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martes, 30 de abril de 2013
viernes, 11 de enero de 2013
miércoles, 25 de abril de 2012
Los textos literarios: características y rasgos lingüísticos. Los géneros literarios
domingo, 12 de febrero de 2012
Textos literarios del Tema 4 - Editorial Bruño 4º ESO
RUBÉN DARÍO
"BLASÓN"
El olímpico cisne de nieve
con el ágata rosa del pico
lustra el ala eucarística y breve
que abre al sol como un casto abanico.
De la forma de un brazo de lira
y del asa de un ánfora griega
es su cándido cuello, que inspira
como prora ideal que navega.
Es el cisne, de estirpe sagrada,
cuyo beso, por campos de seda,
ascendió hasta la cima rosada
de las dulces colinas de Leda. […]
Su blancura es hermana del lino,
del botón de los blancos rosales
y del albo toisón diamantino
de los tiernos corderos pascuales. […]
…………………………………………………………………
"MARCHA TRIUNFAL"
¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
¡La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!
Ya pasa debajo los arcos ornados -de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes,
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra,
y los timbaleros
que el paso acompasan con ritmos marciales.
Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfalesl! […]
……………………………………………………
"CANCIÓN DE OTOÑO EN PRIMAVERA"
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor. […]
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer... […]
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!
………………………………………………………
MANUEL MACHADO
"CANTARES"
Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía.
Cantares...
Quien dice cantares dice Andalucía.
A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Cantares...
Algo que acaricia y algo que desgarra.
La prima que canta y el bordón que llora...
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares...
Son dejos fatales de la raza mora.
No importa la vida, que ya está perdida,
y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?...
Cantares...
Cantando la pena, la pena se olvida.
Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,
ojos negros, negros, y negra la suerte...
Cantares...
En ellos el alma del alma se vierte.
Cantares. Cantares de la patria mía,
quien dice cantares dice Andalucía.
Cantares...
No tiene más notas la guitarra mía.
…………………………………………….
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
¡La otra tarde, se ha llevado
el viento más hojas secas!
¡qué pena tendrán los árboles,
esta noche sin estrellas!
he entreabierto mi balcón:
La luna camina muerta,
sin luz de besos ni lágrimas,
amarilla entre la niebla.
y he acariciado los árboles,
con miradas de terneza,
que les van abriendo hojitas
verdeluz de primavera.
¿Es que están soñando, así
con sus pobres hojas secas?.
yo les digo:”No lloreís;
vendrán con las hojas nuevas”.
...............................................................................
Mi alma ha dejado su cuerpo
con las rosas, y callada
se ha perdido en los jardines
bajo la luna de lágrimas.
Quiso mi alma el secreto
de la arboleda fantástica;
llega... el secreto se ha ido
a otra arboleda lejana.
Y ya, sola entre la noche,
llena de desesperanza,
se entrega a todo, y es luna
y es árbol y sombra y agua.
Y se muere con la luna
ente luz divina y blanca,
y con el árbol suspira
con sus hojas sin fragancia,
y se deslíe en la sombra,
y solloza con el agua,
y, alma de todo el jardín,
sufre con todo mi alma.
Si alguien encuentra mi cuerpo
entre las rosas mañana
dirá quizás que me he muerto
a mi pobre enamorada.
…………………………………………………………..
"EL OTOÑADO"
Estoy completo de naturaleza,
en plena tarde de áurea madurez,
alto viento en lo verde traspasado.
Rico fruto recóndito, contengo
lo grande elemental en mí (la tierra,
el fuego, el agua, el aire), el infinito.
Chorreo luz: doro el lugar oscuro,
trasmito olor: la sombra huele a dios,
emano son: lo amplio es honda música,
filtro sabor: la mole bebe mi alma,
deleito el tacto de la soledad.
Soy tesoro supremo, desasido,
con densa redondez de limpio iris,
del seno de la acción. Y lo soy todo.
Lo todo que es el colmo de la nada,
el todo que se basta y que es servido
de lo que todavía es ambición.
…………………………………………………………………..
Vino primero pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fuí odiando sin saberlo.
Llegó a ser una reina
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de hiel
y sin sentido!
Más se fue desnudando
y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica y
apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida,
poesía desnuda,
mía para siempre!
lunes, 26 de diciembre de 2011
Elogio a otro hombre, Paco, el del Tiburón: confesión y súplica de perdón de Menchu (Cinco horas con Mario de miguel Delibes)
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo XXVII páginas 180 185
Menchu, lectora (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
Si eso no es sensibilidad, Esther dirá lo que es sensibilidad, que la muy sandia se cree que sensibilidad es
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo XXVI página 178
El Seiscientos (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo VIII página 42
La juventud está perdida... (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
No quiero entristecerme más de lo que estoy, Mario, cariño, pero la juventud está perdida, unos por el twist y otros por los libros, ninguno tiene arreglo, que yo recuerdo antes, ¿cómo vas a comparar?, hoy no les hables a estos chicos de la guerra, te llamarían loco, y sí, la guerra será todo lo horrible que tú quieras,
pero, al fin y al cabo, es oficio de valientes, después de todo no es para tanto, que yo, por mucho que digáis, lo pasé bien bien en la guerra, de acuerdo, a lo mejor por insensatez, pero no me digas, si aquello era como una fiesta sin fin, cada día algo distinto, que si los legionarios, que si los italianos, que si se tomaba
porque algo había que hacer por esa pobre gente y yo le contestaba, que una vez se presentó con permiso y empeñado en salir conmigo, figúrate, ya le dije que de eso ni hablar y, entonces, que al cine, y yo que no, menos, imagínate, con toda la gente, y él empezó a dramatizar que lo mismo le mataban al día siguiente y yo
que qué le iba a hacer, que lo sentiría en el alma y él, entonces, se metió un dedo con toda la uña negra en la boca y me puso en la mano una muela de oro, que yo horrorizada, "¿para qué hace usted eso?", porque eso sí Mario, muy de usted, no te vayas a creer, buena era mamá: "Está bien ayudarles, pero guardando las distancias; los soldados son gente baja", y él que los moros cascaban las cabezas de los muertos, figúrate qué espanto, para quitarles los dientes de oro y que se lo guardara hasta el final de la guerra, que debió ser un presentimiento, porque del bueno de Pablo Haza nunca más se supo, que tuvimos que ir mamá y yo un día a entregar la muela al Tesoro. De esto hubo mucho en la guerra, desgraciadamente, mira Juan Ignacio Cuevas sin ir más lejos, me parece que ya te lo conté, el hermano de Transi, que era así como retrasado, medio anormal, pero le movilizaron y le llevaron a un cuartel, para servicios auxiliares y así, pero lo que pasa en las guerras, debió hacer falta gente o qué sé yo, el caso es que una mañana, los padres de Transi se encontraron un papelito todo lleno de faltas por debajo de la puerta: "Me yeban, figúrate con i griega, a la gerra, sin ú. Tengo muchísimo miedo, a Dios, separado, Juanito". Bueno, pues ésta es la hora, y ya ha llovido, que revolvieron Roma con Santiago, no te vayas a creer, buenos son, pues lo que se dice ni rastro. Claro que, lo que yo digo, conforme estaba, preferible que Dios se lo llevase, una carga, imagina qué porvenir, de peón de albañil o algo parecido, mejor muerto, pero a Transi, hijo, le dio sentimental, "ay, no, guapina, un hermano es un hermano", que eso según desde donde lo mires, pero si piensa así, es absurdo que pusiera cara a Evaristo, un emboscado, que hasta se dejó pintar desnuda por él o a saber cómo,
que en otra cosa, no, Mario, cariño, pero en este punto bien tranquilo puedes estar, que yo de eso, ni hablar, ya lo sabes, y no por falta de ocasiones, Mario, que los hombres, por si no estás enterado, todavía me miran por la calle y hay miradas y miradas que Eliseo San Juan, cada vez que me echa la vista encima,
hay que oírle, un torbellino, que no se para en barras, "qué buena estás, que buena estás; cada día estás más buena", que si le diera pie no sé lo que sería, que ni le miro, sigo y como si nada, hasta que se cansa, te lo prometo, como si no fuera conmigo, anda que si le diera pie...
Miguel Delibes Cinco horas con Mario Capítulo VII página 39
Libros enlutados (Cinco horas con Mario de Miguel Delibes)
sábado, 10 de diciembre de 2011
Textos literarios del Tema 3 - Editorial Bruño - 4º ESO
JUAN VALERA
22 de Marzo.
Querido tío y venerado maestro: Hace cuatro días que llegué con toda
felicidad a este lugar de mi nacimiento, donde he hallado bien de saluda mi
padre, al señor vicario y a los amigos y parientes. (…)
Como salí de aquí tan niño y he vuelto hecho un hombre, es singular la
impresión que me causan todos estos objetos que guardaba en la memoria. Todo me
parece más chico, mucho más chico; pero también más bonito que el recuerdo que
tenía. (…)
Todos me llaman Luisito o el niño de D. Pedro, aunque tengo ya
veintidós años cumplidos. Todos preguntan a mi padre por el niño, cuando no
estoy presente. (…)
Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien Vd. habrá
oído hablar sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende. (…)
No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es muy linda. Yo
sospecho que será una beldad lugareña y algo rústica. (…) Pepita tendrá veinte
años; es viuda; sólo tres años estuvo casada. Era hija de doña Francisca
Gálvez, viuda, como Vd. sabe, de un capitán retirado.
19 de Mayo.
Gracias a Dios y a Vd. por las nuevas cartas y nuevos consejos que me
envía. Hoy los necesito más que nunca. (…)
No era sueño, no era locura; era realidad. Ella me mira a veces con la
ardiente mirada de que ya he hablado a Vd. Sus ojos están dotados de una
atracción magnética inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fijan en ella los
míos. (…)
Un sentimiento de abnegación se
alza de las profundidades de mi ser, y me llama a sí, y me dice que todo mi ser
debe darse y perderse por el objeto amado. Ansío confundirme en una de sus
miradas; diluir y evaporar toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus
ojos. (…) Mi vida, desde hace algunos días, es una lucha constante.(…) Apenas
me alimento; apenas duermo. (…) No me queda más recurso que huir.
Fragmentos de Pepita Jiménez
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EMILIA PARDO BAZÁN
En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso
mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa. Primitivo, después
de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos
perdigones y una liebre muerta, con los ojos empañados y el pelaje maculado de
sangraza. Apartó la muchacha el botín a un lado, y fue colocando platos de
peltre, cubiertos de antigua y maciza plata, un mollete enorme en el centro de
la mesa y un jarro de vino proporcionado al pan. (…)
De nuevo la increpó airadamente
el marqués:
-¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos
antes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro. (…) Julián creyó al
pronto que se había aumentado el número de canes, tres antes y cuatro ahora;
pero al entrar el grupo canino en el círculo de viva luz que proyectaba el
fuego, advirtió que lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de
tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones
de blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los
perdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor inteligencia y
más estrecha fraternidad.
El chiquillo gateaba por entre las patas de los perdigueros, que,
convertidos en fieras por el primer impulso del hambre no saciada todavía, le
miraban de reojo, regañando los dientes y exhalando ronquidos amenazadores: de
pronto la criatura, incitada por el tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la
perra Chula, tendió la mano para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza,
lanzó una feroz dentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico,
obligándole a refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las
sayas de la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián se
compadeció del chiquillo, y, bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a
pesar del mugre, la roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del
mundo.
-¡Pobre! -murmuró cariñosamente-. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizo
sangre? (…)
Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efecto
en el marqués.
-¡Farsante! -gritó-. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué
vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y después lagrimitas. ¡A
callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los valientes?
Diciendo así, colmaba de vino su
vaso, y se lo presentaba al niño que, cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un
sorbo. El marqués aplaudió (…)
-¿Y no le hará daño tanto vino? -objetó Julián, que sería incapaz de
bebérselo él.
-¡Daño! (…) Déle usted otros
tres, y ya verá...
Fragmento de Los pazos de Ulloa
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BENITO PÉREZ GALDÓS
Una noche, cuando menos se le esperaba, apareció al fin avergonzado,
compungido, la ropa hecha jirones, imagen del hijo
pródigo. Con la alegría de verle, no fue la severidad de Isidora tan grande
como cumplía, y le perdonó. Tenía Mariano entre sus maldades, desarrolladas por
el abandono, algunas cosas buenas, y la cualidad mejor era la franqueza con que
confesaba sus delitos sin ocultar nada. (…) Todo cuanto había hecho en la
semana lo contó puntualísimamente; pero ninguna parte de aquella Odisea de
travesuras causó tan penoso efecto en el alma de la señorita de Rufete como
estas palabras:
«Estuve en casa de mi tía Encarnación, ¿sabes?..., y mi tía Encarnación
y la tía Palo -- con -- ojos comían juntas; y mí tía Encarnación me
dijo: «Anda, pillete, anda con tu hermana a que te dé de comer y te vista de
señorito, pues bien puede hacerlo». Entonces mi tía Encarnación y la tía Palo
-- con -- ojos se pusieron
a hablar de ti, y mi tía Encarnación dijo que tú tienes un novio marqués que te
da mucho dinero».
Isidora se quedó yerta; pero como el mostrar enfado por aquel ultraje
habría sido ocasión de que entrara más en malicia el chico, harto malicioso ya,
fingió tomar a broma el caso, aunque le destrozaba el alma, y se echó a reír. (…)
Isidora, que recibió del marqués de Saldeoro otra visita platónica y una nueva
remisión de fondos por cuenta, al parecer, del Canónigo, salió de aquella
sombría situación de escaseces y apuros; pagó sus deudas, compró un Diccionario
de la Lengua castellana y llevó a su hermano al teatro, de lo que este recibió
tanto gusto, que en algunos días apareció como transformado, encendida la
imaginación por las escenas que había visto representar, y manifestando vagas
inclinaciones al heroísmo, a las acciones grandes y generosas. Contenta Isidora
de esto, comprendió cuánto influye en la formación del carácter del hombre el
ambiente que respira, las personas con quienes tiene roce, la ropa que viste y
hasta el arte que disfruta y paladea.
Animada Isidora al ver que no carecía su hermano de algún fundamento
bueno y sólido para construir en él la persona decente, determinó que no
corriera un día más sin ponerlo en un colegio. Pasados Reyes, el señorito fue
confiado a un profesor que apacentaba su rebaño de chicos en un colegio de la
calle de Valverde. Mal, muy mal le supo al de Rufete la sujeción, porque sobre
todos sus instintos malos y buenos dominaba el de la vagancia y el gusto de
correr por calles y caminos, con cierto afán como de buscar aventuras. La
mortificación de su amor propio al ver que le eran muy superiores niños de
menos edad que él, aumentaba el horror que hacia el colegio y su maldito
profesor sentía. (…) La poca estimación que se le tenía mató en él sus escasos
deseos de aprender. Concluyó por despreciar el colegio como el colegio le
despreciaba a él, de donde vino su costumbre de hacer novillos, la cual aumentó
de tal modo que, sin saberlo su hermana, dejó de asistir un mes entero al
estudio.
En aquellos días de aventuras y pilladas y esparcimiento, cualquiera
que hubiese tenido interés en seguir los pasos de este desgraciado chicuelo le
habría visto encaramándose en la verja de la puerta principal de la Plaza de
Toros para alcanzar a ver algo del ensayo de la mojiganga, o bien jugando en
los tejares adyacentes, o en el río entre las lavanderas. En sus compañías, que
al llegar al colegio fueron de niños decentes, descendió poco a poco hasta el
más bajo nivel, concluyendo por incorporarse a las turbas más compatibles con
su fiereza y condición picaresca.
Fragmento de La desheredada
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LEOPOLDO ALAS “CLARÍN”
Celedonio, ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba
asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el colmillo
a la plazuela; y si se le antojaba, disparaba chinitas sobre algún raro
transeúnte, que le parecía del tamaño y de la importancia de un ratoncillo.
Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y les inspiraba un
profundo desprecio de las cosas terrenas.
-¡Mira tú, Chiripa, que dice que pué más que yo! -dijo el monaguillo,
casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a la calle
apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.
-¡Qué ha de poder! -respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva fuerza las
llaves para subir a tocar las oraciones. (…)
- Mia, chico, ¿quiés que le atice al señor Magistral que entra ahora?
-¿Le conoces tú desde ahí?
-Claro bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No ves
cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se me gasta. (…)
-¡El Laudes! -gritó Celedonio-; toca, que avisan.
Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del
formidable badajo. (…)
Empezaba el otoño. Los prados renacían, la hierba había crecido fresca
y vigorosa con las últimas lluvias de septiembre. Los castañedos, robledales y
pomares, que en hondonadas y laderas se extendían sembrados por el ancho valle,
se destacaban sobre prados y maizales con tonos oscuros; la paja del trigo,
escaso, amarilleaba entre tanta verdura. Las casas de labranza y algunas
quintas de recreo, blancas todas, esparcidas por sierra y valle, reflejaban la
luz como espejos. (…)
Alguien subía por el caracol.
Los dos pilletes se miraron estupefactos. ¿Quién era el osado?
-¿Será Chiripa? -preguntó Celedonio entre airado y temeroso.
-No; es un carca, ¿no oyes el manteo?
Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un
rumor silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, magistral de aquella
santa iglesia catedral y provisor del Obispado. El delantero sintió
escalofríos.
Pensó:
-¿Vendrá a pegarnos?
No había motivo, pero eso no importaba. El vivía acostumbrado a recibir
bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don Fermín
era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba Bismarck usando y
abusando de la autoridad para repartir cachetes.
Fragmento de La Regenta
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Textos literarios del Tema 2 - Editorial Bruño - 4º ESO
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
XXXIX
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas;
pero siempre habrá poesía.
L
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...
¡hoy creo en Dios!
XL
Asomaba a sus ojos una
lágrima
y a mi labio una frase
de perdón;
habló el orgullo y se
enjugó su llanto,
y la frase en mis
labios expiró.
LXVII
En donde esté una
piedra solitaria
sin inscripción
alguna,
donde habite el
olvido,
allí estará mi tumba.
XXXVIII
¡Los suspiros son aire
y van al aire!
¡Las lágrimas son agua
y van al mar!
Dime, mujer, cuando el
amor se olvida
¿sabes tú adónde va?
LII
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas
y remotas,
envuelto entre la
sábana de espumas,
¡llevadme con
vosotras!
Ráfagas de huracán que
arrebatáis
del alto bosque las
marchitas hojas,
arrastrado en el ciego
torbellino,
¡llevadme con
vosotras!
Nubes de tempestad que
rompe el rayo
y en fuego ornáis las
desprendidas orlas,
arrebatado entre la
niebla oscura,
¡llevadme con
vosotras!
Llevadme por piedad a
donde el vértigo
con la razón me
arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo
miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
Rimas
La noche estaba serena
y hermosa; la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el
viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al
claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas
columnas de sus arcadas... Estaba desierto. Salió de él, encaminó sus pasos
hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella,
cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un
instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la
mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su
busca; llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se
detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un
ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va
creciendo, y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe, al
fin, en una carcajada, en una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca,
ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos; pero había brillado a
sus pies un instante, no más que un instante.
Era un rayo de luna,
un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los
árboles cuando el viento movía las ramas.
Fragmento de El Rayo de Luna
El joven montero entreabrió los ojos, sobresaltado. En las ráfagas del
aire y confundido con los leves rumores de la noche, creyó percibir un extraño
rumor. Con precaución apartó un poco las ramas y vio aparecer las corzas, que
en tropel y salvando los matorrales bajaban del monte con dirección al remanso
del río. Delante de sus compañeras iba la corza blanca, cuyo extraño color
destacaba como una fantástica luz sobre el oscuro fondo de los árboles. (…)
Garcés cogió la ballesta entre los dientes, y arrastrándose como una culebra
por detrás de los lentiscos, pero al tender la vista se escapó de sus labios un
involuntario grito de asombro. La luna, que había ido remontándose con lentitud
por el ancho horizonte, estaba inmóvil y como suspendida en la mitad del cielo.
Su dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila superficie del
río, y hacía ver los objetos como a través de una gasa azul.
Las corzas habían
desaparecido. En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vio Garcés un
grupo de bellísimas mujeres, de las cuales unas entraban en el agua
jugueteando. (…) Despojadas ya de sus túnicas y sus velos de mil colores, que
destacaban sobre el fondo suspendidos de los árboles o arrojados con descuido
sobre la alfombra del césped, las muchachas discurrían a su placer por el soto,
formando grupos pintorescos, y entraban y salían en el agua, haciéndola saltar
en chispas luminosas sobre las flores de la margen como una menuda lluvia de
rocío. (…) Garcés , creyó ver el objeto de sus ocultas adoraciones: la hija del
noble don Dionís, la incomparable Constanza.
El joven pugnaba en vano por
persuadirse de que todo cuanto veía era efecto del desarreglo de su
imaginación; separó el ramaje que le ocultaba, y de un salto se puso en la
margen del río. . El encanto se rompió, desvaneciose todo como el humo, y al
tender en torno suyo la vista, no vio ni oyó más que el bullicioso tropel con
que las tímidas corzas huían espantadas de su presencia.
— ¡Oh!, bien dije yo que
todas estas cosas no eran más que fantasmagorías del diablo —exclamó entonces
el montero— pero por fortuna esta vez ha andado un poco torpe dejándome entre
las manos la mejor presa.
Y, en efecto, era así: la
corza blanca, deseando escapar por el soto, se había lanzado entre el laberinto
de sus árboles, y enredándose en una red de madreselvas, pugnaba en vano por
desasirse. Garcés la encaró la ballesta; pero en el mismo punto en que iba a
herirla, la corza se volvió hacia el montero, y con voz clara y aguda detuvo su
acción con un grito, diciéndole:
—Garcés, ¿qué haces?
El joven vaciló y, después de
un instante de duda, dejó caer al suelo el arma, espantado a la sola idea de
haber podido herir a su amante. Una sonora y estridente carcajada vino a
sacarle al fin de su estupor; la corza blanca había aprovechado aquellos cortos
instantes para acabarse de desenredar y huir ligera como un relámpago, riéndose
de la burla hecha al montero.
— ¡Ah! condenado engendro de
Satanás —dijo éste con voz espantosa, recogiendo la ballesta con una rapidez
indecible—; pronto te has creído fuera de mi alcance.
Y esto diciendo, dejó volar la
saeta, que partió silbando y fue a perderse en la oscuridad del soto, en el
fondo del cual sonó al mismo tiempo un grito, al que siguieron después unos
gemidos sofocados.
Y fuera de sí, como loco, sin
darse cuenta apenas de lo que pasaba, corrió en la dirección en que había
disparado la saeta Al llegar, sus cabellos se erizaron de horror, las palabras
se anudaron en su garganta. Constanza, herida por su mano, expiraba allí a su
vista, revolcándose en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte.
Fragmento de La Corza Blanca
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ROSALÍA DE CASTRO
Tierra mía, tierra mía
tierra donde me crié,
huertita que quiero tanto,
higueritas que planté,
Pertenece a Cantares galegos
“Negra sombra”
Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que sopla.
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
Pertenece a En las orillas del Sar
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GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA
Te amé, no te amo
ya: piénsolo al menos:
¡nunca, si fuere
error, la verdad mire!
Que tantos años
de amarguras llenos
trague el olvido:
el corazón respire. (…)
Mas, ¡ay!, cuán
triste libertad respiro...
Hice un mundo de
ti, que hoy se anonada
y en honda y
vasta soledad me miro.
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