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jueves, 23 de abril de 2015

Juan Goytisolo: “Digamos bien alto que podemos” por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

Goytisolo, entre los reyes Felipe y Letizia. / EL PAÍS-LIVE! / ULY MARTÍN
“A la llana y sin rodeos”. Con esta frase cervantina quiso titular Juan Goytisolo uno de los discursos más breves en la historia del Premio Cervantes y, sin duda, uno de los más políticos. En apenas 10 minutos, el escritor, de 84 años, reivindicó sobre todo dos cosas: la justicia social y la cara menos glamurosa del inventor del ingenioso hidalgo. “Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella”, subrayó antes de lanzar un guiño al partido que ha revolucionado en apenas unos meses el panorama político español: “Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia”.
En una jornada tan justiciera, Goytisolo dijo sentirse “como Bárcenas cuando llega al juzgado” al entrar en el Colegio de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá. Tal era la expectación. El novelista barcelonés cumplió con lo anunciado: prescindió del chaqué protocolario, se puso la americana de las ocasiones y una corbata de hace 35 años.
En su novela Casetas de baño, la novelista francesa Monique Lange, esposa de Goytisolo, fallecida en 1996, cuenta que entre las intenciones de su marido estaba “conducir la lengua española por el desierto” y “llevar a La Meca a Isabel la Católica”. Él suele evocar el particular sentido de humor de Lange para explicar esas frases, pero lo cierto es que el autor de En los reinos de taifa llevó a Felipe VI hasta el valla de Melilla. Al menos simbólicamente.
Pasaban 11 minutos del mediodía cuando Juan Goytisolo, con la corbata ya descolocada, el primer botón de la camisa desabrochado y la medalla del Cervantes al cuello, subió lentamente al púlpito del paraninfo, abrió una carpeta roja, se ajustó mecánicamente los pantalones y se lanzó a leer las 1300 palabras de su discurso —unos cuatro folios al cambio de las antiguas pesetas—. Antes improvisó una doble dedicatoria: a su “maestro” Francisco Márquez Villanueva —estudioso de los heterodoxos españoles fallecido hace dos años— y a los habitantes de la medina de Marraquech, que han acogido, dijo, su “incómoda” vejez.

"¿No sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de la vida de Cervantes?"
Sin rodeos, pero rodeado de autoridades (civiles y militares), un puñado de amigos y dos sobrinos —Gonzalo y Julia, la famosa Julia de las palabras de su hermano José Agustín—, el autor deContracorrientes subrayó que hoy “las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo”. Ante el “sombrío" panorama de una crisis triple —económica, política y social— resulta difícil, insistió, resignarse a “la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes”.
Por eso quiso imaginar a don Quijote deshaciendo nuevamente “tuertos” y socorriendo a los “miserables”, es decir, “acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la moderna Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad”.
Juan Goytisolo había anunciado que trataría de decir muchas cosas en poco tiempo y cumplió. En sus cuatro apretados folios encontró acomodo a los grandes nombres de su canon particular: Clarín, Francisco Delicado, Luis de Góngora o Manuel Azaña. Sin olvidar a Luis Cernuda, al que citó para hablar de los “vientres sentados” de esa burocracia oficial, empecinada en remover los huesos de Cervantes.
En 2001 Goytisolo publicó una recopilación de ensayos usando como título la definición de intelectual acuñada por el recién fallecido Günter Grass —Pájaro que ensucia su propio nido— y tuvo tiempo también de incluir en su discurso una ración de autocrítica. Tras dividir a los escritores entre literatos que “conciben su tarea como una carrera” e “incurables aprendices de escribidor”, que la viven como una “adicción”, reconoció que él fue antes lo primero que lo segundo. “Incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito”, dijo sobre los comienzos de su trayectoria —que arrancó como novelista en 1954 con Juegos de manos— y antes de distinguir, citando a Azaña, la “actualidad efímera” de la modernidad atemporal. “La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita”, afirmó. “La verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza”. El resto es eso que, por la tremenda, recordó Goytisolo, García Márquez llamó “exquisita mierda de la gloria”.
En un discurso más intenso que extenso, el novelista ponderó la mirada del exilio español frente a “los centinelas del canon nacional-católico” y se reconoció de “nacionalidad cervantina”. Cervantear, apuntó, es dudar y dudar nos ayuda a eludir “el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas”.
“La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera”, dijo Juan Goytisolo en otro tramo de su intervención. Los que conocen la obra del autor de Belleza sin ley podían esperarse la contundencia de un discurso que esta vez no brotó del subsuelo sino de un púlpito flanqueado por dos maceros de gala. Allí, en lo alto y bien alto, sin rodeos y a la llana, el último premiado con el galardón más importante de la lengua española dijo, aunque fuera con pe minúscula, que “podemos”.
Enseguida llegaron los aplausos, el discurso del ministro de Cultura, el de Rey y el Gaudeamus igitur de la coral. Tres cuartos de hora después de abrirse “la sesión”, se levantaba. Quedaban el aperitivo, las fotos, los corrillos y la apertura de la exposición Compromiso y disidencia en honor del premiado. También, de retirada, la tuna universitaria, esa “gallarda y donosa estudiantina” a la que Goytisolo, el destino tiene estas cosas, dedica uno de los capítulos más locos de su novela Paisajes después de la batalla. En esas páginas, el protagonista, que se parece sospechosamente al autor, se esfuerza en contener el vómito cada vez que escucha cantar Clavelitos. El capítulo se titula ‘Defectos, sicosis, puntos flacos’. También los inmortales los tienen. En Alcalá, por ese lado, la cosa no pasó a mayores.

Discurso de Juan Goytisolo Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014

A la llana y sin rodeos

En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.
A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.
“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.
Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacional- católico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!
Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?
Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.
Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.
Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.
Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Juan Goytisolo gana el Premio Cervantes por F. RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

El galardón está dotado con 125.000 euros y es considerado el premio literario más importante de la lengua española


El escritor Juan Goytisolo. / BERNARDO PÉREZ
El escritor Juan Goytisolo Gay (Barcelona, 1931) ha sido distinguido con el Premio Miguel de Cervantes de las Letras. Instituido en 1976 por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte, está dotado con 125.000 euros y es considerado el galardón literario más importante de la lengua española. La entrega del premio siempre se hace el 23 de abril, del año siguiente, en homenaje a la fecha de la muerte del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. El acto se celebra en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
El ministro José Ignacio Wert dijo que Goytisolo fue elegido tras siete sucesivas votaciones. Según el jurado ha sido elegido "por su capacidad indagatoria en el lenguaje y propuestas estilísticas complejas, desarrolladas en diversos géneros literarios; por su voluntad de integrar a las dos orillas, a la tradición heterodoxa española y por su apuesta permanente por el diálogo intercultural”.
José Manuel Caballero Bonald, (Cervantes 2012 y presidente del jurado) dijo: “Es un premio oportuno y en todos los sentidos, bien dado. Goytisolo representa una de las cumbres de la literatura española sobre todo desde la posguerra. Ha evolucionado desde un realismo social a la indagación en el lenguaje”. Elena Poniatowska (Cervantes 2013 y miembro del jurado) aseguró: "Es una fiesta que lo obtenga él. Los mexicanos le conocemos desde que era muy joven y venia a visitarnos. Era muy amigo de Carlos Fuentes, es un escritor que une dos orillas, Es hombre en el que se puede confiar por su autenticidad, diría que es tan auténtico como la duquesa de Alba”.
Aunque ha seguido escribiendo y publicando artículos, ensayos y hasta poesía –su último libro es el poemario Ardores, cenizas, desmemoria (2012)- Juan Goytisolo se jubiló como novelista, dice él mismo, con la aparición hace seis años de El exiliado de aquí y allá. Su carrera como narrador arrancó a los 23 años, en 1954, con Juegos de manos una novela que lo situó entre los más destacados autores del realismo crítico de la posguerra. Instalado en París desde 1956 y después de publicar otras novelas y libros varios libros de viaje (a Cuba, a Almería), Goytisolo rompió con su exitosa etapa anterior y se lanzó a una experimentación narrativa que arranca en 1966 conSeñas de identidad, una ácida y dislocada visión de la España franquista a través de la mirada de Álvaro Mendiola, alter ego del propio novelista y protagonista de una trilogía completada con Don Julián y Juan sin tierra.
Desde los años ochenta del siglo pasado alterna las estancias entre París y Marraquech, la ciudad en la que se instaló definitivamente en 1997 y a la que dedicó la novela Makbara (1980). Le seguirían títulos como Paisajes después de la batalla, Las virtudes del Pájaro solitario, La saga de los Marx, El sitio de los sitios o Telón de boca, escritas todas desde una abierta experimentación que mezcla voces y tiempos en un collage en el que unos versos del Arcipreste de Hita pueden convivir con un anuncio de televisión y una visión mística con la descripción sin tapujos de una escena sexual para hablar de la inmigración, la evolución de la izquierda tras la caída del Muro de Berlín, la guerra de los Balcanes o el carácter poliédrico del mundo árabe.
Partidario de una lectura de la tradición española ajena al discurso puritano y nacionalcatólico, Goytisolo ha dedicado varios ensayos a figuras como Francisco Delicado, Blanco White, Manuel Azaña o Américo Castro.
En 1985 y 1986 Goytisolo publicó los dos volúmenes de sus memorias:Coto vedado y En los reinos de taifa, una descarnada revisión de su infancia y de su compromiso antifranquista a la vez que un minucioso relato sobre la conflictiva asunción de su homosexualidad, paralela a su cambio de registro literario. Todo un hito en el memorialismo español, esos títulos funcionan además como teoría narrativa y biográfica de un heterodoxo que dice serlo a pesar suyo.
Desde su creación, el premio cumple una norma no escrita de alternancia de los galardonados entre España y América Latina. Entre quienes lo han obtenido figuran nombres como Jorge Luis Borges, María Zambrano, Mario Vargas Llosa, Dámaso Alonso, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Miguel Delibes, Alejo Carpentier, Ana María Matute, Camilo José Cela, Luis Rosales, Rafael Alberti y Rafael Sánchez Ferlosio.
El jurado del Cervantes 2014 estuvo formado por los ganadores de las dos última ediciones, Poniatwoska (2013) y Caballero Bonald (2012); por Soledad Puértolas, Inmaculada Lergo, Fernando Galván, Carmen de Benavides, Julio Martínez Mesanza, y Mercedes Monmany, entre otros.

Todos los premios cervantes

1976. Jorge Guillén (español).
1977. Alejo Carpentier (cubano).
1978. Dámaso Alonso (español).
1979. Gerardo Diego (español) y Jorge Luis Borges (argentino).
1980. Juan Carlos Onetti (uruguayo).
1981. Octavio Paz (mexicano).
1982. Luis Rosales (español).
1983. Rafael Alberti (español).
1984. Ernesto Sábato (argentino).
1985. Gonzalo Torrente Ballester (español).
1986. Antonio Buero Vallejo (español).
1987. Carlos Fuentes (mexicano).
1988. Maria Zambrano (española).
1989. Augusto Roa Bastos (paraguayo).
1990. Adolfo Bioy Casares (argentino).
1991. Francisco Ayala García-Duarte (español).
1992. Dulce María Loynaz del Castillo (cubana).
1993. Miguel Delibes Setién (español).
1994. Mario Vargas Llosa (hispano peruano).
1995. Camilo José Cela Trulock (español).
1996. José García Nieto (español).
1997. Guillermo Cabrera Infante (cubano).
1998. José Hierro del Real (español).
1999. Jorge Edwards (chileno).
2000. Francisco Umbral (español).
2001. Alvaro Mutis (colombiano).
2002. José Jiménez Lozano (español).
2003. Gonzalo Rojas (chileno).
2004. Rafael Sánchez Ferlosio (español).
2005. Sergio Pitol (mexicano).
2006. Antonio Gamoneda (español).
2007. Juan Gelman (argentino).
2008. Juan Marsé (español).
2009. José Emilio Pacheco (México).
2010. Ana María Matute (española).
2011. Nicanor Parra (chileno).
2012. José Manuel Caballero Bonald (española).
2013. Elena Poniatowska (México).

sábado, 6 de abril de 2013

"Elogio literario del siglo XV" por Juan Goytisolo


La cultura de la época es un insólito precedente de lo que hoy entendemos por modernidad atemporal


Para alguien aquejado de libropesía (el término es de Quevedo) como quien firma estas líneas, la literatura castellana del siglo XV es un rico venero de sorpresas y causa frecuente de admiración: semillero o almáciga de géneros que se desenvolverán más tarde y precedentes insólitos de lo que hoy entendemos por modernidad atemporal. Si, como concuerdan los más conspicuos representantes de la enseñanza universitaria, El laberinto de la fortuna de Juan de Mena preludia el culteranismo de Las soledades de su paisano Góngora, los sonetos al itálico modo del Marqués de Santillana anticipan el verso renacentista que cuajó felizmente en Boscán y sobre todo en los endecasílabos, elegías y églogas de Garcilaso. La corriente culta del amor cortés hallaría su cauce adecuado en la métrica toscana como ha dejado muy bien sentado Francisco Rico. Por dicha razón cabe hablar de poesía prerrenacentista y preculterana. Lo que nos vino de Italia encontró por así decirlo un terreno abonado.
Junto a la expresión del amor cortés, con su exaltación idealizada de la mujer, discurre otra de una misoginia impulsiva muy común en la clase eclesiástica de la época (y en la de nuestros días). El Arcipreste de Talavera o Corbacho, compuesto en 1438 e impreso 60 años más tarde, es el mejor ejemplo de esta última. Su estructura didáctica, en la que el autor se dirige al lector para aleccionarle sobre “los vicios y tachas de las malas y perversas mujeres”, a las que achaca todos los males y pecados del mundo desde que Eva comió la maldita manzana, incluye reiterados incisos en los que a modo de ejemplo de su didascalia concede la palabra a sus enemigas juradas. Los soliloquios femeniles incrustados en el farragoso lastre de sus prédicas nos deslumbran aún hoy por su inventiva y viveza. Como voces grabadas por un magnetófono de cara a un invisible auditorio, alternan lamentos y burlas con invectivas y sátiras. El habla coloquial de Martínez de Toledo no tiene desperdicio: es un verdadero regalo al oído e invita a una lectura en voz alta. Como advirtió Dámaso Alonso (no en vano tradujo al español el Retrato del artista adolescente), la prosa del Arcipreste constituye un singular precedente del monólogo interior joyciano: la voz narrada se dirige a un lector o auditor que no nos es descrito nunca. Este sabroso flujo verbal nos recuerda al de las heroínas habaneras deTres tristes tigres de Cabrera Infante y muchos pasajes de Larva, la ambiciosa novela de Julián Ríos. Escuchamos las voces y su encuadre —contexto— se nos revela al hilo de su discurso.
Los monólogos de 'Arcipreste de Talavera' reflejan la convulsa realidad social de la España de entonces
El Corbacho, bajo su envoltorio de tenaz sermoneo, esconde un inapreciable tesoro léxico. La riqueza del castellano del siglo XV, reflejo de la complejidad social de la época, no se sujetaba a norma alguna y el rastreo de vocablos luego arrinconados y caídos en desuso no debería ser predio exclusivo de eruditos sino un ejercicio aconsejable a los profanos enamorados de la lengua de Cervantes. Si en el capítulo IX de la Primera Parte del Quijote este nos dice ser “un aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles”, yo lo soy de las palabras que suenan íntimas pero extrañas a nuestro oído aunque antaño fueran nuestras (lo mismo me ocurre con las de las comunidades indígenas de Iberoamérica, como las que figuran en algunas de las grandes novelas de la centuria que dejamos atrás).
Si nos ceñimos al siglo ya nombrado, a los latinismos de su vertiente culta, parodiados con gracia por algunos copleros y versificadores de la prole de Juan Ruiz, habría que añadir los guay! tan en boga entre los jóvenes de hoy y característicos antes de la comunidad hispanohebrea, así como una ristra de términos árabes transliterados o adaptados a partir de él, términos todavía vigentes en el Magreb: “inflación” (por vanidad), “alatares” (especieros), “alguaquida” (pajilla con la que se prendía fuego y ahora cerilla, vocablo que curiosamente reaparece en Valle-Inclán), y un largo etcétera.
Igualmente es de lamentar la extinción de palabras de origen latino tan expresivas como “amblar”, por mover sensualmente las caderas (y ¿por qué no acuñar su sustantivación de “ambleo”?) o de “coamante” en vez del insufrible compañero o compañera sentimental que suena a tango de Gardel. (Resulta en verdad chocante leer casi a diario en nuestras sociedades machistas “asesinada, apuñalada, arrojada desde un cuarto piso por su compañero sentimental”. ¡Vaya sentimientos!). Coamante es un epiceno que se aplica por igual a la pareja masculina, femenina o del mismo sexo, sin connotación peyorativa alguna. Al otro lado del Atlántico, los hispanohablantes aciertan en la elección de vocablos mejor que en nuestra península: friolento en vez de friolero, arrecho por empalmado, el bello durazno en vez del horrendo melocotón…
Los monólogos de Arcipreste de Talavera, como una buena parte de la literatura popular de la época, reflejan la convulsa realidad social de la España que fue pero que oficialmente no ha sido: la de una conflictiva pero fecunda mezcla de creencias y lenguas de la que brotarían más tarde con fuego las voces de Celestina y las rameras de la tragicomedia de Fernando de Rojas y la de la Lozana andaluza esa otra joya celosamente encerrada en su estuche durante cinco siglos por los guardianes de la fe y las buenas costumbres.
Juan Goytisolo es escritor.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Juan Goytisolo recibe el Premio Formentor con Carlos Fuentes en el recuerdo



El escritor catalán recoge el galardón en reconocimiento a su trayectoria literaria, emocionado por la ausencia de su compañero y amigo

Rosa Mora . El País
Juan Goytisolo en los jardines del Hotel Formentor, Mallorca. / MANU MIELNIEZUK

Emocionado por tres motivos. Porque en 1959 participó con el grupo, encabezado por Carlos Barral y Camilo José Cela que inició las conversaciones literarias de Formentor y los premios de Literatura Internacional y Formentor. Porque el presidente del jurado que este año le ha concedido el premio a él fue Carlos Fuentes, fallecido el pasado 15 de mayo. Y porque le han acompañado en la entrega del premio algunos de sus grandes amigos, Florence Malraux, Jean Daniel, Joan Tarrida, su editor, o Aline Schulman, su traductora al francés.
“No soy un busca premios. Si me los dan bien y si no también. Pero el Formentor me parece especialmente simpático por lo que significó en el pasado, por todos los escritores y editores que participaron, a muchos de los cuales llevó Monique Lange. Me parece muy bien que lo hayan resucitado”.
Hace dos o tres años Carlos Fuentes y Basilio Baltasar, apoyados por las familias Barceló (propietaria del hotel Formentor, donde se celebran los encuentros literarios y premios) y Buadas, decidieron recuperarlo en 2011, cuando se cumplían 50 años después de su primera edición. Entonces lo ganó Carlos Fuentes. Está dotado con 50.000 euros y ahora se le otorga a Juan Goytisolo en reconocimiento a su extensa obra literaria. En la ceremonia de entrega el periodista y académico Juan Luis Cebrián, presidente de PRISA, hará una semblanza del escritor.
Goytisolo se entristece al hablar de Carlos Fuentes. “Me enteré de su muerte cuando estaba en la Feria del Libro de Caracas, fue una sorpresa terrible. Me afectó mucho, jamás pude pensar que una persona de tal vitalidad y energía pudiera desaparecer antes que yo. Nos transmitía a todos esa energía increíble. Yo hago viajes muy modestos al otro lado del Atlántico, pero él era un viajero infatigable. El último mes de su vida estuvo en Estados Unidos, en Brasil, en Chile y en Argentina para regresar a México. Me ha emocionado ver aquí a Silvia Lemus \[la viuda de Fuentes\]. Está haciendo grandes esfuerzos por mostrarse valerosa”.
“En aquellos años sesenta”, recuerda Goytisolo, “Formentor significó una brisa fresca que entraba en aquel aire estancado, irrespirable. Fue un islote de libertad. Yo ya vivía en París, pero para los escritores que estaban en España fue importantísimo encontrarse con colegas europeos, respirar aires renovadores. Tan importante fue que pronto los servicios de seguridad se interesaron por aquellas reuniones. Me contaron que se infiltraron policías y que dieron órdenes a las mujeres de la limpieza de que recogieran todos los papeles que dejábamos Einaudi, Feltrinelli o yo. ¡Debíamos ser comunistas peligrosos los tres!”.
Ganaron entre otros el Premio Internacional de Literatura de Formentor Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Carlo Emilio Gadda, Juan García Hortelano, Jorge Semprún, Nathalie Sarraute, Saul Bellow, Witold Gombrowwicz. “Tengo recuerdos formidables de aquellos tiempos”.
El editor italiano Giorgio Einaudi publicó en 1962 Cante della nuova resistenza spagnola (1939-1961) y el Gobierno español le declaró persona non grata y le prohibió la entrada en España. El Formentor inició entonces un peregrinaje por diversas ciudades: Corfú (Grecia), Salzburgo (Austria), Valescure (Francia) o Gammhart (Túnez). “Al final, murió de muerte natural. Me parece estupendo que lo hayan recuperado, que sea independiente, no institucional y riguroso. En la próxima edición seré presidente del jurado y estaré muy atento a que se presentes candidaturas de gran calidad literaria”.
Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) bromea siempre sobre el día en que nació, un 5 de enero. “Todos me decían que me habían traído los Reyes Magos y creí hasta los 18 años que había nacido el 6 de enero, el Día de Reyes”. El autor de libros como Señas de identidad, Don Julián, Juan sin TierraCoto vedado o En los reinos de Taifa, asegura rotundamente que ha dejado la narrativa para siempre. “Es definitivo. No tengo nada que decir y es mejor que me calle. No escribo para ganar dinero ni al dictado de los editores”.
Narrativa no, pero poesía sí. Goytisolo nos sorprenderá en breve con su primer libro de poemas. “Son nueve, ni uno más ni uno menos. Cuando dejé la narrativa pasaron por mi cabeza como bandas de cigüeñas que me dejaron esos poemas”. “De todas maneras”, añade, “en mis novelas hay prosa pero también algo de poesía como en Juan sin Tierra y hay también ese doble poemario en Las semanas en el jardín, aunque forma parte de la narración”.
Goytisolo cuenta que ahora está trabajando en ensayos literarios y en artículos periodísticos, “y a veces, entre unos y otros, se me cuela algo diferente, como un sainete ibérico”.
La lectura sigue siendo para él una fuente inagotable de satisfacción: “Como dice Jonathan Swift, autor al que admiro mucho, soy un incurable de la lectura. Este verano me he dedicado a releer a los rusos, Gogol, Bulgakov… y preparo un ensayo sobre ellos. El verano pasado me dediqué exclusivamente a leer a Diderot y Flaubert. En invierno, intento leer a los jóvenes autores y a estar al tanto de lo que sucede”.
Goytisolo lamenta que EL PAÍS haya dejado de distribuirse en Marruecos. “Llegaba con dos días de retraso y claro la gente ya había leído por Internet lo que le interesaba. Yo estoy en estado de desamparo respecto a estas tecnologías. Me dicen que es muy fácil, pero no me interesa eso de apretar un botón y tener toda la información. De todas maneras tengo una suscripción de EL PAÍS y leo Le Monde yThe Herald International Tribune, así que estoy bastante informado”.
Una actualidad que alimentan sus artículos periodísticos. “Son reflexiones sobre los acontecimientos que suceden, a veces de forma satírica, a veces de manera más seria. Aunque creo que lo que estamos viviendo se presta al humor. Hemos vivido un sueño de ricos, de nuevos ricos y nos hemos despertado volviendo a ser pobres”. “¿Que qué opino de los políticos?”, El 9% de los españoles hacen confianza a los políticos. Yo no. Por una vez estoy con la mayoría”.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Celebración de Ana María Matute

Ana María Matute
Ana María Matute, en una fotografía tomada en 2006.- ÁLBUM
Como amiga y como escritora. Así recuerda Juan Goytisolo a Ana María Matute en este texto, base del discurso que el escritor tenía previsto pronunciar en un acto de homenaje en el Cervantes de Casablanca al que la novelista no pudo asistir



JUAN GOYTISOLO -EL PAÍS  -  Cultura - 23-11-2011
En 1948, año en el que concluí el bachillerato en el colegio de los Hermanos de Lasalle en el barrio de la Bonanova, me inscribí en la Facultad de Derecho de Barcelona con el propósito de hacer posteriormente oposiciones para la carrera diplomática y poder vivir fuera de España. La idea era absurda y en las antípodas de mi modo de ser, pero el deseo de alejarme de un país en el que, perdida la fe religiosa y ajeno a los valores que encarnaba el régimen me sentía un extraño, barrió todas mis dudas. Lo que me interesaba en verdad era la literatura, y con un par de compañeros de Derecho aficionados también a ella espulgábamos las librerías de viejo de la calle Aribau y la trastienda de la Casa del Libro, en donde era posible hallar obras prohibidas por la censura que devorábamos con ansiedad. Fue así como surgió la idea de relacionarnos con escritores ya conocidos y de invitar a nuestra tertulia a Ana María Matute, a quien conocía de vista por ser usuaria como yo del entonces llamado tren de Sarrià.
Ana María era por aquellas fechas una joven muy bella, acababa de publicar una novela, Los Abel, en ediciones Destino y había escrito otras que al parecer planteaban problemas de censura. Dos de sus hermanos habían estudiado conmigo en los jesuitas 10 años antes y "los recuerdo muy bien, vestidos de monaguillo, con una capa de seda roja y brillante, ribeteada de armiño blanco", escribí en Coto vedado en las ceremonias patriótico religiosas que concluían con el canto del Cara al sol brazo en alto. Yo subía al metro que recorría al aire libre la Vía Augusta de Sarrià a la calle Ganduxer en la estación de Tres Torres y Ana María en la siguiente, es decir, Bonanova. Un día me armé de valor y me acerqué tímidamente a saludarla. Le dije que había leído su novela, que también yo escribía y aspiraba a ser diplomático. Ella me escuchaba con atención y, pese a su estatus de escritora publicada, me trataba de igual a igual, con esa llaneza y modestia que la distinguen de muchos otros colegas, un rasgo de carácter que ha conservado siempre y atrae inmediatamente la simpatía de cuantos la rodean.

En las conversaciones de mis amigos universitarios con el novelista Mario Lacruz y el periodista Luis Carandell habíamos evocado el tema de crear una tertulia literaria semanal en el altillo del café Turia, en la céntrica Rambla de Cataluña -proyecto que cuajó a comienzos de 1951-, a la que fueron invitados y asistieron autores tan distintos como Salvador Espriu, Guillermo Díaz Plaja, Carlos Barral y Alberto Oliart. Allí se creó un concurso de cuentos al que nos presentamos, entre otros, Ana María y yo. Lo ganó Ana María por voto a mano alzada, con un relato cuyo título no recuerdo, pero sí la frase que remataba la historia de su protagonista: "¡Por Cristo, qué bien lo pasó!".

Desde entonces, mi amistad con ella se afianzó. Leí su magnífico libro de relatos Fiesta al noroeste, Luciérnagas y su obra primeriza Pequeño teatro, por la que obtuvo tardíamente el Planeta en 1955. Pero la novela de Ana María que más me impresionó se titulaba Julio y Termidor. La leí impresa a máquina pues, ambientada en la Guerra Civil, su enfoque, ajeno a toda propaganda partidista, y el retrato del pueblo llano, víctima de la violencia de los alzados en armas contra la República, tropezaron con el celo de los cirujanos de ideas, que se apresuraron a declararla no apta para el público, condenado en aquellos tiempos a una forzada minoría de edad. Ignoro si en los años siguientes fue autorizada con recortes y diferente título: los regateos entre editores y los gestores de la moral fueron moneda corriente hasta la muerte de Franco. Así, antes de que leyera a Max Aub, Ramón J. Sender, Arturo Barea y Francisco Ayala, Ana María me procuró la primera visión novelesca de lo acontecido en la Guerra Civil no contaminada por el credo nacional católico de los vencedores.

Desde que me fui de Barcelona para afincarme en París nuestros encuentros se espaciaron. Recuerdo el último, acompañada ella de su exmarido, en un café de la Vía Augusta próximo a la estación de metro de San Gervasio (empleo aposta los nombres castellanos de la época: los catalanes estaban prohibidos). Al hacerme cargo de facto de la literatura peninsular en Gallimard, escogí entre otros autores de mi generación las obras de Ana María. La acogida de la crítica literaria parisiense al libro Fiesta al noroeste y luego a Los hijos muertos fue muy cálida: el gran traductor Maurice-Edgard Coindreau calificó a su autora de "la Carson McCullers de la joven novela española". Así Ana María, como Joan Sales y Mercè Rodoreda, se abrieron paso en el mundo cultural francés pese a la cuarentena impuesta por el franquismo a la obra de los desafectos.

Hablo de hace casi 50 años, de medio siglo de distancia física, pero no afectiva ni literaria, entre Ana María y yo, y cuyo reencuentro deseábamos festejar el 15 de octubre con motivo de la inauguración de la biblioteca que lleva su nombre en el Cervantes de Casablanca. Un desdichado accidente la víspera de su viaje frustró el acto preparado con cariño por la directora, Lola López Enamorado. La desilusión de todos los amigos de Ana María Matute fue muy honda. Pero las palabras que deseaba improvisar entonces las pongo por escrito, con la esperanza de verla pronto restablecida en este Cervantes asociado para siempre a su persona y su alma.

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