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sábado, 15 de septiembre de 2012

'Julio Cortázar en el matasellos' por Víctor Núñez Jaime


La edición integral en cinco tomos de las cartas del escritor ayuda a reconstruir su vida personal y el proceso de elaboración de algunos de sus libros mayores

 - EL PAÍS
  • El escritor argentino Julio Cortazar.

    Julio Cortázar se sentaba ante la máquina para escribir sus cartas y dejaba correr “el vasto río de los pensamientos y los afectos”. No le gustaba, sin embargo, guardar copias: “Hay que conocer muy mal a los cronopios para imaginar que guardan cartas”, le dijo en 1962 al director de cine Manuel Antín. En sus misivas, Cortázar contaba a sus familiares, amigos, editores y traductores un sinfín de vaivenes personales, la creación de sus libros, anécdotas de viaje, opiniones políticas o literarias: el reflejo de su época y su generación intelectual.
    Estas Cartas (Alfaguara) llegan en forma de una edición aumentada (con más de 1.000 cartas nuevas), ampliamente corregida y completada. Quien recorra este auténtico legado epistolar del autor de Rayuela asistirá por primera vez no solo a la gestación de algunos de sus libros mayores (Bestiario, Historias de cronopios y de famas o el propio Rayuela), sino también al nacimiento, consolidación y final del boom de la literatura latinoamericana, del que se cumplen 50 años.
    Después de la publicación en 2009 de Papeles inesperados, una colección de capítulos de libros, prólogos, artículos y cuentos inéditos hallados un día en una vieja cómoda, Aurora Bernárdez y Carles Álvarez García se propusieron corregir y aumentar, mediante un exhaustivo rastreo, los tres tomos ya publicados con la correspondencia del escritor argentino. El resultado son estos cinco volúmenes con más de 3.000 páginas que se leen como un diario o un relato autobiográfico.
    Muchas de estas cartas ofrecen detalles específicos del mundo cortazariano. Una vez Paul Blackburn, su traductor al inglés, le preguntó de dónde salieron los cronopios, “esos seres arquetípicos que se oponen a la fama”. Y el escritor respondió: “¿Cómo puedo saberlo? Yo estaba en el Teatro de los Campos Elíseos escuchando música y llegaron los cronopios. Simplemente llegaron, en cuerpo y alma. La única diferencia con la forma definitiva es que al principio eran más bien algo parecido a globos verdes y húmedos. Sus características humanas aparecieron después”.
    Hay, también, reclamos cariñosos. Cortázar le dice al editor Francisco Porrúa: “Hasta hace poco el silencio tenía un solo nombre en español, ese. Ahora se llama Porrúa, existe un silencio Porrúa, yo vivo desde hace un mes envuelto en una gran masa de silencio Porrúa. (...) Me basta mirar el abigarrado montón de mi fan-mail y las facturas a pagar para darme cuenta de que siempre hay un agujero cuadrado entre tantos colores, el silencio Porrúa con su estampilla de viento. (...) ¿Vos realmente podrías explicarme qué carajo pasa? Pero tomaré la delantera, te aplastaré con la arrolladora fuerza de mi generosidad, te escribiré una larga carta llena de consultas, dándote trabajo, obligándote a pedir expedientes y archivos, a dictar telegramas, a consultar asesores, te privaré de tu cafecito de las diez y media y de tu cinzano con bitter de las once y veinticinco. (...) Ahora me estoy divirtiendo mucho con Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, que trata del ambiente habanero que conocí bastante a fondo”.
    Y hay, además, cartas y tarjetas postales dirigidas a Aurora Bernárdez, viuda y albacea de Cortázar, algunas respetuosas, algunas divertidas y otras sobre los trámites de su divorcio. Los tomos incluyen índices onomásticos y notas al pie con los datos relativos a publicaciones bibliográficas y hemerográficas.
    Carles Álvarez explica que en estos cinco volúmenes se muestra “cómo fue la construcción del individuo desde varias perspectivas: la ideológica, la estética, la sentimental... Sin llegar nunca (o muy raramente) a la confesión íntima (...) A mí me divierten las trifulcas con algunos editores y las discusiones con algunos traductores, pero si hubiera que destacar un rasgo dominante es el de la amistad que en muchos casos sobrevive décadas y en otros pocos se interrumpe súbitamente y sin mayores explicaciones”.

    domingo, 9 de septiembre de 2012

    CARTA DE UNA PROFESORA: Derechos, que no Privilegios


    Foto: CARTA DE UNA PROFESORA

Derechos, que no Privilegios

Según el Diccionario de uso del español de María Moliner, *privilegio* es la excepción de una obligación, o posibilidad de hacer o tener algo que a los demás les está prohibido o vedado, que tiene una persona por una circunstancia propia o por concesión de un superior. Por el contrario *derecho* es la circunstancia de poder exigir una cosa porque es justa.

Soy *funcionaria*, me dedico a la docencia y trabajo en un instituto de educación secundaria, en este país. Y no, yo *no tengo privilegios*.

El sueldo que cobro es un *derecho* que me gano honradamente con mi trabajo. Está regulado por un convenio en el que participan y firman todas las partes interesadas. Es transparente, cualquier ciudadano puede saber lo que cobro. Hacienda conoce perfectamente mis ingresos, en mi declaración no cabe el fraude ni la picaresca. Mis ahorros, pocos, están en entidades bancarias completamente controladas por el estado, y no en paraísos fiscales. Me levanto todas las mañanas a las seis y media para ir a trabajar. Cuando regreso estoy cansada, porque, aunque no lo parezca, este oficio es agotador. Diariamente doy cuenta de mi trabajo primero a mis alumnos y por supuesto a sus padres, luego a mi director y si es preciso al inspector de mi zona, porque yo sí tengo jefes.

Obtuve mi puesto de trabajo aprobando una oposición, que por si alguien no lo sabe, es una prueba muy dura, y no hubo "enchufismos" de ninguna clase.

Si tengo que ir a trabajar en coche, el vehículo es propio y pago la gasolina, yo no tengo coche oficial ni chófer. Si he de quedarme a comer, me pago la comida, yo no cobro dietas. El café y el almuerzo corren por mi cuenta, y hasta los bolígrafos rojos que gasto para corregir los ejercicios de mis alumnos, los compro con mi dinero. Los libros de texto y de lectura que necesito para trabajar, de momento, nos los ceden, gratuitamente las editoriales, tampoco les cuestan un euro a la Administración.

No, yo *no tengo privilegios*. Alguien podría pensar que disfruto de un mes de vacaciones más que el resto de mortales. Pero durante el curso escolar trabajo prácticamente todos los domingos, y cuando no trabajo en domingo es porque lo he hecho en sábado. Si cuentan todos estos días, verán que suman más de 31, que son los que tiene el mes de julio.

Cuando llevo a mis alumnos de excursión o de viaje, les dedico las 24 horas, dejando a mis hijos y a mi familia.

No, yo *no tengo privilegios*. Y sin embargo *me siento privilegiada*. Sí, me siento privilegiada porque considero que mi trabajo es muy importante y valioso y realizo un servicio social. Me siento privilegiada cuando veo crecer y madurar a mis alumnos, los veo superar sus dificultades y aprender, y yo estoy ahí ayudándoles, aunque solo sea un poquito. Me siento privilegiada cuando mis alumnos me saludan por la calle, casi siempre con una sonrisa y cuando hablo con sus padres con la cordialidad propia de quienes comparten objetivos. Me siento privilegiada cuando encuentro a antiguos alumnos y me hablan de sus vidas, de sus éxitos y sus proyectos. Y sobre todo me siento privilegiada porque trabajo rodeada de extraordinarios profesionales que se dejan la piel día a día para llevar a buen puerto esta nave que la Administración se empeña en hacer zozobrar.

Sí, estos son mis privilegios, pero puedo asegurarles que no le cuestan ni un euro al contribuyente.

Con todo, no crean que quiera ponerme medallas, nada más lejos. En el fondo me siento como *el siervo inútil *del Evangelio, al fin y al cabo solo cumplo con mis obligaciones. Pero es importante no confundir derechos con privilegios.

*Los recortes en Sanidad y Educación*, son recortes *en derechos* y *no en privilegios*. Que no os confundan. No veáis enemigos donde hay amigos, ni verdugos donde hay víctimas como vosotros. Confundir es un arma del poder para camuflar al verdadero culpable.

Con todo lo que está cayendo sobre los docentes, lo que más me duele no es la pérdida de poder adquisitivo, sino el menoscabo moral al que se nos está sometiendo. Solo pido a la sociedad, respeto.

A los políticos, honestidad, porque muchos han olvidado el significado de esa palabra, si es que lo conocieron alguna vez. También les pido valentía, porque pisotear al débil es de cobardes. Los culpables de esta crisis son mucho más poderosos que nosotros y sí tienen *privilegios*, que lo paguen ellos.

Por la dignidad del docente, que es lo que no nos pueden quitar.

    Según el Diccionario de uso del español de María Moliner, *privilegio* es la excepción de una obligación, o posibilidad de hacer o tener algo que a los demás les está prohibido o vedado, que tiene una persona por una circunstancia propia o por concesión de un superior. Por el contrario *derecho* es la circunstancia de poder exigir una cosa porque es justa.

    Soy *funcionaria*, me dedico a la docencia y trabajo en un instituto de educación secundaria, en este país. Y no, yo *no tengo privilegios*.

    El sueldo que cobro es un *derecho* que me gano honradamente con mi trabajo. Está regulado por un convenio en el que participan y firman todas las partes interesadas. Es transparente, cualquier ciudadano puede saber lo que cobro. Hacienda conoce perfectamente mis ingresos, en mi declaración no cabe el fraude ni la picaresca. Mis ahorros, pocos, están en entidades bancarias completamente controladas por el estado, y no en paraísos fiscales. Me levanto todas las mañanas a las seis y media para ir a trabajar. Cuando regreso estoy cansada, porque, aunque no lo parezca, este oficio es agotador. Diariamente doy cuenta de mi trabajo primero a mis alumnos y por supuesto a sus padres, luego a mi director y si es preciso al inspector de mi zona, porque yo sí tengo jefes.

    Obtuve mi puesto de trabajo aprobando una oposición, que por si alguien no lo sabe, es una prueba muy dura, y no hubo "enchufismos" de ninguna clase.

    Si tengo que ir a trabajar en coche, el vehículo es propio y pago la gasolina, yo no tengo coche oficial ni chófer. Si he de quedarme a comer, me pago la comida, yo no cobro dietas. El café y el almuerzo corren por mi cuenta, y hasta los bolígrafos rojos que gasto para corregir los ejercicios de mis alumnos, los compro con mi dinero. Los libros de texto y de lectura que necesito para trabajar, de momento, nos los ceden, gratuitamente las editoriales, tampoco les cuestan un euro a la Administración.

    No, yo *no tengo privilegios*. Alguien podría pensar que disfruto de un mes de vacaciones más que el resto de mortales. Pero durante el curso escolar trabajo prácticamente todos los domingos, y cuando no trabajo en domingo es porque lo he hecho en sábado. Si cuentan todos estos días, verán que suman más de 31, que son los que tiene el mes de julio.

    Cuando llevo a mis alumnos de excursión o de viaje, les dedico las 24 horas, dejando a mis hijos y a mi familia.

    No, yo *no tengo privilegios*. Y sin embargo *me siento privilegiada*. Sí, me siento privilegiada porque considero que mi trabajo es muy importante y valioso y realizo un servicio social. Me siento privilegiada cuando veo crecer y madurar a mis alumnos, los veo superar sus dificultades y aprender, y yo estoy ahí ayudándoles, aunque solo sea un poquito. Me siento privilegiada cuando mis alumnos me saludan por la calle, casi siempre con una sonrisa y cuando hablo con sus padres con la cordialidad propia de quienes comparten objetivos. Me siento privilegiada cuando encuentro a antiguos alumnos y me hablan de sus vidas, de sus éxitos y sus proyectos. Y sobre todo me siento privilegiada porque trabajo rodeada de extraordinarios profesionales que se dejan la piel día a día para llevar a buen puerto esta nave que la Administración se empeña en hacer zozobrar.

    Sí, estos son mis privilegios, pero puedo asegurarles que no le cuestan ni un euro al contribuyente.

    Con todo, no crean que quiera ponerme medallas, nada más lejos. En el fondo me siento como *el siervo inútil *del Evangelio, al fin y al cabo solo cumplo con mis obligaciones. Pero es importante no confundir derechos con privilegios.

    *Los recortes en Sanidad y Educación*, son recortes *en derechos* y *no en privilegios*. Que no os confundan. No veáis enemigos donde hay amigos, ni verdugos donde hay víctimas como vosotros. Confundir es un arma del poder para camuflar al verdadero culpable.

    Con todo lo que está cayendo sobre los docentes, lo que más me duele no es la pérdida de poder adquisitivo, sino el menoscabo moral al que se nos está sometiendo. Solo pido a la sociedad, respeto.

    A los políticos, honestidad, porque muchos han olvidado el significado de esa palabra, si es que lo conocieron alguna vez. También les pido valentía, porque pisotear al débil es de cobardes. Los culpables de esta crisis son mucho más poderosos que nosotros y sí tienen *privilegios*, que lo paguen ellos.

    Por la dignidad del docente, que es lo que no nos pueden quitar.

    sábado, 9 de junio de 2012

    Carta abierta a los mineros de un profesor-obrero


    LO QUE ESTE BUEN HOMBRE DICE LO PENSAMOS MUCHOS EN ESTE PAIS DE CHORIZOS, ESTAFADORES, MANGANTES Y DEMÁS SINVERGÜENZAS, Y QUE AL FINAL LO PAGAMOS LOS POBRES CIUDADANOS. Gracias, Tino, por hacerme llegar esta misiva



    Estimado compañero. 

    Lo primero que quiero hacer es presentarme. Me parece la mayor muestra de deferencia por mi parte hacia ti, que lees esto. Ruego que me permitas tutearte. Vivo a cientos de kilómetros de las cuencas mineras donde plantáis batalla por vuestros puestos de trabajo y vuestra dignidad. Concretamente en Alicante, en la tierra donde los casos de corrupción, para desgracia de las personas decentes que vivimos aquí, están a la orden del día y nos han hundido en la miseria más absoluta.

    Soy profesor. O mejor dicho trabajador de la enseñanza pública, porque siempre he tenido claro a que clase pertenezco y a cual no. Alguien que se va a la calle como 8.000 personas más en el País Valenciano. Alguien que sabe que su carta de despido está escrita desde enero. Alguien que ha dado toda la energía que tenía y que no tenía en tratar de mover a un sector donde el conformismo, la falta de conciencia de clase, el aburguesamiento, la falta de empuje, tras años de desmovilización, nos ha llevado a donde nos lleva a muchos: al matadero del paro, a no volver a trabajar en nuestra profesión posiblemente.

    En 30 días dejaré mi puesto de trabajo para no volver más. Puesto de trabajo que me encantaría defender con uñas y dientes, con arrojo minero, pero donde soy consciente que solo somos cuatro gatos los que estaríamos dispuestos a imitaros. He llegado a llorar amargamente, como un débil, como un derrotado, de rabia e impotencia, ante el triste panorama que se vislumbra. Ante la desdicha de comprobar cómo las protestas que realizábamos nosotros tenían un tinte festivo y creativo que no ha servido para nada. El 30 de junio nos vamos a la calle. Como se dispuso en enero. Como si no hubiéramos realizado 11 manifestaciones, tres encierros, miles de horas de concienciación, cuatro días de huelga.... Como si siguiese siendo enero, ese enero en el que nosotros pasamos a pagar el pato de lo que otros habían robado, mangado y saqueado en nuestra tierra valenciana.

    De todas formas, me repongo con facilidad. No me rindo. Lucho por concienciar en mi trabajo, aunque a veces me decepcione ver que choco contra mil paredes. Contra un colectivo donde muchos de sus miembros, teniendo un sueldo más modesto que tú, se creen de una clase media a la que jamás han pertenecido. La clase media no se va al paro. Eso lo sabéis muy bien en la mina. Eso lo sabéis muy bien en Mieres, en Pola, en Cangas, en Astorga, en Ribadesella. También en León y en el Bierzo, como en Teruel y Aragón. Mi tarea de concienciación es dura e ingrata: soy despreciado, insultado, menospreciado, tachado de radical y de "antiguo". Lo moderno es hacer una manifestación con folclore. Cualquiera con dos dedos de frente ve para que ha servido esas manifestaciones que la prensa del poder aplaude. 

    A casi treinta días de irme a la calle, tú tienes la culpa de haber cargado de energía a este trabajador de la enseñanza. “¡Que exagerado!, dirás. No creas que exagero, compañero minero. Compañero si, compañero, porque tengo claro que tú y yo pertenecemos a la misma clase. Que yo no soy "clase media". Soy como tú. Recibo un salario por mi trabajo, si trabajo comeré este mes y el que viene, si me echan igual no tengo para poder comer... Nos parecemos mucho, aunque a veces algunos piensen que no. 

    Y es que habéis conseguido despertar mi aprecio y mi admiración. No exageraría si os dijera que también mi más profunda veneración. Esta vez se me han saltado también las lágrimas, pero de orgullo. De admiración. He seguido muy de cerca, a través de las redes, todas las movilizaciones. Todas vuestras protestas. Viendo el coraje y el arrojo al defender vuestros puestos de trabajo, que es lo que deberíamos hacer todos y todas en este país.

    La valentía de mirar por vuestras condiciones de vida y la de los vuestros, en lugar de tener complejos de "que dirá la tele o que dirá la prensa". Os han silenciado y machacado, criminalizando vuestras reivindicaciones. Pero eso os ha dado igual, porque la prensa del poder no os da de comer. Vosotros tenéis claro que coméis del puesto de trabajo y eso os lleva a defenderlo como toca y a luchar como toca. Nunca los acomplejados han conseguido nada, a la vista está en los libros de Historia que yo enseño a mis chavales. 

    Sois verdaderamente admirables. Habéis declarado la huelga indefinida, sin plantearos si perdíais un día el salario, como muchos hacían en mi centro de trabajo, repitiendo como papagayos que “una huelga no servía para nada”. Pero una huelga no para montar una tamborada o una marcha de la música, sino para deleitar con música de lucha a los que apaleaban a los estudiantes del IES Lluis Vives. A esos que, ante vosotros, se postran a vuestros pies porque os temen. A esos sucios mercenarios del Estado que se ensañaban con los estudiantes pero que estaban acojonados y nerviosos ante vuestra firmeza y empuje. A esos que temblaban al oir vuestros decididos pasos sobre las autovías del norte y del centro.

    Ayer en Madrid disteis una nueva lección de dignidad. De dignidad de clase y de dignidad como personas. Cuando os hicisteis notar en la capital del Estado. Cuando Madrid entera y el estado supo que vuestros pies caminaban sobre la capital. Recuerdo vuestros lemas, recuerdo lo que "no estamos indignados, estamos hasta los cojones". Se me ha quedado grabado cuando recriminabais a la Policía por dejar a su compañero Policía herido desprotegido. A pesar de que son nuestros rivales, deportividad. La que ellos no tuvieron, como las ratas que son, cuando fueron a traición a detener a un manifestante cuando estaba cerca del autobús, entre nueve, sonriendo de forma repugnante y haciendo comentarios despectivos ante "la caza que habían organizado". El que es persona, actúa como tal; el que es un miserable mercenario, también. Y todos pudimos verlo.

    Sólo me queda darte, aunque no lo necesites, mis ánimos y mandarte desde Alicante un caluroso abrazo, deseando que consigáis para vosotros y vuestras familias todo aquello que reivindiquéis. Porque sois ejemplo. Sois la vanguardia y el ejemplo a seguir en todas aquellas movilizaciones que existan. Aunque los acomplejados y los alienados ladren y os insulten. Sois el ejemplo de cientos de miles de trabajadores.
    Yo trabajo en un sector en el que hay gente con vuestra misma voluntad, pero somos pocos, de momento. Por ello, este profesor, hoy, es un alumno con ganas de aprender de ti, de tu forma de luchar, de tu grado de concienciación. Porque en este caso los profesores de la lucha sois vosotros. Y nos habéis dado a todos, a todos los trabajadores y las trabajadoras, una lección muy importante. La lección de cómo se defiende lo propio, de solidaridad, de firmeza astur-leonesa, de valentía dinamitera, de coraje obrero. 

    Simplemente, para acabar, agradecerte que hayas leído esta misiva y la hagas llegar a todos esos “profesores de la lucha” de la minería. Aquí, un alumno profesor que os admira y os respeta. 

    Un saludo cordial de un compañero, trabajador de la Enseñanza Pública, llamado ...

    sábado, 21 de abril de 2012

    Amor y odio en la Generación del 27


    Las cartas de Juan Ramón Jiménez revelan la complicada relación con sus discípulos

    JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS Madrid 20 ABR 2012 - El País

    Homenaje a Ortega y Gasset en Madrid,1920.Juan Ramón es el primero a la derecha en la fila de abajo; junto a él, Ortega y, al lado de este, Azorín. / RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

    “En su revista: se anuncia por dinero cualquier libro; se publica un elojio de usted, en letra grande y sitio de honor cada vez que usted hace esto o lo otro o lo de más allá; no se hace crítica de los libros dignos que se publican, sino de los que usted quiere que se hagan. De modo que la Revista de Occidente no es otra cosa que un desahogo y un negocio de usted, no, como usted me dijo, un intento definitivo de revista seria, pura, noble en lo científico y en lo literario. No me es posible por lo tanto seguirle ayudando como le prometí”. En julio de 1924, con su particular ortografía, Juan Ramón Jiménez escribió esta carta a José Ortega Gasset, pero no la envió. Casi un siglo inédita, no se conserva el original en la letra de ejipcio del poeta, eso sí, existen dos borradores en la Universidad de Puerto Rico, la isla del tesoro para juanramonianos como Alfonso Alegre Heitzmann, que la incluye en el segundo volumen de la correspondencia del andaluz universal. La Residencia de Estudiantes, editora del proyecto, lo presentará la semana que viene.


    Seis años después del primer tomo (420 cartas) y a falta de un tercero dedicado al exilio, este segundo es una mina para la historia de la literatura: 520 misivas (236 inéditas) dirigidas entre 1916 y 1936 a corresponsales llamados Unamuno, Valle-Inclán, Azorín, Lorca, Salinas o Guillén. Sin olvidar a Paul Valéry o Nikos Kazantzakis.

    Sin Juan Ramón Jiménez (1881-1958), que consideraba las cartas parte fundamental de su obra, no se entiende la cultura española del siglo XX. No solo por el valor de su producción poética —consagrada dos años antes de su muerte con el Premio Nobel— o por su popularidad —Platero y yo es el libro es prosa más vendido de la literatura española después de el Quijote—, también por su papel como catalizador del talento ajeno. Si las publicaciones de la Residencia de Estudiantes, bajo su dirección, publicaron el primer ensayo de Ortega (Meditaciones del Quijote, 1914) y las Poesías Completas de Antonio Machado (1917), Juan Ramón se convirtió enseguida en el maestro de los más jóvenes, ese grupo de escritores al que la posteridad conoce como generación del 27. Casi cien cartas a distintos corresponsales permiten seguir de cerca la evolución del grupo. “Jamás poeta español iba a ser más querido y escuchado por toda una rutilante generación de poetas”, escribió en sus memorias Rafael Alberti.


    Además, el arco temporal de las cartas publicadas ahora no puede ser más simbólico: se extiende desde marzo de 1916, el año de la boda del escritor con Zenobia Camprubí y de la publicación del decisivo Diario de un poeta recién casado, hasta agosto de 1936, el momento del exilio definitivo de la pareja. Libros clave como Eternidades, Piedra y cielo o Segunda antolojía poética vieron la luz en ese tiempo. Fue también el periodo en que el poeta se volcó en los escritores emergentes a través de revistas como Índice o Sí, financiadas, dirigidas y diseñadas por él. Era así fiel a su idea de “alentar a los jóvenes; exijir, castigar a los maduros; tolerar a los viejos”.

    Retrato de boda de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. 
    “Me parece que tiene este cerrado granadí un gran temperamento lírico”, dice por carta Juan Ramón hablando de Lorca en 1920. “¡Qué gusto ver llegar buenos nuevos! ¡Espina García, Salazar, Guillén, García Lorca…”. El maestro acogió a Federico en Madrid con todas las atenciones, visitó a su familia en Granada, creó la colección que publicó el primer poemario de Pedro Salinas —Presagios, “libro de maestro interior”—, manifestó su devoción por Guillén — “májico escritor”— y colaboró incluso en la revista ultraísta Reflector pese a sus reservas hacia la supuesta novedad de las vanguardias. “En Rimbaud”, escribe a Gerardo Diego, “está también el cubismo”.

    La cercanía de Juan Ramón Jiménez con los jóvenes coincide con su paulatino alejamiento de los mayores, “ese montón estético-social-naufrago que llaman jeneración del 98”, escribe. Y también: “venimos y vamos a sitios distintos (además de la Academia, el Congreso, la Prensa y el Salón). A mí me da dolor de estómago sólo de pensar que mi poesía tenga nada que ver con el consabido desastre”.

    Curiosamente, 1927 será la fecha que marque el alejamiento de sus discípulos por la necesidad de matar al padre y el choque de vanidades. Lo que empieza con alguna que otra diferencia sobre el célebre homenaje a Góngora coordinado por Gerardo Diego —“Góngora pide director más apretado y severo, sin claudicaciones ni gratuitas ideas fijas provincianas”— termina siete años más tarde con un furibundo ataque del autor joven más cercano a Juan Ramón: José Bergamín. Su antiguo colaborador aprovecha un artículo sobre Pedro Salinas para tachar la obra de su mentor de “amoralismo esteticista”, “falsa e inhumana”, “agonizante y espectacular”. Finalmente, este retira sus poemas de la antología con la que Diego amplió su famosa selección de 1932 —decisiva para consagrar al grupo— y escribe un seco telefonema a Jorge Guillén: “Quedan hoy retirados trabajo y amistad”. En una hoja conservada en sus archivos escribe: “J.R.J. asesinado en 1934 por sus discípulos: PS, JG, DA, JB y sus paniaguados”. Es decir, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y José Bergamín.

    Juan Ramón Jiménez con
    Jorge Guillén y Pedro Salinas,
     en la terraza de su casa del número 8
    de la calle Lista de Madrid, en 1924.
    Pero no todo es disputa literaria en Juan Ramón Jiménez. En su correspondencia viven también el poeta agradecido que se cartea con corresponsables anónimos y el que hombre comprometido que en mayo de 1931 escribe al ministro Fernando de los Ríos celebrando “esta primaveral República alegre, sana, milagrosa” pese a que “sus ideas sociales son más extremas que las republicanosocialistas españolas”. Cuando estalla la Guerra Civil, el escritor y su esposa acogen en un piso de la calle Velázquez a 12 niños abandonados. De Zenobia, que considera a su marido “un corresponsal catastrófico”, es la carta que cierra el volumen. En ella habla del trabajo con los chicos —“han desplazado toda nuestra vida anterior y nos absorben por completo” (el hombre que toda su vida buscó el silencio vive en el más constante estruendo y estrépito). Los niños, añade, “le compensan a uno de todo”. Y concluye: “Todos nos hacemos a la nueva vida: un poco-mucho desaliñados, empezando porque no se puede estar vistiendo y bañando y alimentando niños con medias y trajes de seda. Yo me endoso una bata, un delantal y un par de zapatillas y lo demás me parece tan superfluo que sea lo que fuera vamos a cambiar radicalmente de vida”. Les esperaban, antes de morir sin ver España, veinte años de exilio.

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