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miércoles, 4 de abril de 2012

Los relatos de Josefina Aldecoa, en un solo tomo



La niñez, el paisaje y las mujeres fueron tres de los temas esenciales en la obra de Josefina Aldecoa. Sus relatos se reúnen en Madrid, otoño, sábado

AMELIA CASTILLA

La niñez, el paisaje y las mujeres fueron tres de los temas esenciales en la obra de la escritora, cuyos cuentos se reúnen en Madrid, otoño, sábado

Descripciones minuciosas del paisaje, situaciones en las que la fugacidad de la felicidad queda patente, las duras condiciones de la posguerra y los diferentes aspectos de la condición femenina a lo largo de los años resaltan como una constante en la literatura de Josefina Aldecoa (La robla, León 1926-Mazcuerras, Cantabria 2011). Madrid, otoño, sábado, que ahora publica Alfaguara, reúne todos los cuentos de la escritora desde 1961 al 2000, y a través de ellos se refleja, como si de un espejo se tratara, los cambios que fue experimentado su narrativa, en la que temas universales como la niñez, las esperanzas rotas o el amor son descritos con un realismo implacable.

Ya en el primer relato, El niño y los toros, una historia de amos, señoritos y criados en una finca se respira el olor del campo en medio de un bosquecillo de adelfos. Tulipanes amarillos, acacias, gladiolos, pitas, sabinas, peonías, espinos y aromas frescos y dulzones de las frágiles rosas silvestres entran a rachas en casi todos los cuentos, da igual la época en se trate. Aldecoa deja constancia también del siglo que le tocó vivir con sus cambios y sus vaivenes. En esos primeros relatos, destacan la figura del indiano que retorna a casa, la revolución minera en Asturias narrada desde una minúscula zona rural en la que acentúan todas las diferencias sociales y las inquietudes de las jóvenes adolescentes en los años cincuenta. Cada historia se lee con constantes y sutiles referencias a la guerra civil. “Aquí quedó mucha miseria después de la guerra. Claro, sin hombres y con tanto chiquillo hambriento… pero lo peor fue antes mientras aquello duró. Hasta aquí llegaron las bombas. Hasta aquí que nada bueno había querido llegar antes…” o “en la guerra pasaba cada cosa… a mi mujer y a los chicos les pilló en un pueblo cerca de aquí, con unos parientes y estuve seis meses sin aparecer por allí de miedo, porque todos los días se preparaba algún sabotaje al coche de línea”, se lee en El cuarto oscuro.

Los viejos domingos, uno de los relatos de la primera época, adelanta una cuestión que ha marcado toda la narrativa de esta escritora: la relación entre los personajes femeninos y la educación sentimental de la época:

-“Algún día tendrás un cuarto a tu manera. Cuando ya no vivas en tu casa”, dijo tranquilamente Isabel.

-“¿Quieres decir cuando me case?”, preguntó Sara.

Isabel se quedó mirándola.

-“No. Quiero decir cuando seas mayor y trabajes y te vayas a vivir a otro sitio”.

Ese diálogo entre las dos amigas y lo que supone por la manera de entender las relaciones de las mujeres se convierte en algo recurrente en toda la obra de Aldecoa. Los cuentos reunidos en Madrid, otoño, sábado marcan dos líneas perfectamente diferencias que tienen que ver con la propia vida de la escritora. Los primeros relatos, reunidos en A ninguna parte iban firmados con el nombre de Josefina Rodríguez. Tenía 35 años, ya había nacido su hija Susana y dirigía el Colegio Estilo, fundado por ella y basado en la Institución Libre de Enseñanza. Los otros, incluido el Cuento para Susana (1988) forman parte de su segunda vida literaria tras la interrupción que supuso para ella la muerte repentina de su marido Ignacio Aldecoa. La España de las misas, las niñas de uniforme y la vida del campo dan paso a una narrativa en la que los personajes femeninos se van adueñando del relato y en el que el modelo de la mujer libre e independiente frente a la de corte tradicional y dependiente de su marido van evolucionado al compás de la sociedad. “Luis era un hombre fuerte, un eficaz hombre de negocios, con sus esquemas inamovibles , sus aptitudes tradicionales. Pero un buen marido y un buen padre”, se lee en Espejismos, un relato del año 2000.

El cine como parte importante de la educación sentimental de una generación también tiene su reflejo en Happy end: “Era una época…Vivíamos tan aislados. Te acuerdas que de fuera no llegaban ni libros ni revistas. Y aquellas comedias que veíamos en el cine, hasta las más sosas, significaban mucho para nosotras. Los trajes, los peinados, aquellas casas. Todo frívolo pero tentador”, cuenta Cecilia, una de las protagonistas del relato. “¡Que diferentes éramos!. Tú querías estudiar, ser algo por ti misma”, prosigue Cecilia. “ Encontrar un hombre parecido a ti: un compañero. Yo quería un protector, una familia tradicional. Tener tres o cuatro hijos con mi John Wayne”. Las dos amigas se sienten felices en medio de tanta confidencia y ambas son conscientes de la fugacidad se semejantes momentos: “Lo único que tenemos de verdad”.

jueves, 17 de marzo de 2011

Última clase de literatura y pedagogía








vídeo EFE

El mundo de la literatura y de la docencia está apesadumbrado. Josefina Aldecoa (La Robla, León, 1926) falleció ayer mientras dormía en Las Magnolias, su casa de Mazcuerras (Cantabria) donde vivía retirada, debido a su delicada salud. Su única hija, Susana Aldecoa, apenas acertó a decir que se trataba de uno de los días más tristes de su vida. Toda su carrera se desenvolvió entre la narrativa, que buscó retratar el intimismo y el costumbrismo de la España de los últimos 60 años con títulos como Historia de una maestra, y la dirección del colegio Estilo, que fundó en 1959 en Madrid en pleno franquismo siguiendo las normas educativas de la Institución Libre de Enseñanza. Sus alumnos siguieron ayer atentos las clases de lengua y matemáticas como a ella le hubiera gustado. Sus restos serán incinerados esta tarde a las siete en Santander, en la intimidad.En Las Magnolias, muy cerca del jardín, en una pequeña casita, anexa a la residencia familiar, Josefina había hecho trasladar algunos de sus objetos más queridos. Allí junto a la vieja máquina de escribir, parte de su biblioteca, cuadros y algunas de las revistas de la época, en las que publicaba cuentos junto a su marido Ignacio Aldecoa, se sentía realmente a gusto. Pese a la enfermedad que le privó de muchos de sus recuerdos, Josefina siguió escribiendo pequeñas historias, relatos fantásticos que muy poco tenían que ver con su literatura tan pegada a la vida y a la sensibilidad de las mujeres.
No resulta fácil ocultar a los niños las malas noticias. Las lágrimas de algunas profesoras, las caras de tristeza y los teléfonos que no dejaban de sonar les pusieron sobre aviso, pero mantuvieron el tipo como ella les enseñó día a día. Muy pocos conceptos fundamentales se han modificado en su escuela. En los tiempos de Internet, los alumnos siguen estudiando sin libros de texto y son ellos mismos quienes ilustran sus cuadernos. Nieta, hija y madre de maestra, la escritora solía decir que la educación es lo único que puede cambiar a las personas.
Estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía, pero nunca sospechó que acabaría en el patio de un colegio. Amiga de Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Buero Vallejo, Luis García Berlanga y Alfonso Sastre, se inició en la literatura muy joven. Fue precisamente la amistad con la pandilla lo que la impulsó a crear el colegio. Los amigos comenzaban a tener hijos en edad escolar y ninguno deseaba para sus vástagos ni la ideologizada escuela franquista ni la educación religiosa. En un chalé alquilado en la colonia del Viso empezó a los 33 años su carrera como pedagoga. Los últimos 50 años los pasó rodeada de niños, los vio crecer, enamorarse, volver con sus hijos al colegio y hasta enterró a alguno de ellos.
Josefina Rodríguez, como rezaba en las tarjetas del colegio, fue Josefina Aldecoa por decisión propia, al fallecer su marido, el escritor Ignacio Aldecoa en 1969 de un infarto. Así firmó todos sus libros. "Cuando falleció Ignacio para la gente seguía siendo la Aldecoa; por eso, y también como homenaje decidí adoptar el apellido", contó en una entrevista. La muerte de su marido la sumió en una depresión tan fuerte que durante años dejó de lado la literatura, una carrera en la que ambos habían arrancado juntos. En ese tiempo se refugió en el colegio y reapareció en 1990 con Historia de una maestra, una novela precursora de lo que luego se ha conocido como la memoria histórica. El manuscrito ya había sido rechazado por un editor antes de que Jorge Herralde (que finalmente fue su editor) le expresara sus dudas sobre el futuro de una novela de esas características. "Hubo una etapa de silencio sobre el pasado que fue como una cura de muchas cosas que nos habían ocurrido; para entender una literatura hay que entender el contexto histórico en que se ha desarrollado. Algunos escritores y críticos de los setenta despreciaban el realismo, y tuvimos que esperar a los noventa para que se produjera una reacción justa, de reflexión y memoria", contó años después cuando la novela, inspirada en la vida de su madre, una maestra en los años de la Segunda República, se había convertido en un éxito que todavía colea. La novela se ha convertido en un referente de la educación.
El pasado 8 de marzo, día de su cumpleaños, la autora de Los niños de la guerra recibía la medalla de la Igualdad que entrega el Ministerio de Sanidad, pero ya no pudo recogerla. Fue el último homenaje de reconocimiento a una mujer cuyo legado literario y pedagógico permanecerá.

Una mujer de las letras y de la educación








JOSÉ MARÍA GUELBENZU
EL PAÍS - Cultura - 17-03-2011



Fue en la presentación de uno de sus libros cuando Carmen Martín Gaite reprochó con vehemencia a Josefina Aldecoa no firmar su obra como Josefina Rodríguez, de La Robla, León, y Josefina confesó con una sonrisa paciente que no deseaba desprenderse, ni siquiera literariamente, del apellido del hombre con quien había unido su vida. Diez años tardó en asumir literariamente la muerte de Ignacio Aldecoa, y solo entonces volvió a escribir.La obra literaria de Josefina Aldecoa muestra con claridad meridiana los temas recurrentes de su escritura. El primero, la relación entre madre e hija, que se extenderá al nieto. El segundo, las relaciones entre mujeres. El tercero, las vidas de las personas atrapadas por su destino. Como ella dijo siempre: "El destino es el carácter"; de esta afirmación surgen sus mejores novelas.
El éxito le llegó a Josefina de la mano de Historia de una maestra. Ella misma era hija y nieta de maestras influidas por la Institución Libre de Enseñanza, que sería el modelo sobre el que edificó su Colegio Estilo, una verdadera institución en la enseñanza madrileña. Historia de una maestra es la primera parte de una trilogía que abarca desde los años veinte hasta la redacción de la Constitución Española actualmente en vigor. En la primera parte se dibuja con nitidez el personaje de Gabriela, la maestra, una mujer que recibe su título y empieza a ejercer primero en la España rural y después en Guinea Ecuatorial. Al fondo del relato, la República, la Revolución de Octubre, la inminencia de la Guerra Civil y, sobre todo, la realidad de la enseñanza en una España pobre y analfabeta. Aquí se crea el personaje, al que seguiremos en la segunda novela Mujeres de negro en el exilio en México. Pero aquí cambia el narrador: ahora es la hija, Juana, la que cuenta su doble sentimiento de amor y rebeldía ante una madre laica, sensible y lúcida aunque de austeridad castellana y actitud puritana; el matrimonio de la madre con el viudo mexicano que se lleva a ambas a Puebla no es una solución y Juana, una muchacha con un futuro por delante, lo contrario de esa madre que va a encastillarse poco a poco en la pérdida de su mundo, regresa a España y empieza a cursar estudios en la universidad. El tercer libro (La fuerza del destino) cuenta el regreso de Gabriela, habla sobre todo de manera espléndida de la vejez y la soledad que ella encarna, habla también del exilio interior y del país que poco a poco se va a ir abriendo, como se abre en ella la ternura hacia su nieto, hijo de Juana. La escritura de Josefina Aldecoa podría perfectamente definirse como neorrealista matizada por una noble forma de sentimentalismo que la hace perfectamente asequible a cualquier lector.
De entre sus novelas anteriores destacan Porque éramos jóvenes, una novela que plantea otra vez el debate entre presente y futuro, en este caso sobre la vida de un hombre, David, que contrarió sus verdaderos deseos de vida acomodándose a una forma de existencia personal y laboral no deseada. Se cuenta desde tres puntos de vista: unas cartas de amor perdido, un encuentro entre un amigo de David y su viuda y una reunión de recuerdos del pasado del protagonista. Siempre, pues, el enfrentamiento entre deseo y realidad, pero siempre la realidad es decisión de los personajes aunque en ello pese el entorno.
En La enredadera el contraste es también entre pasado y presente, pero esta vez con el siglo de distancia que media entre las dos mujeres del relato, una de ellas esposa sumisa y la otra una mujer para la que es muy importante la conquista de su libertad. Los conflictos van estableciendo un paralelo entre dos posiciones distintas de la mujer dentro de la sociedad: Clara, casada con un hombre mayor que construye un palacio de indiano para ella, y Julia, que adquiere ese mismo palacio cien años después.
Posterior a la trilogía de la maestra es una de sus últimas novelas, El enigma, donde el conflicto surge esta vez en un hombre que ha construido su vida en la renuncia a sus ideales, lo que le meterá en un matrimonio sin amor, y el encuentro con una mujer bien distinta, culta, abierta, libre, con quien tratará de revivir todas las ilusiones y los deseos primeros. Como se ve, temas recurrentes todos ellos que hablan de un tiempo perdido y de la forma de afrontar la realidad a la que el carácter, como destino, nos ha sometido.
La escritura de Josefina Aldecoa, ejemplarmente didáctica y ejemplarmente sencilla, pero llena de amor por la literatura y de matices expresivos de gran calidad, no ha recibido, triste paradoja, ninguno de los premios literarios que pretenden reconocer a las novelas que se publican en España -aunque sí el Premio de las Letras de Castilla y León a toda su obra-, lo que no deja de ser emblemático de un país que regala premios sin ton ni son. Sin embargo, su dedicación y su vocación admirables han sido y son su mejor premio para una vida llena de elegancia, de luz y de belleza.

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