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lunes, 6 de agosto de 2012

'Tenebrismo satírico español' por Francisco Nieva


Tenebrismo satírico español; por Francisco Nieva
Como artista de profesión, pienso que no hay mejor evasión que el arte. Lo mismo que un fraile de la Trapa cree –y con mucha razón– que no hay mejor evasión que Dios. Yo no soy un predicador, sino de lo mío, de lo que creo que sé y pueda trasmitir a mis lectores. Por ejemplo, cómo el arte y el pensamiento español han sabido juzgar y asumir a su país,  sus circunstancias históricas y sociológicas, y en qué términos  «lo ha sentenciado». España es así y no hay vuelta de hoja. Y voy a hablar de los que considero mis maestros, a los que he querido imitar y seguir su ejemplo en cada momento. Ellos han sido mi gran alimento espiritual –como aún lo son para multitud de personas en el mundo–  y mi opinión no es otra que la suya. Opinión que le costó ocho años de cárcel a uno de los preclaros ingenios que voy a citar, entre otros, que sufrieron  el exilio y el desarraigo. Como no tengo  ganas de meterme en líos, no la voy a exponer en toda su radical crudeza. Remítanse a esos clásicos y lo verán y entenderán muy  bien.

España carga ya con una «leyenda negra», que nos tacha de crueles, fanáticos e indolentes. Sin embargo, no resulta difícil «sacarle los colores» a cualquier país y poner en evidencia su historia negra. Todos los viejos imperios la tienen. España lo ha sido y con una particularidad muy notable. Veamos: el arte y el pensamiento españoles se han hecho muy conscientes de su negrura, incluso en sus momentos de mayor influencia en el mundo. Desde Quevedo a Ortega y Gasset, desde Goya a Luis Buñuel, desde Valdés Leal a Gutiérrez Solana, nuestra negrura particular ha sido asumida, reconocida, criticada, satirizada, ironizada y «estilizada» con extremo talento y un profundo atractivo dialéctico. «Los sueños» de Quevedo, «los caprichos» de Goya, los «esperpentos» de Valle-Inclán, la películas de Luis Buñuel, arbolan una superación y aprovechamiento intelectual y artístico de nuestra negrura tradicional. Un largo catálogo de valores filosóficos, pictóricos y literarios que marcan uno de los perfiles más destacados de la cultura española en general. El «tenebrismo satírico y fantástico» de cuño español. Todo eso viene a resultar un alto ejemplo de cómo sacar «de la necesidad virtud».
Para mí, dicha leyenda no es un baldón, sino al contrario, una fuente de inspiración. Yo he nacido y me he criado en esa supuesta «España negra», y la miro como algo que me es  connatural y familiar. La llevo en la sangre. Sobre todo, si atiendo a las impresiones más inefables de mi infancia, en un castizo pueblo de la Mancha: Ante los entierros, las misas, las procesiones, los nazarenos, las corridas de toros, las enlutadas beatas, los santos, los curas, los guardias, el miedo, la risa, el estupor, la complacencia, la ensoñación... Y el disparate surrealista. ¿Cuál sería la primera impresión de Buñuel niño ante los tambores atronadores de Calanda,  «el trueno bíblico» de Aragón? 

Yo me precio de ser un dramaturgo surrealista de lo más castizo y conservador. Porque somos la cultura más premonitora y practicante de una de las vertientes más exitosas e influyentes del arte: el surrealismo. No tenemos más que comprobar que «la Edad de Oro» y «El perro andaluz» se siguen proyectando en todas las cinematecas del mundo. Me siento «surrealista y español» de nacimiento y condición, como Valle-Inclán se consideraba «católico y sentimental». ¿Somos plenamente conscientes de que el surrealismo es «la Internacional del arte»? ¿Que estamos muy por encima de partidismos políticos, venturas o desastres locales, que así como los grandes maestros del surrealismo clásico y vernáculo, ¿quién va a impedirnos que consideremos materia surrealista y kafkiana  a Rajoy, a la Merkel, al BCE, a «la prima de Riesgo» y a «la tía de Carlos»? El surrealismo hace mangas y capirotes de todo, para desvelar una verdad interior, tan cruda y tan sorprendente, como la vida misma. Eso hicieron Quevedo, Goya, Buñuel y compañía. El juicio sumarísimo sobre la identidad española, sus errores y sus horrores es, ética y estéticamente, irrebatible. Juicio y opinión a los que me sumo férvidamente. Una bella muestra de que seremos legendarios, crueles y negros, pero no fáciles de engañar, ni de engañarnos a nosotros mismos.

viernes, 20 de julio de 2012

"Con ingenio" por Francisco Nieva


El arte nunca está en crisis, si no está en crisis la imaginación. Hay épocas de abundancia en las que el arte se vuelve acomodaticio y ramplón. Y por el contrario, derrotas históricas que estimulan a una insospechada  renovación. ¿Se puede  hacer un buen teatro, un gran teatro con un presupuesto insuficiente y cicatero? ¡Pues claro que sí! Se puede ahorrar en todo, menos en esa dichosa imaginación. Un teatro corto de medios y largo de ingenio. Ahora bien, si el personal farandulero – que es el responsable - no es pagado lo suficiente para vivir con la debida modestia: actores autores, directores, y una justa plantilla de técnicos, que Rajoy ajuste sus cuentas suprimiendo el teatro. Si no se tiene dinero para pagar con justicia al ingenio, el ingenio emigra, se va a otra parte. Yo solo afirmo que el teatro ahorrativo en medios suntuarios y decorativos siempre es posible y hasta descubridor de nuevos atractivos. También en el teatro salimos de un tiempo de esplendor materialista ruinoso, pero no vale exagerar. Se puede hacer teatro con poco, pero no “con nada”. 

La cuestión queda así planteada: El combustible, la materia prima en el mundo del arte son la imaginación y el genio, y hay que pagar a  los ingeniosos e imaginativos, como se paga la gasolina. Un gobierno en apuros, como el nuestro, que tiene que pasar por la vergüenza de parecer tiránico, tendrá que tomar internas y exigentes medidas para enterarse en profundidad de los mecanismos prácticos y teóricos, artísticos  y literarios que son la mente y el corazón que mueven el teatro. Para lo cual, cualquier funcionario – por concurso o a dedo – jamás estuvo preparado. 

Pero este es ahora su problema, en cuestión de recortes prácticos. Que se enteren primero y recorten después, con la suficiente y justificable equidad, el mejor modo de que lo asuma la muy sufrida profesión. Pero, dada la situación presente, dichos funcionarios culturales tienen que ponerse a estudiar. Y que nos comprendan. 

Que el propio ministro sueñe con ser director de escena y en cómo se las puede valer para hacer un teatro de calidad con muchos menos medios.  En cómo demostrar su buen gusto, su selectividad artística y técnica, su capacidad de sugestión para unificar a un plantel de actores. Que sueñe con hacer ese esfuerzo y, en la realidad, se prepare para demostrar que bien puede hacerlo. Dejaría convencidos a muchos. “A grandes males, grandes remedios”.

martes, 3 de abril de 2012

El buscón; por Francisco Nieva



El buscón; por Francisco Nieva

Si corrupción y pillería son un tema de actualidad, las reflexiones sobre el hecho pueden abarcar infinitos puntos de vista. En tanto que escritor, mi punto de vista es literario. Y no dudo de que «todavía hay gente que lee», que conoce y se recrea con los clásicos, y puede que estas reflexiones les diviertan un tanto. Porque mi intención es no darle a nadie una clase de literatura, sino especular sobre los testimonios artísticos y literarios que versan sobre la «canallería» ambiental, fabricante y troqueladora de pillos y de  sinvergüenzas. En este tiempo, antaño, en España, fuera de España, en el mundo entero…

Pero ¡ah! No hay duda de que la literatura española ha creado  la «Novela picaresca» y un prototipo de  resonancia  universal: el Pícaro. A la española, claro está. Hay pícaros a la rusa, a la japonesa, a la irlandesa… El pícaro existe desde el Neanderthal. Pero la rara cualidad del pillo literario es que siempre cae «simpático», por su malicia y su adversidad en contraposición. El modelo español es magistral: primero El Lazarillo, luego El Buscón. La Academia acaba de editar El Buscón, como base de una biblioteca de clásicos, tan sabrosamente comentada, como sólidamente encuadernada.

Por enésima vez, lo he vuelto a leer, y es lo que me ha suscitado estas reflexiones. La grandeza paradigmática que adquiere el pillo español. Era necesario que la pillería fuera tan extrema y tan evidente  – como hoy mismo lo es– para que fuese posible ese alarde de «justicia artística y social», que significa para el mundo dicha «novela picaresca».   
En El Buscón podemos percibir claramente cómo en el clima de valores y jerarquías reinantes en la España de entonces se puede fraguar un sinvergüenza orgulloso de su encanallamiento, que se considera el perfecto modelo del hombre maltratado por la fortuna.

Si nos lanzásemos al comparatismo, también el clima actual y local produce pillos, igualmente merecedores de algún monumento literario, a la manera de El Buscón. Claro está, bajo diferentes valores y jerarquías, reinantes en la España de  ahora. Y el Arte siempre refleja la verdad, el Arte es el paradigma de la libertad de expresión, y ya pueden sobrevenir toda clase de recortes económicos, que no lograrán  «recortarnos la lengua». Para eso la tenemos, para reflejar a menudo esa verdad.

Visto está que, en el mundo del Arte, todo cobra una fuerza expresiva que nos seduce, y en «El Buscón»  planea una sátira expresionista que nos hace vivir en un mundo entreverado de crueldad, egoísmo, presunción, mentira, locura y muerte, como el espejo cóncavo que recoge todo el panorama en un puño. Así lo concentra esta obra maestra. Y así lo vemos de claro, como si nos asomáramos al túnel del tiempo, gracias a Quevedo que, además, fue el lírico más eminente de su tiempo. 

Ahora contamos con este precioso juguete, que es un retrovisor de nuestro pasado picaresco. Hay más diversión que hacer un crucero peligroso, que nos recuerde al legendario «Titanic». Se nos presentan tipos paradigmáticos y fascinantes, Como el dómine Cabra, que tanto «recorta» en beneficio propio, tal que la gran Banca actual. Los maltratados pupilos están a punto de perecer. Nos asaltan las similitudes. Y los tipos extraordinarios, que mueven a la risa y al estremecimiento, no cesan de aparecer: La noche memorable y de autentica pesadilla en casa del tío, verdugo segoviano. Sin esta escena, nunca hubiera existido Valle-Inclán. Ni tampoco sin el pasaje del galanteo místico con monjas. 

La Religión siempre ha guardado secretos eróticos, un tanto complejos. Pero también las altas jerarquías se corrompen en todo tiempo. En unos más que en otros, pero comprendamos que, en el ambiente real de cada sociedad, la gallina que pone el huevo de la corrupción ambiental es demasiado prolífica. Puede llegarse a respirar en la corrupción como la cosa más natural.

Comparen y diviértanse con El Buscón y no se arrepentirán.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Buena literatura mala

3 Noviembre 10 - - Francisco Nieva, de la Real Academia Española



 
A veces los libros que pasan a la historia primero son despreciados

Quien no conozca a fondo la mala literatura, no sabe muy bien cuál es la buena. Los grandes lectores y críticos «lo han leído todo». Quiero decir que han leído con atención buena y mala literatura de todos los géneros. En el área de la literatura de ficción,  de viajes, de la difusión histórica y científica, de propaganda comercial, incluso octavillas y panfletos políticos


Fiémonos de ese buen lector, que nos asegura que «Justine» y otras muchas cosas del marqués de Sade, a pesar de su mala fama y el manifiesto rechazo de la Iglesia, son  literatura buenísima. No tiene en cuenta el contenido vitriólico, sino su forma, su planteamiento y desarrollo imaginativos. En el método comparativo, se le puede citar como premonitor del surrealismo y de las novelas de Kafka. Démosle al César lo que es del César. Y aún somos más justos si advertimos que la pornografía de Sade ya no es atrayente, sino algo momificado, arqueológico, museal, carente de «glamour», que puede provocar, incluso, un rechazo instintivo. Pero objetivamente, por pudibundos que seamos, tendremos que reconocer su extraordinario valor formal y la construcción de «un mundo aparte», que es lo que distingue a los más grandes escritores, Poe, Stevenson, Proust, Henry James…

En la literatura popular, considerada en general como mala –o simplona–, se encuentran cosas que hacen dudar bastante de si no son nada o son muchísimo. El cuento popular, por desmañado y torpe que se muestre, tiene un encanto literario del que carecen por completo los libros más serios.

En este terreno, sí que entramos en un problema sin duda peliagudo. Lo popular es fundamental tanto para un aficionado, un crítico o un profesional. ¿Qué han leído en el siglo XIX y XX las clases más humildes y poco instruidas, con el empeño de instruirse y enterarse de lo vario y complejo que es el mundo, aquellos que yo veía leer a las criadas en mi hogar desahogado y burgués? Un día me acerqué a una tata encantadora, joven y vivaracha, que leía con tremenda avidez un libraco de pastas duras. «¿Qué lees?» le pregunté. Ella levantó la vista, como alucinada y me contesto con vehemencia: «Tiene otro tomo». ¿Qué quería decir con aquello? Que su lectura era para ella tan interesante y gratificante que aún tenía un tomo en reserva, para prolongar aquella dicha. Lo  que estaba leyendo era un ilustre folletín de dichas y calamidades, era «El cura de Aldea», de Pérez Escrich. Para siempre me conmovió aquella chica, me conmovieron todas esas personas humildes que trabajan y leen con avidez una literatura que se considera menor y muchas veces no lo es. El folletín decimonónico ha sido un gran ornato de la literatura, aunque para muchos de sus adventicios lectores de la clase obrera fueran repeticiones simplificadas y de segunda mano. La más grande literatura narrativa se hubo de publicar en folletines periódicos, en todas las rotativas de la época. Las más impresionantes novelas de Dickens y Balzac. Aparecieron paradigmas de buena literatura popular, como «El judío errante» o «Los misterios de París».

El refrito

Pero también sucedió algo que, en la actualidad, hace que el folletín y «lo folletinesco» se mencionen con una intención peyorativa. Se convirtió en un negocio editorial, como un servicio lúdico, destinado a las clases más humildes. Y aquel «Cura de aldea» era un refrito simplificado  de «Le curé de Tours», de Balzac. Y así se hicieron otros refritos puerilizados y explotadores de lo sentimental y lo horroroso. Hubo editores que lo hicieron con auténtica saña explotadora, y sus publicaciones han servido, luego, de risa  y sarcasmo.

Bien es cierto que entre aquellos industriales que se «forraron» figurara Alejandro Dumas, el autor de «Los tres mosqueteros», pero tampoco éste dejó de hacer chapuzas comerciales. Se rodeó de «negros» y publicó su curioso «Viaje a Rusia», donde jamás puso los pies. En suma, la literatura buena y la mala tienen una frontera tan difusa, que hay que andar con mucho cuidado para saber dónde ponemos los pies.

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