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lunes, 6 de agosto de 2012

'Tenebrismo satírico español' por Francisco Nieva


Tenebrismo satírico español; por Francisco Nieva
Como artista de profesión, pienso que no hay mejor evasión que el arte. Lo mismo que un fraile de la Trapa cree –y con mucha razón– que no hay mejor evasión que Dios. Yo no soy un predicador, sino de lo mío, de lo que creo que sé y pueda trasmitir a mis lectores. Por ejemplo, cómo el arte y el pensamiento español han sabido juzgar y asumir a su país,  sus circunstancias históricas y sociológicas, y en qué términos  «lo ha sentenciado». España es así y no hay vuelta de hoja. Y voy a hablar de los que considero mis maestros, a los que he querido imitar y seguir su ejemplo en cada momento. Ellos han sido mi gran alimento espiritual –como aún lo son para multitud de personas en el mundo–  y mi opinión no es otra que la suya. Opinión que le costó ocho años de cárcel a uno de los preclaros ingenios que voy a citar, entre otros, que sufrieron  el exilio y el desarraigo. Como no tengo  ganas de meterme en líos, no la voy a exponer en toda su radical crudeza. Remítanse a esos clásicos y lo verán y entenderán muy  bien.

España carga ya con una «leyenda negra», que nos tacha de crueles, fanáticos e indolentes. Sin embargo, no resulta difícil «sacarle los colores» a cualquier país y poner en evidencia su historia negra. Todos los viejos imperios la tienen. España lo ha sido y con una particularidad muy notable. Veamos: el arte y el pensamiento españoles se han hecho muy conscientes de su negrura, incluso en sus momentos de mayor influencia en el mundo. Desde Quevedo a Ortega y Gasset, desde Goya a Luis Buñuel, desde Valdés Leal a Gutiérrez Solana, nuestra negrura particular ha sido asumida, reconocida, criticada, satirizada, ironizada y «estilizada» con extremo talento y un profundo atractivo dialéctico. «Los sueños» de Quevedo, «los caprichos» de Goya, los «esperpentos» de Valle-Inclán, la películas de Luis Buñuel, arbolan una superación y aprovechamiento intelectual y artístico de nuestra negrura tradicional. Un largo catálogo de valores filosóficos, pictóricos y literarios que marcan uno de los perfiles más destacados de la cultura española en general. El «tenebrismo satírico y fantástico» de cuño español. Todo eso viene a resultar un alto ejemplo de cómo sacar «de la necesidad virtud».
Para mí, dicha leyenda no es un baldón, sino al contrario, una fuente de inspiración. Yo he nacido y me he criado en esa supuesta «España negra», y la miro como algo que me es  connatural y familiar. La llevo en la sangre. Sobre todo, si atiendo a las impresiones más inefables de mi infancia, en un castizo pueblo de la Mancha: Ante los entierros, las misas, las procesiones, los nazarenos, las corridas de toros, las enlutadas beatas, los santos, los curas, los guardias, el miedo, la risa, el estupor, la complacencia, la ensoñación... Y el disparate surrealista. ¿Cuál sería la primera impresión de Buñuel niño ante los tambores atronadores de Calanda,  «el trueno bíblico» de Aragón? 

Yo me precio de ser un dramaturgo surrealista de lo más castizo y conservador. Porque somos la cultura más premonitora y practicante de una de las vertientes más exitosas e influyentes del arte: el surrealismo. No tenemos más que comprobar que «la Edad de Oro» y «El perro andaluz» se siguen proyectando en todas las cinematecas del mundo. Me siento «surrealista y español» de nacimiento y condición, como Valle-Inclán se consideraba «católico y sentimental». ¿Somos plenamente conscientes de que el surrealismo es «la Internacional del arte»? ¿Que estamos muy por encima de partidismos políticos, venturas o desastres locales, que así como los grandes maestros del surrealismo clásico y vernáculo, ¿quién va a impedirnos que consideremos materia surrealista y kafkiana  a Rajoy, a la Merkel, al BCE, a «la prima de Riesgo» y a «la tía de Carlos»? El surrealismo hace mangas y capirotes de todo, para desvelar una verdad interior, tan cruda y tan sorprendente, como la vida misma. Eso hicieron Quevedo, Goya, Buñuel y compañía. El juicio sumarísimo sobre la identidad española, sus errores y sus horrores es, ética y estéticamente, irrebatible. Juicio y opinión a los que me sumo férvidamente. Una bella muestra de que seremos legendarios, crueles y negros, pero no fáciles de engañar, ni de engañarnos a nosotros mismos.

viernes, 20 de julio de 2012

"Con ingenio" por Francisco Nieva


El arte nunca está en crisis, si no está en crisis la imaginación. Hay épocas de abundancia en las que el arte se vuelve acomodaticio y ramplón. Y por el contrario, derrotas históricas que estimulan a una insospechada  renovación. ¿Se puede  hacer un buen teatro, un gran teatro con un presupuesto insuficiente y cicatero? ¡Pues claro que sí! Se puede ahorrar en todo, menos en esa dichosa imaginación. Un teatro corto de medios y largo de ingenio. Ahora bien, si el personal farandulero – que es el responsable - no es pagado lo suficiente para vivir con la debida modestia: actores autores, directores, y una justa plantilla de técnicos, que Rajoy ajuste sus cuentas suprimiendo el teatro. Si no se tiene dinero para pagar con justicia al ingenio, el ingenio emigra, se va a otra parte. Yo solo afirmo que el teatro ahorrativo en medios suntuarios y decorativos siempre es posible y hasta descubridor de nuevos atractivos. También en el teatro salimos de un tiempo de esplendor materialista ruinoso, pero no vale exagerar. Se puede hacer teatro con poco, pero no “con nada”. 

La cuestión queda así planteada: El combustible, la materia prima en el mundo del arte son la imaginación y el genio, y hay que pagar a  los ingeniosos e imaginativos, como se paga la gasolina. Un gobierno en apuros, como el nuestro, que tiene que pasar por la vergüenza de parecer tiránico, tendrá que tomar internas y exigentes medidas para enterarse en profundidad de los mecanismos prácticos y teóricos, artísticos  y literarios que son la mente y el corazón que mueven el teatro. Para lo cual, cualquier funcionario – por concurso o a dedo – jamás estuvo preparado. 

Pero este es ahora su problema, en cuestión de recortes prácticos. Que se enteren primero y recorten después, con la suficiente y justificable equidad, el mejor modo de que lo asuma la muy sufrida profesión. Pero, dada la situación presente, dichos funcionarios culturales tienen que ponerse a estudiar. Y que nos comprendan. 

Que el propio ministro sueñe con ser director de escena y en cómo se las puede valer para hacer un teatro de calidad con muchos menos medios.  En cómo demostrar su buen gusto, su selectividad artística y técnica, su capacidad de sugestión para unificar a un plantel de actores. Que sueñe con hacer ese esfuerzo y, en la realidad, se prepare para demostrar que bien puede hacerlo. Dejaría convencidos a muchos. “A grandes males, grandes remedios”.

lunes, 2 de julio de 2012

La generación a la que Juan Ramón Jiménez denostó


  • La publicación de su correspondencia revela su rechazo a la generación del 98
  • "Baroja me parece que está bien ya para estudiantes", dice en una carta
  • Azorín, D'Ors, Gómez de la Serna o Pérez de Ayala recibien ácidas críticas
El Premio Nobel Juan Ramón Jiménez rechazó, en su correspondencia particular, de la que la Residencia de Estudiantes ha publicado un segundo tomo, "Correspondencia II", pertenecer a la Generación del 98, a la que denostó en numerosas misivas, en las que también criticó a los escritores de su época.
Juan Ramón, en Madrid.
Juan Ramón, en Madrid.
"Dejemos eso para los viejos del todo, para los académicos ya sentados en su poltrona eterna, para los laureados en seco, para esos tontos caídos, en suma, de esas jeneraciones del 98 y siguiente, a ninguna de las cuales (...) tengo el mal gusto de pertenecer" escribió, a sus 45 años, a Ernesto Giménez Caballero.
También sobre el 98, en 1921, al pintor Juan Echevarría, le escribe:"Yo no tengo nada que ver, además, con ese montón estético-social-náufrago que llaman jeneración del 98", y cinco años más tarde, a Ricardo Baeza: "A mí me da dolor de estómago sólo de pensar que mi poesía tenga nada que ver con el consabido 'desastre'".
En otra carta a un amigo en 1920 dice: "Baroja me parece que está bien ya para estudiantes; Pérez de Ayala, para viejos secos; y Gómez de la Serna no acaba de poder por mucho que quiera", mientras que en 1923 le dice al escritor mexicano Alfonso Reyes: "Canero y Moreno Villa, que han venido descendiendo día tras día, hasta llegar a significar uno lo plebeyo (...) y el otro, la suprema sordidez".

Azorín, el 'amigo de otros días

La peor parte se la llevan Eugenio d'Ors y Azorín, a quien Juan Ramón Jiménez escribe directamente encabezando sus cartas como "Amigo de otros días" y las firma como "su ex amigo", y a quien le dice sobre sus obras recientes: "Lo que hoy hace usted, teatro, cuento, es una desagradable sopa vieja en donde las hierbas secas de Maeterlinck se enredan con la pasta rancia del majadero de Pirandello".
"Da verdadera pena ver cómo desteje usted su obra y su nombre. Porque con sus necedades de estos últimos tiempos no consigue sino echar antipatía, desdén y asco sobre lo mejor de su vida antigua", le dice a Azorín en el encabezamiento de esa misma misiva.
En Carta dirigida a Eugenio d'Ors, el poeta onubense se queja de ser objeto de crítica en sus artículos de prensa y después de llamarle "gandul, perezoso farsante" le escribe: "parece usted uno de esos tristes cómicos viejos que van de tablado en tablado adulando desvergonzadamente a quien les paga".
"Yo soy un poeta de deleite -y usted un periodista de mercado- (...) Ahora ya puede usted atacarme directa y claramente -superficial, lijero, desecho 'articulista' catalán-", concluye el poeta su carta a Ors. "Qué vergüenza repetida los artículos tontos de Azorín y los tomos vacíos de Ors:facilidad, repetición, amaño", escribe en otra carta de esos mismos años a un amigo.

Árida respuesta a Buñuel y Dalí

A una carta impertinente de Dalí y Luis Buñuel en que califican de "merde" su 'Platero y yo', el poeta de Moguer también recurre al insulto en su contestación llamándoles "manfloritas".
En los años veinte, era mucho más indulgente con los escritores jóvenes que con los mayores, y a Waldo Frank le escribe en 1924: "Me pregunta usted por la juventud actual española. Le voy a decir: nunca tan hermosas plantas. Vale más que la francesa, es menos 'virtuosa', pero mucho más pura; más idealista, más severa. Los ya maestros: Salinas, Guillén, Espina".
Un afecto que se multiplica al pasar de los jóvenes a los niños, a juzgar por lo que escribe a una amiga en 1927: "Tengo mis mejores amigos entre los niños, y con ellos paso ratos felices e inolvidables, que me compensa de Ñotros! y se llevan en el agua pura y fresca de la sinceridad las sombras de los engaños de cada día".

Andalucía por bandera

De su amor por Andalucía, el poeta deja constancia en una carta a Isabel García Lorca, en 1924: "Mi porvenir, como mi pasado, está en Andalucía y sólo Andalucía. Los andaluces tenemos que quererla tanto que por nosotros se derrame en todo el mundo, no universalizándose ella -para tu hermano Federico el conmovedor- sino andalucizando nosotros el mundo entero".
Este segundo volumen del 'Epistolario' recoge cientos de cartas escritas entre 1916 y 1936 y ha sido editado por Alfonso Alegre Heitzmann, especialista en la obra del Nobel onubense, quien ha escrito para la ocasión una introducción que supera el centenar de páginas.

martes, 12 de junio de 2012

Literatura entre barrotes



La novela carcelaria vuelve a las librerías con clásicos recuperados del siglo XX

  
La  terrible experiencia del encierro, narrada en primera persona, consigue una literatura de alto voltaje para el lector
La terrible experiencia del encierro, narrada en primera persona,
consigue una literatura de alto voltaje para el lector - Foto: Archivo
   
           
Carlos Sala - BARCELONA- La Razón

 Según los manuales, la cárcel tiene dos objetivos esenciales. El primero, por supuesto, el punitivo, ese que dicta que si has hecho algo malo, has de pagar. El segundo, menos obvio, es la reinserción, algo así como si te has desviado del camino correcto, aquí aprenderás a ser como los demás y volver a la sociedad como nuevo. Y luego está la experiencia in situ de vivir entre barrotes, y aquí no hay manuales que valgan, sólo un único vértigo, incomprensible para todo el mundo si no fuera por algunos grandes escritores encerrados han sido capaces de explicar su vivencia.

De San Quintín al Gulag
Las editoriales parecen haberse puesto de acuerdo para rescatar en las últimas semanas grandes clásicos de este subgénero literario, que desde Memorias del subsuelo, de Dostoievski a El hombre de Alcatraz, de Tomas  E. Gaddis han alcanzado grandes cotas, tanto artísticas como, sobre todo, humanas. Sajalín Editores acaba de publicar En el patio, de Malcolm Bradly, que nos lleva al interior de la célebre San Quintín, lugar en el que el autor entró y salió por pequeños delitos durante 20 años hasta que a los 40 se cansó y escribió esta novela. Sin caer en la truculencia y los grandes dramas, Bradly nos lleva a la vida íntima y cotidiana del preso común a través de la figura de Hielo Willy, una especie de padrino de toda la cárcel y sus artimañas para mantener el servilismo del resto de presos, cada uno un personaje que se merecería una novela para sí solo.
En el otro extremo del mundo, Gustav Herling-Grudzinski escribió en Un mundo aparte (Libros del Asteroide) su experiencia en las prisiones de la Rusia de Stalin. Estuvo dos años encerrado en el campo de trabajo de Arkangelsk, Gulag que va más allá de lo escrito por Alexander Solzhenitsyn en Un día en la vida de Ivan Denisovich. En este caso, no hay descanso para el horror, del frío al hambre pasando por la vejación.
Otro nombre mítico de la literatura carcelaria es el irlandés Brendan Behan, encerrado en su juventud por formar parte del IRA. Su novela autobiográfica Borstal Boy todavía está inédita en nuestro país, pero la editorial Marbott Ficción acaba de recuperar sus anecdotarios Mi Nueva York y Mi Isla, dos obras maestras de la digresión y el humor en las que analiza su estancia en la ciudad de los rascacielos y los paisajes más grotescos de su Irlanda natal. Borracho perdido, nunca dejó de beber hasta su muerte, pero su paso por la cárcel sí pareció ser un ejemplo de reinserción.
Lejos de la prisión, pero con la misma sensación de encierro, están las novelas que reflejan el internamiento en un centro psiquiátrico. Duomo ha traducido por primera vez al castellano la mítica novela Desventuras de un fanático del deporte, de Frederick Exley, una especie de memorias ficcionadas en las que explica, además de su frustración y odio al mundo, su paso por manicomios y sus tratamientos con electroshock e inyecciones de insulina. Lo mismo se podría decir de la australiana Janet Frame, que Seix Barral ha recuperado sus mejores obras.
Dentro de la ficción, hay obras maestras desde Falconer, de John Cheever a El conde de Montecristo, de Dumas, pasando por los cuentos de Stephen King, Campo de concentración, de Thomas M. Disch o Madre Noche, de Kurt Vonnegut.


Tres autores de referencia
En Diario de un Ladrón habló de sus andanzas por el Barrio Chino barcelonés y no precisamente de turismo. El Macba ahora le añade en una exposición. Sobre la cárcel, hay que leer El milagro de la rosa.
Los campos de concentración nazi son un subgénero del horror en sí mismo. El escritor italiano les dedicó una terrible trilogía con Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados.
Quentin Tarantino le dio un pequeño papel en «Reservoir Dogs». Este criminal reinsertado en novelista firmó una obra maestra carcelaria con La fábrica de animales (Sajalín).


Escritos dentro de la cárcel
El Quijote Cervantes mismo explica que su célebre libro empezó a escribirse en prisión.
La muerte de Arturo La crónica de las leyendas artúricas de Sir Thomas Malory se escribieron en la cárcel.
De Profundis Oscar Wilde lloró y escribió esta obra maestra en la cárcel.
Justine El Marqués de Sade escribía en un papel higiénico en la Bastilla.
Progreso del peregrino John Bunyan estuvo encerrado doce años en la cárcel de Bedford y allí escribió esta alegoría cristiana.


- Un mundo aparte
Gustav Herling-Grudzinski
El escritor polaco fue encerrado en el Gulad de Arkangelsk a finales de los años 40. Desde entonces, de Bertrand Russel a Albert Camus han reivindicado su talento e humanidad.
- Desventuras de un fanático de los deportes
Frederick Exley
De profesor que odia a sus alumnos a publicista a escritor frustrado y, entre medio, encierros en manicomios y una obsesión por los Gigants de Nueva York.
- En el patio
Malcolm Braly
Nadie había descrito la vida dentro de una gran prisión americana como este ladrón juvenil de poca monta que entró y salió de San Quintín durante 20 años. Publicada en 1967, Truman Capote y Kurt Vonnegut cayeron rendidos a sus pies.

sábado, 14 de abril de 2012

María Moliner, la mujer detrás del diccionario


María Moliner


La autora del Diccionario de uso del español, nacida en una familia rural, no obtuvo reconocimiento en vida a pesar de una carrera brillante. Una biografía la recupera del olvido.
No hacía mucho tiempo, las mujeres podían entrar a las bibliotecas como a los museos: a mirar, no a estudiar. Esa era la herencia que recogía María Moliner (Paniza, Zaragoza 1900-Madrid 1981), o peor aún: la de la España rural, la de una familia a la que el padre abandona cuando María tiene 14 años, una curiosidad infinita y el hondo aprendizaje de la solidaridad. «Fue un hito y una mujer pionera en el siglo XX. Pero tiene un perfil humano más allá del profesional que la convierten en un ejemplo», dice Pilar Rubio, autora de «Vida de María Moliner», una biografía divulgativa de la filóloga y lexicógrafa.

El maestro era esencial

«El diccionario por el que todo el mundo la conoce no es sino la punta del iceberg de la pasión que sentía por las palabras, que fue amalgamada a lo largo de los años. En ella influyó el contacto con la Institución Libre de Enseñanza, que incorporaba una nueva forma de ver la vida y los profesores Américo Castro y Bartolomé Cossío, que le enseñaron el aprendizaje de la solidaridad». También aprendió que la regeneración de España tenía que venir a través de la cultura, pero claro, en los sitios rurales, donde no había otros medios que las autoridades, el maestro era fundamental. «Bebió en la fuente de Cossío, fue profesora particular para contribuir a la economía familiar tras el abandono del padre, y en esos años tuvo otro contacto decisivo con el Estudio de Filología de Aragón, que fue un hallazgo decisivo porque le permitió aprender a hacer fichas y a estar en permanente contacto con el habla. Fue un trampolín», dice su biógrafa, en el volumen que publica la Asociación matritense de Mujeres Universitarias.

«Las condiciones adversas desde la infancia la hicieron una mujer responsable. Procedía de una familia liberal, de médicos rurales, con aprecio por el conocimiento. Sus primeros trabajos como bibliotecaria le hacen valorar la socialización de la cultura y los conocimientos. Y es consciente de que hay una edad en la que a los niños les gusta mirar las constelaciones y mirar al cielo,  así que no se olvida de que puede hacer mucho por los niños de las personas humildes. Y profundiza en el papel y las posibilidades del libro». Su participación en el Plan General de Bibliotecas del Estado, que fue admirado en Europa, así lo atestiguan. Pero fue un plan del Gobierno de la República. «En una Guerra Civil es ‘‘o conmigo o contra mí’’, así que al terminar la contienda fue degradada 18 puestos en la escala del funcionariado, y a su marido le retiraron la cátedra», explica esta investigadora y editora. Su ideología, como era sobradamente conocido, era de izquierdas.

Un trabajo titánico

Fue destinada a la Biblioteca de Ingenieros y tuvo que renunciar a sus sueños de fundar una Escuela Cossío. Con sus ilusiones truncadas, para muchos, esta situación habría sido el final. No para María Moliner, determinada como pocos. Javier Tussel definió esta medida del régimen franquista como el «suicidio cultural» de España, pero «ella pensó: ‘‘No voy a permitir que todo lo que he hecho se quede en el silencio y el vacío’’. Y empezó a redactar las fichas». Durante 15 años muy duros, trabajando tras la «niebla de silencio» que le impusieron, como describe la autora. «Se le ha llamado el ‘‘diccionario de la soledad’’. Aunque es verdad que tuvo una ayuda muy importante en Mari Ángeles de la Rosa». Sin embargo, la ambición de Moliner era conseguir una obra universal, que incluyera arcaísmos, que incorporase las familias léxicas y ningún cabo suelto. Se le fue de las manos, no creía que tardaría tanto. Su perfeccionismo tampoco ayudó a apremiarse. «Ella era una máquina de redactar pero es una labor enorme. Yo he corregido un diccionario con un equipo de gente y métodos modernos y cuando llegas a casa ves asteriscos y puntos en el aire. No me puedo imaginar qué fue aquello», cuenta Rubio.

 Finalmete lo logra. «Creo que se puede decir que el día que vio el diccionario editado fue el más feliz de su vida». Luego llegaría su veto a la entrada en la Academia, pero ya no sufrió por eso. «No estaba como para interpretarlo y padecerlo como una ofensa. Corrigió su diccionario mientras tuvo capacidades. Cuidó de su familia, en especial de su marido, que estaba muy enfermo. A los suyos les dijo que era mejor, porque no podría compaginar los cuidados de su esposo con su hipotético trabajo en la RAE». 

«Para mí es un modelo de mujer tanto en lo humano como en lo  profesional.  Y creo con sinceridad que la muerte de María Moliner significó su resurrección», dice la autora de su biografía. Tras su fallecimiento, Moliner recibió muchos homenajes públicos, incluido un artículo de García Márquez. «Pero  ¿por qué no en vida? Este libro y los actos que se hagan me ilusionan, porque en vida nunca tuvo ese reconocimiento».

Hombres, machismo y la Academia

Moliner se casó con Fernando Ramón Ferrando, un hombre de ciencias tolerante y culto «al que le unía el amor y las inquietudes intelectuales». Al final de su vida, quedó ciego y Moliner le leía el periódico. Se volcó en sus cuidados. Cuando la propusieron para la RAE tenía 72 años y se preguntó: «¿Qué discurso voy a hacer yo, si lo único en mi vida ha sido remendar calcetines?». «Vaya ironía», dice la biógrafa. No fue elegida académica por el machismo de la época, más o menos explícito. «Aunque Antonio Alarcos también lo merecía. Así que Moliner dedicó lo que le quedaba a cuidar a su marido. Ya no iba a sufrir».

jueves, 4 de noviembre de 2010

Buena literatura mala

3 Noviembre 10 - - Francisco Nieva, de la Real Academia Española



 
A veces los libros que pasan a la historia primero son despreciados

Quien no conozca a fondo la mala literatura, no sabe muy bien cuál es la buena. Los grandes lectores y críticos «lo han leído todo». Quiero decir que han leído con atención buena y mala literatura de todos los géneros. En el área de la literatura de ficción,  de viajes, de la difusión histórica y científica, de propaganda comercial, incluso octavillas y panfletos políticos


Fiémonos de ese buen lector, que nos asegura que «Justine» y otras muchas cosas del marqués de Sade, a pesar de su mala fama y el manifiesto rechazo de la Iglesia, son  literatura buenísima. No tiene en cuenta el contenido vitriólico, sino su forma, su planteamiento y desarrollo imaginativos. En el método comparativo, se le puede citar como premonitor del surrealismo y de las novelas de Kafka. Démosle al César lo que es del César. Y aún somos más justos si advertimos que la pornografía de Sade ya no es atrayente, sino algo momificado, arqueológico, museal, carente de «glamour», que puede provocar, incluso, un rechazo instintivo. Pero objetivamente, por pudibundos que seamos, tendremos que reconocer su extraordinario valor formal y la construcción de «un mundo aparte», que es lo que distingue a los más grandes escritores, Poe, Stevenson, Proust, Henry James…

En la literatura popular, considerada en general como mala –o simplona–, se encuentran cosas que hacen dudar bastante de si no son nada o son muchísimo. El cuento popular, por desmañado y torpe que se muestre, tiene un encanto literario del que carecen por completo los libros más serios.

En este terreno, sí que entramos en un problema sin duda peliagudo. Lo popular es fundamental tanto para un aficionado, un crítico o un profesional. ¿Qué han leído en el siglo XIX y XX las clases más humildes y poco instruidas, con el empeño de instruirse y enterarse de lo vario y complejo que es el mundo, aquellos que yo veía leer a las criadas en mi hogar desahogado y burgués? Un día me acerqué a una tata encantadora, joven y vivaracha, que leía con tremenda avidez un libraco de pastas duras. «¿Qué lees?» le pregunté. Ella levantó la vista, como alucinada y me contesto con vehemencia: «Tiene otro tomo». ¿Qué quería decir con aquello? Que su lectura era para ella tan interesante y gratificante que aún tenía un tomo en reserva, para prolongar aquella dicha. Lo  que estaba leyendo era un ilustre folletín de dichas y calamidades, era «El cura de Aldea», de Pérez Escrich. Para siempre me conmovió aquella chica, me conmovieron todas esas personas humildes que trabajan y leen con avidez una literatura que se considera menor y muchas veces no lo es. El folletín decimonónico ha sido un gran ornato de la literatura, aunque para muchos de sus adventicios lectores de la clase obrera fueran repeticiones simplificadas y de segunda mano. La más grande literatura narrativa se hubo de publicar en folletines periódicos, en todas las rotativas de la época. Las más impresionantes novelas de Dickens y Balzac. Aparecieron paradigmas de buena literatura popular, como «El judío errante» o «Los misterios de París».

El refrito

Pero también sucedió algo que, en la actualidad, hace que el folletín y «lo folletinesco» se mencionen con una intención peyorativa. Se convirtió en un negocio editorial, como un servicio lúdico, destinado a las clases más humildes. Y aquel «Cura de aldea» era un refrito simplificado  de «Le curé de Tours», de Balzac. Y así se hicieron otros refritos puerilizados y explotadores de lo sentimental y lo horroroso. Hubo editores que lo hicieron con auténtica saña explotadora, y sus publicaciones han servido, luego, de risa  y sarcasmo.

Bien es cierto que entre aquellos industriales que se «forraron» figurara Alejandro Dumas, el autor de «Los tres mosqueteros», pero tampoco éste dejó de hacer chapuzas comerciales. Se rodeó de «negros» y publicó su curioso «Viaje a Rusia», donde jamás puso los pies. En suma, la literatura buena y la mala tienen una frontera tan difusa, que hay que andar con mucho cuidado para saber dónde ponemos los pies.

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