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sábado, 22 de octubre de 2011

"OCTAVIO PAZ Y EL LABERINTO DE LA SOLEDAD " por Marisa TREJO SIRVENT










El mexicano, un mito, un ser desconocido, solo en el tiempo, solo en la historia, ante la historia de un país que ya vive el siglo XXI pero que permanece en parte en el pasado. Esa mexicanidad a la que hacía referencia Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Un ser que vive en “una realidad escondida y que hace daño” afirmaba nuestro Premio Nobel de Literatura. Hoy también la realidad nos hace daño, pero ya no puede esconderse, tarde o temprano sale a flote lo que creíamos bien oculto. Hoy quizás podemos hablar de muchos mexicanos, y no de uno solo.

El mexicano, siempre máscara griega, siempre incrédulo por la experiencia histórica, desconfiado ante la constante mentira, pero más seguro de sus capacidades, más crítico de su propia realidad, burlándose todavía de la muerte, más que como un machismo, como un escape ante la impotencia, como un chiste que contamos para engañarnos a nosotros mismos y dejar de ser aquel ser  taciturno que alguna vez nos representó. El mexicano ha descubierto en las últimas décadas, que no hay un solo mexicano, es decir, no hay una sola identidad, sino muchas, tantas como las culturas que conforman el país. El mexicano ya no busca su identidad sino trata de entender, de convivir, de tolerar (aunque a veces no se da) a las otras identidades que de pronto aparecieron como reales, verdaderas, en 1994 y en otros acontecimientos del siglo XX. Siempre estuvieron ahí, pero no queríamos verlas, nos negábamos a verlas. El mexicano vive así una lucha contra los opuestos. El opuesto no es solamente el ser que representa al mundo occidental, europeo o estadounidense,  sino que también lo que el indígena  vive con el ladino y con el mestizo, y los últimos también entre ellos y el indígena. El indígena toma la palabra y lo enfrenta, no acepta más la imagen, el mito que se ha querido forjar de él. Los mexicanos hemos descubierto la entrada del laberinto, el centro del mundo del que fuimos expulsados, sabemos que está al otro lado de la frontera y que tiene un espacio, una lengua extraña (inglés le dicen, la cual muchos empiezan a dominar). El que se ha creído el dueño de ese centro del mundo es, en  muchos sentidos, contradictorio, nos da trabajo pero nos discrimina, nos deja estar pero no quiere que seamos, nos quiere transparentes, también nos persigue metro por metro en el desierto fronterizo, nos erige muros pero nos da la mano en el protocolo del mundo diplomático.

Por otra parte, la mujer mexicana, en especial, la mestiza, es también muy distinta de la mujer que describió Paz, inmóvil pero chingada, sumisa, madre y mito. El proceso histórico vivido en la lucha de sus reivindicaciones ya no tiene vuelta de hoja. “La chingada” se ha ido a la chingada, ya no es más, ni se considera así, también ha descubierto que sabe chingar a los demás. En casi sesenta años de la fecha en que se publicó este libro por primera vez (1950), la imagen de la madre mestiza o ladina se mantiene en la visión masculina, un poco idealizada pero más humana, la mujer se ha ido ganando su lugar. Es la madre misma la que ya no quiere permanecer en la misma posición, ha evolucionado, su rol se ha modificado y la vida profesional es tan dura o más para ella que para el hombre, doble jornada, doble esfuerzo muchas veces no reconocido, pero al fin, en potencia, libre y con posibilidades de acceso a la educación, a los cargos políticos y a la sexualidad. Sin embargo, en las culturas originales, sigue siendo la continuadora de las tradiciones, la que vela porque las celebraciones y los ritos se mantengan, tal como lo hacían aquellas mujeres tlacuilos, escribanas, algunas conservadoras de archivos por las cuales pudieron conservarse algunos, como Bartola Ixhuetzatocatocatzin, heredera de los archivos de Texcoco que conservó con gran cuidado y es quien se los facilita al cronista Fernando de Alva Ixtlixóchitl.

No en casual el hecho que sean, por ejemplo, las mujeres indígenas chiapanecas las que han conservado su indumentaria mucho más que los hombres. La temática da para mucho, el espacio es poco pero es interesante revisar las reflexiones de Paz (por cierto muchas de ellas hechas desde el extranjero, pues la distancia ayuda mucho para comparar un país o países con el propio, aunque a veces  nos hace idealizar nuestro origen), hasta ahora válidas en algunos aspectos, aunque no en todos, pero siempre interesantes de revisar, tal como se confirma en los múltiples ensayos y estudios sobre la obra de Paz, así como en otros libros, en especial, La jaula de la melancolía de Roger Bartra, que quisieron ahondar en el tema, desde otro ángulo.

Sobre El laberinto de la soledad, Ruy Sánchez (p. 70) aclara que la palabra soledad en ese libro tiene

un sentido predominantemente histórico: el de estar solos en el tiempo, en la historia. Por otra parte, la soledad es un estado considerado por Paz como el destino de todos los hombres y de todas las naciones. Escrito en prosa de poeta, el libro es un lúcido análisis de, precisamente, los ritos más profundos del mexicano contemporáneo. Para el autor, la historia –como disciplina- es un tipo de conocimiento que está a medio camino entre la ciencia y la poesía. Con El laberinto de la soledad desentraña con pasión una bruma de identidad y ofrece a las generaciones siguientes las palabras para nombrarla. Como se trata de una obra literaria, este libro incursiona reflexivamente en los mitos de México y de los mexicanos se convirtió a su vez en un mito. El laberinto de la soledad es uno de los mitos principales de la cultura mexicana contemporánea, tomando en cuenta la afirmación de Lévi-Strauss de que todo desciframiento de un mito es casi siempre un nuevo mito.

Esta obra ensayística llevó a Octavio Paz a estudiar el mito, retomando a Lévi-Strauss, Roger Caillois y Georges Bataille. Dice Ruy Sánchez: “es la respuesta a dos preguntas básicas: ¿qué sentido tiene ser mexicano en el siglo XX? y ¿qué significa México en esa época?” (Ruy Sánchez, p. 70). Paz también revisó lógicamente, las fuentes cercanas: José Vasconcelos, Antonio Caso y Samuel Ramos, pero también,  Ortega y Gasset, Rodolfo Usigli, O'Gorman, Gaos, Zea y Uranga. (Véase el estudio de Bong Seo, Yoon).

Dice Alberto Ruy Sánchez (p. 59), en su libro Una introducción a Octavio Paz  que

a fines de 1943 Octavio Paz salió de México hacia Estados Unidos… Estados Unidos estaba en guerra y eso producía un ambiente febril, épico, que impregnaba todo y a todos. Se trabajaba para ganar la guerra en fábricas, astilleros, talleres. En las calles dominaba naturalmente la visión de mujeres y hombres uniformados. No era fácil encontrar comida ni alojamiento. Todo escaseaba. La fuerte y singular presencia de “lo mexicano” llamaba especialmente su atención. Varios años después en El Laberinto de la soledad escribiría: <

Son los pachuchos, jóvenes de gran originalidad que se caracterizan por su vestuario que los distinguía como grupo y los identificaba como personas de origen mexicano quienes llamaron primeramente la atención de Octavio Paz. A ellos dedica el primer ensayo de su libro El laberinto de la soledad. Estos jóvenes a los cuales a veces perseguía la policía y caían en redadas que, en ocasiones presenció Paz, lo llevarían a reflexionar sobre su rebeldía en El pachuco y otros extremos. Este libro fue escrito en París pero bajo el influjo de esos recuerdos (Véase Ruy Sánchez, p. 60). Dijo Paz:

Fueron años maravillosos, el país creía en sí mismo y creía en los demás. También para mí fueron vivificantes esos años. No sólo hubo un cambio en mi poesía sino que conviví con el pueblo norteamericano. Lo vi con admiración, envidia, amor y, a veces, horror. Me vi a mí mismo y a México, desde la otra orilla. Vislumbré al desconocido que cada uno de nosotros lleva dentro.
(Ruy Sánchez, p. 60)

Ruy Sánchez (p. 70) agrega que

el pensamiento de Roger Caillois en el mito y el hombre en el hombre y lo sagrado, además de las lecturas del escritor y filósofo Georges Bataille y del antropólogo Marcel Mauss (las ideas de estos tres pensadores sobre la fiesta ritual, el desperdicio útil, la aparición de lo sagrado entre los hombres, las dimensiones ocultas de la vida) fueron determinantes para Octavio Paz en su ensayo sobre “El laberinto mexicano”. Muchas de sus observaciones cotidianas, y de los temas mexicanos que había comenzado a explorar desde sus notas editoriales publicadas en el periódico Novedades en 1943, comenzaron a tener otro alcance”. Estamos de acuerdo con Ruy Sánchez (p. 70) cuando dice que “a diferencia de los tratados de Samuel Ramos sobre la psicología del mexicano, de Portilla sobre “el relajo”, de Emilio Uranga sobre la ontología del mexicano, Paz intentó más bien un “ejercicio de imaginación crítica: exploración literaria de creencias ocultas, muchas veces nocivas. Mi libro quiso ser un ensayo de crítica moral: descripción de una realidad escondida y que hace daño”
Edgar Llinás se refirió a los trabajos de Samuel Ramos y Octavio Paz al afirmar:
una gran mayoría de los estudios hasta ahora realizados sobre la identidad mexicana pecan de cierto negativismo. Que sufrimos un complejo de inferioridad, que vivimos las consecuencias del pecado de la Malinche, que como somos resultado de la mezcla entre el indio y el español...
Este investigador considera que estas reflexiones
pudieron haber sido necesarias, pero ya es tiempo de que demos un paso adelante, que asimilemos nuestro pasado, como dice Zea, y en vez de pasar el tiempo como el consabido neurótico, repitiendo todas las cosas por las cuales no servimos, nos concentremos en ser y hacer aquello que sí podemos ser y hacer bien. 
(Llinás Alvarez, p. 232)

Concluimos que debemos reflexionar más sobre ese carácter trágico que nos lleva al derrotismo, a la inmovilidad, sobre los complejos de inferioridad que nos han mantenido esclavizados, sobre nuestro papel en la historia actual de México, transformable hacia otros más interesantes derroteros, alejados del “destino idílico” en el que nos han querido encasillar, lejos de la negatividad, defendiendo nuestra riqueza artística y artesanal, nuestras variadas visiones, lo más hermoso de nuestras tradiciones y múltiples culturas y nuestro lugar, éste, propio, en el mundo, valorarlo, amarlo, mejorarlo, y ¿por qué no? hacer lo que sí sabemos hacer bien, hasta que todos sepan que no hay un México, sino muchas, interesantes, culturas mexicanas.





BIBLIOGRAFÍA
- Bong Seo, Yoon.  En torno a El laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. Universidad de Guadalajara. Disponible en Internet en: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/o_paz.html. Consultado el 05 de mayo de 2009.
- Llinás Alvarez, Edgar. Revolución, educación y mexicanidad. (1979). México: UNAM, p. 232
- Paz, Octavio. (1992). El laberinto de la soledad, (2a. ed. revisada y aumentada, 1959). México: FCE. 
- Ruy Sánchez, Alberto. Una introducción a Octavio Paz. (1991).1ª.Reimpresión. México: Joaquín Mortiz.


* Marisa TREJO SIRVENT, profesora de la Universidad Autónoma de Chiapas, escribe poesía, ensayo, crítica; es Miembro de la Asociación Prometeo de Poesía. 

(FDP192)

[POESÍA MEJICANA] [PAZ, OCTAVIO] [TREJO SIRVENT, MARISA]

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viernes, 22 de julio de 2011

Octavio Paz





Octavio Paz Lozano (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 - Ciudad de México, 19 de abril de 1998) fue un poeta, escritor, ensayista y diplomático mexicano, Premio Nobel de Literatura 1990. Se le considera uno de los más grandes escritores del siglo XX y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos. Su extensa obra abarcó géneros diversos, entre los que sobresalieron textos poéticos, el ensayo y traducciones. (Wikipedia)






artículo de wikipedia - imágenes - vídeos - noticias - Books Google - a media voz (poemas) - repertorio de ensayistas y filósofos - poemas por Justo Alarcón - cervantes.es - Boletín Octavio Paz - wikiquote - los cuentos - en El País - "La llama doble y Carta de creencia: correspondencias" por María Elvira Luna Escudero (wikilearning) - "Octavio Paz / EDVARD MUNCH - LA DAMA Y EL ESQUELETO" - "Interpretación y revelación:
la imagen en los ensayos de Octavio Paz" por Patricio Eufracio -
"OCTAVIO PAZ Y LA GRAN POESÍA MEXICANA" por Patricio Eufraccio Solano - La llama doble: amor y erotismo (lecturalia) - "Octavio Paz y la Plaza Pública" por Roberto Hozven - "Octavio Paz y el surrealismo francés (sobre Noche en claro)" por Ludwig Schrader - "Octavio Paz, cuentista" por Nedda G. de Anahlt - poema en audio "Salamandra" - "La Ruta Octavio Paz, la más larga de las Rutas Cervantes" - "Octavio Paz y El laberinto de la soledad" por Marisa Trejo - "Las diversiones de Octavio Paz" por José María de la Resure -

El laberinto de la soledad - Octavio Paz




El laberinto de la soledad parte de una opinión trágica e irrevocable: en el ser mexicano está presente, aun después de muchas generaciones, el hecho de que se trata de un pueblo surgido de una violación. Dice Octavio Paz: "En todas sus dimensiones, de frente y de perfil, en su pasado y en su presente, el mexicano resulta un ser cargado de tradición que, acaso sin darse cuenta, actúa obedeciendo a la voz de la raza..." (Wikipedia)















martes, 12 de julio de 2011

Cánones subversivos. Ensayos de literatura hispanoamericana


por EDGARDO DOBRY 09/07/2011



México tiene una rica tradición de ensayo literario: Alfonso Reyes y José Vasconcelos, Octavio Paz y Carlos Monsiváis practicaron el género en una amplitud de registros e hibridaciones con la crónica, la autobiografía o el diario personal. El novelista Gonzalo Celorio (México, 1948; Tres lindas cubanas es su última ficción, en Tusquets) reúne en este libro nueve ensayos breves donde laten todas esas variantes: la memoria en 'Mis libros' y la crónica familiar en 'Un río español de sangre roja', en el que se bosqueja un entrañable recuento del exilio español en México. 'Julio Cortázar, lector' parte de las visitas a la biblioteca del escritor argentino, que se conserva en la Fundación Juan March de Madrid; 'Gabriel García Márquez y la narrativa de lo real maravilloso americano' es otra excursión por las comarcas mentales de Macondo. Alejo Carpentier y Carlos Fuentes son evocados a la vez como amigos y como escritores, igual que el gran historiador mexicano Edmundo O'Gorman, a quien Celorio dedica un homenaje hecho de admiración intelectual y gratitud afectuosa. Capítulos centrales son los dedicados a sendos poetas del grupo Contemporáneos: Salvador Novo y Xavier Villaurrutia. A través del primero Celorio recorre tres épocas de la ciudad de México (y de las crónicas que las registran): la colonial, la de mediados del siglo XX, la de ahora. Con Villaurrutia nos acercamos a la figura del poeta que compone su propia genealogía y le da valor nacional. Así, los Cánones subversivos de Celorio sólo merecen ese adjetivo insurreccional en la medida en que se ajuste al tono sereno, conversado, tejido de fino sentido del humor, que conforma la seductora sustancia de estas páginas.



Cánones subversivos. Ensayos de literatura hispanoamericana de Gonzalo Celorio en Pre-Textos. Valencia, 2011. 183 páginas. 16 euros

sábado, 25 de junio de 2011

El padre ausente: tema en la literatura mexicana


Pedro Páramo es un ejemplo de la literatura en la que la búsqueda del padre de Juan Precido es la trama de la novela



Sábado 18 de junio de 2011 - Alejandra Hernández / Clínica de periodismo
El Universal



"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". Así inicia una de las más grandes novelas de la literatura mexicana, la única escrita por Juan Rulfo, que es también una obra paradigmática sobre cómo ha sido tratada la figura paterna en nuestra letras, en las que, como en Pedro Páramo, abundan la figura del padre ausente.



En esto coinciden los escritores Álvaro Enrigue y Sandra Lorenzano, quienes en entrevista vía telefónica proporcionaron ejemplos de estos personajes que desde luego responden a un contexto y a una realidad social.



"La literatura mexicana -afirma Enrigue- gira en torno a la ausencia del padre. Es el caso de la literatura que ha crecido alrededor de la figura de Pedro Páramo, Artemio Cruz e incluso Hernán Cortés. Se trata de padres muy poderosos que de pronto desaparecen y dejan huérfano un universo".



En Pedro Páramo, por ejemplo, hay un personaje -Juan Preciado- que busca a su padre, un padre ausente, que es un importante cacique de Comala.



"Toda la novela -comenta Lorenzano- se construye alrededor de esa búsqueda del padre poderoso que dicta sus reglas e impone sus normas desde la ausencia. Parece una paradoja que padres ausentes puedan tener tanto poder pero así es".



En la creación de padres ausentes, que no obstante ejercen un gran poder en sus hijos, hay un reflejo de los padres de carne y hueso con los que nos podemos encontrar en la vida real.



"Como en todas las sociedades patriarcales, en la nuestra, la figura paterna es fundamental, y nuestra literatura muestra la realidad de la sociedad con respecto a esa figura", asegura la autora de Lo escrito mañana: narradores mexicanos nacidos en los 60.



Pero ¿cómo se ha retratado a los padres en nuestras letras? Además de coincidir con Enrigue en que Pedro Páramo es una novela paradigmática sobre este tema, la doctora en letras proporciona otros ejemplos que muestran que la ausencia del padre no sólo se hace presente cuando éste abandona a sus hijos, sino también debido causas como la muerte o, incluso, la indiferencia.



Ejemplos de personajes paternos que no se ausentan por decisión propia sino a causa de la muerte son la novela Los años falsos, de Josefina Vicens, y el poema "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", de Jaime Sabines.





Si en Los años falsos -afirma Lorenzano- Vicens cuenta la historia de Luis Alfonso Fernández, el joven que luego de la muerte, de la ausencia de su padre, hereda las responsabilidades de éste al grado que no vive su vida por vivir la que había construido su padre, en "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", el poeta crea un canto de amor y devoción hacia su padre, que también muestra la furia y la no resignación ante la presencia de la muerte que se lo ha arrebatado.



"En estos casos nuevamente hay una ausencia del padre, pero ahora por culpa de la muerte, entonces el padre aparece desde la ausencia", añade.



Como en la vida real, en la literatura mexicana también hay padres ausentes, pese a que aparentemente están presentes en la infancia de sus hijos.Ése es el caso de Balún Canán, de Rosario Castellanos.



En esa novela -comenta Lorenzano- también aparece la figura del padre, que en este caso sí está ahí, pero es autoritario, no mira a la niña narradora y protagonista de esta historia porque prefiere al hijo varón. A pesar de su presencia ese padre prácticamente también está ausente.



Un caso similar lo encontramos en Mi padre, el general, de Jorge López Páez. En esta novela también es un niño quien relata su historia. Luego de que muriera su madre y su tía, el núcleo familiar de este personaje queda reducido al de su padre, un general que ni siquiera tiene tiempo de comer con su hijo.



Incluso, cuando pasan "juntos" los fines de semana en las casas de los amigos del general o en los ranchos de sus familiares siguen sin relacionarse realmente.



El ensayo literario ha sido otra modalidad en la que escritores mexicanos han reflexionado sobre la figura paterna.



En Padre y Memoria Federico Campbell hace un repaso por nuestras letras y por la literatura escrita en otras lenguas en el que muestra que en la obra de Juan Rulfo u Oliver Sacks, pasando por muchos otros, la figura paterna ha estado ahí, ya sea de manera omnipresente o a través de una ausencia absoluta.



Mientras que en el ensayo Hijos de papel Enrique Serna critica a los padres escritores que "de tanto comparar la creación literaria con el acto de engendrar y las arduas faenas con los dolores del parto, han llegado a creer que su oficio es una especie de paternidad sublimada". Como el poeta francés Stéphane Mallarmé, quien -cuenta Serna- se arrepintió del abandono en el que tuvo a su hijo (que murió a los dos años) a causa de sus interminables faenas literarias.



Otro caso que evidencia una ausencia paterna es el de Franz Kafka, el gran escritor checo que no podernos pasar por alto en este recuento debido a su importancia e influencia en las letras universales.



En Carta al padre, el autor de La metamorfosis denuncia con gran claridad los maltratos y las humillaciones que sufrió en manos de su padre, un padre que como tantos otros y de manera paradójica ejerce un gran poder sobre sus hijos a través de su omnipresencia que es al mismo tiempo una ausencia.



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