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viernes, 25 de enero de 2013

"Gimferrer, verdades a golpe de verso" por Rosa Mora (El País)


El académico publica Alma Venus, poema unitario que coincide con sus 50 años de actividad. Lasa y Zabala, Paesa y Palma Arena desfilan por sus páginas
El amor y la poesía son maneras distintas de ver la realidad. Europa, el cine, la pintura, la literatura, el fascismo, el pasado, el presente, la guerra y las armas, el amor, el erotismo, el deseo… nada es ajeno en Alma Venus, extenso poema unitario que acaba de publicar Pere Gimferrer. De extraordinaria intensidad, con numerosísimas referencias implícitas o explícitas, el poeta lo concibe como “un refugio contra el mundo hostil”. El título, explica, procede de Virgilio, de Lucrecio, de Antonio Negri. “Es la Venus benéfica, protectora, creadora”. “Amor, revolución, son ideas antiguas frente a un mundo deteriorado”.
“No hace falta que los lectores capten todas las referencias y si lo hacen es que me he equivocado. Lo que busco es un efecto estético y ético en cada uno de los versos. ¿Qué justifica la poesía? Es la expresión literaria que más se aleja del uso utilitario de la palabra. Es un reducto de libertad y de individualidad ante la realidad de la globalización”, explica el autor.
Con Alma Venus (Seix Barral), Pere Gimferrer (Barcelona, 1945) “no” celebra los 50 años de su primer poemario, Mensaje del Tetrarca (1963). “Muchos creen”, avisa, “que mi primer libro fue Arde el mar [1966, premio Nacional de Poesía], porque fue más leído, pero no”. No le apetece hablar de esos 50 años. “Alma Venus no tiene carácter conmemorativo. No es su misión ni es un jubileo artístico”.
Causa cierta sorpresa que aborde temas políticos y sociales de la actualidad. “No exageremos. Hay temas políticos y sociales, pero no superan el 10% o el 15% del conjunto. Parece que el lector no lo asocia con mi estética y aparentemente resulta raro, pero no es la primera vez que lo hago”. Es cierto, ya habló del Che Guevara en los años 60, y de temas de actualidad en Mascarada, Tornado o El diamante en el agua.
“Muy pocos personajes del mundo social aparecen con su nombre. Con alguna excepción, solo doy el de las víctimas”, aclara. No es difícil de entender. “¿Urganda la desconocida? No”: / “en pieza separada, Palma Arena”[...]. “Urganda es un personaje del Amadís de Gaula, que luego apareció en El Quijote”, se limita a decir Gimferrer.
En otro poema, encontramos a Lasa y Zabala, los etarras cuyos cuerpos fueron enterrados en cal viva e identificados diez años después. Ya los citó en El diamante en el agua y en Alma Venus vuelve a mencionarlos en un escenario de la película Muerte en Venecia: “[Death in Venice, cal viva en las esquinas” / “como Lasa y Zabala sepultados”[…]. Como vuelve también al Che Guevara. Y tampoco ha sabido resistirse al caso Paesa. “No me interesa tanto su fingida muerte en Tailandia como que encargaran misas gregorianas en su memoria en el monasterio de Cardeña, el del Mio Cid”.
Pere Gimferrer aborda asuntos de gran calado, como el fascismo —“No menciono a Mussolini”—, cuyas consecuencias, afirma, llegan hasta nuestros días. O Europa, con la que se muestra muy duro. “Europa como cultura e historia puede existir, aunque, a mi juicio, esta Europa llega hasta Rusia. No podemos prescindir de autores como Dostoievski y Pushkin. Otra cosa muy distinta es la UE que inventaron unos electos reversibles con la pretensión de crear una realidad irreversible. Esta Europa sin fronteras ni pasaportes ya la intentaron Napoleón y Hitler. Ahora, no lo hacen genocidas ni militares sino burócratas”.
Pero hay, sobre todo, en este libro una reflexión constante sobre la palabra, la dignidad de la palabra, decía Blas de Otero, y sobre la poesía. “Alma Venus trata más de la poesía que del amor”, aunque hay un poema que los une: “Fantaseando, descubrí el amor” / “pero el amor es algo realista;” / “fantaseando, descubrí el poema,” / “mas el poema crea realidad”. “Es una paráfrasis de Àusias March, al que traduje al castellano. El amor y la poesía son maneras distintas de ver la realidad”.
“Todo poema tiene un tema sólo:” / “cómo decir otra cosa con la palabra”. Gimferrer afirma: “Las palabras crean otra realidad, no argumental”. Por cierto, el académico sigue poniendo acento en el adverbio solo. “Yo no soy el único. Javier Marías también lo hace. Como escritor no puedo vincularme a ciertas normas de la Real Academia”.
Gimferrer es “muy optimista” respecto al futuro de la poesía. “Sería como si con la desaparición de los discos desapareciera Mozart. Puede ir en cualquier soporte, papel o digital, no le afecta”. El autor de Alma Venus descarta por ahora escribir otra novela (publicó Fortuny, en 1983) o terminar sus memorias, que inició en 1984. “Estoy concentrado en la poesía”. Escribió Alma Venus entre el 8 de julio y el 20 de agosto de 2012, “trabajando 12 horas seguidas”. Al revés que Jaime Gil de Biedma, “que planeaba previamente”, Gimferrer no lo hace. “Concibo el verso, antes de conocer su sentido lógico y semántico. Primero, el ritmo, luego, el sonido y después, la palabra. Cuento con que dentro de mí hay una coherencia. Las palabras se organizan si por dentro estás organizado. Cada cuatro o cinco versos, tomo notas rápidamente casi con taquigrafía. Es importante hacerlo deprisa porque a veces no entiendo mi propia letra”.
Y concluye: “Soy un formalista extremo. Cada vez más”.

jueves, 24 de marzo de 2011

Dos maestros (y Góngora) pasean por Recoletos



José Manuel Caballero Bonald y Pere Gimferrer homenajean al maestro barroco en la apertura de un ciclo de poesía en la Fundación Mapfre de Madrid


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS  -  Madrid

ELPAIS.com  -  Cultura - 23-03-2011 Casi todos los caminos llevan a Góngora. También los que salen de Jerez, Barcelona y el café Gijón. Bien lo saben José Manuel Caballero Bonald y Pere Gimferrer, que tienen muchas cosas en común. Los dos están ya en las historias de la literatura, los dos son Premio Nacional de las Letras y los dos tienen libro reciente: el poeta andaluz, Ruido de muchas aguas (Visor), una antología que contiene el adelanto de un poemario nuevo que se publicará en invierno; el catalán, un largo poema titulado Rapsodia (Seix Barral).
A los dos les unen, efectivamente, muchas cosas, pero tal vez ninguna como su pasión por Góngora. El campeón cordobés de la lírica barroca fue ayer el catalizador que Gimferrer (Barcelona, 1945) y Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) usaron como arranque para la lectura comentada de sus propios versos. Con su charla se inauguró el ciclo Conversaciones de poetas, que se celebra en la sede del Paseo de Recoletos de la
Fundación Mapfre de Madrid. Allí llegaron los dos escritores desde el vecino café Gijón, pertrechados contra el frío traicionero de la tarde-noche de marzo. José Manuel Caballero Bonald comenzó reconociendo que si escribe poesía es porque antes leyó la de otros. Y recordó también su deslumbramiento adolescente por la vida de Espronceda: hombre de acción, perseguido por su republicanismo, exiliado, huido con una mujer casada, muerto a los 33 años... "Leí una mediocre biografía suya y me cautivó su vida más que su obra", recordó el autor de Las adivinaciones. "Como no podía imitar su hazañas imité las dos cosas que estaban a mi alcance: escribir poemas y llevar una vida licenciosa, que en el caso de un jovenzuelo consistía en llegar tarde a casa". Luego vendría el descubrimiento de la antología de Gerardo Diego, donde le esperaban Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27. Con todo, la mayor revelación se produjo con la lectura de Góngora: "Aquel hecho fundamental diluyó todos los influjos. Leí las Soledades deslumbrado ante aquel alarde de invención de un mundo". De allí también extrajo una "lección inolvidable": la poesía se hace con palabras, no con ideas. "Y en un poema, las palabras tienen que tener un significado más rico que el que tienen en el diccionario. A veces pones juntas dos palabras que nunca lo han estado y abren un mundo, rompen un sello. Y lo hacen por el puro atractivo fonético, por la música de las palabras. Siempre digo que la poesía es una mezcla de música y matemáticas: tonalidad y rigor". El autor de clásicos de la poesía española del siglo XX como Las horas muertas, Descrédito del héroe o Laberinto de fortuna, explicó que, si bien su obra ha tenido diferentes etapas -"tengo ya muchos años y lo menos que puedo tener son etapas"-, en los poemas que escribe actualmente subordina siempre "el pensamiento lógico a la intuición iluminadora". Por su parte, Pere Gimferrer, retomó el hilo de esas iluminaciones y explicó que antes de llegar a Góngora -"nadie ha ido tan lejos"- él pasó por otro gigante: Rubén Darío. De los dos aprendió que la poesía "se impone al lector por la capacidad evocativa de cada palabra; antes incluso de que se te pase por la cabeza pensar en lo que significa". Y citó a su amigo Octavio Paz: "El sonido, bastón de ciego del sentido". La hora de los versos Llegó, entonces, la hora de los poemas. "Por las ventanas, por los ojos / de cerraduras y raíces, / por orificios y rendijas / y por debajo de las puertas / entra la noche", leyó Caballero Bonald en un poema que tiene casi 60 años. "Góngora vive sólo en sus palabras, / no en aquella mirada velazqueña; / el caldero de oro de los versos / que estampara en tramoya Calderón / es ya por siempre la verdad de Góngora", recitó Gimferrer, leyendo de su último libro unos versos que terminan: "Al explicarse, el verso nos explica; / lo verdadero es siempre inexplicable / y el poema se explica al llamear". "Una declaración de principios", apostilló Caballero Bonald antes de decir, de vuelta a sus poemas, que la botella vacía se parece a su alma, que somos el tiempo que nos queda y que, como quería Pavese, a veces la poesía es una defensa contra las ofensas de la vida. Gimferrer atacó entonces, a petición de su compañero de mesa y de memoria, los alrededor de 60 versos de su celebérrima Oda a Venecia ante el mar de los teatros, tal vez el poema más famoso de Arde el mar, el libro que lo consagró con 21 años: "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos". Y así, a velocidad de crucero, hasta: "Es doloroso y dulce / haber dejado atrás la Venecia en que todos / para nuestro castigo fuimos adolescentes / y perseguirnos hoy por las salas vacías / en ronda de jinetes que disuelve el espejo / negado, con su doble, la realidad de este poema". Acallado el eco del último verso, Caballero Bonald leyó de su último libro publicado, La noche no tiene paredes, y sorprendió anunciando que leería un poema de Gimferrer, de La muerte en Beverly Hills: "En las cabinas telefónicas / hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios. / Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias que / con el escote ensangrentado se refugian allí para morir". El poeta barcelonés correspondió leyendo Salvedad, de Caballero Bonald, un epigrama que recuerda la leyenda según la cual aquellos que han sobrevivido a tres naufragios alcanzan la inmortalidad. Tras la lectura, su autor explicó que, después de naufragar dos veces, él ha dejado de navegar para no sobrevivir a un tercer naufragio: "Qué incómodo ser inmortal". Puede que sea verdad, pero ayer, durante hora y media larga, la inmortalidad de instaló, mientras se hacía de noche, en el rincón más gongorino del Paseo de Recoletos de Madrid. El ciclo Conversaciones de poetas continúa hoy con la intervención de Darío Jaramillo y Andrés Trapiello. Hasta el día 31 les seguirán Amalia Iglesias y Juan Carlos Mestre, Blanca Andreu y Juan Cobos Wilkins, Clara Janés y Jaime Siles, Antonio Colinas y César Antonio Molina.

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