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sábado, 8 de diciembre de 2012

Unamuno, el vencido invicto por Félix de Azúa

Unamuno en Lenliblog

Unamuno desde la visión de Jon Juaristi


Jon Juaristi bucea en la vida y en la época de uno de los intelectuales más importantes de España en una obra recoge con brillantez las contradicciones de un tiempo terrible.

Las mismas que rigieron el destino de Unamuno



El filósofo Miguel de Unamuno, en los años veinte. / ARCHIVO MORENO

Entre los muchos que proporciona, uno de los mayores placeres de la literatura es el de convertir en literatura a los autores de la literatura. Todos sus lectores hemos imaginado a Garcilaso atacando una fortaleza espada en mano o a Berceo bebiendo un vaso de vino en compañía de otros errabundos con los que coincidía en la posada. Es una tentación irresistible. Seguramente si los estudios literarios severos, en especial los estructuralistas y analíticos, no han alcanzado la difusión de los viejos tratados filológicos de Auerbach, Menéndez Pidal o Spitzer es por esa amputación de la mitad del placer. La obra de arte sin autor, gran fantasía francesa del siglo pasado, es teóricamente irreprochable y debe ser defendida en la Universidad, pero es también inaceptable para un lector educado.
Los autores reclaman ser imaginados junto a sus criaturas, es una de las razones por las que escriben. Y un modo agradable de imaginarlos es el de leer sus biografías, algunas más literarias que las obras del biografiado. Pocos leen hoy a Frederick Rolfe (con razón), pero su biografía, The quest for Corvo, de A.J.A. Symons, sigue siendo una de las más perfectas obras literarias del siglo XX. He aquí un escritor que casi puede decirse que sobrevive gracias a su biógrafo.

Hay autores que piden ser alternativamente odiados y amados
Rolfe era un ser odioso, un mal bicho a quien todos detestaban y su biógrafo no pudo evitar la repugnancia. O quizás fuera mejor decir que solo pudo evitarla mediante los recursos del arte narrativo. Otros escritores, por el contrario, no pueden ser odiados de ninguna manera.Antonio Machado es el caso supremo. Si usted encuentra a alguien que diga odiar a Machado, apártese de él a toda prisa. Lávese luego entero en cuanto pueda. Es muy probable que pertenezca a alguna de las sectas satánicas más peligrosas después de la de Charles Manson.
Finalmente hay autores que piden ser alternativamente odiados y amados. Y ese es el caso que ahora nos ocupa, el de Unamuno y la biografía, a mi entender soberbia, que ha escrito sobre él Jon Juaristi.Soberbia biografía porque Unamuno, sin dejar la escena en ningún momento, a veces es solo un trasunto que le permite a Juaristi hablar sobre las guerras carlistas, la renovación de la panadería en Bilbao, el periodismo caciquil, el puente colgante, la invención del folclore vasco, la mujer de Sabino Arana, en fin sobre todas aquellas cosas que hacen de una biografía una pieza literaria de gran enjundia.

El libro es por encima de todo una pieza literaria de gran enjundia
Y como debe ser, Juaristi a veces ama a Unamuno y a veces le odia. El lector agradece esa ducha escocesa, porque le sucede exactamente lo mismo cada vez que se pone a leer a Unamuno, que suele ser a menudo. Así, por ejemplo, el lector agradece que Juaristi no disimule la conducta canallesca de Unamuno con Valentín Hernández, el editor de La Lucha de Clases que fue a la cárcel en su lugar. O sus grotescos ofrecimientos a los militares sublevados durante el año 1936. Unamuno tenía momentos odiosos porque era un hombre dotado de un enorme Ego, un Yo colosal que muchas veces ocupaba demasiado espacio, como decía Ortega cuando esperaba visita del vasco y había alguien en el despacho: “Salga usted ahora mismo, que viene Unamuno con su Yo, y no vamos a caber”.

Don Miguel era un hombre dotado de un enorme Ego, un Yo colosal
El Yo es una entidad peligrosa, entre otras cosas porque no contiene nada y debe ser ocupado de inmediato por alguna identidad (nacional, deportiva, religiosa, sexual, da lo mismo) a la que obedecer. Quien desee un planteamiento filosófico riguroso del problema, lea a Carlos Piera y su espléndido La moral del testigo(Machado). Unamuno, por tanto, llenaba constantemente su Yo con lo primero que le cayera en gracia identitaria. A veces era el vasco preterdiluviano, a veces el labriego intrahistórico, o bien el socialismo, aunque también el fascismo, qué le vamos a hacer. Por fortuna, la mayor parte de las veces no era la política lo que llenaba su identidad, sino los paisajes, los tipos, el crucificado, la diversidad de la convivencia, el campo, los campesinos, la literatura, don Quijote, la muerte, en fin todo lo inactual. Y entonces no hay más remedio que amarlo.

Sus días finales fueron un ejercicio agónico de despellejamiento
Juaristi, con una de las mejores prosas que se escriben hoy en España, repasa todos los aspectos de Unamuno, los amables y los odiosos, aunque predominan ampliamente, como era de esperar, los amables. Don Miguel ha dejado miles y miles de páginas (aún sin editar seriamente, a pesar de los esfuerzos magníficos de la Biblioteca Castro) que no son solo el mejor retrato de nuestra vida terrestre y anímica, sino que son nuestra exacta definición. He aquí, en este hombre tan poseído por su Yo, cómo se fue haciendo sitio un Yo trascendente que acabó por abarcarnos a todos sus lectores.
Sus terribles días finales, cercado por las hienas de Millán Astray,salvado del linchamiento por gente a la que despreciaba, horrorizado de lo que había dicho sobre los generales y la República, fueron un ejercicio agónico de despellejamiento en el que acabó por perder lo que le quedaba de Yo. Vio abrirse el abismo bajo sus pies y aquel temor y aquel temblor de que había hablado tanto y tan bien en sus ensayos, de repente era ya todo lo que le quedaba, temor y temblor. Es muy posible que entonces se abandonara al sosiego de no ser nadie y acabara sus días en paz.

miércoles, 22 de agosto de 2012

'Espadas sobre fondo de oro' de Félix de Azúa


La historia de Bernal es una de las últimas épicas caballerescas y su único defecto es el de ser verdadera

 22 ABR 2012  El País

  • En noviembre de 1519 aquellos hombres protegidos por pesadas corazas y con los caballos resoplándoles en el cogote se adentraron por el gran camino que sale de Estapalapa. No tardaron mucho en montar la formación. A medida que se aproximaban a la gran ciudad, ellos, que sólo conocían los pueblos españoles y las villas coloniales cubanas, iban quedando cada vez más atónitos: “Y de que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que, por una parte, en tierra había grandes cibdades, y en la laguna, otras muchas; e víamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchas puentes de trecho en trecho, y por delante estaba la cibdad de México”.
    Al frente de un gentío de indígenas enemigos del azteca formaban 400 soldados al mando de Hernán Cortés. Para nuestra fortuna uno de ellos era Bernal Díaz del Castillo, nacido en Medina del Campo hacia 1495 en cuna plebeya, aunque acomodada, y sin apenas educación porque tenía entonces 20 años y llevaba ya en la aventura americana desde 1514. Este muchacho sería el más grande cronista de la conquista americana aunque, como él decía, “no soy latino”, es decir, no sabía latín ni poseía elegancia literaria ninguna. Su escritura, en efecto, es seca, desaliñada, a veces brutal y vehemente, como sin duda fue su juventud, pero de una inmensa eficacia. La Historia verdadera de la conquista de Nueva España es, a juicio de este modesto comentarista, una obra maestra de la literatura española capaz de medirse perfectamente con las de Cervantes, no en la perfección formal sino en su grandeza narrativa. La reciente edición, muy diestramente anotada y comentada por Guillermo Serés en esa cada día más impresionante biblioteca clásica de la Real Academia, es de todo punto imprescindible para cualquier lector educado. El precio también es educado.
    Esta tremenda historia, sin comparación alguna con nada similar en la literatura europea, comenzó a escribirla un hombre de 60 años cuando ya no podía emprender empresa guerrera alguna, pero no la abandonó hasta su muerte en 1584, añadiendo, quitando, reescribiendo, corrigiendo, enmendando el texto sin descanso, en parecida obsesión a la de Proust. Las razones para escribir, sin embargo, diferían. A Proust le movía el deseo desesperado de salvar algún sentido antes de que la muerte todo lo aniquilara. A Bernal, en cambio, le movían varias indignaciones, la primera y principal de ellas las mentiras de los cronistas oficiales, las cuales le obligaban a tomar la péñola “…porque cosas tan heroicas como adelante diré no se olviden, ni más las aniquilen y claramente se conozcan ser verdaderas, y porque se reprueben y den por ningunos los libros que sobre esta materia han escrito, porque van muy viciosos y escuros de la verdad…”. Se refiere a cronistas como López de Gómara, Gonzalo de Illescas o Paulo Jovio, contra los cuales añadió, por contraste, ese sorprendente adjetivo de “verdadera” a su historia. Él había combatido y sufrido codo con codo con Cortés durante décadas, pero ahora llegaban unos cronistas a sueldo y peroraban disparates pagados por los potentados en busca de fácil fama. Bernal había hecho con su cuerpo la historia verdadera, pues “a tan excesivos riesgos de muerte y heridas y mil cuentos de miserias pusimos y aventuramos nuestras vidas (…) y de día y noche batallando con multitud de belicosos guerreros, y tan apartados de Castilla”, que no podía soportar las invenciones de quienes sin haber empuñado ni una navaja ahora escribían la historia de América.
    Lo asombroso es que esta historia sea una obra maestra de la literatura
    “Tan apartados de Castilla”, en efecto, porque la segunda indignación de Bernal es que le estaban quitando sus privilegios y posesiones para beneficiar a unos señoritos recién llegados y sin más mérito que su encumbrada parentela. A partir de 1542, cuando el soldado se acercaba a la peligrosa cincuentena, las “Leyes Nuevas” promovidas por Las Casas para “frenar la esclavitud de los indios, fijar límites a la perpetuidad de las encomiendas y dotar de cierta igualdad a los nativos” (Serés), leyes sin duda tan necesarias como justas, despojaron a los viejos soldados de sus propiedades y beneficiaron a los burócratas emparentados con la nobleza. Las reivindicaciones de Bernal (que respetaba a Las Casas y nunca le dirigió la menor invectiva) asemejan a veces a las del pleiteante obsesivo de Dickens, aunque siempre desde la digna actitud de un soldado viejo y maltratado. De haber vivido en el siglo XVIII se habría comparado con el general Belisario.
    Lo asombroso es que esta historia escrita por un hombre sin apenas formación (aunque lector de novelas de caballerías), enfurecido por cronistas mentirosos, perturbado por la abyecta política española, sea a pesar de todo una obra maestra de la literatura. Lo milagroso es que Bernal fuera siendo devorado por la pasión literaria y a medida que avanzaba en el relato la gracia misma de la narración venciera sobre sus venganzas y miserias privadas, quizás como le sucedió también al gran Saint Simon en su interminable historia. La pura pasión literaria fue lo que le empujó a introducir toda suerte de detalles, cuadros de género, observaciones y escenas de modo que el lector fuera tropezando con “diálogos, anécdotas, catálogos detallados de naves, caballos, provisiones, descripciones fisiognómicas de españoles, mexicanos, tácticas militares etc.” (Serés), lo que da una viveza singular a esta crónica distinta de todas, pero próxima a la de Herodoto a quien Bernal desconocía. Aunque “no era latino”, Bernal sí era un narrador natural y tan avanzado en su época que algunos expertos, como Ángel Delgado, no dudan en ponerlo junto a Cervantes como el primero en dar pasos metaliterarios antes de hora.
    Esta es, pues, la historia de un soldado de cuna humilde que se atribuye sin pudor el valor de sus hazañas como un héroe antiguo y siente la injusticia de no acceder a una nobleza, la de las armas, en nada distinta a la que merecieron Amadis o Juan de Austria. No sabía que iba a ser la conquista de América, justamente, lo que acabara con la vieja nobleza guerrera y diera paso a un funcionariado gandul que en pocos años arruinaría el imperio, como siempre ha sucedido en España.
    Y no sólo en España, también para el resto de Europa se avecinaba esa época que Max Weber llamó la del desencanto del mundo, cuyo último y residual modelo heroico sería Alonso Quijano, el hidalgo pobre que sigue creyendo en los encantamientos y milagros de un mundo que él todavía lee a lo cristiano, aunque se rompa la crisma contra la sociedad práctica, pragmática, funcional, que se ríe de él como de un orate porque ha aprendido que la vida va en serio.
    El mundo en el que se crió Bernal era todavía un lugar donde eran posibles los milagros y en el que las hazañas traían consigo gloria, honra y nobleza. El mundo en el que muere Bernal es ya el de los primeros laboratorios científicos, los incipientes Estados administrados por una burocracia de casta, y unos súbditos que van a ir dejando de creer en los encantamientos y milagros para dedicarse a ganar dinero, o, como prefería decirlo Karl Marx, a construir un Paraíso de los humanos levantado con el trabajo humano y no regalado por la divinidad. La historia de Bernal es una de las últimas épicas caballerescas europeas y su único defecto es el de ser verdadera.
    Félix de Azúa es escritor.

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