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domingo, 29 de abril de 2012

Los escritores se rinden al piar de Twitter


Jonathan Franzen lo odia, pero autores como Salman Rushdie, Bret Easton Ellis, J. K. Rowling, Chuck Palahniuk o el propio Pérez-Reverte practican el credo tuitero

INÉS MARTÍN RODRIGO - MADRID - ABC

Los escritores se rinden al piar de Twitter

A principios del pasado mes de marzo, el escritor estadounidense Jonathan Franzen arremetió contra Twitter durante una charla en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans. «Es inexplicablemente irritante, representa todo lo que odio», llegó a decir el autor de «Libertad».

Franzen argumentó que «es difícil citar hechos o crear un argumento en 140 caracteres, es como si Kafka hubiera decidido escribir "La metamorfosis" por videoconferencia o como escribir una novela sin la letra 'P'. Es un medio tremendamente irresponsable. Solo me importan los lectores y escritores serios, esa es mi gente».

El mensaje del autor, que también criticó el libro electrónico en la última edición del Hay Festival en Cartagena de Indias, parece no haber calado (al menos no lo suficiente) entre sus colegas más conocidos, que emplean sus respectivos TL para comentar en Twitter sus filias y fobias, dar cuenta de su actividad diaria, interactuar con otros escritores y con lectores y, en definitiva, desarrollar una identidad virtual que, aunque a algunos les resulte extraño y hasta criticable, puede tener un efecto más que positivo en sus ventas... y prestigio.

En el plano internacional, son numerosos los autores afincados en la red social, entre ellos y solo por citar a algunos, Salman Rushdie, Gary Shteyngart, Margaret Atwood, Bret Easton Ellis, Chuck Palahniuk, Haruki Murakami o Patricia Cornwell. Todo ellos emplean Twitter como espacio de intercambio de ideas o, porqué no, herramienta experimental.

Usos y abusos
No obstante, la red creada por Jack Dorsey cuenta ya con más de 380 millones de usuarios y, por ello, se ha convertido en una formidable vitrina de promoción, por lo que muchos de los autores se limitan a tuitear cuándo y dónde firmarán libros y sus apariciones en medios.

En cuanto a la interacción con sus seguidores, los hay que se pasan... y que no llegan. Así, por ejemplo, pese a que Murakami (cuyo último tuit se produjo el pasado 21 de diciembre) tiene más de 88.200, el autor de «1Q84» nunca contesta a ninguno de ellos. En cambio, el británico Salman Rushdie, uno de los autores más seguidos (270.000), dialoga a diario con ellos.

Además, el autor de «Los versos satánicos» empleó recientemente la red social para salir en defensa de Günter Grass después de que éste fuera declarado «persona non grata» en Israel por un polémico poema y manifestó su pesar nada más conocer la muerte de su «amigo» Christopher Hitchens, al que rindió tributo en forma de tuit.

La estadounidense Patricia Cornwell, última ganadora del Premio RBA de Novela Negra, suele tuietar las fechas de salida de sus libros y, si está de humor, comparte con los internautas su pensamientos matinales («Los vientos de abril parecen de marzo. Voy a escribir todo el día y después daré un largo paseo», escribió el pasado 21 de abril).

Pero, sin duda, la reina de los escritores en Twitter es J. K. Rowling, que puede presumir de tener más de 1,12 millones de seguidores. Su presencia en la red social, antes muy habitual, se ha incrementado desde que pusiera fin a la saga de «Harry Potter», anunciara el lanzamiento de Pottermore y, sobre todo, hiciera públicos los detalles de su primer libro para adultos, «The Casual Vacancy».

No con tantos seguidores pero con igual o mayor predicamento tuitero que la multimillonaria creadora de «Harry Potter» está Bret Easton Ellis. El autor de «American Psycho», que la próxima temporada se convertirá en musical en la escena londinense, no duda en compartir con sus seguidores sus opiniones a cerca de los nuevos proyectos que Hollywood tiene entre manos, las últimas películas en cartelera, la vida de otros personajes famosos, sus series de televisión preferidas («"Girls" es realmente buena», escribió el pasado 23 de abril) y toda la actualidad cultural que pasa por su literaria mente.

En español
¿Y qué hay de los escritores en español? Arturo Pérez-Reverte tiene en su haber más de 382.000 seguidores y parece haberse convertido en «capitán» del batallón tuitero-literario en español. «Vamos hacia un lugar interesante y peligroso y Twitter es una herramienta potente de información y de poder», declaró el escritor el pasado año en el I Congreso Iberoamericano sobre Redes Sociales (iRedes), para después afirmar que la red social es como «una barra de bar».

Esa especial concepción que Pérez-Reverte tiene de Twitter le ha llevado a protagonizar sonadas bravuconadas como cuando llamó al ex ministro Moratinos «perfecto mierda» o cuando irrumpió en el debate sobre las denuncias por las infracciones a la ley antitabaco al afirmar que «Anna Frank fumaba. La delató un vecino a la Gestapo».

Curiosa es también la presencia de Antonio Muñoz Molina que, como Isabel Allende, solo tuitea para «vender» los post que publica en su blog. Por no mencionar a Edmundo Paz Soldán, gran aficionado al fútbol y sus devenires, la familiar puesta en escena de Elena Poniatowska, un cada vez más activo Jorge Volpi, el siempre lúcido Juan Villoro, el intelectualmente irreverente Vicente Luis Mora, además de Elvira Lindo, Elvira Navarro, Eugenia Rico, Iván Thays, Juan Gómez Jurado, Laura Gallego, Luna Miguel o Alberto Olmos.

Por supuesto ni son todos lo que están, ni están todos lo que son, pero está claro que la distancia entre el mundo real y el virtual cada vez es menor... también en la literatura.

martes, 27 de diciembre de 2011

UN REVOLUCIONARIO DE LA NOVELA : La libertad según Jonathan Franzen


JUAN GABRIEL VÁSQUEZ 





Las correcciones, el libro que metió a Jonathan Franzen entre los grandes novelistas de su generación, llevaba una semana en las librerías cuando dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York. La publicación en castellano de su nueva novela, por una de esas magias del azar objetivo, coincide con el décimo aniversario de los atentados. Libertad, una fiesta narrativa de más de seiscientas páginas cuyo título sencillo no debería despistar a nadie, es una novela familiar y obsesivamente privada, pero guarda en sus sótanos una buena cantidad de cargas políticas que tienen mucho que ver con los años en que fue concebida: los años posteriores al 11-S, los años de Bush y de Irak, los años en que palabras como Américapatriotismo y -bueno, sí- libertad estaban en boca de todos los norteamericanos, y en particular, de todos los políticos. "Una de las razones del 
título", me dijo Franzen cuando le hablé del asunto, "es mi intento por recuperar una bella palabra de manos de los estúpidos y volverla a poner en manos de quienes pueden apreciar su complejidad y su belleza".
Pues bien, misión cumplida: Libertad es una bella y compleja exploración de un puñado de vidas íntimas cuyo problema, igual que sucedía en Las correcciones, es el eterno conflicto entre lo que quieren y lo que se espera de ellas. En este choque frontal se mueve la extraordinaria historia de la familia Berglund, gente de buenas intenciones e incluso de buena fortuna; gente cuya buena fortuna, junto con todo lo demás, se va al garete de manera fascinante a lo largo de unas tres décadas. Lo que Franzen nos cuenta es el auge y caída del matrimonio entre Walter, ambientalista comprometido y marido fiel, y Patty, "una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable". Todos los sospechosos habituales están presentes: el dinero, los deportes, el sexo, las drogas y aun el rock and roll, en la persona de Richard Katz: músico pospunk que prefiere ganarse el pan arreglando techos antes que comprometer su integridad artística, hombre caótico que interfiere de maneras imprevistas y calamitosas en el matrimonio Berglund. Son todos personajes (encantadoramente) confundidos, y a todos les queda a la maravilla la frase que una vecina insidiosa utiliza para referirse a los Berglund: "Creo que aún no han aprendido a vivir".

¿Cómo vivir? Libertad intenta responder a esta pregunta.

Franzen divide su calendario entre su piso de Manhattan, donde pasa nueve meses al año, y una casa de Santa Cruz, California, a una hora y media de San Francisco por una carretera que bordea el Pacífico. Es un paisaje de acantilados, playa y niebla al mismo tiempo -el mes de agosto en esa zona de California es tibio y húmedo-, pero al llegar a Santa Cruz todo eso desaparece: uno está en uno de esos centros urbanos que parecen surgir poco a poco, casi a traición, y en cuyas calles silenciosas no hay peatones. La casa de Franzen es un lugar engañoso: la puerta principal da a una de esas vías de inconfundible aire suburbano, pero uno cruza el salón -dos bibliotecas pequeñas empotradas en la pared, y en ellas, libros de John Updike, de Don DeLillo, de Philip Roth- y en pocos pasos se encuentra al aire libre, en un porche de suelo de madera colgado al borde de un barranco profundo y cubierto de árboles donde cantan los pájaros. Los pájaros son importantes en la vida de Franzen. Cuando comenzamos a hablar, lo primero que me dijo Franzen no tenía que ver con su vida, ni con sus libros, sino con el canto que sonó en ese momento. "Un chingolo punteado", dijo. "Es un hermoso pájaro".

Me contó que unos meses atrás había estado en Colombia, cerca de la sierra nevada de Santa Marta, en los terrenos de una reserva natural con la que trabaja su organización. "¿Qué organización?", pregunté. "The American Bird Conservancy", me dijo Franzen. "Trabajamos con Pro Aves, un grupo conservacionista muy dinámico de Colombia. Una de las razones por las que hemos podido comprar el terreno que tenemos allí, en la selva tropical, es que en un tiempo hubo tantos combates que los campesinos abandonaron sus tierras". El Dorado -así se llama la reserva- está a unos 1.900 metros sobre el nivel del mar. Franzen hablaba de ella y yo pensaba en Libertad y en Walter Berglund, que se pasa buena parte del libro intentando conseguir ciertos terrenos para proteger una especie en peligro de extinción: la reinita cerúlea. "En los últimos dos años", leemos, "Walter había viajado mensualmente a Colombia para comprar extensos terrenos y coordinar con las ONG locales que fomentaban el ecoturismo y ayudaban a los campesinos a sustituir sus estufas de leña por calefacción solar y eléctrica". Para Walter, baste decirlo, las cosas no salen tan bien como están saliendo para su inventor.

Jonathan Franzen nació en un suburbio de Saint Louis, Estado de Missouri, en 1959. Sus padres eran gente modesta que, sin ser muy educada, veía la educación como una herramienta de ascenso social, y siempre transmitieron a sus hijos la importancia de la lectura. (Mucho después, Franzen escribiría en un ensayo: "No soporto la idea de que la ficción seria es buena para uno, pues no creo que todo lo que está mal en el mundo tenga una cura"). La génesis de una vocación consta de muchos momentos. Uno de ellos, en el caso de Franzen, es una obra de teatro que escribió con una amiga durante el último año de escuela. Era una obra absurda, me dijo: espías rusos en el Londres de 1666 que tratan de robarle el secreto de la gravedad a Isaac Newton. "Invitábamos al público a pensar que los rusos no tenían gravedad, o algo así", rio Franzen. "Que estaban perdiendo la carrera gravitacional". Luego vinieron las primeras lecturas serias. "Si tuviera que mencionar a un escritor que realmente me haya abierto los ojos, sería Kafka", dijo Franzen. "Mi primera novela fue una reescritura de El proceso, imagínese. Pero nunca quise ser el loco de la buhardilla, el hombre encerrado que escribe cosas ilegibles. Desde el comienzo sentí que mi misión era hacer justicia a esta nueva dimensión literaria que había descubierto sin renunciar a un público más amplio. Pensé, y creo que alguna vez lo dije, que no quería dejar atrás a mis padres. Quería escribir libros que ellos tuvieran oportunidad de leer y apreciar".

Pareció que iba a decir algo más, pero entonces abrió mucho los ojos, miró al vacío y dijo: "Oiga eso: es un colibrí. Hay muchos por esta zona".

Su primera mujer fue otra aprendiz de escritora. Habían estado saliendo desde el último semestre de universidad; cuando Franzen ganó una beca Fulbright y se marchó a la Freie Universität de Berlín, la relación se volvió epistolar. "Nos escribíamos una cantidad poco saludable de cartas", me dijo Franzen. "Como éramos tan ambiciosos, pensamos que no podíamos simplemente escribirnos esas cartitas llenas de emociones, sino que debían ser una especie de diario. Fue un mal experimento: yo pasaba días sin ver a nadie, viviendo en mi cabeza, y una vez, respondiendo a una carta especialmente perturbadora, tuve un colapso nervioso. En cualquier caso, esas cartas acabaron convertidas en un capítulo de mi primera novela, Ciudad veintisiete, aunque la mayor parte del capítulo fue eliminada".

Franzen había hecho a sus padres una promesa solemne: si no publicaba su primer libro antes de cumplir los 25, se daría por vencido y entraría a estudiar derecho. Y el libro, el terco primer libro, no llegaba. "Pero de alguna manera completé las 10.000 horas de trabajo que, según algunos, necesitas antes de llegar a ninguna parte", me dijo. En 1985, en un periodo de 10 (intensos) meses, escribió el libro entero. "Y me acuerdo del día en que lo terminé: era a comienzos de noviembre, estaba trabajando en el porche de un piso que teníamos en los suburbios de Boston. Hacía un frío terrible, pero yo me había quedado afuera porque estaba fumando y mi mujer había dejado el cigarrillo recientemente. Cuando me di cuenta de que había terminado, me sentía exhausto y lleno de excitación. Puse los 18 capítulos en una pila y mi mujer me tomó una foto junto a ese manuscrito. Cuando llegó la foto, mi imagen era horrible. Había pasado 10 meses trabajando siete días a la semana, fumando casi hasta matarme. Me veía como un hombre de 60 años".

No tenía 60 años: tenía 29, y llegaba cuatro años tarde al compromiso con sus padres. Pero la publicación de la novela -un duro cuestionamiento de la inocencia del medio oeste en general y de Saint Louis en particular- fue una decepción inmensa. "La sorpresa más grande", escribió, "fue el fracaso de mi novela culturalmente comprometida a la hora de lograr que la cultura se comprometiera con ella. Mi intención había sido provocar; lo que recibí, en cambio, fueron 60 reseñas en el vacío". Con la segunda, Movimiento fuerte, ocurrió lo mismo: el aprecio de la crítica y el ninguneo de los lectores. Y con la caída de su destino literario, su destino personal -verbigracia, su matrimonio- también se estaba cayendo en pedazos. Fue entonces cuando la revista Harper's le hizo un encargo que sería determinante. El resultado se acabaría publicando en el libro Cómo estar solo con el título '¿Para qué molestarse?', pero todo el mundo lo conoce con su alias: 'El ensayo de Harper's'.

"El ensayo de Harper's comenzó siendo un encargo del New York Times Magazine", me contó Franzen. "Un reportaje sobre la disminuida autoridad cultural de la novela norteamericana. Me dieron un presupuesto, pero lo más importante es que me dieron también un pretexto para escribir a los novelistas que yo admiraba. Escribí a mucha gente: a Philip Roth, a Toni Morrison... Don DeLillo fue uno de los pocos que contestaron. Así que lo entrevisté, luego le escribí y él volvió a responder, y pronto estábamos comiendo un par de veces al año. Yo tenía (y tengo todavía) una opinión tan alta de él que al principio fue incómodo estar en su presencia. Pero lo hemos superado. Siempre me ha gustado el contacto con los mayores, saber de qué hablaban, y eso fue parte de mi motivación como escritor: quería unirme a esa conversación. El ensayo no fue solo el lugar donde resolver ciertos problemas, sino la manera práctica de llegar a conocer más escritores, de entrar en contacto con DeLillo o con Donald Antrim, y escuchar que les preocupaban las mismas cosas que a mí. Terminé el ensayo sintiendo que mi maldición era menos exclusiva de lo que creía. Escribirlo me cambió, me liberó para volver a ser novelista con una noción muy distinta de lo que estaba haciendo. Terminé Las correcciones, publiqué la novela y recibí una respuesta muy distinta de la que había recibido con mis dos primeras novelas. Averigüé, en pocas palabras, qué tipo de novelista quería ser".

¿Y qué novelista es ese? En uno de los pasajes más iluminadores de ese iluminador ensayo, Franzen habla de su descubrimiento de una novela que lo marcaría de ahí en adelante:Personajes desesperados, de Paula Fox. "Ese libro era y sigue siendo el mejor ejemplo de cómo el mundo puede verse reflejado en una conciencia individual", me dijo. "Al leerlo me di cuenta de que me había enfrentado al tema de una forma equivocada. Yo me había educado con los maximalistas, esas inmensas novelas que intentan contarlo todo. Pero hay mucho más sobre los Estados Unidos de 1968 en Personajes desesperados que en una novela como JR, de William Gaddis, cuya extensión es cinco veces mayor... Así que me di cuenta de que podía resolver dos problemas a la vez: uno era la obsolescencia de la novela social (me seguía preocupando lo que pasaba en el mundo, pero los métodos de la novela social ya no eran una opción viable), y el otro, la posibilidad de hacer lo que llevaba mucho tiempo deseando: habitar el mundo íntimo de los personajes. Así que Paula Fox me enseñó el camino. Y me parece muy elocuente que el libro estuviera descatalogado mientras que las grandes novelas socialmente comprometidas de los posmodernos estaban ganando premios, volviendo famosos a sus autores".

El artículo de Franzen y su posterior prólogo dieron una segunda vida a Personajes desesperados. Franzen, por otra parte, es uno de los principales valedores de escritoras como Alice Munro. Y, sin embargo, tiene el raro honor de haber sido la víctima en una de las controversias más ridículas de los últimos años en Estados Unidos. Tras la extraordinaria reseña que la crítica Michiko Kakutani le dedicó a Libertad en el New York Times, un par de escritoras encabezaron un curioso movimiento feminista para quejarse del favoritismo que dicho diario mostraba hacia los hombres blancos. Tan notorio fue el debate -aunque llamarlo debate es una hipérbole- que una de las escritoras involucradas en la queja inventó un tag de Twitter, franzenfreude, que definió como "el dolor producido por las múltiples y copiosas reseñas que le han llovido a Franzen". A él, acostumbrado desde que comenzó su éxito a los ataques de mediocres y resentidos, la cosa le trajo sin cuidado. Y, sin embargo, puede encontrar razón en la queja: "El canon olvida a las mujeres. Eso molesta a mucha gente, y me molesta a mí. Suelo tratar de rescatar a escritoras que hayan sido injustamente descuidadas, pero sigo siendo el hombre blanco".

 Como 'Las correcciones', 'Libertad' es un examen de un momento -mejor: de un zeitgeist- a través de una familia. Para Franzen, se trata de su novela más autobiográficaprecisamente porque es la más puramente inventada. "Las cosas más duras o más interesantes de la vida de una persona no deberían contarse directamente en la ficción", me dijo al respecto. "Son demasiado vergonzantes, o contarlas causaría demasiado dolor a personas que aún viven. Una de las razones por las que fue fácil terminar Las correcciones es que mis padres estaban muertos, así que no era necesario inventar tanto. En Libertad, la cosa fue distinta. Quería, en parte, contar lo que sabía, pero no quería hablar de un matrimonio que ocurrió en 1944. ¿A quién le importa 1944? Dejad que los muertos entierren a los muertos, ¿no? Así que traté de imaginar cómo serían mis padres si tuvieran mi edad. Al ponerme en esa tarea -la de contar un matrimonio que no es el mío-, pude contar mi matrimonio disfrazado. En ausencia de la invención, la autobiografía más profunda no es posible. Y, sin embargo, no sé por qué, la gente necesita pensar en la ficción como autobiografía disfrazada. Tal vez todo venga de un prejuicio muy protestante: que la ficción es mentira. Para esa gente es tranquilizador pensar que una novela no es mentira, sino que el autor ha cambiado los nombres y los detalles, pero manteniendo la verdad de lo que le ha pasado. ¿Por qué leer mentiras? Mejor leo algo que me enseñe, piensan ellos, algo que me permita mejorarme".

Franzen ha reflexionado con terquedad y lucidez sobre el rol que juega la literatura de ficción en nuestras vidas, y sobre lo que perderemos cuando esa curiosa actividad (la de leer y escribir sobre gente que no existe) sea desplazada definitivamente. "Hay quienes sostienen que la no ficción nos da todo lo que la novela puede dar, así que ya no necesitamos novelas", me dijo, "pero hay ciertas cosas que la ficción hace mejor que ningún otro medio. El acceso a la vida interior de otras personas, con toda esta riqueza de gradaciones, es algo que solo la ficción puede dar. En la ficción podemos entrar en la mente de una persona y en seis palabras salir y entrar en la mente de otra. Fundamentalmente, esto estimula algo que podemos llamar 'simpatía liberal'. Jane Smiley habla de 'la novela liberal', con lo cual se refiere a la novela a secas: la posibilidad, no, la necesidad de presentar puntos de vista que no son los tuyos hace que uno deba abandonar cualquier absoluto moral. Así que la complejidad moral es una especie de segunda piel para un escritor de ficción".

Y los personajes de Franzen no son extraños a la literatura. Aunque a él, según dice, nunca le ha interesado escribir sobre escritores, le gusta reconocer el hecho de que los libros tienen un lugar en la vida de la gente. Así sucede en Libertad, donde Patty lee a Tolstói, y Joey, lamentablemente, no logra interesarse en Expiación. "Me supo mal, sí. Pero luego me llegó razón de que a McEwan no le había importado. Dijo que si él hubiera sido Joey en ese momento, tampoco le habría gustado su libro. Qué puedo decir: a mí me interesa el mundo de la gente que lee novelas. Sí, la tecnología seduce a muchos más jóvenes ahora que hace 20 años, y puede que se avecine un periodo de decadencia sostenida de la novela, pero el público es todavía muy grande. Aun si fuera pequeño, contaría con mi lealtad. Si seguimos escribiendo como si importáramos, seguiremos importando a la gente que lee novelas. La manera de conservar nuestro territorio no es darnos por vencidos y comenzar a escribir para nosotros mismos, sino tratar de escribir libros que sean relevantes".

Franzen hizo una pausa y me dijo: "Mire, un sastrecillo. El pájaro cantor más pequeño de Norteamérica. Siempre vuelan juntos, así que ahora vendrán otros. Para cuando estén todos, habrá unos quince. Una especialidad de la costa oeste. No se pueden ver en ninguna otra parte".

Franzen escribió 'Libertad' durante el primer año de la presidencia de Obama. Pasó los años de Bush luchando con el libro, pero sin llegar a ningún lado, y no es una coincidencia que la novela solo se pusiera en marcha la semana anterior a las elecciones, cuando Estados Unidos asistía a esa sorpresa inverosímil: el candidato negro iba a ganar. "Solo entonces pude relajarme y ponerme a escribir", me dijo. Se había pasado los años de Bush asistiendo, con fascinación y repulsa, a la degradación progresiva del discurso político. "La política me parece muy tonta, muy simple: exige que uno piense que tiene la razón y que el contrario está equivocado. La mayor crítica que se le hace ahora a Obama es que piensa en las cosas de una forma muy complicada, mientras que una novela que no piense las cosas de una forma complicada simplemente no sirve. Así que hay una antítesis fundamental entre la política y la novela. Alguien debería llevar esta noticia a la Academia Sueca". Pensó un momento y añadió: "Soy una rara mezcla: alguien lleno de opiniones políticas que al mismo tiempo tiene muy poco respeto intelectual por la práctica de la política".

Varias cosas pasaron en esos años, los años de la lenta concepción de Libertad. Su relación con su mujer es una de ellas. Kathryn Chetkovich tiene una colección de relatos,Friendly fire, pero durante los últimos años ha estado dedicada de manera constante a la dramaturgia. Es además la autora de un bellísimo (y descarnadamente honesto) ensayo sobre su relación con Franzen: Envidia. "Esta historia trata de dos escritores", comienza el texto. "Esta historia trata, en otras palabras, de la envidia".

Pero en la vida de Franzen hay otra historia de dos escritores: su amistad con el novelista David Foster Wallace, que el 12 de septiembre de 2008 se ahorcó en el patio de su casa de Claremont, California. Franzen y Wallace habían comenzado a escribirse 20 años antes, en 1988. Dos años después del suicidio, Franzen publicó un ensayo en el que trataba de lidiar con esa pérdida; yo no conocía el ensayo cuando le pregunté, precisamente, cómo lo había hecho. "Dave, Dave, Dave...", dijo Franzen entrecerrando los ojos. "Lo que hizo me enfadó mucho, pero también la forma en que lo hizo. Lo digo en el ensayo: siempre supe que él sabía que el suicidio era una movida profesional. Por supuesto que no se mató para promover su carrera, pero estaba consciente de que lo haría. Lo terrible fue el contraste entre la adulación con que la comunidad literaria recibió su suicidio y mi conocimiento de los crueles, miserables detalles de lo que había hecho, de la traición que eso implicaba, de cuán salvaje era la agresión... No lo sé... La gente que lo llenaba de elogios tras su muerte era la misma que nunca lo había nominado para un premio nacional mientras estaba vivo. Y es particularmente grotesco ver que la principal reseñista del New York Times, a quien Dave detestaba, la mujer que siempre había tratado sus libros de una manera boba y mezquina, de repente se subía al tren y gritaba loas al genio".

"¿Y cómo marcó esa muerte la escritura de Libertad?", le pregunté.

"Bueno, siempre fuimos competidores amistosos", me dijo Franzen. "Así que pensé: oye, todavía estoy vivo. Tan pronto pasaron las seis semanas que siguieron a su muerte, literalmente la mañana que siguió al último servicio funerario, me enterré en Libertad. Mientras tuviera esta novela, pensaba, no tendría que lidiar con la tristeza. Libertad se convirtió en un mecanismo para diferir la tristeza".

Pensé en uno de los relatos de Wallace, El suicidio como una especie de regalo, pero la asociación de ideas me pareció inoportuna y aun grosera, y me avergoncé de ella.

Un canto se oyó al cabo de un rato. "Muy interesante", dijo Franzen. "Oiga eso: es un chivirín de cola oscura. Es raro que esté aquí. Su canto es muy fácil de distinguir. Óigalo".

sábado, 11 de septiembre de 2010

Qué bien tu nombre suena (con perdón)



MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO 


BABELIA - 11-09-2010




Razones para odiar a Madrid no faltan. Nunca faltaron. Ni siquiera en la época en que, como quiere el imaginativo romance de don Nicolás Fernández de Moratín, aún era castillo famoso y su coso ardía en fiestas organizadas por su alcaide Aliatar, amante de la pizpireta princesa Zaida (nada que ver con Gallardón y Aguirre, por favor). Hoy, y para esa mayoría de españoles que (todavía) no vota al PP, Madrid se presenta, quizás interesadamente, como la punta de lanza de una pretendida España que bloquea otra, u otras, posibles. Contra Madrid se ha escrito siempre, desde la derecha, desde la izquierda y desde el centro, aunque éste se halle situado en la periferia y se exprese en lenguas diferentes al castellano. De aquella Babilonia del consumo que fascinaba y repelía a los dramaturgos barrocos (Cada tienda es la Bermuda; / cada mercader inglés, / pachelingüe u holandés, / que a todo bajel desnuda, según describía Tirso), en la época en que los piratas se apoderaban del oro americano y (aún) no se ponía el sol de la conquista, se pasó a la animadversión irritada de cuando ya se puso, consumido el Imperio por el fuego de las independencias que ahora se conmemoran. De los denuestos más contemporáneos (literarios y artísticos) que ha generado esta ciudad a la que Machado llamó "rompeolas de todas las Españas" y Francisco Camba "Madridgrado" (con a little help del general Queipo de Llano, que fue el inventor etílico del marbete) trata precisamente Capital aborrecida, un interesante ensayo de Fernando Castillo Cáceres que acaba de publicar Polifemo. El libro se centra de modo especial en el medio siglo histórico y literario que transcurre entre las manifestaciones de antimodernismo y nostalgia preindustrial de los noventayochistas (trufadas de temor a la plebeyización de las ciudades y al fantasma de la revolución) y el odio armado de los sublevados de 1936, para los que Madrid era símbolo de la España que repudiaban y de la resistencia que se les oponía. Si, de acuerdo con una especie de (nueva) añoranza de la aldea, los contradictorios escritores del 98 enfrentaban a Madrid una Castilla imaginada e historicista (y vacunada contra el contagio revolucionario), los del franquismo (los Foxá y los Alfaro y los Pemán y los Borrás y los Giménez Caballero y todo el resto) recogían la parte que les interesaba de la herencia de sus mayores y no ahorraban los denuestos contra lo que Zúñiga ha caracterizado (en su excelente libro de relatos sobre el Madrid en guerra) como Capital de la gloria (Alfaguara). Madrid era el paradigma de lo siniestro (una cheka, según Foxá) para los que tuvieron que aplazar su conquista tres años terribles ("ya hemos pasao" celebraría el chotis fascista cuando lo consiguieron), mientras, según afirmaba Machado en el mismo poema del que he robado parte del título de este sillón de orejas, la ciudad aún "sonreía con plomo en las entrañas". Donde quiera que vivan, si odian y aman a Madrid (lo que no es contradictorio, sino saludable), no dejen de leer este libro. Entenderán mejor el modo en que esta ciudad ("en la que paso largas horas oyendo gemir al huracán", según célebre poema beat -avant la lettre- de Dámaso Alonso en Hijos de la ira) se ha establecido en el imaginario colectivo de los españoles.

Ambiciones

Para Clarín yo sería un mal lector. Dice en su artículo (escrito hace 100 años) 'El arte de leer' (en Siglo Pasado, incluido en el tomo VII de las Obras Completas de la Biblioteca Castro): "Esos que leen en la cama para dormirse y leen cualquier cosa 
... son malos lectores. Vale más dormir y meditar que leer el libro que, por casualidad, está sobre la mesilla de noche". Se nota que el autor de La Regenta no era insomne y con Dios se acostaba y con Dios se levantaba. Yo leo (también) porque duermo poco: libros malos, libros buenos y libros que olvido pronto, pero ninguno está "por casualidad" en la estantería que tengo junto a mi cama. Leo en diagonal, en mi lecho y en pruebas (lo que es un formato particularmente incómodo) Belén Esteban y la fábrica de porcelana, de Miguel Roig, que Península publicará a finales de mes. La "reina del trash", a quien es imposible no conocer, la dominatrix de la audiencia en esta época en la que los discursos sobre nada sustituyen a la nada de los discursos sin capacidad de seducción (política), encuentra en el libro del publicista Roig (prólogo de Christian Salmon) explicación nada consoladora. La "chica del montón", una criatura de Pigmalión catódico que pretende hablar con la voz de quienes no la tienen, convertida en sujeto sociológico de excepción y en abanderada de un Zeitgeist mediocre: una matrioska-marioneta hecha de sucesivas muñecas pintadas de colores histriónicos, presidiendo ese neorrealismo enfermo que difunde, como el ventilador la mierda, una televisión que hace caja con desperdicios populistas. Sálvame, el programa en el que tiene su morada la (¿republicana?) princesa del pueblo emite casi veinte horas semanales: lo que hubiera dado Stalin (y daría la señora Kirchner) por un estajanovismo mediático semejante. Apago la luz y en mi (breve) sueño oigo algo que me grita la nada sencilla muchacha (ya añosa) de San Blas. Me despierto con sobresalto condenadamente elitista.



Libertad

Cada generación obtiene su buena ración de "gran novela americana". Freedom, de Jonathan Franzen (Farrar, Straus & Giroux, 28 dólares; 15,12 si se compra a través de Amazon.com, gastos de envío aparte), es la última de la última. Estos días previos al aniversario del 11 de Septiembre alterno su lectura con la revisión apresurada e incompleta deMadmen, la estupenda serie "creada" por Matthew Weiner y emitida originalmente por la cadena AMC. En el fondo, la novela de Franzen y el blockbuster televisivo de moda se ocupan aproximadamente de lo mismo: el retrato -con distinto énfasis en la distancia y la crítica- de la clase media estadounidense en dos momentos muy diferentes de la contemporaneidad. De la América brillante de los sesenta a la más oscura (y desencantada) de hoy. Más consistente y profunda que Las correcciones (2001, Seix Barral), la cuarta novela de Franzen está destinada a convertirse en long seller, al menos en EE UU. Satírica y brillante, la novela, a cuyo autor ha dedicado portada la revista Time (y a quien quizás Oprah Winfrey conceda su perdón mediático promocionándola en su programa), será publicada (dentro de un año) por Salamandra. Sí: Salamandra, y no Seix Barral o Alfaguara, anteriores editoriales del autor. Se ve que la (estupenda) agencia literaria de Susan Golomb (subagente española: Mónica Martín) puso el listón económico muy alto, lo que no agradó a sellos con escasa paciencia para recuperar inversiones, sobre todo si con las obras anteriores no habían ganado tanto como habían esperado (lo que siempre desencadena el escepticismo en los mánager de los grupos). Por cierto: Franzen ha dedicado su libro a la señora Golomb y a Jonathan Galassi, presidente de la editorial Farrar, Strauss y Giroux. Él sabrá por qué.

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