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Desde hace varias décadas —¿o siglos?— la formación académica se tiene como el único camino posible o válido del éxito o el reconocimiento social (lo que sea que estos signifiquen). Ir a la escuela y cumplir con todas sus obligaciones formativas es un imperativo que ha estado presente desde épocas remotas sin, al parecer, nunca perder fuerza.
Sin embargo, hay ejemplos notables que hacen que, después de todo, la esperanza no se pierda para aquellos que en cierto momento se dan cuenta de que la escuela no lo es todo, que, sobre todo, no es la única vía posible para alcanzar eso que podríamos denominar “realización personal” (sin saber tampoco qué significa esto).
En esta ocasión presentamos 10 grandes escritores que, a pesar de no seguir el camino trazado por la convención, no por ello fracasaron. Quizá no sea fácil, ¿pero no es la dificultad un estimulante?
Charles Dickens
Aunque en sus primeros años Dickens gozó de una educación privilegiada, las deudas de su padre le arrebataron esta posibilidad cuando contaba con 12 años. A partir de entonces trabajó en un almacén de betún calzado. Y aunque después volvió a la escuela, cuando su padre salió de prisión, esta experiencia ya jamás lo abandonaría.
Jack Kerouac
Kerouac, el niño mimado de la generación beat, estaba destinado a convertirse en el héroe de la Universidad de Columbia por medio de su equipo de fútbol americano. Pero, al parecer, él tenía otros planes. Conflictos con el entrenador y una fractura de tibia terminaron por empujar fuera de la institución y encaminarlo a una vida radicalmente distinta.
William Faulkner
Faulkner tuvo casi desde siempre una personalidad que no se llevaba bien con la disciplina y la normalidad. A los 15 le importaba poco la escuela, que abandonó a esa misma edad. Años después, empleado en una oficina postal, lo despidieron porque leía durante las horas laborales. A los 22 dejó la Universidad Mississippi, donde se había inscrito como estudiante especial, después de tres semestres. Eventualmente ganaría el premio nobel de literatura y, lo más importante, dejaría como legado una de las obras con más repercusión en la cultura humana.
Octavio Paz
Otro nobel en esta lista, el escritor mexicano Octavio Paz dejó la universidad antes de obtener su título. Sus inquietudes, tan amplias y ambiciosas que no cabían entre las paredes de las aulas, lo llevaron a Yucatán, a Valencia, a París (más o menos en ese orden) y demás lugares hasta culminar en la Academia Sueca. En algún momento, sin embargo, con motivo de la publicación de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, un “especialista” en la poeta barroca, Tarsicio Herrera Zapién, se burló en un epigrama de la formación académica trunca de Paz (haciendo de “autodidacta” un insulto):
Castro: te atacó un Nobel;
te llamó “buey con diploma”.
Mas al escupir su hiel,
lo autodidacta le asoma,
pues ni un título tiene él.
George Bernard Shaw
Shaw erró de escuela en escuela durante su juventud hasta comprender, a los 14, que ese no era su medio. Su verdadero lugar de formación estuvo en la Galería Nacional de Dublín, donde aprendió todo lo que de arte, historia y literatura necesitaba para convertirse en el dramaturgo excepcional que fue.
Ray Bradbury
Como confesó en esta plática, Bradbury no fue a la universidad y, en contraste, se “graduó de la biblioteca” a los 28.
H.G. Wells
Wells tenía once años cuando, por un accidente, su padre se fracturó el fémur y tuvo que dejar la escuela para trabajar y ayudar en los gastos del hogar. Los muchos oficios que tomó a partir de entonces inspirarían las novelas The Wheels of Chance y Kipps.
Harper Lee
Ganadora del Pullitzer, Lee dejó la escuela de leyes apenas terminado su primer semestre. Acto seguido se mudo a Nueva York con la firme convicción de convertirse en escritora.
Jack London
El autor del célebre Colmillo blanco dejó la escuela cuando tenía 13 años, combinando empleos varios con la lectura incesante de todo libro que tuviera al alcance. Una década después, a los 24, publicó su primera reunión de cuentos.
Harvey Pekar
Legendario en el mundo de los cómics, Harvey Pekar asistió un año a la Case Western University, pero desistió por la enorme presión que le suponían las “clases de matemáticas”. Luego de ser licenciado por la Marina, a la que se unió cuando abandonó la universidad, se retiró a Cleveland, donde vivió por el resto de su vida.
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lunes, 19 de noviembre de 2012
10 grandes escritores que abandonaron la escuela (y no por ello fracasaron) en Qué leer
sábado, 10 de noviembre de 2012
13 consejos prácticos para promover la lectura en tus hijos
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Fuente: educacion2020.cl
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sábado, 18 de agosto de 2012
Las grandes novelas que las editoriales rechazaron
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"Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor". Lo dijo Katherine Neville, una ingeniera y exmodelo de Missouri que recurrió al aforismo después de pasar varios años enviando a editoriales y agentes literarios su manuscrito, un raro thriller entre histórico y esotérico con 64 personajes y una trama que emulaba la táctica del ajedrez. Tras haber esquivado los portazos de todos, probó suerte en 1987 en Ballantine Books, y alguien allí pensó que la novela podría salir al mercado. El ocho eclosionó automáticamente en bestseller en 12 lenguas, requirió decenas de ediciones y vendió millones de ejemplares.
Y no ha sido la única vez que ha ocurrido. Desde el Ulises de James Joycehasta el Harry Potter de J.K. Rowling –pasando por obras tan reconocibles como Cien años de soledad, El señor de los anillos o La conjura de los necios– son muchos los ejemplos en libros clásicos, superventas editoriales y hasta obras maestras que estuvieron a punto de no ver la luz. La censura y la ceguera editorial, en muchos casos, se confabularon en su contra. En otros, fueron sus propios autores quienes no quisieron publicar.
La odisea del Ulises
Uno de los casos más extremos es quizás el del Ulises del irlandés James Joyce –calificado con frecuencia como el mejor libro del siglo XX–, cuya azarosa publicación tuvo que sortear rechazos tan dispares como el deVirginia y Leonard Woolf, que la consideraron falta de calidad e impublicable, o el de la terrible Sociedad para la Prevención del Vicio de Estados Unidos, que la juzgó corrupta. Incluso cientos de ejemplares de The Little Review, la revista donde Joyce empezó a publicar el Ulises por entregas, fueron denunciados, confiscados y quemados en 1921. Las autoridadesantivicio no quisieron, sencillamente, que el Ulises pisara suelo estadounidense.
Por suerte, algunos capítulos de la obra –que en 1920 seguía inconclusa– caen en manos Sylvia Beach, propietaria en París de la legendaria librería Shakespeare & Co. Fue ella quien publicó, en 1922, la primera edición delUlises. Pese a que Beach recurrió en su distribución a argucias de contrabandismo, como forrar los ejemplares con cubiertas de poemarios de Shakespeare, una cuarta parte de la segunda edición –500 ejemplares– fueron localizados en las oficinas de correos de la aduana estadounidense y quemados inmediatamente. De la tercera edición, que fue enviada íntegramente a Reino Unido, sólo sobrevivió un ejemplar.
Habrá que esperar hasta 1932 para que el libro sea publicado oficialmente en Estados Unidos –aunque circulaba, desde 1929, una versión pirata– y a 1936 en Reino Unido. La primera edición en castellano fue en Buenos Aires en 1946. Al contrario de lo que reza la leyenda popular, el Ulises nunca estuvo prohibido en Irlanda.
La piedra filosofal
Hasta 12 editores creyeron, cuando cayó por sus manos, que el primer manuscrito de Harry Potter y la piedra filosofal no les ofrecía oportunidad de negocio. Después de haber sido rechazado por todos ellos, el agente de J.K. Rowling lo envió a Bloomsbury Publishings –por aquel entonces una pequeña editorial londinense– y su editor jefe, Nigel Newton, no se molestó siquiera en pasar de la primera página. Fue su hija Alice, una niña de ocho años, quien cogió el original despreocupadamente y lo subió a su habitación. "Bajó corriendo un poco más tarde y me dijo que era lo mejor que había leído", confesó Newton años después en una entrevista en The Independent.
Aun así, Newton no tenía demasiada fe en el joven aprendiz de mago, así que se limitó a extenderle a su autora un cheque de 2.500 libras –un mero trámite– y a publicar una escasísima primera edición de 500 ejemplares. Hoy, gracias a Potter, la editorial tiene unos ingresos anuales medios de 100 millones de dólares y sedes en Londres, Nueva York y Sydney. La marca Harry Potter, mientras tanto, se ha valorado en más de 15 billones de dólares y Rowling es y la escritora más adinerada del mundo.
Cuestión de moda
Las modas literarias, sin duda uno de los fenómenos que mantiene vivas y con salud a las grandes editoriales, también son uno de sus mayores problemas. Con frecuencia, muchas de las grandes casas de edición se muestran tan obcecadas por subirse al carro del boom vigente que rechazan por sistema cualquier otra historia. Y por supuesto, alguna de esas historias será la que desate el siguiente boom.
Es lo que le ocurrió a la estadounidense Amanda Hocking, autora del superventas El viaje, cuyos originales sobre romances paranormales no llegaron a cruzar siquiera el umbral de editorial alguna. "Llevaba intentando conseguir agente literario desde los 17 años", explica. “No quería seguir haciendo lo mismo una y otra vez, así que me decidí por la autoedición, para ver cómo funcionaba, ya que no tenía nada que perder”. Hocking editó sus novelas en soporte digital y las publicó a través de Amazon en 2010. En 2012 lleva recaudados más de dos millones de dólares –la cifra más alta jamás conseguida por un autor a través de internet–, las editoriales ofrecen sumas millonarias por los derechos de su obra y St. Martin Press ha pagado otros dos millones por ficharla en exclusiva.
Superventas, pero póstumas
El tesón, en todo caso, está muy bien como axioma del triunfalismo, pero en la vida real no siempre resulta. Algunos autores de talento no sólo no tuvieron la suerte de ser descubiertos jóvenes, sino que de hecho vieron llegar el día de su muerte sin haber publicado un libro pese a haber llamado a todas las puertas.
Antes de quitarse la vida, John Kennedy Toole recibió la negativa de todas las editoriales a las que envió el manuscrito de La conjura de los necios, una de las cuales llegó a aducir que el libro no trataba de nada en concreto. Años después de su muerte, la madre de Toole encontró el original olvidado en el trastero de su hijo –fechado en 1962– y se empeñó en su publicación. Tras cosechar de nuevo el rechazo de las editoriales, se lo remitió al escritorWalker Percy, que aceptó leerla sólo después de mucha insistencia. En 1980,La conjura de los necios fue publicada y se convertía en un inmediato éxito de ventas. El siguiente año recibió el premio Pulitzer.
Unwin convenció a Tolkien de publicarEl hobbit –que él consideraba demasiado infantil– y le animó a que produjera una secuela, que sería El señor de los anillos. Tolkien tardó diez años en escribirla y estuvo a punto de abortar su publicación en varias ocasiones. Y cuando por fin quiso publicar una obra motu propio,el inglés presentó a las editoriales elQuenta Silmarillion, que éstas rechazarían por su densidad, lo que acabó de arruinar la propia –y poca– confianza que Tolkien tenía en su obra. Sólo después de su muerte, su hijo Christopher Tolkien publicaría las restantes obras del considerado gran maestro de la fantasía, entre las que están el propio Silmarillion,Roverandom y los Cuentos Inconclusos.
Un compatriota suyo, E.M. Forster, escribió Maurice para guardar seguidamente el manuscrito en un cajón durante casi sesenta años. De ella dijo, en una nota en el original, que era "publicable, pero ¿merece la pena?". Una pregunta retórica que se entiende al contrastar la historia contada enMaurice –la de un triángulo amoroso entre hombres, que además son de distinta extracción social– con la temprana fecha de 1913, en que fue escrita.Forster no quiso que su familia y amigos dedujeran de ella su propia homosexualidad en vida, por lo que la novela se publicó en 1971, después de morir, y se convirtió de la noche a la mañana en el gran clásico de la literatura de temática gay.
Fuente: www.elconfidencial.com
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martes, 7 de agosto de 2012
La influencia de la literatura en la música
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La literatura no sólo ha sido fuente de inspiración para guiones cinematográficos, televisivos y teatrales. Muchos cantantes y agrupaciones han tomado obras literarias para la creación de discos o canciones, y hay que decir que ciertos autores son favoritos para ser homenajeados a partir de estos proyectos.
Uno de los favoritos es Lewis Carroll, el creador de la obra “Alicia en el país de las maravillas”, precisamente por el lado oscuro que maneja. Uno de los máximos éxitos de la banda de los años 60, Jefferson Airplane, es “White Rabbit”, que habla precisamente del conejo blanco que nunca tiene tiempo de detenerse para platicar con Alicia. Además, Enrique Bunbury también se inspiró para crear una letra en la que la misma protagonista era confinada a este extraño lugar “Alicia (expulsada al país de las maravillas)”. Y no olvidemos “Alice” de Avril Lavigne, de la película del mismo nombre del 2010. Otro consentido de los músicos es Edgar Allan Poe. Uno de sus poemas básicos, “El cuervo”, es retratado en un tema de Alan Parsons’ Project, pero en Latinoamérica hay tres claros ejemplos de su influencia. Uno es la musicalización brindada por Radio Futura de otro poema importante del escritor estadounidense, “Annabel Lee”, del disco “La canción de Juan Perro” (1987), y un año después, Soda Stereo tomaría parte de la trama de “El Corazón Delator” para una canción del mismo nombre que formó parte de su disco “Doble Vida” (1988). Un caso particular es Gabriela Martínez de la Mora, líder del grupo Carmín (al cual por cierto, perteneció por un tiempo Ely Guerra); esta banda participó en el Festival OTI de 1988 con el tema “Un grito en la oscuridad”, escrita por Gabriela y que se trata de una especie de homenaje y referencia a Allan Poe. Y otro que apasiona mucho a los músicos es J.R.R. Tolkien, el creador de la trilogía de “El señor de los anillos”. Podemos decir que la canción más famosa es “The Battle of Evermore”, del famoso disco IV de Led Zeppelin, inspirada en “El retorno del rey”. La banda canadiense Rush tomó al personaje principal de la famosa novela de Mark Twain “Las aventuras de Tom Sawyer”, que con el tiempo se convertiría en uno de sus más grandes clásicos. Y hablando de… “Don’t Stand So Close To Me”, de The Police, que durante mucho tiempo se pensó que era un tema autobiográfico, pues habla de un profesor de escuela entusiasmado con una de sus alumnas, en realidad está basada en el clásico de Vladimir Nabokov, “Lolita”. La ciudad ficticia donde trascurre “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, Macondo, también tiene su canción, una de las más populares de la literatura latinoamericana. Este tema, que ha sido interpretado por Óscar Chávez, Rigo Tovar, Celso Piña y hasta La Dosis, relata en pocas palabras algunos detalles de la famosa obra del escritor colombiano. Mario Benedetti también hizo su aportación con su poema “Te quiero” (inolvidable en “Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”). Una de las más famosas interpretaciones de esta canción la podemos escuchar en voz de Nacha Guevara, aunque también la ha grabado gente de la talla de Tania Libertad, e inspiró a Ana Belén y Víctor Manuel para llamar a una de sus giras como el verso ya referido. El disco “Animals” (1977) de Pink Floyd, está completamente inspirado en la obra de George Orwell “La rebelión en la granja”. Para su creación, Roger Waters tomó tres animales: la oveja, el cerdo y el perro e hizo notables metáforas entre el comportamiento de estos animales con el humano. El resultado, uno de los mejores discos de esta banda inglesa. El famoso texto de Jean Paul Sartre “La náusea”, inspiró a Santa Sabina a crear el tema “Labios mojados”, uno de los más significativos pues encierra el concepto musical que la banda siempre ofreció: música sin concesiones con una letra muy acorde con el autor. Otra banda que tomó algo del existencialismo fue The Cure, quienes usaron “El extranjero” de Albert Camus para crear uno de sus temas más polémicos, “Killing An Arab”, pues mucha gente no entendió el mensaje y creyó que era una canción xenofóbica. De la famosa novela de Patrick Süskind, “El perfume”, hay dos canciones. La primera es “Scentless Apprentice” de Nirvana, y la otra es “Du Riechst So Gut” de Rammstein. En ambas, se plasma la idea del autor de contar la historia de un hombre y su relación con lo que él mismo llamaba “el fascinante mundo de los olores”. Los cuentos infantiles también tienen su lugar, como la historia de los Tres Cochinitos y el Lobo feroz, que encontró eco en la banda de heavy metal Green Jelly, quien se inspiró y creó “Three Little Pigs”, y cuyo video pues es básicamente la narración del cuento. El personaje de Gulliver, tomado de la novela de Jonathan Swift, fue tomado, curiosamente, por dos cantantes españoles: uno fueJoaquín Sabina y el otro, Miguel Bosé. Otro personaje protagonista de cuento clásico, Ulises (“La Odisea”, de Homero) que también estelariza la historia que presenta Cream en “Tales Of Brave Ulysses”. Los libros sobre historias del narcotráfico también han tenido su lugar en esta inspiración. Primero, fue Juanes con “Rosario Tijeras”, y después Los Tigres del Norte con “La Reina del Sur”. Ambos no sólo llegaron al mundo del disco, sino también al de la televisión, y en el caso de la primera, también al cine. Café Tacuba incluyó dos referencias literarias en su aclamado disco debut de 1992. La primera la encontramos en “Las batallas”, que está completamente basada en “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco; y la segunda es “Rarotonga”, la famosa historieta de Yolanda Vargas Dulché, en donde la banda alucina que se les presenta esta voluptuosa mujer con su frase “hazme tuya cada martes”. Aún con todo, tal vez una de las referencias más famosas en la música de obras literarias es la hecha por Joan Manuel Serrat. “Dedicado a Antonio Machado”, que salió en 1969, se volvió un clásico en parte gracias al tema “Cantares” (inolvidable su “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”), aún cuando los poemas no están tan escritos como los había hecho Machado. Y otro poeta que ha sido objeto de homenajes, es Pablo Neruda. En 1999 salió un disco con textos escogidos del ganador del Premio Nobel de Literatura, llamado “marinero en Tierra”, en el cual participan gente como Alejandro Sanz, Miguel Bosé, Joaquín Sabina, Andrés Calamaro, Aterciopelados, Mikel Erentxun y El Tri. Y el segundo fue “Neruda en el corazón”, proyecto en el que volvieron a participar Bosé y Sabina, a quienes se les sumaron Ana Belén, Solé Giménez (la ex Presuntos Implicados), Lucio Dalla, Miguel Ríos, Jorge Drexler y hasta Julieta Venegas. Tal vez faltaron muchas cosas, pero hay que decir algo. Esta fue una pequeñísima muestra de lo que la literatura ha hecho por la música… y no lo dudemos. Si están leyendo un libro en este momento, a lo mejor luego se convierte en canción, uno nunca sabe.
Fuente: www.filmeweb.net
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viernes, 6 de julio de 2012
Shakespeare en Ipad para niños
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03-07-2012
Touch of Classic, es la primera colección digital de literatura clásica universal ilustrada e interactiva. El objetivo es inocular el amor por la gran literatura a los pequeños nativos digitales y el Ipad es el instrumento perfecto para ello. El primer título de la colección fue«Don Quijote», que obtuvo un gran éxito de ventas, y ahora llega «El sueño de una noche de verano».
La obra de William Shakespeare ha sido resumida y sintetizada tras una selección de las escenas más emblemáticas, a través de un nuevo y sencillo texto en verso muy accesible y atractivo para los lectores más jóvenes. Además, incorpora detalladas ilustraciones de Miguel Calero ymúsica original de Michael Kropf.
Interactivo y lúdico
A través de la historia, el lector encuentra multitud de oportunidades para interactuar con elementos y personajes de las diferentes escenas así como acertijos, puzzles y juegos por completar. Por ejemplo, se les pide a los lectores que ayuden al elfo Puk a encontrar una flor única con la que preparar la poción mágica o que coloreen una pantalla solo utilizando sus dedos. En definitiva, una atractiva forma de acercar una de las obras más divertidas delgenio inglés a los más jóvenes.
«El sueño de una noche de verano» está disponible en el Apple Store y ya ha sido número uno en la categoría libros de pago en España, algo que le ocurrió también a su antecesor, «El Quijote».
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sábado, 16 de junio de 2012
«Angry Birds» da el salto a la literatura
Los divertidos pájaros y los malvados cerdos de "Angry Birds", el videojuego más vendido para soportes móviles en el mundo, da el salto a la literatura y se presenta en las librerías como Angry Birds. El gran libro rojo y Angry Birds. El gran libro verde el próximo 20 de junio.
Cada ejemplar tiene un total de 104 páginas que ofrecen a los aficionados cien escenas distintas del juego donde pequeños y grandes podrán dibujar y pintar, ha informado Ediciones B, encargada de esta publicación.
El videojuego alcanzó el año pasado 500 millones de descargas en las diferentes plataformas en las que está disponible.
Además, la compañía finlandesa Rovio, creadora de "Angry Birds" tiene previsto llevar próximamente a Hollywood a estos divertidos personajes.
10 razones por las que todavía leo literatura infantil del blog librosfera.blogspot.com
1.- No quiero olvidar cómo era ser niña.
Cuando era niña me preocupaba convertirme en uno de esos adultos que han olvidado completamente cómo era ser niño (como la señorita Trunchbull de Roald Dahl en Matilda). Afortunadamente, eso todavía no ha sucedido. Leer libros infantiles automáticamente me ayuda a recordar, incluso de manera más viva de lo que es habitual, cómo era tener siete años. No quiero ser uno de esos adultos que describe el Principito, o convertirme en un villano digno de un libro de Roald Dahl. Aunque no leer libros infantiles no quiera decir que de repente vayas a ser incapaz de relacionarte con niños o que vayas a convertirte en la peor pesadilla de los niños, creo que leer literatura infantil ayuda a asegurarte que nunca olvidarás. Es agradable poder leer un libro y encontrarte con que todavía conserva esa parte de lo que fuiste y de lo que sentiste al ser niño.
2.-Puedo aprender mucho de libros como El Principito, Peter Pan, y Alicia en el País de las Maravillas.
Y de tantos otros libros para niños. Muchos libros infantiles están repletos de sabiduría. El primero que se me ocurre es El Principito. En 91 páginas este libro puede enseñarte sobre el amor, las cosas importantes de la vida, y aquello que nunca deberías olvidar, sin importar la edad que tengas. Cuando escribió Peter Pan, J. M. Barrie encontró inspiración para esta historia de un chico que nunca crecerá en la muerte de su hermano mayor David, que murió antes de cumplir catorce años. Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, es sobre el solitario viaje hacia la madurez, la pérdida de la infancia y como es imposible volver. Mientras la hermana de Alicia sueña con el País de las Maravillas después de escuchar a Alicia hablar sobre él, ella no puede ir allí, e incluso en su sueño sabe que no es real. El catalejo lacado de Philip Pullman ofrece una perspectiva diferente sobre el pecado original en el jardín de Edén y lo equipara a la consciencia, no al pecado. Harry Potter no es solo sobre la lucha entre el bien y el mar, encarnados en Harry y Voldemort, sino también sobre la lucha interna que todos llevamos dentro.
3.- No me importa que me juzguen.
Si alguien en un avión me ve leyendo Las Hermanas Penderwick o La invención de Hugo Cabret y asume que o soy vaga o no demasiado lista, pues vale. Afortunadamente para mí, tengo la suficiente confianza en mi inteligencia para que me vean leyendo un libro que fue escrito para chicos de 10 años. Cuando era más joven no me sentía así, pero doy las gracias por haber madurado lo suficiente como para que ya no me importe. C. S. Lewis sabiamente dijo “Cuando me convertí en un hombre dejé de lado las cosas infantiles, como el miedo a ser infantil y el deseo de ser terriblemente mayor.”
4.- Puede ser simplemente divertido.
Leo por muchas razones diferentes: para descubrir cosas que no sabía, para ver el mundo a través de los ojos de otra persona, para encontrar aventuras, para aprender sobre el pasado o lo que habría podido ser, para escapar, para enamorarme o para ir a lugares que puede que nunca vea en la realidad. Pero a veces solo quiero leer un libro que sea tremendamente divertido. A pesar de que es cierto que no todos los libros infantiles son puro entretenimiento, algunos de ellos son muy divertidos de leer y a veces son justo lo que necesito. Roald Dahl es un gran autor al que acudir cuando quieres leer un libro divertido que te recuerde lo que significa tener 10 años, y de vez en cuando eso es justo lo que estoy buscando.
5.- Intento no subestimar a los niños o los libros que leen.
Aunque es verdad que de niña me gustaban algunos libros de los que hoy me avergüenzo, también me gustaban muchas cosas que estoy segura que los adultos pensaban que no entendería (como el humor negro y las referencias literarias de Una serie de catastróficas desdichas). Estoy segura de que habrá gente que oirá a un niño hablar bien de un libro y actuarán de manera paternalista, asumiendo que ese libro es demasiado tonto para cualquiera con más de doce años. Puedes incluso encontrar esta actitud en algunos libros infantiles, que son condescendientes con sus lectores (otra de las cosas que no puedo soportar). Creer que todos los libros infantiles son tontos es creer que todos los niños lo son y que malgastan su tiempo en literatura que no vale la pena. Algunos libros infantiles son populares por una razón: son buenos.
6.- Solo porque un libro esté escrito para una audiencia infantil no quiere decir que no trate temas importantes.
Esto me hace pensar en una cita de Madeleine L’Engle, autora de Una Arruga en el Tiempo: “Tienes que escribir el libro que quiere ser escrito. Y si el libro es demasiado difícil para los adultos, entonces lo escribes para los niños.” Los libros del Dr. Seuss podrían ser descartados como simples y estrambóticas rimas para niños, pero en realidad son mucho más que eso. Solo porque la manera en que están escritos no suponga un reto no quiere decir que no propongan retos a nuestra inteligencia. Recuerda que estos libros fueron escritos por adultos.
7.- Intento mantener la mente abierta sobre lo que leo.
Si alguien me recomienda un libro que les ha encantado, voy a leerlo aunque sea para niños, adolescentes o adultos. Si fuera menos abierta sobre la lectura, me hubiera perdido un montón de libros increíbles.
[Nota mental: volver sobre este punto otro día para contarles una anécdota reciente relacionada con no uno, sino dos prejuicios, y la fantástica serie ¡Yotsuba!]
8.- Sé que los escritores de literatura infantil y juvenil pueden tener tanto talento como los escritores para adultos.
Algunas personas parecen pensar que la literatura infantil y juvenil no tiene ningún mérito literario, o incluso que los escritores de libros infantiles lo son porque no pueden o no saben escribir para adultos. Algo así como “los que no saben enseñar son profesores de gimnasia”, pero en su lugar “los que no saben escribir, escriben para niños”. Esto es, por supuesto, totalmente falso. Algunos escritores de gran talento para niños incluyen a Neil Gaiman, Philip Pullman, L. M. Montgomery, Lois Lowry, E. L. Konigsburg, Madeleine L’Engle, Lewis Carroll, C. S. Lewis, J. K. Rowling y Frances Hodgson Burnett. De hecho, algunos de ellos también escriben para adultos.
9.- A veces me gusta escapar del mundo de los adultos.
Seamos honestos: a veces es agradable olvidarse de los problemas de los adultos y leer libros de aventuras desde la visión sorprendida del niño protagonista.
10.- Porque un buen libro es un buen libro.
¿Qué importa en qué sección de la biblioteca se encuentre? Te encontrarás con libros que están a medio camino de la sección juvenil y la sección de adultos, y da igual donde te encuentres con La ladrona de libros, porque a pesar de ello será increíble.
Fuente: tomado del blog librosfera.blogspot.com
lunes, 4 de junio de 2012
Los chicos que leen en su tiempo libre rinden más
Leer puede ser para los chicos y adolescentes, además de un placer, una inversión a largo plazo. Dos estudios, uno argentino y otro internacional, dan cuenta de esta evidencia, mientras que los especialistas consultados por Clarín coinciden: la lectura en los tiempos de ocio hace que los futuros adultos rindan mejor en la vida.
Una reciente investigación británica de la Universidad de Oxford, que siguió a casi 20.000 personas entre la adolescencia y la adultez, reveló que leer por placer asegura un mayor éxito profesional. Los testearon a los 16 años y volvieron a hacerlo a los 33. Los lectores habían llegado a ocupar mejores puestos en empresas que aquellos para los que la lectura no había sido una prioridad.
En la Argentina, se comprobó que los estudiantes que egresan del secundario salen mejor preparados si en sus casas hubo una biblioteca. La conclusión se desprende del último Operativo Nacional de Evaluación del Ministerio de Educación, que examinó a los alumnos de quinto año: a medida que crece la cantidad de libros en el hogar, los desempeños en Lengua y Matemática mejoran. Y la falta de libros en casa explica, en parte, las bajas notas que obtienen en el colegio.
El verano, fuera de las obligaciones escolares de todo el año, es una época ideal para incentivar la lectura, sobre todo en los más pequeños de la familia. Desde la Fundación Leer, aseguran que dedicarles unos 20 minutos diarios a leerles un libro es clave para generar el hábito y que luego, una vez alfabetizados, ellos continúen haciéndolo por sus propios medios.
Según Rafael Gagliano, docente de Filosofía y Letras de la UBA, leer libros “permite un nivel de concentración y focalización mayor, reduce la dispersión de la vida mental y posibilita mirar detalladamente una trama o historia y ser fiel a su comprensión e interpretación”.
Gloria Gitaroff, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, enumera una serie de ventajas difíciles de rechazar: “El hábito de la lectura no sólo nos entrena; ayuda a expresarnos mejor y acostumbra a una correcta ortografía y gramática, y a ampliar el vocabulario. Además, desarrolla la imaginación y la creatividad, aumenta la capacidad de memoria y ejercita la concentración”.
Abraham Gak, ex rector de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, considera que la lectura “permite hablar mejor y, en matemática, contribuye a desarrollar un pensamiento lógico. Quienes están acostumbrados a leer libros adquieren una sensibilidad diferente y se expresan con mayor exactitud, a contramano de los que sólo leen por Internet, donde sólo picotean y adquieren un conocimiento fragmentario”.
Para Patricia Mejalelaty, directora ejecutiva de la Fundación Leer, la lectura es una habilidad transversal a todas las áreas del conocimiento. “Un chico que no lee libros tiene dificultades para comprender y seguramente le va a ir mal en todas las asignaturas. No sólo en Lengua. Por ejemplo, no va a ser capaz de comprender el enunciado de un problema matemático o de sacar ideas de un texto”, grafica. Por eso destaca que es importante que tanto padres como maestros ejerzan un rol de mediadores en el hábito de implantar la lectura. “Donde no sólo sea la lectura sino donde circule la palabra y esté presente la anécdota, en donde los abuelos tengan un rol determinante”, aconseja Mejalelaty. Y agrega: “Cuando los chicos tienen acceso a libros que han sabido captar su interés, como lo logró Harry Potter con una historia atrapante, se sumergen de lleno”.
Axel Rivas, director del Programa de Educación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), destaca que el buen desempeño en relación a la disposición de libros en el hogar está emparentado fundamentalmente con una cultura familiar: “Esa correlación no se debe al hecho de que sólo tengan libros, sino a que hay una familia con predisposición a transmitir ese habito desde temprana edad. Se trata de una responsabilidad conjunta en que juegan varios aspectos: el principal es generar confianza en los chicos: todos pueden aprender”.
Los especialistas coinciden en que la presencia de libros en el hogar depende de una tradición y cultura familiar. Y del estrato social. En muchos casos, la ausencia de libros se debe a limitaciones de espacio e incomodidades propias del hacinamiento en las casas. Gak opina que “esto está unido a las condiciones de vida y a los derechos que deben tener todos los chicos. Por eso es tan importante la igualdad de oportunidades”.
Fuente: clarin.com
lunes, 28 de mayo de 2012
33 razones para leer por Alba Reojo
2- Para afirmar
3- Para no ser lo que somos
4- Para consolarnos
5- Para pasarlo bien
6- Para negar
7- Para soñar
8- Para dudar
9- Para crecer
10- Para reír
11- Para jugar
12- Para conocernos a nosotros mismos
13- Para detener el tiempo
14- Para imaginar
15- Para saber que estamos vivos
16- Para descubrir el mundo
17- Para crear un mundo propio
18- Para saber que no estamos solos
19- Para desterrar la melancolía
20- Para compartir un legado común
21- Para huir del ruido
22- Para combatir la fealdad
23- Para refugiarnos
24- Para vivir más
25- Para conocer otros mundos
26- Para aprender a pensar
27- Para llorar
28- Para explorar
29- Para saber
30- Para entender
31- Para aprender
32- Para conocer a los otros
33- Para ver las cosas de otra manera
Tú, ¿por que razón lees?
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lunes, 30 de abril de 2012
Los escritos completos de Shakespeare se publican en formato de bolsillo
La monumental obra de uno de los gigantes de la literatura universal ha sido por fin compilada y comprimida en su versión en castellano para caber en un espacio reducido de la estantería. La editorial Mondadori, a través de su catálogo DeBolsillo, publica las obras completas de William Shakespeare en cinco volúmenes que recogen, además, “algunas de las mejores traducciones hechas en la segunda mitad del siglo XX, a ambos lados del Atlántico”, según explica Andreu Jaume, editor de Random House Mondadori y el responsable de la selección de textos en español, de varias decenas de autores diferentes, latinoamericanos y españoles.
Otra demostración de que el catálogo de Shakespeare vive en la permanente ebullición solo reservada a los clásicos llega de la mano deLibros del Zorro Rojo, editorial que presenta una nueva versión deMacbeth. Con la traducción de Ángel-Luis Pujante, en ella se recupera un prólogo de Jorge Luis Borges. El texto luce además las ilustraciones del italiano Ferenc Pintér.
“El proyecto surge de la trayectoria de sellos históricos de la casa: a pesar de tener a muchos escritores clásicos, jamás habíamos hecho nada de Shakespeare, algo que es imperdonable en una colección así”, cuenta Jaume Bonfill, editor de Mondadori, sobre la iniciativa de bolsillo. De proyecto, la colección de los escritos del cisne de Avon ha pasado en menos de un año a edición “solvente y asequible”, añade Andreu Jaume. A un precio de 19,95 euros, el primer volumen, dedicado a las comedias, verá la luz en España y América Latina en abril; el segundo, de las tragedias, lo hará en junio; los dramas históricos, en septiembre; los romances, en noviembre y, finalmente, la poesía en 2013.
La división de los textos en cinco grandes apartados proviene, según explica Jaume, de la tradición surgida a finales del siglo XIX: “En la Edición príncipe del siglo XVII la recopilación era de comedias, tragedias y dramas históricos. A partir del siglo XIX se añaden los romances, que son la obra final de Shakespeare y que no son ni comedias, ni tragedias ni tragicomedias: son una especie de alegorías. A eso se añade un quinto volumen con la poesía”. Ese tomo final -la única edición bilingüe de la colección-, contiene además algunos poemas que hasta ahora no habían sido traducidos.
Traducción literaria, que no literal
Aunque ya se había intentado agrupar la obra de Shakespeare en castellano, esta es la primera vez que se presenta con traducciones en las que se traslada el verso de los originales, a diferencia de versiones históricas y de referencia como las de Guillermo McPherson o Luis Astrana Marín, realizadas en los siglos XIX y principios del XX respectivamente. “En otras lenguas hay costumbre de traducir respetando la prosa y el verso, pero aquí no. La idea matriz es realizar una edición para el siglo XXI”, indica Andreu.
A la imaginable dificultad de traspasar el inglés del XVI al castellano contemporáneo, se suma en la empresa de traducir a Shakespeare la problemática de captar y plasmar sus cualidades literarias, plenas de detalles, ambigüedades y juegos. “Si traducir a un clásico es un reto, hacerlo en verso lo es más aún”, apunta el escritor Victor Obiols, que mudó al castellano la comedia The taming of the shrew, popularmente conocida como La fierecilla domada, aunque titulada en su versión La doma de la fiera. “Quise cambiar el título porque la traducción permite una variedad de interpretaciones, y además, quería huir del título comercial de la película de Franco Zeffirelli de 1966”, asegura.
Si ocuparse del título es de por sí una tarea ingente, ¿cómo se afronta la traducción de una obra completa? “Además de conocer el inglés, el traductor de Shakespeare debe tener oído poético y, además, osadía”, señala el escritor Vicente Molina, de quien se incluyen tres traducciones en la colección: las de Hamlet, El mercader de Venecia y El Rey Lear. “Yo me pasé un año entero leyendo a Shakespeare”, relata sobre sus tiempos como profesor en la Universidad de Oxford. “Y si ya leer a Shakespeare da la medida de su grandeza como autor, traducir su obra es algo privilegiado”.
Por norma general, en las partes versificadas, Shakespeare se valió del pentámetro yámbico o verso blanco en inglés, esto es, un verso sin rima. “En español yo lo traduje por alejandrinos, heptasílabos…” cuenta Obiols. A ese esfuerzo creativo por preservar el ritmo y la musicalidad, se añade el deber de mantenerse fiel al sentido primero pretendido por el autor. “A veces la fidelidad se entiende como literalidad, pero la literalidad a veces traiciona: en ocasiones, el sentido descansa en el sonido más que en la literalidad”, apuntilla Jaume.
En la práctica, señala Obiols, “al traducir en verso o recortas o amplías. Hay que tener imaginación y capacidad para crear efectos análogos, y yo traté de reflejar eso en el verso”. En el caso de Molina, la traslación ocurrió de manera similar: “En la rima no sigo la medida, sino que hago verso libre”, detalla. “Aunque algunas traducciones anteriores en prosa, como las de Astrana Marín, fueron realizadas con altura, en cierta manera renunciaban al espíritu de una época que ya ha pasado: había que modernizar las traducciones de Shakespeare, y para ello había que darles una sonoridad tan impactante como la del original”.
Fuente: elpais.com
martes, 3 de abril de 2012
The Joy of Books
Hace unos meses, el creativo matrimonio formado por los canadienses Sean Ohlenkamp y Lisa Blonder Ohlenkamp nos deleitaron con una magnífica animación en stop motion en la que nos mostraban distintas maneras de ordenar la biblioteca de su casa.
Ahora, han decidido subir de nivel. El resultado de largas noches moviendo, apilando y reordenando libros en la librería Type de Toronto es esta magnífica pieza que, en plena fiebre del ebook, nos recuerda que los libros siguen ahí transmitiendo su magia y proporcionándonos grandes alegrías.
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sábado, 18 de febrero de 2012
Los chicos que leen en su tiempo libre rinden más
Leer puede ser para los chicos y adolescentes, además de un placer, una inversión a largo plazo. Dos estudios, uno argentino y otro internacional, dan cuenta de esta evidencia, mientras que los especialistas consultados por Clarín coinciden: la lectura en los tiempos de ocio hace que los futuros adultos rindan mejor en la vida.
Una reciente investigación británica de la Universidad de Oxford, que siguió a casi 20.000 personas entre la adolescencia y la adultez, reveló que leer por placer asegura un mayor éxito profesional. Los testearon a los 16 años y volvieron a hacerlo a los 33. Los lectores habían llegado a ocupar mejores puestos en empresas que aquellos para los que la lectura no había sido una prioridad.
En la Argentina, se comprobó que los estudiantes que egresan del secundario salen mejor preparados si en sus casas hubo una biblioteca. La conclusión se desprende del último Operativo Nacional de Evaluación del Ministerio de Educación, que examinó a los alumnos de quinto año: a medida que crece la cantidad de libros en el hogar, los desempeños en Lengua y Matemática mejoran. Y la falta de libros en casa explica, en parte, las bajas notas que obtienen en el colegio.
El verano, fuera de las obligaciones escolares de todo el año, es una época ideal para incentivar la lectura, sobre todo en los más pequeños de la familia. Desde la Fundación Leer, aseguran que dedicarles unos 20 minutos diarios a leerles un libro es clave para generar el hábito y que luego, una vez alfabetizados, ellos continúen haciéndolo por sus propios medios.
Según Rafael Gagliano, docente de Filosofía y Letras de la UBA, leer libros “permite un nivel de concentración y focalización mayor, reduce la dispersión de la vida mental y posibilita mirar detalladamente una trama o historia y ser fiel a su comprensión e interpretación”.
Gloria Gitaroff, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, enumera una serie de ventajas difíciles de rechazar: “El hábito de la lectura no sólo nos entrena; ayuda a expresarnos mejor y acostumbra a una correcta ortografía y gramática, y a ampliar el vocabulario. Además, desarrolla la imaginación y la creatividad, aumenta la capacidad de memoria y ejercita la concentración”.
Abraham Gak, ex rector de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, considera que la lectura “permite hablar mejor y, en matemática, contribuye a desarrollar un pensamiento lógico. Quienes están acostumbrados a leer libros adquieren una sensibilidad diferente y se expresan con mayor exactitud, a contramano de los que sólo leen por Internet, donde sólo picotean y adquieren un conocimiento fragmentario”.
Para Patricia Mejalelaty, directora ejecutiva de la Fundación Leer, la lectura es una habilidad transversal a todas las áreas del conocimiento. “Un chico que no lee libros tiene dificultades para comprender y seguramente le va a ir mal en todas las asignaturas. No sólo en Lengua. Por ejemplo, no va a ser capaz de comprender el enunciado de un problema matemático o de sacar ideas de un texto”, grafica. Por eso destaca que es importante que tanto padres como maestros ejerzan un rol de mediadores en el hábito de implantar la lectura. “Donde no sólo sea la lectura sino donde circule la palabra y esté presente la anécdota, en donde los abuelos tengan un rol determinante”, aconseja Mejalelaty. Y agrega: “Cuando los chicos tienen acceso a libros que han sabido captar su interés, como lo logró Harry Potter con una historia atrapante, se sumergen de lleno”.
Axel Rivas, director del Programa de Educación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), destaca que el buen desempeño en relación a la disposición de libros en el hogar está emparentado fundamentalmente con una cultura familiar: “Esa correlación no se debe al hecho de que sólo tengan libros, sino a que hay una familia con predisposición a transmitir ese habito desde temprana edad. Se trata de una responsabilidad conjunta en que juegan varios aspectos: el principal es generar confianza en los chicos: todos pueden aprender”.
Los especialistas coinciden en que la presencia de libros en el hogar depende de una tradición y cultura familiar. Y del estrato social. En muchos casos, la ausencia de libros se debe a limitaciones de espacio e incomodidades propias del hacinamiento en las casas. Gak opina que “esto está unido a las condiciones de vida y a los derechos que deben tener todos los chicos. Por eso es tan importante la igualdad de oportunidades”.
Fuente: clarin.com
domingo, 12 de febrero de 2012
30 libros en español para periodistas
Escrito por @cdperiodismo en Claves, Libros
Muchos periodistas, por no decir todos, son grandes coleccionistas de libros, pero siempre se les escapa alguno. Clases de Periodismo recopiló 30 libros en español que abordan temas como el periodismo digital, las redes sociales, la infografía periodística, entre otros.
Para eso creamos un board en Pinterest (revisa este tutorial si quieres crear uno) con los títulos que todo periodista debe tener. Actualizaremos constantemente, pero ya puedes revisar nuestras primeras recomendaciones:
El nuevo periodismo (Tom Wolfe)
La invención de la crónica (Susana Rotker)
Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar en el periodismo (Juan José Hoyos)
Ortografía de la lengua española (Real Academia Española)
Los cinco sentidos del periodista (Ryszard Kapuściński)
Revisa la lista completa aquí.
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domingo, 12 de junio de 2011
La pasión de la certeza
Bertrand Russell es conocido como uno de los filósofos y matemáticos más populares del siglo XX. La Autobiografía que acaba de relanzar Edhasa nos lo redescubre también como un gran prosista, un memorialista que con más de 90 años, logró compilar su vida con un estilo ágil y absorbente.
Texto CARLES BARBA - Revista Qué leer
Bertrand Russell nació el 18 de mayo de 1872 en un rincón de Gales, Trelleck, en el condado de Montmouth. Tanto su padre (lord Amberley) como su madre pertenecían a la nobleza británica. Su abuelo paterno, John Russell, fue todo un personaje dentro de la política inglesa: lideró a los whigs en la cámara de los comunes y ejerció de primer ministro durante dos mandatos. Por sus servicios a la corona se le dió una mansión en Richmond Park, Pembroke Lodge, por la que recalaron estadistas de todo el mundo. En una ocasión, ante una visita del sha de Persia, John Russell se disculpó por la pequeñez de su hogar, a lo que el otro contestó: “Sí, es una casa pequeña, pero encierra a un gran hombre”. El pequeño Bertrand respiró por tanto desde niño una atmósfera encumbrada: a los dos años, sin ir más lejos, una vez se topó en el salón del abuelo nada menos que a la reina Victoria. En todo caso, él en un principio se crió con sus padres en Gales, donde muy tempranamente se cernió sobre ellos la tragedia: su hermano Frank, siete años mayor, contrajo una difteria, de la que se recuperó pero que contagió a su hermana y madre, y ambas murieron en 1874. Lord Amberley (cuya carrera política había quedado truncada en 1868) no soportó las pérdidas y murió dos años después a causa de una bronquitis. Frank y Bertrand, en consecuencia, se trasplantaron a Londres, a Pembroke Lodge precisamente, y bajo la jurisdicción de lady Russell, una puritana intransigente que nunca se permitía sentarse en un sillón antes de que llegase la noche, a pesar de que en la casa contaba con ocho sirvientes fijos. Bertrand fue educado por preceptores privados y no pisó un centro académico hasta los 18 años, en que se incorporó a Cambridge. Institutrices germánicas le aseguraron un buen dominio del alemán y su hermano Frank se encargó de adiestrarle en aritmética y geometría. A este respecto, hay una anécdota ilustrativa: en una de las lecciones, Bertrand pidió a Frank que le demostrara algunos axiomas geométricos, a lo que el otro respondió que había de creer en ellos porque, en caso contrario, no podrían continuar; de manera que Bertrand los aceptó, pero sólo provisionalmente. El futuro pensador estaba aquí manifestando un rasgo profundo de su personalidad: siempre querría que todo estuviera fundamentado y justificado.
En medio de esta infancia solitaria –con plegarias a las ocho de la mañana y baños fríos en cualquier época del año– Bertrand a los once años se sintió de golpe fascinado por las matemáticas puras y, en particular, por los Elementos de Euclides. En la fuerza demostrativa de los números encontraba una armonía y un orden que en cambio echaba en falta en las prácticas religiosas. A los quince años comenzó a interesarse en los problemas filosóficos, pero como notaba la tácita desaprobación de su abuela se volvió aún más reservado y solitario. “Poco antes y poco después de mi dieciséis cumpleaños, escribí mis creencias y mis incredulidades utilizando letras griegas y signos fonéticos para mejor ocultarlas”, revelaría de mayor. Anotaba en clave cifrada cosas como ésta: “No tengo el valor de decir a los míos que apenas puedo creer en la inmortalidad”.
Los hechos y la experiencia
Cambridge, por tanto, representó una liberación y un afianzamiento. “Me encontré de repente entre gente que hablaba la clase de lenguaje que me era natural”. Russell había decidido estudiar matemáticas superiores. Resultó providencial que su primer examinador para su ingreso en el Trinity College fuera Alfred North Whitehead. Este docente calibró enseguida el potencial del aspirante, al punto que, en una de las clases de Estática que impartía, exhortó a sus alumnos a trabajar a fondo en un determinado punto, exonerando de ello sólo a Russell: “Usted no necesita estudiarlo, porque ya lo sabe”. No sólo encareció públicamente el talento del recién llegado. Animó a los alumnos más aventajados para que se preocuparan de él y así Russell se encontró muy pronto alternando con futuras lumbreras como Lowes Dickinson, Roger Fry, John McTaggart, G.E. Moore o los hermanos Trevelyan, Charles, Bob y George. Más adelante contactará en los claustros con John Maynard Keynes, E.M. Forster o Lytton Stratchey, que luego conformarán el célebre grupo de Bloomsbury. Pese a que Russell se licenció en 1892 con la máxima calificación, salió de este aprendizaje profundamente decepcionado (“en realidad se nos presentaba toda la ciencia matemática como un juego de agudas artimañas”, diría más tarde) y decidió volcarse en la filosofía, un ámbito que le parecía más congenial con las inquietudes de su intelecto. “¿Cuál es la diferencia entre ciencia y filosofía?”, le preguntarían en la BBC en 1959. “Ciencia es lo que sabemos y filosofía lo que ignoramos”, contestó.
En 1893 ya se había dado cuenta de esta fundamental distinción y había notado que, mientras la ciencia sólo cubría una pequeña parte de todo aquello que es susceptible de interesar al hombre, la filosofía tendía sus tentáculos sobre áreas inmensas aún por colonizar. A Russell, por otra parte, le atraía de la filosofía su acción correctiva sobre el conocimiento humano, demostrando que hay cosas que creíamos que sabíamos pero de las cuales en verdad no sabemos nada. De hecho, el cuestionamiento de valores comunmente admitidos ya había sido acometido por nuestro hombre durante su adolescencia en Pembroke Lodge (con las creencias victorianas de la familia); seguirá en Cambridge con la puesta en solfa de las matemáticas convencionales y, después, con la filosofía al uso entonces en las aulas, el kantismo y el hegelianismo. Su compañero G.E. Moore (dos años más joven) será cómplice en este desmontaje del idealismo alemán y en la suposición (odiosa para ambos) de que el espacio y el tiempo están solo en la mente. El joven Russell entendía más bien (en línea con Berkeley y Hume) que los hechos son independientes de la experiencia y que la experiencia es un aspecto muy restringido y cósmicamente trivial en relación con el funcionamiento general del universo.
En 1894, Russell se licencia en filosofía con sobresaliente y, para curarse del parroquialismo de Cambridge, emprende varios viajes, gracias en parte a la herencia de 20.000 libras legada por su padre. Viaja un par de veces a Berlín, donde entra en contacto con las matemáticas de figuras como George Cantor, K. Weiertrass y R. Dedekind. En Alemania descubre asimismo las tesis económicas de Marx y cree detectar los puntos débiles de la teoría de la plusvalía. Aprovecha los meses berlineses para familiarizarse con las prácticas del partido socialdemócrata, experiencia de la que destila su primer libro, La social democracia alemana. Se desplaza también por entonces a América, donde absorbe nuevos aires y tendencias. Americana será su primera mujer, Alys Pearsall Smith, cinco años mayor que él e hija de un importante industrial cuáquero de Filadelfia. La estricta abuela paterna desaprobará la unión.
A estas alturas de su vida, Bertrand Russell sintió la imperiosa necesidad de encararse de nuevo con las matemáticas y purgarlas de construcciones falaces. Para ello, buscó sus fundamentos esenciales en la lógica, una ciencia que en 2.000 años, desde Aristóteles al XIX, apenas se había modificado. En 1900 tuvo ocasión de asistir a un congreso internacional de filosofía, lógica e historia de la ciencia en París, y allí contactó con un matemático italiano, Giuseppe Peano, que le fortaleció en sus intuiciones. En 1903 tenemos a Russell publicando Los principios de las matemáticas, y en esa misma década, de 1900 a 1910, se lanza a escribir los Principia Mathematica a cuatro manos con su antiguo tutor, Alfred Whitehead. Este tratado le dejó exhausto, pero con la satisfacción de haber revolucionado los estudios en ese ámbito. Los Principia, en efecto, marcaron un antes y un después, y al reducir las matemáticas a unos cuantos principios elementales logicistas, y al mismo tiempo poner en el centro del pensamiento filosófico el análisis de su propia estructura lógica, se situaron en sintonía con las nuevas corrientes de la creación artística (la pintura abstracta, la música dodecafónica, etcétera). La obra deparó a Russell un prestigio mundial y, gracias a Alfred Whitehead, obtuvo la plaza de catedrático de Lógica en el Trinity College, puesto que ejerció en los siguientes cinco años. Para entonces, Russell comienza ya a incursionar en el activismo social que le será característico en su madurez y, entre otras iniciativas, apoya a un candidato liberal, Philip Morrell. Ello le pondrá en contacto con su esposa, lady Ottoline Morrell, mujer alrededor de la cual giró durante años la flor y nata de la intelligentzia inglesa. Russell no tarda en hacerse su amante y a través de ella conoce a gente de su entourage como Aldous Huxley, T.S. Eliot (con cuya depresiva mujer tendrá un breve lío) o D.H. Lawrence, entre otros.
Dependiente de la pluma
El estallido de la Gran Guerra va a poner patas arriba el modus vivendi de Russell. De golpe se desmorona el optimismo victoriano en que había crecido. Su Inglaterra aristocrática se resquebraja y la serena atmósfera académica de Cambridge ya nunca vuelve a ser la misma. Russell se manifiesta un antibelicista militante y clama por la neutralidad de su país en el conflicto. Su pacifismo le enemista con importantes sectores del establishment y con amigos y colegas tales como Whitehead (quien perdió a un hijo de 18 años en el frente). Se afilia a la Asociación Antirreclutamiento y se compromete en las defensa de los objetores. A consecuencia de todo ello, se le expulsa de la cátedra del Trinity y, a causa de un artículo donde presuntamente ofende al ejército norteamericano, se le condena a seis meses de cárcel. Él aprovecha la reclusión para escribir una Introducción a la filosofía matemática, y se troncha de risa cuando el guardián que le hace la ficha, al preguntarle la religión y contestar que agnóstico, refunfuña: “Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todas ellas adoran al mismo Dios”. En la prisión encontró además a compañeros que no le parecieron en nada moralmente inferiores al resto de las personas.
De todas estas experiencias va a salir un Russell nuevo y regenerado, que va abandonando la filosofía pura de raíz lógica y epistemológica para volcarse cada vez con más beligerancia en el activismo social y la polémica política. Esta deriva le granjeará luego acerbos opositores y también fervorosos defensores. Su biógrafo Ray Monk, por ejemplo, cree que su obligación debió ser siempre la de producir grandes tratados, y que a partir de 1920 malgastó sus dones en la agitación social y la literatura popular. Aldous Huxley, en cambio, se felicitaba de poder leer a un filósofo que, ya hablara de ética, sociedad, arte o lógica, se expresaba siempre inteligiblemente, en un lenguaje claro y sincero. Y Albert Einstein, al leer el russelliano libro El ABC de la relatividad, confesó que él nunca habría sabido escribir una introducción a su teoría tan asequible y a la vez fiel. Por lo demás, Russell, al prodigarse después de la Gran Guerra como incansable publicista (llegó a escribir una sesentena de libros, cientos de artículos y más de 40.000 cartas), obró en consonancia con su propia familia, que desde hacía cuatro siglos venía teniendo una importante presencia en la vida pública de Inglaterra. Hay desde luego otra razón que explica su gran fecundidad periodística y libresca: al ser descabalgado de Cambridge y ninguneado por instituciones académicas a las que desagradaban sus heterodoxos puntos de vista religiosos, educativos, en materia sexual, etcétera, hubo de depender económicamente de su pluma y de los derechos de sus obras más populares. Por ejemplo, en los años 1940 pudo mantenerse a sí mismo y a los suyos gracias sobre todo a las venta de su Historia de la filosofía occidental, hoy en día todavía un clásico equiparable en valor divulgativo a la Historia del arte de Gombrich.
Rebovinemos la cinta. En 1919, Bertrand Russell, ya divorciado de su primera esposa, conoce a Dora Black, una importante feminista británica, con la que se casará en 1921. Antes aprovecha su disponibilidad académica, y emprende varios viajes: a España, Rusia y China nada menos. Visita en concreto Barcelona, invitado por Eugenio d’Ors, y luego pasa el verano con Dora en las Baleares, en Sóller. La estancia en Rusia le resultará transformadora: como le ocurrirá más tarde a Gide, pulsará in situ el totalitarismo soviético y se convertirá en furibundo anticomunista. El periplo por China no es menos instructivo. Dio clases en Pekín durante un año y, aunque quedó gratamente impresionado por las tradiciones del país, advirtió su creciente militarismo y lo denunció luego con su habitual valentía.
De regreso a Inglaterra, él y Dora fundan en Beacon Hill (Sussex) una escuela progresista, en la que matriculan a sus propios hijos. No se enseña religión ni ninguna asignatura patriótica, y en verano se tolera que los niños se desprendan de toda la ropa para los ejercicios físicos. El colegio hubo de cerrar al cabo de cinco años por mala gestión financiera. Por entonces, Russell publica Matrimonio y moral (1929), donde expresa opiniones libertarias sobre la pareja y la sexualidad por las que más adelante, en Estados Unidos, será estigmatizado y apeado como profesor del City College de Nueva York. Paradójicamente, cuando su perfil se presenta cada vez más izquierdoso e iconoclasta, fallece su hermano Frank (1931) y a él le toca heredar su título de conde. En lo sucesivo, ocupará un escaño en la Cámara de los Lores. Entretanto, su vida sentimental sigue siendo muy ajetreada. En 1935 se separa de Dora Black y al año siguiente se casa con Patricia Spence, la governess de los dos hijos habidos con Dora. Esta atractiva joven se convierte en su colaboradora intelectual y le ayuda a redactar, entre otros, Los papeles Amberley, una historia de sus padres. Patricia le da un tercer hijo, Conrad, que luego será un importante historiador y miembro también de la Cámara de los Lores.
Fustigador del átomo
La Segunda Guerra Mundial sorprende al pensador en Estados Unidos, donde ha ido asumiendo distintos profesorados (los más prominentes, en la universidad de Chicago y en la de California). Esta vez la invasión de Polonia y las tropelías nazis le revuelven las entrañas, y no ve más opción que apoyar la guerra contra Hitler. A mediados de los 1940 se queda sin empleo y lo saca del berenjenal la Barnes Foundation de Filadelfia. Esta institución le encarga la Historia de la filosofía occidental, que se aupará a las listas de best sellers y le supondrá unos muy necesitados ingresos. En 1944, en fin, Russell puede regresar a Cambridge. La Universidad desea reparar su expulsión de 1916 y le ofrece un lectorado. Ha superado ya la setentena, pero no da síntomas de cansancio. Tampoco le desanima la tibieza con que ha sido recibido su último libro estrictamente filosófico, El conocimiento humano. Su alcance y sus límites (1948). A la vista de unos tiempos que le parecen caóticos, vuelve a postular su fe en el empirismo: “No podemos estar seguros de que la ciencia sea cierta, pero tiene más oportunidades de ser cierta que ninguna otra cosa”. Lleno de vitalidad, acepta ejercer de intelectual mediático, y empieza a prodigarse en la BBC, en charlas y conferencias televisadas. En 1949 y 1950 le vienen dos importantes reconocimientos: la Order of Merit y el Nobel de Literatura. Tan animoso está que, tras divorciarse de Patricia Spence en 1952, a los ochenta años se casa con Edith Finch, una filadelfiana que será ya su última esposa y la mujer con la que mejor se compenetre. En todo caso, no le faltarán a Russell serios contratiempos privados: su primogénito John se volverá esquizofrénico (y lo propio le ocurrirá a su mujer), con lo cual Bertrand y Edith tendrán que correr con la custodia de los hijos de ambos.
En los 1950 y 1960, el refundador de la lógica matemática se convierte en un sulfúrico agitador social y en un fustigador de las grandes potencias mundiales. En 1954 desde la BBC condenó las pruebas atómicas en el atolón de Bikini, y en 1955 cofirmó con Einstein un manifiesto donde, ante la creciente escalada nuclear, argumentaban: “Tenemos por delante, si lo elegimos, un progreso continuo en felicidad, conocimiento y sabiduría. ¿Por el contrario elegiremos la muerte por no poder olvidar nuestras disputas?”.
La posición de Russell se radicalizará a partir de 1960, cuando entra a su servicio como secretario el joven estadounidense Ralph Schoenman. Influido por él, en un mitin llega a proferir que Kennedy y McMillan eran “mucho peores que Hitler”. Tras el asesinato de Dallas, cuestiona el Warren Report en el que se establecía que el presidente había sido liquidado por Oswald. Asimismo se involucra en las protestas contra la guerra del Vietnam y con Sartre articulan un documento donde denuncian las atrocidades cometidas por los norteamericanos. Bajo el aguijón de Schoenman, el nonagenario humanista no para de enviar telegramas a Kruschev, Johnson, Chu En Lai, Nehru y otros mandatarios, urgiéndoles a la paz y el desarme total. Y su venerable y elegante figura de largos cabellos blancos es detectable en muchas de las marchas y sentadas que en el Londres pop y hippie de la época protestan contra la Guerra Fría.
Bertrand Russell, en sus últimos tres años de vida, volvió a coger la pluma para escribir con una prosa vivaz y brillante nada menos que su Autobiografía. En muchos de sus mejores libros había volcado ya sus recuerdos, pero ahora, retirado en una tranquiila casa campestre de su Gales natal, pudo sistematizarlos y darles un aliento tan panorámico como trepidante. Cumplido este trabajo, seguramente sintió que le quedaban pocas cosas por realizar. En 1970, a los 97 años, moría en su residencia de Penrhywdendraeth, tan lúcido como había vivido
Texto CARLES BARBA - Revista Qué leer
Bertrand Russell nació el 18 de mayo de 1872 en un rincón de Gales, Trelleck, en el condado de Montmouth. Tanto su padre (lord Amberley) como su madre pertenecían a la nobleza británica. Su abuelo paterno, John Russell, fue todo un personaje dentro de la política inglesa: lideró a los whigs en la cámara de los comunes y ejerció de primer ministro durante dos mandatos. Por sus servicios a la corona se le dió una mansión en Richmond Park, Pembroke Lodge, por la que recalaron estadistas de todo el mundo. En una ocasión, ante una visita del sha de Persia, John Russell se disculpó por la pequeñez de su hogar, a lo que el otro contestó: “Sí, es una casa pequeña, pero encierra a un gran hombre”. El pequeño Bertrand respiró por tanto desde niño una atmósfera encumbrada: a los dos años, sin ir más lejos, una vez se topó en el salón del abuelo nada menos que a la reina Victoria. En todo caso, él en un principio se crió con sus padres en Gales, donde muy tempranamente se cernió sobre ellos la tragedia: su hermano Frank, siete años mayor, contrajo una difteria, de la que se recuperó pero que contagió a su hermana y madre, y ambas murieron en 1874. Lord Amberley (cuya carrera política había quedado truncada en 1868) no soportó las pérdidas y murió dos años después a causa de una bronquitis. Frank y Bertrand, en consecuencia, se trasplantaron a Londres, a Pembroke Lodge precisamente, y bajo la jurisdicción de lady Russell, una puritana intransigente que nunca se permitía sentarse en un sillón antes de que llegase la noche, a pesar de que en la casa contaba con ocho sirvientes fijos. Bertrand fue educado por preceptores privados y no pisó un centro académico hasta los 18 años, en que se incorporó a Cambridge. Institutrices germánicas le aseguraron un buen dominio del alemán y su hermano Frank se encargó de adiestrarle en aritmética y geometría. A este respecto, hay una anécdota ilustrativa: en una de las lecciones, Bertrand pidió a Frank que le demostrara algunos axiomas geométricos, a lo que el otro respondió que había de creer en ellos porque, en caso contrario, no podrían continuar; de manera que Bertrand los aceptó, pero sólo provisionalmente. El futuro pensador estaba aquí manifestando un rasgo profundo de su personalidad: siempre querría que todo estuviera fundamentado y justificado.
En medio de esta infancia solitaria –con plegarias a las ocho de la mañana y baños fríos en cualquier época del año– Bertrand a los once años se sintió de golpe fascinado por las matemáticas puras y, en particular, por los Elementos de Euclides. En la fuerza demostrativa de los números encontraba una armonía y un orden que en cambio echaba en falta en las prácticas religiosas. A los quince años comenzó a interesarse en los problemas filosóficos, pero como notaba la tácita desaprobación de su abuela se volvió aún más reservado y solitario. “Poco antes y poco después de mi dieciséis cumpleaños, escribí mis creencias y mis incredulidades utilizando letras griegas y signos fonéticos para mejor ocultarlas”, revelaría de mayor. Anotaba en clave cifrada cosas como ésta: “No tengo el valor de decir a los míos que apenas puedo creer en la inmortalidad”.
Los hechos y la experiencia
Cambridge, por tanto, representó una liberación y un afianzamiento. “Me encontré de repente entre gente que hablaba la clase de lenguaje que me era natural”. Russell había decidido estudiar matemáticas superiores. Resultó providencial que su primer examinador para su ingreso en el Trinity College fuera Alfred North Whitehead. Este docente calibró enseguida el potencial del aspirante, al punto que, en una de las clases de Estática que impartía, exhortó a sus alumnos a trabajar a fondo en un determinado punto, exonerando de ello sólo a Russell: “Usted no necesita estudiarlo, porque ya lo sabe”. No sólo encareció públicamente el talento del recién llegado. Animó a los alumnos más aventajados para que se preocuparan de él y así Russell se encontró muy pronto alternando con futuras lumbreras como Lowes Dickinson, Roger Fry, John McTaggart, G.E. Moore o los hermanos Trevelyan, Charles, Bob y George. Más adelante contactará en los claustros con John Maynard Keynes, E.M. Forster o Lytton Stratchey, que luego conformarán el célebre grupo de Bloomsbury. Pese a que Russell se licenció en 1892 con la máxima calificación, salió de este aprendizaje profundamente decepcionado (“en realidad se nos presentaba toda la ciencia matemática como un juego de agudas artimañas”, diría más tarde) y decidió volcarse en la filosofía, un ámbito que le parecía más congenial con las inquietudes de su intelecto. “¿Cuál es la diferencia entre ciencia y filosofía?”, le preguntarían en la BBC en 1959. “Ciencia es lo que sabemos y filosofía lo que ignoramos”, contestó.
En 1893 ya se había dado cuenta de esta fundamental distinción y había notado que, mientras la ciencia sólo cubría una pequeña parte de todo aquello que es susceptible de interesar al hombre, la filosofía tendía sus tentáculos sobre áreas inmensas aún por colonizar. A Russell, por otra parte, le atraía de la filosofía su acción correctiva sobre el conocimiento humano, demostrando que hay cosas que creíamos que sabíamos pero de las cuales en verdad no sabemos nada. De hecho, el cuestionamiento de valores comunmente admitidos ya había sido acometido por nuestro hombre durante su adolescencia en Pembroke Lodge (con las creencias victorianas de la familia); seguirá en Cambridge con la puesta en solfa de las matemáticas convencionales y, después, con la filosofía al uso entonces en las aulas, el kantismo y el hegelianismo. Su compañero G.E. Moore (dos años más joven) será cómplice en este desmontaje del idealismo alemán y en la suposición (odiosa para ambos) de que el espacio y el tiempo están solo en la mente. El joven Russell entendía más bien (en línea con Berkeley y Hume) que los hechos son independientes de la experiencia y que la experiencia es un aspecto muy restringido y cósmicamente trivial en relación con el funcionamiento general del universo.
En 1894, Russell se licencia en filosofía con sobresaliente y, para curarse del parroquialismo de Cambridge, emprende varios viajes, gracias en parte a la herencia de 20.000 libras legada por su padre. Viaja un par de veces a Berlín, donde entra en contacto con las matemáticas de figuras como George Cantor, K. Weiertrass y R. Dedekind. En Alemania descubre asimismo las tesis económicas de Marx y cree detectar los puntos débiles de la teoría de la plusvalía. Aprovecha los meses berlineses para familiarizarse con las prácticas del partido socialdemócrata, experiencia de la que destila su primer libro, La social democracia alemana. Se desplaza también por entonces a América, donde absorbe nuevos aires y tendencias. Americana será su primera mujer, Alys Pearsall Smith, cinco años mayor que él e hija de un importante industrial cuáquero de Filadelfia. La estricta abuela paterna desaprobará la unión.
A estas alturas de su vida, Bertrand Russell sintió la imperiosa necesidad de encararse de nuevo con las matemáticas y purgarlas de construcciones falaces. Para ello, buscó sus fundamentos esenciales en la lógica, una ciencia que en 2.000 años, desde Aristóteles al XIX, apenas se había modificado. En 1900 tuvo ocasión de asistir a un congreso internacional de filosofía, lógica e historia de la ciencia en París, y allí contactó con un matemático italiano, Giuseppe Peano, que le fortaleció en sus intuiciones. En 1903 tenemos a Russell publicando Los principios de las matemáticas, y en esa misma década, de 1900 a 1910, se lanza a escribir los Principia Mathematica a cuatro manos con su antiguo tutor, Alfred Whitehead. Este tratado le dejó exhausto, pero con la satisfacción de haber revolucionado los estudios en ese ámbito. Los Principia, en efecto, marcaron un antes y un después, y al reducir las matemáticas a unos cuantos principios elementales logicistas, y al mismo tiempo poner en el centro del pensamiento filosófico el análisis de su propia estructura lógica, se situaron en sintonía con las nuevas corrientes de la creación artística (la pintura abstracta, la música dodecafónica, etcétera). La obra deparó a Russell un prestigio mundial y, gracias a Alfred Whitehead, obtuvo la plaza de catedrático de Lógica en el Trinity College, puesto que ejerció en los siguientes cinco años. Para entonces, Russell comienza ya a incursionar en el activismo social que le será característico en su madurez y, entre otras iniciativas, apoya a un candidato liberal, Philip Morrell. Ello le pondrá en contacto con su esposa, lady Ottoline Morrell, mujer alrededor de la cual giró durante años la flor y nata de la intelligentzia inglesa. Russell no tarda en hacerse su amante y a través de ella conoce a gente de su entourage como Aldous Huxley, T.S. Eliot (con cuya depresiva mujer tendrá un breve lío) o D.H. Lawrence, entre otros.
Dependiente de la pluma
El estallido de la Gran Guerra va a poner patas arriba el modus vivendi de Russell. De golpe se desmorona el optimismo victoriano en que había crecido. Su Inglaterra aristocrática se resquebraja y la serena atmósfera académica de Cambridge ya nunca vuelve a ser la misma. Russell se manifiesta un antibelicista militante y clama por la neutralidad de su país en el conflicto. Su pacifismo le enemista con importantes sectores del establishment y con amigos y colegas tales como Whitehead (quien perdió a un hijo de 18 años en el frente). Se afilia a la Asociación Antirreclutamiento y se compromete en las defensa de los objetores. A consecuencia de todo ello, se le expulsa de la cátedra del Trinity y, a causa de un artículo donde presuntamente ofende al ejército norteamericano, se le condena a seis meses de cárcel. Él aprovecha la reclusión para escribir una Introducción a la filosofía matemática, y se troncha de risa cuando el guardián que le hace la ficha, al preguntarle la religión y contestar que agnóstico, refunfuña: “Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todas ellas adoran al mismo Dios”. En la prisión encontró además a compañeros que no le parecieron en nada moralmente inferiores al resto de las personas.
De todas estas experiencias va a salir un Russell nuevo y regenerado, que va abandonando la filosofía pura de raíz lógica y epistemológica para volcarse cada vez con más beligerancia en el activismo social y la polémica política. Esta deriva le granjeará luego acerbos opositores y también fervorosos defensores. Su biógrafo Ray Monk, por ejemplo, cree que su obligación debió ser siempre la de producir grandes tratados, y que a partir de 1920 malgastó sus dones en la agitación social y la literatura popular. Aldous Huxley, en cambio, se felicitaba de poder leer a un filósofo que, ya hablara de ética, sociedad, arte o lógica, se expresaba siempre inteligiblemente, en un lenguaje claro y sincero. Y Albert Einstein, al leer el russelliano libro El ABC de la relatividad, confesó que él nunca habría sabido escribir una introducción a su teoría tan asequible y a la vez fiel. Por lo demás, Russell, al prodigarse después de la Gran Guerra como incansable publicista (llegó a escribir una sesentena de libros, cientos de artículos y más de 40.000 cartas), obró en consonancia con su propia familia, que desde hacía cuatro siglos venía teniendo una importante presencia en la vida pública de Inglaterra. Hay desde luego otra razón que explica su gran fecundidad periodística y libresca: al ser descabalgado de Cambridge y ninguneado por instituciones académicas a las que desagradaban sus heterodoxos puntos de vista religiosos, educativos, en materia sexual, etcétera, hubo de depender económicamente de su pluma y de los derechos de sus obras más populares. Por ejemplo, en los años 1940 pudo mantenerse a sí mismo y a los suyos gracias sobre todo a las venta de su Historia de la filosofía occidental, hoy en día todavía un clásico equiparable en valor divulgativo a la Historia del arte de Gombrich.
Rebovinemos la cinta. En 1919, Bertrand Russell, ya divorciado de su primera esposa, conoce a Dora Black, una importante feminista británica, con la que se casará en 1921. Antes aprovecha su disponibilidad académica, y emprende varios viajes: a España, Rusia y China nada menos. Visita en concreto Barcelona, invitado por Eugenio d’Ors, y luego pasa el verano con Dora en las Baleares, en Sóller. La estancia en Rusia le resultará transformadora: como le ocurrirá más tarde a Gide, pulsará in situ el totalitarismo soviético y se convertirá en furibundo anticomunista. El periplo por China no es menos instructivo. Dio clases en Pekín durante un año y, aunque quedó gratamente impresionado por las tradiciones del país, advirtió su creciente militarismo y lo denunció luego con su habitual valentía.
De regreso a Inglaterra, él y Dora fundan en Beacon Hill (Sussex) una escuela progresista, en la que matriculan a sus propios hijos. No se enseña religión ni ninguna asignatura patriótica, y en verano se tolera que los niños se desprendan de toda la ropa para los ejercicios físicos. El colegio hubo de cerrar al cabo de cinco años por mala gestión financiera. Por entonces, Russell publica Matrimonio y moral (1929), donde expresa opiniones libertarias sobre la pareja y la sexualidad por las que más adelante, en Estados Unidos, será estigmatizado y apeado como profesor del City College de Nueva York. Paradójicamente, cuando su perfil se presenta cada vez más izquierdoso e iconoclasta, fallece su hermano Frank (1931) y a él le toca heredar su título de conde. En lo sucesivo, ocupará un escaño en la Cámara de los Lores. Entretanto, su vida sentimental sigue siendo muy ajetreada. En 1935 se separa de Dora Black y al año siguiente se casa con Patricia Spence, la governess de los dos hijos habidos con Dora. Esta atractiva joven se convierte en su colaboradora intelectual y le ayuda a redactar, entre otros, Los papeles Amberley, una historia de sus padres. Patricia le da un tercer hijo, Conrad, que luego será un importante historiador y miembro también de la Cámara de los Lores.
Fustigador del átomo
La Segunda Guerra Mundial sorprende al pensador en Estados Unidos, donde ha ido asumiendo distintos profesorados (los más prominentes, en la universidad de Chicago y en la de California). Esta vez la invasión de Polonia y las tropelías nazis le revuelven las entrañas, y no ve más opción que apoyar la guerra contra Hitler. A mediados de los 1940 se queda sin empleo y lo saca del berenjenal la Barnes Foundation de Filadelfia. Esta institución le encarga la Historia de la filosofía occidental, que se aupará a las listas de best sellers y le supondrá unos muy necesitados ingresos. En 1944, en fin, Russell puede regresar a Cambridge. La Universidad desea reparar su expulsión de 1916 y le ofrece un lectorado. Ha superado ya la setentena, pero no da síntomas de cansancio. Tampoco le desanima la tibieza con que ha sido recibido su último libro estrictamente filosófico, El conocimiento humano. Su alcance y sus límites (1948). A la vista de unos tiempos que le parecen caóticos, vuelve a postular su fe en el empirismo: “No podemos estar seguros de que la ciencia sea cierta, pero tiene más oportunidades de ser cierta que ninguna otra cosa”. Lleno de vitalidad, acepta ejercer de intelectual mediático, y empieza a prodigarse en la BBC, en charlas y conferencias televisadas. En 1949 y 1950 le vienen dos importantes reconocimientos: la Order of Merit y el Nobel de Literatura. Tan animoso está que, tras divorciarse de Patricia Spence en 1952, a los ochenta años se casa con Edith Finch, una filadelfiana que será ya su última esposa y la mujer con la que mejor se compenetre. En todo caso, no le faltarán a Russell serios contratiempos privados: su primogénito John se volverá esquizofrénico (y lo propio le ocurrirá a su mujer), con lo cual Bertrand y Edith tendrán que correr con la custodia de los hijos de ambos.
En los 1950 y 1960, el refundador de la lógica matemática se convierte en un sulfúrico agitador social y en un fustigador de las grandes potencias mundiales. En 1954 desde la BBC condenó las pruebas atómicas en el atolón de Bikini, y en 1955 cofirmó con Einstein un manifiesto donde, ante la creciente escalada nuclear, argumentaban: “Tenemos por delante, si lo elegimos, un progreso continuo en felicidad, conocimiento y sabiduría. ¿Por el contrario elegiremos la muerte por no poder olvidar nuestras disputas?”.
La posición de Russell se radicalizará a partir de 1960, cuando entra a su servicio como secretario el joven estadounidense Ralph Schoenman. Influido por él, en un mitin llega a proferir que Kennedy y McMillan eran “mucho peores que Hitler”. Tras el asesinato de Dallas, cuestiona el Warren Report en el que se establecía que el presidente había sido liquidado por Oswald. Asimismo se involucra en las protestas contra la guerra del Vietnam y con Sartre articulan un documento donde denuncian las atrocidades cometidas por los norteamericanos. Bajo el aguijón de Schoenman, el nonagenario humanista no para de enviar telegramas a Kruschev, Johnson, Chu En Lai, Nehru y otros mandatarios, urgiéndoles a la paz y el desarme total. Y su venerable y elegante figura de largos cabellos blancos es detectable en muchas de las marchas y sentadas que en el Londres pop y hippie de la época protestan contra la Guerra Fría.
Bertrand Russell, en sus últimos tres años de vida, volvió a coger la pluma para escribir con una prosa vivaz y brillante nada menos que su Autobiografía. En muchos de sus mejores libros había volcado ya sus recuerdos, pero ahora, retirado en una tranquiila casa campestre de su Gales natal, pudo sistematizarlos y darles un aliento tan panorámico como trepidante. Cumplido este trabajo, seguramente sintió que le quedaban pocas cosas por realizar. En 1970, a los 97 años, moría en su residencia de Penrhywdendraeth, tan lúcido como había vivido
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