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sábado, 17 de noviembre de 2012

Las tramas del ‘boom’ por Diamela Eltit


La acogida de este grupo de escritores inauguró un circuito inexistente: la aparición de los agentes literarios, la mirada sobre la creación latinoamericana y la promoción internacional. Pero también dejó de manifiesto la ausencia de mujeres

 Nueva York 15 NOV 2012 - El País
Carmen Balcells y Mario Vargas Llosa. / FERNANDO VICENTE (EL PAÍS)

La América Latina sesentera, convulsionada en parte importante de sus geografías por los cambios culturales mundiales y la creciente demanda por la recuperación de sus “materias primas”, fue el contexto político y cultural que favoreció la emergencia y, más adelante, la expansión delboom literario. La irrupción del grupo de los jóvenes escritores que conformaron el llamado boomhace medio siglo (Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, José Donoso) potenció en ese espacio liberador, tal como si se cumpliera el sueño bolivariano, la América que se hizo una a partir de las propuestas estéticas de sus escritores. A pesar del reducido número de autores que participaron de un estatus similar al de los rockstars, hoy, después de cincuenta años de la consolidación de ese fenómeno, vale la pena pensarlo para entender mejor la trama de las inscripciones literarias.
Antes de ese explosivo hito, en Latinoamérica ya había un conjunto fundamental de escritores que formaban un canon nítido y elocuente: Jorge Luis Borges, Juan Rulfo o Juan Carlos Onetti, entre los más apreciados. Sin embargo, su internacionalización estaba obstaculizada por las dificultades de las editoriales locales que no conseguían el paso fluido a través de las fronteras. El conocimiento de cada escritor, en términos generales, estaba más bien ligado a su localidad y a la profundización de lo nacional mediante la relación con el Estado.
La emergencia boom, liderada por el aparato editorial español, puso de manifiesto el encierro casi claustrofóbico de lo local americano
Pero la emergencia boom, liderada por el aparato editorial español, puso de manifiesto el encierro casi claustrofóbico de lo local americano. La escala de difusión del nuevo movimiento marcó una distancia sideral con los canales de distribución y de difusión del resto de las literaturas continentales. Así, este evento marcó también el inicio de la era comercial para una parte de la literatura latinoamericana organizada, en buena medida, por la figura inédita para las letras latinas del “agente literario” (particularmente la Agencia de Carmen Balcells). Una figura nueva que abría una cadena perfectamente articulada entre la obra del escritor, las casas editoriales, las traducciones y los expertos aparatos de promoción culturales.
De esa manera se puso en marcha un circuito antes inexistente. Los efectos del boom generaron las distancias entre centros y periferias literarias. En los centros los superstars del boom y, en los bordes de la fama, los teloneros que, si bien tenían una relativa existencia internacional, permanecían alojados en segundos planos. Y, desde luego, los escritores absolutamente locales radicados en sus países que no conseguían la atención de las poderosas editoriales españolas que, a su vez, operaban como pasaportes (mediante los agentes literarios) para otras lenguas y diversos territorios.
Este evento marcó también el inicio de la era comercial para una parte de la literatura latinoamericana organizada, en buena medida, por la figura inédita para las letras latinas del “agente literario”
El boom nació y murió con sus exponentes originales y, en ese sentido, se convirtió en unboomerang. No consiguió una continuidad en parte porque los mapas político-culturales se modificaron a gran escala y con una extraordinaria velocidad; la cadena de golpes de Estado que asolaron al sur del continente, la diáspora intelectual, los llamados “inxilios” (o el exilio interior), la muerte de Franco y el proceso de rearticulación cultural española, la emergencia de literaturas de Este en los momentos en que de desplomaban los llamados “socialismos reales”, abrieron nuevos focos de atención editorial en un mundo que se volvía cada vez más extenso y móvil.
El avance capitalista se reforzó en todas las esferas de la producción y el consumo, hasta alcanzar también el mercado editorial. El best sellermultiplicó las ganancias y las literaturas emergentes y su bagaje de propuestas estéticas se consolidaron como individualidades que coexistían con el resto de las literaturas del mundo. La antigua cohesión latinoamericana que agrupaba el extenso continente se volvió irrepetible.
Se puso en marcha un circuito antes inexistente. Los efectos del boomgeneraron las distancias entre centros y periferias literarias
En ese sentido, el mundo editorial español se volcó literalmente al mundo y el boom que tanto prestigio y atención mediática había provocado se convirtió en objeto de estudio académico, en nostalgia ante un pasado de esplendor y, especialmente, en un hito curioso de la historia literaria.
Mientras el siglo XXI sigue articulando su vertiginoso proceso globalizador que garantiza las comunicaciones masivas e instantáneas, en el mundo editorial se ha producido una conmoción. Junto con las mega editoriales y sus constante fusiones de capital, las editoriales independientes proliferan por el mundo latinoamericano y en el territorio español, en parte porque los costos de producción de libros se han vuelto más accesibles. No obstante, los aparatos de difusión continúan con parecidas dificultades a las que experimentaban en la época pre-globalizada. Desde esta perspectiva se puede hablar de una atomización pero, a la vez, de una democratización del espectro literario.
En este contexto parece difícil la producción de un nuevo boom, porque los signos actuales más bien aluden a una dispersión que a un campo cohesionado de escrituras. Para promover un debate propositivo e iluminador, las actuales celebraciones conmemorativas del boompodrían, junto a la celebración de indudable importancia de los autores, analizar el apretado nudo histórico y comercial que favoreció esa particular escena literaria.
Tal vez la pregunta más ardiente que esa época genera sea la ausencia manifiesta de escritoras. Una pregunta filosa que quizás hoy, cincuenta años después, puede resultar todavía pertinente para el mundo latinoamericano que sigue al “pie de la letra” su visión más bien masculina de la configuración de los mapas literarios. Y esta falta no es sólo una herencia del boom sino también una costumbre y acaso una agenda.
* Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) es autora de Jamás el fuego nunca (Periférica)

'Philip Roth, una despedida' por Antonio Muñoz Molina


Cómo no estar cansado a esa edad, después de tantos años de un trabajo tan asiduo, tan inmenso, tan incierto

 17 NOV 2012 - El País

El territorio central de muchas novelas de Philip Roth es su infancia y primera juventud en Newark (Nueva Jersey). / UNDERWOOD / CORBIS

Hay un momento en que un novelista que percibía muy bien el pulso de su tiempo y se nutría de él para inventar sus ficciones parece perder ese latido que hasta entonces se había confundido sin esfuerzo con el suyo propio. Entonces se refugia en evocaciones más o menos lujosas o nostálgicas de su pasado, o de otros pasados ajenos o más lejanos que lo seducen porque en ellos no parecen existir los agrios conflictos o las realidades fragmentadas y confusas del presente, y porque en esos mundos apartados quedan más verosímiles los estereotipos que ahora urde en vez de personajes una imaginación fatigada.
Les pasa también a los directores de cine, y el efecto es todavía más evidente, porque el cine tiene más capacidad de inmediatez que la literatura. Aunque sigan viviendo en la misma ciudad que retrataban en otros tiempos y que convertían sin aparente esfuerzo en espacio de fábulas contemporáneas, prefieren encerrarse en los hangares de los estudios para reconstruir en ellos con meticulosidad enfermiza escenarios del pasado en los que la intención de autenticidad se confunde con el amontonamiento barroco. Extenuada o perdida la inspiración, queda el amaneramiento y el exhibicionismo de la técnica. Ajeno al mundo que probablemente ya le fatigaba o estaba dejando de entender Fellini se perdía en los laberintos fastuosos y cada vez más opresivos que se hacía construir en Cinecittà: daba igual que fingieran la Roma imperial, la Venecia de Casanova, un transatlántico de lujo de la época del Titanic. Una deriva semejante ha seguido Martin Scorsese, que se había educado admirando el nervio callejero de los directores italianos, y que nos ha dejado el retrato indeleble de la luz sucia de Nueva York en los años setenta, la cualidad lívida de las caras y las cosas bajo los neones excesivos de las cafeterías abiertas toda la noche y la negrura amenazadora y fronteriza que comenzaba entonces al otro lado de casi todas las esquinas, tan sólo un paso más allá de la claridad rojiza de las farolas. Ahora Scorsese hace recreaciones de época que tienen toda la pompa de los decorados de ópera de Franco Zeffirelli.Pero también Rossellini, que había prácticamente inventado la mirada contemporánea en el cine, que había rodado casi sin medios y convertido en ficciones los hechos acuciantes del final de la guerra casi al mismo tiempo y al mismo ritmo en el que sucedían, acabó dirigiendo solemnidades pedagógicas sobre el proceso de Sócrates o la corte de Luis XIV en Versalles.
(Un caso distinto era Visconti: para él la historia del siglo anterior formaba parte del ahora: en su imaginación narrativa y visual los dramas suntuosos del tiempo de la independencia de Italia explicaban el origen de todo lo que había venido después, como para Faulkner la vergüenza irreparable de la esclavitud había seguido infectando la vida en el Sur. En los dos casos el pasado no es un refugio contra las inclemencias del presente, sino la fosa abierta de una excavación en la que siguen encontrándose los despojos de un crimen).
Algunas veces, en los últimos años, leyendo con desilusión creciente algunas de las novelas que publicaba Philip Roth, he pensado en el maleficio de estos directores de cine. El Newark de su infancia y de su primera juventud había sido el territorio central de una serie de novelas en las que se examinaba, con una especie de furiosa lucidez, con una capacidad asombrosamente terrenal de rememoración e invención, las vidas de dos generaciones de judíos americanos, no ya los emigrantes llegados de Europa sino los hijos y los nietos: la generación que había empezado a americanizarse en las escuelas públicas pero todavía hablaba yídish y raramente llegaba a la universidad y sobre todo la siguiente, la del propio Roth; esa fue la primera que no sufrió las barreras invisibles o explícitas del antisemitismo, la que fue a universidades sin cuotas limitadas para judíos y además se hizo adulta en la atmósfera de emancipación y ruptura de los años sesenta, la que ya no habló yídish y se marchó muy lejos de los barrios de emigrantes a los que habían llegado sus abuelos y en los que nacieron sus padres.
El mejor Roth es el cronista de ese mundo, de las personas modeladas por ese tránsito de los tiempos y de las generaciones: los que soñaban con irse, los que se asfixiaban, los que se quedaban atrás, los que se sometían, los que se rebelaban, los que salían adelante y los que caían aplastados, los que sucumbían a la ruina o a la deshonra, los aniquilados por la pura mala suerte.
Quizás fue en La conjura contra América —la grandilocuencia del título lo hacía a uno desconfiar— donde se produjo una mutación. Por primera vez la nostalgia endulzaba lo que hasta entonces había contado sin rastro de sentimentalismo una imaginación fielmente alimentada por la claridad de la memoria. Philip Roth se tomaba el trabajo de inventar una historia alternativa en la que un presidente nazi marginaba y despojaba de sus derechos civiles a los judíos de Estados Unidos sin mencionar ni por un momento que en el país real de esa misma época muchos millones de personas eran marginados y perseguidos por ser negros, y desde luego carecían de derechos civiles. La familia, la comunidad judía, ya no eran el cogollo asfixiante del que hacía falta huir a toda prisa y fuera como fuera: ahora aparecían como los pilares de un orden protector y benéfico, de lazos firmes y valores seguros, amparado al final por los símbolos restablecidos de la legalidad americana. Los retratos de Philip Roth habían tenido a veces una crudeza y un estremecimiento como de Lucien Freud. Ahora parecían ilustraciones deNorman Rockwell.
Cuando narraba el presente, en una tras otra de sus novelas, se concentraba con un éxtasis monótono en la primacía de la enfermedad, de la ruina y la muerte. El paraíso estaba infaliblemente en el pasado. Empecé a leer Némesis y me aburrió pronto la reconstrucción demasiado evidente del Newark intacto, anterior al deterioro y a las imperfecciones de la realidad y del presente, invocado no por el flujo azaroso de la memoria sino por una pericia como de esos directores artísticos que saben ambientar tan bien las películas en los años cuarenta: la calle central del barrio con sus pequeños negocios y sus tiendas, con gente amable en las aceras, la cafetería con un jukebox en el que suena oportunamente I’ll Be Seeing You, momento que aprovecha el narrador para contarnos que era una canción muy popular en la época, etcétera.
Ahora Philip Roth dice que se retira, casi a los 79 años, que no escribirá más novelas, que ni siquiera hablará de ellas. Cómo no estar cansado a esa edad, después de tantos años de un trabajo tan asiduo, tan inmenso, tan incierto. Yo sólo quisiera que alguna vez, ya sin prisa, sin la urgencia de escribir una novela, la Gran Novela, la Gran Novela Americana, Philip Roth se deje llevar por un aire de inspiración, por la libertad y la desvergüenza y la liviandad casi póstumas de algunos grandes viejos, y nos vuelva a contar una historia verdadera y perfecta.

viernes, 19 de octubre de 2012

'Bevilacqua y Chamorro, los guardias civiles que han dado el Planeta a Lorenzo Silva' por Luís Martínez González


Una peculiar pareja más parecida a don Quijote y Sancho que a Watson y Holmes
Lorenzo Silva
Lorenzo Silva, creador de Bevilacqua y Chamorro
Aunque la narrativa policíaca es uno de los géneros más populares, sobre todo cuando se trata de una serie protagonizada por los mismos detectives –basta recordar al Holmes y Watson de Arthur Conan Doyle-, a veces el éxito obtenido sorprende al propio escritor. Algo de ello le ha sucedido a Lorenzo Silva (Carabanchel, 1966) con ya famosa pareja de guardias civiles, que le han proporcionado numerosos reconocimientos. Entre ellos, el Premio Ojo Crítico en 1998, el Nadal en 2000 y –de momento, el último de ellos- el Planetahace tan sólo unos días.
Él mismo lo reconoce cuando señala acerca de la primera novela de la saga que la escribió en treinta y cuatro días que “han sido los treinta y cuatro días más fructíferos de mi vida, porque en ellos les di forma novelesca al sargento Rubén Bevilacqua y la guardia Virginia Chamorro, que no han dejado de traerme suerte desde que nacieron”. Y es que Silva no debía estar del todo seguro del éxito de la peculiar pareja, pues continúo trabajando en el bufete de abogados donde lo venía haciendo hasta el año 2002, es decir, que lo abandonó cuatro años después de la publicación de ‘El lejano país de los estanques’, primera entrega de la serie y cuando ya habían aparecido otras dos novelas: ‘El alquimista impaciente’ y ‘La niebla y la doncella’. Además, por entonces, ya había recibido dos de los premios citados y vendido miles de ejemplares.
No obstante, tales dudas deben achacarse a la inseguridad típica del escritor, pues Bevilacqua y Chamorro son dos personajes bien construidos y con el marchamo de calar hondo en los lectores. Más parecidos a don Quijote y Sancho que a los citados Holmes y Watson –en palabras del propio Silva-, se complementan a la perfección. Rubén Bevilacqua, nacido en Uruguay hace cuarenta y pico años, es Licenciado en Psicología aunque, con buen ojo, prefirió entrar en la Guardia Civil en vez de dedicarse a la profesión que había estudiado, en la que probablemente estaría en el paro. Desde ‘La estrategia del agua’ –sexta entrega de la saga- ostenta la categoría de brigada.

Estuvo casado y tiene un hijo adolescente y, por su formación académica, se aleja bastante del tipo histórico de miembro de la Benemérita. Si bien ha perdido gran parte de su fe en la Justicia, conserva aún cierto idealismo, del que nos da idea el hecho de que, en su colección de soldaditos de plomo, sólo admite unidades pertenecientes a ejércitos derrotados, pues “cuando el arte se pone al servicio de la victoria, se convierte en algo obsceno”.
Coche de la Guardia Civil
Bevilacqua y Chamorro pertenecen a la Guardia Civil
Por su parte, Victoria Chamorro es más joven que su compañero, frente al que –como Sancho- representa lasensatez. Hemos asistido a toda su carrera, desde que salió de la academia hasta el presente, en que se ha convertido en sargento. Ella aún conserva, no obstante, la fe en la Justicia y su afición secreta es la Astronomía. Aunque bastante tímida, es práctica y decidida. Últimamente, se ha unido a la pareja Juan Arnau, guardia en prácticas bajo la supervisión de Bevilacqua, que lo hace objeto de sus ironías. Todos ellos trabajan en la Unidad Central Operativa, una división de élite dedicada a investigar los casos más difíciles.
Ya lo era el del asesinato de una joven austríaca cuyo cadáver aparece en un chalet de Mallorca, asunto de ‘El lejano país de los estanques’ (primera novela de la serie). Para averiguar que ha sucedido, Bevilacqua y Chamorro deben convivir sin levantar sospechas entre nudistas alemanes, turistas con mucha sed y mafiosos de la zona. Desde entonces, la pareja de sabuesos no ha hecho sino crecer y ganar en calidad literaria. No en balde, su última aventura, ‘La marca del meridiano’, ha proporcionado a Lorenzo Silva el Premio Planeta del presente año.
Fotos: UNED y Tjeerd.

'El reportaje cervantino de Juan José Millás' por Juan Cruz


Las moscas, en manada, son horribles. Ellas, que viven un mes, se juntan con un regocijo estremecedor cuando el sol aprieta, y en comandita actúan como si fueran inmortales. Pero una a una son otra cosa; se las llega a estimar incluso por encima de sus merecimientos y se hacen acreedoras de atenciones que sólo se pueden explicar por el afecto. Ha habido moscas, una mosca, que ha sido merecedora de una biografía. Se llamaba Catalina y vivió, como casi todas, 32 días, bajo el escrutinio afectivo del hombre que más la cuidó, el escritor Juan José Millás.

         A Millás, que ha hecho reportajes magistrales para EL PAÍS, reunidos ahora por Seix Barral en el volumen Vidas al límite, le fascinó la evolución de la mosca, de una mosca en concreto, aunque estuviera interesado en todas las moscas. Y se fue a ver a Ginés Morata, científico español muy premiado que se ha ocupado de esos insectos en los que él (y luego Millás) ven paradigmas muy precisos de la propia biología humana.
Morata fue premio Príncipe de Asturias en 2007 por esas investigaciones, entre otras, dirige el Centro de Biología Molecular y tiene una vida científica tan agitada como el vuelo de una mosca en tiempos de mucho calor. Así que le contó a Millás las generalidades fascinantes que el escritor incluyó en su reportaje, pero como tenía que irse de viaje dejó que para los detalles el escritor tuviera la asistencia, muy paciente, de Manolo Calleja, “un investigador muy bondadoso” del laboratorio de Morata.
         Para hacer la historia (que es inolvidable y breve, como la vida de una mosca) corta, señalemos a los que aún no leyeron el reportaje (y deben leerlo ahora mismo) que Millás se llevó a su casa a la mosca Catalina, acompañada por su fiel amante Pruden, con la que copuló todo el tiempo pero siempre que quiso, pues ella llevaba en ese aspecto (y en todos, me parece) la iniciativa de la pareja. Con la paciencia que él tiene, por otra parte, para contar historias bellas o extrañas, reales o fantásticas, Millás siguió las evoluciones de la mosca y de su compañero, hasta que se fueron fraguando y agotando, con una extenuante rapidez, sus respectivos ciclos vitales.
El resultado de esa contemplación es uno de los más hermosos reportajes con los que Millás ha contribuido a la historia del mejor periodismo narrativo en lengua española. Como todos los que hemos podido leer firmados por él, en todos los que se recogen en este volumen el autor de Visión del ahogado está él presente, como parte integrante del paisaje narrativo, a veces como Alfred Hitchcock y a veces como Buster Beaton, que es la presencia cinematográfica que más distingue a la mirada física e intelectual de Millás.
         Esa joya periodística no desmerece otras (es extraordinaria su visita a Pasqual Maragall, cuando el alzheimer del expresidentes catalán estaba asomando su implacable síntoma, y es inolvidable, como idea y como resultado, su episodio como ciego por un día), pero sí marca la manera de hacer de Millás como periodista y, en definitiva, también como narrador. Pues en su caso no se trata solo de escribir, aunque todos los reportajes son, en cierto modo, reflexiones sobre la propia escritura, sino de hacer partícipe al lector de la idea tal como va apareciendo hasta que llega a su ciclo final. Un poco como la propia historia de la mosca.
         Esa interpretación cervantina de la escritura le ha dado a Millás una dimensión especial como narrador. Como si tuviera que referirse a un testigo para compartir la sorpresa, este escritor que ha hecho de la paradoja kafkiana un modo de ser se ha aproximado a sucesos grandes o pequeños, desde la memoria o el olvido hasta la vida de una mosca, para demostrar que todo lo que existe puede ser objeto de la literatura (y del periodismo) si andas, como él, una hora al día sin que te perturbe otro ruido que el del cerebro pensando.
         El libro lleva un interesante prólogo del filósofo Ángel Gabilondo. Los prólogos suele ser circunstanciales. Este está muy trabajado. Dice Gabilondo: “Hay escritos que producen el efecto autor. Este libro produce el efecto Millás, gracias a que él se sitúa, como dice, ´en plan sombra`, ahora en tinta de escritura”. Tiene razón el exministro: en plan sombra, como Cervantes.

jueves, 16 de agosto de 2012

Una forma de resistencia de Luis García Montero


Título:Una forma de resistencia
Autor:Luis García Montero
Año de publicación:2012
Lugar:Madrid
Editorial:Alfaguara
Ediciones:
Una forma de resistencia


En un mundo dominado por lo material pero en el que, paradójicamente, las cosas han perdido su valor, Luis García Montero emprende, con elegancia, ironía y gran sensibilidad, este hermoso inventario. Repasa y revisa algunas de sus pertenencias, guiado por la necesidad de «tocarlas una a una, como un deseo de rebeldía, como una forma de resistencia».
«Los banqueros cuentan sus beneficios, los políticos sus votos y los poetas sus cosas. Cuentan y recuentan las cosas en las que se quedó enredada su vida. En los días de meditación y soledad, de vagabundeo doméstico, tomo conciencia de que tengo la casa llena de cosas. No se trata exactamente de que me importe tirar cosas, sino de que tengo inclinación a conservar las cosas que son mi casa. Para no confundir una fiesta con un acto de barbarie, conviene pensar lo que se desecha cuando se tira la casa por la ventana. Las cosas con capacidad de convertirse en un recuerdo suponen el deseo personal de atender a la vida, de vivir con atención, con amor.»
Pequeñas piezas sobre objetos de uso tan cotidiano que a menudo nos pasan inadvertidos… Una copa, un reloj, una butaca… enseres rutinarios y aparentemente anodinos, todos ellos cobran vida y carácter propio en este hermoso libro que puede abrirse en cualquier página.

UNA RESPUESTA A “UNA FORMA DE RESISTENCIA”

  1. Jesús Pons Dominguis dice:
    El nuevo libro de Luis García Montero es un ejemplo de cómo los poetas adquieren cierta sensibilidad hacia las realidades concretas y cotidianas que a menudo pasan desapercibidas a las miradas menos atentas ocupadas en abstracciones en ocasiones estériles.Únicamente una mirada amorosa hacia las cosas puede captar el valor de lo pequeño, de aquéllas cosas que contribuyen a facilitarnos la vida, hacerla más agradable y llevadera.Por todo ello este libro de Luis García Montero es un regalo.

lunes, 6 de agosto de 2012

'Tenebrismo satírico español' por Francisco Nieva


Tenebrismo satírico español; por Francisco Nieva
Como artista de profesión, pienso que no hay mejor evasión que el arte. Lo mismo que un fraile de la Trapa cree –y con mucha razón– que no hay mejor evasión que Dios. Yo no soy un predicador, sino de lo mío, de lo que creo que sé y pueda trasmitir a mis lectores. Por ejemplo, cómo el arte y el pensamiento español han sabido juzgar y asumir a su país,  sus circunstancias históricas y sociológicas, y en qué términos  «lo ha sentenciado». España es así y no hay vuelta de hoja. Y voy a hablar de los que considero mis maestros, a los que he querido imitar y seguir su ejemplo en cada momento. Ellos han sido mi gran alimento espiritual –como aún lo son para multitud de personas en el mundo–  y mi opinión no es otra que la suya. Opinión que le costó ocho años de cárcel a uno de los preclaros ingenios que voy a citar, entre otros, que sufrieron  el exilio y el desarraigo. Como no tengo  ganas de meterme en líos, no la voy a exponer en toda su radical crudeza. Remítanse a esos clásicos y lo verán y entenderán muy  bien.

España carga ya con una «leyenda negra», que nos tacha de crueles, fanáticos e indolentes. Sin embargo, no resulta difícil «sacarle los colores» a cualquier país y poner en evidencia su historia negra. Todos los viejos imperios la tienen. España lo ha sido y con una particularidad muy notable. Veamos: el arte y el pensamiento españoles se han hecho muy conscientes de su negrura, incluso en sus momentos de mayor influencia en el mundo. Desde Quevedo a Ortega y Gasset, desde Goya a Luis Buñuel, desde Valdés Leal a Gutiérrez Solana, nuestra negrura particular ha sido asumida, reconocida, criticada, satirizada, ironizada y «estilizada» con extremo talento y un profundo atractivo dialéctico. «Los sueños» de Quevedo, «los caprichos» de Goya, los «esperpentos» de Valle-Inclán, la películas de Luis Buñuel, arbolan una superación y aprovechamiento intelectual y artístico de nuestra negrura tradicional. Un largo catálogo de valores filosóficos, pictóricos y literarios que marcan uno de los perfiles más destacados de la cultura española en general. El «tenebrismo satírico y fantástico» de cuño español. Todo eso viene a resultar un alto ejemplo de cómo sacar «de la necesidad virtud».
Para mí, dicha leyenda no es un baldón, sino al contrario, una fuente de inspiración. Yo he nacido y me he criado en esa supuesta «España negra», y la miro como algo que me es  connatural y familiar. La llevo en la sangre. Sobre todo, si atiendo a las impresiones más inefables de mi infancia, en un castizo pueblo de la Mancha: Ante los entierros, las misas, las procesiones, los nazarenos, las corridas de toros, las enlutadas beatas, los santos, los curas, los guardias, el miedo, la risa, el estupor, la complacencia, la ensoñación... Y el disparate surrealista. ¿Cuál sería la primera impresión de Buñuel niño ante los tambores atronadores de Calanda,  «el trueno bíblico» de Aragón? 

Yo me precio de ser un dramaturgo surrealista de lo más castizo y conservador. Porque somos la cultura más premonitora y practicante de una de las vertientes más exitosas e influyentes del arte: el surrealismo. No tenemos más que comprobar que «la Edad de Oro» y «El perro andaluz» se siguen proyectando en todas las cinematecas del mundo. Me siento «surrealista y español» de nacimiento y condición, como Valle-Inclán se consideraba «católico y sentimental». ¿Somos plenamente conscientes de que el surrealismo es «la Internacional del arte»? ¿Que estamos muy por encima de partidismos políticos, venturas o desastres locales, que así como los grandes maestros del surrealismo clásico y vernáculo, ¿quién va a impedirnos que consideremos materia surrealista y kafkiana  a Rajoy, a la Merkel, al BCE, a «la prima de Riesgo» y a «la tía de Carlos»? El surrealismo hace mangas y capirotes de todo, para desvelar una verdad interior, tan cruda y tan sorprendente, como la vida misma. Eso hicieron Quevedo, Goya, Buñuel y compañía. El juicio sumarísimo sobre la identidad española, sus errores y sus horrores es, ética y estéticamente, irrebatible. Juicio y opinión a los que me sumo férvidamente. Una bella muestra de que seremos legendarios, crueles y negros, pero no fáciles de engañar, ni de engañarnos a nosotros mismos.

viernes, 20 de julio de 2012

La fuga, columna de Manuel Vicent en El País del 29/04/2012


Dado lo negro del panorama que se presenta a nuestro jóvenes, rescato esta columna que aparecióa hace unos meses en El País:


La huida de los jóvenes sin futuro, que se produce ahora, es menos psicodélica

A la hora de afrontar esta crisis económica también hay que cambiar de estética, por eso un amigo poeta ha decidido arrancar todas las flores del jardín para cultivar en su lugar tomates, pimientos y cebollas. Si la rosa fuera comestible, sería perfecta, dice Josep Pla, pero hay una secuencia de Charlot en la que este payaso toma una rosa en sus manos, la huele profundamente y después de quedar embriagado con su aroma, le echa un poco de sal y se la come. De un tiempo a esta parte muchas parejas jóvenes sin trabajo han decidido abandonar la ciudad y reconquistar la vieja casa de sus padres en el pueblo para sobrevivir cultivando una pequeña huerta, que fue en su día abandonada. En los años sesenta del siglo pasado hubo ya dos diásporas: mientras unos obreros se iban con una maleta de cartón a trabajar a Alemania, otros seres divinos celebraban una fuga más literaria impulsados por la moda del hipismo, para instalarse en una comuna en medio de la naturaleza. Los jóvenes urbanos iluminados por el resplandor de Mayo del 68, fumigados todos sus ideales por el humo de la marihuana, decidieron anidar en lugares iniciativos del planeta y hacia el Machu Pichu, Katmandú, Ibiza, la Isla Elefantina, volaban en bandadas con un libro de Ginsberg en el pico como los tordos llevan su aceituna para la travesía. La huida de los jóvenes sin futuro, que se produce ahora, es menos psicodélica, pero también se dirige en dos sentidos contrarios: unos se van con tres carreras y varios másters a trabajar en el extranjero, otros más pobres y desorientados, intentan rescatar su dignidad en la aldea de los antepasados disolviendo sus vidas entre las pequeñas cosas verdaderas, el pan candeal en la panadería, la fruta del tiempo en la frutería, el aire puro del valle, la campana en la iglesia, el sol por la mañana, las estrellas por la noche, en medio de un silencio que permite oír los ladridos de los perros del pueblo de al lado. A la hora de arrancar los rosales y jazmines para sustituirlos por cebollas, pimientos y tomates el poeta ha creído realizar un acto místico. La rosa sería perfecta si fuera comestible, pero su cultivo solo es arte, un fin sin finalidad. Tiempo habrá, si esta crisis económica se alarga, de meterla también en la ensalada.

jueves, 14 de junio de 2012

Pequeños flashes de primavera por Alba Paredes


He aquí un bello poema de mi alumna Alba Paredes de 4º B, lleno de sensibilidad y vitalismo. Gracias por enriquecer el blog con esta "sonrisa", que a tus lectores nos llena de gozo.


Ver Parque1.jpg en presentaciónTodo esto ocurrió
Alguna veraniega tarde de primavera
Ver Parque2.jpg en presentaciónAlguna cualquiera…
No recuerdo exactamente.
Unas piernas e ir de su mano cogida,
Pequeños flashes que vienen a mi mente.
El aire enredándose en mis rizos, 
Ver Parque4.jpg en presentaciónEl sol quemando mis párpados,
El balanceo en un columpio,
Impulsándome con los ojos cerrados.
Ver Parque5.jpg en presentaciónEl sabor de caramelos en mi boca, 
Manos pintadas de rotulador, 
Historietas de colegio,
El sonido de una risa de niña
Tras las mismas bromas de siempre.
El tacto de la arena
Mientras fabricabas pasteles.
Tirarse por los toboganes.
Desear que la tarde no se acabe.
Pero aunque todo finaliza, 
No perdía la sonrisa.
Ahora lavarse las manos,
Vaciar de piedras las zapatillas, 
Sentada en mi banco favorito, 
Ese en el que no me colgaban los pies.
Y vuelta para casa,
Toda cansada y acelerada, 
Seguía mi paseo sonriente.
La alegría superando el nivel de mi frente.
Será esa la causa de que me pregunten:
“¿Qué tal lo pasaste, cielo?”
Y la respuesta sale sola:
“Genial, gracias por la tarde,” 
Y, “te quiero”

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