Mostrando entradas con la etiqueta Premio Cervantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Premio Cervantes. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de noviembre de 2015

El escritor mexicano Fernando del Paso gana el Premio Cervantes por Winston Manrique Sabogal (El País)

El máximo galardón de la literatura en español reconoce el conjunto de la obra del narrador y ensayista mexicano. Es autor de novelas como 'Noticias del imperio' y 'Palinuro de México'. El premio, dotado con 125.000 euros, se entregará el 23 de abril de 2016

El escritor mexicano Fernando del Paso. / FOTO: SAÚL RUIZ / VÍDEO: CANAL 44 UDEG
Fernando del Paso vive en la constelación de Andrómeda, como dice él. Y ayer tuvo un despertar que pasó del susto a la alegría en seis palabras. A las seis y media de la mañana, de México, lo sacó de la cama el teléfono. Vio que era una llamada de su hija Paulina. Su primera reacción fue de preocupación, pero cambió a medida que ella hablaba:
— Papá, tienes que escribir otro discurso.
— ¿Por qué?
— Porque te dieron el Premio Cervantes—, le dijo su hija llorando de alegría.
Desde su casa a las afueras de Guadalajara, en la urbanización de Andrómeda, y al lado de su esposa Socorro, Fernando del Paso (Ciudad de México, 1 de abril, de 1935), recuerda ese momento a EL PAÍS por la misma línea telefónica por donde recibió ese buen despertar:
— Es un reconocimiento enorme a todo ese esfuerzo que durante 60 años he hecho para escribir, me premian 60 años de esfuerzo y reconocen los principales libros de mi bibliografía.
Al escuchar que México ha acaparado los últimos premios Cervantes latinoamericanos, al ser el suyo el cuarto en diez años, y el sexto en los 30 años del galardón (Octavio Paz, 1981, Carlos Fuentes,1987, Sergio Pitol, 2005, José Emilio Pacheco, 2009 y Elena Poniatowska, 2013) el escritor suelta una carcajada, y contesta:
— ¡Magnífico! Lo único que siento es que no esté Carmen Balcells.
Se refiere a la mítica agente literaria fallecida en septiembre pasado. Porque Fernando del Paso se convirtió ayer en XXX ganador del Premio Miguel de Cervantes “por su aportación al desarrollo de la novela aunando tradición y modernidad, como hizo Cervantes en su momento. Sus novelas llenas de riesgos recrean episodios fundamentales de la historia de México, haciéndolos fundamentales”, según el acta del jurado. El premio, dotado con 125.000 euros, se entregará en un acto especial el 23 de abril de 2016, en la Universidad de Alcalá de Henares.
En medio del barullo de fondo que hay en su casa, el escritor habla con cierta dificultad. Cuenta que se recupera de un ataque isquémico que hace dos años que le afectó el habla, el equilibrio y la coordinación. “Me ha tenido casi todo este tiempo en la cama leyendo solo los periódicos”. Él, que fue dibujante, diplomático, académico y en sus tiempos gran locutor de radio.
Narrador, ensayista, poeta y dramaturgo, Fernando Del Paso forma parte de una gran generación de escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX que corrió los linderos de la literatura en español. O como él mismo dice: “Soy parte de la cola del boom". Es autor de novelas emblemáticas como José Trigo, Palinuro de MéxicoNoticias del Imperio. Entre los ensayos figuran El coloquio de inviernoYo soy hombre de letras y Viaje alrededor del Quijote.
Reconoce que se siente influenciado por escritores como Joyce, Dos Passos, Faulkner, Sterne, Rabelais, Flaubert, Sófocles... Y entre los latinoamericanos se declara “admirador de Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier y García Márquez; amigo de Carlos Fuentes y conocido de Cortázar”.

Bibliografía

Ensayo: El coloquio de invierno (con Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez), 1992; Yo soy hombre de letras: discurso de ingreso. Respuesta de Miguel León-Portilla, 1996; Viaje alrededor del Quijote, 2004; Bajo la sombra de la historia: ensayos sobre el Islam y el judaísmo, 2011.
Infantil: De la A a la Z por un poeta (con ilustraciones de Ignacio Junquera), 1988.
Narrativa: José Trigo, 1966; Palinuro de México, 1980; Noticias del imperio, 1987; Linda 67. Historia de un crimen, 1995; Cuentos dispersos, 1999.
Poesía: Sonetos del amor y de lo diario, 1958;Paleta de diez colores (con ilustraciones de Vicente Rojo), 1992; PoeMar, 2004.
Teatro: Palinuro en la escalera, 1992; La loca de Miramar, 1998; La muerte se va a Granada: poema dramático en dos actos y un gran final, 1998.
Otros géneros: Visiones de un escritor, 1990;Douceur et passion de la cuisine mexicaine, 1991;Memoria y olvido, vida de Juan José Arreola (1920-1947) contada a Fernando del Paso, 1994;Trece Técnicas Mixtas, 1996; 2000 caras de cara al 2000, 2000; Castillos en el aire. Fragmentos y anticipaciones. Homenaje a Mauritz Cornelis Escher, 2002; El mito de dos volcanes: Popocatépetl, Iztaccíhuatl, 2005.
Gran conocedor de la historia pasada y presente de su país, Fernando del Paso ha estado muy atento a la actualidad: “México se ha vuelto un país peligroso y estamos consternados una enorme mayoría de personas. Además, me preocupa mucho la corrupción de mi país”.
En el plano social y cotidiano, Del Paso cree que “todavía hay una discriminación racial y social. Es un fenómeno, y una lucha por el poder que el blanco siempre ha ganado. Es una situación que se estaba supernado, pero se ha acentuado en los últimos años”. En un artículo del año pasado ya  dijo: "A los casi ochenta años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé solo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas...¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!".
Sobre la literatura mexicana contemporánea, Fernando del Paso celebra que “se haya desinhibido, antes estaba encorsetada”. Lamenta que haya personas que “crean que el español no es nuestro idioma, y es todo lo contrario, es nuestro, y con mucha riqueza”. En cuanto a la cultura de su país, se queja: “Se ha debilitado un poco el impulso del Gobierno. Tenemos un presidente que es muy inculto y no parece tener buenos asesores culturales”.
Recuerda con cariño la acogida que tiene su obra más prestigiosa:Noticias del Imperio. “Desde pequeño me llamó la atención la historia de Maximiliano de Habsburgo, emperador mexicano entre 1864 y 1867, y de su esposa, Carlota. Un emperador rubio que fusilamos y su mujer que se volvió loca”. Ese es el tema de la novela de casi mil páginas. Una de las más leídas en su país.
El caso de Palinuro de México le causa más gracias. Ríe: “Es una novela picaresca basada en mis años juveniles. De cuando quería ser médico. Todos esos sueños están en la novela”. Lo que no pudo ser. En cambio el 23 de abril volverá a Alcalá de Henares a recoger el premio de lo que es, un Premio Cervantes.

Todos los premiados con el Cervantes

jueves, 23 de abril de 2015

Juan Goytisolo: “Digamos bien alto que podemos” por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

Goytisolo, entre los reyes Felipe y Letizia. / EL PAÍS-LIVE! / ULY MARTÍN
“A la llana y sin rodeos”. Con esta frase cervantina quiso titular Juan Goytisolo uno de los discursos más breves en la historia del Premio Cervantes y, sin duda, uno de los más políticos. En apenas 10 minutos, el escritor, de 84 años, reivindicó sobre todo dos cosas: la justicia social y la cara menos glamurosa del inventor del ingenioso hidalgo. “Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella”, subrayó antes de lanzar un guiño al partido que ha revolucionado en apenas unos meses el panorama político español: “Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia”.
En una jornada tan justiciera, Goytisolo dijo sentirse “como Bárcenas cuando llega al juzgado” al entrar en el Colegio de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá. Tal era la expectación. El novelista barcelonés cumplió con lo anunciado: prescindió del chaqué protocolario, se puso la americana de las ocasiones y una corbata de hace 35 años.
En su novela Casetas de baño, la novelista francesa Monique Lange, esposa de Goytisolo, fallecida en 1996, cuenta que entre las intenciones de su marido estaba “conducir la lengua española por el desierto” y “llevar a La Meca a Isabel la Católica”. Él suele evocar el particular sentido de humor de Lange para explicar esas frases, pero lo cierto es que el autor de En los reinos de taifa llevó a Felipe VI hasta el valla de Melilla. Al menos simbólicamente.
Pasaban 11 minutos del mediodía cuando Juan Goytisolo, con la corbata ya descolocada, el primer botón de la camisa desabrochado y la medalla del Cervantes al cuello, subió lentamente al púlpito del paraninfo, abrió una carpeta roja, se ajustó mecánicamente los pantalones y se lanzó a leer las 1300 palabras de su discurso —unos cuatro folios al cambio de las antiguas pesetas—. Antes improvisó una doble dedicatoria: a su “maestro” Francisco Márquez Villanueva —estudioso de los heterodoxos españoles fallecido hace dos años— y a los habitantes de la medina de Marraquech, que han acogido, dijo, su “incómoda” vejez.

"¿No sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de la vida de Cervantes?"
Sin rodeos, pero rodeado de autoridades (civiles y militares), un puñado de amigos y dos sobrinos —Gonzalo y Julia, la famosa Julia de las palabras de su hermano José Agustín—, el autor deContracorrientes subrayó que hoy “las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo”. Ante el “sombrío" panorama de una crisis triple —económica, política y social— resulta difícil, insistió, resignarse a “la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes”.
Por eso quiso imaginar a don Quijote deshaciendo nuevamente “tuertos” y socorriendo a los “miserables”, es decir, “acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la moderna Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad”.
Juan Goytisolo había anunciado que trataría de decir muchas cosas en poco tiempo y cumplió. En sus cuatro apretados folios encontró acomodo a los grandes nombres de su canon particular: Clarín, Francisco Delicado, Luis de Góngora o Manuel Azaña. Sin olvidar a Luis Cernuda, al que citó para hablar de los “vientres sentados” de esa burocracia oficial, empecinada en remover los huesos de Cervantes.
En 2001 Goytisolo publicó una recopilación de ensayos usando como título la definición de intelectual acuñada por el recién fallecido Günter Grass —Pájaro que ensucia su propio nido— y tuvo tiempo también de incluir en su discurso una ración de autocrítica. Tras dividir a los escritores entre literatos que “conciben su tarea como una carrera” e “incurables aprendices de escribidor”, que la viven como una “adicción”, reconoció que él fue antes lo primero que lo segundo. “Incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito”, dijo sobre los comienzos de su trayectoria —que arrancó como novelista en 1954 con Juegos de manos— y antes de distinguir, citando a Azaña, la “actualidad efímera” de la modernidad atemporal. “La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita”, afirmó. “La verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza”. El resto es eso que, por la tremenda, recordó Goytisolo, García Márquez llamó “exquisita mierda de la gloria”.
En un discurso más intenso que extenso, el novelista ponderó la mirada del exilio español frente a “los centinelas del canon nacional-católico” y se reconoció de “nacionalidad cervantina”. Cervantear, apuntó, es dudar y dudar nos ayuda a eludir “el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas”.
“La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera”, dijo Juan Goytisolo en otro tramo de su intervención. Los que conocen la obra del autor de Belleza sin ley podían esperarse la contundencia de un discurso que esta vez no brotó del subsuelo sino de un púlpito flanqueado por dos maceros de gala. Allí, en lo alto y bien alto, sin rodeos y a la llana, el último premiado con el galardón más importante de la lengua española dijo, aunque fuera con pe minúscula, que “podemos”.
Enseguida llegaron los aplausos, el discurso del ministro de Cultura, el de Rey y el Gaudeamus igitur de la coral. Tres cuartos de hora después de abrirse “la sesión”, se levantaba. Quedaban el aperitivo, las fotos, los corrillos y la apertura de la exposición Compromiso y disidencia en honor del premiado. También, de retirada, la tuna universitaria, esa “gallarda y donosa estudiantina” a la que Goytisolo, el destino tiene estas cosas, dedica uno de los capítulos más locos de su novela Paisajes después de la batalla. En esas páginas, el protagonista, que se parece sospechosamente al autor, se esfuerza en contener el vómito cada vez que escucha cantar Clavelitos. El capítulo se titula ‘Defectos, sicosis, puntos flacos’. También los inmortales los tienen. En Alcalá, por ese lado, la cosa no pasó a mayores.

Discurso de Juan Goytisolo Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014

A la llana y sin rodeos

En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.
A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.
“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.
Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacional- católico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!
Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?
Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.
Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.
Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.
Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Juan Goytisolo gana el Premio Cervantes por F. RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

El galardón está dotado con 125.000 euros y es considerado el premio literario más importante de la lengua española


El escritor Juan Goytisolo. / BERNARDO PÉREZ
El escritor Juan Goytisolo Gay (Barcelona, 1931) ha sido distinguido con el Premio Miguel de Cervantes de las Letras. Instituido en 1976 por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte, está dotado con 125.000 euros y es considerado el galardón literario más importante de la lengua española. La entrega del premio siempre se hace el 23 de abril, del año siguiente, en homenaje a la fecha de la muerte del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. El acto se celebra en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
El ministro José Ignacio Wert dijo que Goytisolo fue elegido tras siete sucesivas votaciones. Según el jurado ha sido elegido "por su capacidad indagatoria en el lenguaje y propuestas estilísticas complejas, desarrolladas en diversos géneros literarios; por su voluntad de integrar a las dos orillas, a la tradición heterodoxa española y por su apuesta permanente por el diálogo intercultural”.
José Manuel Caballero Bonald, (Cervantes 2012 y presidente del jurado) dijo: “Es un premio oportuno y en todos los sentidos, bien dado. Goytisolo representa una de las cumbres de la literatura española sobre todo desde la posguerra. Ha evolucionado desde un realismo social a la indagación en el lenguaje”. Elena Poniatowska (Cervantes 2013 y miembro del jurado) aseguró: "Es una fiesta que lo obtenga él. Los mexicanos le conocemos desde que era muy joven y venia a visitarnos. Era muy amigo de Carlos Fuentes, es un escritor que une dos orillas, Es hombre en el que se puede confiar por su autenticidad, diría que es tan auténtico como la duquesa de Alba”.
Aunque ha seguido escribiendo y publicando artículos, ensayos y hasta poesía –su último libro es el poemario Ardores, cenizas, desmemoria (2012)- Juan Goytisolo se jubiló como novelista, dice él mismo, con la aparición hace seis años de El exiliado de aquí y allá. Su carrera como narrador arrancó a los 23 años, en 1954, con Juegos de manos una novela que lo situó entre los más destacados autores del realismo crítico de la posguerra. Instalado en París desde 1956 y después de publicar otras novelas y libros varios libros de viaje (a Cuba, a Almería), Goytisolo rompió con su exitosa etapa anterior y se lanzó a una experimentación narrativa que arranca en 1966 conSeñas de identidad, una ácida y dislocada visión de la España franquista a través de la mirada de Álvaro Mendiola, alter ego del propio novelista y protagonista de una trilogía completada con Don Julián y Juan sin tierra.
Desde los años ochenta del siglo pasado alterna las estancias entre París y Marraquech, la ciudad en la que se instaló definitivamente en 1997 y a la que dedicó la novela Makbara (1980). Le seguirían títulos como Paisajes después de la batalla, Las virtudes del Pájaro solitario, La saga de los Marx, El sitio de los sitios o Telón de boca, escritas todas desde una abierta experimentación que mezcla voces y tiempos en un collage en el que unos versos del Arcipreste de Hita pueden convivir con un anuncio de televisión y una visión mística con la descripción sin tapujos de una escena sexual para hablar de la inmigración, la evolución de la izquierda tras la caída del Muro de Berlín, la guerra de los Balcanes o el carácter poliédrico del mundo árabe.
Partidario de una lectura de la tradición española ajena al discurso puritano y nacionalcatólico, Goytisolo ha dedicado varios ensayos a figuras como Francisco Delicado, Blanco White, Manuel Azaña o Américo Castro.
En 1985 y 1986 Goytisolo publicó los dos volúmenes de sus memorias:Coto vedado y En los reinos de taifa, una descarnada revisión de su infancia y de su compromiso antifranquista a la vez que un minucioso relato sobre la conflictiva asunción de su homosexualidad, paralela a su cambio de registro literario. Todo un hito en el memorialismo español, esos títulos funcionan además como teoría narrativa y biográfica de un heterodoxo que dice serlo a pesar suyo.
Desde su creación, el premio cumple una norma no escrita de alternancia de los galardonados entre España y América Latina. Entre quienes lo han obtenido figuran nombres como Jorge Luis Borges, María Zambrano, Mario Vargas Llosa, Dámaso Alonso, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Miguel Delibes, Alejo Carpentier, Ana María Matute, Camilo José Cela, Luis Rosales, Rafael Alberti y Rafael Sánchez Ferlosio.
El jurado del Cervantes 2014 estuvo formado por los ganadores de las dos última ediciones, Poniatwoska (2013) y Caballero Bonald (2012); por Soledad Puértolas, Inmaculada Lergo, Fernando Galván, Carmen de Benavides, Julio Martínez Mesanza, y Mercedes Monmany, entre otros.

Todos los premios cervantes

1976. Jorge Guillén (español).
1977. Alejo Carpentier (cubano).
1978. Dámaso Alonso (español).
1979. Gerardo Diego (español) y Jorge Luis Borges (argentino).
1980. Juan Carlos Onetti (uruguayo).
1981. Octavio Paz (mexicano).
1982. Luis Rosales (español).
1983. Rafael Alberti (español).
1984. Ernesto Sábato (argentino).
1985. Gonzalo Torrente Ballester (español).
1986. Antonio Buero Vallejo (español).
1987. Carlos Fuentes (mexicano).
1988. Maria Zambrano (española).
1989. Augusto Roa Bastos (paraguayo).
1990. Adolfo Bioy Casares (argentino).
1991. Francisco Ayala García-Duarte (español).
1992. Dulce María Loynaz del Castillo (cubana).
1993. Miguel Delibes Setién (español).
1994. Mario Vargas Llosa (hispano peruano).
1995. Camilo José Cela Trulock (español).
1996. José García Nieto (español).
1997. Guillermo Cabrera Infante (cubano).
1998. José Hierro del Real (español).
1999. Jorge Edwards (chileno).
2000. Francisco Umbral (español).
2001. Alvaro Mutis (colombiano).
2002. José Jiménez Lozano (español).
2003. Gonzalo Rojas (chileno).
2004. Rafael Sánchez Ferlosio (español).
2005. Sergio Pitol (mexicano).
2006. Antonio Gamoneda (español).
2007. Juan Gelman (argentino).
2008. Juan Marsé (español).
2009. José Emilio Pacheco (México).
2010. Ana María Matute (española).
2011. Nicanor Parra (chileno).
2012. José Manuel Caballero Bonald (española).
2013. Elena Poniatowska (México).

miércoles, 24 de abril de 2013

Poesía contra los desahucios de la razón por Javier Rodríguez Marcos


El poeta, narrador, memorialista y ensayista ha dado su discurso durante la entrega del Premio Cervantes

"Hay que defender con la palabra contra quienes pretenden quitárnosla. Esgrimirla contra los desahucios de la razón"

"Una sociedad decepcionada, perpleja y herida por una renuente crisis de valores, tiende a convertirse en una sociedad renovada por su esfuerzo regenerador. Quiero creer que el arte también dispone de ese poder terapéutico"

"Decía Octavio Paz que con el Quijote empieza la crítica de los absolutos, comienza la libertad"

VÍDEO: EL PAÍS-LIVE / FOTO: ULY MARTÍN

La literatura es una realidad paralela; las ceremonias que la rodean, también. Así, en la entrega de un premio los poderosos celebran a los críticos con el poder, es decir, un ministro puede elogiar a un desobediente y un príncipe, a un infractor. Esta mañana, las protestas de los afectados por los recortes en los colegios públicos Zulema y El Carrusel de Alcalá de Henares no traspasaron los muros renacentistas del Colegio Mayor de San Ildefonso y los pitidos que ahogaban los aplausos en la plaza de San Diego al paso de las autoridades —los príncipes Felipe y Letizia; el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert; el obispo Juan Antonio Reig Plà— contrastaban con la cordialidad y el silencio —teléfonos móviles aparte— que presidió en el paraninfo de la universidad la entrega del premio Cervantes a José Manuel Caballero Bonald.
Si el silencio lo puso la solemnidad del acto —con himnos, latines y maceros—, la cordialidad corrió a cargo de los muchos escritores que acompañaron en su gran día al poeta y narrador jerezano, de 86 años, un autor que cuenta con la admiración de sus colegas de generación y con la de los más jóvenes. “Un lúcido que no da lecciones”, como tal lo describió en su discurso el Príncipe después de destacar las raíces andaluzas de su obra y sus alas latinoamericanas y antes de recordar que el galardón iba a “estropear sus planes” de evitar la “insufrible y engorrosa” inmortalidad.
Bajo la mirada vigilante de tres de sus nietos —uno de ellos, Agar, de 14 años, cámara en mano—, Caballero Bonald subió al púlpito, cambió de gafas y habló durante media hora con esa voz que parece nacida donde se cruzan los caminos entre Jerez de la Frontera y del Siglo Oro.
Miembro de una generación literaria, la de los 50, que nunca distinguió entre literatura y amistad, lo primero que hizo el autor de Somos el tiempo que nos queda fue recordar a los amigos que le precedieron en el palmarés del Cervantes —Ana María Matute y Antonio Gamoneda le escuchaban entre el público— y a los que la muerte impidió entrar en él: Valente, Barral, Ángel González, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo. Como dicen los manuales, niños de la guerra; como dijo uno de ellos, “partidarios de la felicidad”, escritores cuajados contra la dictadura franquista. No es extraño que todo el discurso de Caballero Bonald fuera un canto a la libertad que nace de los actos de leer y escribir. “Todos aquellos que se han valido de la opresión para programar el mantenimiento de sus poderes han coartado la libre circulación de las ideas”, dijo. “Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaba herejes o quemaba libros”. Y añadió: “Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades”.
Llegó entonces el momento del Quijote, un libro que fue para él no “una lección” sino “una conmoción”. Siguiendo la regla no escrita de referirse en el discurso de recepción del premio más importante de las letras en español al autor que le da nombre, Caballero Bonald reivindicó al Cervantes menos trillado —el poeta—, algo que ha hecho por extenso en el ensayo que abre su libro más reciente, Oficio de lector (Seix Barral). “Quien escribió el Quijote no podía ser sino un gran poeta”, afirmó en Alcalá citando a Luis Cernuda. En esa novela que tantas veces ha resultado ser “una poderosa luminaria” que oscurece cualquier otro empeño se decantan, dijo el premiado, “los alimentos primordiales de la poesía, esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de sus propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la iluminación, a esas ‘profundas cavernas del sentido’ a que se refería San Juan de la Cruz”.
Tras recordar las “vaguedades, zozobras y cautiverios”, las “decepciones, fracasos y desdenes” que llevaron a Cervantes a publicar la parte fundamental de su obra cuando rondaba los 60 años y apenas le quedaban 10 de vida, el autor de Ágata ojo de gato subrayó que más que un “vencido por la vida”, el creador de Alonso Quijano fue el “vencedor literario de todas las batallas por la libertad”.
Libertad fue una de las palabras más usadas ayer por Caballero Bonald. La otra fue la palabra poesía, “ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó”. Corrección de las erratas de la historia, defensa contra sus “averías”, consuelo para sus trastornos y desánimos... todo eso es la poesía para un escritor que ayer reivindicó la utopía —esa “esperanza consecutivamente aplazada”— y “los nobles aparejos de la inteligencia” para que el pensamiento crítico “prevalezca sobre todo lo que quiere neutralizarlo” en una sociedad “decepcionada, perpleja, zaherida”.
“Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla”, dijo el autor de Manual de infractores cuando su discurso se encaminaba hacia el final. “Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón”. Puede que algún día esa fórmula —desahucios de la razón— se lea como una simple metáfora, el 23 de abril de 2013, no. Y menos en la voz de alguien que suele repetir que busca que el poema ocupe más espacio que el texto propiamente dicho, que las palabras signifiquen dentro de la poesía más de lo que significan dentro del diccionario.
La literatura es una realidad paralela, es cierto, pero la otra, la cruda realidad, es tozuda, y a veces, aunque sea entre líneas, se cuela como la noche en un famoso poema de José Manuel Caballero Bonald, o sea, por las ventanas, por los ojos “de cerraduras y raíces”, por orificios y rendijas. Y por debajo de las puertas. También por aquellas cerradas al ruido de la calle.

Entradas populares

número de páginas