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viernes, 9 de mayo de 2014

Poesías de Lope de Vega, Góngora y Quevedo para 1º de Bachillerato

LOPE DE VEGA



Alba Learning: A MIS SOLEDADES VOY...

Cervantes Virtual: [No sabe qué es amor quien no te ama ... Soneto]

Con qué artificio tan divino sales...

Poema en audio: Qué tengo yo, que mi amistad procuras de Lope de Vega por Elia Domenzáin



Ya no quiero más bien que solo amaros

Es la mujer del hombre lo más bueno



Poema en audio: Qué es amor de Lope de Vega por Carmen Feito Maeso

Poema en audio: Desmayarse, atreverse, estar furioso de Lope de Vega por Juan Ignacio Aranda o Poema en audio: Varios efectos del amor de Lope de Vega por Manuel Dicenta


LUIS DE GÓNGORA


Albalearning: LA DULCE BOCA QUE A BESAR CONVIDA

Cervantes Virtual: Con diferencia tal, con gracia tanta

Goear: La más bella niña por Paco Ibáñez




Poema en audio: Andeme yo caliente y ríase la gente de Luis de Góngora y Argote por Adolfo Marsillach



Poema en audio: Mientras por competir con tu cabello… (Soneto XLIV) de Luis de Góngora y Argote por Pedro María Sánchez


FRANCISCO DE QUEVEDO


Poema en audio: Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió de Francisco de Quevedo por Rafael de Panegos

Vivir es caminar breve jornada

Amor constante más allá de la muerte



La voz del ojo, que llamamos pedo

Poema en audio: Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a Don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, en su valimiento de Francisco de Quevedo por Rafael de Panegos

Poema en audio: Letrilla satírica de Francisco de Quevedo por Rafael de Panegos

 Poema en audio: Signifícase la propia brevedad de la vida sin pensar y con padecer, salteada de la muerte de Francisco de Quevedo por Rafael de Panegos


... Y SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ


martes, 1 de abril de 2014

La poesía de Quevedo por Mario López Asenjo en MasterLengua


Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid en 1580. Era de origen noble lo que le facilitó su entrada en la vida cortesana.  Quevedo fue un hombre muy inteligente y agudo pero también egocéntrico, orgulloso, desconfiado y vengativo. Este carácter tan extremado hizo que se ganara numerosos enemigos y que tuviera incluso problemas con las autoridades.     
En 1639, acusado de espionaje y de traición, fue encarcelado y permaneció en prisión cuatro años sin que se formulase ningún cargo contra él. Desengañado y enfermo, se retiró de la vida pública y murió en 1645.
1. Obra
Como la mayoría de los poetas del Siglo de Oro, Quevedo  no publicó su poesía que circuló, en vida del autor, en forma manuscrita. Solo algunos poemas se publicaron en antologías como en la conocida Flor de poetas ilustres de 1605.
Se sabe que cuando murió estaba preparando una edición de su obra que finalmente completó su amigo Josef Antonio González en 1648, con el título El Parnaso español, monte en dos cumbres dividido, con las nueve Musas.
Las nueves musas servían como pretexto para hacer una clasificación temática en nueve apartados.
Por ejemplo la primera Musa, Clío, recogía poemas de alabanza de personajes ilustres pasados o presentes. Destacan sonetos como “Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!.
El resto de temas en que fue agrupada son:
  • Poemas morales, de lo mejor de su producción, recordemos sonetos como “Ah de la vida’…¿Nadie me responde?” o la Epístola al Conde Duque de Olivares.
  • Poesía fúnebre: exequias de personajes célebres.
  • Poesía amorosa. Reformula el amor petrarquista para incidir en la relación vida-amor-muerte. Algunos de estos poemas son joyas universales, como los poemas dedicados a Lisi, entre los que se encuentra  el mejor soneto del autor y para muchos también el mejor de la poesía española que comienza “Cerrar podrá mis ojos la postrera…” (hoy lo conocemos como Amor constante más allá de la muerte).

  • Por último, poemas satíricos y burlescos que son de lo más agudo e ingenioso del autor. Como no recordar el soneto “A una nariz”.
Entre las composiciones destacan los sonetos, pero practicó todas las formas estróficas típicas de su tiempo: especialmente romances, pero también redondillas, canciones, bailes, jácaras, etc.
Además de su obra poética, Quevedo escribió bastante  prosa. Una conocida novela, El buscón y varios tratados de carácter filosófico, moral, satírico y político.
2. Análisis de su obra 
El conceptismo en Quevedo supone una continuación de los recursos de la poesía cancioneril castellana del XV, donde ya se evitaba nombrar un referente con su significante habitual, para identificarlo con otro signo con el que esté relacionado en el significante o en el significado. Las  similitudes de significante se mostraban a través de antítesis, paradojas, dilogías, paronomasias, calambures, retruécanos…; mientras que la semejanza de significados se articulaba  con la metáfora. Para Gracián el concepto era, de hecho, un acto de entendimiento, que exprime la correspondencia que se halla entre dos objetos.
El conceptismo de Quevedo además del ingenio y la sutileza, prefiere la condensación expresiva y, a diferencia de Góngora  (que recurre especialmente a los cultismos), utiliza palabras habituales o neologismos que él crea a partir de ellas. Por esto siempre se ha dicho que su poesía es “menos difícil” que la de Góngora y puede que sea verdad en apariencia, pero la complejidad en Quevedo es tanta o mayor que en Góngora. Las palabras son más accesibles, sí, y el significado general de la composición parece claro, pero es solo en apariencia como decimos. Casi cada palabra, cada expresión se carga de dobles, triples y hasta cuádruples sentidos. De este modo, los niveles de significado del poema se multiplican y complican.
Un ejemplo de lo que decimos lo encontramos en el poema “A una nariz”; termina así el soneto: “[una nariz] que en la cara de Anás fuera delito”. Bien, Anás puede ser un juego de palabras con referencia al hebreo, a- nas que vendría a significar “chato”, sin nariz. Por tanto la nariz sería delito en la cara de un “chato”. Ya de paso, con la referencia al hebreo,  está insinuando la descendencia judía de Góngora que es a quien dirige el ataque. Pero hay más, también podría ser que se refiere al Anás bíblico, el sumo sacerdote que junto con Caifás condenaron a Jesucristo. Entonces ahora se abre una nueva vía de significación y además con múltiples ramificaciones:
- La nariz es tan grande que en la cara de Anás, o sea, en frente de él, como Jesús en el juicio, es un delito que merece severo castigo.
- O es literalmente en la cara de Anás, es decir, Anás como judío (y por tanto, con fama de nariz grande) ¿tiene una nariz que merecería castigo del propio juez que imparte los castigos?, ¡quien sabe!
Podemos agrupar la poesía de Quevedo en cuatro grandes apartados:
a) Poesía religiosa y moral.
Aquí estarían incluidos sus poemas fúnebres, morales, reflexivos de carácter filosófico, algunos laudatorios y de homenaje. Están impregnados de la corriente contrarreformista y de un pesimismo típicamente barroco.
La muerte es vista como algo próximo e inminente y la vida como un tiempo breve para llegar a la muerte. Con la muerte se alcanza el descanso eterno y es la única liberación del mundo de apariencias en que se ha convertido la tierra.
b) Poesía política.
Incluimos aquí poemas satírico-burlescos, morales y de alabanza que tienen este tema común. Muchas de sus críticas  se centran en contrastar los tiempos gloriosos del Imperio con la actual decadencia y perdida de los valores.
c) Poesía amorosa. Sigue todos los tópicos renacentistas del amor petrarquista. Por tanto, un amor platónica por la amada que es fuente de placer espiritual (1), pero también de dolor y sufrimiento (2). El poeta parte de la descripción de la  belleza perfecta de la amada (3) para llegar a la unión espiritual (1). Nunca busca la unión carnal, es más bien la búsqueda de ese ideal en el que dos almas se unen, que proporciona placer y calma, y que es lo mejor que puede pasarle a un mortal. Incluso introduce un aspecto novedoso, propio del extremismo barroco, como el del amor más allá de la muerte, que supone la expresión máxima del sentimiento amoroso: el amor visto como una unión perfecta en cuerpo y alma que transgrede los límites de la muerte (4).
Destacan los numerosos sonetos que dedicó a Lisi, Lisis, o Lísida, y que forman una especie de cancionero
(1)
Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos
también puede besar con la mirada.
(2)
Suspiros, del dolor mudos despojos,
también la boca a razonar aprende,
como, con llanto y sin hablar, los ojos.
(3)
lamáronme los ojos las facciones,
prendiéronlos eternas jerarquías
de virtudes y heroicas perfecciones.
(4)
Espíritu desnudo, puro amante
sobre el sol arderé y el cuerpo frío
se acordará de Amor en polvo y tierra


Serán ceniza, mas tendrán sentido
Polvo serán, mas polvo enamorado.
d) Poesía satírica y burlesca.
Son ataques  a la decadencia de España, a sus enemigos, a las mujeres… en general a todo lo que le molestaba.
Estos poemas son de una implacable crítica y muestran una imagen ridícula y grotesca de instituciones y tipos sociales: el matrimonio interesado  (especialmente recurrente era su crítica a los cornudos), diversos oficios (sobre todos a médicos), los literatos, conocida era su animadversión por Góngora y su escuela, los judíos conversos, los que aparentan honor sin tenerlo, las mujeres, los homosexuales… Por la acidez de la crítica, son estos  poemas más satíricos que burlescos.
Entre los recursos mas empleados  destaca el empleo de los juegos de palabras, las hipérboles, la paradoja y los contrastes.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Francisco de Quevedo


Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos (Madrid, 14 de septiembre de 1580 – Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, 8 de septiembre de 1645), conocido como Francisco de Quevedo, fue un escritor español del Siglo de Oro. Se trata de uno de los autores más destacados de la historia de la literatura española y es especialmente conocido por su obra poética, aunque también escribió obras narrativas y obras dramáticas.
Ostentó los títulos de señor de La Torre de Juan Abad y caballero de la Orden de Santiago. (Wikipedia)

martes, 7 de mayo de 2013

Quevedo contra el perro de los ingenios de Castilla por Luciano López Gutiérrez (UCM)

Francisco de Quevedo y Villegas (podcast) de spanishlan



Nació en Madrid el 17 de septiembre de 1580. Era hijo de funcionarios que ocupaban altos puestos en el servicio de la familia real. Recibió educación de los jesuitas y estudió en Alcalá y Valladolid. Fue en Valladolid donde se dio a conocer como poeta y comenzó su rivalidad con Góngora.

Quevedo versus Góngora en Redacción VersOados

Historia de la batalla más hermosa de la literatura
   

Para ponernos en situación recurramos a la descripción de la Filóloga Carmen Javaloyes Jiménez publicada en realidadliteral.com : "El amor, la pasión, el odio... son temas recurrentes de la literatura. Pero pocas veces el enfrentamiento puramente formal se ha llevado a lo personal.  Este es el caso de Cultistas y Conceptistas, de Góngora y Quevedo.  Son conocidas las diferencias de forma y estilo de las principales corrientes literarias del siglo de oro español. Cultistas y conceptistas llevaron hasta el insulto personal las diferencias de estilo: Góngora desarrolló el culto clasicista de línea “garcilasiana” llevándolo hacia tal extremo que las sutilezas latinistas tan apreciadas de Garcilaso y Fray Luis de León llegan a convertirse en latinajos de difícil lectura.

     
Hipérbaton exagerado, metáforas desbordadas de significado, latinismos gramaticales... llevaron a una poesía excesivamente enrevesada para un público elitista. 
Y sin embargo, esta poesía pronto será aplaudida por este sector de la intelectualidad que ve en Góngora el artificio clásico iniciado por Garcilaso llevado a extremos que buscan el desafío cultista. Quevedo se opone violentamente a esta nueva forma de entender la poesía “clásica” de Garcilaso. Quevedo llega a alabar la poesía clásica cultista de Garcilaso y Fray Luis de León, y sin embargo nada hay más opuesto que la obra de Quevedo y la poesía renacentista.
Ambos, Quevedo y Góngora, enfrentados por la forma de entender la literatura -cultistas vs. Conceptistas, etiquetas que se colocaron por la crítica literaria del siglo XVIII para definir ya esta oposición- llevarán el enfrentamiento a lo personal, en un diálogo poético nunca visto hasta entonces. 
Sin embargo, bien mirado, la poesía de Góngora bebe del conceptismo al igual que Quevedo se siente influido por el cultismo gongorino: Quevedo da muestras de un latinismo erudito en muchos de sus versos, no sólo en el léxico, la sintaxis de los versos.

También en la temática mitológica, en metáforas y sobreentendidos... al lado de un léxico deliberadamente vulgar. Por otra parte, Góngora es tan conceptista, ingenioso y agudo como Quevedo (-Ande yo caliente, ríase la gente...) empleando metáforas violentas e irónicas de influencia más barroca que quevedesca. El enfrentamiento entre Quevedo y Góngora se muestra en realidad más personal que literario: Góngora es más laico, materialista y liberal en sus “usos y costumbres”, se deja llevar por la artificiosidad de los amores mitológicos de corte clásico, mientras que con Quevedo nos encontramos con la crisis existencialista puramente barroca, la pasión cristiana,  el terror a la muerte, a la justicia divina, y algo de lo que se le ha acusado -quizás injustamente- bajo el prisma de la mentalidad contemporánea: el desprecio de clase; elementos clave de la poesía quevedesca que no se aprecia en la artificiosidad de Góngora. En Quevedo encontramos la angustia por el paso del tiempo, la ira por el desamor... en Góngora el gusto por el goce físico, la exageración de una descripción... Al fin, Góngora y Quevedo compartirán el tono burlesco y la sátira personal."

Batallas
No fue solo algo llevado al terreno de las letras. En aquel siglo de validos, intereses cortesanos e intrigas Quevedo y Góngora no solo emplearon recursos literarios... Quevedo mantuvo una agitada vida política. Sus padres desempeñaban altos cargos en la corte, por lo que desde su infancia estuvo en contacto con el ambiente político y cortesano. Estudió en el colegio imperial de los jesuitas, y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá de Henares y de Valladolid, ciudad ésta donde adquirió su fama de gran poeta y se hizo famosa su rivalidad con Góngora. Siguiendo a la corte, en 1606 se instaló en Madrid, donde continuó los estudios de teología e inició su relación con el duque de Osuna, a quien dedicó sus traducciones de Anacreonte, autor hasta entonces nunca vertido al español. 


En 1613 acompañó al duque a Sicilia como secretario de Estado, y participó como agente secreto en peligrosas intrigas diplomáticas entre las repúblicas italianas. De regreso en España, en 1616 recibió el hábito de caballero de la Orden de Santiago. Acusado, parece que falsamente, de haber participado en la conjuración de Venecia, sufrió una circunstancial caída en desgracia, a la par, y como consecuencia, de la caída del duque de Osuna (1620); detenido fue condenado a la pena de destierro en su posesión de Torre de Juan Abad (Ciudad Real). Sin embargo, pronto recobró la confianza real, con la ascensión al poder del conde-duque de Olivares, quien se convirtió en su protector y le distinguió con el título honorífico de secretario real. Pese a ello, Quevedo volvió a poner en peligro su estatus político al mantener su oposición a la elección de santa Teresa como patrona de España en favor de Santiago Apóstol, a pesar de las recomendaciones del conde-duque de Olivares de que no se manifestara, lo cual le valió, en 1628, un nuevo destierro, esta vez en el convento de San Marcos de León. Pero no tardó en volver a la corte y continuar con su actividad política, con vistas a la cual se casó, en 1634, con Esperanza de Mendoza, una viuda que era del agrado de la esposa de Olivares y de quien se separó poco tiempo después. Problemas de corrupción en el entorno del conde-duque provocaron que éste empezara a desconfiar de Quevedo, y en 1639, bajo oscuras acusaciones, fue encarcelado en el convento de San Marcos, donde permaneció, en una minúscula celda, hasta 1643. Cuando salió en libertad, ya con la salud muy quebrantada, se retiró definitivamente a Torre de Juan Abad.

Góngora también mantuvo una vida cortesana, mucho menos ajetreada, por otra parte. Nacido en el seno de una familia acomodada, estudió en la Universidad de Salamanca. Nombrado racionero en la catedral de Córdoba, desempeñó varias funciones que le brindaron la posibilidad de viajar por España. Su vida disipada y sus composiciones profanas le valieron pronto una amonestación del obispo (1588). En 1603 se hallaba en la corte, que había sido trasladada a Valladolid, buscando con afán alguna mejora de su situación económica. En esa época escribió algunas de sus más ingeniosas letrillas, trabó una fecunda amistad con Pedro Espinosa y se enfrentó en terrible y célebre enemistad con su gran rival, Francisco de Quevedo.
  
Instalado definitivamente en la corte a partir de 1617, fue nombrado capellán de Felipe III, lo cual, como revela su correspondencia, no alivió sus dificultades económicas, que lo acosarían hasta la muerte.

La enemistad de los dos poetas llevo a situaciones como la de un Quevedo que compra la casa, en el Madrid de la época, donde vivía un arruinado Góngora. Los poetas tuvieron también aliados en su particular lucha. Quevedo era protegido por el Conde-Duque, valido de Felipe IV. El rival del Conde-Duque en los favores del rey, el también poeta y cortesano Juan de Tassis, Conde de Villamediana, mantuvo una relación hostil con Quevedo y guardó gran admiración por Góngora. Parece que el poder y las intrigas se cuelan en estas disputas "formales". Lo que se percive en estos dos "bandos" son unas filosofías de vida contrapuestas. Góngora y el donjuanesco Conde de Villamediana eran personajes que gustaban de la buena vida, llena de sabores y sensaciones; por contra el Conde-Duque fue un estadista mucho más astuto y despiadado y quevedo un hombre religioso, recto, rígido y profundamente voraz en sus afirmaciones.
Sin duda se puede decir la frase de "corrieron ríos de tinta..." ¡Bebamos en ellos!

¡Al ataque!
Esto fue lo que se dedicaron para la posteridad. Extensas y refinadas composiciones que se pueden tildar de "pavoneo poético" en el que despliegan sus mejores plumas, nunca mejor dicho.

Primer asalto. Ataca Quevedo.

CONTRA DON LUIS DE GONGORA Y SU POESIA

Este cíclope, no siciliano,
del microcosmo sí, orbe postrero;
esta antípoda faz, cuyo hemisferio
zona divide en término italiano;


este círculo vivo en todo plano;
este que, siendo solamente cero,
le multiplica y parte por entero
todo buen abaquista veneciano;

el minoculo sí, mas ciego vulto;
el resquicio barbado de melenas;
esta cima del vicio y del insulto;

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.
  
Segundo asalto. Ataca Góngora.

Anacreonte español, no hay quien os tope.
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope

¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día.
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego

Tercer asalto. Ataca Quevedo.

Yo te untaré mis obras con tocino
Porque no me las muerdas, Gongorilla,
Perro de los ingenios de Castilla,
Docto en pullas, cual mozo de camino.

Apenas hombre, sacerdote indino,
Que aprendiste sin christus la cartilla;
Chocarrero de Córdoba y Sevilla,
Y en la Corte, bufón a lo divino.

¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?

No escribas versos más, por vida mía;
Aunque aquesto de escribas se te pega,
Por tener de sayón la rebeldía.

Cuarto asalto. Ataca Góngora.

A don Francisco de Quevedo

Cierto poeta, en forma peregrina
cuanto devota, se metió a romero,
con quien pudiera bien todo barbero
lavar la más llagada disciplina.


Era su benditísima esclavina,
en cuanto suya, de un hermoso cuero,
su báculo timón del más zorrero
bajel, que desde el Faro de Cecina

a Brindis, sin hacer agua, navega.
Este sin landre claudicante Roque,
de una venera justamente vano,

que en oro engasta, santa insignia, aloque,
a San Trago camina, donde llega:
que tanto anda el cojo como el sano. 

Dicho esto solo queda decir la palabra fin.

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sábado, 22 de septiembre de 2012

"Amor constante, más allá de la muerte" de Quevedo (vídeo - recitado por José Luis Gómez)




"Amor constante, más allá de la muerte"
Francisco de Quevedo


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría, 
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

[Quevedo, Francisco de: Obra poética, tomo I, ed. de José Manuel Blecua 
Teijeiro. Madrid, Castalia, 1969-1971, pág. 657.]

El actor y académico electo José Luis Gómez leyó este poema de Francisco de Quevedo el 20.12.2011 en la sede de la RAE, con motivo de la presentación de la "Fonética y fonología" de la Nueva gramática de la lengua española.

Texto del poema de Quevedo: http://bit.ly/U2aWXW
Grabación íntegra del acto: http://youtu.be/Vx0YN_8WFQE

sábado, 28 de julio de 2012

"Quevedo contra el copyright" por Diana Eguía



Conocí a Diana Eguía en la Comisión de Pensamiento de la Acampada Sol. Diana es filóloga y especialista en el Siglo de Oro. Me la volví a encontrar en marzo de 2012 en la Universidad de Filadelfia donde vive y estudia ahora. Charlando durante una cena surrealista, me explicó cómo algunas prácticas que hoy se considerarían atentados piratas contra la cultura promovieron la explosión creativa del Siglo de Oro, poniéndome sobre todo el ejemplo de Quevedo. Le animé a escribir sobre ello y aquí está el resultado. Agradezco a Javier de la Cueva su lectura y sugerencias.
Diana Eguía Armenteros, doctoranda de la UAM
Uno de los argumentos esgrimidos con frecuencia por los últimos Ministros de Cultura del Gobierno de España, así como por la Sociedad General de Autores, es la lapidaria amenaza de muerte que persigue a la cultura si no se pone freno a la copia. Sin los derechos de autor, cánones digitales, cierres de páginas de descargas, persecución policial de cibernautas, etc. los autores que producen cultura, nuestros artistas, morirán irremediablemente de hambre, devolviendo al homo hispanicus a un primitivo y peligroso estado precultural. Cabría preguntarse quiénes son estos autores y qué entienden por cultura, aunque este debate mejor se ubica en otro momento y lugar. De lo que voy a tratar aquí es de recordar someramente a uno de los artistas más alejados de cuestionamientos valorativos: don Francisco de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Señor de la Torre de Juan Abad. Irónicamente, la SGAE reclama a esta villa castellano-manchega, que fue propiedad de don Francisco, el impago de los derechos de las canciones de su romería y del órgano barroco de su iglesia, donde se interpretan piezas de los siglos xvi y xvii.
Desde tiempos inmemoriales la cultura ha sido considerada como “peligrosa”; no, como nos quieren hacer creer, en peligro de desaparecer, sino peligrosa por su capacidad de expandirse, de multiplicarse, de llegar a aquellos que podrían manejarla “peligrosamente”. Cuando el cauce por el que discurría era la letra manuscrita, Mundo Antiguo y Edad Media, la cultura quiso primero ser preservada de los metecos, las mujeres y los esclavos, para restringirse posteriormente a la exclusividad de élites monárquicas y religiosas. En la Edad Moderna, por el contrario, los caminos de la cultura se dispararon de un modo que podríamos considerar similar a lo que ocurre en la actualidad. Esto produjo una explosión escrita sin precedentes conocida como el Siglo de Oro de las letras españolas.
Con el libro impreso bien establecido, la cultura manuscrita no solo no desapareció, sino que empezó a ser utilizada para hacer circular textos de un modo más libre y, frente a lo que pueda parecer, rápido. La copia de mano en mano podía tener un efecto que hoy llamaríamos viral, puesto que permanecía exenta del control legislativo que operaba sobre el libro impreso. Es el caso de las dos obras en prosa más populares de Quevedo, a las que me referiré en seguida. No obstante, el género que circuló con más soltura de forma manuscrita fue el poético, debido a su extensión y facilidad de memorización, pero también gracias a algunos subgéneros nuevos: recuérdese por ejemplo el desafío que la poesía satírico-burlesca supuso no solo para las costumbres religiosas, también para la política del Imperio. Aún hoy, tras dos décadas de world wide web, los textos breves se mueven y se comparten mejor en internet que los extensos. Al tiempo, la cultura oral adquirió si cabe más energía al hibridarse con la llamada poesía culta, que corría de mano en mano y de boca en boca en los foros públicos. Debe puntualizarse que la lectura silenciosa era considerada aún por muchos casi un rasgo de extravagancia, por tanto, toda literatura demandaba ser compartida simultáneamente por un grupo de personas para existir.
La imprenta asimismo introducía en el tablero todo un nuevo mundo de posibilidades. La copia impresa pirata no fue infrecuente. El mismo Lope de Vega se hartó de ver Madrid inundado de sus comedias pirateadas y decidió ejercer un activo e infrecuente rol en la moderna industria editorial, la publicación de sus propias obras, convirtiéndose en lo que denominaría uno de los primeros poetas auto editados de Europa.
La prueba histórica de la peligrosidad del nuevo formato nos la da la prohibición de imprimir en los Reinos de Castilla “libros de comedias, nouelas ni otros deste género” de 1625 a 1634. La literatura en general, pero sobre todo el teatro, estaba viviendo una verdadera revolución, uno de esos desafíos que asustan. ¿Aplacó la medida tomada por Felipe IV dicha explosión cultural? El ejemplo del Rey Planeta (la Ley Habsburgo, que apodaríamos por imitación a la Ley Sinde-Wert) serviría de inspiración para nuestros políticos si no fuera porque los impresores se limitaron a cultivar su oficio en otros reinos, como el de la vecina Corona de Aragón, en ocasiones incluso sin trasladarse, simplemente, falseando los datos del pie de imprenta. En conclusión, la prohibición sirvió para aumentar la piratería. (Del mismo modo, la Ley Sinde no afecta a proveedores extranjeros de servicios, por lo que las páginas piratas pueden migrar para seguir funcionando).
Vayamos al caso particular de Quevedo. El primer SueñoEl sueño del Juicio final, debió redactarse en Valladolid, adonde se había trasladado el joven autor, en 1604 y el último,El sueño de la muerte, en 1628. También por 1604 y en la misma ciudad, comienza a correr manuscrito el Buscón. El éxito y el escándalo explican la veloz difusión de ambas obras. Lógicamente, en el proceso de la copia, el lector-copista se torna co-autor, reescribiendo el texto, engordándolo, democratizándolo, exactamente igual que ocurre en la red. Conservamos como ejemplo curioso la anotación de un estudiante que mientras duplicaba la parte de El Alguacil alguacilado en que se habla de la falta de pretendientes de las feas, añade: “pues vénganse a Salamanca y no tendrán hambre”(1).
¿Sabía Quevedo que los textos de los Sueños y del Buscón iban a ser alterados cuando los puso a circular? Podemos especular que conocía lo suficiente los circuitos de la cultura como para utilizarlos en su favor, por tanto, además de ser consciente de las posibles consecuencias de lanzar un texto manuscrito al bullicio copista-lector, las avivó. ¿Qué mejor manera de burlar los flujos inquisitoriales que con el astuto tráfico manuscrito? Por otro lado, las diez primeras ediciones de los Sueños fueron pasadas a las planchas sin su autorización, a cargo de editores que hoy recibirían la categoría de impresores piratas o hackers de la imprenta. La primera de ellas, en Barcelona, 1627, es decir, tras 13 años de carreras manuscritas. La versión autorizada de estos textos, Juguetes de la niñez, ve la luz en 1631, no siendo más que un pacto con la Inquisición. Aún hoy los editores modernos se dividen entre quienes editan la tradición manuscrita, aunque tratando de eliminar todo lo que no se cree original del autor, y los que publican la versión inquisitorial. Personalmente como lectora me pregunto qué preferimos leer: ¿la adaptación de los lectores o la de la Iglesia Contrarreformista?
¿Quiere esto decir que Quevedo era un autor jocoso que solo se movía en círculos alternativos? Nada de eso, Quevedo supo identificar qué canal convenía a cada ocasión, exactamente igual que un autor contemporáneo juega con los formatos de blogs, Facebook, libro en papel, ebook, Twitter, etc. en función del contenido que desea transmitir. Algunos de sus textos religiosos fueron a las planchas con total ortodoxia. La vida de Santo Tomas de Villanueva constituye su primera publicación en letra de molde. Otros, como la Carta al Serenísimo Rey de Francia, fueron mandados copiar a todo lujo por calígrafos profesionales con el fin de regalar escogidamente a personajes influyentes de la corte o al mismísimo monarca. Curiosamente, el modo en que se propuso ante la pléyade como autor serio fue el de la traducción de Anacreonte y Focílides, sin que esto quiera decir que se considerase un traductor como lo entenderíamos hoy. Traducción, imitación y plagio no cargaban en la época con las pesadas fronteras de la actualidad. Si para componer su aspiración poética más importante, las silvas, hubiera tenido que pagarles derechos de autor a los descendientes del poeta latino Estacio, la poesía carecería de algunos de sus más significativos ejemplos. ¿Se imaginan qué hubiera pasado de haberse podido registrar legalmente las formas estróficas? ¿Qué hubiera ocurrido si el soneto en castellano les hubiera pertenecido legalmente a Garcilaso y a Boscán? La diferencia es que el diálogo artístico entre los clásicos se llama estudio de fuentes en el ámbito académico, mientras que para la SGAE y referido a autores contemporáneos el mismo vaivén se tacha de plagio. Y no solo eso, algunos poemas quevedianos no son otra cosa que traducciones, véase el caso del poema Le pinceau del francés Belleau y El pincel de nuestro poeta, por poner solo un ejemplo(2).
Quevedo fue un ávido lector, se preciaba de ejecutar una lectura humanista, es decir, una lectura intertextual, en la que se cotejan diferentes textos a la vez registrando activamente, interpretando, ordenando, relacionando, catalogando y aderezando materiales para un uso futuro, donde las citas (con referencia expresa o no) son obligadas para cualquier intelectual del momento que se precie. Veamos un ejemplo del google books de la época en esta rueda atril inventada por Agostino Ramelli en 1588.
(Tomado de Peraita)
Otra faceta destacable que confirma la imagen del escritor como agitador cultural es la del Quevedo editor. A él le debemos la publicación de la poesía de Fray Luis de León y de Francisco de la Torre. Sin este trabajo ambos poetas hubieran quizá caído en el olvido.
Manuscritos, impresos, copias piratas impresas, copias piratas manuscritas, oralidad, etc. Lo interesante aquí es como, a pesar de los intentos por controlarlo, la multiplicación de los canales, sus combinaciones, juegos y posibilidades resultó en una explosión cultural como nunca se había vivido antes y de la que aún debemos estar agradecidos.
La pregunta que algún candidato a carteras ministeriales tendrá en mente será la de qué relación guardan los hábitos de escritura, lectura y difusión de los textos en la Edad Moderna con la necesidad de proteger el derecho económico de los autores, o dicho de otro modo ¿vivían nuestros artistas del Siglo de Oro de su obra? La respuesta inmediata es que el dinero no era aún el motor de la maquinaria cultural. En el supuesto imaginario de que alguien le hubiera preguntado a don Francisco si consideraba su arte un trabajo, además del anacronismo incomprensible, hubiera contestado quizá con una sátira contra los oficios. No olvidemos que aquellos susceptibles de enriquecerse con las nuevas profesiones liberales, tales como taberneros, sastres, médicos, cerrajeros, buhoneros, alguaciles, escribanos, etc. fueron blanco predilecto de sus críticas. Debe entenderse por tanto que el desafío era otro, fundamentalmente político y moral, no económico, y en este sentido podemos decir que los grandes pusieron toda la carne en el asador. Quevedo, Lope, Cervantes, Fray Luis, San Juan, incomparables artistas y biografías, aunque con dos circunstancias en común: todos vivieron en la distintiva España de los Austrias y todos sufrieron la cárcel o el destierro por una razón u otra en algún momento de su vida.
Entonces, ¿qué papel jugaba el dinero? ¿de qué vivieron nuestras plumas áureas? Lo cierto es que cada uno se buscaba los maravedíes como podía, exactamente igual que hacen hoy la amplia mayoría de los artistas. ¿Cuántos escritores viven de los royalties? No planteo la vuelta al mecenazgo como forma de patrocinio artístico, idea tan rocambolesca como la de poner frenos legales y económicos a la libre difusión de la propia obra. Desde mi punto de vista la disputa ha sido desplazada con los siglos del contenido a la forma. LosSueños y el Buscón se copiaron para evitar la Inquisición porque su mensaje se antojaba desafiante a las instituciones. Por el contrario, ahora cualquier contenido es bienvenido por más antisistema que parezca, no así el medio que se escoja para difundirlo. Es en esto donde encuentro en los clásicos un ejemplo de valentía doble por cuanto no tuvieron miedo de retar ambos tejidos. Por ello, creo que determinados políticos deberían preguntarse si no están contribuyendo a estancar el mismo proceso que dio origen a la identidad cultural de la que tanto hacen gala, y con cuya defensa se llenan la boca, a pesar de que en mi opinión tienen un pobre conocimiento de la misma.
  1. J. O. Crosby, La tradition manuscrita de los Suenos y la primera edicion, West Lafayette: Pardue University, 2005, p. 9.
  2. R. Cacho Casal, “La silva ‘El pincel’ de Quevedo y Remy Belleau”, en Studies in honor of James O. Crosby, Newark: Juan de la Cuesta, 2004, pp. 49-68.
La ilustración se atribuye a Alonso Cano y se supone que la realizó cuando murió Quevedo para la publicación de su poesía.

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