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martes, 26 de noviembre de 2013

Menos sexismo en el nuevo Diccionario por TEREIXA CONSTENLA (El País)

La Real Academia Española suprime acepciones contestadas por su machismo en 2014

Algunas definiciones son inexactas pese a haber sido incorporadas en el siglo XX


FERNANDO VICENTE
Borges se burló del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) con su característica inclemencia: “Cada nueva edición hace añorar a la anterior”. No parece que vaya a ocurrir con la versión vigésimo tercera, que saldrá a finales de 2014. Al menos desde el punto de vista del sexismo. Algunas de las acepciones más denostadas por su sesgo machista desaparecerán. Ya no será más huérfano quien pierda al padre que a la madre. Lo femenino no equivaldrá a débil y endeble, ni lo masculino a varonil y enérgico. Tampoco babosear tendrá entre sus variadas definiciones la de “obsequiar a una mujer con exceso” (aunque esta se enmendó durante una de las cinco actualizaciones realizadas desde 2001, cuando se publicó la 22ª edición del DRAE).
En las casi 93.000 entradas que recogerá la nueva obra (5.000 más que la actual) se incorporarán enmiendas en los nombres de profesiones o actividades que desempeñan mujeres. Entre otras, tendrán lema doble: alfarero, -ra, camillera, -ra, cerrajera, -ra, enterrador, -ra, herrero, -ra, picapedrero, -ra, costalero, -ra o soldador, -ra. Otras pasan a ser un nombre común en género, esto es, un término con masculino y femenino según el contexto, que sirve para unas y otros sin necesidad de alterar la terminación (el/la concertino, el/la submarinista o el/la guardabosque).

Gozos y sombras del DRAE

Algunas de las siguientes acepciones delDiccionario de la Real Academia Española serán modificadas en la edición, que se publicará a finales de 2014.
Huérfano. Dicho de una persona de menor edad: a quien se le han muerto el padre y la madre o uno de los dos, especialmente el padre.
Gozar. Conocer carnalmente a una mujer.
Cocinilla. Hombre que se entromete en cosas, especialmente domésticas, que no son de su incumbencia.
Periquear. Dicho de una mujer: disfrutar de excesiva libertad.
Cancillera. Cuneta o canal de desagüe en las lindes de las tierras labrantías.
Edén. Paraíso terrenal, morada del primer hombre antes de su desobediencia.
Hombre. Ser animado racional, varón o mujer. / Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza.
Mujer. Persona del sexo femenino. / Que tiene las cualidades consideradas
femeninas por excelencia.
Femenino. Débil, endeble.
Masculino. Varonil, enérgico.
Padre. Varón o macho que ha engendrado. / Cabeza de una descendencia, familia o pueblo. / Padre de familia: jefe de una familia aunque no tenga hijos.
Madre. Hembra que ha parido. / Madre de familia: mujer casada o viuda, cabeza de su casa.
“La edición de 2014 tendrá miles de novedades, algunas tan minúsculas que los lectores no las van a captar”, precisa su director, el académico y catedrático de Lengua española, Pedro Álvarez de Miranda. “Se trata de que el Diccionario sea mejor, no menos machista, sino de que lo que diga sea verdad. Parece que solo actuamos a instancias de parte y no es así… no se cambia por protestas sino porque no es verdad. Lo que no se puede pretender es cambiar la realidad a través del Diccionario. Si la sociedad es machista, el Diccionario la reflejará. Cuando cambia la sociedad, cambia el Diccionario”, añade.
Eulàlia Lledó, una catedrática de Lengua y Literatura de secundariaque lleva años investigando los sesgos sexistas en el lenguaje, solo comparte con el académico un aspecto: el retrato de la realidad. En su opinión, la casa es refractaria a incorporar usos igualitarios que están en la calle. “El DRAE está a años luz de la sociedad. Arrastra una inercia que parece que les gusta. Una de las misiones del Diccionario es reflejar la realidad. Si lees las definiciones de madre, padre o huérfano verás que no la reflejan. El androcentrismo y el sexismo son tópicos que contravienen la realidad”.
Convengamos que les cuesta. Retrocedamos hasta 1992, un año en el que ocurrieron tantas cosas en la sociedad española que no había tiempo para palabras. Para sumarse a la fiesta la RAE publicó la vigésimo primera edición del Diccionario, la segunda que se corregía en democracia y solo ocho años después de la anterior, sin enmendar ninguna de las definiciones que la realidad estaba sobrepasando a toda prisa, como periquear (“disfrutar de excesiva libertad la mujer”) o gozar (“conocer carnalmente a una mujer”), que había figurado en la versión de 1780 (“gozar de una muger: tener congreso carnal con ella, consintiendo ella o padeciendo violencia”) y luego desaparecido. Y aunque en su haber figuraron entradas como jueza, concejala o machismo, siguió resistiéndose a incluir médica. Un término con una extraña evolución: se registra en el canon lexicográfico de 1925 (“mujer que se halla legalmente autorizada para profesar y ejercer la medicina”) y se destierra de ediciones posteriores hasta 2001.

Álvarez de Miranda: "Se trata de que el DRAE sea mejor, no menos machista"
En algunos aspectos, el DRAE retrocedió en el XX. En el siglo que se consagran los derechos de la mujer como un pilar básico de las sociedades modernas —claro que en España se obstaculizó la igualdad (y no solo) durante cuatro décadas—, el Diccionario incorpora acepciones que proclaman el sometimiento de las mujeres como la citada babosear o las ningunean como ocurre con huérfano. Hasta la versión de 1925, la definición es impecable y mantiene con mínimos matices la introducida en el siglo XVIII por los primeros redactores: “La persona que ya no tiene padre, o madre, o le falta uno y otro”. Es en el siglo XX cuando se añade la coletilla que convierte a alguien en más huérfano si pierde al padre que a la madre.

Eulàlia Lledó: "El androcentrismo es un tópico que no refleja la realidad"
A la RAE, que ahora desterrará estas definiciones de su principal obra, le ha costado dar el paso, a pesar de que ya en la década de los ochenta encargó a tres expertas (entre ellas Eulàlia Lledó) un informe para detectar sesgos sexistas con vistas a mejorar la edición de 2001. “Del trabajo que hicimos, apenas recogieron cosas. Creo que cuando vieron la envergadura, decidieron cambiar poco. Pagaron por un trabajo que tiraron”, recuerda la filóloga. En el estudio no se limitaban a revisar definiciones, también analizaban ejemplos, donde detectaron una clara hegemonía de los masculinos y una sobreabundancia de casos peyorativos en los femeninos. “Les cuesta menos introducir cambios que tienen que ver con las profesiones que con aspectos relativos a lo físico, lo moral o lo sexual”, concluye Lledó. De las difíciles relaciones entre la Academia y las feministas da fe el debate generado el año pasado tras un informe del académico Ignacio Bosque sobre las guías de lenguaje no sexista en el que afirmaba: “Nadie niega que la lengua refleje, especialmente en su léxico, distinciones de naturaleza social, pero es muy discutible que la evolución de su estructura morfológica y sintáctica dependa de la decisión consciente de los hablantes o que se pueda controlar con normas de política lingüística”.

Médica figuró en femenino en la versión de 1925 y se suprimió después
El sexismo del lenguaje comenzó a combatirse a nivel internacional en la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México en 1975. No es exclusivo de las lenguas latinas. El inglés arrastra sus prejuicios. En un artículo de hace unos años, Deborah Cameron, profesora de Lengua y Comunicación en la Universidad de Oxford, citaba fireman (bombero), gestada a partir de la palabra man (hombre), y sustituida por el integrador firefighter tras presiones de movimientos femenistas. Dicho lo cual avisaba de que la lengua corre libre: “Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas solo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan. La gente nunca consulta a las autoridades antes de abrir la boca”. A estas alturas nadie comparte lo que un día espetó Leopoldo Alas: “Somos los amos de la lengua”. Las palabras nacen, mueren o se transforman por voluntad de todos en general y de nadie en particular (salvo excepciones: mileurista tiene una madre reconocida que acuñó el término en una carta a este diario que corrió como la pólvora). En esto coinciden los hacedores de diccionarios y quienes los someten a auditorías externas. “Las lenguas dependen de la gente y las cosas van a su cauce”, concede Eulàlia Lledó.
“El Diccionario tiene que reflejar la realidad y toma nota de lo que pasa del uso al desuso. Pero el Diccionario no puede acelerar el proceso”,defiende Álvarez de Miranda. Por ejemplo, sexo débil “podría estar cerca de la necesidad de tener una marca de vigencia porque probablemente hoy se usa poco, pero en la próxima versión saldrá sin marca”. En 2014 se conservarán las acepciones de sexo débil como “conjunto de las mujeres” y sexo fuerte o feo como “conjunto de los hombres”. Otra herencia sexista del siglo XX.

lunes, 25 de febrero de 2013

feminicidio es el asesinato de mujeres por razón de su sexo

La palabra feminicidio es adecuada para referirse al asesinato de mujeres por el hecho de serlo, como una forma extrema de violencia machista.
El término no está aún recogido en el Diccionario académico, aunque sí en algunos de uso, y se emplea con frecuencia en los medios de comunicación. Se trata de una palabra bien formada y no es necesario destacarla con cursivas ni comillas.
Las leyes de varios países y las resoluciones de la Corte Interamericana de Derechos Humanos definen feminicidio como el ‘homicidio de mujer por razones de género’.
Este sustantivo se puede emplear no solo para hacer referencia al asesinato individual de una mujer, sino también para referirse al homicidio sistemático de mujeres, en especial en contextos donde no existe un fuerte reproche social o cultural de estos hechos. Por ejemplo, hay culturas donde el feminicidio consiste en dar muerte a las niñas cuando nacen.
Así, es correcto su uso en frases como «Piden el esclarecimiento de los feminicidios en Tula», «Bolivia da el primer paso para aprobar una ley que incluye el delito de feminicidio» o «El feminicidio en Ciudad Juárez se traslada al drama de Fuenteovejuna».
Se recomienda evitar la forma femicidio, calco del inglés femicide.

miércoles, 4 de abril de 2012

Otra de lengua


Durante el franquismo, la lengua era franquista, franquista y beata, olía a cuartel y a sacristía y a cirio y a letrina de barracón castrense

JUAN JOSÉ MILLÁS

Se dice que la lengua no puede ser sexista como no puede ser comunista, capitalista o católica. Quizá no, lo ignoro, la verdad. Tampoco sé si el sexo, que nos funda, se puede comparar con las ideas políticas o religiosas, que van y vienen, aunque a veces se quedan una temporada. En todo caso, y desde mi modesta perspectiva de usuario y víctima de la lengua, estoy en condiciones de asegurar que durante el franquismo, por ejemplo, la lengua era franquista, franquista y beata, olía a cuartel y a sacristía y a cirio y a letrina de barracón castrense. De ahí el rechazo que algunos escritores sentían por ella y su necesidad de bucear en otras tradiciones. Abominar de la lengua propia es como abominar del propio hígado, pero también hay gente alérgica a su caca. Somos raros. Por eso, entre otras cosas, recibimos con tanto alborozo las novelas del boom latinoamericano, porque estando escritas en nuestro idioma parecía que estaban escritas en otro.

Del mismo modo que un franquista puede devenir en demócrata o un trotskista en facha, la lengua puede cambiar también de ideología y de hecho ha cambiado, ahora parece liberal o neoliberal, no sé, depende de la emisora de televisión que pongas o de la prensa que leas. Pero no hablemos de contingencias de orden político, económico o social que duran 40 ó 50 años, lo que en la vida de la lengua no es nada o casi nada. Hablemos de lo que nos constituye en lo más profundo, de lo que somos desde que tenemos memoria: una sociedad patriarcal. ¿Puede una gramática permanecer ajena a esa condición cuyos orígenes parecen tan remotos como los del habla? Quizá no. Se dice también que, si queremos que la lengua cambie, el que tiene que cambiar es el hombre (y la mujer, claro). Una forma optimista de abordar el asunto, como si la lengua fuera nuestro producto y no nosotros el de ella.

sábado, 10 de marzo de 2012

El género no marcado por PEDRO ÁLVAREZ DE MIRANDA


Juegos de luces y sombras en la biblioteca de la Real Academia Española. / SAMUEL SÁNCHEZ


Es ingenuo pretender cambiar el lenguaje para ver si cambia la sociedad
Las convenciones lingüísticas más profundas no se pueden modificar

Abro un programa de tratamiento de textos y, sin más, me pongo a escribir estas líneas. Inmediatamente, el sistema tiene que decidir en qué tipo de letra irán mis primeras palabras, y como yo no le he dado orden en contrario las pone en redonda. Es que sin seleccionar algún tipo concreto de letra no puede trabajar, y alguien lo ha programado para que en esos casos el elegido sea el llamado “normal” (o letra “redonda”). Decimos entonces, como se sabe, que dicho tipo interviene o se activa por defecto.

Pues bien, el concepto de por defecto en informática es muy similar al concepto de no marcado en lingüística. La letra redonda es, frente a la cursiva o la negrita, la letra que actúa por defecto. También podemos decir de ella que es, frente a aquellas dos, la letra no marcada.

Cuando yo construyo una frase en que un adjetivo debe concordar con dos sustantivos, uno masculino y otro femenino, necesito que ese adjetivo (si tiene variación de género; muchos no la tienen) vaya en uno de los dos géneros. Uno cualquiera, en principio... Lo que no puede es no ir en ninguno, porque el “sistema”, para funcionar, necesita que uno se imponga por defecto. Tampoco puede ir en los dos, porque su presencia simultánea es incompatible en una sola forma, del mismo modo que una misma palabra no puede estar escrita al mismo tiempo en redonda y en cursiva (sí, por cierto, en redonda y en negrita). Sí puede, pero no debe, duplicarse el adjetivo, porque ello atenta contra un principio fundamental en las lenguas que es el de la economía, al que también podríamos llamar “del mínimo esfuerzo”. Así, no nos queda más remedio, en nuestra lengua, que decir los árboles y las plantas estaban secos, con el adjetivo en masculino. ¿Por qué? Porque el masculino es el género por defecto, es, frente al femenino, el género no marcado.

Del mismo modo, si una persona tiene tres hijos y dos hijas, dirá, interrogado acerca de su prole, que tiene cinco hijos. No dirá que tiene cinco hijos o hijas, ni cinco hijos e hijas, ni cinco hijos / hijas (léase “cinco hijos barra hijas”). Podrá escribir que tiene cinco hij@s, pero esto no lo podrá decir, leer, así que de nada le vale. Yo, a diferencia de mi colega Ignacio Bosque, no he tenido paciencia para echarme al coleto todas esas guías que sobre el lenguaje no sexista han proliferado. Supongo que alguna de ellas recomendará a nuestro perplejo pater familias que diga algo así como esto: Mi descendencia la forman cinco unidades. Pobrecillo.

Desdramaticemos las cosas. No es el masculino el único elemento no marcado del sistema gramatical. Igual que en español hay dos géneros (en otras lenguas hay más, o hay solo uno), hay también dos números, singular y plural (en otras hay más, o solo uno), y el singular es el número no marcado frente al plural. Así, del mismo modo que el masculino puede asumir la representación del femenino, el singular puede asumir la del plural. El enemigo significa, en realidad, ‘los enemigos’. Sumando ambas posibilidades de representación puedo decir que el perro es el mejor amigo del hombre para significar, en realidad, esto: ‘los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y las mujeres’. ¿Se entiende ahora un poquito mejor en qué consiste el mentado principio de economía?

Hay tres tiempos verbales, y uno de ellos, el presente, es el tiempo no marcado frente al pasado y el futuro. Prueba de ello es la capacidad que tiene para suplantarlos: Colón descubre América en 1492 significa en realidad ‘Colón descubrió América en 1492’, y mañana no hay clase significa ‘mañana no habrá clase’.

A pesar de lo cual, que yo sepa, no ha surgido por ahora ninguna Plataforma Ciudadana en Defensa de la Intolerable Discriminación del Plural, ni tengo noticia hasta el momento de la existencia de una Asociación Pro Visibilidad del Futuro, frente al Abusivo Presentismo Lingüístico.

¿Y por qué es el masculino, en vez del femenino, el género no marcado? Buena pregunta, para cuya compleja respuesta habríamos de remontarnos, en el plano lingüístico, hasta el indoeuropeo, y en el plano antropológico hasta muy arduas consideraciones, en las que no pienso engolfarme, acerca del predominio de los modelos patriarcales o masculinistas. Efectivamente, es más que posible que la condición de género no marcado que tiene el masculino sea trasunto de la prevalencia ancestral de patrones masculinistas. Llámeselos, si se quiere, machistas, y háblese cuanto se quiera de sexismo lingüístico. Séase consciente, sin embargo, de que intentar revertirlo o anularlo es darse de cabezadas contra una pared, porque la cosa, en verdad, no tiene remedio. Rosa Montero lo ha escrito admirablemente: “Es verdad que el lenguaje es sexista, porque la sociedad también lo es”. Lo que resulta ingenuo, además de inútil, es pretender cambiar el lenguaje para ver si así cambia la sociedad. Lo que habrá que cambiar, naturalmente, es la sociedad. Al cambiarla, determinados aspectos del lenguaje también cambiarán (en ese orden); pero, desengañémonos, otros que afectan a la constitución interna del sistema, a su núcleo duro, no cambiarán, porque no pueden hacerlo sin que el sistema deje de funcionar.

Antes de seguir adelante conviene hacer una observación acerca del género neutro, pues en las discusiones sobre estos asuntos hay quien esgrime a menudo esa palabra, sin saber muy bien lo que dice, como posible vía de solución. Olvidémonos por completo del neutro. En español (a diferencia de lo que ocurría en latín) no hay más que dos géneros, masculino y femenino. Del neutro latino solo han sobrevivido en nuestra lengua unos pocos fósiles pronominales y el artículo lo. Así que una más que hipotética solución salomónica en que un ideal género neutro salvador viniera a solucionar el problema asumiendo el papel de género no marcado es una “solución” (¿?) absolutamente inviable.

En realidad, es que no hay modo de modificar determinadas convenciones lingüísticas, las más profundas. Imaginemos uno. ¿Podríamos reunirnos en asamblea los quinientos millones (o más) de hispanohablantes para decidir que ya estaba bien, que después de diez siglos en que el masculino ha sido el género no marcado, ahora le tocaba al femenino? Alguien persuasivo (ya está ahí otra vez el dichoso masculino) tomaría la palabra para decir: “Señores y señoras...” (en estos vocativos iniciales la duplicación sí es bien lógica y está asentada desde antiguo; el principio de economía apenas se resiente). Luego seguiría: “Estamos aquí reunidos (otra vez el masculino) para...”. Etcétera. Se sometería a votación la siguiente propuesta: “A partir de mañana mismo, el femenino pasa a ser el género no marcado. Ya iba siendo hora. Se dirá en adelante los árboles y las plantas estaban secas; tengo cinco hijas: Pedro, Juan, Manuel, María e Isabel; estamos aquí reunidas...”. La votación sería más bien complicada. ¿A mano alzada? ¿Por aclamación? ¿Se convocaría un referéndum? ¿Podría nuestro persuasivo orador controlar el previsible guirigay de la masa? ¿Qué hacer con los disidentes? Transcurridos diez siglos, ante la aparición de nuevas guías idiomáticas diametralmente opuestas a las de hoy, y de Plataformas por la Visibilidad del Masculino en el Estado Español, se suscitaría la necesidad de que una nueva asamblea (¿de cuántos millones de almas?) diera nuevamente la vuelta a la tortilla, pues ya le tocaba otra vez al masculino. Y así sucesivamente. No hace falta decir que estoy utilizando el recurso dialéctico de la reducción al absurdo. Con su poquito de guasa.

Una última consideración, también desdramatizadora y relativizadora. En español, los nombres que designan seres animados, y por tanto dotados de sexo, pueden ser de tres tipos. Unos tienen marcas de género (niño / niña, monje / monja, profesor / profesora...). Otros no las tienen, pero sí tienen dos géneros, evidenciados por la doble concordancia que establecen con el artículo o con otras palabras (el artista / la artista, el modelo / la modelo, el cantante / la cantante, el portavoz / la portavoz...). Otros, ciertamente, vacilan. Pero hay un tercer grupo que me interesa especialmente: es el de los nombres llamados epicenos; los epicenos tienen un solo género gramatical, pero sirven para referirse tanto a seres de sexo masculino como a seres de sexo femenino. Ahí se ve muy bien que no se deben identificar género y sexo. Pues bien, hay muchos nombres epicenos que son femeninos, lo que supone una muy modesta compensación al avasallador poder del masculino como género no marcado. En una persona, una criatura, una víctima, una figura, una eminencia... el femenino asume la representación tanto del masculino como del femenino. A ningún hombre se le ocurrirá sentirse discriminado por ello. Faltaría más.

Hay otro ejemplo muy bonito, y de más calado. En italiano —una lengua hermana de la española, y hablada por un pueblo a menudo tildado de masculinista o de machista— un pronombre femenino, Lei (literalmente ‘ella’), se utiliza con el mismo valor que nuestro usted, es decir, asume, en el tratamiento de respeto, la representación tanto de un hombre como de una mujer. Bien pensado, otro tanto le ocurría al antecesor de nuestro usted, la forma vuestra merced, con esa visible marca femenina en el posesivo, en consonancia con el género femenino de merced.

Ya sé que estos ejemplos de ligera prevalencia del femenino implican muy parva compensación. Espero, al menos, que sirvan, como lo pretende la totalidad de este artículo, para relativizar las cosas, desdramatizando a todo trance una terca realidad contra la que es estéril estrellarse: la condición inamovible del masculino como género no marcado.

Pedro Álvarez de Miranda es catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia Española.

SIN PEROS EN LA LENGUA por Isaías Lafuente


Publicado 08/03/2012
Isaías Lafuente
www.elpais.com

«Es muy enriquecedor el debate abierto por el artículo 'Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer»

Es muy enriquecedor el debate abierto a partir del artículo «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer» publicado el pasado domingo en EL PAÍS, firmado por Ignacio Bosque y suscrito por otros 27 académicos y 5 académicas. La nómina de los firmantes evidencia que la visibilidad de la mujer, en según qué ámbitos, aún tiene un largo camino que recorrer. Y su contenido documenta que en la otra necesaria visibilidad, la que viene de la mano de la adaptación del lenguaje, quizás se hayan dado pasos desmesurados aún con la buena intención de corregir usos sexistas instalados secularmente en nuestro idioma. Resulta muy difícil no suscribir algunas de las apreciaciones sostenidas por Ignacio Bosque, sobre todo las que se refieren a los cansinos desdoblamientos para evitar el masculino genérico, o al uso de algunas fórmulas propuestas por las guías analizadas que no sólo atentan contra la gramática o la sintaxis, sino que en ocasiones nos llevarían a decir justo lo contrario de lo que queremos expresar. También es brillante la apreciación de que mientras se exige al lenguaje oficial un acercamiento a la lengua común, se promueve desde algunas instituciones un movimiento que actúa justo en sentido contrario. Y son demoledores los párrafos en los que se demuestra que quienes proponen un lenguaje políticamente correcto en esas guías después vulneran sus propias recomendaciones en los Boletines Oficiales o en los documentos de sus propias organizaciones e instituciones.

La RAE ha puesto muy alto el listón de la exigencia

Es verdad que nuestra lengua diferencia entre sexo y género, y así ha acuñado sustantivos de apariencia masculina en los que están incluidas las mujeres, como otros de apariencia femenina en la que nos sentimos incluidos todos los hombres. Yo lo soy, y también persona y periodista, y no creo necesario forzar la lengua para ser persono o periodisto. Aunque respecto a la denominación de mi profesión, ejemplo repetidamente usado para zaherir a quien propone una feminización del lenguaje, no sé cómo se habría desenvuelto la Lengua si el mío hubiese sido en su origen un oficio de mujeres. Ahí tenemos a las modistas que vieron cómo, cuando algunos hombres españoles prosperaron en el oficio, la RAE no tuvo inconveniente en retorcer la norma para crear la palabra modisto, aunque el sufijo -isto, para denominar una profesión, es un contradiós que ni existe ni se le espera en el diccionario.

La RAE ha puesto muy alto el listón de la exigencia, no sólo para quienes elaboran guías sobre el uso no sexista del lenguaje, sino para los propios académicos que deberían mostrar el mismo interés en revisar su propio Diccionario. En él encontramos fosilizados usos y términos cargados de sexismo. Les propongo que busquen, por ejemplo, los grados militares. ¿Por qué si soldada, generala o sargenta son palabras que acoge el diccionario para designar modismos anticuados como el de la mujer del militar, o para definir, en el caso de sargenta, una mujer corpulenta y hombruna, no pueden ser utilizados para nombrar lo evidente: a las mujeres que ocupan esos puestos en la carrera militar? Fue sorprendente la recomendación de la FUNDEU —fundación asesorada por la RAE— sobre el término soldada. Reconocía que era una palabra bien formada aunque recomendaba no usarla mientras no se extendiese su uso, sin saber cómo se puede lograr lo segundo si aceptamos lo primero. En otras palabras, como monarca, la Academia ha detectado el cambio de uso de la palabra y en la próxima edición ya no se recoge como término masculino, sino común en cuanto al género. Aunque con una anotación sorprendente al pie en el que especifica que «se usa mayoritariamente como masculino». Bueno... hasta que en este país haya una reina, se supone.

La Real Academia Española tiene su historia. Es sorprendente la resistencia mostrada, por ejemplo, para incluir una acepción que denomine las nuevas formas de matrimonio homosexual. En el Diccionario se recogen hasta diez formas de matrimonio, alguna de las cuales están enterradas en la Historia, pero no se define una nueva realidad que afecta a decenas de miles de parejas sólo en nuestro país y que permanecerá vigente aunque el Tribunal Constitucional tumbe está forma de matrimonio. O la beligerancia mostrada contra el concepto «violencia de género», cuando es una denominación universalmente aceptada, aunque tenga su raíz en otro idioma, y que define más acertadamente el fenómeno que la «violencia doméstica», usada por Ignacio Bosque en su interesante artículo.

Resultaría muy interesante que la Academia prosiguiera su labor analítica y divulgadora, mediante sucesivos artículos que se pusieran en solfa los lenguajes acuñados desde la economía y desde la política

Nos podríamos extender en los ejemplos, pero no es el caso. Aunque quizás convenga subrayar el más elocuente. El Diccionario, que por razones de sentido común y de eficacia se rige por el sagrado orden alfabético, sólo tiene una excepción, sexista donde las haya. Si alguien se lanza a buscar la palabra que designa un oficio que en castellano tenga variantes masculina y femenina, se verá obligado a buscar la entrada por el masculino —abogado, da; arquitecto, ta—, algo que vulnera el exigido orden alfabético. En su documentado artículo, el catedrático Ignacio Bosque se pregunta reiteradamente cómo un profesor de Lengua podría explicar a sus alumnos algunas distorsiones del idioma que promueven las guías estudiadas. Yo me pregunto cómo el mismo profesor explicará a sus alumnos esta dinamitación del orden alfabético consagrada por la propia Academia.

Es muy elocuente el desternillante párrafo extraído de la Constitución venezolana. Quedamos a la espera del análisis correspondiente de nuestra Constitución vigente, especialmente de los artículos 56 y siguientes en los que se refiere a la denominación del Jefe del Estado como Rey, y a su heredero como Príncipe de Asturias, excluyendo la posibilidad, consagrada como es lógico en el propio texto y efectiva desde que el heredero ha tenido solo hijas, de que un día en España haya una Reina de España. Sin llegar al despropósito bolivariano, se podría haber matizado más.

En fin, el debate está abierto. Y como la Academia se ha mostrado muy activa en los últimos años para modernizar nuestra Gramática, nuestra Ortografía, para incluir todas las peculiaridades del castellano —el de España y el de América— en su brillante e imprescindible Diccionario panhispánico de dudas, incluso para mostrar las diferentes variantes fonéticas de nuestro idioma en el mundo, no estaría mal que se lanzase a elaborar una guía de referencia para orientar la manera en la que, sin torcer nuestro idioma hasta la sinrazón, podamos ir mejorándolo para hacerlo más inclusivo. Dado que el documento publicado en EL PAÍS, junto a las críticas, asume también algunas propuestas como razonables, creo que hay campo suficiente como para alcanzar consensos. Y mientras llega esa obra, resultaría muy interesante que la Academia prosiguiera su labor analítica y divulgadora, mediante sucesivos artículos tan interesantes y documentados como el que ahora ha visto la luz, en los que se pusieran en solfa los lenguajes acuñados desde la economía y desde la política, cargados de circunloquios, lugares comunes y eufemismos que, además de atentar contra la estructura y los usos de nuestra Lengua, maquillan la realidad hasta los límites del engaño y evidencian la baja consideración que unos y otros tienen de los ciudadanos y ciudadanas —permítaseme aquí el desdoblamiento— a quienes se dirigen. Para que no parezca que la indignación de los académicos es asimétrica.

miércoles, 7 de marzo de 2012

La RAE vista con microscopio por Javier Rodríguez Marcos


La institución cumple tres siglos el año que viene


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS -  El País - 6 MAR 2012 



Si se mira la RAE con el telescopio de la Historia lo que se ve es una institución que el año que viene cumplirá tres siglos y que en ese tiempo solo ha acogido a siete mujeres. La primera de ellas —Carmen Conde— ingresó en 1979, 266 años después de su fundación. En la puerta se habían quedado Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán, rechazadas con una carta que afirmaba que no había “plazas para mujeres”. Por el camino habían quedado también la escritora Rosa Chacel —en beneficio de Conde— y la lexicógrafa María Moliner, propuesta en 1972 por dos pesos pesados como Lapesa y Laín pero derrotada en la elección final por Emilio Alarcos.

El caso Moliner, que ha adquirido la categoría de hito, hace recomendable combinar el telescopio y el microscopio a la hora de juzgar a la RAE. Por un lado, nadie puede dudar de la categoría filológica de Alarcos, y ya se sabe que lo difícil no es elegir entre el bien y el mal sino entre dos bienes. Por otro, la versión institucional dice que la llamada Docta Casa se inclinó por reforzar la Gramática —que a la altura de los años setenta llevaba cuatro décadas pendiente de renovación— frente al Diccionario —que tradicionalmente avanza a velocidad de crucero—. De hecho, las necesidades de la Academia —donde hay filólogos, científicos y militares— es el argumento oficioso a la hora de elegir nuevos miembros.

Oficialmente, la RAE —cuya renovación está sujeta al carácter vitalicio de sus plazas-— no aplica el sistema de cuotas sexuales para acceder a ella. “Por respeto a la mujer”, suele decir Víctor García de la Concha, su director honorario. Eso sí, observada la institución con microscopio, lo que se ve es esto: en lo que va de siglo XXI se ha elegido el doble de académicas que en los tres siglos anteriores. De las cinco mujeres que se sientan en un pleno con 46 sillas, cuatro lo hacen desde 2002: Carmen Iglesias, Margarita Salas, Soledad Puértolas e Inés Fernández-Ordóñez. La quinta es Ana María Matute. Y es fama que Carmen Martín Gaite nunca quiso sentarse allí.

En la Academia de la Historia hay tres académicas de número (y una electa). En la de Bellas Artes, dos. Tampoco el porcentaje de catedráticas de la universidad (en torno al 15%) hace justicia a la mitad de la población española. Qué decir de los altos cargos de las grandes empresas. Pobre consuelo. Los miembros de la RAE son consciente del déficit de su institución. Las hemerotecas están llenas de declaraciones al respecto pero los hechos circulan por vía lenta. Eso sí, basta leer a las académicas actuales para dudar de que una mayor presencia de mujeres a su lado apoye en el futuro la tesis de que la lengua es sexista.

Por qué la lengua levanta pasiones por Winston Manrique Sabogal



La polémica por el texto de Bosque muestra la volatilidad de las cuestiones en torno al idioma

El País

Pasión. Mucha pasión. Eso es lo que más ha ido incorporando la lengua castellana o española a su ADN y al de sus hablantes a la hora de referirse a ella. Ese es el verdadero hilo que la recorre a lo largo de sus mil años con quienes la utilizan y a quienes sirve; por eso se han generado batallas, escaramuzas y emboscadas que no dejan impasible a nadie.

En los últimos quince años, los temas en torno a la lengua han puesto a hablar a todo el mundo hispanohablante en veinte países. El arco lo inaugura aquella frase de "Jubilemos la ortografía", pronunciada por Gabriel García Márquez en la inauguración del I Congreso de la Lengua en Zacatecas (México), y lo cierra por ahora el informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, elaborado por el académico Ignacio Bosque y aprobado por 26 miembros de número de la Real Academia. ¿Pero por qué despiertan tanta pasión los temas relacionados con la lengua? "Tal vez sea una reacción de autorreconocimiento inconsciente de la conciencia de nosotros mismos como grupo, una reacción a priori a la conciencia", improvisa Álvaro Pombo, escritor y académico.

El debate actual que ha desatado el análisis sobre el lenguaje no sexista fue precedido por el que originó la nueva edición de la Ortografía del año pasado. Entre otras cosas se propuso un solo nombre para cada letra, y ahí se encendió la mecha: que la i griega pasará a llamarse ye, mientras la uve unificaría las llamadas be baja y be corta. Al final valen las dos.

"Es que el lenguaje es lo único que tenemos todos, lo que tiene cada uno para seguir hablando, comunicarse, expresarse. El lenguaje es lo más democrático que existe", reflexiona Javier Marías, escritor y académico que en muchas ocasiones se ha referido a este tema incluso en sus libros. Por todo eso, agrega Marías, "lo sentimos como algo irrenunciable y no aceptamos manipulaciones ni dirigismos de ninguna índole ni procedencia. Ni de la Academia ni de instituciones ajenas. Los cambios que vengan serán acordes con su evolución natural. El dirigismo en la lengua no tendrá éxito porque cualquier imposición en ella la vemos como una intromisión intolerable en nuestro habla y en nuestro pensamiento; como un atentado a nuestra verdadera libertad".

En 2000, la RAE tachó de entrometidas a las academias catalana, gallega y vasca cuando incluyó en el libro de Ortografía una serie de topónimos con una grafía "inadecuada". Mientras en 2010 la presión hizo que la RAE diera marcha atrás y no modificara la definición del término "nacionalidad", vinculando nacionaliad con la "condición de pertenencia a un Estado".

"¿Por qué nos apasionan o nos hieren las cuestiones léxicas, gráficas (me refiero a las tildes y acentos) o terminológicas?", se pregunta el sociólogo y escritor Enrique Gil Calvo. Y explica: "Puede ser debido a que nos identificamos con nuestros nombres, a que hacemos una cuestión de identidad personal de lo que solo es una herramienta nominal. La nuestra parece ser todavía una sociedad estamental, nobiliaria, incluso señorial, en la que nos identificamos con los nombres que designan nuestra identidad. Y si nos cambian las palabras o los signos, nos sentimos desposeídos, degradados o hasta ultrajados. Por eso reaccionamos con dignidad ofendida". 

Pero, ¿dónde estaba la RAE? por Inés Alberdi


EN CONTRA DEL TEXTO DE LA ACADEMIA

INÉS ALBERDI - El País - 5 MAR 2012

¿Cómo puede sorprenderse el profesor Bosque de que para preparar una Guía de uso no sexista del lenguaje no se consulte con la Academia de la Lengua? Que yo sepa, la Academia de la Lengua tiene un récord muy pobre en esta cuestión. Lo que sorprende es que no haya sido esta institución la que se haya ocupado de darnos sugerencias para hacer un uso del lenguaje que no oculte a las mujeres.

¿Por qué la RAE no ha dicho nada hasta ahora de cómo el lenguaje español hace invisibles a las mujeres? ¿Dónde están sus análisis y sus recomendaciones para dar un uso más de acuerdo con la igualdad de género? La Academia es, como dice el profesor Bosque, la institución que debe vigilar por el buen uso de la lengua, pero esto no le ha parecido un problema o no le ha interesado.

Bienvenida sea la Academia de la Lengua a este debate en el que tendría que haber estado hace años. No necesariamente para decirnos lo que hay que hacer sino para sumar su conocimiento y su experiencia al de tantas otras personas e instituciones que conocen aspectos que también habrá que tener en cuenta.

No entiendo que el informe de la RAE se refiera constantemente al criterio de autoridad de las escritoras, olvidando que si hablamos de si la lengua hace invisibles a las mujeres este es un problema que puede ser denunciado tanto por hombres como por mujeres. Olvida que defender los derechos de las mujeres no es una cuestión femenina sino de todos.

En sus argumentos contra las guías se refiere casi exclusivamente a una de las cuestiones que estas señalan, la necesidad de hacer manifiesta la presencia femenina en cualquier colectivo al que nos estemos refiriendo, niñas y niños, padres y madres, cuestión que la lengua española oscurece a través del uso del genérico masculino. Como decía con gracia la madre de una niña del colegio de mi hija, ya hace años, las reuniones de padres eran reuniones de madres. Este es quizás el aspecto más difícil de revisar si queremos que el español no olvide a las mujeres, pero hay muchos otros. La propuesta que hacen algunas guías, de reiterar constantemente el masculino y el femenino de todo, no le gusta y lo ridiculiza. A mí tampoco, pero no me burlo porque el tema me parece muy serio. Creo que hay formas posibles de evitar esa reiteración. Por ejemplo, hablar del género humano en vez del hombre cuando se habla de la evolución. No se trata tanto de señalar con el dedo a los que abusen del genérico masculino, como tratar de enseñar a todos a hablar con mayor rigor y respeto a la igualdad de género.

La lengua es hija de la historia y por ello no debe sorprendernos que la española sea tan sexista. Casi todas las lenguas lo son e incluso el inglés, que tiene mayor flexibilidad para adaptarse a los tiempos actuales, permite usos que reflejan la superioridad de lo masculino en nuestra cultura. Un artículo publicado el mes pasado en el semanario The Economist sobre la genética del cerebro se titulaba What’s a man? (¿Qué es un hombre?) para reflexionar sobre que hace humanos a los humanos. Pues bien, yo no diría que este semanario es sexista por usar esta forma de hablar tan arraigada, pero sí les diría, como digo a mis estudiantes, que procuren reflexionar sobre cómo escriben y traten de no olvidar a las mujeres al hacerlo.

Yo no me considero sexista por decir los estudiantes pero si creo que debo esforzarme lo más posible por usar un castellano correcto y hacer un uso del mismo más integrador de lo femenino.

Inés Alberdi es catedrática de Sociología de la Universidad Complutense. Fue directora del Fondo de Naciones Unidas para la Mujer.

No veo qué ganamos las mujeres por Milagros del Corral


A FAVOR DEL TEXTO DE LA ACADEMIA

MILAGROS DEL CORRAL - El País - 5 MAR 2012


Ha tardado mucho pero, al fin, la Real Academia de la Lengua ha emitido su opinión a propósito del supuesto carácter sexista del español a través del informe rigurosamente fundamentado de Ignacio Bosque, cuya versión íntegra publicó EL PAÍS el domingo. No puedo sino estar de acuerdo con la crítica responsable de la RAE. Y ello a pesar de que soy mujer y una profesional que, desde muy joven, ha trabajado en entornos mayoritariamente masculinos. Soy también consciente de que la mujer todavía está lejos de alcanzar la equiparación social y profesional que le corresponde y, en consecuencia, soy una firme partidaria de la defensa de mis derechos, que son los derechos de media humanidad. Digo, pues, no a la discriminación de la mujer en cualquiera de las muchas modalidades en que ésta aún se produce. Y mi no es un no rotundo.

Sin embargo, esta reciente costumbre de pervertir nuestra maravillosa lengua castellana me parece un puro sinsentido. Nunca me he sentido excluida de forma gramatical alguna, singular o plural, ni creo que los hombres se sientan discriminados al ser aludidos, en singular y en plural, como artistas, periodistas, trapecistas, etcétera. Sin duda aquí se ha producido un error, aunque haya sido con la mejor intención. Aquí se ha confundido sexo con género, biología con gramática, gimnasia con magnesia.

Cada generación, en un esfuerzo involuntario de autoafirmación, aporta modismos nuevos e incorpora préstamos lingüísticos, con o sin razón de ser. Muchos no pasan de ser una simple moda que se desvanece en unos pocos años. Ahorro a mis lectores la enumeración nostálgica de ejemplos pasados porque sería demasiado larga. Solo a modo de ejemplo les recordaré que, en su día, lo “sexy” era “sicalíptico”, y los mayores unos “carrozas”; vocablos que, caídos en desuso, nos parecen tanto o más anticuados que los del Siglo de Oro. A decir verdad, pocos son los que alcanzan larga vida.

Pero lo de ahora es distinto porque el activismo feminista, de la mano de una serie de instituciones que quieren ser políticamente correctas, quieren hacernos creer con sus guías de uso de lenguaje no sexista que la visibilidad de las mujeres pasa por desnaturalizar nuestro idioma con fórmulas rebuscadas, cuando no claramente atentatorias contra la morfología gramatical o sintáctica, sin miedo alguno a recargar el discurso hasta límites estéticamente insoportables: niños y niñas, andaluces y andaluzas, jueces y juezas, miembros y miembras… sublime. Eso cuando no nos atropellan con amig@s, utilización supuestamente genial del símbolo de una medida de líquidos y, más recientemente, del dominio de las direcciones de correo electrónico. No veo qué ganamos las mujeres viéndonos equiparadas a líquidos medibles o a dominios, por muy de correo electrónico que sean. Mmm… “medibles” y “dominios” a mí no me cuadran con los fines perseguidos.

Amén del innecesario estropicio lingüístico, no creo que recomendaciones de esta naturaleza sirvan de nada a nuestra mayor visibilidad. Ni mucho menos que lleguen muy lejos. De momento, solo las aplican de forma acrítica algunos políticos de posmodernidad mal entendida. Y, desde luego, no han logrado calar en el habla popular. Tan solo lo han hecho en la Constitución venezolana, que no es precisamente un referente ilustrado. Y no han calado porque el pueblo es sabio e inconscientemente siente que las expresiones recomendadas rayan en lo ridículo y no convienen a la economía de la comunicación, pecado grave en la era de Twitter y el microrrelato. Quiero creer que se trata de una moda pasajera, una más, esta vez presumida “de izquierdas postmodernas” que jamás he seguido ni seguiré. “Cosas veredes, Sancho”…

Milagros del Corral es exdirectora de la Biblioteca Nacional.

Sexo y lengua, abiertos en canal por WINSTON MANRIQUE SABOGAL


REFLEXIONES EN TORNO A LA POSTURA DE LA ACADEMIA

El artículo del académico Ignacio Bosque sobre la visibilidad de la mujer en los usos del idioma sigue provocando reacciones en el mundo de la Cultura

WINSTON MANRIQUE SABOGAL - El País -  5 MAR 2012

Ha quedado claro que las palabras tienen vida y una biografía. Eso es lo que ha confirmado el rosario de opiniones de toda estirpe que ha generado desde el domingo el informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, del académico Ignacio Bosque. “Una llamada al sentido común y buen sentido. Una de las funciones de las academias es aclarar este tipo de cuestiones”, asegura José Ignacio Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte. “Todos tenemos que hacer una reflexión profunda sobre las razones que hacen que la igualdad no avance al ritmo que debiera”, afirma Consuelo Ciscar, directora del IVAM.

La labor que hacen las asociaciones de mujeres es indispensable, agrega Ciscar. “Es necesario cambiar la sensibilidad, la educación y establecer formas para que hombres y mujeres se expresen, trabajen y elijan con absoluta libertad e igualdad. Por tanto, cualquier avance en el uso correcto de la lengua y la gramática sobre estos asuntos nos permitirán dar un salto de gigante en la conquista de una auténtica igualdad”.


Para Ana Caballé, escritora y profesora de la universidad de Barcelona, con toda esa labor “se ha conseguido que la sociedad tome conciencia del sexismo de muchas expresiones. Y procure evitarlas”. Además, muestra su gratitud por el informe de Ignacio Bosque por haber llamado la atención sobre un fenómeno “que va en contra del sentido común de los hablantes”. Se han puesto los puntos sobre las íes, dice la escritora Julia Navarro.

Indudablemente, recuerda César Antonio Molina, director de la Casa del Lector y exministro de Cultura, “la lengua es un ser vivo, que añade, quita, inventa y es la Academia la que se dedica al estudio de esto, por lo tanto, hay que acatar sus normas porque sino viviríamos en una selva”.

En una línea parecida se ha expresado Victoria Eugenia Martínez Moya, subdirectora de la Unidad de Igualdad entre mujeres y hombres de la Universidad de Granada, cuya guía ha sido una de las analizadas. Se redactaron “para comenzar una sensibilización y visibilización hacia la igualdad en nuestra comunidad. Siempre vamos en favor de utilizar términos neutrales, porque entienden que hay términos que incluyen ambos géneros”.

No en vano “el lenguaje es el elemento que más influye en la formación del pensamiento en el ser humano, lo que deriva en la construcción de esquemas mentales, estereotipos y conceptos abstractos con los que nos desenvolvemos en la vida diaria”, explica Nuria Manzano, secretaría de Igualdad UGT-Madrid. Por lo tanto, un habla sexista influirá en tener un pensamiento sexista. Deja claro que “no es posible justificar la utilización de un lenguaje sexista en las tradiciones. Cuando las tradiciones son injustas hay que cambiarlas”.

La desigualdad entre mujeres y hombres está enraizada en las actitudes y comportamientos sociales, afirma Carmen Plaza, directora general para la Igualdad de Oportunidades del Ministerio de Sanidad y Servicios Sociales e Igualdad. “Uno de ellos es la representación social de las mujeres y el lenguaje es una forma de representarlas. Siempre se ha defendido la necesidad de que las mujeres se hagan visibles, también en el habla. Nombrarlas es una manera de asignarles un lugar en la sociedad, de darles el protagonismo que a lo largo de los últimos años han ido adquiriendo. De ahí la necesidad de usar un lenguaje que se ha llamado inclusivo, siempre desde el respeto a la gramática”.


Todas por Rosa Montero



Quién sabe, quizá en el futuro la concordancia se hará con el género que más abunde en cada momento


ROSA MONTERO - El País - 6 MAR 2012

Impresionante polvareda la que ha levantado el informe de la Real Academia sobre el Sexismo Lingüístico, como evidenciaba ayer el estupendo reportaje de Winston Manrique. El texto de Ignacio Bosque que ha originado la zapatiesta es magnífico y no tiene nada que ver con las rancias gracietas de esos articulistas que se creen ocurrentísimos al escribir “miembros y miembras”. La lengua es como la piel de la sociedad; se adapta a los repliegues del cuerpo colectivo y sigue fielmente sus cambios. Es un tejido vivo que no puede modificarse por decreto: los ortopédicos tropezones de los “compañeros y compañeras” no son más que feísimas verrugas que, de seguir creciendo desordenadamente, terminarán por convertir nuestro cuerpo social en un deformado hombre (mujer) elefante. Es verdad que el lenguaje es sexista, porque la sociedad también lo es. Cuentan las profesoras de párvulos que a los muy pequeños hay que decirles “todos” y “todas”, porque, si no, las niñas no se sienten aludidas. O sea: no es algo natural, sino un orden impuesto y masculino. Pero eso no se arregla con voluntaristas verrugas verbales, sino modificando la realidad. Porque el lenguaje se va adaptando a esos cambios: hace seis años, al comienzo de las bodas homosexuales, nos chocaba que un hombre llamara a otro “mi marido”, pero hoy ya no. Porque refleja una realidad. Yo ya no uso “el hombre” como genérico, porque me chirría. Utilizo “el ser humano” o “los humanos” y las frases quedan, creo, más naturales, porque la sociedad ya ha dejado eso atrás. A veces, estando muchas mujeres con un solo hombre, se nos ha escapado sin querer un “todas” y nos hemos reído. Quién sabe, quizá en el futuro la concordancia se hará con el género que más abunde en cada momento. Pero, de ser así, saldrá naturalmente; y me temo que antes tendríamos que haber cambiado mucho.

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