Mostrando entradas con la etiqueta Juan Cruz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Cruz. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de marzo de 2013

"Valdano, del césped a los libros" por Juan Cruz


De niño dormía abrazado a una pelota, imaginándose como futbolista.

Una hepatitis le apartó del terreno de juego, pero supo transformar su pasión en palabras.



Valdano, sentado junto a la biblioteca de su casa en Madrid. / SOFÍA MORO

A Jorge Valdano, los sueños le señalan la meta.

Jorge Valdano nació en Las Parejas (Rosario, Argentina) en 1955. La historia le ha convertido en una figura del fútbol. En el Real Madrid se hizo del todo.
Lo ves llegar a una comida, a una radio, a un estadio; lo ves mirar alrededor, estrechar manos, lo ves sonreír con delicadeza y atención, y sabes enseguida que parece que tiene los sueños resueltos.
Es un hombre de 57 años que te mira como si le sorprendiera que le reconozcan en el teatro, en el cine o en las filas para entrar en los aviones. Esos que lo reconocen no saben que él se imagina aún como un chiquillo en Las Parejas (Rosario, Argentina), imaginándose con jugar a la pelota. La historia luego lo convirtió en una figura, pero hay algo en su sonrisa adulta que conserva, a sus años, la edad de la que sigue recibiendo imágenes como esa: él, en la cama, abrazado a la pelota, soñando.
La locura del fútbol, su insomnio de niño.

“Fue mucho más grave tener que abandonar el fútbol que procesar que estaba enfermo”
Lo suyo siempre fue un escenario verde, de césped humilde o de césped lujoso; allá abajo reinventó una frase (“el miedo escénico”), que él atribuye a García Márquez y que expresa como nada lo que se acostumbró a sentir desde que cumplió el primer deseo: jugar en un campo, haciéndose poco a poco el profesional que fue muy pronto. El miedo escénico. Pavor y entusiasmo. Abajo, ante el ojo movible de decenas de espectadores, lo que activa la ambición que un futbolista lleva dentro es el miedo escénico. Eso es lo que te hace correr. Y soñar. Lo que no te deja dormir.
Su ambición fue la de todos los chicos de Argentina: jugar en la Albiceleste algún día; por eso dormía abrazado a la pelota, para que no le robaran esa ansiedad. “Desde los cuatro años hasta los treinta soñé que metía un gol en la final de la Copa del Mundo”. Esperó veintisiete años. Ahora han pasado otros veintisiete desde que metió aquel gol, “y es mucho mejor soñarlo que recordarlo”.


Fotogarfía enmarcada del gol más importante de su carrera, en el Mundial de México. / SOFÍA MORO
“Mucho mejor”, repite. Porque lo suyo desde aquellos cuatro años fue creer que estaba a punto de meter ese gol glorioso. Es “un soñador de goles”, como dice su biógrafo Carmelo Rivero, autor, con su hermano Martín, del primer libro sobre Valdano, Sueños de fútbol, publicado en 1995, cuando Jorge ya había roto su fama de comunicador y despuntaba en el Tenerife. Fue el entrenador de moda.
Aquel chico de cuatro años imaginó el fútbol, literalmente, porque no lo vio sino en palabras. Las que le contó su padre entonces, mientras se recuperaba en una clínica de Rosario de una operación de amígdalas. El padre y el hermano se fueron “a ver a los dioses”, pues eso eran entonces los futbolistas del Newell’s y del Racing. Cuando volvieron, Jorge preguntó cómo había ido. El padre dijo: “Hubo una jugada imponente del portero, le tiraron un tiro por encima de la cabeza, se tiró para atrás y la sacó por encima del travesaño”.
Ah, eso era el fútbol, una hazaña contada. Tuvieron que pasar muchas cosas, su viaje a España, a jugar en el Alavés (era un tipo flaco, de canillitas insignificantes, “pero ya profesional, de 19 años”), su traspaso al Zaragoza, su ingreso en el Real Madrid, donde se hizo del todo, su gol triunfal junto a la selección de Maradona… tuvo que pasar todo eso y tuvo que producirse una hepatitis que lo mantuvo en cama, y leyendo, un año y pico, para que aquel muchacho que había vivido abrazado a la pelota recordara aquella proeza hablada. Ahora ya era él quien lo iba a contar. El fútbol hablado, esa ha sido su otra hazaña.
El fútbol era una aventura que resultaba aún mejor contada. Entonces, aquel muchacho que ya había conocido, en sus lesiones y en sus recaídas, el valor de la lectura tuvo claro que un día iba a ponerle palabras a su pasión. Escribió cuentos, ar­­tícu­­los, habló por la radio, fue apoyo de retransmisiones deportivas en televisión. Era un autodidacto, hizo de la lectura el apoyo principal de sus aspiraciones cuando estos tenían ya que mirar desde fuera del tiempo. El miedo escénico tenía otro lugar, se producía en su interior, y tenía que ver con las palabras. Cómo hacer para que la metáfora se ajuste a lo que sucede sobre el césped.
¿Y qué pasó por su cabeza cuando la lesión ya no era de tobillo o de rótula o de menisco, sino que tenía la forma feroz, y lánguida, de una hepatitis? Lo cuenta.
“Fue mucho más grave tener que abandonar el fútbol que procesar que estaba enfermo. La enfermedad consistía en tener que dejar el fútbol, y esa era la verdadera enfermedad para mí. Entre otras cosas, porque no había pensado en el final y ya había firmado un contrato para irme a Francia por tres años”.

“Leer me proporcionaba placer. Nunca leí por el interés de sentirme más sabio”
Y se quedó. “Creo”, dice ahora, “que también me habría resultado difícil dejar el fútbol voluntariamente, lo habría abandonado tarde y mal. De una manera casi casual me fui encontrando con otras actividades,publiqué en EL PAÍSpude estar en la SER y en Canal +, y, además, el día en que me doy cuenta de que la hepatitis ya se había alargado mucho, que no tenía posibilidades de volver a jugar, y lo conté en una rueda de prensa, había tendido una cuerda con la otra vida. Había ramificado mi vida hacia otros lados, y haberlo hecho sin pensarlo me resolvió uno de los pasos que consideraba más difíciles. Me angustiaba muchísimo el final de mi carrera”.
La otra carrera lo tuvo amarrado a la pelota, pero haciendo lo que su padre cuando él era un niño: hablando de lo que alimenta su pasión más entrañable, el fútbol. Nadie lo puso a leer; él se hizo con los libros. Y leyendo se hizo la vida que vendría después. “Soy un autodidacto; si alguien quiere conocer a alguno, aquí estoy yo. Ni en mi casa ni en mi pueblo había biblioteca; la primera colección que me empezó a relacionar con la literatura fue una de Salvat”.


Valdano hizo de la lectura el apoyo principal de sus sueños. / SOFÍA MORO
“Leer”, explica ahora Valdano, “me proporcionaba placer. Nunca leí por el interés de sentirme más sabio”. La primera lectura que recuerda es El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde. Es fácil llegar a la analogía: acaso está usted tan juvenil siempre porque aprendió del libro. Él ríe. “¡Un día clavarán un cuchillo sobre mi foto y me saldrán todas las canas y las arrugas!”.
Allá, en su país, sus amigos lo llaman gallego, porque creen que habla como los peninsulares españoles, y aquí piensan que solo habla con acento argentino. Algunos, además, se lo afearon tanto que él tuvo que salir, entre otros sudamericanos, a contrarrestar, en una campaña institucional, el daño que le hizo a los inmigrantes esa burla que tuvo como objetivo a “los sudacas”. Aunque tuviera sobresaltos de pequeño, aunque de adolescente rompiera con su pueblo, con su país y con su equipo; aunque más tarde soportara la presión, y la pesadilla, de ser parte de la selección que ganó el Mundial de fútbol con Diego Armando Maradona; aunque una enfermedad lo ahuyentara al silencio que se vive en las habitaciones donde se curan las hepatitis, por las imperceptibles arrugas de Valdano se distinguen algunas heridas del tiempo y de la gente. Pero es muy educado; es difícil escucharle en público (e incluso en privado) referencias peyorativas con respecto a los que le han producido desafección o dolor. Su marcha del Real Madrid, donde fue director deportivo en la época más reciente, bajo la presidencia de Florentino Pérez, conoció notorios enfrentamientos con el entrenador José Mourinho. Valdano se fue. Las especulaciones sobre la raíz de su marcha las zanjó sin melancolía, con una frase tan solo:“Florentino Pérez ha dejado claro el vencedor”. Volvió enseguida a los cuarteles de la palabra, como comentarista, como conferenciante, como escritor y como viajero que alguna vez (en México, adonde va mucho) le vio los dientes a la muerte a consecuencia de un grave accidente de helicóptero en la primavera de 2006.
Cuando le propusieron que fuera profesional, en España, recorrió un centenar de kilómetros para contárselo a su madre, Nélida, viuda desde que él tenía cuatro años; ella ahora tiene 86. “¿Lo has pensado bien?”. Lo había pensado bien. A partir de entonces, el muchacho Jorge se fue haciendo este Valdano que sigue soñando como la primera vez que su padre le contó esa hazaña. Es curioso, cuando empezó a cultivar la escritura publicó un cuento en este periódico que luego recogió en una antología de los mejores cuentos de fútbol que conoce. Escribió sobre las fantasías rotas de un portero. Muchos años después, ahora mismo, si te fijas en las manos, que abre y cierra para conjugar metáforas a las que cuida como si las estuviera lavando, Valdano tiene aspecto, aire y manos de portero. Como aquel que se estiró hacia atrás para resolver una situación complicada.
Una vez me dijo: “Cuando trabajas con la vanidad, te conviertes en peor persona”. Dice que a él lo salvaron de ese abismo del engreimiento, tan propio de la era del fútbol, las ambiciones de este deporte, los cuales mantiene para huir también de las pesadillas.
–Los sueños son un factor motivante extraordinario. Te fijan la meta.
Ahora mira al mundo; tiene muchas vidas: dejó la cancha y se hizo comentarista; dejó el micrófono y fue entrenador, y su equipo luego lo llamó dos veces para hacerlo directivo. “Tengo mucha capacidad para renovarme”. Ahora está en otro tiempo. Viaja por el mundo (América, Asia) como empresario y conferenciante, asesora a Gobiernos que quieren saber qué pasó en España para que el deporte fuera célebre, y por esos mundos traslada su experiencia. El fútbol fue una ambición, “pero los soñadores tenemos capacidad para pasar página”. Ahora, la energía está más ahí que en el fútbol, que es como aquella vez que se lo contó su padre: la oportunidad de compartir con otros una pasión, un objetivo, visto desde donde el espectador también cree que está en el campo. En cierto modo, pues, le digo, el suyo es un sueño cumplido. Sí. Se trataba de jugar y, luego, de verlo para contarlo.

martes, 12 de marzo de 2013

"Se va la voz dormida del escritor Medardo Fraile" por Juan Cruz (El País)


El escritor madrileño murió el viernes en Glasgow, donde vivía. Gran cuentista y autor de unas memorias conmovedoras, recibió el Nacional de la Crítica en 1965.
Medardo Fraile, cuentista mayor de este país, que habitaba en Escocia desde hace cincuenta años pero que nunca abandonó su memoria de España, murió mientras dormía en su casa de Glasgow el viernes por la noche. Era un hombre tímido cuyos relatos fueron lo mejor de su producción literaria, pero también es autor de unas memorias conmovedoras en las que revisita su país en guerra y traza un panorama de inolvidable nostalgia de lo que él vivió en Madrid cuando era adolescente.
Hablaba como si nunca hubiera vencido la timidez que lo condujo a la esquina de las mesas de una generación fecunda de la literatura española, la que vivió de pleno la guerra civil. Vivía en Glasgow, donde se fue por amor en 1964, y donde enseñó literatura y escribió muchos de sus libros fundamentales, entre ellos su autobiografía de 2010, El cuento de siempre acabar (Pre-textos). Nació en Madrid en 1927, fue premio de la Crítica, ganó el Sésamo y algunos otros galardones. Escribir era su premio, decía.
Cuando vino a Madrid a hablar de ese libro de memorias, Fraile, uno de los mejores cuentistas de su generación, se encontró de pronto con uno de los principales capítulos de esos recuerdos: la calle en la que vivió su adolescencia, bajo las bombas de Franco. En el libro describe casa por casa esa calle, y se detiene en el número en el que vivió un muchacho, de apellido Carrasquilla, sobre cuya azotea caían los panes que Franco lanzaba sobre Madrid como una maniobra de propaganda antirroja. Cuando Medardo vio otra vez el escenario de sus andanzas de chico, rememoró cada minuto de la guerra en su casa, con cada uno de los detalles fijados como en piedra. “Mi casa era una alegoría de España. La mitad del piso era de izquierdas y la otra mitad de derechas. En la cocina había a veces situaciones muy tensas. Mis tíos eran un poco brutales; tenían hijos en el frente y eso se comprende. Pero en general hubo un clima más o menos civilizado”.
Era metafórico y minucioso, como en sus cuentos; y narraba lo que pasó en la guerra, más de setenta años después, con el mismo vigor con que hubiera contado el presente. Creía que el cuento era “un puñetazo lleno de realidad posible”, y a aquel tiempo le concedía una vigencia insoslayable, por eso hablaba de lo que pasó entonces como si estuviera narrando oralmente lo que quizá entonces se contó a sí mismo, mientras paseaba, bajo el ruido de las bombas, por estos escenarios entonces devastados.
Contaba sin pudor su vida, y hablaba con libertad de amigos y de adversarios, a los que zahería en voz baja; su recuerdo más emocionado, en las memorias y en persona, era para Ignacio Aldecoa, prematuramente fallecido en 1969, a los 44 años. Aldecoa era el jefe de filas de la generación de Medardo, “era el hermano mayor”. Evocando esa muerte, Fraile, que supo la noticia por casualidad en su exilio escocés, dijo que aquel compañero era sin duda un escritor de una voz “inconfundible, ejemplar”, el mejor de su tiempo, y mientras lo iba diciendo de sus ojos nítidamente azules fueron brotando unas lágrimas que al fin le quebraron la voz.
Nunca se fue del todo de España, o nunca estuvo del todo en Escocia. Cuando venía a Madrid llamaba a sus amigos, a sus editores, explicaba su nostalgia en función del frío que pasaba en Glasgow, pero en realidad sintió que aquella larga estancia fuera de su país había desnaturalizado el conocimiento que él mismo, y sus estudiosos y animadores —José María Merino, Ángel Zapata, Eloy Tizón…—, creía que merecía su producción literaria. Le pregunté por qué seguía viviendo allí, tan frío y tan lejos. “Pues ni yo mismo lo sé”. Dio clases en la Universidad de Strathclyde, desde los años setenta. Allí se casó, allí nació su hija. Explicando por qué seguía en Escocia dijo: “Allí estoy, recordando; yo vivo en Escocia, pero lo único que hago allí es recordar España”.
Escribió cuentos infantiles (uno de ellos, Santa Engracia, número dos o tres, hace alusión a la zona madrileña en la que pasó la guerra), la novela Autobiografía, en 1986, que acaba de ser reeditada por Menoscuarto con el título Laberinto de fortuna. También escribió ensayo y crítica, hasta que se decidió a hacer sus memorias, un compendio enjundioso de la vida de su tiempo, en el ámbito literario, pero sobre todo personal y político. Como él mismo, al menos en los últimos tiempos, esas memorias definen su carácter melancólico y tímido, pendiente de los destellos que vinieran de su país. Había anunciado para ahora uno de sus periódicos regresos. El futuro fue siempre imperfecto (Páginas de Espuma publicó hace dos años Antes del futuro imperfecto, sus recuerdos se llaman El cuento de nunca acabar), así que terminó poniéndole punto final a la ilusión reiterada de Medardo de volver al calor de su país al menos de vez en cuando.


"Escritura y verdad: Cuentos completos de Medardo Fraile" por José María Merino

miércoles, 31 de octubre de 2012

La mítica frase: "Ese tiene más moral que el Alcoyano..." por Juan Cruz(Diario As)



Es la mítica frase que distinguió su tesón y entrega. El Alcoyano regresa hoy en la Copa del Rey a la fábrica de utopías y luchará con ganas y tesón contra Goliat





La mítica frase: "Ese tiene más moral que el Alcoyano..."Ampliar
EN 1947. Este es el Alcoyano que hizo historia quedando por delante del Madrid en la tabla. |

A Kubala le preguntaban cómo estaba el equipo nacional y el húngaro rubio siempre decía lo mismo: "Chicos bien, moral alta". Si algo define el fútbol es el patio del colegio. Ahí nadie se rinde hasta que no toca la campana el fin del recreo. Los futbolistas luego se hacen mayores y someten su moral a avatares que tienen orígenes tan pedestres como el amor (o el desamor) y el dinero. Mientras tanto, de chicos, el fútbol es una cuestión de honor, y por tanto de moral. Si tienes honor, guardas la moral hasta el último instante.




Así que esa frase con la que el Alcoyano hoy regresa a la fábrica de utopías que es la Copa del Rey tiene un alcance mucho más profundo que el anecdótico que se le atribuye. Cuando los futbolistas del Alcoyano le reclamaban al árbitro, al final de un partido que iban perdiendo por goleada, que hubiera pitado antes de tiempo la conclusión del encuentro, no estaban haciendo otra cosa que regresar el patio del colegio.
La moral no es un postizo en el fútbol: es todo el fútbol, y se ve en la actualidad, aunque los partidos se revistan del ritual de los héroes mediáticos. La capacidad de recuperación del Deportivo ante el Barça en Riazor es una muestra contemporánea de la leyenda que se encarnó en el equipo valenciano. Y, a la vez, la reacción del propio Barça en partidos previos a ese, por ejemplo el que disputó frente al Sevilla, retrotraen a sus jugadores (Messi entre ellos) a la época en que disputaban el balón hasta el último suspiro en el patio del colegio. Pasara lo que estuviera pasando.
Lo que pasa es que ese espíritu del Alcoyano se ha diluido, igual que se han diluido otros valores del fútbol, como por ejemplo el amor a los colores. Aquellos futbolistas que tenían tanta moral como para afearle al árbitro que les hubiera robado un minuto de su estancia en el abismo tenían amor a los colores, porque no habían conocido otros, porque no conocerían otros. E insistían porque le debían al honor el ejercicio de la moral. Hoy estamos en otros tiempos, también en la Segunda División, A o B. Los futbolistas vienen de cualquier parte, descienden de otros colores, o van directos a unos nuevos, son del Alcoyano y después del Tenerife, o viceversa. Pero esta noche quizá aquella tradición que marcó la famosa frase pueda restituirse sobre el campo para alimentar la ilusión moral, y ética, de afrontar desde la pequeñez un partido que muy probablemente ganará Goliat. ¿Y si no gana? Esta hipótesis es el sustento de la moral del Alcoyano...

¿Qué sucedió?


Este equipo, en algún momento de su historia, iba perdiendo por un resultado abultadísimo el cual era irremontable. Aún así, viendo que era imposible, le pidieron al árbitro prórroga para ver si conseguían al menos empatar.
Aquí es donde llega la polémica. No se sabe si fue en el 48, y era en la Copa del Rey, ni si iban perdiendo 13-0 en Tercera División, o si iban perdiendo 5-0 o vete a saber si perdían 2-0. Estas historias, como todo, con el paso del tiempo se han ido degradando y no se sabe a ciencia cierta cuál es su origen. El caso es que los jugadores de ese equipo de Alcoy tenían mucha moral para intentar remontar aquel resultado adverso. Fuese cual fuese. Y fuese cuando fuese…


Origen de la expresión "Tener más moral que el alcoyano" en el Blog "sabías qué?"

viernes, 19 de octubre de 2012

'El reportaje cervantino de Juan José Millás' por Juan Cruz


Las moscas, en manada, son horribles. Ellas, que viven un mes, se juntan con un regocijo estremecedor cuando el sol aprieta, y en comandita actúan como si fueran inmortales. Pero una a una son otra cosa; se las llega a estimar incluso por encima de sus merecimientos y se hacen acreedoras de atenciones que sólo se pueden explicar por el afecto. Ha habido moscas, una mosca, que ha sido merecedora de una biografía. Se llamaba Catalina y vivió, como casi todas, 32 días, bajo el escrutinio afectivo del hombre que más la cuidó, el escritor Juan José Millás.

         A Millás, que ha hecho reportajes magistrales para EL PAÍS, reunidos ahora por Seix Barral en el volumen Vidas al límite, le fascinó la evolución de la mosca, de una mosca en concreto, aunque estuviera interesado en todas las moscas. Y se fue a ver a Ginés Morata, científico español muy premiado que se ha ocupado de esos insectos en los que él (y luego Millás) ven paradigmas muy precisos de la propia biología humana.
Morata fue premio Príncipe de Asturias en 2007 por esas investigaciones, entre otras, dirige el Centro de Biología Molecular y tiene una vida científica tan agitada como el vuelo de una mosca en tiempos de mucho calor. Así que le contó a Millás las generalidades fascinantes que el escritor incluyó en su reportaje, pero como tenía que irse de viaje dejó que para los detalles el escritor tuviera la asistencia, muy paciente, de Manolo Calleja, “un investigador muy bondadoso” del laboratorio de Morata.
         Para hacer la historia (que es inolvidable y breve, como la vida de una mosca) corta, señalemos a los que aún no leyeron el reportaje (y deben leerlo ahora mismo) que Millás se llevó a su casa a la mosca Catalina, acompañada por su fiel amante Pruden, con la que copuló todo el tiempo pero siempre que quiso, pues ella llevaba en ese aspecto (y en todos, me parece) la iniciativa de la pareja. Con la paciencia que él tiene, por otra parte, para contar historias bellas o extrañas, reales o fantásticas, Millás siguió las evoluciones de la mosca y de su compañero, hasta que se fueron fraguando y agotando, con una extenuante rapidez, sus respectivos ciclos vitales.
El resultado de esa contemplación es uno de los más hermosos reportajes con los que Millás ha contribuido a la historia del mejor periodismo narrativo en lengua española. Como todos los que hemos podido leer firmados por él, en todos los que se recogen en este volumen el autor de Visión del ahogado está él presente, como parte integrante del paisaje narrativo, a veces como Alfred Hitchcock y a veces como Buster Beaton, que es la presencia cinematográfica que más distingue a la mirada física e intelectual de Millás.
         Esa joya periodística no desmerece otras (es extraordinaria su visita a Pasqual Maragall, cuando el alzheimer del expresidentes catalán estaba asomando su implacable síntoma, y es inolvidable, como idea y como resultado, su episodio como ciego por un día), pero sí marca la manera de hacer de Millás como periodista y, en definitiva, también como narrador. Pues en su caso no se trata solo de escribir, aunque todos los reportajes son, en cierto modo, reflexiones sobre la propia escritura, sino de hacer partícipe al lector de la idea tal como va apareciendo hasta que llega a su ciclo final. Un poco como la propia historia de la mosca.
         Esa interpretación cervantina de la escritura le ha dado a Millás una dimensión especial como narrador. Como si tuviera que referirse a un testigo para compartir la sorpresa, este escritor que ha hecho de la paradoja kafkiana un modo de ser se ha aproximado a sucesos grandes o pequeños, desde la memoria o el olvido hasta la vida de una mosca, para demostrar que todo lo que existe puede ser objeto de la literatura (y del periodismo) si andas, como él, una hora al día sin que te perturbe otro ruido que el del cerebro pensando.
         El libro lleva un interesante prólogo del filósofo Ángel Gabilondo. Los prólogos suele ser circunstanciales. Este está muy trabajado. Dice Gabilondo: “Hay escritos que producen el efecto autor. Este libro produce el efecto Millás, gracias a que él se sitúa, como dice, ´en plan sombra`, ahora en tinta de escritura”. Tiene razón el exministro: en plan sombra, como Cervantes.

lunes, 13 de agosto de 2012

José Manuel Blecua por Juan Cruz (Infancias-El País)


El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, de 73 años, tenía que cruzar la ciudad de Zaragoza de lado a lado para ir a la escuela cuando los cortes de luz impedían el uso del tranvía. “El instituto era la vida o al menos la realidad. Era una mezcla muy poderosa de clases”. Estudió Filología Hispánica y durante la carrera jamás dejó de ser un niño.“Las oposiciones ya me obligaron a ser adulto”

 11 AGO 2012 - El País

  • José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, en una imagen de su infancia.
    Conoció a la vez “la dureza de la vida” y “el encanto de vivir en libertad”, y eso supone para José Manuel Blecua, filólogo, catedrático, director de la Academia Española, la esencia de su infancia difícil, feliz e inolvidable.
    Para ir al instituto, este zaragozano de 1939 tenía que cruzar la ciudad, caminando, de lado a lado; dos horas para ir, dos horas para volver, y así por la mañana, al mediodía, por la tarde, al atardecer. Su padre, José Manuel también, profesor, su maestro, los llevaba de la mano, paso a paso, cuando los cortes de luz impedían el uso del tranvía. “El tranvía era el mundo”.
    En ese espacio que él asocia con la libertad de los veranos y con la dureza de los inviernos conoció también el racionamiento. “Teníamos un tío escolapio que no fumaba y todos los hombres de la familia se repartían el tabaco que él acopiaba”.
    Esa inclemencia que convirtió el periodo en una especie de noche del siglo tenía muy preocupados a los adultos, “así que nosotros hacíamos lo que nos daba la gana... La anatomía de ese instante por una parte es la dureza de la vida, y por otra, la del encanto de vivir en libertad... Se podía jugar al fútbol en la calle e ir en bicicleta”. Y ese era el paraíso, “al que uno podía llegar antes que ahora”.
    Zaragoza era el curso; como entonces el padre y los chicos tenían las mismas vacaciones, los Blecua se iban a Ágreda, en Soria, y ahí, en cierto modo, se hizo el filólogo. “Trillábamos, qué niño trillaría ahora, y eso me sirvió luego para mis estudios de dialectología. Lo que oía decir”. Blecua aprendió en Ágreda a nombrar las cosas del campo. “Nosotros éramos niños que sabíamos trillar, pescar cangrejos, cocinar algunas cosas o poner la rueda de un tractor. Y los niños de ciudad no sabían eso”.
    Nombrar y vivir. “Vivir al aire libre era algo maravilloso, o llevar las vacas al abrevadero... Esa doble vida, la de pescar, cazar, trabajar y disfrutar del campo por el día, y la libertad de caminar por las noches bajo el cielo del verano es lo que recuerdo de ese instante”. Y ese instante se parece, del todo, al recuerdo de la infancia. José Saramago decía que uno va con el niño que fue. En la mirada de este señor que ahora viste traje oscuro, lleva camisa blanca y utiliza corbata negra también, hay algo de aquel muchacho que él trae consigo, en la foto que aporta a este relato de su propia niñez. Ese niño recuerda a su padre, para hablar de sí mismo.
    “Recuerdo mucho las actitudes de mi padre con nosotros, que además éramos sus alumnos en el instituto. Nos intentaba enseñar a todos que nos teníamos que limpiar los dientes, era imprescindible que lleváramos las manos limpias, las uñas recortadas, que estuviéramos bien peinados... Cuando nos dormíamos en clase, nos castigaba a lavarnos la cara en la fuente y nos pasaba revista a las manos”.
    Ahora se lava, se mira las uñas, se las recorta, se peina: delante del espejo, cada día, Blecua es el niño que su padre ayudó a hacer. “Aquel era un tiempo como el que describe Rafael Azcona en sus guiones. Pobreza, no había nada, tristeza en la calle, melancolía en las casas. Comíamos boniatos, siempre comíamos boniatos. Cuando pudo, mi padre ya no volvió a comer boniato nunca más, pero a mí me parecía una cena estupenda. Él los odió para siempre”.
    Sobre las cenas y los días sobrevolaba el miedo. El miedo que implantó la dictadura, la incertidumbre atroz de una posguerra en la que se bisbiseaba la política. “El miedo era muy triste... Pero había otras cosas que nos daban una extraordinaria felicidad. El fútbol, por ejemplo. Las retransmisiones de Matías Prats. La radio fue magnífica para nosotros”.
    El instituto era la vida, o al menos la realidad. “Una mezcla muy poderosa de clases; había chicos que no tenían zapatos, aunque en algunos casos sus padres tuvieran dinero en sus casas, pero iban a la escuela así. Era un pequeño cosmos que permitía elevar la anécdota a categoría y aprender a vivir sobre la marcha. Por ejemplo, era frecuente que no tuviéramos pelota para jugar al fútbol y hacíamos una de trapo, así jugábamos, aprendiendo a hacer utilidades de las carencias”.
    Aprendió el mundo, que diría Juan José Millás. Pero eso no era suficiente. La imaginación fue enseguida el sustento del niño Blecua. “Éramos lectores desde muy chicos. Mi abuelo Antonio nos compraba El Coyote todas las semanas, y en los veranos descubrí las bibliotecas. Había una municipal, que llevaba don Arsenio, el maestro”. Ahí descubrió Kim de la India, de Kipling... “En casa teníamos la colección Araluce... Mary Luz Morales adaptó clásicos como Los argonautas o La Ilíada y La Odisea, ese fue el camino del conocimiento literario”.
    La casa era un trasiego de maestros, entre los que destacaban Ricardo Guyón y Francisco Ynduráin
    Los niños van viendo a los padres desde abajo, hasta que ya los miran a los ojos. “Cuando eran novios, mi padre era catedrático de un instituto de la República, en la comarca de Cuevas del Almanzora. El 18 de julio fue a ver a su novia a Zaragoza, ahí le sorprendió la guerra y no pudo volver a Cuevas del Almanzora. Se casaron en plena guerra, cuando mi madre tenía 21 años”. El padre era un modesto profesor de instituto, pero por su casa pasaba el mundo. Ramón J. Sender, paisano exiliado, les mandó a los chicos Blecua unos pantalones vaqueros “de los que estábamos orgullosísimos”, y la casa era un trasiego de maestros, entre los cuales fueron muy destacadas las amistades del profesor Ricardo Gullón y Francisco Ynduráin. “Teníamos un padre que viajaba mucho por el mundo, pero era un padre normal que nos llevaba al fútbol los domingos”. La madre, Irene, “era muy dulce, generosa; murió muy pronto, cuando tenía poco más de cincuenta años”.
    El padre era, como el Blecua que ahora se mira en el espejo por si aquel lo fuera a revisar, un hombre trabajador y ordenado, “que iba todos los días del año a tomarse el café con los amigos del casino...”. Había boniatos, y a veces había morcillas que el padre e Ynduráin encontraban. En una de esas tiendas, el padre compró “una gabardina inmensa con la que iba a comprar el pan negro del estraperlo...”.
    Hay un momento en la que ya el niño deja de serlo. Blecua tuvo ese momento. “Fue una semana en la que preparaba la reválida. Había unos temas que tenía que estudiar, entre los que se incluían algunas biografías. Ahí leí el primer artículo que recuerdo de Ildefonso Manuel Gil que no olvidaré nunca; era sobre Bécquer. Ahí me di cuenta de que el mundo del conocimiento era muy complejo, y obligaba a esforzarse mucho para tratar de dominarlo. En ese momento se terminó mi infancia. Tenía 17 años”.
    Pero realmente aquel joven Blecua jamás dejó de ser un niño. Por lo menos durante la carrera. “Las oposiciones ya te obligan a ser adulto... Pero sí, es cierto, mi infancia duró mucho, porque uno en el fondo siempre es un niño, lo sabemos todos”. Trajo consigo su fotografía de niño Blecua, y ahí, si miras bien a los ojos, risueños y curiosos, rodeados de los rizos infantiles, hallas al Blecua de hoy, que acude muy pulcro y muy solemne a actividades a las que seguramente asiste con el niño que fue. Aquel niño, por cierto, comparte con él, aún, el disgusto por los horarios. Por eso es tan puntual.
    En esa mirada hay una picardía que viene del abuelo paterno, Manolo, o Manolito, “era el perejil de todas las salsas, un nadador estupendo, nos enseñaba a preparar caracoles, que recogía en el cementerio de Alcolea, decía que esos eran los mejores; contaba chistes verdes divertidísimos y le gustaba ir a los cafés-cantante. Y a los treinta años decidió que ya no trabajaría nunca más”. El abuelo regentaba una pensión, y unos gritos le bastaban para ponerla en marcha. “Con el abuelo materno, Antonino, los chicos tomábamos el vermut, era el que nos compraba los tebeos”. Las abuelas vestían de negro. El otro color que también vistió aquella infancia.

    sábado, 30 de junio de 2012

    Gabo está en todos sus cuentos


    "Todos los cuentos" de García Márquez


    Un solo volumen reúne por primera vez toda la narrativa breve del premio Nobel

    El libro es el palimpsesto de todo lo que tiene que ver con Macondo


     Madrid - El País
  • Gabriel Garcia Marquez. / AGUSTÍN SCIAMMARELLA

    Gabriel García Márquez le dijo a Luis Harss, el autor de Los nuestros, la biblia del boom, que aborrecía sus primeros cuentos, los que escribió para El Espectador de Bogotá. Entonces era 1965, dos años antes de que apareciera Cien años de soledad, el que sería Nobel se alimentaba de hierbas y otras esperanzas, y escribía como un poseso mientras hacía cine, periodismo y cumplía otros ritos para alimentarse, para alimentar a sus hijos y para llevarle a Mercedes Barcha, su joven esposa, la tranquilidad que no tuvo el coronel de El coronel no tiene quien le escriba.
    Cuando le dijo eso a Harss, García Márquez no hablaba en serio, y de hecho la historia no se lo ha tomado en serio cada vez que dijo que quería dar un escrito a las llamas. Ahora esos cuentos (incluidos en el volumen Ojos de perro azul, sobre todo), y muchos más, aparecen en un solo volumen por primera vez en la historia editorial del prolífico escritor lento de Aracataca. El libro tiene 509 páginas y ha sido publicado, como toda la obra de Gabo, por Mondadori. Está impreso en Barcelona, donde vivió el escritor (en la calle de Caponata), y donde pasan algunas de estas fábulas que despiertan a un muerto, y que por cierto están llenas de muerte, que es el ramaje en el que se desenvuelve, a grandes rasgos, la narrativa de este enorme cuentista.
    Casi 30 años después de haberle dicho a Harss que él quemaría sus primeros cuentos, Gabo vino a Barcelona con un disquito (un disquete), pues ya hacía rato que se había pasado al ordenador. Traía ahí sus últimos escritos, y seguía contando cuentos. Ahí estaban sus Doce cuentos peregrinos, que cierran este volumen con algunas historias que, como el silencio que transmiten, y la sangre con que están escritos, producen escalofríos.
    Ahí se advierte, mucho más que en todos los anteriores, hasta qué punto Gabo se ha servido, en la novela pero también en los cuentos y en la vida, de los artilugios que aprendió en el periodismo. Su cuento El rastro de tu sangre en la nieve, con el que se cierra este libro, es la esencia misma de su voluntad de narrar desde la realidad lo peor de los sueños. Una recién casada se hiere en el dedo donde lleva el anillo, pero sigue en un viaje que arranca en la ignorancia y termina... Bueno, tienen que leerlo, pues releer a García Márquez es leerlo por primera vez. Ese cuento en concreto está lleno de sus exageraciones, de sus mentiras, y de los trucos con los que amparó su periodismo. El profesor y novelista Pedro Sorela ha rastreado en el García Márquez periodista algunos hábitos que le sirvieron al narrador: el ritmo a veces requiere ciertos requiebros, así que alimenta datos inocentes con impares que le vienen bien, y que no destrozan la realidad (en la no ficción), y que la embellecen (en la ficción).
    El escritor leía e imitaba a Kafka y a Joyce en sus inicios, según Harss
    Ese cuento es algo así como la caja negra del libro, donde está el resumen de sus secretos. Dijo en 1991 (cuando fue con su disquito a la casa deCarmen Balcells) que ahora comprendía “por qué los abuelos contaban cuentos”: para oírlos. Y lo que sucede en este cuento es que uno ve el artilugio como si lo contara un abuelo: alguien le diría al pasar que una chica colombiana esposa de un dandi de coches de lujo se había herido en la noche de bodas, y que había hecho el viaje de bodas dejando un rastro de sangre en la nieve. La exageración cobró cuerpo en la mente que concibió Cien años de soledad y el cuento se lee igual que se leían esa novela o los artículos que, para ganar mano, escribió en los ochenta en EL PAÍS.
    El volumen es el palimpsesto de su obra principal, todo lo que tiene que ver con Macondo. En Los funerales de la Mamá Grande, cuentos que fueron escritos en 1962, el narrador dice, en el inquietante La siesta de los martes: “Todo había empezado el lunes de la semana anterior (...). La señora Rebeca, una viuda solitaria que vivía en una casa llena de cachivaches, sintió a través del rumor de la llovizna que alguien trataba de forzar desde afuera la puerta de la calle. Se levantó, buscó a tientas en el ropero un revólver arcaico que nadie había disparado desde los tiempos del coronel Aureliano Buendía, y fue a la sala sin encender las luces. Orientándose no tanto por el ruido de la cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28 años de soledad, localizó en la imaginación no solo el sitio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura”.
    La ambición de los cien años ya estaba descrita. “Macondo interesa no por lo que es, sino por lo que sugiere”, explica Harss después de escucharle hablar a Gabo en México sobre el proyecto que tenía. La crónica de ese proyecto está aquí, en muchos de los cuentos de ese largo capítulo de este volumen total, Los funerales de la Mamá Grande. A mediados de los sesenta, Gabo concedía que se había extralimitado, hasta entonces, con la combinación de sus ancestros literarios, había mezclado a Hemingway con Virginia Woolf y con Kafka, aunque ya se estaba decantando por Faulkner; antes, su amigo Álvaro Mutis le había arrojado Pedro Páramo, de Rulfo, para que se fuera enterando. Pero es cierto que en los cuentos que hubiera quemado (Ojos de perro azul, por ejemplo) esa atmósfera derivada de múltiples mezclas literarias ya hacen adivinar al Gabo que escribió Cien años de soledad. Lean, por ejemplo,La tercera resignación, de 1947: “Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y destruido habría tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo”. Estaba dispuesto el joven Gabo, de todos modos, a dejarse provocar por las sensaciones que en literatura parecen la materia sentimental que da gasolina a los dedos. Se lee: “Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué palabra tan honda, tan significativa! Ahora tenía miedo; un miedo físico, verdadero. ¿A qué se debía?”. La vida fue llevándolo por una fábula más rítmica, que tuvo en ese libro, El coronel no tiene quien le escriba, el homenaje que le debía a Hemingway, y enCien años de soledad el homenaje que le debía a Aracataca.
    En aquel entonces leía e imitaba a Kafka y a Joyce (le dijo a Harss); se pasaba el día “truqueándolos”, con resultados negativos, “malabaristas”. La perfección (él es consciente de que la perfección era su objetivo) vino del ritmo, de la música. Muchas veces cita a sus compositores (Brahms, Bach), y se diría que cuando escribe trata de imitarlos. Si ahora se lee el libro combinando los cuentos de una época y de otra, los cuentos de los años cuarenta y aquellos que escribió ya en sazón, y de eso hace 30 años, uno ve que aquel que escuchó los cuentos en la cuna de Aracataca no paró desde entonces hasta hallar el ritmo con que los almacenó en su memoria de fabulador. La experiencia solo le ha dado historias. La música la lleva en las venas.

    lunes, 25 de junio de 2012

    Ridruejo, la desesperación del exilio



    Las cartas escritas desde París corroboran el irreversible desmarque de la dictadura del exflangista

    JUAN CRUZ. 25/06/2012 - El País

    Dionisio Ridruejo había roto con el régimen que él ayudó a montar. El franquismo no se lo perdonó y le persiguió con saña. Franco aprovechó el ruido del contubernio de Múnich (en el que el exfalangista había participado y del que ahora se cumple medio siglo) para aislarle en París, donde el autor de Escrito en España vivió, desde 1962, dos años de exilio en los que combinó su rabia de expatriado con la preocupación familiar por la precaria situación en que vivían su mujer, Gloria de Ros, y sus dos hijos, Gloria y Dionisio, que habían nacido en 1947 y 1949.
    Gloria de Ros y Dionisio Ridruejo en un viaje a Paris en el año 1962.
    Ahora publica la Fundación Banco de Santander las cartas que él le escribió a su mujer en ese periodo de su vida. Cartas íntimas desde el exilio, que han sido compiladas por los críticos Jordi Gracia y Jordi Amat. Coinciden, además, con la publicación en RBA de Ecos de Múnich, que recogen los escritos de Ridruejo relacionados con aquel contubernio en el que por primera vez participaron vencedores y vencidos de la Guerra Civil.

    El “contubernio” (expresión con la que el régimen trató de desprestigiar la reunión), “ha salido en conjunto mejor de lo que era razonable esperar e incluso el inmenso beneficio de la reacción del Gobierno me parece una gracia caída de los cielos”, le dice Ridruejo a Gloria en la primera de estas cartas íntimas. Se le había abierto la posibilidad del destierro en España, pero Ridruejo no quiso aceptar esa oportunidad. “Lo que se ha hecho es lo único que puede dar confianza a la gente sobre el porvenir y yo no cejaré hasta llevar las cosas a sus mejores consecuencias”. Esa fue la razón “por la que no me apresuro a volver ni a aceptar la residencia en Fuerteventura —que es una isla dura pero preciosa— o en Carabanchel. Tengo mejores cosas que hacer por el momento. Cuando estas cosas estén hechas, volveré a España seguramente y que ellos tomen la responsabilidad”.

    Volvió a España dos años más tarde. Después de algunas peripecias que narra con el pulso del poeta que fue, sorteó a la Guardia Civil en la frontera y se presentó de improviso en la casa de Madrid. “Parecía un fantasma”, dice su hijo Dionisio, que ahora tiene 63 años. Se fue de inmediato a su escritorio y le escribió una carta al director general de Seguridad, que era Carlos Arias Navarro. “No podía resignarme a quedarme extrañado de mi patria indefinidamente, haciendo creer, por añadidura, que mi pasividad significa iba asentimiento a esta situación anormal y penosa. No se trataba por mi parte de un desafío a la autoridad sino de una modesta reivindicación de derecho, que considero indeclinable, sin perjuicio de las medidas que el Gobierno pudiera considerarse en el deber de aplicar en consideración de mis actitudes políticas”. El Gobierno tomó represalias. Como había ocurrido antes, en condiciones menos dramáticas, lo encarcelaron y luego lo sometieron a una vigilancia que no se relajó hasta la muerte del general…

    En aquella carta a Arias Navarro, Ridruejo le contó al que luego sería sucesor de Franco en la interinidad de la Transición los detalles de su viaje del exilio a su país. “Como V.I. debe saber, algunos agentes de ese servicio (policial) me raptaron en las proximidades de Bilbao, y después de mantenerme en su coche con los pretextos más ingeniosos y el trato más cortés, me devolvieron a territorio francés a la vista de San Juan de Luz. Explicaré que he empleado la palabra ‘rapto’ en sentido técnico y no peyorativo para indicar que no hubo ni detención ni identificación formales, ni pasaje por comisaría alguna, ni aceptación de mi deseo de que mi caso (…) fuera consultado con la superioridad, ya que mi intención no era la de disimularme”.

    Se entregaba, tácitamente. “Y lo metieron en el trullo”, dice ahora su hijo. Su exilio lo pasó combinando oficios (editor, traductor, escritor), simulando ante Gloria, que una vez fue con los hijos a París, un bienestar inestable del que se quejó muy poco. Las cartas procuran una estabilidad familiar que en algún momento estuvo a punto de saltar por los aires. Fue en mayo de 1963, cuando el diario Arriba, del movimiento, lo acusó de favorecer “al partido del crimen, la checa y la tortura”. Su mujer, aconsejada por el exministro de Franco Joaquín Ruiz-Giménez, escribió una carta exculpatoria, aludiendo a los servicios prestados por Ridruejo en la Falange y en la División Azul. A él esa carta lo llenó de indignación, y respondió con una carta íntima, pero incendiaria. Esa carta tiene un alto valor documental, pues marca para siempre la voluntad de Ridruejo de desmarcarse de veras del régimen que contribuyó a crear. Jordi Gracia lo subraya así, explicando cómo se sale de la lectura de estas cartas: “Se sale con el ánimo tonificado por el equilibrio entre el sacrificio y el deber. Ridruejo asume costes humanos muy altos y se siente responsable de haber contribuido a una enorme catástrofe”.

    Es la crónica personal de un exilio, señala el antólogo, “que muestra el precio que Dionisio Ridruejo tuvo que pagar por un orden civil o moral más justo”. Y ese testimonio, la carta de reproche a Gloria de Ros, simboliza mejor que cualquier otro documento esa ruptura que el Ridruejo demócrata quiso oponer al Ridruejo falangista. “Fue un hombre de bien”, dice el hijo. Los compañeros de colegio de este escucharon, como él, cómo se llamaba traidor a Ridruejo. “Y mi padre no fue un traidor, fue un hombre de bien”. En París, en medio de la desolación del exilio, tranquilizó a Gloria, contándole planes: “Terminar las negociaciones españolas comenzadas en Múnich; montar una fabriquita de propaganda y, por de pronto, una revista intelectual; (…) volver a España, incluso clandestinamente, cuando el aparato esté montado en forma”. Era un poeta; las cartas revelan, además, a Ridruejo como padre de familia, vulnerada su esperanza pero incólume su decisión. “Me parecería (…) indecente —incluso ante vosotros— desertar y abandonar el campo”. Era el precio que pagaba, dice Jordi Gracia, y dice su hijo, por resolver las cuentas del Ridruejo que ganó la guerra.


    Entradas populares

    número de páginas