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viernes, 30 de noviembre de 2012

José Manuel Caballero Bonald



José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926) es un escritor y poeta español, Premio Cervantes. La cuidadosa utilización del lenguaje, un léxico muy cuidado y el barroquismo caracterizan su obra. (Wikipedia)


El Cervantes premia a Caballero Bonald


Vídeo de Caballero Bonald hablando del premio Cervantes. / SAMUEL SÁNCHEZ
El Premio Miguel de Cervantes se ha rendido a la obra del narrador, poeta y ensayista José Manuel Caballero Bonald. A sus 86 años, el escritor de Jerez de La Frontera (1926) ha sido distinguido hoy con el galardón más importante de las letras en español. El premio, de alguna manera, palía una de sus grandes decepciones: no haber entrado en la Real Academia Española (RAE). El anuncio fue hecho por el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, acompañado por la escritora Ana María Matute (ganadora en 2010), el académico Darío Villanueva y el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle.
Precisamente fue el secretario de la RAE, Darío Villanueva, que actuó como presidente del jurado, quien ha glosado la figura del poeta: “Su primera dedicación fue poética y la ha mantenido viva hasta hoy mismo. No ha guardado la pluma y sigue presente en nuestro repertorio de hoy. Fue evolucionando hacia una novela que nunca renunció a la poesía de la palabra, es un fabulador de historias y un maestro en el uso del idioma”. Villanueva destacó también su tradición memorialística y su proyección iberoamericana.
Concedido por el Ministerio de Cultura, a propuesta de las 22 Academias de la Lengua de habla hispana, el premio está dotado con 125.000 euros. El galardón reconoce la obra creadora de uno de los autores clave de la literatura hispanohablante desde los años cincuenta, que ha vivido en España y América Latina. Pertenece a una estirpe de escritores activos, inquietos y sin miedo a la exploración de las palabras por su significado y sonido en busca de borrar las fronteras de los géneros literarios.
Este reconocimiento le llega a Caballero Bonald cuando se cumplen 60 años de su primer poemario, Las adivinaciones, y 50 de su debut novelístico, Dos días de septiembre. El escritor jerezano es uno de los sobrevivientes de la llamada “generación del cincuenta”, de la que formaban parte autores como Juan García Hortelano, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente y Claudio Rodríguez.
Es uno de los pocos premios importantes que le faltaban a Caballero Bonald que ha obtenido el Nacional de las Letras (2005), el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2004), además de tres veces el de la Crítica, por los poemarios Las horas muertas (1959) y Descrédito del héroe(1977) y por la novela Ágata ojo de gato (1974).
Precisamente este año el escritor ha publicado el que dice será su último libro: Entreguerras (Seix Barral). Una especie de autobiografía construida en un solo poema de 3.000 versos. “Ahí está todo lo que he escrito y todo lo que he vivido, ahí está como el compendio de mi literatura y mi vida y eso le da un valor estético especial”, contó el autor en una entrevista a este diario. El próximo año publicará Oficio de lector, un volumen que reúne sus ensayos sobre la literatura: reseñas, prólogos y conferencias inéditas que revelan las predilecciones literarias de su autor: desde Cervantes o Juan de la Cruz a Juan Ramón Jiménez o Gabriel Miró, desde Góngora o Quevedo a Mallarmé o Kafka, desde Juan Carlos Onetti o Álvaro Cunqueiro a César Vallejo o José Ángel Valente.
Tal vez más conocido por el gran público como poeta, Caballero Bonald ha dicho que la poesía es “una mezcla de música y matemáticas”. Se refiere a la búsqueda incesante del poeta no solo por plasmar una idea sino por hallar aquellas palabras que mejor combinen o sirvan para transmitir lo que el autor quiere desde del significado y la sonoridad. Según el crítico y escritor José-Carlos Mainer, se trata de un autor que “sabe que la literatura es fundamentalmente asunto de manipulación de palabras. En unos casos, se provoca una explosión deslumbradora y en otros, una explosión retardada y con ecos: fulminante y explosivo son los mismos”.
José Manuel Caballero Bonald se une a la lista de 35 premiados como Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Dámaso Alonso, María Zambrano, Octavio Paz o Nicanor Parra que lo obtuvo el año pasado.

Pepe Caballero

BENJAMÍN PRADO
Todos los escritores que es José Manuel Caballero Bonald, y también él mismo, merecen el premio Miguel de Cervantes. Sus dos volúmenes de memorias, Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir(2001), aparte de un ejemplo sublime de la elegante y afilada escritura de su autor, son también, junto con los libros biográficos de su amigo y compañero Carlos Barral, una obra imprescindible tanto para entrar en la cocina de la Generación del 50 como para saber de qué forma se malvivía en la España llena de lápices rojos y policías grises de la postguerra. Entre sus novelas, hay dos que para mí condensan los dos extremos de su estilo, la indagación lingüística y la capacidad de contar, que son Campo de Agramante en o En la casa del padre. Sus libros de poemas también podrían dividirse en dos, los más irracionalistas y los más comunicativos; ambos son sobresalientes, aunque yo prefiero los segundos y entre ellos la trilogía que forman Diario de Argónida (1997), Manual de infractores (2005) yLa noche no tiene paredes (2009). Es asombroso, por otra parte, que un hombre de su edad pueda mantener intactos tanto su capacidad de protesta, patente en esos tres tomos, como sus ganas de descubrir y ahondar nuevos caminos en su obra, como hace el ese tour de forcé que es su último trabajo, Entreguerras (2012). Por eso decía al principio también merece este galardón, y todos los que le den, desde el punto de vista personal, por su integridad, su lucidez y su valentía.
Finalmente, señalaría que este Cervantes es una medalla en la solapa de Caballero Bonald y una lámpara en la de la Real Academia Española, que le cerró dos veces sus puertas a este maestro indiscutible de nuestro idioma. Y me gustaría que con el impulso que un reconocimiento de esta naturaleza supone, la Fundación dedicada a él en Jerez de la Frontera, logre salvarse de la quema infernal que asola a la ciudad andaluza. Las llamas la están cercando, pero tal vez este premio Miguel de Cervantes sea agua caída del cielo, si es que alguien tan poco dado a las iglesias como Pepe Caballero me permite la metáfora.

sábado, 7 de enero de 2012

El poema total (Entreguerras)


El escritor José Manuel Caballero Bonald
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 
BABELIA - 07-01-2012

No voy a escribir nada más", dice sentado en su casa de Madrid José Manuel Caballero Bonald, jerezano de 85 años cumplidos en noviembre, con estudios de Náutica, Astronomía, Filosofía y Letras y casi todos los premios disponibles, entre ellos, tres de la Crítica en, caso raro, dos géneros distintos -poesía: Las horas muertas (1959) y Descrédito del héroe (1977), y novela: Ágata ojo de gato (1974)-. Como las de los toreros, las retiradas de los escritores son casi un género literario: nunca se sabe si un artista se retira del todo. Pero Caballero Bonald ha dado ya señales de que habla en serio. En 1992 publicó la novela Campo de Agramante y no ha vuelto a reincidir en la ficción. En 2001 cerró con La costumbre de vivir las memorias que había abierto seis años antes con Tiempo de guerras perdidas. El relato de sus recuerdos se detuvo en la muerte de Franco y ahí sigue. Demasiado desencanto en la transición política. Demasiada gente viva en el posible índice onomástico.

"Después de esto ya no voy a escribir nada, no tengo necesidad", dice. ¿Seguro? "Algún artículo que me pidan", concede porque conoce la costumbre necrológica de los periódicos y su condición de superviviente de una generación, la de los años cincuenta, diezmada antes de tiempo. Él formaba parte de ella con sus amigos Ángel González, Juan García Hortelano, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Claudio Rodríguez... Alguna vez ha mirado la foto histórica del homenaje a Machado en Collioure (1959) y ha comprobado que solo él queda vivo de aquel viaje a Francia. Para Caballero Bonald el esto de "después de esto" es Entreguerras (Seix Barral), el libro-poema de casi 3.000 versículos que publica la semana que viene y que ha subtitulado con un homenaje, ambicioso y explícito, a Lucrecio: O de la naturaleza de las cosas. El volumen está rubricado en octubre de 2011 y Caballero lo empezó en abril del año anterior. Entre una fecha y otra hubo cuatro borradores: "Es el libro que he escrito en menos tiempo, cosa que va un poco en contra de mis hábitos. Lo escribí en un estado de ánimo muy especial, como estimulado por una apremiante voluntad introspectiva". Con un "carácter autobiográfico clarísimo", el conjunto prescinde de los signos de puntuación: "Lo pedía el carácter fluvial del poema, el propio flujo y reflujo de la memoria". Más de una vez ha dicho Caballero Bonald que en un poema las palabras deben tener un significado más amplio que el que tienen en los diccionarios y esa tensión se ha traducido en Entreguerras en un viaje por los límites del lenguaje, violentando la gramática, ahondando en la complejidad de la memoria: "No he huido del hermetismo, llegado el caso", explica el poeta. "La experiencia que estaba descifrando era a veces oscura y el texto también lo es. La poesía es hermética cuando lo es el mundo que pretende describir, esas palabras que lo identifican".
Entreguerras tiene, de hecho, algo de salto mortal por parte de un escritor al que las historias de la literatura le habían abierto hace años un capítulo amplio y cómodo, con vistas al Parnaso y calefacción central. "A mi edad hacer este libro... Al terminarlo pensaba que no me correspondía, que estaba excediéndome en la cuota de las osadías testamentarias y que podía conducirme a un callejón sin salida. Pero superé el trance y ahí está todo lo que he escrito y todo lo que he vivido, ahí está como el compendio de mi literatura y mi vida y eso le da un valor estético especial. Con toda seguridad es el final de mi obra. Después de esto ya no voy a escribir nada, no me va a hacer falta". Más que de angustia, esa certeza, dice, le produce una sensación de "liberación". "Antes, cuando terminaba un libro me sentía incómodo, sospechaba de mí mismo. En este he tenido menos dudas. Pensar que es mi último libro me da una sensación de plenitud, no me desconcierta. Ya he cumplido".
La última palabra del último verso es "vida". No puede ser casual. No lo es. "Soterradamente hay una preocupación grave por la edad, por el paso del tiempo, esa sensación de acabamiento. Con este libro se ha acabado mi literatura y se ha acabado mi vida. Lo último sí es preocupante, pero se contrarresta con la sensación de plenitud". ¿Y la eternidad? "Me gustaría creer en ella. Cuando se esparzan mis cenizas en el sitio que yo quiero terminaré convirtiéndome en árbol, en agua, en piedra... Viviré en la naturaleza para siempre. Incluso puedo compartir la idea de divinidad, sin roces ni traumas".
Cerrando todos los círculos posibles, Entreguerras ve la luz cuando se cumplen 60 años de la aparición de Las adivinaciones, el libro de poemas con el que se estrenó Caballero Bonald, y 50 de la de Dos días de septiembre, su primera novela. Aquel fue accésit del Premio Adonais. Esta ganó el Biblioteca Breve. Dos hitos más de un tiempo que parece otra era. Para su protagonista, que de continuo remite a su vejez -"tengo ya muchos años y lo mínimo que puedo tener son etapas"-, la edad ha hecho su propia criba: "Tengo mis propios litigios con mi obra novelística", explica. "Renuncié a la narrativa hace ya años y hoy soy incluso mal lector de novelas. Entre mis novelas salvo Campo de Agramante y sobre todo Ágata ojo de gato, que en el fondo responde a una formulación poética. Lo demás han sido búsquedas más o menos bien articuladas. No me considero en puridad un narrador, soy un poeta que hizo algunas incursiones novelísticas". Pese a todo, Dos días de septiembre colocó a Caballero Bonald en la primera división de la narrativa española del medio siglo sin colgarle el, peligroso por perdonavidas, sambenito de novela de poeta: "Fue mi tributo al realismo social. La escribí deliberadamente así, pensando que tenía que ser el testimonio crítico de una determinada sociedad... Fue un ejercicio novelístico del que estoy satisfecho, sobre todo por el cuidado lingüístico. Apruebo en este sentido todas mis novelas, pero ninguna me complace tanto como Ágata". Además, aquella novela inaugural, denuncia de una sociedad andaluza anquilosada, le valió en su propia ciudad el calificativo de antijerezano. Agua pasada hoy, cuando el escritor tiene allí incluso una fundación con su nombre. "No me acuerdo muy bien, pero creo que se acabó entendiendo que también se critica lo que se ama. A Jerez le tengo el apego que se puede tener a la patria en la que naces, aunque ya se sabe que las patrias, chicas o no, son todas equívocas. Lo que se ve desde la ventana donde uno soporta la vida con placer, eso es la patria. Yo he tenido cuatro o cinco patrias predilectas".
A Caballero Bonald no le importó que lo llamaran antijerezano, y el mismo efecto le produjo que lo llamaran barroco. "Supongo que soy barroco", dice convencido, "por naturaleza, por contagio del paisaje físico que más me atrae. Para mí el barroquismo nunca ha sido una complicación sintáctica o léxica ni una acumulación de bellos términos para llenar un vacío, sino una aproximación a la realidad a través de palabras nunca usadas para definir esa realidad. Eso es el barroco. Algo, por cierto, que conecta con la idea de lo real maravilloso de Alejo Carpentier, o con el surrealismo. Me interesa esa búsqueda del enigma que hay detrás de la realidad. A veces pones juntas dos palabras que nunca lo han estado y se abre una puerta, se descubre un mundo. Y eso se produce incluso por puro atractivo fonético, por la música de las palabras. Siempre he dicho que la poesía es una mezcla de música y matemáticas". Desde ese presupuesto, no es extraño que el fervor de Caballero Bonald por Góngora se sumara a su deslumbramiento adolescente por Espronceda, al que descubrió en una biografía que retrataba al poeta romántico con rasgos dignos de fascinar a un adolescente... Más rendido a su vida que a su obra, Caballero Bonald se lanzó a imitarlo escribiendo poemas y llevando una vida "licenciosa". "Digamos que siempre he estado abriéndome camino entre el surrealismo y el romanticismo".
Las noches del poeta duraban días. Ya no, pero de entonces le queda un único proyecto que no pasó de ahí: escribir la biografía de un cantaor flamenco que fuera la cifra de los muchos que ha conocido. "Algo parecido a lo que hizo Cortázar con Charlie Parker en El perseguidor", dice un autor que ha escrito ensayos como Luces y sombras del flamenco y publicado una antología discográfica como Archivo del cante flamenco. "Todo eso de declarar al flamenco patrimonio inmaterial de la humanidad y de que haya cátedras en la universidad e instituciones que lo tutelan no concuerda con la libertad intrínseca del flamenco, que siempre ha ido por libre, ha sido una protesta sin destinatario, el grito de un pueblo larga y tenazmente sojuzgado. A mí me atrajo porque era un arte marginal al que ni los propios andaluces apreciaban, salvo para esas juergas indecorosas
... Era un arte propio de gente errática, menesterosa, vinculado a un clima tabernario, prostibulario. Me conmovía andar con esas gentes que habían heredado la cristalización de muchas antiguas raíces musicales". Antes de dejarse llevar por el tobogán de los recuerdos, Caballero Bonald aclara: "No soy ni mucho menos un purista. Detesto el purismo en todos sus órdenes. El flamenco ha evolucionado de acuerdo tal vez con las necesidades de los destinatarios, que pedían algo más asequible. Yo defiendo las fusiones, con el jazz, por ejemplo, que no es mala alianza. Ya Demófilo, el padre de los Machado, contaba que el flamenco cambió cuando, en el siglo XIX, saltó del anonimato a los escenarios. Dejó de tener esa atracción de lo clandestino, de lo minoritario. Ahí empezó no a degradarse sino a tener otro sentido, a obedecer a otros estímulos, porque el sentido primordial del flamenco es una habitación y cuatro o cinco personas oyendo cosas imposibles. Pero todo eso ya es una estampa anacrónica".
Con el primer ejemplar de Entreguerras sobre la mesa -hay un reloj deformado en la cubierta-, su autor, devoto de Terremoto de Jerez, de Manuel Agujetas, del Sordera, fantasea con esa biografía que, asegura, nunca escribirá. "El cantaor es un hombre de estirpe lunática, de una personalidad más bien delirante, saben mucho y no saben nada. Han heredado su sabiduría expresiva por tradición oral y cantan como el que es artista porque su padre también era un buen artista. Sus modelos de vida pueden ser muy enigmáticos y muy simples al mismo tiempo. Y luego están esos relumbres de ingenio, la sabiduría de la sangre... y la locura. Terremoto era un hombre disparatado, Agujetas más todavía. Todos se van volviendo excéntricos, tocados por una extraña tentación del abismo. Tal vez su desequilibrio venga de la propia naturaleza de lo que cantan, de ese tortuoso sacar a flote la intimidad por medio del ritmo. Como en el jazz. El grito del cante es una experiencia que lleva al cantaor a una situación límite".
Caballero Bonald habla con tanta convicción que parece mentira que no vaya a lanzarse a escribir su perseguidor particular. Dice que no. Ahora habrá que buscarlo en los periódicos, donde la edad le ha obligado a redactar la necrológica de sus amigos más veces de las que hubiera querido. "Todos han muerto", dice sin patetismo. "Queda Brines, al que quiero mucho, pero con el que no anduve tanto. Echo mucho de menos a Ángel González y a Juan García Hortelano, mis amigos del alma. Y a otros grandes amigos suramericanos ya muertos: a Jorge Gaitán, a Eduardo Cote, a Martínez Rivas, a Ernesto Mejías, a Julio Ramón Ribeyro... Eran compañeros muy afines, muy predispuestos a la desobediencia, bebían lo suyo y las noches eran de larga duración... Pero todo eso se fue al garete, como tantas otras cosas... La vejez es una cabronada".



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jueves, 24 de marzo de 2011

Dos maestros (y Góngora) pasean por Recoletos



José Manuel Caballero Bonald y Pere Gimferrer homenajean al maestro barroco en la apertura de un ciclo de poesía en la Fundación Mapfre de Madrid


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS  -  Madrid

ELPAIS.com  -  Cultura - 23-03-2011 Casi todos los caminos llevan a Góngora. También los que salen de Jerez, Barcelona y el café Gijón. Bien lo saben José Manuel Caballero Bonald y Pere Gimferrer, que tienen muchas cosas en común. Los dos están ya en las historias de la literatura, los dos son Premio Nacional de las Letras y los dos tienen libro reciente: el poeta andaluz, Ruido de muchas aguas (Visor), una antología que contiene el adelanto de un poemario nuevo que se publicará en invierno; el catalán, un largo poema titulado Rapsodia (Seix Barral).
A los dos les unen, efectivamente, muchas cosas, pero tal vez ninguna como su pasión por Góngora. El campeón cordobés de la lírica barroca fue ayer el catalizador que Gimferrer (Barcelona, 1945) y Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) usaron como arranque para la lectura comentada de sus propios versos. Con su charla se inauguró el ciclo Conversaciones de poetas, que se celebra en la sede del Paseo de Recoletos de la
Fundación Mapfre de Madrid. Allí llegaron los dos escritores desde el vecino café Gijón, pertrechados contra el frío traicionero de la tarde-noche de marzo. José Manuel Caballero Bonald comenzó reconociendo que si escribe poesía es porque antes leyó la de otros. Y recordó también su deslumbramiento adolescente por la vida de Espronceda: hombre de acción, perseguido por su republicanismo, exiliado, huido con una mujer casada, muerto a los 33 años... "Leí una mediocre biografía suya y me cautivó su vida más que su obra", recordó el autor de Las adivinaciones. "Como no podía imitar su hazañas imité las dos cosas que estaban a mi alcance: escribir poemas y llevar una vida licenciosa, que en el caso de un jovenzuelo consistía en llegar tarde a casa". Luego vendría el descubrimiento de la antología de Gerardo Diego, donde le esperaban Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27. Con todo, la mayor revelación se produjo con la lectura de Góngora: "Aquel hecho fundamental diluyó todos los influjos. Leí las Soledades deslumbrado ante aquel alarde de invención de un mundo". De allí también extrajo una "lección inolvidable": la poesía se hace con palabras, no con ideas. "Y en un poema, las palabras tienen que tener un significado más rico que el que tienen en el diccionario. A veces pones juntas dos palabras que nunca lo han estado y abren un mundo, rompen un sello. Y lo hacen por el puro atractivo fonético, por la música de las palabras. Siempre digo que la poesía es una mezcla de música y matemáticas: tonalidad y rigor". El autor de clásicos de la poesía española del siglo XX como Las horas muertas, Descrédito del héroe o Laberinto de fortuna, explicó que, si bien su obra ha tenido diferentes etapas -"tengo ya muchos años y lo menos que puedo tener son etapas"-, en los poemas que escribe actualmente subordina siempre "el pensamiento lógico a la intuición iluminadora". Por su parte, Pere Gimferrer, retomó el hilo de esas iluminaciones y explicó que antes de llegar a Góngora -"nadie ha ido tan lejos"- él pasó por otro gigante: Rubén Darío. De los dos aprendió que la poesía "se impone al lector por la capacidad evocativa de cada palabra; antes incluso de que se te pase por la cabeza pensar en lo que significa". Y citó a su amigo Octavio Paz: "El sonido, bastón de ciego del sentido". La hora de los versos Llegó, entonces, la hora de los poemas. "Por las ventanas, por los ojos / de cerraduras y raíces, / por orificios y rendijas / y por debajo de las puertas / entra la noche", leyó Caballero Bonald en un poema que tiene casi 60 años. "Góngora vive sólo en sus palabras, / no en aquella mirada velazqueña; / el caldero de oro de los versos / que estampara en tramoya Calderón / es ya por siempre la verdad de Góngora", recitó Gimferrer, leyendo de su último libro unos versos que terminan: "Al explicarse, el verso nos explica; / lo verdadero es siempre inexplicable / y el poema se explica al llamear". "Una declaración de principios", apostilló Caballero Bonald antes de decir, de vuelta a sus poemas, que la botella vacía se parece a su alma, que somos el tiempo que nos queda y que, como quería Pavese, a veces la poesía es una defensa contra las ofensas de la vida. Gimferrer atacó entonces, a petición de su compañero de mesa y de memoria, los alrededor de 60 versos de su celebérrima Oda a Venecia ante el mar de los teatros, tal vez el poema más famoso de Arde el mar, el libro que lo consagró con 21 años: "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos". Y así, a velocidad de crucero, hasta: "Es doloroso y dulce / haber dejado atrás la Venecia en que todos / para nuestro castigo fuimos adolescentes / y perseguirnos hoy por las salas vacías / en ronda de jinetes que disuelve el espejo / negado, con su doble, la realidad de este poema". Acallado el eco del último verso, Caballero Bonald leyó de su último libro publicado, La noche no tiene paredes, y sorprendió anunciando que leería un poema de Gimferrer, de La muerte en Beverly Hills: "En las cabinas telefónicas / hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios. / Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias que / con el escote ensangrentado se refugian allí para morir". El poeta barcelonés correspondió leyendo Salvedad, de Caballero Bonald, un epigrama que recuerda la leyenda según la cual aquellos que han sobrevivido a tres naufragios alcanzan la inmortalidad. Tras la lectura, su autor explicó que, después de naufragar dos veces, él ha dejado de navegar para no sobrevivir a un tercer naufragio: "Qué incómodo ser inmortal". Puede que sea verdad, pero ayer, durante hora y media larga, la inmortalidad de instaló, mientras se hacía de noche, en el rincón más gongorino del Paseo de Recoletos de Madrid. El ciclo Conversaciones de poetas continúa hoy con la intervención de Darío Jaramillo y Andrés Trapiello. Hasta el día 31 les seguirán Amalia Iglesias y Juan Carlos Mestre, Blanca Andreu y Juan Cobos Wilkins, Clara Janés y Jaime Siles, Antonio Colinas y César Antonio Molina.

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