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sábado, 9 de junio de 2012

Rescate de Altolaguirre, el poeta olvidado de la Generación del 27



La Residencia de Estudiantes edita un álbum-biografía sobre el genial, aunque siempre en un segundo plano, editor, impresor, cineasta y crítico literario

ROCÍO HUERTA Madrid 7 JUN 2012 - El País

De izquierda a derecha, Víctor María Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda,
 María del Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y María del Carmen Antón
 en los días del estreno de Mariana Pineda, de Federico García Lorca, verano de 1937.
 WALTER REUTER / BNE


En el siglo XX ha habido muchos poetas-impresores. En España Juan Ramón Jiménez, Bergamín, Max Aub, pero sobre todo, Manuel Altolaguirre. Probablemente el más desconocido de la Generación del 27, en su no demasiado longeva vida (falleció a los 54 años en un accidente de tráfico cuando regresaba del Festival de Cine de San Sebastián, en 1959), fue además de poeta, editor, impresor, dramaturgo durante la Guerra Civil, crítico literario y cineasta (guionista y productor). La Residencia de Estudiantes publica ahora una retrospectiva de su obra y legado en formato de álbum de fotos acompañado por una completísima biografía a cargo del profesor James Valender.

Posiblemente, apunta Valender, esta multiplicidad de oficios que le ocupaban y su inmensa labor editorial haya ido en detrimento de su reconocimiento como poeta, “por otra parte él se quitaba importancia a sí mismo, es un ejemplo de humildad y de generosidad, ya que se encargó de la impresión y edición de las obras de sus contemporáneos”. Cernuda decía que era un poeta injustamente poco valorado, y Jorge Guillén declaró que, de todos los del 27, Altolaguirre es el que tiene una mayor biografía. Juan Manuel Bonet coincide con Valender en que ser impresor sí que le perjudicó: “En España no se soporta que alguien haga bien más de una actividad”, sentencia el crítico.

El volumen dedicado a Altolaguirre, el cuarto de la colección, es un viaje por el arte y el mundo de la imprenta, la revista literaria, la Residencia de Estudiantes, la Guerra en el exilio en México y Cuba, los veranos con Salvador Dalí y Gala y un mosaico de los fotogramas de Subida al cielo, que co-dirigió con Buñuel, y que capta los valores más plásticos y visuales de la película. El álbum es el fruto de siete años de trabajo, puesto que la recopilación de las fotografías ha requerido una importante labor de investigación. La mayoría de ellas proceden del archivo personal de Paloma Altolaguirre, hija del poeta, que vive en México, pero también se ha aprovechado el legado que había en la Residencia. “Un equipo de investigadores de la institución se ha dedicado a buscar archivos y materiales, sobre todo en España y también en México y Cuba. Aunque yo haya escrito el texto", explica Valender, "siento que este es un libro de equipo, porque he visto desde dentro la labor de muchas personas para homenajear a este editor desinteresado que gastó tanto tiempo en editar obra ajena”.

A pesar de ser un experto en la Generación del 27, y tener un profundo conocimiento de la vida y obra del poeta malagueño, a Valender sigue sorprendiéndole por los aspectos más personales del editor: “Hay un extraño ritmo en la vida de Altolaguirre. Salinas lo llamó el don Juan de las imprentas. Era una persona impulsiva, con mucho entusiasmo, pero también muy sensible a las presiones del momento”, explica el biógrafo refiriéndose a unas fotografías inéditas del poeta repartiendo propaganda republicana. Como los de su generación, Altolaguirre se sentía muy republicano y siempre se sintió comprometido de sobremanera con el momento sociopolítico. “Fotos como estas, que siempre están invitando a reconsiderar lugares comunes, recuerdan que Altolaguirre era una especie de ángel que vivía en las nubes… Pero a la hora de la guerra tuvo una postura muy clara”.

Su obra maestra, que es su primer poemario, Las islas invitadas, justifica el talento del autor. Juan Manuel Bonet considera que solo “por su limpieza twenties, por su felicidad de expresión en esta obra que describe sus playas geométricas con insectos y fragatas, ya habría que leer a Altolaguirre”. Pero hay muchas más razones para seguir leyendo a este “poeta de gran pureza, y también de gran hondura”, tan considerado por algunos y un poco olvidado por muchos al que, sostiene Bonet, le pudo perjudicar el ser simpático, “ese Manolito Altolaguirre, peyorativo para algunos”.

domingo, 8 de enero de 2012

Un cuarto para Moreno Villa


Fotograma del documental Qué es España, de Luis Araquistáin, en el que aparece José Moreno Villa (Málaga, 1887-Ciudad de México, 1955) en su habitación de la Residencia de Estudiantes, en 1929.- INSTITUTO VALENCIANO DE CINEMATOGRAFÍA RICARDO MUÑOZ SUAY (IVAC-LA FILMOTECA)


ANTONIO MUÑOZ MOLINA 
BABELIA - 07-01-2012

No todo el mundo sabe con tanta claridad lo que le pide a la vida como lo supo José Moreno Villa. Casi nadie se conforma con desear tan poco, o se da cuenta de todo lo que puede caber en la máxima simplicidad de un deseo. Lo que deseaba Moreno Villa era tener un cuarto, una habitación propia como la de Virginia Woolf, una habitación en la que saber quedarse en calma, como hubiera querido Pascal, un reino confinado pero también abierto al mundo exterior, como la torre del castillo en la que Montaigne instaló su escritorio y su biblioteca al retirarse tempranamente de las obligaciones públicas. En México, en 1939, cuando su vida de desterrado empezaba a encontrar cierto orden, y cuando ya sabía que probablemente no regresaría a España, Moreno Villa escribió un breve boceto autobiográfico en el que ya estaba la semilla inconsciente del gran libro de memorias que emprendería unos años después: se titula, con esa austeridad tan suya, Busca del cuarto deseado, y es el relato de una vida a través de las habitaciones en las que se ha ido sucediendo.

Se nota, en la liviandad del estilo, que Moreno Villa se sentó a escribir y descubrió en ese trance un motivo fundamental en el que hasta entonces no había reparado. Más que contar lo que ya sabe y lo que tiene previsto referir da cuenta de su propio asombro. En el exilio de México, con cincuenta y dos años, con la vida más en suspenso que nunca, justo en el tiempo en que la República española había sido derrotada, en el preludio de la otra gran guerra inevitable de Europa, José Moreno Villa comprende que toda su biografía se resume en una modesta aspiración y una búsqueda, ese cuarto deseado en el que hacer las cosas que le gustan, escribir y pintar, tener mucho tiempo por delante, encontrarse gustosamente solo pero no aislado, contemplativo pero no monacal, holgazán y atareado a la vez. El cuarto es una galería de recuerdos y un proyecto de vida. Es el cuarto que tuvo de niño en su casa de Málaga, que se llenaba por la mañana de sol y era muy pronto invadido por el trajín de las criadas y de la familia, robándole aquello mismo que le prometía, soledad y quietud. Era un cuarto real y el presagio de un cuarto que fuera exclusivamente suyo: "Yo quería hacer de mi cuarto un refugio donde, reinando el orden, pudiese abrir o extender mis planes, mis creaciones juveniles, sin que mis hermanos me revolviesen nada, sin que la vida exterior penetrase en la vida que yo iba forjando dentro de mí".
El sedentario vocacional que era Moreno Villa se marchó de Málaga y ya solo tuvo cuartos provisionales, réplicas inexactas del cuarto abandonado y borradores sucesivos del cuarto definitivo que acabaría encontrando. De sus años como estudiante de química en Alemania lo que mejor recordaba era los cuartos de alquiler de los que acababa mudándose al cabo de poco tiempo. En uno de ellos, en Friburgo, leyó a Baudelaire con la obsesión insalubre de los veinte años y escribió malos versos de una negrura no inspirada por Las flores del mal sino por la estrechura y la falta de luz que entristecían el cuarto. Descubriría que hay que tener mucho cuidado con las habitaciones en las que se vive, porque pueden empujarlo a uno al extravío de sí mismo, envolverlo y sumirlo en un maleficio que irradia de las paredes y los rincones, que alienta entre las motas de borra bajo la cama y en el interior de los armarios.
De vuelta a España, instalado en Madrid, en el Madrid pobre y radiante de la edad de plata, José Moreno Villa no consiguió gran cosa, aparte de una plaza de funcionario de Archivos y de una notoriedad escasa como poeta, pero al menos encontró el cuarto que había buscado siempre, el cuarto deseado, el cuarto perfecto, el que le ofreció Alberto Jiménez Fraud en la Residencia de Estudiantes. Moreno Villa es uno de los maestros de la prosa memorial en español, por su naturalidad y su franqueza, por el modo en que equilibra la introspección y la crónica, con ese talento del memorialista para observar tan agudamente la propia intimidad como el tiempo y el mundo. Pero entre todo lo mucho y excelente que escribió, lo que se encuentra ahora junto por primera vez en este volumen titulado Memoria que ha editado Juan Pérez de Ayala para la Residencia, quizás las páginas mejores son las que dedica a su cuarto, en el que pasó más tiempo que en casi ningún otro, casi veinte años.
Llegó en 1917 y se marchó en noviembre de 1936. Se instaló en la Residencia con una idea vaga de colaboración en un proyecto ilustrado y quimérico -congregar a las mejores inteligencias del país para que se formaran con libertad y rigor y contribuyeran luego a hacerlo más civilizado, más sólido y más justo- y el paso de los años le dio un sentimiento de arraigo no incompatible con una grata y a veces desconcertada provisionalidad. Tenía en el cuarto sus papeles, sus libros, sus materiales de pintura: también sus maletas. Tenía una ventana que daba al poniente de Madrid y desde la galería de la Residencia podía ver la ciudad entera y la Sierra del Guadarrama. Tanto como trabajar muchas horas a solas le gustaba que los amigos le invadieran el cuarto. A una distancia de pasos estaba el salón de actos donde García Lorca o Falla o Stravinski tocaban el piano y donde Paul Valéry o Eric Mendelsohn o Howard Carter o Madame Curie o Albert Einstein daban conferencias. Muchas personas descubren el valor de lo que fue cotidiano solo después de haberlo perdido. Moreno Villa tuvo el raro don de apreciar las cosas mientras sucedían. Probablemente esa conciencia tan lúcida lo fortaleció cuando llegó el tiempo de perderlo todo, empezando por el cuarto. Pocos han contado como él la intemperie de la guerra: "Me sentía nadie, o mejor dicho, una pluma zarandeada por el huracán. Una cosa insignificante a la cual empujaban y metían acá y allá unos hombres con fusiles que habían disparado sobre personas inermes y podían disparar sobre uno a la menor falta de tacto".
Encontró otro cuarto, en México. Cuando hacía esas anotaciones de 1939 estaba a punto de casarse con esa mujer joven y muy morena que sonríe junto a él en las fotos de entonces, resaltando por comparación su pelo blanco y su formalidad de andaluz serio. En ocasiones anteriores el cuarto deseado y el amor habían sido incompatibles. Solo ahora, en otro país, después de la calamidad de la guerra, descubría que era posible disfrutar a la vez un regalo y el otro. En el destierro encontraba su sitio: "Tengo la impresión de haber dicho: 'éste es mi cuarto, el cuarto que yo quería y deseaba para refugio, reposo y trabajo, entrad en él'. Tengo la impresión de haber cedido ante la vida y de que mi soledad se quedó en la existencia anterior, en la europea".

Memoria. José Moreno Villa. Edición de Juan Pérez de Ayala. Residencia de Estudiantes. Madrid, 2011. 752 páginas. 132 ilustraciones. 29 euro

domingo, 16 de mayo de 2010

La Residencia de Estudiantes celebra sus cien años con poesía, arte y música



Ana Mendoza Madrid, 14 may (EFE).- Espacio para la reflexión y el pensamiento, la Residencia de Estudiantes cumple cien años y lo celebrará con "la austeridad" que caracteriza su labor. Habrá ciclos de poesía, exposiciones y conciertos, y se compartirá esta efeméride con instituciones como el Museo del Prado y el Reina Sofía.

En realidad, lo que quieren los responsables de la Residencia es que el centenario les pille "con la misma actividad" que vienen desarrollando desde hace años, según explicó hoy la directora de esta institución, Alicia Gómez Navarro, en un encuentro con la prensa en el que también intervino José García Velasco, comisario del centenario.

El 8 de mayo de 1910 se publicó el Real Decreto del Ministerio de Instrucción Pública por el que se creaba la Residencia de Estudiantes, que abrió sus puertas el 1 de octubre de ese año y que, en poco tiempo, se convirtió en uno de los principales focos culturales, educativos y científicos de la España del primer tercio del siglo.

Juan Ramón Jiménez, Santiago Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Moreno Villa, Eugenio D'Ors, García Lorca, Buñuel, Dalí, Severo Ochoa, Alberti o Salinas se alojaron en la Residencia, que también tuvo como visitantes ilustres a Einstein, Keynes, Le Corbusier, Marie Curie, Stravinsky, Valéry o Chesterton.

Todas esas actividades quedaron interrumpidas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista.

En 1986 la Residencia recuperó su nombre y su espíritu, y desde entonces "está empeñada en la recuperación de una memoria que había sido pisoteada, ignorada y proscrita durante el franquismo", subrayó García Velasco, director honorario de esta institución.

La Residencia propicia también el diálogo entre arte y ciencia y la reflexión sobre diferentes aspectos de la historia y cultura contemporánea.

El centenario se celebrará a lo largo de este año y de 2011 y, para abrir boca, el próximo lunes comienza el ciclo "Maestros x Maestros (de la poesía contemporánea)", que inaugura el escritor estadounidense Mark Strand con una conferencia sobre Octavio Paz.

En semanas posteriores, Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura, recordará la figura de T. S. Eliot; José Manuel Caballero Bonald se centrará en García Lorca; el polaco Adam Zagajewski hablará de Antonio Machado y el venezolano Rafael Cadenas lo hará sobre Gil de Biedma.

El "maestro" Antonio Gamoneda recordará a Jorge Guillén, otro gran maestro; la uruguaya Ida Vitale dedicará su intervención a José Ángel Valente, y Pere Gimferrer a Juan Ramón Jiménez.

Otras actividades se harán eco de la labor de las nuevas generaciones de poetas.

La visita que Le Corbusier realizó a España en 1928 se recordará en la exposición "Una casa-un palacio", que se inaugurará el próximo 21 de mayo y que contará con planos originales, pinturas y piezas de mobiliario del arquitecto suizo.

La Residencia tiene en marcha otra exposición, "Viajeros por el conocimiento", que recreará el rico intercambio que tuvo esta institución con intelectuales y científicos de todo el mundo entre 1920 y 1936.

El Museo del Prado, el Reina Sofía y CaixaForum acogerán exposiciones relacionadas con la Residencia, que también saldrá de Madrid y compartirá sus cien años con el Palau Robert de Barcelona, el Centro Cultural de la Generación del 27 en Málaga y el Centro Federico García Lorca en Granada, entre otros.

Diferentes conciertos y obras de teatro; publicaciones como el facsímil de la revista "Residencia", y el ciclo "Reflexiones sobre Europa" son otras actividades programadas con motivo del centenario.

Los increíbles archivos que alberga la Residencia están también disponibles en la red a través del Portal Edad de Plata (www.edaddeplata.org), gracias al cual se puede acceder a innumerables publicaciones y a los documentos de la Junta para Ampliación de Estudios.

La JAE conservaba los expedientes de todas las becas que se concedieron a numerosos intelectuales españoles para estudiar en el extranjero. "Todos los que luego fueron alguien" están en ese archivo, comentaba hoy Carlos Wert, responsable de la digitalización de los fondos de la Residencia. EFE

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