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domingo, 26 de febrero de 2012

“El español está estigmatizado y contaminado en Estados Unidos”



Se veía en paz de vuelta al estudio de la lengua cuando le llamaron para ocuparse del Instituto Cervantes
Su labor en la Real Academia Española le avala como gigante en la política del español


Aquí da algunas claves de lo que será su mandato.



JESÚS RUIZ MANTILLA - El País
Perseguido por los vericuetos y las batallas públicas de la lengua, Víctor García de la Concha no ha podido refugiarse tampoco en la paz de la propia lengua. Entre el estudio, la enseñanza y la política de la misma se ha movido toda la vida. Como profesor en varios institutos, en diversas universidades y, después, como impulsor de la expansión universal del castellano al frente de la Real Academia Española (RAE).

A los 78 años, creía haber cumplido con creces su labor pública y deseaba adentrarse en el estudio profundo de un canon literario propio. Pero de nuevo recibió una llamada para ponerse al frente del Instituto Cervantes después de que Mario Vargas Llosa rechazara el ofrecimiento. Le cortaron la retirada. ¿La razón? Impulsar lo que será la gran máquina de la cultura con el Gobierno del PP. Atraer a los países hispanoamericanos en un frente común que coloque al español en su posición de dominio lingüístico global junto al inglés.

No podía decir que no. Si alguien ha impulsado las alianzas con los países de habla común, en lo que definió como la acción panhispánica, ha sido él. Ahora debe encargarse de aunar esfuerzos y no crear fricciones. Nadie como un hombre de concilio que presume de conocer y aplicar a fondo en la política y en la vida la diplomacia vaticana.

Ha llegado usted a lo que denominan el buque insignia de la cultura y resulta que tiene que cambiar el rumbo. Virar hacia el mundo hispano, ese al que se le ha dado tanto la espalda desde el propio Cervantes. Hay que virar, pero eso no implica que lo que se haya hecho hasta ahora estuviera mal. Me alegré de que al día de mi toma de posesión acudieran los cinco directores precedentes y quiero que figuren en el patronato. Cada uno ha trabajado bien y ha hecho su labor. Aquí hay mucha gente que cumple su cometido sin medios y vocacionalmente. Esta institución ha crecido a base de entusiasmo, echándose a la aventura, y esto no se puede perder. Si nos limitáramos a dar clase, estaríamos haciendo un pan como unas tortas. Lo que ha logrado el Cervantes en 20 años, comparado con otras instituciones que llevan 100 o 70 años en activo, como el Instituto Francés o el British Council, es mucho.

Aun así, hay que virar. Bueno, ligeramente.

No, bastante, mucho incluso. Bien, pero sin desatender lo que tenemos y sin perder de vista que el tiempo no nos deja.

¿Por qué? Pues para expandirnos a determinadas zonas como África, sobre todo el sur del continente, o India.

Pero no hay dinero. Hay que pensar en una presencia que a lo mejor no requiera centros, medios como el centro virtual Cervantes, aulas de nuestra marca en las universidades. Por eso urge pensar, ser imaginativos y apoyarnos en lo que tengamos, en empresas también, porque esa carrera no consiente aplazamientos. Si tardamos 15 años en llegar, el campo estará tomado.

No se había contemplado hasta ahora el mundo hispánico dentro del Cervantes como una sinergia, más bien se le ha visto como una competencia. La palabra competencia en ese sentido es absurda.

Pero así se había visto. Bueno, no creo que se haya concebido así del todo. Veamos un frente común: Estados Unidos. Nosotros tenemos allí tres centros y medio. México tiene varios. Lo que debemos hacer es establecer una alianza con ellos por una razón muy sencilla. El español allí tiene un problema común. Está contaminado, estigmatizado por considerársele vinculado a una lengua de inmigrantes que plantean problemas. Debemos emprender una labor de cambio de mentalidad en ese sentido.

Para empezar, en el reparto eurocéntrico a lo largo de sus 20 años, ¿no hubiese sido mejor centrarse en lugares donde existía una demanda real acelerada, como Estados Unidos? ¿No es tarde? Europa y el norte de África ya están básicamente atendidos. Porque se ha hecho eso podemos pensar en otros frentes. Me decían que si se abrieran 50 centros en Estados Unidos, se llenarían. Ahora no hay capacidad económica, en la época de Moratinos se habló de 10. ¿Por qué no nos unimos con México? Es lo que yo propongo. Hay disposición de ellos para colaborar. En el Gobierno y la Academia Mexicana. Me han trasladado su intención de hacerlo, de empezar a hablar de eso. Consuelo Saizar, ministra de Cultura, y Jaime Labastida, director de la Academia, llamaron el día que se conoció mi nombramiento. Urge porque el problema de esa estigmatización en la sociedad de Estados Unidos hay que abordarlo juntos, no podemos hacerlo solos.

La acción cultural, en ese sentido, ayuda a limpiar. Sí, y más si se realiza de la mano. Llevamos 20 años, no es cuestión de flagelarse, pero es necesario buscar esas nuevas alianzas, sobre todo ahora que ellos tienen economías emergentes.

De todas formas, esa visión del pasado que tiene usted sobre el Cervantes resulta leal con la institución, pero la realidad, en comparación con sus competidores que cuentan con presupuestos en ocasiones 10 veces mayores, es que esto era un hijo pobre del Estado. Nadie tenía fe en su potencial. Yo no lo creo.

Usted, cuando era director de la Real Academia, ¿no tenía la pesada sensación de que era necesario convencer a los Gobiernos para que creyeran con más fuerza en las posibilidades del español? Voy a ser sincero. Desde el Gobierno de Felipe González hasta ahora, no. La Academia fue muy pobre en épocas anteriores. No sé cómo pudo sobrevivir. A Fernando Lázaro Carreter le tocó, para empezar, reconstruir el edificio. Desde esos tiempos, cada vez que la RAE ha pedido algo, dentro de las posibilidades pudimos ir viviendo. Pero por encima de todo eso, hay que decir, estaba y está el apoyo del Rey, que eso lo tiene más que claro. Ha cruzado con nosotros el océano para asistir a congresos y reuniones, y en eso está más que volcado.


¿Cuántas veces ha sobrevolado usted el Atlántico? 50 veces. Y cada una de ellas he visitado al menos dos o tres países. Pero no solo fui yo, sino que desde entonces empezaron a venir ellos. No hay nada como entrar a casa del interesado, todo empieza y termina en personas. He hecho amigos fraternos. Como reza el dicho asturiano: Dios y el cuchu, pueden muchu. Pero sobre todo el cuchu. Lo personal, tocarse, es importante.

¿Y cuántos le quedan por hacer? Tiene usted un aspecto envidiable, ya ha cumplido 78 años y eso se notará. Yo se lo dije honradamente al ministro Wert cuando me llamó: “Vamos a ver, yo ya tengo 78 años…”. “Pero muy bien llevados”, dijo. “Bueno, de momento…”.

Se había reorganizado la vida. Había terminado mi mandato académico. Yo tengo la gran suerte de dedicarme a algo que me gusta tanto que para mí no es trabajo. Había recuperado el espacio de la escritura, de la reflexión, salir a caminar, cosa que sigo haciendo todos los días. En fin, me llamó el ministro y le dije lo primero lo de la edad y acepté sin tener en cuenta los comentarios de los que me alertan: ¡Cómo has aceptado! ¡Te nos vas a quedar en un aeropuerto!”.

¡Hombre, por Dios! Toquemos madera. Lo que es cierto es que esa vida que usted había recuperado ha saltado por los aires. Ni me planteo arrepentirme. Los amigos me aconsejan dedicarme a la filología primera, a las academias literarias renacentistas desde las que pretendíamos aprender el renacimiento de otra manera. Explicándolo desde la perspectiva de los autores que tenían el Epithetorum opus, de Ravisius Textor, un diccionario de epítetos en los que se encontraban referencias a los clásicos y que usaban Fray Luis, Lope de Vega…

Para copiar… Para asimilar. Era la labor de la abeja para ellos. Pero, en fin, en lo que yo me estaba ocupando ahora es en realizar mi canon de la literatura. Y consiste en volver a leer ciertas obras con apoyo en la bibliografía última, que yo ya no alcancé a estudiar a fondo. ¡Lo feliz que yo he sido estos meses! Con esa relectura apoyada en estudios que han hecho alumnos nuestros. He prometido a mis amigos que no iba a dejar eso. Que voy a organizarme de manera que reservaré unas horas para mi canon.

Difícil lo veo. Bueno, como habrá un secretario general en el que se pueda descargar buena parte del trabajo y eso viene bien para la causa, aprovecharé.

Lo que ocurre es que, como usted está acostumbrado a meterse a fondo en las cosas que hace, me da la sensación de que delegar le es complicado. No, no. Precisamente porque me conozco, en el cambio de reglamento aplaudí la idea de especificar las acciones que corresponden al secretario general. No se imagina con qué detalle hemos puntualizado todo.

Aun así, tendrá tentaciones. ¿Las controlará? ¿Por qué? ¿Porque tengo fama de presidencialista?

Bueno, lo ha sido en la Real Academia. Lo fui, cierto. Y me confesaba en las juntas de Gobierno y en las comisiones. Les decía: “Vosotros sabéis que yo soy un director presidencialista”. Y me contestaban: “Por eso te hemos elegido”.

Eso tranquiliza bastante a quienes están debajo. A mí me lo contagió Fernando Lázaro Carreter. Él tenía un temperamento fuerte. Cuando le afectó un ictus, me dijo que tenía que dejarlo, y yo le convencí de que no podía porque sin esa labor sería peor para él. Me comprometí a ayudarlo a fondo y le aseguré que no haría nada sin consultarle. Él me contagió ese presidencialismo. Pero ahora no, ahora esto tiene que ser distinto, en primer lugar porque el Cervantes cuenta con una estructura distinta, con unos jefes de área más que competentes. Ahí va a estar el secretario general, y yo me dedicaré a fondo a la labor institucional.

De lo que no cabe duda es de que usted forja lealtades, porque era impactante observar a sus compañeros de la Academia en la toma de posesión haciéndole de guardia pretoriana. ¿Qué les da? ¿Miedo o cariño? Mucho cariño. Miedo no, nunca. En la Academia aprendí que la institución era más fuerte cuanto más nos tratábamos con cariño. Con la cortesía académica, que es fundamental. Yo siempre cuidé mucho a los académicos mayores, a quienes caían enfermos. Curiosamente, a medida que se hacían mayores, acudían más: Pedro Laín Entralgo, Rafael Lapesa, Ángel González, Areilza, Rosales… Yo he querido mucho a los académicos. Ahora tengo que encargarme de los directores y profesores de centros, son gente que está por ahí, por el mundo, necesitada de apoyo.

La tarea de misión que veía Lázaro Carreter en el Cervantes… Pero es que ahí damos con otro rasgo de su personalidad porque usted ha trabajado también como sacerdote. Sí. Hace ya casi medio siglo de ello y fue por poco tiempo. Pero guardo un gran respeto a esa etapa, a la que debo mucho de mi formación. No estuve en el tipo de misión a la que se refería Lázaro. Trabajé en la información de la Iglesia y fundé, siendo arzobispo Tarancón, con quien tuve una relación cercana, el semanario Esta Hora. Pero básicamente era profesor y si tuve alguna notoriedad fue porque escribía en La Nueva España. Guardo grandes amigos de entonces. Desde cardenales hasta curas de aldea. Hay gente que dice que empleo la diplomacia vaticana. No me disgusta…

Como vocación, queda, construye. Mucho va en la pasta, en la manera de ser. Hay gente conflictiva por naturaleza, que parecen salamandras, que no viven a gusto más que en el fuego, y luego hay gente de paz. Yo lo soy. Pero no por haber dedicado pocos años de mi vida a eso. Yo me recuerdo de niño como un muchacho pacífico, eso va en la manera de ser, en el carácter.

Todo construye una vida. Desde luego. Un hombre es muchos hombres. Eso lo cuenta Mario Vargas Llosa en su última novela, El sueño del celta. Aun la persona que nos parece más anodina es muchas a la vez.

También tiene su etapa como profesor de instituto. Eso fue muy importante. Lo que yo soy ahora es el final de una etapa que ha durado 50 años. Una carrera de letras. Tuve la suerte de disfrutar a grandes maestros. Fui discípulo amado de Emilio Alarcos, nada menos. De José María Cachero, José Caso, verdaderos maestros. Y a poco de terminar comencé la carrera docente con oposiciones sucesivas, de abajo arriba: primero fui adjunto y luego catedrático de instituto; en Valladolid, penene de universidad, después agregado, más tarde catedrático… Ha sido una carrera muy variada en la universidad, en Zaragoza, en Salamanca… Allí moví muchas iniciativas, incluso me hice cargo de los cursos internacionales de enseñanza de español a extranjeros, qué cosas.

Ya dicen muchos que usted tiene algo de visionario en esto del idioma. No me corresponde a mí decir eso. Soñador sí fui siempre. Pero visionario…

Lo digo por el concepto panhispánico que impulsó usted en la Real Academia y cambió la manera de percibir la enseñanza y el poder sobre el idioma. Pasó de ser castellano dictado por normas castellanas a español global, en el que América tenía tanto o más que decir sobre el idioma que España misma. Bueno, pero ahí tengo que pagar peajes. ¿Por qué yo me interesé por América? Tiene su deuda. Yo era un gran europeísta. Por mis años de estudio en Roma, algunas estancias en Alemania y porque mi padre, que era juez, se sentía muy ligado a lo francés. Cuando Fernando Lázaro me propuso ser secretario de la Academia, hablé mucho con Alonso Zamora Vicente. Fue él quien me dijo: “Víctor, por favor, ocúpate de América, estamos ciegos”. También me pidieron lo mismo Francisco Ayala y Gregorio Salvador. Fueron dos referencias que me hicieron reflexionar hondamente. Surgió la idea del panhispanismo después de ser alertado por ellos. Cuando hicimos la nueva gramática, nos planteamos la colaboración con el resto de las academias, y así ha sido con el resto de lo que se ha hecho después. Pero eso ya estaba planteado desde el principio.

¿Con antecedentes? Las academias se constituyeron como organismos correspondientes de la española, precisamente para atajar los conatos de independentismo lingüístico gracias sobre todo a Andrés Bello. Se revela y dice: “¿De qué estáis hablando? La lengua es nuestra”. Fueron academias formadas por gente de gran representatividad e influencia en los países nacientes. Algo que ocurre ahora también, son miembros de mucho peso. Estaba claro que debíamos trabajar en conjunto, y así ha sido. Mi mejor aportación a esa etapa ha sido favorecer que los tres grandes códigos puestos al día durante mis mandatos –el gramatical, el ortográfico y el léxico se hicieran como obra de todas las academias sobre el español de todo el mundo. Hoy eso es una realidad. Y nos va a servir en la labor que ahora nos toca al frente del Cervantes.

Por eso dice usted mismo que le han llamado. Por algo que resume, a mi juicio, en una carta Alfredo Matos, el director de la Academia Chilena: “Tu concepción y convicción panhispánicas ahora en perspectiva transhispánica universal”.

Eso puede ser un eje de su mandato. Así es.

Pero antes debe limar las asperezas eternas entre los Ministerios de Educación y Cultura y Exteriores para hacerse fuertes en esta institución. ¿Cómo va la lucha? Hay varios organismos de la cultura española que van por su parte. Existe una dispersión de esfuerzos que sumados producirían una sinergia considerable. Hace falta ponernos a remediarlo. Cada entidad tiene su normativa, pero con un poco de buena voluntad por parte de todos El Cervantes está ausente de América Latina, pero los centros culturales españoles que existen allí pueden servir de palestra para organizar cosas en conjunto. A eso llegaremos pronto porque es tan obvio que resulta difícil encontrar quien esté en contra de eso. Se ha señalado que en la toma de posesión, el ministro de Exteriores dejó claro que esto era suyo y lo hizo en presencia del responsable de Educación y Cultura. Pero yo puedo decir que se han dado pasos para clarificar todo eso. Lo primero que hemos hecho es modificar el reglamento. Ha sido fácil, y por eso mismo pienso que cuando llame a las puertas para unir sinergias, estoy muy confiado en que se va a conseguir y será un paso importante.

¿El reto de lo digital nos desborda para el idioma también? Sí, y eso exige investigación, negociación comercial con las grandes firmas, es un momento en que urge pensar, por muchas razones, y urge superar los compartimentos pequeños y unirse en sinergia no solo a nivel del Estado, sino con relaciones estrechas con las industrias culturales y con las empresas a las que interese la promoción de sus labores. No solo la cultura, también la ciencia, la tecnología. Todo eso está por pensar y por definir. Vendrá el mecenazgo y la ayuda, pero no porque pidamos, sino para ofrecerles.

¿Por qué? ¿Se acabó ir de pedigüeños? ¿Es a ellas a las que se debe convencer de que pueden sacar idéntico partido? Efectivamente. Hay que venderles a las empresas el valor de sus posibilidades abiertas al español para hacer cosas conjuntas. Es un problema de apertura y de vuelo. Aunque solo sea por la rentabilidad económica que les supone a las empresas. En Estados Unidos, dos de cada tres estudiantes la eligen como segunda lengua. ¿Por qué? Porque dicen que es útil. Para ganarse la vida. Ese cambio de mentalidad no lo podemos hacer solos, sino con los protagonistas de todo ese fenómeno, que son los países hispanoamericanos.


Guardián e impulsor global del español

Víctor García de la Concha (Villaviciosa, Asturias, 1934), filólogo y licenciado en Teología, estudió en la Universidad de Oviedo y en la Gregoriana de Roma. Su carrera como docente transcurrió a partir de los años sesenta en diferentes institutos de secundaria hasta que llegó a la universidad, donde ha desarrollado su labor como catedrático en Zaragoza y Salamanca, principalmente.
Desarrolló tres mandatos al frente de la Real Academia Española (RAE), a la que dio un impulso modernizador entre 1998 y 2010 cuando sustituyó en el cargo a Fernando Lázaro Carreter. Había sido nombrado académico en 1992 para ocupar el sillón con la letra c minúscula. Ha sido reconocido con el Toisón de Oro por parte del rey Juan Carlos, así como con el Premio Internacional Menéndez Pelayo. (En la foto, en Santander, en 1988).

sábado, 28 de enero de 2012

Víctor García de la Concha, nuevo director del Instituto Cervantes


Víctor García de la Concha. | Bernardo Díaz.

El veterano filólogo, exdirector de la RAE, sustituirá a Carmen Caffarel


ELCULTURAL.es | Publicado el 27/01/2012


El ex director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de Concha (Villaviciosa, Asturias, 1934) ha sido elegido nuevo director del Instituto Cervantes, según ha anunciado este viernes la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría.

García de la Concha tiene claro cuáles serán los ejes clave en su gestión futura: "Es la visión de América y de que la enseñanza de la lengua española debe estar enriquecida siempre con la visión americana, y, por tanto, hay que trabajar de acuerdo con ellos". "El Cervantes", ha añadido,"tiene como misión la difusión de la lengua española y de la cultura en español, y el Gobierno entiende que ahí tengo una experiencia acumulada muy amplia. Me pareció egoísta por mi parte no aceptar esa propuesta, dado que se entiende que yo puedo servir al país en ese sentido".

Para García de la Concha, "el Cervantes ha logrado consolidar la marca de enseñanza de español como lengua extranjera y su prestigio universal está consolidado. Lo importante es que el interés del Cervantes sea cada vez más sólido y compartido". Sabe que la crisis puede lastrar la capacidad de la institución, pero ve el vaso medio lleno: "Estamos en años difíciles económicamente hablando y eso que el Cervantes que siempre ha funcionado con poco dinero, pero tendremos que ingeniar algo para que el español esté ahí porque hay un enorme reclamo de conocimiento del español. Las universidades españolas están llenas de chinos, coreanos y chicos que quieren aprender el español y formarse como profesionales". 

La semana pasada se hizo público que el Rey ofreció a Mario Vargas Llosa la presidencia -un nuevo cargo más representativo que administrativo que hubiera implicado un cambio del organigrama- de la institución que promueve la lengua española alrededor del mundo. Tras conocerse su negativa, el Gobierno ha comunicado que el veterano filólogo, que dirigió la RAE entre 1998 y 2010, ocupará el tradicional puesto de director, en sustitución de Carmen Caffarel.

En relación al rechazo de su compañero en la RAE, García de la Concha ha comentado: "Comprendo que Marío Vargas Llosa haya declinado esa invitación porque acaba de salir de un año atroz, y tiene todavía tal cantidad de compromisos, a parte de su compromiso diario como escritor, que parecía difícil que aceptara". Y ha recalcado: "Seguro que cada vez que le necesite, acudirá". 

De la Concha ha realizado diversas investigaciones centradas sobre todo en las letras hispánicas del renacimiento y la poesía española. Además, es autor de numerosos libros, entre los que destacan La poesía española de postguerra de 1935 a 1975 (Ediciones Cátedra), Época contemporánea, 1914-1939 (Historia y crítica de la literatura española; T. 7) (Crítica, 1997) y El aire de su vuelo: estudios sobre Teresa de Jesús, Fray Luis de León, Juan de la Cruz y Calderón de la Barca (Galaxia Gutemberg, 2004).

En el año 2009, fue galardonado con el Premio Lázaro Carreter y en 2010 el rey Juan Carlos I le nombró caballero de la Orden del Toisón de Oro. El año pasado recibió el Premio Internacional Menéndez Pelayo

viernes, 17 de diciembre de 2010

El filólogo José Manuel Blecua, nuevo director de la RAE


El académico es experto en fonética y fonología y ha sido coordinador del volumen de la nueva Gramática en estos campos

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 16/12/2010

 
El nuevo director de la RAE, el profesor José Manuel Blecua
a nueva Gramática académica dedicado a estas disciplinas, fue elegido hoy director de la Real Academia Española en sustitución de Víctor García de la Concha, que ha estado 12 años al frente de la RAE.

Durante años, los estudiantes de Gramática de toda España se manejaron con un impagable ladrillo blanco publicado en 1979 por la editorial Ariel al que llamaban "el Alcina-Blecua". La A era de Juan Alcina Franch. La B, de José Manuel Blecua Perdices, hijo de un histórico de la filología española, José Manuel Blecua Teijeiro, y hermano de otro filólogo que también va camino de la historia, Alberto Blecua. Nacido en Zaragoza en 1939 pero ligado desde muy pronto a la Universidad Autónoma de Barcelona, de la que es catedrático, el nuevo director de la RAE tendrá entre sus nuevos deberes la presentación en los próximos meses de su propia contribución a la Nueva gramática académica, el tomo de Fonética y Fonología, que completa los de Morfología y Sintaxis coordinados por Ignacio Bosque.
José Manuel Blecua fue elegido académico en 2003 pero no leyó su discurso, dedicado al Diccionario de Autoridades, hasta tres años después. Por el medio presidió la Comisión Estatal para el IV Centenario del Quijote, una celebración a la que la propia RAE contribuyó con una edición conmemorativa de la obra de Cervantes que vendió dos millones de ejemplares en todo el mundo. La divulgación, de hecho, ha sido siempre una de las principales preocupaciones del nuevo encargado de pilotar la casa que "limpia, fija y da esplendor". No solo fue director académico del Instituto Cervantes, también participó, con su compañero de Academia José Antonio Pascual, en Más que palabras un mítico programa de Televisión Española empeñado en demostrar que los asuntos de la lengua no son exclusiva de los excelentísimos señores (y señoras) que ayer eligieron nuevo director.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La novela y sus símbolos, según García de la Concha


El presidente de la Real Academia Española también llora. Mientras leía Sefarad, la novela de Antonio Muñoz Molina, se hartó de hacerlo. Víctor García de la Concha (Villaviciosa, 1934) se sorprendería más tarde al saber que fue uno de tantos. "Descubrí que había casi una cofradía de los que lloraban por Sefarad", confesó ayer en el Círculo de Bellas Artes, durante la presentación de su libro, Cinco novelas en clave simbólica (Alfaguara), en el que desmenuza cinco obras contemporáneas: La casa verde (Mario Vargas Llosa, 1965), Cien años de soledad (Gabriel García Márquez, 1967), Volverás a Región (Juan Benet,1967), Madera de boj (Camilo José Cela,1989) y Sefarad (Antonio Muñoz Molina, 2001). "A pesar de las diferencias entre ellas, tienen un denominador común: las cinco son historias intrincadas, selváticas y que desafían al lector", observó Mario Vargas Llosa, uno de los autores que apadrinó la presentación del ensayo, al que asistió Ignacio Polanco, presidente del Grupo PRISA, al que pertenece EL PAÍS.


Las cinco coinciden también en la creación de una geografía imaginaria, construida a partir de la realidad. Cela alquiló varios veranos un chalé en una de las bravas playas de la Costa da Morte para empaparse de las leyendas, mitologías, costumbres y personajes que luego retrató en Madera de boj. García de la Concha asistió en primera línea a los coletazos finales del proceso creador de la obra del Nobel. "Me quedé pasmado de que un hombre de su edad tuviera aquella riqueza léxica. Bajo la máscara de hombre duro, es una gran confesión de amor a la Costa da Morte", aseguró.

Benet aprovechó sus dos años de experiencia como ingeniero mientras construía una presa en León para urdir Volverás a Región, una novela de digestión difícil incluso para un lector "perseverante" como Vargas Llosa. "Las frases me seducían pero me era casi imposible mantener la atención en aquella prosa laberíntica", confesó. Así que el autor de La fiesta del chivo agradeció el efecto tentador que le causó el ensayo de García de la Concha: "Me gusta mucho la crítica que incita a leer los libros que critica. Este libro tiene este mérito".

Antonio Muñoz Molina, que se definió como un lector de "ochomiles" -que también admitió sus dificultades para escalar la obra de Benet-, desveló su deuda de gratitud con La casa verde, una de las novelas que le cambió la manera de ver el mundo y la literatura. Porque a ambas cosas aspiran los autores. "A contar la realidad del mundo y una construcción que está por encima del mundo", dijo el autor de Plenilunio. "El punto de encuentro entre el cuento y el relato del mundo es el simbólico", agregó.

Esos nexos son los que disecciona García de la Concha. Con gran fortuna, a juicio de los dos novelistas que le acompañaron. "Joyce decía que el novelista aspira al lector ideal aquejado del insomnio ideal. De repente encuentras ese lector que te devuelve tu libro porque lo ha leído nota por nota", elogió Muñoz Molina.

Cien años de soledad no cabe en cien años. Su lectura, sin embargo, no chirría por ello: el tiempo literario no es rehén del reloj. "El tiempo novelesco es algo que se alarga, se demora, se inmoviliza o echa a correr de manera vertiginosa. La historia se mueve en el tiempo de la ficción (...) con una libertad que nos está vedada a los seres de carne y hueso en la vida real", ha escrito Vargas Llosa en otra ocasión. Ayer reiteró esta idea: "El tiempo es una invención, igual que se inventa el narrador".

Mario Vargas Llosa escribió La casa verde removiendo los recuerdos de "una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946". "El espacio", explicó ayer, "no nace accidentalmente sino del recuerdo de experiencias vividas". Igual que Cien años de soledad, que arranca de un viaje de García Márquez con su madre a Aracataca para vender la casa donde nació. Allí, al ver el abrazo entre su madre y la boticaria que lloran durante media hora, le surgió la idea de contar "todo el pasado de aquel episodio".

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