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domingo, 29 de julio de 2012

La lengua liberada



Los judíos piden sin éxito a la RAE que elimine el vocablo judiada

¿La Academia debe ser guardián del lenguaje o también promotor?


La Academia está dando tiempo a 'perroflauta' a ver si se consolida. / SAMUEL SÁNCHEZ

El diccionario está hecho con el propósito de que se puedan consultar palabras que ayuden a comprender no solo un texto del español actual, sino de aquel con el que Quevedo adornaba sus páginas. Esa es la razón, explican en la Real Academia, de que algunos vocablos chisporroteen en la mentalidad moderna. Son molestos, ofensivos, irritantes, merecedores de cambios o acotaciones. Pero los académicos no encuentran motivos de expulsión: su misión se limita, señalan, a dar cuenta de lo que hay, el diccionario “no es más que un catálogo, nosotros no promovemos un uso ni una palabra”, solo se recoge con pretensión notarial, dice José Antonio Pascual, vicedirector de la Academia. El secretario de la institución, Darío Villanueva, comparte la opinión: “Recogemos las palabras que funcionan y podemos perfeccionar las definiciones, corregir errores..., pero no se puede concebir un diccionario celestial, porque las palabras definen lo conveniente y lo inconveniente, lo justo y lo injusto, como decía Aristóteles”.
 Diversos colectivos y personas llaman cada año a la puerta de la institución proponiendo cambios, matices, nuevas palabras. Estos días fueron los judíos quienes pidieron la expulsión definitiva del término judiada: acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de judíos. La Academia contesta a todos, pero no siempre de acuerdo con sus requerimientos. La respuesta a este colectivo ha sido no. De una forma general, Villanueva dice: “No se puede confundir la palabra con la actitud y el sentimiento. ¿Quién admitiría un diccionario expurgado?, sería inquisitorial”.
Inquisición. Eso le recuerda al escritor Manuel Rivas, académico de la lengua gallega, que también los judíos tendrían alguna palabra para definir el sufrimiento que les infligían los guardianes de la ortodoxia católica, pero ese término no se encuentra en el diccionario. ¿Por qué? “Porque ya se sabe que quien tiene el diccionario tiene el poder”. Rivas no quiere dejarse engañar con “posiciones de supuesta neutralidad, que suelen ser conservadoras” y cree que esto cabe para diccionarios y Academias. “A veces el lenguaje es un elemento de dominación y hay que desenmascararlo”. No cree que sea exacto eso de que el lenguaje recoge la realidad, sino que “el lenguaje agresivo, de dominio, de desprecio, precede a un estado real de desprecio y de dominio. No refleja, anticipa”, dice. “El lenguaje es un campo de batalla, un espacio de lucha, es ingenuo verlo de otra forma; es un espejo de las relaciones de poder, y los que trabajan con las palabras no pueden ser ajenos a ello”, añade.
"Las palabras no reflejan, anticipan", sostiene el escritor Manuel Rivas
Así que, el escritor gallego entiende muy bien “la hipersensibilidad de ciertos colectivos” con algunos términos y “como decía Elías Canetti [el escritor sefardí]: si hay palabras para producir odio y dominar, para la guerra, también las hay para liberarse”.
Pero eso no significa que se expulsen términos, aunque el escritor no lo descarta —“En el diccionario gallego se ha quitado gitanada”— porque, a su parecer, “tirar una palabra también constituye una agresión. En la quema de libros de los nazis en 1933 no se echaba a la hoguera el libro de Freud, en realidad era quemar al propio Sigmund Freud”, ejemplifica. “No hay por qué ignorar un término, pero sí significarlo”. Lo que pide es que se incluyan palabras y que se modifiquen. De nuevo cita al diccionario gallego, donde la palabra matrimonio incluye la unión entre dos personas, independientemente de su sexo. “Eso da cabida a todo el mundo”, dice. La Real Academia también ha modificado esta entrada para ajustarla a la legislación.
Reclama, finalmente, una actitud por parte de los académicos que vaya más allá del mero reflejo de cierta realidad: pide que sean promotores, no solo notarios, a la búsqueda de esas palabras para la paz, porque “hay que llamar a la gente como quiere ser llamada, siempre fruto de un consenso”. Coinciden con él en la necesidad de cierta promoción o de iniciativas sobre la lengua por parte de la Academia algunos colectivos feministas, que han batallado por modificar o incluir algunos términos desde hace años. La economista y editora Ana Mañeru Méndez, algunos años vinculada al Instituto de la Mujer, lo explica con un ejemplo, el de la poeta norteamericana Emily Dickinson: “Se saltó todas las reglas de la lengua, las de puntuación, las mayúsculas, atribuía el género como le parecía, descolocaba las estrofas y no la destrozó ni la afeó, sino que abrió otro universo de expresión”. Cree que la lengua, “una herramienta poderosa de control y poder, no necesita tantas normas —porque se excluye a aquellos que no la usan como queda estipulado—, sino una actitud por parte de los académicos de observación, de admiración, de asombro, incluso de devoción por lo que ocurre, por cómo vive y evoluciona. Sin embargo, la Academia se limita a recoger algunos términos cuando ya es inevitable, porque el ridículo sería grande, cuando el fenómeno está consolidado”. Y finaliza: “Yo tampoco estoy por eliminar palabras, pero sí por introducir algunas, como prostituidor. El papel de la RAE debe ser activo, no de propiedad, de promotores, no de guardianes”.
Los académicos están acostumbrados a las críticas y las quejas desde 1726, con aquel primer Diccionario de autoridades. En 1818, cuando ya Fernando VII había vuelto a España con su absolutismo y su Inquisición, un fraile denunció a la Academia por su definición de caos: desorden antes de la creación. “Antes de la creación no había nada, dijo el fraile, por tanto, el texto era herético”, relata Darío Villanueva. La Academia resistió el envite. Ahora tiene normas para resistir algunos otros, que no son pocos. “Quizá esto es más desconocido, pero las empresas titulares de marcas registradas son refractarias a que esas marcas se conviertan en nombre común; tenemos maicena, teflón, zodiac, y nos piden insistentemente que las quitemos. Alegan propiedad”. La respuesta que reciben es que “la gente las usa ignorando su origen y no se puede expropiar a los hablantes de sustantivos comunes. Una cosa es la patente avalada por investigación o fórmula y otra, la palabra que la designa”, dice Villanueva.
En 1818 un fraile acusó a la Academia de herética por su definición de caos
Y para aquellos que piden una actitud promotora, esta es la respuesta: “Nosotros no inventamos, ni patrocinamos, ni promovemos. Eso puede hacerlo la gente y, si tiene éxito, podemos incluir los términos”, aclara.
Cita también las llamadas marcas del diccionario (en desuso, obsceno, coloquial, vulgar) como matices ilustrativos para aquellos vocablos que pueden resultar insultantes. A la Academia se le ha acusado de muchas cosas, reconoce Villanueva, “de gazmoños y de pacatos en términos de sexo, por ejemplo, y es verdad, se han incorporado muchas palabras que tenían que estar, como mamada”. También se les dice que no están al tanto de lo que se mueve a su alrededor, que son lentos de reacción. “Tiempo al tiempo”, dicen. “Las palabras deben pasar un mínimo de cinco años de cuarentena para ver si se consolidan. El año pasado se presentó a pleno pagafantas, que incluso daba nombre a una película; se discutió y se sometió a la revisión de continuidad: ya no se usa. Estamos viendo también si se consolida perroflauta”, menciona Villanueva. Es decir, si alcanza las condiciones que le darán entrada en el diccionario, sobre todo una frecuencia de uso.
Esta es la función de la Academia, recoger lo que se habla en la calle cuando satisface las normas establecidas. De ahí la existencia de palabras malsonantes, términos incómodos o hirientes. Después de todo, dice Villanueva, “eso no significa que los hablantes tengan la obligación de usarlos”. Cierto, pero así como un uso masivo concede la entrada en el diccionario, el desuso no la hará desaparecer nunca, porque han de quedar como referentes de un habla del pasado.
El escritor Andrés Trapiello deja esta reflexión mediante un correo electrónico: “Las palabras mueren de muerte natural, no porque lo decida ninguna Academia. La palabra judiada respondía a tiempos en los que en la España tridentina se veía a los judíos como responsables de la crucifixión, igual que la palabra jesuítico remite a cuando los jesuitas se apoderaron del Estado con malas artes. La comunidad judía o la Compañía de Jesús, que saben mucho de expulsiones, están en su derecho de pedir la expulsión de esas palabras del diccionario, pero seguirán utilizándose, si hay gente que las encuentra expresivas y en según qué contexto, o se arrumbarán por desusadas. Y como en todo, si hay personas a las que molesta, no cuesta nada, por cortesía, no usarlas; tenemos otras muchas en el diccionario para significar lo que queríamos decir con ellas”, dice.
No se conforma con esa ausencia de uso la escritora “española y judía” Esther Bendahan. “Las palabras responden a un inconsciente colectivo y su percepción sobre minorías. Si no se explican, si se descontextualizan, se las despoja del significado exacto. No digo quitarlas, porque interesa la historia de esa palabra, pero sí desactivarlas, si nos ponemos ciertas fronteras el uso va desapareciendo, hay que explicarlas. Y eso también se hace en el diccionario”.

Palabras que ofenden

ISAÍAS LAFUENTE
Es comprensible que a los judíos no les siente bien el uso de la palabra judiada para definir una mala acción. Como supongo que la Conferencia Episcopal temblará cada vez que repase el catálogo de acepciones surgidas en castellano a partir de su sagrada hostia y no es difícil intuir la indignación de cualquier colectivo de prostitutas cuando se hace referencia a sus hijos como paradigmas de malas personas o a las casas en que trabajan como lugar de desorden. Quienes no nacimos en la capital tuvimos que cargar en otros tiempos con el sambenito de ser provincianos, esto es, poco elegantes o refinados, y entre todos —la nómina a partir de los citados alcanzaría proporciones universales— podríamos constituir una nutrida organización de agraviados por la letra del diccionario si nos ponemos excesivamente finos.
Pero cargar contra él o contra los académicos que lo elaboran sería también una forma injusta de matar al mensajero. Nuestra lengua se articuló siglos antes de que se constituyese la Academia y las palabras nacieron y fluyeron durante ese tiempo libremente antes de ser atrapadas y definidas en un diccionario. En ellas se encierra lo mejor y lo peor del alma de un pueblo, y juntas constituyen un riquísimo catálogo en el que conviven términos nobles e inmundos, cultos y vulgares, hermosos y malsonantes, que proyectan una visión del mundo en parte precisa y en parte cargada de tópicos y prejuicios.
El diccionario da fe —o debería— de todos y es un instrumento que nos permite desentrañar el habla actual, pero también un rico yacimiento en el que encontramos fosilizadas palabras que nos ayudan a comprender el habla que fue. El trabajo de los académicos consiste en certificar el uso asentado de las palabras, para no acoger en el diccionario, que tiene vocación de permanencia, términos con corta fecha de caducidad. Y una vez aceptados, su misión es la de definirlos y contextualizarlos de manera precisa, con indicaciones que hagan referencia, si es el caso, a su carácter vulgar, despectivo o malsonante y a la vigencia o no de su uso. Que una palabra esté en el diccionario no significa que sea recomendable. En el caso de judiada, su carácter peyorativo está en su ADN a través del sufijo —como en alcaldada, sin que eso suponga menosprecio de las acertadas decisiones de los regidores municipales—, pero además en su cuidada definición la RAE subraya la “tendenciosidad” de su uso.
¿Podría matizarse más? Quizá. Pero, aunque todo es legítimamente discutible, pretender que la solución pasa por excluir la palabra del diccionario parece excesivo, salvo que en nombre de lo políticamente correcto mutilemos la mitad del diccionario. Casi tan absurdo como la resistencia de los académicos, que desde luego no son perfectos, a incluir términos globalmente aceptados desde hace décadas como el de violencia de género, usando argumentos que se ignoran al asumir otros neologismos.
Isaías Lafuente es periodista y escritor, responsable de la Unidad de Vigilancia Lingüística de la cadena SER.

sábado, 10 de marzo de 2012

SIN PEROS EN LA LENGUA por Isaías Lafuente


Publicado 08/03/2012
Isaías Lafuente
www.elpais.com

«Es muy enriquecedor el debate abierto por el artículo 'Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer»

Es muy enriquecedor el debate abierto a partir del artículo «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer» publicado el pasado domingo en EL PAÍS, firmado por Ignacio Bosque y suscrito por otros 27 académicos y 5 académicas. La nómina de los firmantes evidencia que la visibilidad de la mujer, en según qué ámbitos, aún tiene un largo camino que recorrer. Y su contenido documenta que en la otra necesaria visibilidad, la que viene de la mano de la adaptación del lenguaje, quizás se hayan dado pasos desmesurados aún con la buena intención de corregir usos sexistas instalados secularmente en nuestro idioma. Resulta muy difícil no suscribir algunas de las apreciaciones sostenidas por Ignacio Bosque, sobre todo las que se refieren a los cansinos desdoblamientos para evitar el masculino genérico, o al uso de algunas fórmulas propuestas por las guías analizadas que no sólo atentan contra la gramática o la sintaxis, sino que en ocasiones nos llevarían a decir justo lo contrario de lo que queremos expresar. También es brillante la apreciación de que mientras se exige al lenguaje oficial un acercamiento a la lengua común, se promueve desde algunas instituciones un movimiento que actúa justo en sentido contrario. Y son demoledores los párrafos en los que se demuestra que quienes proponen un lenguaje políticamente correcto en esas guías después vulneran sus propias recomendaciones en los Boletines Oficiales o en los documentos de sus propias organizaciones e instituciones.

La RAE ha puesto muy alto el listón de la exigencia

Es verdad que nuestra lengua diferencia entre sexo y género, y así ha acuñado sustantivos de apariencia masculina en los que están incluidas las mujeres, como otros de apariencia femenina en la que nos sentimos incluidos todos los hombres. Yo lo soy, y también persona y periodista, y no creo necesario forzar la lengua para ser persono o periodisto. Aunque respecto a la denominación de mi profesión, ejemplo repetidamente usado para zaherir a quien propone una feminización del lenguaje, no sé cómo se habría desenvuelto la Lengua si el mío hubiese sido en su origen un oficio de mujeres. Ahí tenemos a las modistas que vieron cómo, cuando algunos hombres españoles prosperaron en el oficio, la RAE no tuvo inconveniente en retorcer la norma para crear la palabra modisto, aunque el sufijo -isto, para denominar una profesión, es un contradiós que ni existe ni se le espera en el diccionario.

La RAE ha puesto muy alto el listón de la exigencia, no sólo para quienes elaboran guías sobre el uso no sexista del lenguaje, sino para los propios académicos que deberían mostrar el mismo interés en revisar su propio Diccionario. En él encontramos fosilizados usos y términos cargados de sexismo. Les propongo que busquen, por ejemplo, los grados militares. ¿Por qué si soldada, generala o sargenta son palabras que acoge el diccionario para designar modismos anticuados como el de la mujer del militar, o para definir, en el caso de sargenta, una mujer corpulenta y hombruna, no pueden ser utilizados para nombrar lo evidente: a las mujeres que ocupan esos puestos en la carrera militar? Fue sorprendente la recomendación de la FUNDEU —fundación asesorada por la RAE— sobre el término soldada. Reconocía que era una palabra bien formada aunque recomendaba no usarla mientras no se extendiese su uso, sin saber cómo se puede lograr lo segundo si aceptamos lo primero. En otras palabras, como monarca, la Academia ha detectado el cambio de uso de la palabra y en la próxima edición ya no se recoge como término masculino, sino común en cuanto al género. Aunque con una anotación sorprendente al pie en el que especifica que «se usa mayoritariamente como masculino». Bueno... hasta que en este país haya una reina, se supone.

La Real Academia Española tiene su historia. Es sorprendente la resistencia mostrada, por ejemplo, para incluir una acepción que denomine las nuevas formas de matrimonio homosexual. En el Diccionario se recogen hasta diez formas de matrimonio, alguna de las cuales están enterradas en la Historia, pero no se define una nueva realidad que afecta a decenas de miles de parejas sólo en nuestro país y que permanecerá vigente aunque el Tribunal Constitucional tumbe está forma de matrimonio. O la beligerancia mostrada contra el concepto «violencia de género», cuando es una denominación universalmente aceptada, aunque tenga su raíz en otro idioma, y que define más acertadamente el fenómeno que la «violencia doméstica», usada por Ignacio Bosque en su interesante artículo.

Resultaría muy interesante que la Academia prosiguiera su labor analítica y divulgadora, mediante sucesivos artículos que se pusieran en solfa los lenguajes acuñados desde la economía y desde la política

Nos podríamos extender en los ejemplos, pero no es el caso. Aunque quizás convenga subrayar el más elocuente. El Diccionario, que por razones de sentido común y de eficacia se rige por el sagrado orden alfabético, sólo tiene una excepción, sexista donde las haya. Si alguien se lanza a buscar la palabra que designa un oficio que en castellano tenga variantes masculina y femenina, se verá obligado a buscar la entrada por el masculino —abogado, da; arquitecto, ta—, algo que vulnera el exigido orden alfabético. En su documentado artículo, el catedrático Ignacio Bosque se pregunta reiteradamente cómo un profesor de Lengua podría explicar a sus alumnos algunas distorsiones del idioma que promueven las guías estudiadas. Yo me pregunto cómo el mismo profesor explicará a sus alumnos esta dinamitación del orden alfabético consagrada por la propia Academia.

Es muy elocuente el desternillante párrafo extraído de la Constitución venezolana. Quedamos a la espera del análisis correspondiente de nuestra Constitución vigente, especialmente de los artículos 56 y siguientes en los que se refiere a la denominación del Jefe del Estado como Rey, y a su heredero como Príncipe de Asturias, excluyendo la posibilidad, consagrada como es lógico en el propio texto y efectiva desde que el heredero ha tenido solo hijas, de que un día en España haya una Reina de España. Sin llegar al despropósito bolivariano, se podría haber matizado más.

En fin, el debate está abierto. Y como la Academia se ha mostrado muy activa en los últimos años para modernizar nuestra Gramática, nuestra Ortografía, para incluir todas las peculiaridades del castellano —el de España y el de América— en su brillante e imprescindible Diccionario panhispánico de dudas, incluso para mostrar las diferentes variantes fonéticas de nuestro idioma en el mundo, no estaría mal que se lanzase a elaborar una guía de referencia para orientar la manera en la que, sin torcer nuestro idioma hasta la sinrazón, podamos ir mejorándolo para hacerlo más inclusivo. Dado que el documento publicado en EL PAÍS, junto a las críticas, asume también algunas propuestas como razonables, creo que hay campo suficiente como para alcanzar consensos. Y mientras llega esa obra, resultaría muy interesante que la Academia prosiguiera su labor analítica y divulgadora, mediante sucesivos artículos tan interesantes y documentados como el que ahora ha visto la luz, en los que se pusieran en solfa los lenguajes acuñados desde la economía y desde la política, cargados de circunloquios, lugares comunes y eufemismos que, además de atentar contra la estructura y los usos de nuestra Lengua, maquillan la realidad hasta los límites del engaño y evidencian la baja consideración que unos y otros tienen de los ciudadanos y ciudadanas —permítaseme aquí el desdoblamiento— a quienes se dirigen. Para que no parezca que la indignación de los académicos es asimétrica.

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