Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de agosto de 2017

LA PLAYLIST DE JAZZ DE HARUKI MURAKAMI por Juan Pablo Camilo


La relación de Haruki Murakami con el jazz es estrecha, algo que podemos comprobar en esta playlist.
Haruki Murakami jazz musica

“Silence, I discover, is something you can actually hear.”   Haruki Murakami “Kafka on the Shore”

Quienes hayan leído a Haruki Murakami conocen que la música es un elemento imprescindible en la narrativa del japonés. Un elemento tomado familiarmente, como muchos de nosotros escuchamos música: al hilo de nuestras tareas cotidianas, mientras trabajamos o mientras cocinamos, mientras caminamos por la calle o hacemos ejercicio. La música como una compañía en un sentido casi presencial: algo que está ahí y que da un acento especial al instante, que lo vuelve más alegre, que lo melancoliza o quizá otorga cierta épica a un hecho aparentemente rutinario o trivial. Así, por ejemplo, en el primer párrafo de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, probablemente su novela más ambiciosa:
Cuando sonó el teléfono, estaba en la cocina con una olla de espaguetis al fuego. Iba silbando la obertura de La gazza ladra, de Rossini, al compás de la radio, una emisión en FM. Una música idónea para cocer la pasta.

Haruki Murakami jazz musica 3
Siendo joven, Haruki Murakami pinchaba discos y ponía copas en su club de jazz de Tokio, el Peter Cat. Por la noche, tras cerrar el club, se quedaba escrubiendo en la mesa de la cocina hasta que salía el sol. Le encanta la música de todo tipo, jazz, clásica, folk, rock, y tiene más de seis mil discos en casa.

Si el éxito editorial de Murakami puede explicarse por el hecho de que, desde cierta perspectiva, sus personajes parecen ser cualquiera de nosotros en situaciones en las quizá podríamos estar (una hipótesis que tal vez merezca ampliarse), la manera en la que el escritor usa la música dentro de sus obras sería expresión de ese recurso.
Que Murakami sea, como muchos de nosotros, un amateur antes que un experto en asuntos musicales, explica por ejemplo que, como muchos de nosotros, tanto en su narrativa como en la vida diaria pueda brincar del jazz al rock de los '80 y de ahí a la música clásica. Como en el fragmento citado, sus personajes lo mismo pueden estar escuchando a Michael Jackson que recordar una ópera o de pronto tararear algo de Bruce Springsteen. Y quizá también por ese afecto cultivado Murakami lleva la música a su narrativa en un intento de compartirla, acaso el impulso inevitable que se siente y se pone en práctica con todo aquello que se ama.
Ahora bien, el pretexto para todo esto es un post publicado recientemente en Open Culture a propósito de la relación entre Murakami y el jazz. Según dijo en una entrevista con The Paris Review en 2004, Murakami escucha jazz desde que tenía 13 o 14 años; entre los 23 y los 30 administró un bar de jazz en Tokio y a lo largo de su carrera ha encontrado varias similitudes entre este género y la escritura narrativa. La relación, entonces, es notablemente estrecha, motivo suficiente para evidenciarla en una playlist de Youtube con algunas de las pistas favoritas del autor.


El elemento en común de estos 23 tracks es Portratit in Jazz 2 —libro publicado en japonés en 2001, compañero de Portratit in Jazz (Shiachosha, 1997), ambos inéditos en otros idiomas—, en donde Murakami habla sobre el lugar que el jazz ha tenido en su vida pero, sobre todo, en el descubrimiento y desarrollo de su talento literario.
Con el jazz, Murakami encontró que la literatura también puede surgir de la combinación de “un buen ritmo natural, constante”, una melodía, la armonía y, claro, la improvisación libre. Elementos que, sin duda, hacen un poco más atractivo casi cualquier elemento de este mundo.

Por Juan Pablo Carrillo para pijamasurf

domingo, 23 de abril de 2017

Emi Rap en el Matemático Puig Adam



Martes, 18 de abril de 2017. ¡Menuda vuelta de Semana Santa¡ En casi 50 años de historia, el IES Matemático Puig Adam (Getafe) abre sus puertas al RAP y a uno de sus jóvenes talentos. Emi Rap.

La rapera, natural de Leganés, nos ha enseñando no solo parte de su repertorio sino también su amor por la lírica, el compromiso y el amor por la educación.


Se nos hizo muy cortita la hora en la que la tuvimos en el Salón de Actos; sin embargo, nos han quedado las ganas y la necesidad de decir cosas.


Gracias al Ayuntamiento de Getafe que ha hecho posible la presencia de la cantante en nuestro centro.

Sus palabras en Facebook tras su presencia con nosotros:


"Mil gracias al IES Puig Adam y a su alumnado, he pasado una mañana muy chula compartiendo con vosotrxs.#Getafe #IESPuigAdam Ayuntamiento de Getafe Y gracias al departamento de Lengua y literatura por la revista dedicada, me ha hecho mucha ilusión!! Sería genial que el título se pasase a ser más inclusivo!! Ya he azuzado a las chicas para que presionen!! 😋😋"


 Enlaces:


Resultado de imagen de emi rap propuesta



jueves, 11 de julio de 2013

El tardío epílogo de Leño por DARÍO MANRIQUE NÚÑEZ (El País)


Rosendo, Tony Urbano y Ramiro Penas, ayer en Madrid. /LUIS SEVILLANO

Durante más de 20 años, Leño fueron nada más —o nada menos— que un recuerdo solo vivo en cintas de casete, camisetas y viejos vinilos. El motor del grupo, Rosendo Mercado, con una carrera consolidada en solitario, no quería ceder a la nostalgia. Pero poco a poco ha abierto la mano: en 2006 se recuperó un directo de 1983, en 2010 salió un disco de homenaje (en cuya presentación el trío tocó cinco canciones, por primera y única vez desde el 83) y ahora aparece la reivindicación definitiva, en forma de caja antológica (1978-1983, cinco CD y un DVD) y biografía (Maneras de vivir: Leño y el origen del rock urbano,escrita por Kike Babas y Kike Turrón). Pero que nadie espere más: ni conciertos ni música nueva.
Este último arreón, dice Rosendo (guitarra y voz, Madrid, 1954), es el fin de ciclo de Leño, “aunque decimos eso siempre y afortunadamente nunca se cierra”. “Pocas cosas nos quedan ya por sacar”, ironiza Ramiro Penas (batería, Tarragona, 1955): “Pero siempre es una alegría juntarnos”.
Ciertamente, cuando se ve al trío reunido de nuevo no se perciben rastros de resquemores, ni la aburrida rutina de las obligaciones laborales. Más parecen amigos de la mili o del colegio, solo que con historias mucho mejores. Por ejemplo, cuando Enrique Tierno Galván, alcalde que presumía de conexión con la juventud, les preguntó por qué cantaban aquello de “es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir”. ¿Qué le respondieron? “Que cantábamos eso porque era lo que pensábamos”, comenta Tony Urbano (bajista, Tarragona, 1956).
Justo 35 años después de aquella sombría definición de Rosendo (que advierte hay que tomar “con un poco de ironía”), el carabanchelero, único del grupo que sigue viviendo en la ciudad, continúa siendo una voz inconforme, como la que desconcertaba por su crudeza a Tierno Galván y ganaba adhesiones entre los adolescentes de finales de los setenta: “Si vienes a Madrid de turismo y vas al Reina Sofía, al Prado y a la Plaza Mayor, fenomenal”, opina: “Ahora, vete luego a mi barrio a ver qué te cuentan”.
Leño no se sienten a disgusto con la etiqueta de rock urbano que exhibe la biografía: “Las letras hablaban de la calle, al fin y al cabo”, dice Penas: “Prefiero eso que heavy, pop rock, pop duro o rock de las cloacas, como nos decían”. Urbano sí se indigna (un poco) cuando Penas habla del “rock simplón” de Leño: “Es que tiene cojones”, suelta, fingiendo enfado. “Así se entiende bien”, le tranquiliza Mercado.
Kike Babas y Kike Turrón, madrileños de 1970, son de la generación que conoció a Leño ya por esos viejos discos, cintas y camisetas. Han tardado casi 10 años en completar su biografía oral, un collage de docenas de entrevistas, desde el día en el que Rosendo les dio su beneplácito con un “si alguien tiene que escribirla, que seáis vosotros”. Los Kikes, aguerrido dúo periodístico que firma siempre en comandita, recalcan la identificación de Leño con Madrid: “Rosendo era la esencia de Madrid, un tío de barrio que hacía botas de vino para llegar a fin de mes, tocaba la guitarra, llevaba el pelo largo y la policía le paraba continuamente. Eso era Madrid”.



sábado, 1 de septiembre de 2012

Bob Dylan alardea de músculo literario


‘Tempest’, esperado disco del artista estadounidense, se encuentra entre lo más llamativo de la dilatada producción del cantautor, que vuelve al ‘folk’ y al ‘blues’

 / El País


Bob Dylan en el Festival de Benicàssim, este julio. / ÁNGEL SÁNCHEZ


La numerosa parroquia dylaniana tiene el 11 de septiembre una cita reconfortante: Sony edita en todo el mundo Tempest, el álbum que hace el número 35 en la discografía en estudio de Bob Dylan. Es su primera colección de canciones originales desde Together through life, de 2009, y su publicación está siendo tratada como un genuino acontecimiento cultural; el hombre tiene 71 años. Ofrece diez piezas modeladas en estructuras clásicas del blues y el folk, con duraciones que oscilan entre los 14 minutos del tema principal y los tres minutos y medio de Soon after midnight. Es decir, Dylan en libertad, sin cortapisas.

Ofrece diez piezas modeladas en estructuras clásicas de ‘blues’ y ‘folk’
Si la música tiene un aroma old school, el lanzamiento obedece a las reglas del moderno marketing: elegir el 11 de septiembre significa ser el primer trabajo de una gran figura en la línea de salida tras las vacaciones de verano (en general, las superestrellas prefieren retrasarse unas semanas, para estar más presentes para el suculento mercado navideño). Ya se usó la misma fecha en 2001 para Love and theft, con el resultado de que el disco quedó inicialmente enterrado por la conmoción de los atentados de Al Qaeda.
El equipo de Bob Dylan sabe hacer las cosas. Alienta la polémica sobre la escultura de la portada o la posible referencia shakesperiana del título. Aprovecha la publicidad cruzada: ha negociado el uso de canciones de Tempest en una serie televisiva, Strike back: vengeance. Y se ha ocupado de racionar las escuchas del nuevo trabajo entre periodistas de diferentes medios. La consiguiente sensación de exclusividad dispara los superlativos: el crítico británico Alan Jones ha otorgado a Tempest diez puntos (sobre diez), lo que significa una obra maestra, qué digo, una creación perfecta.

No lo es pero puede satisfacer las esperanzas de cualquier fan del Dylan tardío. Se trata de canciones intemporales: una historia de ferrocarriles (Duquesne whistle), una crónica de venganza (Pay in blood), el retrato de un pueblo maldito (Scarlet town), el desenlace fatal de un triángulo amoroso (Tin angel) y hasta ese clásico del cancionero popular anglosajón que es el desastre del Titanic (Tempest), actualizado con algún guiño a Leonardo DiCaprio. Incluso Roll on John, una elegía para John Lennon, encaja en el patrón de baladas consagradas a héroes caídos.
Tras someterse a las exigencias de productores incordiantes, como Daniel Lanois, Dylan prefiere ocuparse ahora de esas delicadas labores, bajo el seudónimo de Jack Frost. A principios de año, se calzó el sombrero de productor en un estudio discreto y confortable: Groove Masters, en la localidad californiana de Santa Mónica. Cocinó con ingredientes conocidos. Convocó a los mismos instrumentistas que le respaldan en su gira interminable: el baterista George O. Receli, el bajista Tony Gartier, los guitarristas Charlie Sexton y Stu Kimball y el mago de la steel guitar Donnie Herron. Como único invitado, David Hidalgo, de Los Lobos, encargado de añadir detallitos de violín, acordeón y guitarra.

La publicación se está tratando como un acontecimiento cultural genuino
Como productor, Dylan no se come el coco. Da tratamiento preferente a su voz áspera, que ocasionalmente suena como si el artista hiciera gárgaras con lejía. Cantando con autoridad y deleite, Bob clava unas letras torrenciales. Sus músicos tienen que seguirle discretamente y no hay muchos márgenes para filigranas. Excepto por los chispeantes aires a lo Jimmie Rodgers deDuquesne whistle, se trata de estructuras que estos veteranos seguramente podrían tocar hasta dormidos. Un tema como Early roman kings evoca el imperioso Hoochie coochie man, de Muddy Waters. De hecho, como en alguna otra ocasión, debería estar firmada a medias por Dylan y el muy legendario bluesman de Chicago. Aunque aquí solo hay una pieza donde se comparte la autoría: en el citado Duquesne whistle, Dylan ha vuelto a requerir los poderes narrativos de Robert Hunter, quien fuera letrista habitual de los Grateful Dead.
Cabe imaginar el sobresalto de Hunter, hippy irredento, al ver la transformación en imágenes de su historia. El vídeo promocional, que firma Nash Edgerton, prescinde de las evocaciones ferrocarrileras: son las desdichas de un tonto romántico, cuyos intentos de seducir a una bella terminan con episodios de una violencia tan cruel que parecen salidos de cualquier serie de HBO o AMC. El único alivio del clip es el paseo callejero de un Dylan grotesco, escoltado por criaturas de la noche de Los Ángeles.
Aparte de ese capricho audiovisual, en Tempest mandan las letras. Daniel Lanois seguramente no le habría dejado intacto el tema que bautiza al disco, una avalancha de folios sobre el Titanic. Con aires irlandeses (el transatlántico se construyó en Belfast, recuerden), Dylan retrata sentimientos y reacciones de los infelices pasajeros. A lo largo de casi un cuarto de hora, apenas hay desahogos instrumentales y Bob no se preocupa de minucias como el estribillo o el posible coro cervecero. Se trata sencillamente de Dylan alardeando de músculo literario, un tour de force que ojalá se reconstruyera para el directo.

domingo, 19 de agosto de 2012

"El reto poético de la canción" por Santiago Auserón


La unidad originaria que formaron música y poesía quedó rota con el verso libre de la canción

en el siglo XX. El dilema hoy consiste en recuperar el secreto de esa unión.


Bob Dylan (izquierda) con el poeta Allen Ginsberg en Nueva York, en 1964. / DOUGLAS R. GILBERT

Mediado Mediado ell siglo XX culminó un largo proceso de separación del verso escrito respecto de la tradición oral, en la que la música cumplía un papel de soporte y vehículo de la palabra. Se inició en Occidente cuando los antiguos poetas helenos se apartaron del lugar común ciudadano para reelaborar el legado homérico y los viejos mitos. La escritura les proporcionó la posibilidad de cantar sus propias pasiones o el capricho de un tirano dispuesto a pagar generosamente el encomio. Embriagados por la misma tentación de hacer valer su técnica particular, los instrumentos musicales se libraron de la obligación de sostener las pretensiones del discurso. El cantor encargado de preservar la memoria de los tiempos remotos se vio sustituido por especialistas virtuosos en competencia por el favor de la fama.
No conviene sin embargo idealizar la primitiva unidad de la música y del verso, a la manera de Platón. Quizá en las danzas más primitivas se dieran sones ajenos a la articulación verbal y diversas formas de elocución ritmada, más o menos cercanas a la entonación del habla o del canto. La música y el lenguaje comparten un medio sonoro que se presta por naturaleza a la variación gradual de sus formas. El lenguaje mismo puede ser considerado como un caso particular de la producción de sonidos, no exclusivamente como su principio organizador. La voz humana experimenta la atracción de los armónicos naturales que resuenan en su entorno, elabora esa experiencia cuando en el canto se junta con otras voces y con otros instrumentos. Eso no quiere decir que el fenómeno musical abarque el horizonte de posibilidades de la expresión verbal. Por medio del verso escrito, el pensamiento viaja más allá de las consonancias inmediatas. Píndaro defendía con orgullo el valor de sus odas como un sostén de la fama más durable que el pedestal de las estatuas.
La poesía europea reprodujo durante muchos siglos formas relacionadas con la canción, ya fuera popular o cortesana: así ocurrió en Francia con la poesía trovadoresca, en Italia con el soneto, en España con las coplas octosílabas y luego con el verso italiano. En ese proceso, el poema escrito refinó su propia sonoridad y construyó imágenes novedosas, que a menudo los músicos cultivados desearon manipular para enriquecer su inspiración melodiosa, como ocurrió en loslieder germanos. Los cantos ajustados al metro arcaico desaparecieron de la memoria dejando un bastidor en el verso que permitió inventar melodías hechizadas por la imagen poética arriesgada. El terreno que el verso escrito y la música ganan al desenlazarse permite que ambos ensayen de nuevo la aproximación, ensanchando sus respectivos campos de experiencias.
En la soledad de la ciudad industrial superpoblada, el verso escrito se desembaraza de las pervivencias de la métrica antigua y de la rima favorable al canto. Su nueva libertad se mide no sólo en relación con los recursos rítmicos —los pies— y con las formas estróficas recurrentes que comparte con el canto y con la danza, sino también con respecto a los significados habituales de las palabras. Al asociarlas según leyes no explícitas, evoluciona hacia un espacio situado más allá del lenguaje común y de la música conocida. Sin embargo, los poetas se obstinan en tender el oído hacia el horizonte de un improbable auditorio, como si estuviese a punto de producirse una consonancia inaudita, como si el canto comunitario debiera regenerarse en el extremo mismo de su imposibilidad. El verso libre busca su objeto más allá de sí mismo, arrastra el pensamiento a una danza de figuras no ensayadas.


Leonard Cohen durante su concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona, en 2009. En 2011 ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras / JOAN SÁNCHEZ
La música instrumental, en su libertad de evolucionar fuera de la medida de la frase significante, ejerce todavía su influjo modélico sobre quien solamente se sirve del instrumento del verbo. Pero la consonancia más tentadora en este punto no es la del periodo rítmico o la de la frase melodiosa, sino la de las imágenes que se asocian de manera novedosa creando un germen de pensamiento. El verso libre musicaliza el significado de las palabras más allá de los límites del sentido. Quiere poner en evidencia la música que palpita en el corazón mismo del lenguaje, provocar la descarga eléctrica en la nube más oscura, una especie de armonía de apariencia sobrenatural, que en realidad revela un inmenso potencial de energía acumulada: la vida secreta de las palabras.
Por otro lado, los poetas contemporáneos conviven, a lo largo de su experiencia solitaria, con los sones que se escuchan en la plaza pública y por la radio. Ambas amplifican tradiciones de otras lenguas, cuando los sones antiguos de la lengua propia se apagan. El momento en que el verso se aleja al máximo de su propia tradición oral y el influjo creciente de los cantos primitivos en lengua extraña coinciden, ambos fenómenos acontecen en la primera mitad del siglo XX. La vieja oralidad retorna en un círculo mucho más amplio que el de la tribu originaria, gracias a las telecomunicaciones. Los cantos populares foráneos se acercan a los moldes ampliados del verso libre con misteriosa familiaridad, como si el eco de las colonizaciones fuera la contrapartida natural del deseo de expansión del poema nacido en la metrópoli.
En este contexto asistimos hoy a una recuperación consciente de las idílicas relaciones entre poesía y canción. Muchos poetas se dejan atraer inevitablemente por el magnetismo de las ondas, mientras algunos cantores aspiran a recobrar el lauro de Apolo puliendo versos en sencillos formatos acústicos internacionales. Hay algo inquietante en esta connivencia aparente, como si se nos estuviese ocultando una parte de la verdad. No resulta del todo verosímil el canto que se alza como si nada hubiera ocurrido durante milenios, recuperando de golpe la oralidad primitiva por medio de las últimas tecnologías, obviando el laborioso trabajo de músicos y poetas que han transformado los antiguos moldes de las lenguas indoeuropeas, y sin necesidad de cuestionarse la naturaleza de la vis sonora que revigoriza el mercado de la canción en la era electrónica.
La canción popular contemporánea se encuentra por tanto en una tesitura problemática. Tiene que reunir sus componentes fundamentales —música y letra—, que han pugnado largamente por independizarse. O mimetizar danzas de una tribu cuya lógica del ritmo aún no comprende. ¿Cómo realizar acercamientos tan improbables en su pequeño marco? ¿Sería de alguna utilidad poner música al poema contemporáneo, recuperar el sentido literal de “cantos” como los de Ezra Pound? ¿Dar un paso atrás buscando los versos más musicales y atrevidos de nuestra lengua, como los de Garcilaso, Juan de la Cruz y Góngora? ¿O acercarse a las rimas del Nuevo Mundo que aún conservan algo de balada céltica, como las de Edgar Poe? Los resultados de esos intentos suelen adolecer de una gratuidad que limita las posibilidades del poema. Poner música a un poema es silenciar en parte la consonancia inaudita que persigue, que rebasa su propia época y cualquier forma de registro de actualidad. Puede ser, en todo caso, un ejercicio recomendable para los escritores de canciones, pero eso no nos exime de la obligación de llevar a cabo nuestra propia tarea.
Es lógico que intentemos mejorar el lenguaje de las canciones, hacerlo más “poético”, pero sólo hasta cierto punto, porque ese intento puede quedarse en corrección estéril. El ejemplo de los poetas, para los autores de canciones, debería asemejarse a su voluntad de ejercer la libertad sonora del músico en su propio terreno. Debería ponerse por meta el llevar su propio lenguaje al límite de sus posibilidades expresivas. Pero el terreno de la canción ha sido devastado, es tierra baldía, sus elementos fundamentales —letra y música— discurren lejos de su alcance. La canción contemporánea, igual que el poema y que la música instrumental, se ha convertido en un medio de expresión tan alejado como ellos de la unidad idílica originaria. Lo específico de la canción es juntar letra y música, resolver la tensión creciente entre lo que puede ser dicho en verso y las formas instrumentales que se prestan a acompañarlo. Su tarea se ve abocada a oscilar entre el vacío del desarraigo y un exceso de soluciones posibles. Del poema tradicional puede tomar las formas que le permitieron asociarse en su época con sones hoy desaparecidos. Del poema contemporáneo, algo de la libertad asociativa que alumbra una red de significaciones inauditas. Del discurso musical fijado por escrito, células rítmicas, melodías, relaciones armónicas o asociaciones tímbricas pasadas por el estrecho tamiz del formato más sencillo. Todo ello difícilmente puede cuajar si no se reproduce el hechizo de un son extranjero en la lengua propia, un influjo comparable al de las ondas electromagnéticas. Quizá para asemejarse al poema o al discurso musical en sus mejores logros la canción deba empezar por renunciar a parecer “poética”. Debe, ante todo, parecer canción, responder a una necesidad difícil de reconocer. Eso implica trascender, en cierto modo, los conceptos de lo musical y de lo poético, rozar los límites de la convención eufónica. En este sentido, los modelos derivados de la negritud siguen teniendo pertinencia.


La cantante de hip hop Ariana Puello en el segundo Festival Cultura Urbana de Madrid, en 2006 / EFE
El fenómeno poético no es exclusivo de la poesía. Tampoco el fenómeno musical se limita a un oficio especializado. El poeta Stéphane Mallarmé identificaba el sentido más universal de la música con la actividad del espíritu. El reencuentro de lo musical con lo poético se produce en ese horizonte en el que ambas artes trascienden sus limitaciones. Están destinadas a permanecer enlazadas en su máximo alejamiento, pero no de la forma más evidente. El “espíritu” hacia el que apuntan una y otra no es el fantasma sobrenatural que afirma la palabra sacra: es el murmullo de lo público, de lo político, el pensamiento que se transmite de generación en generación por medio de los sonidos. Los grafismos y las artes visuales fijan en formas de apariencia estable el edificio de la cultura, mientras las artes del sonido se sustentan en la transformación continua, como la vida.
Para alcanzar ese horizonte de confluencia con sus materiales en fuga, la canción contemporánea debe arriesgarse, pero a su modo, con sus propias herramientas, asumiendo sus propias limitaciones. Será poética —esta vez sin comillas— si pone a prueba su propio ámbito enrarecido, su oscuro destino de mercancía, su propia forma precipitada de ser pública, sin tiempo para pensar lo que acontece. El rocanrol junto con sus derivas representa el último intento de la canción popular por ponerse a la altura de su época. Sus precedentes inmediatos forman un entramado intercontinental e interétnico, con marcado influjo del ritmo negro que emerge en el Nuevo Mundo: bossa nova y samba, rhythm & blues, estándar de jazz, blues, son, rumba, trova de Cuba y otros sones caribeños, tango argentino, cante flamenco… Este es el sustrato de la canción popular contemporánea. Debajo yacen las tradiciones poético-musicales de cada lengua. En superficie, las derivas que electrifican el caudal de las palabras sujetas, como en el rap, al ritmo iterativo y a la rima más obvia. Los “poetas” callejeros alcanzan una relativa libertad de pensamiento, el tono de la denuncia social y existencial, benéfico sin duda en relación con las canciones favorecidas por los medios de comunicación, tontas y previsibles. Esa libertad aumentaría con un mejor conocimiento de las técnicas del verso libre y de la polirritmia, pero los riesgos de la calle no suelen dejar tiempo para llevar el aprendizaje más allá de la adolescencia. El rocanrol empezó a decaer como género antes de tiempo, desde el momento en que su acceso al horizonte del pensamiento fue interrumpido por el crecimiento desmedido de su valor como mercancía. Pero en su libertad descarada —practicada durante un breve periodo de veinte años— para capturar elementos de la tradición europea clásica y contemporánea, equiparándolos con el pulso de África, con los refinamientos de Oriente, careándose con el ruido de la ciudad motorizada, con las detonaciones en los informativos, con el griterío de los mercados, ha dejado señales en el camino que tendremos que seguir recorriendo, si se apaciguan el bullicio y la polvareda. Reconocer la pista de la tradición, próxima o remota, es entretanto la única tarea posible.

martes, 7 de agosto de 2012

La influencia de la literatura en la música





La literatura no sólo ha sido fuente de inspiración para guiones cinematográficos, televisivos y teatrales. Muchos cantantes y agrupaciones han tomado obras literarias para la creación de discos o canciones, y hay que decir que ciertos autores son favoritos para ser homenajeados a partir de estos proyectos.

Uno de los favoritos es Lewis Carroll, el creador de la obra “Alicia en el país de las maravillas”, precisamente por el lado oscuro que maneja. Uno de los máximos éxitos de la banda de los años 60, Jefferson Airplane, es “White Rabbit”, que habla precisamente del conejo blanco que nunca tiene tiempo de detenerse para platicar con Alicia.

Además, Enrique Bunbury también se inspiró para crear una letra en la que la misma protagonista era confinada a este extraño lugar “Alicia (expulsada al país de las maravillas)”. Y no olvidemos “Alice” de Avril Lavigne, de la película del mismo nombre del 2010.

Otro consentido de los músicos es Edgar Allan Poe. Uno de sus poemas básicos, “El cuervo”, es retratado en un tema de Alan Parsons’ Project, pero en Latinoamérica hay tres claros ejemplos de su influencia. Uno es la musicalización brindada por Radio Futura de otro poema importante del escritor estadounidense, “Annabel Lee”, del disco “La canción de Juan Perro” (1987), y un año después, Soda Stereo tomaría parte de la trama de “El Corazón Delator” para una canción del mismo nombre que formó parte de su disco “Doble Vida” (1988).

Un caso particular es Gabriela Martínez de la Mora, líder del grupo Carmín (al cual por cierto, perteneció por un tiempo Ely Guerra); esta banda participó en el Festival OTI de 1988 con el tema “Un grito en la oscuridad”, escrita por Gabriela y que se trata de una especie de homenaje y referencia a Allan Poe.

Y otro que apasiona mucho a los músicos es J.R.R. Tolkien, el creador de la trilogía de “El señor de los anillos”. Podemos decir que la canción más famosa es “The Battle of Evermore”, del famoso disco IV de Led Zeppelin, inspirada en “El retorno del rey”.

La banda canadiense Rush tomó al personaje principal de la famosa novela de Mark Twain “Las aventuras de Tom Sawyer”, que con el tiempo se convertiría en uno de sus más grandes clásicos. Y hablando de… “Don’t Stand So Close To Me”, de The Police, que durante mucho tiempo se pensó que era un tema autobiográfico, pues habla de un profesor de escuela entusiasmado con una de sus alumnas, en realidad está basada en el clásico de Vladimir Nabokov, “Lolita”.

La ciudad ficticia donde trascurre “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, Macondo, también tiene su canción, una de las más populares de la literatura latinoamericana. Este tema, que ha sido interpretado por Óscar Chávez, Rigo Tovar, Celso Piña y hasta La Dosis, relata en pocas palabras algunos detalles de la famosa obra del escritor colombiano.

Mario Benedetti también hizo su aportación con su poema “Te quiero” (inolvidable en “Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”). Una de las más famosas interpretaciones de esta canción la podemos escuchar en voz de Nacha Guevara, aunque también la ha grabado gente de la talla de Tania Libertad, e inspiró a Ana Belén y Víctor Manuel para llamar a una de sus giras como el verso ya referido.

El disco “Animals” (1977) de Pink Floyd, está completamente inspirado en la obra de George Orwell “La rebelión en la granja”. Para su creación, Roger Waters tomó tres animales: la oveja, el cerdo y el perro e hizo notables metáforas entre el comportamiento de estos animales con el humano. El resultado, uno de los mejores discos de esta banda inglesa.

El famoso texto de Jean Paul Sartre “La náusea”, inspiró a Santa Sabina a crear el tema “Labios mojados”, uno de los más significativos pues encierra el concepto musical que la banda siempre ofreció: música sin concesiones con una letra muy acorde con el autor. Otra banda que tomó algo del existencialismo fue The Cure, quienes usaron “El extranjero” de Albert Camus para crear uno de sus temas más polémicos, “Killing An Arab”, pues mucha gente no entendió el mensaje y creyó que era una canción xenofóbica.

De la famosa novela de Patrick Süskind, “El perfume”, hay dos canciones. La primera es “Scentless Apprentice” de Nirvana, y la otra es “Du Riechst So Gut” de Rammstein. En ambas, se plasma la idea del autor de contar la historia de un hombre y su relación con lo que él mismo llamaba “el fascinante mundo de los olores”.

Los cuentos infantiles también tienen su lugar, como la historia de los Tres Cochinitos y el Lobo feroz, que encontró eco en la banda de heavy metal Green Jelly, quien se inspiró y creó “Three Little Pigs”, y cuyo video pues es básicamente la narración del cuento.

El personaje de Gulliver, tomado de la novela de Jonathan Swift, fue tomado, curiosamente, por dos cantantes españoles: uno fueJoaquín Sabina y el otro, Miguel Bosé. Otro personaje protagonista de cuento clásico, Ulises (“La Odisea”, de Homero) que también estelariza la historia que presenta Cream en “Tales Of Brave Ulysses”.

Los libros sobre historias del narcotráfico también han tenido su lugar en esta inspiración. Primero, fue Juanes con “Rosario Tijeras”, y después Los Tigres del Norte con “La Reina del Sur”. Ambos no sólo llegaron al mundo del disco, sino también al de la televisión, y en el caso de la primera, también al cine.

Café Tacuba incluyó dos referencias literarias en su aclamado disco debut de 1992. La primera la encontramos en “Las batallas”, que está completamente basada en “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco; y la segunda es “Rarotonga”, la famosa historieta de Yolanda Vargas Dulché, en donde la banda alucina que se les presenta esta voluptuosa mujer con su frase “hazme tuya cada martes”.

Aún con todo, tal vez una de las referencias más famosas en la música de obras literarias es la hecha por Joan Manuel Serrat. “Dedicado a Antonio Machado”, que salió en 1969, se volvió un clásico en parte gracias al tema “Cantares” (inolvidable su “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”), aún cuando los poemas no están tan escritos como los había hecho Machado.

Y otro poeta que ha sido objeto de homenajes, es Pablo Neruda. En 1999 salió un disco con textos escogidos del ganador del Premio Nobel de Literatura, llamado “marinero en Tierra”, en el cual participan gente como Alejandro Sanz, Miguel Bosé, Joaquín Sabina, Andrés Calamaro, Aterciopelados, Mikel Erentxun y El Tri.

Y el segundo fue “Neruda en el corazón”, proyecto en el que volvieron a participar Bosé y Sabina, a quienes se les sumaron Ana Belén, Solé Giménez (la ex Presuntos Implicados), Lucio Dalla, Miguel Ríos, Jorge Drexler y hasta Julieta Venegas.

Tal vez faltaron muchas cosas, pero hay que decir algo. Esta fue una pequeñísima muestra de lo que la literatura ha hecho por la música… y no lo dudemos. Si están leyendo un libro en este momento, a lo mejor luego se convierte en canción, uno nunca sabe.

Entradas populares

número de páginas