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domingo, 26 de agosto de 2012

'Un bulto en el hígado' por Juan José Millás



El escritor analiza a los futbolistas del Barça y el Real Madrid y encuentra así un final sorprendente para su serie veraniega

  El País

El redactor jefe me pide que cierre esta serie estival de relaciones imposibles con Leo Messi y Cristiano Ronaldo.
—¿Por qué con ellos? —pregunto.
—¿Cómo que por qué con ellos? —dice molesto, como si le hubiera metido un dedo en el ojo.
—Sí, ¿por qué con ellos? —insisto.
Se ve que tiene ganas de decir que porque lo manda él, pero se reprime para no dar al traste con la fama de tolerante que se ha creado céntimo a céntimo, como el que ahorra para poner un puesto de pipas. Llevo meses intentando que se quite la piel de cordero para que se le vean los cojones de autoritario, pero de momento solo he logrado que enseñe un par de veces los colmillos con los que se comió a Caperucita, que estuvo cuatro días de becaria en el periódico.
—Porque está empezando la liga, idiota —dice—, y la liga es una percha perfecta para hablar de la relación imposible entre Ronaldo y Messi.
La “percha”, en periodismo, significa que para hablar de una cosa tiene que suceder otra. El aniversario de la muerte de Marilyn, por ejemplo, es una percha excelente para hablar de Marilyn, de ahí la peste de artículos sobre la actriz que nos hemos tragado este verano. Ya verán la que se arma cuando se cumpla el cuarto de siglo de la publicación de laCrítica de la Razón Pura. Aclaremos: no es que no puedas hablar ahora mismo de ese monumento filosófico, pero resultaría extravagante, como comer turrón en agosto o visitar al abuelo en la residencia un miércoles. El año pasado, por estas mismas fechas, le propuse al redactor jefe una serie de artículos sobre el Argumento Ontológico de San Anselmo para demostrar la existencia de Dios y me preguntó por la percha.
—¿Y la percha? —dijo.
—No sé —dije yo—, ¿Dios?
—¿Le ha pasado algo a Dios?
Fue el día en el que comprendí lo de la percha y también en el que comenzaron mis dificultades de relación con el redactor jefe.
—¿Sigues ahí? —escucho al otro lado del teléfono.
—Sigo aquí —digo yo.
—Pues mal hecho, ya deberías haber empezado el artículo sobre Ronaldo y Messi.
Cuelgo y entro en Google, donde dice que a Messi le diagnosticaron de pequeño una deficiencia de la hormona del crecimiento cuyo tratamiento costaba 900 euros al mes que el Barça, al ver las habilidades del chico, se ofreció a pagar. En cuanto a Ronaldo, sufrió a los 15 años un problema cardíaco que estuvo a punto de acabar con su carrera deportiva casi antes de que empezara. Hago cuentas de lo que se puede obtener de esos historiales clínicos desde el punto de vista del mal rollo entre los jugadores, pero no hallo nada.
Me entero también de que quizá sean los dos mejores jugadores del mundo y eso sí es un motivo para llevarse mal. Tradicionalmente, los dos mejores de cualquier cosa acaban a palos porque al ser humano no le basta con ser feliz. Para que su dicha sea completa es preciso que los demás sean desgraciados. A Cela, que escribía bien, se le abría la úlcera cuando un colega publicaba algo bueno, sobre todo si era joven, pues significaba que la literatura no moría con él. Cela, además de ganar, necesitaba que los otros perdieran. Históricamente hablando, esta tradición de mal rollo entre el segundo y el primero empezó con Luzbel, el vicedios, y desde entonces no ha hecho más que repetirse a lo largo de la historia. La salud de uno, por ejemplo, es importante, pero no se disfruta del todo hasta que al amigo de toda la vida le encuentran un bulto en el hígado.
Sin embargo, y por lo poco que sabemos de Ronaldo y Messi, no parece que la rivalidad deportiva inherente a su condición les haga desgraciados; al contrario, contribuye a su felicidad. Messi debe de dar todos los días gracias por la existencia del portugués y el portugués por la de Messi, ya que cada uno proporciona sentido a la existencia del rival. Por otra parte, los futbolistas son, en su mayoría, de una sensatez que no se da en ningún otro ámbito de la vida. Escuchas hablar a Casillas y te da pena que no sea ministro de Exteriores. O de Cultura. O de Sanidad. Sería hasta mejor presidente del Gobierno que Rajoy. Al menos no mentiría tanto, no le sale (a ver si va a resultar que el fútbol no es una metáfora de la vida, sino una metáfora de lo que nos gustaría que fuera la vida).
Está luego el asunto de que uno juega en el Barça y otro en el Real Madrid, los dos equipos antagonistas por antonomasia de la liga española. Pero se trata de un antagonismo hueco, diseñado para canalizar a través de él pasiones de otro orden, como cuando se construye un cauce falso para redirigir las aguas de un río. Por otra parte, los jugadores van de un club a otro en función de sus intereses económicos o de sus afectos territoriales. Dos futbolistas rivales hoy pueden coincidir mañana en el mismo equipo. De hecho, coinciden en sus respectivas selecciones nacionales, donde, lejos de hacerse la pascua, luchan por el interés común.
En fin, que no veía yo en Ronaldo y Messi lo que me pedía el redactor jefe, pese a los desplantes chulescos del primero y a la modestia paradigmática del segundo. Hay muchos matrimonios en los que uno de los cónyuges es más extrovertido y no por eso se llevan mal, al contrario, se complementan, como si entre los dos formaran un solo individuo.
Quiere decirse que si cierro los ojos, imagino perfectamente al portugués y al argentino casados, ya un poco mayores, en un café de Lisboa o de Buenos Aires, pues el matrimonio viviría entre esas dos ciudades. Un café con mucha madera y mucho mármol y ahí están los dos, merendando unas tortitas con nata. Ronaldo se pavonea ante los parroquianos de sus éxitos pasados mientras Messi unta la nata en la tortita con la tenacidad con la que ahora regatea al contrario. De vez en cuando, levanta la cabeza y asiente a lo que dice su cónyuge extrovertido, que interrumpe un segundo su discurso para darle un beso en la frente.
—Este —dice luego Ronaldo señalando a Messi— también hizo sus jugadas históricas, pero disfruta más comiendo tortitas con nata que contando batallitas. ¿Verdad, Leo?
—Mmm —dice Mesi con la boca llena.
Total, que la única relación imposible que se le ha ocurrido al redactor jefe resulta que es posible. Este hombre no da una.

jueves, 23 de agosto de 2012

'Esguinces verbales' por Juan José Millás


Hay matrimonios cuyos cónyuges aparecen unidos por coordinación o subordinación, los hay meramente yuxtapuestos en el peor sentido

 - El País

CLESS

La conjunción gramatical es una de las piezas más pequeñas del motor de la frase. Se utiliza para unir oraciones o palabras y establecer entre ellas relaciones jerárquicas que reflejan los escalafones de la vida. Quiere decirse que las conjunciones sirven para saber quién manda. Cuando escribo en el BOE “te quito la paga extraordinaria porque eres un funcionario de mierda”, resulta que el “porque”, una modestísima conjunción, articula dos oraciones (“te quito la paga extraordinaria” y “eres un funcionario de mierda”) al modo en que la rodilla y el codo articulan, respectivamente, las dos partes de que se componen la pierna y el brazo. Las articulaciones son tan importantes para mantener el statu quo que, a la hora de amputar, no es lo mismo que te corten por debajo o por encima de la rodilla, por debajo o por encima del brazo. Si el cirujano logra salvar la articulación, la prótesis que sustituya al miembro perdido resultará más eficaz.
Gracias entonces a ese humilde “porque”, una palabra de dos sílabas que además carece de otro significado que el meramente gramatical, estas dos oraciones pueden andar juntas por la vida. Y cuando nosotros las vemos saliendo de la boca de un ministro o escritas en un papel con membrete, adivinamos enseguida cuál es la principal y cuál es la subordinada porque reflejan una jerarquía copiada del orden de la existencia. En otras palabras, yo sé quién es el funcionario de mierda al que reducen el sueldo y quién el ministro que ordena reducirlo. ¿Sirve o no sirve la conjunción para saber quién manda?
Hay conjunciones que sirven también para subir el IVA, como cuando Rajoy, por ejemplo, dice: “Ese asunto no está ahora mismo encima de la mesa, pero…”. Da igual lo que venga detrás del “pero”…, que es la conjunción, porque el significado es que subirá el IVA. A veces, aunque el “pero" no está explícito, funciona con idéntica eficacia. Si Rajoy afirma que no está en condiciones de asegurar que pedirá el recate, lo que quiere decir es que lo pedirá. El “pero” que vendría a continuación, y que ha escamoteado al público, es, aunque invisible, de tal tamaño que no queda otra. Los huesecillos del tobillo tampoco se ven y nadie duda de su eficacia. Una amiga se hizo un esguince nada más comenzar las vacaciones, o como se llame lo de este año, y está la pobre en un ay. Las conjunciones son muy dadas a los esguinces, sobre todo cuando salen de la boca de Rajoy y Montoro, aunque también de la de Ana Mato o de la de Soria, o de la de Morenés. Por no hablar del ministro de Cultura, que pronuncia todo el rato frases descoyuntadas (o con los huesecillos del talón hechos polvo), a las que su subsecretario, el pobre Lassalle, no hace más que poner férulas a fin de enderezarlas para que las dos partes de la oración, aunque rígidas, se mantengan más o menos en pie.
Hay tantas formas de articulación gramatical como de articulación existencial. La yuxtaposición, que es una de ellas, consiste en unir oraciones sin recurrir a ningún tipo de conjunción. Oraciones sin rótula, podríamos decir, o sin astrágalo, o sin lo que haya en el codo, que no me viene ahora. En lugar del nexo convencional, la yuxtaposición utiliza pausas o comas, como cuando decimos “llegué, vi, vencí”.
Yuxtaponer significa colocar una cosa junto a otra. En un libro de cuentos, por ejemplo, los relatos aparecen uno al lado del otro sin otro vínculo que la página que los separa para dar paso al siguiente. En la mayoría de las oraciones yuxtapuestas, sin embargo, a menos que estén tan descoyuntadas como aparentan, hay un vínculo invisible que indica algún tipo de relación entre ellas. Así, en “llegué, vi, vencí" se establece una sucesión temporal, lo mismo que en “murió mamá, la enterramos, nos entregamos al dolor”. También los buenos libros de relatos están recorridos por un hilo conductor, que, visible o no, somete a cierta unidad la diversidad que los caracteriza.
En la vida, la yuxtaposición suele obedecer también a algún criterio unitario. Los frascos de especias, en el supermercado, aparecen unos al lado de los otros y ordenados por orden alfabético. Especias y alfabeto, tales son sus puntos de articulación. Un Corte Inglés en el que los calcetines aparecieran mezclados con los hígados de pollo sería un Corte Ingles desquiciado. No existe de momento esa clase de Carrefour, pero del mismo modo que hay matrimonios cuyos cónyuges aparecen unidos por coordinación o subordinación, los hay meramente yuxtapuestos en el peor sentido de la palabra. Están juntos, sí, pero como podrían estar juntos un alicate y un rodaballo. No hay vínculo secreto que los articule, para alcanzar ese grado de unidad mínimo que les permita disfrutar, no sé, de ir del brazo al cine.
Viene todo esto a cuento de nuestros ministros. Los miembros de un Gobierno deberían estar unidos fundamentalmente por relaciones de coordinación. Coordinar, según el diccionario, significa, de un lado, disponer las cosas metódicamente y, de otro, concertar medios, esfuerzos, etc. para una acción común. Cuando decimos “Ministerio de Economía y Hacienda”, por ejemplo, estamos simbolizando con esa “y” copulativa los intereses que unen ambos departamentos. Ahora no lo decimos porque los ministerios de Economía y Hacienda aparecen yuxtapuestos. Están colocados el uno al lado del otro, sí, pero con la misma eficacia que en un supermercado loco venderían las máquinas de cortar césped en la misma sección que el menaje de cama. De hecho, Montoro y Guindos son lo más parecido a uno de esos matrimonios ya citados cuyos cónyuges están juntos por una equivocación del reponedor de mercancías.
Economía y Hacienda metaforizan la relación gramatical existente entre el resto de los departamentos. Uno sigue con paciencia infinita las declaraciones de unos y de otros en busca de una sintaxis conocida y no halla más que un conjunto de personas yuxtapuestas sin otra intención que la de hacer bulto y aguantar en el puesto, que debe de ser una bicoca. Imaginamos las reuniones del Consejo de Ministros como una suerte de cajón de sastre donde Industria y Cultura y Fomento e Interior, por citar solo unos pocos departamentos, conviven en una suerte de sálvese quien pueda al modo en que una nevera rota y una mesilla de noche desencolada conviven en un guardamuebles, sin otro criterio que el de ocupar el menor espacio posible. Los ministros del Gobierno ocupan poco espacio, pero ni siquiera esas apreturas a las que les obliga el pánico sirven para coordinar o subordinar, solo para yuxtaponer, aunque no, por desgracia, en el sentido gramatical del término. Una relación imposible.

martes, 24 de julio de 2012

"Los besos de Aznar" por Juan José Millás


¿Cómo funciona el ménage à quatre entre la presidenta y la alcaldesa de la comunidad de Madrid con el expresidente del Gobierno y el ministro de Justicia?

JUAN JOSÉ MILLÁS 23 JUL 2012 - El País/Relaciones imposibles

Ves juntas a Ana Botella y Esperanza Aguirre y te parece que estás viendo a las hermanastras de La Cenicienta. Poseen, por debajo de sus diferencias formales, una curiosa unidad de orden temático, como si fueran dos gemelas disímiles o dos siamesas asimétricas cuyos órganos hubiéramos logrado separar, aunque permanecen unidas por sus obsesiones. Además de por las obsesiones, continúan misteriosamente enchufadas la una a la otra por vínculos de orden más sutil, quizá por sus respectivos fondos de armario, o por su weltanschauung, signifique lo que signifique weltanschauung, o por sus cardados filosóficos. Lo cierto, en cualquier caso, es que cuando se manifiestan a la vez en un acto cualquiera del Ayuntamiento de Madrid, o de su comunidad, adoptan la rigidez, las formas, el lenguaje y la crueldad característica de los personajes de ese cuento popular del que es evidente que acaban de salir.

En última instancia, todos procedemos culturalmente de ahí, del bosque misterioso, de la casita de turrón, de las manzanas envenenadas, de las pócimas milagrosas, de los huerfanitos perdidos en medio de la naturaleza, del sapo-príncipe y de La bella durmiente, venimos de los siete enanitos y del ogro feroz y de las madrastras sin escrúpulos, aunque también de los 40 ladrones de Bankia y Cía., ahora imputados, ya veremos.

Quiere decirse que venimos del pánico. La historia de la humanidad es en cierto modo la del recorrido que va desde esos cuentos breves, que se administraban por vía oral alrededor de la lumbre, hasta la novela de mil páginas que se administra por vía intravenosa en el sillón de orejas. Por el camino, muchos de los personajes de los viejos relatos han devenido en personas auténticas, de carne y hueso, perdiendo, al hibridarse con la realidad, el carácter arquetípico que les era propio.

Poseen, por debajo de sus diferencias formales, una curiosa unidad de orden temático, como si fueran dos gemelas disímiles o dos siamesas asimétricas
Botella y Aguirre, lejos de perderlo, lo han acentuado. Vean, si no, Botella se pasa la vida en un palacio siniestro situado en la plaza de la Cibeles de Madrid y sede de su Ayuntamiento. Aguirre, en un edificio de la Puerta del Sol en cuyos sótanos, en tiempos de Franco, se torturaba a mansalva o en plan industrial, como ustedes prefieran. Había allí una cadena de montaje de la tortura, donde a la víctima, según el tramo en el que se encontrara, le arrancaban la uñas, le aplicaban corrientes eléctricas en los genitales o le metían la cabeza en un cubo de mierda.

Las antiguas dependencias de la Dirección General de Seguridad, en la actualidad cuartel general de Aguirre, eran unos altos hornos del terror, pues funcionaban las 24 horas del día los 365 días del año. Todavía hoy, cuando uno recorre sus dependencias, se escuchan los ayes de las víctimas de la policía franquista y se siente el roce del espíritu de los difuntos, atrapados al parecer entre dos mundos. En ese contexto, tampoco es difícil imaginarse a la presidenta de la Comunidad de Madrid preguntándole a un espejo quién es la más bella del reino, a lo que el espejo, indefectiblemente, contesta:

— Gallardón.

En efecto, el problema de Aguirre con el actual ministro de Justicia es ese, que Gallardón es más guapo que ella y sale mejor en las encuestas. Pero ojo, no nos confundamos, eso no convierte al exalcalde de Madrid en una Blancanieves vulnerable. Siendo también un personaje arquetípico, su temperamento es el de la bruja marrullera, capaz de apoyar al corrupto Dívar o de promocionar la venida a este mundo de seres incapaces de sobrevivir en él, ya que no es partidario ni de la Ley de Dependencia, ni de la sanidad pública ni de la ayuda, en general, a los necesitados. Lo que a Gallardón le gusta es tropezar, al salir de la misa de doce los domingos, con un grupo de mendigos sin piernas o sin brazos a los que echar unas monedas. Parece que sienta mejor el vermut después de una de esas escenas de la España negra, que es la España por antonomasia, signifique lo que signifique antonomasia. Gallardón, además de ser el más guapo y el más perverso del reino, posee un sistema autoinmune a prueba de las manzanas podridas que Aguirre le manda por Navidad.

Ustedes perdonen, pero la historia es complicada: Aguirre adora a Aznar, un príncipe inverso que te besa y te convierte en Mayor Oreja. Aunque no solo, porque cuando besó a Aguirre, la convirtió sin comerlo ni beberlo en ministra de Cultura. En cambio, cuando besó a Ana Botella la convirtió en alcaldesa de Madrid sin necesidad de que se presentara a unas elecciones democráticas y todo eso. Bastó para ello con la intervención de un demiurgo un poco pelota, un trepa, lo que nos trae de vuelta a Gallardón, que en cada cuento se disfraza de lo que le conviene porque estudió en los jesuitas y eso imprime carácter.

Decíamos pues que Aguirre adora a Aznar, el marido de Botella, porque la convirtió en lo que viene siendo, mientras que Botella debe todo lo que es a Gallardón. En tales circunstancias, Botella y Aguirre, que deberían ser amigas íntimas, cuando no auténticas hermanastras (la Cenicienta seríamos los habitantes de Madrid, a los que nos tienen de fregonas), se encuentran separadas por Gallardón, cuya belleza pone freno a las ambiciones de Aguirre. La belleza es un punto, desde luego, pero no olvidemos que Gallardón es, además, el mecenas de Botella y que cuenta por eso con la protección de Azar. No sé si me siguen.

En dos palabras: si fuera cierto que los amigos de mis amigos son amigos míos, que los amigos de mis enemigos son enemigos míos, que los enemigos de mis amigos son mis enemigos, etc., la situación sería la siguiente: Botella es amiga de Gallardón, enemigo a su vez de Aguirre, lo que significa que Aguirre es enemiga de Botella, si bien Botella, de otro lado, es amiga de Aznar, a su vez amiga de Aguirre… Se puede decir de más modos, pero le des las vueltas que le des lo cierto es que el ménage à quatre resulta colosal. Se sale del género del cuento popular para entrar de lleno en los líos característicos de los dioses griegos, de quienes toda esta gente de la que venimos hablando ha tomado sus lados más mezquinos. Significa que Botella y Aguirre están condenadas a entenderse por las mismas razones que están condenadas a desentenderse. Pero ellas lo llevan muy bien porque se entienden y se desentienden desde el coche oficial, que las vuelve locas.



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