela (fragmento de La ciudad y los perros)

    El robo del examen de química y la muertedel cadete


    Cava, uno de los estudiantes del colegio, roba un examen de química siguiendo las instrucciones de Jaguar. Las autoridades se enteran del delito aunque no son capaces de identificar al culpable. Deciden tomar represalias contra todos los jóvenes y los retienen en el colegio de forma indefinida. Tras varias semanas de encierro, el Esclavo denuncia a Cava ante los oficiales y este es expulsado. Sin embargo, durante unas maniobras ocurre un trágico acontecimiento. Un cadete recibe un balazo de misteriosa procedencia y muere. Así termina la primera parte:





    –Rápido, a la enfermería. A toda carrera. […]
    Gamboa (*) arrebató el cadete a los suboficiales, lo echó sobre sus hombros y aceleró la carrera; en pocos segundos sacó una distancia de varios metros.
    –Cadetes –gritó el capitán–. Paren el primer coche que pase. Los cadetes se apartaron de los suboficiales y cortaron camino, transversalmente. El capitán quedó retrasado, junto a Morte y Pezoa.
    –¿Es de la primera compañía? –preguntó.
    –Sí, mi capitán –dijo Pezoa–. De la primera sección.
    –¿Cómo se llama?
    –Ricardo Arana, mi capitán –vaciló un instante y añadió–: Le dicen el Esclavo.


    * Gamboa es el teniente responsable de la primera compañía.





    El testimonio de Alberto y la implicación del Jaguar

    Alberto, apodado el Poeta, sentía aprecio por el Esclavo. Por eso denuncia las irregularidades de sus compañeros del colegio y acusa al Jaguar ante el teniente Gamboa. Sospecha que él ha sido el asesino de Arana, pero no tiene pruebas suficientes. La intervención del teniente no servirá de nada; sus superiores se niegan a investigar para evitar escándalos que dañen la imagen de la institución. Amenazan a Alberto para lograr su silencio y ordenan el traslado del teniente. Los cadetes, que son castigados por la información que ha aportado el Poeta, creen equivocadamente que los delató el Jaguar en un momento de resentimiento. Este recibe entonces el desprecio y la humillación de sus compañeros y se siente por primera vez solo:





    En las clases, los cadetes hablaban, se insultaban, se escupían, se bombardeaban con proyectiles de papel, interrumpían a los profesores imitando relinchos, bufidos, gruñidos, maullidos, ladridos: la vida era otra vez normal. Pero todos sabían que entre ellos había un exiliado. Los brazos cruzados sobre la carpeta, los ojos azules clavados en el pizarrón, el Jaguar pasaba las horas de clase sin abrir la boca, ni tomar un apunte, ni volver la cabeza hacia un compañero.

    El bautizo de un perro (fragmento de La ciudad y los perros)


    El colegio militar es una institución a la que acceden diversos muchachos para estudiar los tres últimos cursos de secundaria. En ella se somete a los alumnos a un ambiente violento y sórdido. Los de cuarto curso realizan un cruel bautizo o rito de iniciación a los nuevos estudiantes. Así se describe el del tímido Ricardo Arana, el Esclavo:





    –¿Usted es un perro (1) o un ser humano? –preguntó la voz.
    –Un perro, mi cadete.
    –Entonces, ¿qué hace de pie? Los perros andan a cuatro patas.
    Él se inclinó, al asentar las manos en el suelo, surgió el ardor en los brazos, muy intenso. Sus ojos descubrieron junto a él a otro muchacho, también a gatas.
    –Bueno –dijo la voz–. Cuando dos perros se encuentran en la calle, ¿qué hacen? Responda, cadete. A usted le hablo. El Esclavo recibió un puntapié en el trasero y al instante contestó:
    –No sé, mi cadete.
    –Pelean –dijo la voz–. Ladran y se lanzan uno encima del otro. Y se muerden.
    El Esclavo no recuerda la cara del muchacho que fue bautizado con él. Debía ser de una de las últimas secciones porque era pequeño. Estaba con el rostro desfigurado por el miedo y, apenas calló la voz, se vino contra él, ladrando y echando espuma por la boca, y, de pronto, el Esclavo sintió en el hombro un mordisco de perro rabioso y entonces todo su cuerpo reaccionó, y mientras ladraba y mordía, tenía la certeza de que su piel se había cubierto de una pelambre dura, que su boca era un hocico puntiagudo y que, sobre su lomo, su cola chasqueaba como un látigo. […]
    Después lo volvieron a una cuadra de cuarto y tendió muchas camas y cantó y bailó sobre un ropero, imitó a artistas de cine, lustró varios pares de botines, barrió una loseta con la lengua, fornicó con una almohada, bebió orines, pero todo eso era un vértigo febril y de pronto él aparecía en su sección, echado en su litera pensando:
    «Juro que me escaparé. Mañana mismo».






    Algunos jóvenes forman el Círculo, un grupo que decide vengarse de los estudiantes de cuarto. Está liderado por el Jaguar, un brutal muchacho que planea duros ataques contra sus opositores y que pronto incita también a la violencia a sus propios compañeros. Ricardo Arana, el único que se mantiene al margen, lo empuja involuntariamente y recibe una brutal paliza. Desde ese momento será continuamente humillado por los demás cadetes:





    «Perdón, Jaguar, fue de casualidad que te empujé, juro que fue casual (2)». «Lo que no debió hacer fue arrodillarse, eso no. Y, además, juntar las manos, parecía mi madre en las novenas, un chico en la iglesia recibiendo la primera comunión, parecía que el Jaguar era el obispo y él se estuviera confesando», «me acuerdo de eso» decía Rospigliosi, «y la carne se me escarapela, hombre».
    El Jaguar estaba de pie, miraba con desprecio al muchacho arrodillado y todavía tenía el puño en alto como si fuera a dejarlo caer de nuevo sobre ese rostro lívido. Los demás no se movían. «Me das asco», dijo el Jaguar. «No tienes dignidad ni nada. Eres un esclavo.»


    1 perro: término con el que los cadetes mayores se refieren a los novatos, estudiantes de tercer curso.
    2 Esta primera frase la pronuncia Ricardo, pero después se aprecia la voz de varios narradores; de uno de los cadetes, Rospigliosi (cuyo discurso aparece entrecomillado), y un narrador omnisciente que termina el relato.

    sábado, 11 de diciembre de 2010

    DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 05 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

    DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 04 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

    DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 03 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

    DISCURSO MARIO VARGAS LLOSA 02 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y FICCION 07...

    DISCURSO completo MARIO VARGAS LLOSA 01 CONFERENCIA SOBRE LITERATURA Y ...

    Entradas populares

    número de páginas