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jueves, 30 de mayo de 2013

statu quo, no status quo

Statu quo, y no status quo, es la grafía correcta de la expresión latina empleada para referirse al ‘estado de un asunto o cuestión en un momento determinado’. 
En consecuencia, en frases como «Algunos analistas piensan que la capacidad de influencia china sobre Pionyang es limitada y que tampoco tiene mucho interés en modificar el status quo en la península» o «Sus perspectivas radicales y de extrema derecha rompieron el molde de la política británica, cambiando el status quo de manera tan contundente…», lo apropiado habría sido emplear la forma statu quo.
Además, tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas, esinvariable en plural (los statu quo) y se pronuncia [estátu-kuó], no [estátu-kúo].
Se recuerda asimismo que, como el resto de las locuciones latinas, y de acuerdo con la última Ortografía, lo adecuado es escribirla en cursiva o, si no se puede usar este tipo de letra, entre comillas.

jueves, 7 de marzo de 2013

Mutatis mutandis (Blog de lengua española)


Mutatis mutandis es una expresión latina que significa literalmente ‘cambiando lo que haya que cambiar’, ‘haciendo los ajustes necesarios’. Está construida sobre dos formas diferentes del verbo mutare, que significa precisamente eso: ‘cambiar’.
Se utiliza para comparar dos cosas o ámbitos entre los que se puede establecer una analogía a condición de pasar por alto ciertos aspectos. Así es como está empleada en este ejemplo, que es perfectamente correcto:
(1) En general aborrezco la literatura de adolescentes, pero con La estrategia del bachiller me sucede, mutatis mutandis, como con El guardián entre el centeno: me interese mucho o poco el intríngulis, me fascina su escritura [Juan Torres: "Unas gotas de sensatez pedagógica", acceso: 6-3-2013]
Lo que tenemos que interpretar en (1) es que El guardián entre el centeno es muy diferente de otra novela titulada La estrategia del bachiller, pero que si olvidamos esas diferencias hay ciertos aspectos que son comparables.
Se escribe en letra normal (no hay necesidad de utilizar cursiva).
Es una expresión propia de registros formales. Aparece con especial frecuencia en el lenguaje jurídico y administrativo. No es muy apta, por tanto, para introducirla de rondón en nuestra charla cotidiana.
En cualquier caso, si nos animamos a utilizar esta expresión, hay que hacerlo bien. Lo primero es asegurarnos de que hemos comprendido su significado. En general, es desaconsejable utilizar cualquier palabra o expresión si no estamos seguros de lo que estamos diciendo. En lugar de quedar muy finos, probablemente quedaremos en nuestro lugar (sea este el que sea). En (2) se le atribuye incorrectamente el significado de ‘de manera semejante’:
(2) Alemania, mutatis mutandi al Japón, a más de cargar con el estigma de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, es visto como un estado difícil de incorporar al sistema mundial de poder [adaptado de un artículo académico]
El ejemplo (2) es muy completito, porque además contiene una variante incorrecta de la expresión: se suprime la -s de mutandis, probablemente por analogía con otras expresiones como modus operandimodus vivendi. Recuerda: La forma correcta es mutatis mutandis.
Además, (2) contiene otro error, ya que hace depender un complemento de mutatis mutandis. Esta expresión, cuando se utiliza correctamente, se inserta como un cuerpo aislado en la oración, sin que dependa de ella ningún otro elemento oracional, tal como se hacía en (1).
Pero no acaban aquí las posibilidades de meter la pata con el dichoso latinajo. Fijémonos en este otro ejemplo:
(3) Alerta fiscal y legal: mutatis mutandis de la reforma tributaria [adaptado de un diario]
A primera vista, el ejemplo resulta desconcertante. Es el título de un artículo periodístico, pero este solamente se entiende una vez que nos enteramos de que el autor ha tomado el significado del diccionario y ha utilizado la expresión latina en lugar del equivalente castellano:
(4) Alerta fiscal y legal: cambiando lo que hay que cambiar de la reforma tributaria
Efectivamente, el artículo se dedica a explicar qué es lo que en su opinión hay que modificar en cierto proyecto de reforma fiscal. El problema es que mutatis mutandis no es solamente una forma más refinada de decir ‘cambiando lo que hay que cambiar’, sino que la expresión latina tiene un uso específico y solo puede aparecer en contextos muy limitados.
Mi consejo con este latinismo es el de siempre: valoremos primero si es necesario utilizarlo y asegurémonos a continuación de que lo estamos empleando debidamente. Solo entonces conviene internarse en el océano del latín dejando atrás las tranquilas aguas del castellano.

miércoles, 4 de enero de 2012

PALABRAS MALSONANTES; MÁS SOBRE LA HERENCIA GRECO-LATINA


Por Paco Fernández para El Tribuno.com.ar

Es destacable cómo cambia el sentido de algunas palabras dando lugar a otras, sobre todo cuando constituye frases.

La evolución se dio a lo largo de un tiempo indeterminado, no solo en el castellano, sino también en otros idiomas.

Una asidua lectora me pidió que escribiera sobre las llamadas «malas palabras». Con gusto lo hubiera hecho si no fuera porque el 8 de febrero pasado dediqué al tema el artículo completo, basándome en la autoridad del recordado humorista, el Negro Fontanarrosa. Por ello la invito a consultar la página 15 de El Tribuno, de esa fecha. De todos modos, al tratarse de una fiel seguidora de estas líneas, el amigo Yerba y yo le dedicamos (mas también a todos los lectores) el dibujo de hoy, relacionado con el tema que a ella le interesa. Hoy continuaré con otras consideraciones sobre los orígenes de las palabras, comenzadas en el artículo anterior. Por ello ilustraré, con otros ejemplos, respecto del significado y procedencia de algunas voces provenientes de las lenguas clásicas.

Pimiento y pigmento

Tomando el diccionario al azar, encuentro el término «pimiento», una de las sustancias que se encarga de sazonar nuestras comidas. Procede del latín pigmentum cuyos significados son: 'color para la pintura; afeite; jugo de yerbas con que se componen colores; ornato o adorno', pero, asimismo, 'color, engaño, fraude'. Ha llegado a nuestra lengua por dos vías: la culta (procedente del latín culto), que nos ha provisto la opción «pigmento». Esta forma pasó al castellano casi sin cambio alguno: solo castellanizó la terminación «um» en «o». Por su parte, por la vía popular, tal como se caracteriza la evolución en esta vía de transmisión de palabras, hubo una mutación mayor, aunque en este caso bastante sencilla, puesto que perdió la «g» (la cual, en una pronunciación espontánea, se suaviza o hasta desaparece) y luego la «e» se convirtió en el diptongo «ie». Al decir del DRAE, la voz latina apunta a una «materia colorante que se usa en la pintura», concordando con el sentido del étimo latino. De ella derivan «pigmentación», «pigmentar» y otras. Pero también, «pimentón», «pimentero», «pimentonero» y «pimienta», lo que muestra que ambas raíces, tanto la popular como la culta, han generado derivaciones. «Pimentón» hace referencia al polvo que se obtiene moliendo pimientos encarnados secos. «Pimentero» es la planta que produce la pimienta. «Pimentonero» es el vendedor de pimentón; también, un pájaro de Castilla que, seguramente, se alimenta del fruto. Es destacable cómo se desplaza el sentido de algunas de estas palabras, dando lugar a otras, sobre todo cuando constituye frases: «me importa un comino», «me importa un pimiento»; o bien, «no vale un comino», refiriéndose a algo que carece de valor. En Cuba, el adjetivo «pimientoso» significa divertido o alegre. «Comer pimienta» se refiere a enojarse o picarse. «Ser alguien como una pimienta» se relaciona con que la persona es muy viva, emprendedora y sagaz. Es importante destacar que estos y otros sentidos, que pueden encontrarse en el habla y en la escritura, están ligados, al menos de algún modo, a los significados de la palabra latina. Por ejemplo, en latín clásico, para definir a alguien muy adornado y arreglado, se decía pigmentatus, lo cual correspondería a nuestra forma dialectal popular «pintarrajeado».

Oreja y auricular

Ambas son palabras nacidas de otra latina que, como dije más arriba, ha llegado a nuestra lengua por doble vía: culta y popular. La que tenían los latinos para designar el aparato exterior humano que sirve para escuchar era auris y, para el oído, áuditus (que en el latín vulgar se convirtió en audítus, cambiando el acento). Pero veamos cómo pasó al español la primera. El diminutivo del latín culto auris era aurícula y orícula, de la cual se generó la nuestra. En efecto, en el latín vulgar se eligió el diminutivo latino para designarla normalmente y, por otra parte, tuvieron que inventar otra para el diminutivo. Testimonio de ello es «orejita», derivado de una forma diminutiva desconocida, del latín vulgar. Entonces, la gente común hizo evolucionar el vocablo orícula convirtiendo esta palabra en oricla, luego en orecla, finalizando en la que hoy usamos. Esta evolución se dio a lo largo de un tiempo indeterminado, no solo en el castellano, sino también en otros idiomas romances. En el francés terminó como oreille; en italiano, como orecchia; en catalán, como orella y en portugués, como ouvido, partiendo, en este caso, de audítus y no de aurícula. Sin embargo, paralelamente palabras cultas tuvieron su procedencia de las latinas cultas auris y aurícula, como «auricular». A su vez, audítus, popularmente produjo «oído», pero por la vía culta aparecieron, «audición», «auditor», «auditar», «auditoría», «auditivo», «auditórium» o «auditorio», «audiencia», «audible», «audibilidad»; como también las compuestas «audífono», «audiometría», «audiovisual», «audiofrecuencia», «audiograma», «audiofrecuencia», «audiometría», y otras.

Oro y aureola

Por fin, para redondear estos ejemplos e ilustrar un poco más sobre el procedimiento de provisión verbal de parte del latín a nuestra lengua, tenemos aurum, cuyo significado es 'oro' (por lo general, las terminaciones latinas en «au» fueron al castellano en «o»); prácticamente esta palabra es la única que provino por la vía popular. En cambio, por la vía culta se contabilizan varias: «áureo», «aurífero», «áurico» y «aureola». Es preciso aclarar que esta última proviene de la latina «auréola», que significa 'dorada', pero, también, que deriva originalmente de aurum y, de esta, «áureus», adjetivo que quiere decir 'de oro, parecido al oro, adornado de oro, de color de oro, hermoso, excelente, exquisito, de la edad de oro, puro'. Otra palabra derivada de auris es el adjetivo poético «aurívoro». Literalmente significa el que devora el oro, pero, en realidad, es el codicioso por el oro. Asimismo, designaba a una moneda de oro de la época del Imperio Romano, aunque también lo hizo en nuestra Era, desde la órbita del latín vulgar.

De esta manera, podemos comprobar, aunque sea con un par de ejemplos sucintamente, uno de los tantos procedimientos lingüísticos de los que se valió la lengua en el proceso de transformación, al menos en el aspecto léxico o del vocabulario, con el cual se generaron nuevas palabras en el idioma naciente, permitiendo que realizara el gran cambio hacia un naciente idioma.

lunes, 15 de agosto de 2011

Cultismos

Cultismo es un préstamo de una lengua clásica (por lo general, el latín; aunque también puede ser el griego). La mayor parte de las palabras de origen latino que tenemos en español tienen una tradición ininterrumpida de uso desde la Antigüedad hasta nuestros días. Pero cuidado, porque cuando hablamos aquí de latín, no hemos de pensar en los discursos de Cicerón ni en la poesía de Ovidio, sino en lo que hablaban los soldados o los mercaderes que vinieron a esta península nuestra. El léxico vulgar, que a menudo se apartaba en muchos aspectos de las formas clásicas, se fue alterando además conforme el castellano se iba alejando del latín. Así es como se forman palabras como viña, reja o llamar, que en latín clásico fueron, respectivamente, vinea, regula y clamare. Esto es lo que se denomina léxico patrimonial.



Estos vocablos patrimoniales cuentan con parientes más distinguidos, que son los que se codeaban con obispos, notarios, poetas y eruditos. Su transmisión no fue de boca a oreja, con el margen que esto deja para las variaciones y alteraciones, sino que tuvo lugar preferentemente por vía escrita. Cuando se presentaban en forma oral solía ser en contextos institucionales que los rodeaban de una cierta gravedad, como el culto religioso o la lectura en voz alta de escrituras de propiedad y fórmulas legales. La forma de estas palabras se mantuvo más próxima a la de sus originales latinos. Tan solo sufrieron las mínimas adaptaciones para que resultaran pronunciables por labios que ya no tenían los hábitos del latín sino los del romance. Es lo que ocurrió con palabras como voluntad, del latín voluntatem, evangelio, que procede del griego euangelios por mediación del latín evangelium o cátedra, otro helenismo mediado por el latín. Estos parientes de posibles son, evidentemente, los cultismos.



A menudo nos encontramos en el vocabulario de nuestra lengua con dobletes populares y cultos que comparten un mismo étimo latino y que se han especializado para significados diferentes. Así, frente a reja tenemos regla; junto a llamar, clamar; y resulta que palabras en apariencia tan alejadas como cátedra y cadera son hermanas que tomaron caminos muy diferentes.



La sustitución del latín por el castellano fue más compleja de lo que normalmente nos imaginamos. No hay, ni mucho menos, un día y una hora concretos en que muere una lengua y nace la otra. La transición es gradual y cualquier límite que se quiera fijar no pasará de ser convencional. Es más, para complicar todavía un poco las cosas, siglos después de la desaparición del imperio romano, el latín y el castellano coexistían, solo que en contextos diferentes y con funciones también diferenciadas. El gramático que explicaba las partes de la oración en latín después le pedía al zapatero que le remendara las botas en romance.



Progresivamente, el castellano va ocupando el espacio que le estaba reservado al latín y en este proceso tiene un papel destacado la apropiación del vocabulario latino. Efectivamente, si empezamos a utilizar una lengua para hablar de lo que antes le correspondía a la otra, nos vamos a encontrar con que las necesidades de vocabulario aumentan. No es lo mismo hablar del tiempo y de las cosechas que escribir la historia de un reino o compilar un tratado de astronomía. Una cosa es cantar una canción de siega y otra muy diferente componer un soneto. Ante esta necesidad de ampliar los límites de lo que se podía decir con comodidad en castellano, se podía inventar nuevas palabras o echar mano de las que ya ofrecía el latín. Por eso el reinado de Alfonso X es un periodo de incorporación acelerada de cultismos como dureza o húmedo y por eso mismo Juan de Mena en el siglo XV, Garcilaso en el XVI o Góngora en el XVII nos inundarán de latinismos como terso, atónito o fatigar. Esto les valió la censura de los puristas, que ya por aquel entonces actuaban como celosos guardianes de las esencias del idioma.



Y el desarrollo científico desde el siglo XVII hasta nuestros días no se puede concebir sin la incorporación de un sinnúmero de neologismos tomados directamente de las lenguas clásicas, como óptica, o construidos sobre raíces grecolatinas, como electricidad, fotometría o televisión. Aunque aquí ya todo se complica un poco porque el español no beberá directamente de las fuentes clásicas, sino que recogerá este vocabulario de otras lenguas de cultura como el francés y el inglés.



Lo anterior no pasa de ser un repaso forzosamente somero. Si quieres profundizar en el tema, puedes descargarte un estudio de José Luis Herrero sobre los Cultismos renacentistas donde encontrarás explicaciones más detalladas.


otros artículos:






lunes, 1 de noviembre de 2010

LA FORMACIÓN DEL LÉXICO ESPAÑOL

El español es una lengua romance y, por tanto, la inmensa mayoría de nuestro vocabulario es de origen latino. Sin embargo es conveniente que hagamos algunas diferenciaciones dentro del vocabulario español de origen latino:

a. Léxico patrimonial.- Son las palabras que tienen su origen en el latín pero que a lo largo de los siglos han sufrido una evolución que las ha ido transformando según las reglas fonéticas específicas del español:

MULIER > muller > mujer

b. Cultismos.- Son las palabras que casi no se ha adaptado a la fonética española:

Referéndum, máximo, currículo, ...

c. Semicultismos.- Son palabras que se han adaptado en parte, pero no completamente:

CAPITULUM > cabildo

Un fenómeno interesante que se produce con mucha frecuencia es el del doblete, que consiste en que una palabra latina produzca en su evolución dos resultados, uno patrimonial y otro
culto o semiculto:

CATEDRA > cátedra
CATEDRA > cadeira > cadera

Pero el léxico española no se completa solamente con palabras de origen romano, sino que, como hemos visto antes, se puede ampliar por diferentes mecanismos, unos propios de la lengua y otros procedentes de otros idiomas: los préstamos lingüísticos.
Estos préstamos podríamos intentar clasificarlos según la relación establecida entre su lengua de
origen y el español:

a. Relación de sustrato, es decir, restos de las lenguas que se hablaban en la Península cuando se produce la colonización romana y la imposición del latín como lengua de comunicación:
§ Iberismos.- perro, manteca, balsa, ...
§ Vasquismos.- izquierda, pizarra, ...
§ Americanismos.- Se trata de un casi especial de sustrato, ya que se produce como consecuencia de la conquista y colonización de América por España: la mayoría de las lenguas indígenas desaparecieron, pero dejaron su rastro en el vocabulario español: patata, tabaco, tomate, huracán, tiburón, ...

b. Relación de superestrato.- Se trata de palabras procedentes de lenguas de pueblos conquistadores de la Península Ibérica posteriores a Roma, pero que no consiguieron desplazar el latín como lengua de comunicación:

§ Germanismos.- Procedencia visigoda. Suelen estar relacionados con la guerra (yelmo, espía, espuela, ...) o son antropónimos (Fernando, Rodrigo, Álvaro, ...).
§ Arabismos.- Están relacionados con muchos ámbitos semánticos: agricultura (azúcar, alcachofa, berenjena), comercio (almacén, aduana, tarifa), ciencia (álgebra, cifra, cero, alcohol), arte (zéjel, ajorca, damasquinado), política (alcalde, alguacil), guerra (atalaya, alférez, almena), topónimos (Algeciras, Guadalquivir, Medina Sidonia).

c. Relación de adstrato.- Proceden de lenguas con las que se han mantenido relaciones bien de proximidad, bien culturales.

§ Galleguismos: morriña, vigía, quien, ...
§ Catalanismos: capicúa, faena, nao, forastero.
§ Lusismos (portugués): buzo, brincar, mermelada, mero.
§ Galicismos (francés): afán, batalla, dama, hotel, joya.
§ Italianismos: escopeta, piloto, escolta, fachada.
§ Helenismos: cisma, hidráulico, hipopótamo.
§ Anglicismos: cheque, líder, mitin, tren.

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