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martes, 20 de noviembre de 2012

Ejercicio sobre un texto literario con rasgos de la lengua oral en recursos.educarex.es


Analiza en el siguiente texto literario los siguientes apartados:


  • Situación comunicativa.  
  • Estructura del texto.
  • Aspectos lingüísticos.
  • Interacción entre emisor y receptor


 
TEXTO.

"Berta repetía curso, así que estaban juntas en la misma clase, 4º A. Pero ya eran amigas de antes por cuestiones de vecindad. Compartían gustos musicales y personales, aunque no en cuestión de chicos. Eso, la mayor, lo consideraba fundamental. Cuando se dejaban llevar por algo, juntas resultaban imparables, una la furia y otra la cautela. Los que las conocían aseguraban que nadie estaba seguro con ellas sueltas y que eran capaces de reírse hasta de sus sombras.

Claro que había días y días.

- ¡Eh! -la asaltó Berta en el patio-. ¿Un domingo malo?
- No, ¿por qué?.
- El sábado estabas de coña y hoy ... pareces colgada de una nube.
- Nada, cosas mías -le quitó importancia.
- Oh, usted perdone, señora. Si son cosas suyas ...
- ¡No seas burra! 
- Pues ya me dirás. ¿Algún problema o cotilleo que una menda deba saber.
- ¿Qué quieres que pase por aquí? -fingió indiferencia .
- Pues también es verdad -se resignó Berta.

Estefanía se mordió el labio inferior. Necesitaba reventar, compartir, confía ... Pero no podía"


 
Jordi Sierra i Fabra
Frontera


sábado, 10 de noviembre de 2012

El cuento tradicional



El cuento tradicional es una narración breve, de autor anónimo, que refiere acontecimientos ficticios. Pero, además, por pertenecer a la tradición oral, el cuento tradicional perdura, una vez que se relata un cuento en forma oral o escrita, se produce una versión de él, diferente de otra anterior. En el cuento tradicional hay diferentes versiones, es decir que al trasmitirse oralmente y de boca en boca, se cuentan diferentes versiones. (Wikipedia) seguir leyendo

Cuentos de sabiduria milenaria y tradicion oral

jueves, 5 de abril de 2012

Fallos en una exposición oral: no vocalizar


Las condiciones y necesidades de la comunicación formal ante un público están muy alejadas de las de la típica situación de habla cotidiana, que se produce cara a cara y a corta distancia. El discurso que resulta perfectamente audible y comprensible en un momento de charla mientras tomamos café se convierte en un runrún indiferenciado en cuanto empezamos a hablar en una sala.
El secreto para vocalizar está en la respiración. Esa es la base de todo discurso oral. Tendemos a respirar solamente con la parte superior de los pulmones. Un orador, en cambio, necesita acostumbrarse a hacerlo con el diafragma, a llenar los pulmones de aire desde abajo para irlos vaciando poco a poco mientras habla. El movimiento es comparable al del saco de una gaita que se hincha primero para ir encogiéndose al tiempo que se libera la melodía. Si respiras correctamente, el propio aire te irá marcando el ritmo del discurso mientras espiras.
Para que esto se dé, es necesario en primer lugar que estés relajado. Una de las consecuencias de la ansiedad es el famoso nudo en la garganta que nos impide lo mismo hablar que respirar. No nos engañemos: ponerse delante de una clase, de un grupo de posibles clientes o de un tribunal de oposición le da miedo al más pintado. La ansiedad es consustancial con este tipo de situación. Por eso hay que aprender a controlarla. Para ello son decisivos los momentos iniciales de la presentación. Lo primero es tomar conciencia de la ansiedad. En el momento en que percibamos la tensión de nuestros músculos y lo trabajoso de nuestra respiración, sentiremos que, como por arte de magia, se empieza a liberar el agarrotamiento. Entonces hay que aprovechar para llenar bien los pulmones. De esta forma podemos entrar en un círculo virtuoso porque la respiración profunda no solo ayuda a vocalizar, sino que combate la ansiedad.
Para lograr una respiración adecuada es fundamental tener un apoyo sólido. Si estás de pie, planta bien los pies en el suelo repartiendo el peso por igual sobre los dos. Deja los equilibrios a la pata coja para los flamencos. Controla esa necesidad compulsiva de echar a correr. Una vez que estás aquí, no hay escapatoria, y los saltitos y las carreritas solo sirven para empeorar tu situación. Una vez que los pies están bien apoyados en el suelo, deja que el peso del tronco repose sobre la pelvis. Ahora estás en condiciones de respirar y de hablar. Hazlo. Fíjate en cómo las sílabas se van formando al tiempo que vacías los pulmones. Haz coincidir las pausas de tu discurso con las pausas para rellenar tu reserva de aire. Cuando esto empiece a estar controlado, métete de lleno en lo que tienes que decir. Al cabo de unos minutos se habrá desvanecido la tensión y te encontrarás con que las sílabas y las ideas van fluyendo como por sí solas.
Lo anterior es la base fisiológica de una buena vocalización. Además tienes que huir de algunas de las costumbres (no tienen por qué ser vicios) del habla coloquial. Esmérate en pronunciar cada sonido individual, evitando comerte trozos de las palabras. Es posible que cuando estás hablando con tus amigos digas algo así como Ma llamao pa quedá, pero eso, delante de un público, se convierte en Me ha llamado para quedar.
Todo lo anterior se resume así: respira con ganas, deja que el aire te marque el ritmo y no les arranques los cachos a las palabras.

lunes, 8 de noviembre de 2010

¿Qué es primero: lo oral o lo escrito?

Alberto Bustos - 4 de noviembre de 2010

Un alumno neozelandés, que estaba empezando a aprender español, un día me saludó con un alegre ¡Jola!, ¿kué tal? Al principio esto me dejó desconcertado. Después caí en la cuenta de que quería decir: Hola, ¿qué tal? Cuando le corregí, me hizo un comentario que es el que, años después, da pie a esta entrada: Pero se escribe así…




Está claro que los seres humanos sabían hablar desde mucho antes de que se empezaran a desarrollar, siquiera de forma rudimentaria, los primeros sistemas de escritura. En la historia de la humanidad primero fue lo oral y después vino lo escrito. Ese proceso por el que pasó la especie en su conjunto se ha ido repitiendo a escala más reducida para cada una de las comunidades lingüísticas del mundo, que han ido aprendiendo las unas de las otras a fijar su habla por escrito. Todas ellas sabían hablar previamente y sabían muy bien lo que decían. Es más, a día de hoy muchas lenguas del mundo siguen sin escribirse, lo que no les impide cubrir a la perfección las necesidades expresivas y comunicativas de las gentes que se sirven de ellas. No hay, en cambio, ninguna lengua que se escriba pero no se hable (y nunca se haya hablado). Por tanto, aquí también viene primero lo oral y solo después llega lo escrito (si es que llega). Este es, por otra parte, el mismo recorrido que realiza cada persona en su vida. Todos hemos aprendido primero a hablar y solo después algunos hemos aprendido a escribir. La población mundial era mayoritariamente analfabeta hasta hace unas cuantas décadas y todavía hoy la UNESCO calcula que 800 millones de personas no saben leer ni escribir. Y una vez más, salvo discapacidad, no hay nadie que sepa escribir y no sepa hablar.



Por otra parte, si nos fijamos en lo que hace el común de los mortales, veremos que pasamos mucho más tiempo hablando que escribiendo, incluso en esta época nuestra en que tecleamos como locos en ordenadores y teléfonos móviles.



Todo esto nos debería hacer sospechar que para el ser humano la lengua oral es más importante y más básica que la escrita. Y, sin embargo, ¿por qué le damos tanto valor a unos cuantos trazos grabados en un papel, una piedra o una pantalla?



La escritura es un invento poderoso. Los primeros pueblos que la conocieron adquirieron una ventaja sobre los demás que difícilmente nos podemos imaginar y que probablemente igualaba o superaba en términos proporcionales a nuestras actuales brechas tecnológicas o digitales. La escritura multiplicó las dimensiones y la complejidad de los Estados al permitir fijar las leyes de manera inalterable y enviar instrucciones precisas a los rincones más apartados de un imperio. Permitía también dejar constancia indiscutible de la propiedad. Gracias a ella el comercio pudo alcanzar unas proporciones que nadie hubiera podido soñar. Los escritos ayudaron a viajar en el tiempo y en el espacio a esos virus llamados ideas, que ahora podían transmitirse de unas personas a otras sin necesidad de que hubiera contacto directo. Y no debemos olvidar que la escritura brindaba a la divinidad nuevas formas de manifestarse. No en vano las tres religiones más exitosas del mundo —el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam— reposan sobre la autoridad de las Sagradas Escrituras. La habilidad de leer era rara y preciada porque quien la poseía se convertía en vínculo con el poder, la riqueza, la sabiduría y lo sobrenatural. Quien además sabía escribir podía aspirar a convertirse en fuente de todo esto.



No es de extrañar, por tanto, que la palabra escrita adquiriera un prestigio incomparable que llevó a invertir los términos de la relación entre lo oral y lo escrito. Si en el inicio la escritura intentaba registrar lo hablado lo mejor que podía, llegó un momento en que fue la lengua oral la que empezó a sentirse acomplejada al lado de la perfección de la lengua escrita y a sentirse en la necesidad de imitarla. La que había sido la maestra acabó reducida así a la condición de alumna rezagada. La veneración por lo escrito no se ha perdido a pesar de los saludables progresos de la alfabetización. Antes al contrario, en nuestro paso por las aulas nos han explicado que adquirir una cultura equivale, por encima de todo, a aprender a leer y escribir textos cada vez más complejos.



La lingüística ha puesto también su granito de arena. Todo haría esperar que esta se volcara en lo oral. Pero no podemos olvidar que los estudios gramaticales (re)surgen en la Edad Media europea para dar respuesta a una necesidad muy concreta; la cultura estaba escrita en una lengua que ya no entendíamos: el latín. La gramática era un auxiliar que nos enseñaba a descifrar textos oscuros. Todavía hoy nuestras gramáticas están concebidas más para ayudar a entender que para ayudar a producir, y sirven bastante bien para dar cuenta de la lengua escrita estándar, pero naufragan en cuanto intentamos aplicarlas a la conversación cotidiana. Cuando vemos que las reglas gramaticales no encajan con nuestra forma de hablar, no llegamos a la conclusión de que la gramática está mal hecha (o de que no está hecha para eso), sino que decidimos que hablamos mal y asunto solucionado.



Por eso tienen también más prestigio las variedades de una lengua cuya pronunciación está más cercana a la ortografía. De ahí, por ejemplo, que se suela emplear como arma arrojadiza contra seseantes y ceceantes el que su pronunciación no respete la escritura.



Y así volvemos a donde empezamos. Quienes dicen eso sólo tendrían razón si la tuviera aquel alumno que saludaba a sus profesores con un Jola, ¿kué tal? Pero aquel simpático principiante probablemente se desenvuelve hoy con soltura en español y ya ha entendido que una cosa es cómo se habla y otra cómo se escribe y que históricamente el habla no es imitación de la escritura sino más bien al revés.

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