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sábado, 30 de junio de 2012

J.C. Onetti: Decálogo más uno, para escritores principiantes




Extraído del blog Cruzagramas

I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.

VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

X. Mientan siempre.

XI. No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer."


Juan Carlos Onetti (1908-1998). Escritor uruguayo nacionalizado español.
Es una de las máximas figuras de la narrativa uruguaya y también uno de los escritores hipanoamericanos más originales e irreductibles. Su escritura, ríspida y sin concesiones, es uno de los mejores ejemplos de asunción de la dramática y contradictoria realidad rioplatense.

jueves, 21 de abril de 2011

"El dominio de la escritura ha mejorado, pero el nivel exigido es menor"

Entrevista a Salvador Gutiérrez, académico de la RAE, coordinador de la nueva Ortografía
"Hay que escribir bien, pero no existe una buena escritura con mala ortografía"
"¿Habían escrito alguna vez tanto los jóvenes y los mayores?"

La Vanguardia.es Vida
21/04/2011 - 00:17h





Incluso cuando se reproduce el lenguaje coloquial, aunque presente tintes soeces, evitar las faltas es imprescindible, reivindica Salvador Gutiérrez Ordóñez (Taballes de Bimenes, 1948), académico de la RAE que ha coordinado la nueva Ortografía y catedrático de Lingüística de la Universidad de León. Hoy en día se escribe más que nunca, algo muy positivo, dice, pero también se debe hacer de forma correcta.



¿Está en declive la buena ortografía?



Este es un debate eterno; pero, por los síntomas que manejo, la buena ortografía conserva un gran prestigio social e individual. En el ámbito social, es un valor. La colectividad continúa seleccionando a los que escriben bien y excluyendo de muchos puestos a los que cometen faltas. Alguien ha dicho que la ortografía posee rasgos de ideología: se halla tan interiorizada que provoca fuertes reacciones inconscientes contra cualquier agresión, ya sea una falta, ya una modificación o una reforma.



Pero algunos grandes escritores y académicos se oponen al corsé ortográfico.



Ha habido gramáticos partidarios de reformar las reglas ortográficas y escritores que critican la visión reductora que identifica buena escritura con ortografía. En este sentido hay que interpretar la conocida frase de Stendhal: “La ortografía no hace al genio”. El objetivo es enseñar a escribir bien, pero no existe una buena escritura con mala ortografía.



¿Se cometen hoy en día más faltas que antes?



La respuesta ha de ser matizada. Hace medio siglo accedían a la enseñanza secundaria muy pocas personas. Por el contrario, en la actualidad el porcentaje de jóvenes que termina un bachillerato o un módulo profesional es alto. Desde esta visión social, el dominio de la destreza escrita parece que ha mejorado. Sin embargo, si se compara el nivel exigido a los alumnos de bachillerato de diferente época, es evidente que el nivel ha descendido.



Muchos profesores de instituto lamentan que sus alumnos cometen más faltas porque leen menos.



Existe una relación entre nivel de lectura y dominio de la ortografía. A quien está acostumbrado a leer voz y vez le produce una disonancia visual ver estas palabras escritas con “b”. Pero parece que esta correspondencia no es total. Se ha comprobado que existen buenos lectores que cometen frecuentes faltas.



¿Y eso por qué?



Porque la lectura es pasiva, mientras que la escritura es una destreza activa. Para poder aprender a escribir bien, hay que escribir y escribir y escribir.



¿Hay que recuperar el dictado?



El dictado no es la mejor técnica de enseñanza, es una prueba de diagnóstico o de evaluación. Ahora bien, que nadie se llame a engaño: el aprendizaje de la ortografía exige práctica, ejercicios, entrenamiento.



¿Y en cuanto a la expresión escrita?



La ortografía es sólo una parte del proceso. El objetivo es enseñar a escribir con soltura, con corrección, con aseo y con cierto estilo. En la enseñanza es importante hacer talleres de escritura imitativa y creativa. El alumno que se enganche y se ilusione por la escritura leerá más, observará con detenimiento cómo componen los buenos escritores, corregirá sus redacciones y, por supuesto, tratará de evitar los errores ortográficos.



¿Pueden las nuevas tecnologías deteriorar la escritura?



No suelo ser apocalíptico con las nuevas tecnologías. Aportan cosas buenas y, a la vez, acarrean peligros. Ahora bien, es necesario tener claro que, si un muchacho no escribe bien, la causa no hay que buscarla en los SMS. Se debe sencillamente a que no ha aprendido a escribir bien.



Pero en redes sociales como Facebook la permisividad con las faltas y el estilo es mayor.



Eso también es cierto. Los correos electrónicos han resucitado el género epistolar. Sin embargo, su carácter efímero y la rapidez con que se escriben hacen que sean menos cuidados, menos corregidos.



El modo de escribir en las redes sociales, en un contexto informal y usando abreviaciones, ¿influye en el dominio del estilo y la forma?



En las redes sociales que practican los jóvenes se vuelca de lleno el lenguaje de la calle y el descuido de la forma es grande. Es un fenómeno que hay que tratar de encauzar. Pero planteémonos una pregunta alentadora: ¿habían escrito alguna vez tanto jóvenes y mayores?

martes, 22 de marzo de 2011

¿Qué es un grafema? (Blog de Lengua española)


Un grafema es la mínima unidad distintiva de un sistema de escritura, o sea, el mínimo elemento por el que se pueden distinguir por escrito dos palabras en una lengua. Así, para inventariar los grafemas que intervienen en la escritura de una lengua, lo que tenemos que hacer es ir comparando palabras escritas para descubrir diferencias mínimas que van asociadas a un cambio de significado. Por ejemplo, capa se diferencia de caza, cava, casa, caca, cana, cara, cala, cada, etc., lo que nos indica que
son grafemas en la escritura del español.
La convención lingüística para indicar que nos estamos refiriendo a un grafema (y no, por ejemplo, a un fonema) consiste en escribir el signo en cuestión entre paréntesis angulares <>, por ejemplo, . Esta convención la hemos utilizado ya en el párrafo anterior y seguiremos haciendo uso de ella durante el resto del artículo
Acabo de mencionar el concepto de fonema, y cualquiera que tenga unas mínimas nociones de lingüística ya se habrá percatado de que el procedimiento para reconocer los grafemas es paralelo al que se emplea para identificar los fonemas de una lengua. De hecho, la noción de grafema surge por analogía con la fonema. Y no acaba aquí el paralelismo. De la misma manera que los fonemas presentan alófonos, que son diferentes posibilidades de realización de un mismo fonema, los grafemas presentan alógrafos, que son variantes de un mismo grafema. Por ejemplo, son alógrafos del grafema las variantes redonda (a), cursiva (a) y negrita (a) con que puede aparecer realizado en un escrito.
Para determinar exactamente el inventario de grafemas propio de la escritura del español hay que resolver varios problemas. El primero es si son grafemas secuencias como rr, qu y, muy especialmente, ch y ll. Para decidir si nos hallamos ante un grafema complejo o una sucesión de grafemas independientes, lo que tenemos que hacer es determinar si la función distintiva corresponde a los dos signos en bloque o a cada uno de ellos individualmente.
Empecemos por los que nunca se han considerado parte del alfabeto español. En el caso del dígrafo rr, una palabra como carro se opone en la lengua escrita a otras como cardo o cargo, por lo que, claramente, estamos ante una secuencia de dos grafemas idénticos. El caso de qu es un poco más complicado porque en nuestra escritura lo normal es que la cu aparezca seguida de la u. No obstante, sí que hay casos, aunque sean periféricos, en los que esta consonante puede resultar distintiva. Por ejemplo, Qatar se opone a catar, datar y matar; e Iraq se opone aIrán. Se me podrá objetar que la Ortografía de 2010 ha jubilado, precisamente, las grafías Qatar e Iraq; pero, aunque normativamente hayan perdido su vigencia, no necesariamente han desaparecido del uso. También podemos encontrar la cu con función distintiva en siglas. Por ejemplo, no es lo mismo el CNQ (Club Náutico de Quilmes) que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia). O si nos vamos al terreno de los símbolos alfabetizables, se da una oposición entre q(quintal) y g (gramo). En definitiva, aunque sea de manera marginal o por los pelos, hay que reconocer el carácter digrafemático de la secuencia qu.
Especial atención merecen las secuencias que históricamente se consideraron parte del alfabeto, es decir, ch y ll. También estas se revelan como la simple agregación de dos grafemas: chavo se opone a clavo, y llave se opone a clave.Parece, por tanto, que fueron decisiones coherentes excluirlas del sistema de alfabetización de los diccionarios primero y del alfabeto después.
El siguiente problema que hay que resolver es el del estatus de las mayúsculas. ¿Tienen valor grafemático o son simples alógrafos? Atendiendo a la capacidad distintiva, es fácil constatar que, efectivamente, las mayúsculas pueden entrar en oposición significativa con las minúsculas correspondientes. No es lo mismoMarco (nombre propio de persona) que marco (‘cerco’). No obstante, este valor distintivo está fuertemente restringido porque solo se da en posición inicial de palabra. Habría que admitir, por tanto, que hay oposición entre y , y , etc., pero para añadir a continuación que esta oposición se encuentra por lo general neutralizada y solo se manifiesta bajo circunstancias muy específicas. Esto nos complica la descripción del sistema grafemático porque nos obliga a postular la existencia de archigrafemas que engloban pares de grafemas correspondientes a la mayúscula y la minúscula.
Otro escollo tiene que ver con el papel de los signos diacríticos, es decir, los añadidos que modifican a una letra, como los acentos (á, è, ô), la diéresis (ü), la virgulilla de la eñe (ñ), el háček o gancho (č, ě), etc. Está claro que estos signos tienen valor distintivo. Se crean precisamente con esa intención. En español no es lo mismo termino que terminó, ni cana que caña. ¿Debemos considerar entonces que á, é, í, ó, ú, ü, ñ son grafemas? ¿O son, más bien, grafemas los signos ´ y ~? Independientemente de las bondades y maldades que pueda tener cada solución, hay que indicar que las Academias, en la Ortografía de 2010 no se han inclinado ni por la una ni por la otra. Es más, ni siquiera le han dado un tratamiento unitario a este problema. La solución normativa (que no necesariamente científica) es la siguiente. El acento no se considera grafema. Se introduce para ello una condición adicional: para que un signo sea considerado grafema, este ha de tener carácter secuencial, es decir, aparecer ocupando su propia posición en la cadena de la escritura y no superpuesto a otro para modificarlo. En el caso de la eñe, en cambio, sí que se opta por incorporarla con todas las de la ley al inventario de grafemas y al abecedario sin que se sienta la necesidad de justificar esta decisión.
Los elementos centrales del conjunto de grafemas que utilizamos en nuestra escritura son, sin duda, las letras del alfabeto; pero el juego de grafemas no se agota ni mucho menos con estas. Hay que añadir otros signos de suma importancia, como son los números arábigos (<1 2="2" 3="3" 4="4">, etc.), así como una serie de signos que encuentran su uso en la notación matemática, lógica, científica, económica, etc., como +, *, >, @, $, &, etc.
El ideal de una escritura alfabética es que se dé una correspondencia biunívoca entre los fonemas de una lengua y los grafemas de su alfabeto, es decir, que a cada fonema le corresponda un grafema y solo uno y que a cada grafema le corresponda un fonema y solo uno. En la práctica se suelen dar desajustes entre fonología y escritura que nos alejan de ese ideal. Por ello, debemos evitar la simplificación de pensar que la escritura es un mero reflejo de la pronunciación o, al revés, que la pronunciación debe amoldarse a lo que marca la escritura.


martes, 7 de diciembre de 2010

¿Qué es un pictograma?

3 de diciembre de 2010



Un pictograma es un dibujo convencionalizado que representa un objeto de manera simplificada y permite transmitir, de este modo, una información también convencionalizada. Los pictogramas son independientes de cualquier lengua particular porque no representan palabras sino realidades.



La pictografía es uno de los primeros estadios por los que pasa el desarrollo de la escritura en la historia de las culturas y de las personas. En todas las culturas, mucho antes de que se llegara a fijar el lenguaje por escrito, se logró transmitir informaciones mediante dibujos que representaban objetos del entorno. En algún momento, se deja de inventar un dibujo nuevo cada vez que se quiere representar algo y se empieza a reaprovechar dibujos conocidos que ya están en circulación. Empieza así un proceso de fijación y convencionalización que puede conducir a nuevas fases en el desarrollo de la escritura. Nuestro alfabeto tiene un origen pictográfico aunque sus huellas hayan quedado borradas por milenios de evolución. Aunque hoy no sea en absoluto evidente, la historia de la a comienza con el dibujo de una cabeza de buey, y la be fue primero una casita.



También los niños, antes de saber escribir las palabras mamá o coche, son capaces de dibujar un monigote que ellos saben que es su madre o un cajón con ruedas que quiere ser un coche. Cada persona reproduce así en su historia individual un paso que se ha dado muchas veces colectivamente en la historia de la humanidad.



Como decíamos, los pictogramas son independientes de la lengua. No representan ninguna palabra de ningún idioma y, mucho menos, estructuras sintácticas o morfológicas. Eso no impide, sin embargo, que cuando los veamos hagamos algo que nos es natural ante cualquier tipo de dibujo: verbalizar lo que estamos viendo. Por aquí se va pasando a otra etapa que es la de asociar cierta palabra con cierto dibujo: nos vamos deslizando desde el mundo de la pictografía al de la logografía y la fonografía.



Los sistemas pictográficos son inherentemente limitados, pues solo podemos dibujar lo que vemos. Se pueden ampliar los límites hasta cierto punto si reaprovechamos el dibujo que representa un objeto para referirnos a la acción en que típicamente interviene ese objeto. Por ejemplo, el dibujo de un pie nos puede servir también para la acción de andar. Nos vamos aproximando así al terreno de la ideografía, que nos permite ya representar nociones abstractas mediante signos convencionales rompiendo la barrera de la representación icónica.



No debemos quedarnos, sin embargo, con la idea de que la pictografía es un mero procedimiento rudimentario para empezar a fijar información sobre soportes físicos. Los pictogramas están más presentes que nunca en el mundo actual. Son de gran utilidad allí donde se reúnen poblaciones internacionales que hablan una diversidad de lenguas. ¿Qué haríamos nosotros en el aeropuerto de Moscú sin el pictograma de recogida de equipajes? ¿O en los juegos olímpicos sin los monigotes nadadores, saltadores, etc. que hemos asociado a las diferentes disciplinas deportivas?



Es más, los pictogramas resultan muy eficaces en contextos técnicos. ¿Qué es más práctico: describir un circuito eléctrico con palabras o representarlo utilizando dibujos convencionales para resistencias, interruptores, condensadores, etc.? Evidentemente, lo segundo, que ofrece una interpretación unívoca, por encima de las ambigüedades de las lenguas, y posibilita una comunicación internacional entre especialistas. ¿Y qué sería de los usuarios de ordenadores sin los iconos en forma de carpetas, papeleras o altavoces que han ido poblando nuestras pantallas desde los años ochenta del siglo XX?



No parece, por tanto, que esta veterana de la comunicación se vaya a jubilar en un futuro inmediato. En la simplicidad de la pictografía está, precisamente, su robustez. Por eso ha llegado hasta nuestros días y está más en forma que nunca.



lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué es primero: lo oral o lo escrito?

Alberto Bustos - 4 de noviembre de 2010

Un alumno neozelandés, que estaba empezando a aprender español, un día me saludó con un alegre ¡Jola!, ¿kué tal? Al principio esto me dejó desconcertado. Después caí en la cuenta de que quería decir: Hola, ¿qué tal? Cuando le corregí, me hizo un comentario que es el que, años después, da pie a esta entrada: Pero se escribe así…




Está claro que los seres humanos sabían hablar desde mucho antes de que se empezaran a desarrollar, siquiera de forma rudimentaria, los primeros sistemas de escritura. En la historia de la humanidad primero fue lo oral y después vino lo escrito. Ese proceso por el que pasó la especie en su conjunto se ha ido repitiendo a escala más reducida para cada una de las comunidades lingüísticas del mundo, que han ido aprendiendo las unas de las otras a fijar su habla por escrito. Todas ellas sabían hablar previamente y sabían muy bien lo que decían. Es más, a día de hoy muchas lenguas del mundo siguen sin escribirse, lo que no les impide cubrir a la perfección las necesidades expresivas y comunicativas de las gentes que se sirven de ellas. No hay, en cambio, ninguna lengua que se escriba pero no se hable (y nunca se haya hablado). Por tanto, aquí también viene primero lo oral y solo después llega lo escrito (si es que llega). Este es, por otra parte, el mismo recorrido que realiza cada persona en su vida. Todos hemos aprendido primero a hablar y solo después algunos hemos aprendido a escribir. La población mundial era mayoritariamente analfabeta hasta hace unas cuantas décadas y todavía hoy la UNESCO calcula que 800 millones de personas no saben leer ni escribir. Y una vez más, salvo discapacidad, no hay nadie que sepa escribir y no sepa hablar.



Por otra parte, si nos fijamos en lo que hace el común de los mortales, veremos que pasamos mucho más tiempo hablando que escribiendo, incluso en esta época nuestra en que tecleamos como locos en ordenadores y teléfonos móviles.



Todo esto nos debería hacer sospechar que para el ser humano la lengua oral es más importante y más básica que la escrita. Y, sin embargo, ¿por qué le damos tanto valor a unos cuantos trazos grabados en un papel, una piedra o una pantalla?



La escritura es un invento poderoso. Los primeros pueblos que la conocieron adquirieron una ventaja sobre los demás que difícilmente nos podemos imaginar y que probablemente igualaba o superaba en términos proporcionales a nuestras actuales brechas tecnológicas o digitales. La escritura multiplicó las dimensiones y la complejidad de los Estados al permitir fijar las leyes de manera inalterable y enviar instrucciones precisas a los rincones más apartados de un imperio. Permitía también dejar constancia indiscutible de la propiedad. Gracias a ella el comercio pudo alcanzar unas proporciones que nadie hubiera podido soñar. Los escritos ayudaron a viajar en el tiempo y en el espacio a esos virus llamados ideas, que ahora podían transmitirse de unas personas a otras sin necesidad de que hubiera contacto directo. Y no debemos olvidar que la escritura brindaba a la divinidad nuevas formas de manifestarse. No en vano las tres religiones más exitosas del mundo —el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam— reposan sobre la autoridad de las Sagradas Escrituras. La habilidad de leer era rara y preciada porque quien la poseía se convertía en vínculo con el poder, la riqueza, la sabiduría y lo sobrenatural. Quien además sabía escribir podía aspirar a convertirse en fuente de todo esto.



No es de extrañar, por tanto, que la palabra escrita adquiriera un prestigio incomparable que llevó a invertir los términos de la relación entre lo oral y lo escrito. Si en el inicio la escritura intentaba registrar lo hablado lo mejor que podía, llegó un momento en que fue la lengua oral la que empezó a sentirse acomplejada al lado de la perfección de la lengua escrita y a sentirse en la necesidad de imitarla. La que había sido la maestra acabó reducida así a la condición de alumna rezagada. La veneración por lo escrito no se ha perdido a pesar de los saludables progresos de la alfabetización. Antes al contrario, en nuestro paso por las aulas nos han explicado que adquirir una cultura equivale, por encima de todo, a aprender a leer y escribir textos cada vez más complejos.



La lingüística ha puesto también su granito de arena. Todo haría esperar que esta se volcara en lo oral. Pero no podemos olvidar que los estudios gramaticales (re)surgen en la Edad Media europea para dar respuesta a una necesidad muy concreta; la cultura estaba escrita en una lengua que ya no entendíamos: el latín. La gramática era un auxiliar que nos enseñaba a descifrar textos oscuros. Todavía hoy nuestras gramáticas están concebidas más para ayudar a entender que para ayudar a producir, y sirven bastante bien para dar cuenta de la lengua escrita estándar, pero naufragan en cuanto intentamos aplicarlas a la conversación cotidiana. Cuando vemos que las reglas gramaticales no encajan con nuestra forma de hablar, no llegamos a la conclusión de que la gramática está mal hecha (o de que no está hecha para eso), sino que decidimos que hablamos mal y asunto solucionado.



Por eso tienen también más prestigio las variedades de una lengua cuya pronunciación está más cercana a la ortografía. De ahí, por ejemplo, que se suela emplear como arma arrojadiza contra seseantes y ceceantes el que su pronunciación no respete la escritura.



Y así volvemos a donde empezamos. Quienes dicen eso sólo tendrían razón si la tuviera aquel alumno que saludaba a sus profesores con un Jola, ¿kué tal? Pero aquel simpático principiante probablemente se desenvuelve hoy con soltura en español y ya ha entendido que una cosa es cómo se habla y otra cómo se escribe y que históricamente el habla no es imitación de la escritura sino más bien al revés.

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