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martes, 15 de octubre de 2013

Tesoro por Manuel Vicent (EL PAÍS, 13 OCT 2013)

 
Está amaneciendo. Es la hora de los pájaros. A los colegios e institutos llegan en bandadas niños y chavales cargados con sus mochilas. Ellos no lo saben, pero todos se dirigen a la isla del tesoro. Puede que ignoren dónde está ese mar y en qué consiste la travesía y qué clase de cofre repleto de monedas de oro les espera realmente. El patio del colegio se transforma, de repente, en un ruidoso embarcadero. Desde ese muelle lleno de mochilas cada alumno abordará su aula respectiva, que, si bien no lo parece, se trata de una nave lista para zarpar cada mañana. En el aula hay una pizarra encerada donde el profesor, que es el timonel de esta aventura, trazará todos los días el mapa de esa isla de la fortuna. Ciencias, matemáticas, historia, lengua, geografía: cada asignatura tiene un rumbo distinto y cada rumbo un enigma que habrá que descifrar. La travesía va a ser larga, azarosa, llena de escollos. Muchos de estos niños y chavales tripulantes nunca avistarán las palmeras, unos por escasez de medios, otros por falta de esfuerzo o mala suerte, pero nadie les puede negar el derecho a arribar felizmente a la isla que señalaron los mapas como final de la travesía. Ese mar está infestado de piratas, que tienen su santuario en la caverna del Gobierno. Todas las medidas que un Gobierno adopte contra el derecho de los estudiantes a realizar sus sueños, recortes en la educación, privilegios de clase, fanatismo religioso, serán equivalentes a las acciones brutales de aquellos corsarios que asaltaban las rutas de los navegantes intrépidos, los expoliaban y luego los arrojaban al mar. De aquellos pequeños expedicionarios que embarcaron hacia la isla del tesoro solo los más afortunados llegarán a buen término. Algunos soñarán con cambiar el mundo, otros se conformarán con llevar una vida a ras de la existencia. Cuando recién desembarcados pregunten dónde se halla el cofre del tesoro, el timonel les dirá: estaba ya en la mochila que cargabais al llegar por primera vez al colegio. El tesoro es todo lo que habéis aprendido, los libros que habéis leído, la cultura que hayáis adquirido. Ese tesoro, que lleváis con vosotros, no será detectado por ningún escáner, cruzará libremente todas las aduanas y fronteras, y tampoco ningún pirata os lo podrá nunca arrebatar.

viernes, 20 de julio de 2012

La fuga, columna de Manuel Vicent en El País del 29/04/2012


Dado lo negro del panorama que se presenta a nuestro jóvenes, rescato esta columna que aparecióa hace unos meses en El País:


La huida de los jóvenes sin futuro, que se produce ahora, es menos psicodélica

A la hora de afrontar esta crisis económica también hay que cambiar de estética, por eso un amigo poeta ha decidido arrancar todas las flores del jardín para cultivar en su lugar tomates, pimientos y cebollas. Si la rosa fuera comestible, sería perfecta, dice Josep Pla, pero hay una secuencia de Charlot en la que este payaso toma una rosa en sus manos, la huele profundamente y después de quedar embriagado con su aroma, le echa un poco de sal y se la come. De un tiempo a esta parte muchas parejas jóvenes sin trabajo han decidido abandonar la ciudad y reconquistar la vieja casa de sus padres en el pueblo para sobrevivir cultivando una pequeña huerta, que fue en su día abandonada. En los años sesenta del siglo pasado hubo ya dos diásporas: mientras unos obreros se iban con una maleta de cartón a trabajar a Alemania, otros seres divinos celebraban una fuga más literaria impulsados por la moda del hipismo, para instalarse en una comuna en medio de la naturaleza. Los jóvenes urbanos iluminados por el resplandor de Mayo del 68, fumigados todos sus ideales por el humo de la marihuana, decidieron anidar en lugares iniciativos del planeta y hacia el Machu Pichu, Katmandú, Ibiza, la Isla Elefantina, volaban en bandadas con un libro de Ginsberg en el pico como los tordos llevan su aceituna para la travesía. La huida de los jóvenes sin futuro, que se produce ahora, es menos psicodélica, pero también se dirige en dos sentidos contrarios: unos se van con tres carreras y varios másters a trabajar en el extranjero, otros más pobres y desorientados, intentan rescatar su dignidad en la aldea de los antepasados disolviendo sus vidas entre las pequeñas cosas verdaderas, el pan candeal en la panadería, la fruta del tiempo en la frutería, el aire puro del valle, la campana en la iglesia, el sol por la mañana, las estrellas por la noche, en medio de un silencio que permite oír los ladridos de los perros del pueblo de al lado. A la hora de arrancar los rosales y jazmines para sustituirlos por cebollas, pimientos y tomates el poeta ha creído realizar un acto místico. La rosa sería perfecta si fuera comestible, pero su cultivo solo es arte, un fin sin finalidad. Tiempo habrá, si esta crisis económica se alarga, de meterla también en la ensalada.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Un partido entre Dionisos y Apolo


Termina el año, un año de profunda crisis en casi todos los ámbitos de la vida. Lo cierro con esta última entrada, la número 100 del mes de diciembre, la número 601 de este 2011 que toca fondo. Elijo a uno de mis columnistas favoritos, Manuel Vicent, y el periódico que me acompaña día y noche (más noche), mi fiel amigo, El País, que mantiene un nivel altísimo de información de calidad, entretenimiento y amenidad. Por otro lado, en esta columna confluyen dos de mis grandes pasiones, el deporte y la filosofía griega, que tanto tienen en común. Las dos caras del ser humano, dentro de la tragedia. Espero una réplica de Vicent, que gire en torno a la comedia; seguro que encuentra dos deportistas de tan alto nivel como mis admirados Nadal y Federer.



MANUEL VICENT 

EL PAÍS - 31-12-2011




El origen de la tragedia nace de la pelea entre los dioses Apolo y Dionisos, de la que se deriva toda la filosofía griega, según Nietzsche. Desde la tribuna de una cancha de tenis, mientras Federer y Nadal disputan la final agónica de un Gran Slam, Nietzsche podría explicar esta lección. Federer encarna lo apolíneo, que es ese lado platónico del espíritu, donde se genera el equilibrio, la forma y la medida; en cambio, Nadal representa lo dionisiaco, la parte socrática que expresa la pasión, el exceso y el instinto. Solo en casos muy excelsos Apolo y Dionisos se ponen de acuerdo en regalar sus fuerzas contrarias a un solo héroe para que disuelva en ellas su individualidad, siendo puro y orgiástico al mismo tiempo. Decidir quién de estos dos tenistas merece semejante don, he aquí el origen de la tragedia.
Juega Roger Federer. El tenis parece un deporte fácil, elegante, mesurado, que no genera sudor alguno ni requiere ningún esfuerzo especial. La raqueta golpea de forma listada, metódica, y de ella sale la pelota volando a una velocidad ingrávida hacia un punto exacto, solo con la fuerza necesaria, fuera del alcance del adversario. Juega Rafa Nadal. El tenis parece un deporte sobrehumano, propio de un atleta explosivo. Cada golpe imposible, más allá de toda medida, va acompañado de un grito de dolor o tal vez de placer orgásmico. Nadal suda. No importa. El sudor de Nadal es su corona.

Rafa Nadal es un zurdo artificial. Con la derecha come, escribe, lanza al público la muñequera y firma en la pantalla sus victorias. La ventaja que de niño le daba jugar con la zurda hoy se ha convertido en un hándicap grave en las pistas rápidas de cemento. Su saque carece de fuerza suficiente para ser un golpe determinante, pero esa dificultad es su estímulo y Dionisos le cede muchas veces el propio brazo a cambio de un gemido. Hace unos años, el adolescente Nadal vestía en la pista pantalones de pirata y tenía una mirada obsesiva de guerrero apache. Sus ojos concentrados expresaban una disposición a resistir la adversidad a cualquier precio hasta la agonía solo con la mente. Ante el saque mortal del adversario, Nadal todavía parece mirarse hacia dentro de sí mismo, pendiente de su cerebro más que del azar de la pelota.

En sus inicios, el Federer adolescente comenzó rompiendo raquetas sin poder dominar la cólera. A cada derrota le seguía un llanto. Sus entrenadores sucesivos lo sometieron a una doma y su desequilibrio fue corregido a tiempo hasta alcanzar la serenidad del héroe frío incapaz de mostrar ninguna pasión. Su juego perfecto lleva a la admiración. Parece imposible alcanzar esa suavidad mortal, matemática en cada golpe, sin despeinarse, sin ninguna crispación, pero el don apolíneo de Federer necesita una pista rápida y cubierta, con el espacio bajo control, a salvo de cualquier polvareda de tierra, para que la perfección platónica y pura que se deriva de las esferas no encuentre ninguna distorsión entre la mente del héroe y su raqueta. Solo aquella vez en que Federer perdió el Gran Slam de Australia contra Nadal y no pudo evitar las lágrimas se supo que Dionisos tampoco andaba lejos.

Ese Nadal duro, agónico, resistente, que antes de cada saque se tira del pantalón y se mete la greña dentro de la sudadera como dos gestos rituales con que invoca a su dios, somete a sus fieles al sacrificio de compartir su esfuerzo y su sufrimiento hasta llegar a la explosión de la victoria como una orgía dionisiaca. Apolo es el don de la claridad, pero Dionisos posee el espíritu de la tierra, por eso en la pista de tierra Nadal todavía es invencible. Con estos dos tenistas puede fabricarse el héroe perfecto: Federer aporta la coordinación y la facilidad; Nadal, la mentalidad y el sacrificio; la helada suiza de los sentimientos envasados frente al Mediterráneo lleno de naturalidad. Apolo y Dionisos, según la lección de Nietzsche sobre la tragedia.


miércoles, 5 de enero de 2011

Zenobia Camprubí: una heroína en la sombra

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez,
fotografiados el 2 de marzo de 1916,
día de su boda en la Iglesia de St. Stephen en Nueva York.
 FUNDACIÓN JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


La esposa de Juan Ramón Jiménez se impuso la obligación, como un destino, de buscarle el bienestar. Su gozoso tormento consistió en atemperar su admiración por el poeta al carácter agrio y enfermizo del hombre que no hacía sino cortarle las alas












MANUEL VICENT






BABELIA - 01-01-2011

Basta con verlos juntos a Zenobia y a Juan Ramón en cualquier retrato para percibir que aquella pareja tan dispar debió de convivir de forma muy atormentada pese a su educada compostura. En las fotografías de la época, los años de entreguerras, ella aparece con un diseño de señorita americana, siempre sonriente, rodeada de amigas de la buena sociedad, sombreros blancos, pantalones de pliegues, cintura de Coco Chanel, zapatos con hebillas y un gesto por el que se le escapaba un alma feliz. En cambio, el poeta trasmite una sensación adusta, con el aire ensimismado, vestido de oscuro, la barba negra, triste el gabán, la mirada aviesa, el rostro cetrino, una figura que en su tiempo El Greco habría incorporado como personaje al entierro del conde Orgaz.



El padre de Zenobia era un fino ingeniero catalán, Raimundo Camprubí, quien durante uno de sus trabajos en San Juan de Puerto Rico conoció a Isabel Aymar, la que sería su mujer, de ascendencia mitad italiana mitad estadounidense, de una familia mercantil adinerada, bilingüe en castellano y en inglés. Zenobia Camprubí nació en 1887, en Malgrat de Mar, un pueblo de la costa catalana donde sus padres pasaban las vacaciones en el verano. Era la mayor de cuatro hermanos, todos educados en Harvard. Zenobia fue instruida por tutores particulares en Barcelona y a los nueve años la madre, recién divorciada de un marido vicioso del juego y arruinado en la Bolsa, se llevó a su hija a Nueva York. Zenobia vivió a expensas de la familia materna. Estudió en Columbia, fue inscrita en el Club de Mujeres Feministas, comenzó a escribir cuentos, participó en actividades culturales y filantrópicas según el más riguroso estilo de las élites neoyorquinas. Regresó a España en 1909 y con ese mismo espíritu liberal se instaló la joven con su madre en Madrid donde en compañía de matrimonios americanos asistía a conferencias en la Residencia de Estudiantes, en el Instituto Internacional de Señoritas fundado por Susan Huntington, en el Lyceum Club junto con Victoria Kent y se dejaba ver en las fiestas que daban los Byne en su piso de la calle de Gravina. En una pensión con pared contigua a esa casa vivía Juan Ramón Jiménez, y una noche a través del tabique de su habitación el joven poeta oyó al otro lado una risa femenina que le subyugó, de la cual no lograría evadirse en mucho tiempo.



Juan Ramón Jiménez procedía de una familia de pudientes vinateros de Moguer y probablemente había sido un niño feliz, también de risa clara, pero muy pronto aprendió a hacerse el enfermo para conseguir toda clase de mimos de criadas y nodrizas y salirse siempre con su voluntad. Creció rodeado de atenciones y cuando en 1900 llegó a Madrid con 19 años ya había dado señales de ser un poeta superdotado, bajo la influencia de Bécquer y de Rubén Darío. Pero no se trata aquí de analizar su obra poética, sino de saber cómo se produjo el choque y ensamblaje entre aquellas almas tan dispares.



Juan Ramón ya había pasado por algunas crisis nerviosas, que se acentuaron cuando en 1901 falleció su padre, una muerte que pocos años después acarreó la ruina económica a su familia. Durante la adolescencia se había permitido todos los caprichos de estudiante rico en Sevilla e incluso pudo aliviarse de una neurosis depresiva en el sanatorio de enfermedades mentales en Castell d'Andorte, en Burdeos, a cargo de un doctor afamado. En este establecimiento desarrolló sus primeras dotes de artista enamoradizo seduciendo a algunas enfermeras. Después en sucesivas recaídas que pasó en la clínica del Rosario en Madrid llegó incluso a enamorar a una monja, unas aventuras eróticas que trasladó a sus versos. Se trata de saber cómo este ser de alma melancólica, huraña y abstraída pudo darle alcance a una caza tan selecta y risueña como era Zenobia.



A partir de 1911 Juan Ramón ya era un poeta admirado. Vivía en la Residencia de Estudiantes y allí acudió la paloma una tarde de primavera. El poeta la abordó al final de una conferencia y la risa de la muchacha ante sus requiebros le recordó a la que había sonado aquella lejana noche de fiesta a través del tabique de la pensión. Cuando el poeta supo que aquella carcajada procedía de la misma alma quedó rendidamente enamorado, pero ella se mostró esquiva a sus requerimientos, un poco antiguos y formales. Juan Ramón comenzó a acosarla con versos cada vez más puros, más encendidos, más directos, que la obligaron a huir a Nueva York como última resistencia y hasta allí la siguió el poeta. La obsesión llegó hasta el punto de tener que casarse con él, hecho que sucedió en la iglesia católica de St. Stephen en marzo de 1916. Durante la travesía en barco por el Atlántico, Juan Ramón descubrió el mar, un golpe tan contundente como el que le produjo el amor. De esa experiencia salió uno de sus mejores libros, Diario de un poeta recién casado, la ida y vuelta de un fino alcotán en busca y captura de su amada, el viaje de novios a Boston y el regreso a España con todos los vaivenes del corazón.



A partir de ese momento el gozoso tormento de Zenobia consistiría en atemperar su admiración por el poeta al carácter agrio, enfermizo y atravesado del hombre que no hacía sino cortarle las alas. Juan Ramón no hallaba inspiración sino en la quietud y el silencio. El poeta hilaba los versos de oro en una habitación acolchada sin poder soportar a su alrededor ni siquiera las risas de Zenobia con sus amigas y para mantenerlo incontaminado e inmune a las adherencias de la vida vulgar la mujer se impuso la obligación, como un destino, de buscarle la subsistencia. Montó una tienda de objetos populares conseguidos de anticuarios de los pueblos de Castilla, se dedicó a decorar apartamentos para alquilarlos a diplomáticos extranjeros y ella misma fregaba las escaleras. Cuando le preguntaban por Zenobia, el poeta contestaba no sin cierta displicencia: "Por ahí anda, entretenida con sus pisos". Después de traducir a Tagore al inglés la mujer había dejado de escribir. Había sacrificado el propio talento literario al de su marido, sin duda más elevado, y en adelante se limitó a enmascarar la amargura que le producían sus continuas depresiones con la propia alegría innata, siempre dispuesta a levantar el ánimo de aquel ser misántropo que le había tocado en suerte.



A partir del exilio de la Guerra Civil Zenobia comenzó a escribir sus diarios, que inició en La Habana en 1937 y que ya no dejó hasta pocos días antes de su muerte. En sus páginas escritas en inglés y en castellano da cuenta de sus quehaceres cotidianos, zurcir la ropa, recibir clases de cocina, ahorrar hasta el último centavo, salir de compras, visitar las cárceles, enseñar a leer y a escribir a las presas mientras Juan Ramón se pasaba el día tirado en la cama. "A Juan Ramón no se le puede dejar solo en absoluto. ¡Él es queridísimo aunque me vuelva loca!". Un día tiene que comprar un hornillo eléctrico porque J. R. tiene frío por la noche y le dura hasta la mañana, otro día ya no puede más y está dispuesta a abandonarlo. Reconoce que haber nacido con la disposición de J. R. ante la vida es un serio problema para su vitalismo porque él solo encuentra alivio parcial en el aislamiento. De La Habana a Nueva York, luego a Miami, hasta recalar en Puerto Rico solo para que se sintiera a gusto al oír el sonido de su idioma. Zenobia se había llevado al exilio un cáncer contraído en 1931. Fue operada en Boston. En las sucesivas recaídas ya no pudo ser atendida por los médicos amigos. Prefirió seguir a Juan Ramón, vencida su última rebeldía. Murió en la clínica Mimiya de Santurce en San Juan de Puerto, el 28 de octubre de 1956, tres días después de enterarse de que le habían concedido el Premio Nobel a su marido. Antes, en el lecho de muerte, con una rosa blanca en la mano había dado las instrucciones oportunas para el bienestar futuro de su poeta.

sábado, 17 de julio de 2010



Texto 3 de la Oposición de Lengua para Profesores de Secundaria 2010

MANUEL VICENT 14/02/2010

El carácter español está sometido al sistema binario, que en matemáticas e informática se representa utilizando únicamente el cero y el uno. El carácter español también se desarrolla internamente como las computadoras con sólo dos niveles de voltaje: el uno para el encendido y el cero para el apagado. Este sistema lo aplican los españoles a la economía, a la política y a la moral. Ésta es la patria genuina del sí y el no, del bien y el mal, del sol y la sombra, del amigo y el enemigo, del cielo y el infierno, un espacio mental sin fisuras. La ciencia y la cultura europeas se han construido sobre la duda metódica, pero en este rabo de Europa sin desollar que es la península ibérica, la duda se interpreta como una falta de coraje. Entre Caín y Abel aquí no se interpone nadie con un poco de flema que los desarme. Algunas tertulias políticas parecen hoy un concurso para ver qué analista es más de derechas, incluso más facha, en una proporción directa entre sus flamantes corbatas y su cerebro obsoleto, lleno todavía de un viejo odio consolidado. Los mismos que ayer ensalzaron a un político o a un juez hasta convertirlos en héroes, mañana los destruirán por el simple placer de sacarle el serrín de las tripas, como hacen los niños con los muñecos. Ahora se trata de saber quién da más leña al presidente del gobierno, quién ahonda con más saña en la desgracia social del paro, quién atiza la frase más audaz, más hiriente, que conduzca a la idea de que este país está en plena ruina, pero estos líderes de opinión y analistas económicos, cuando huelan que ha cambiado el aire, pondrán la fase en el encendido y nos darán la misma tabarra con un optimismo exacerbado. Sobre este país cae ahora la densa niebla de la crisis económica. Todos los analistas opinan, gesticulan, gritan cada uno en dirección contraria, pero parece que ninguno sabe nada ni hace nada para salir de ella, aunque en los restaurantes de lujo estos señores con los carrillos morados hablan de la crisis saludándose con una cigala en la mano después de poner el voltaje a cero para el apagado. De momento cae la niebla sobre el gobierno, la oposición, la economía y el poder judicial. Es la que entumece los huesos y con la que se enmascara el fantasma del fascismo que viene.

Me gusta/no me gusta

Me gusta, no me gusta.

Los inventarios caóticos (cosas que me gustan, sucesos que recuerdo, actividades que nunca he realizado), además de una técnica para romper el bloqueo ante la escritura, es un ejercicio fre-cuente entre los escritores, y una forma directa y clara para definir a un personaje (a nosotros mismos, por ejemplo). Pero pueden también convertirse en auténticos textos de creación de calidad.

Manuel Vicent lo demuestra en las siguientes líneas publicadas en su columna dominical del periódico El País.


Me gusta jugar al póquer con mis amigos en las tardes del sábado, ver cómo se besan los adolescentes entre los capós de los coches bajo el clamor de las ambulancias y las sirenas de la policía, el arroz al horno, los mercados de frutas y verduras, el contacto de la piel con la tela de algodón, las primeras brevas de San Juan, los cuentos de Allan Poe, las canciones de Nat King Cole, la sobrasada de Mallorca, algunos versos de Safo y el prólogo al Persiles de Cervantes. Me gusta perder el tiempo hablando con los amigos, apartar el pie para no pisar una hormiga, los erizos de mar en enero y el Autorretrato de Durero en cualquier época del año.
No me gustan las manos blandas y húmedas, las pastelerías con luz de neón, los granos de arroz dentro del salero, el helado servido en una copa de metal, los coches con alerones, los gritos del megáfono en las tómbolas donde se rifan muñecos de peluche, los que soplan en la cuchara de la sopa, las cunetas llenas de papeles y botellas, las vitrinas polvorientas de los bares de carretera que exhiben productos típicos de la región, los tipos que te hablan muy cerca de la cara echándote un aliento fétido. Odio los zapatos de rejilla, los besos en la mejilla demasiado húmedos, los huesos de aceituna sobre el mantel y el chándal para dar la vuelta a la manzana los domingos. El infierno de cada día también es eso.

MANUEL VICENT: Para huir/El rechazo (adaptación)

Fíjate en el texto:

Lo primero que hace Manuel Vicent a la hora de decla¬rar sus preferencias es ser muy concreto. No nos dice eso tan genérico y abstracto como "Me gusta leer", sino que dice "Me gustan los cuentos de Allan Poe, algunos versos de Safo y el prólogo al Persiles de Cervantes". Y en segundo lugar, Vicent procura ser disperso y utilizar los sentidos. Hay elementos que tienen que ver con la vista (las cunetas con papeles y botellas, etc). Otros tienen que ver con el oído (el clamor de ambulan¬cias y sirenas de policía, etc.). Con el tacto (el de la tela de algodón sobre la piel, etc.). Con el olfato (el aliento fétido en la cara). Con el gusto (el arroz al hamo). Y otros más con funciones intelectuales (los cuentos de Allan Poe, retirar el pie para no pisar hormigas). Pero todo ello debe estar desordenado, con aspecto caótico, saltando de un sentido a otro, y con distintas extensiones en las frases que muestran las apetencias y los rechazos.


Y ahora tú:

Haz la lista de cosas que te gustan y que te desagradan, pero ten en cuenta que…
• tu inventario debe ser concreto. Si escribes “Me gusta jugar”, añade a qué, con quién y dónde. No digas”Me gusta la gente alegre”, sino “Me gusta cuando Jaime se ríe a carcajadas y parece que la casa retumba”
• Personal. Se da por supuesto que eres una buena persona y que “No te gusta la guerra”, pero lo que importa ahora es si te gusta el helado de pistacho, las canciones de U2, el peluche que te regaló Merche, las ecuaciones de segundo grado o tirarle bolas de nieve a Fabián, el vasco, y ver cómo hace que se enfada, pero no se enfada.
• Variado. Piensa en cosas, gente, sucesos, actividades, comidas, amigos, canciones. No hagas esfuerzos especiales por escribir cosas bonitas en general, sino las que de verdad y de forma concreta te gustan a ti.
• Disperso. Puede que te gusten los melocotones y las fresas y las mandarinas…, y así podrías seguir con todas las frutas, pero no es necesario. Se trata de saltar de las mandarinas (sabor) a las películas de Clint Eastwood (vista) y de ahí al olor de la panadería de tu barrio y a los chistes tan malos que cuenta tu profesora de inglés. Una vez cumplido un ciclo, puedes volver a las fresas.
• Usa palabras normales y frases sencillas. Recuerda que a menudo el mejor estilo de escritura es el más simple y transparente. Eso no significa que seas descuidado: cambia la sintaxis, evita repetir estructuras o palabras, busca sinónimos del verbo gustar…
• Escribe primero el listado de “Me gusta” y luego los “No me gusta”.

 ¡Ahora ya… te ha tocado!

Me gusta…

Manuel Vicent: "Los jóvenes no se esfuerzan en leer por la saturación de imágenes"


EFE Valencia 28/01/2009 15:05 Actualizado: 28/01/2009 16:05

El escritor valenciano Manuel Vicent ha lamentado hoy que los jóvenes no "necesitan el esfuerzo de leer o de empezar a volar, que es lo mismo", porque les es más fácil dejarse llevar por el gran impacto visual y la saturación de imágenes que reciben.

En una rueda de prensa previa a su intervención en un acto con jóvenes en la Biblioteca Valenciana, Vicent ha señalado que los jóvenes de hoy "piensan en imágenes", porque éstas inciden más profundamente en el fondo del cerebro que la propia lectura y ha recordado que si hubo un momento en el que el cine se aprovechó de todo lo literario, "ahora la mitología cinematográfica se ha apoderado de la mitología literaria".

El autor de Tranvía a la Malvarrosa ha explicado que en su niñez comenzó a leer el Quijote, para más tarde empaparse de la historia sagrada y de los tebeos de aventuras de Roberto Alcázar y Pedrín y el Guerrero del Antifaz, que le crearon "una serie de historias y sentimientos indelebles".

Nuestro cerebro, ha destacado Vicent, está vertebrado de leyendas y sueños, donde tienen cabida "alfombras voladoras y serpientes del paraíso", porque uno "debe escribir de lo que sabe y de lo que ha sentido", para no ser descubierto por el lector.

Siempre el Mediterráneo

Manuel Vicent ha asegurado que en su mente hay territorios a los que siempre vuelve, y uno de ellos es la Valencia de su infancia, ese "Mediterráneo" que es ahora un ente y que descubrió lejos, en el Café Gijón de Madrid, "cuando ya lo había perdido".

"Ahora la mitología cinematográfica se ha apoderado de la mitología literaria"Ese mediterráneo, ha explicado el autor de La balada de Caín, es un paradigma de armonía y caos, un mar "ensangrentado desde sus comienzos", pero con un deseo de belleza.

Para el escritor, el actual Mediterráneo no le interesa porque ha sido malvendido y porque para él, el Mediterráneo de su infancia es más bien "un mar interior, en el que cada uno navega a su antojo", ha concluido el periodista valenciano.

Sobre el periodismo, Vicent ha señalado que siempre ha querido dar a sus columnas del domingo "ese giro ante el espejo" que sorprende al lector y le hace ver las cosas desde un punto de vista diferente, puesto que "el periódico del domingo se lee de otra manera" y "no hay derecho a amargar el domingo a nadie".

El escritor y articulista valenciano ha destacado que el periodismo es "un fragmento de la historia universal", que está solo a 200 metros de nosotros mismos, por lo que, ha aconsejado, "no irse tan lejos para descubrir sueños, héroes o asesinos".

Por su parte, la directora General del Libro, Archivos y Bibliotecas, Silvia Caballer, ha subrayado que Manuel Vicent funde "memoria, imaginación y ficción" en una obra literaria que ha llevado a la literatura valenciana por todo el mundo.

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