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miércoles, 30 de septiembre de 2015

"Soy un poeta de línea clara que se está volviendo oscuro” - Luis Alberto de Cuenca. Premio Nacional de Poesía

Luis Alberto de Cuenca recibe el Premio Nacional de Poesía por su libro 'Cuaderno de vacaciones'. El poeta, filólogo y traductor fue secretario de Estado de Cultura por S


Luis Alberto de Cuenca, en julio de 2014, en su despacho del CSIC. / SAMUEL SÁNCHEz
 Luis Alberto de Cuenca, madrileño de 1950, ganó este lunes el Premio Nacional de Poesía por Cuaderno de vacaciones (Visor) un libro en el que pueden leerse versos como estos: “Los mortales estamos hechos de veinte piezas:/diecinueve salvajes y una civilizada”. Cualquiera que conozca la trayectoria del galardonado diría que su parte civilizada es un puzle en el que encaja todo: los clásicos griegos y los de Hollywood, los tebeos y la ecdótica. Que se haya dedicado con idéntica seriedad a estudiar al heleno Euforión de Calcis que a rastrear el mito artúrico en Star Warsretrata bien a un hombre que se mueve con la misma soltura en una galaxia muy lejana que en el siglo III antes de Cristo. “Una noche en la calle/vale más que cien libros”, dicen otros dos versos suyos.
El premio nacional que acaba de recibir –y que se suma al de Traducción que en 1989 obtuvo por el Cantar de Valtario- está dotado con 20.000 euros, pero la pregunta del millón es cuándo descansa Luis Alberto de Cuenca. Desde hace años dedica sus vacaciones a escribir poemas, de ahí el título de su último libro. “Digamos que miro el mundo como poeta todo el año y en agosto esa mirada se convierte en poesía”, dijo el lunes en Madrid. Lo dijo y al instante se lanzó a recomendar Black Sails, la serie de televisión que le absorbe en el tiempo que no le ocupa Eurípides: “De piratas. Fascinante. Una precuela de La isla del tesoro”.
La palabra clave es “fascinante”, porque todo lo cuenta con entusiasmo este escritor y filólogo. Tenía 24 años cuando empezó a trabajar en el departamento de clásicas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y 30 cuando la Orquesta Mondragón llegó a disco de platino con una canción a la que él había puesto letra, Caperucita feroz, y a la que, con ironía, el poeta suele referirse como “un best seller”. Todavía se sonríe recordando la “coña” que hacían a su costa sus compañeros del CSIC. “Yo no distingo entre alta y baja cultura”, argumenta. “Son dos emanaciones del ser creativo del hombre”.

Humor y sentimiento

Más en serio se lo tomaron sus colegas en 1985. De Cuenca ganó ese año el Premio de la Crítica por La caja de plata, el libro que supuso su alejamiento del culturalismo de parte de su generación, la de los novísimos. Bienhumorada y sentimental, su poesía se acogió desde entonces a una etiqueta tomada del cómic: línea clara. Pasado el tiempo, sus primeros libros —Elsinore, Scholia— llegan expurgadísimos a cada nueva edición de su poesía reunida —Los mundos y los días (Visor)— aunque su autor los mira hoy con más benevolencia: “Ya no me parecen radicalmente abominables. Ahora los leo hasta con ternura. Será la edad. Sigo siendo un poeta de línea clara, pero esa línea se está volviendo cada vez más oscura. Y no porque no se me entienda sino porque los tintes del poema son más graves. Eso sí, sin perder el humor y la ironía”.
Capaz de colocar en un mismo poema a una stripper y al emperador Justiniano, Luis Alberto de Cuenca fue director de la Biblioteca Nacional entre 1996 y 2000 y Secretario de Estado de Cultura con José María Aznar desde ese año hasta 2004. Luego volvió al CSIC, a sus eruditos y a sus roqueros: en 2011 fue Loquillo el que puso música a sus versos en Su nombre era el de todas las mujeres. Un año antes había ingresado en la Academia de la Historia. Los versos, entretanto, nunca ha sido para él pasajeros. “Este verano pasado, por ejemplo, se ha dado bien”, dice sin ocultar su satisfacción. “Habré escrito unos 20 poemas”. Así son los poetas: a cualquier cosa llaman vacaciones.

jueves, 23 de abril de 2015

Juan Goytisolo: “Digamos bien alto que podemos” por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

Goytisolo, entre los reyes Felipe y Letizia. / EL PAÍS-LIVE! / ULY MARTÍN
“A la llana y sin rodeos”. Con esta frase cervantina quiso titular Juan Goytisolo uno de los discursos más breves en la historia del Premio Cervantes y, sin duda, uno de los más políticos. En apenas 10 minutos, el escritor, de 84 años, reivindicó sobre todo dos cosas: la justicia social y la cara menos glamurosa del inventor del ingenioso hidalgo. “Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella”, subrayó antes de lanzar un guiño al partido que ha revolucionado en apenas unos meses el panorama político español: “Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia”.
En una jornada tan justiciera, Goytisolo dijo sentirse “como Bárcenas cuando llega al juzgado” al entrar en el Colegio de San Ildefonso de la Universidad de Alcalá. Tal era la expectación. El novelista barcelonés cumplió con lo anunciado: prescindió del chaqué protocolario, se puso la americana de las ocasiones y una corbata de hace 35 años.
En su novela Casetas de baño, la novelista francesa Monique Lange, esposa de Goytisolo, fallecida en 1996, cuenta que entre las intenciones de su marido estaba “conducir la lengua española por el desierto” y “llevar a La Meca a Isabel la Católica”. Él suele evocar el particular sentido de humor de Lange para explicar esas frases, pero lo cierto es que el autor de En los reinos de taifa llevó a Felipe VI hasta el valla de Melilla. Al menos simbólicamente.
Pasaban 11 minutos del mediodía cuando Juan Goytisolo, con la corbata ya descolocada, el primer botón de la camisa desabrochado y la medalla del Cervantes al cuello, subió lentamente al púlpito del paraninfo, abrió una carpeta roja, se ajustó mecánicamente los pantalones y se lanzó a leer las 1300 palabras de su discurso —unos cuatro folios al cambio de las antiguas pesetas—. Antes improvisó una doble dedicatoria: a su “maestro” Francisco Márquez Villanueva —estudioso de los heterodoxos españoles fallecido hace dos años— y a los habitantes de la medina de Marraquech, que han acogido, dijo, su “incómoda” vejez.

"¿No sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de la vida de Cervantes?"
Sin rodeos, pero rodeado de autoridades (civiles y militares), un puñado de amigos y dos sobrinos —Gonzalo y Julia, la famosa Julia de las palabras de su hermano José Agustín—, el autor deContracorrientes subrayó que hoy “las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo”. Ante el “sombrío" panorama de una crisis triple —económica, política y social— resulta difícil, insistió, resignarse a “la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes”.
Por eso quiso imaginar a don Quijote deshaciendo nuevamente “tuertos” y socorriendo a los “miserables”, es decir, “acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la moderna Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad”.
Juan Goytisolo había anunciado que trataría de decir muchas cosas en poco tiempo y cumplió. En sus cuatro apretados folios encontró acomodo a los grandes nombres de su canon particular: Clarín, Francisco Delicado, Luis de Góngora o Manuel Azaña. Sin olvidar a Luis Cernuda, al que citó para hablar de los “vientres sentados” de esa burocracia oficial, empecinada en remover los huesos de Cervantes.
En 2001 Goytisolo publicó una recopilación de ensayos usando como título la definición de intelectual acuñada por el recién fallecido Günter Grass —Pájaro que ensucia su propio nido— y tuvo tiempo también de incluir en su discurso una ración de autocrítica. Tras dividir a los escritores entre literatos que “conciben su tarea como una carrera” e “incurables aprendices de escribidor”, que la viven como una “adicción”, reconoció que él fue antes lo primero que lo segundo. “Incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito”, dijo sobre los comienzos de su trayectoria —que arrancó como novelista en 1954 con Juegos de manos— y antes de distinguir, citando a Azaña, la “actualidad efímera” de la modernidad atemporal. “La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita”, afirmó. “La verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza”. El resto es eso que, por la tremenda, recordó Goytisolo, García Márquez llamó “exquisita mierda de la gloria”.
En un discurso más intenso que extenso, el novelista ponderó la mirada del exilio español frente a “los centinelas del canon nacional-católico” y se reconoció de “nacionalidad cervantina”. Cervantear, apuntó, es dudar y dudar nos ayuda a eludir “el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas”.
“La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera”, dijo Juan Goytisolo en otro tramo de su intervención. Los que conocen la obra del autor de Belleza sin ley podían esperarse la contundencia de un discurso que esta vez no brotó del subsuelo sino de un púlpito flanqueado por dos maceros de gala. Allí, en lo alto y bien alto, sin rodeos y a la llana, el último premiado con el galardón más importante de la lengua española dijo, aunque fuera con pe minúscula, que “podemos”.
Enseguida llegaron los aplausos, el discurso del ministro de Cultura, el de Rey y el Gaudeamus igitur de la coral. Tres cuartos de hora después de abrirse “la sesión”, se levantaba. Quedaban el aperitivo, las fotos, los corrillos y la apertura de la exposición Compromiso y disidencia en honor del premiado. También, de retirada, la tuna universitaria, esa “gallarda y donosa estudiantina” a la que Goytisolo, el destino tiene estas cosas, dedica uno de los capítulos más locos de su novela Paisajes después de la batalla. En esas páginas, el protagonista, que se parece sospechosamente al autor, se esfuerza en contener el vómito cada vez que escucha cantar Clavelitos. El capítulo se titula ‘Defectos, sicosis, puntos flacos’. También los inmortales los tienen. En Alcalá, por ese lado, la cosa no pasó a mayores.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Juan Goytisolo gana el Premio Cervantes por F. RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

El galardón está dotado con 125.000 euros y es considerado el premio literario más importante de la lengua española


El escritor Juan Goytisolo. / BERNARDO PÉREZ
El escritor Juan Goytisolo Gay (Barcelona, 1931) ha sido distinguido con el Premio Miguel de Cervantes de las Letras. Instituido en 1976 por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte, está dotado con 125.000 euros y es considerado el galardón literario más importante de la lengua española. La entrega del premio siempre se hace el 23 de abril, del año siguiente, en homenaje a la fecha de la muerte del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. El acto se celebra en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.
El ministro José Ignacio Wert dijo que Goytisolo fue elegido tras siete sucesivas votaciones. Según el jurado ha sido elegido "por su capacidad indagatoria en el lenguaje y propuestas estilísticas complejas, desarrolladas en diversos géneros literarios; por su voluntad de integrar a las dos orillas, a la tradición heterodoxa española y por su apuesta permanente por el diálogo intercultural”.
José Manuel Caballero Bonald, (Cervantes 2012 y presidente del jurado) dijo: “Es un premio oportuno y en todos los sentidos, bien dado. Goytisolo representa una de las cumbres de la literatura española sobre todo desde la posguerra. Ha evolucionado desde un realismo social a la indagación en el lenguaje”. Elena Poniatowska (Cervantes 2013 y miembro del jurado) aseguró: "Es una fiesta que lo obtenga él. Los mexicanos le conocemos desde que era muy joven y venia a visitarnos. Era muy amigo de Carlos Fuentes, es un escritor que une dos orillas, Es hombre en el que se puede confiar por su autenticidad, diría que es tan auténtico como la duquesa de Alba”.
Aunque ha seguido escribiendo y publicando artículos, ensayos y hasta poesía –su último libro es el poemario Ardores, cenizas, desmemoria (2012)- Juan Goytisolo se jubiló como novelista, dice él mismo, con la aparición hace seis años de El exiliado de aquí y allá. Su carrera como narrador arrancó a los 23 años, en 1954, con Juegos de manos una novela que lo situó entre los más destacados autores del realismo crítico de la posguerra. Instalado en París desde 1956 y después de publicar otras novelas y libros varios libros de viaje (a Cuba, a Almería), Goytisolo rompió con su exitosa etapa anterior y se lanzó a una experimentación narrativa que arranca en 1966 conSeñas de identidad, una ácida y dislocada visión de la España franquista a través de la mirada de Álvaro Mendiola, alter ego del propio novelista y protagonista de una trilogía completada con Don Julián y Juan sin tierra.
Desde los años ochenta del siglo pasado alterna las estancias entre París y Marraquech, la ciudad en la que se instaló definitivamente en 1997 y a la que dedicó la novela Makbara (1980). Le seguirían títulos como Paisajes después de la batalla, Las virtudes del Pájaro solitario, La saga de los Marx, El sitio de los sitios o Telón de boca, escritas todas desde una abierta experimentación que mezcla voces y tiempos en un collage en el que unos versos del Arcipreste de Hita pueden convivir con un anuncio de televisión y una visión mística con la descripción sin tapujos de una escena sexual para hablar de la inmigración, la evolución de la izquierda tras la caída del Muro de Berlín, la guerra de los Balcanes o el carácter poliédrico del mundo árabe.
Partidario de una lectura de la tradición española ajena al discurso puritano y nacionalcatólico, Goytisolo ha dedicado varios ensayos a figuras como Francisco Delicado, Blanco White, Manuel Azaña o Américo Castro.
En 1985 y 1986 Goytisolo publicó los dos volúmenes de sus memorias:Coto vedado y En los reinos de taifa, una descarnada revisión de su infancia y de su compromiso antifranquista a la vez que un minucioso relato sobre la conflictiva asunción de su homosexualidad, paralela a su cambio de registro literario. Todo un hito en el memorialismo español, esos títulos funcionan además como teoría narrativa y biográfica de un heterodoxo que dice serlo a pesar suyo.
Desde su creación, el premio cumple una norma no escrita de alternancia de los galardonados entre España y América Latina. Entre quienes lo han obtenido figuran nombres como Jorge Luis Borges, María Zambrano, Mario Vargas Llosa, Dámaso Alonso, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Miguel Delibes, Alejo Carpentier, Ana María Matute, Camilo José Cela, Luis Rosales, Rafael Alberti y Rafael Sánchez Ferlosio.
El jurado del Cervantes 2014 estuvo formado por los ganadores de las dos última ediciones, Poniatwoska (2013) y Caballero Bonald (2012); por Soledad Puértolas, Inmaculada Lergo, Fernando Galván, Carmen de Benavides, Julio Martínez Mesanza, y Mercedes Monmany, entre otros.

Todos los premios cervantes

1976. Jorge Guillén (español).
1977. Alejo Carpentier (cubano).
1978. Dámaso Alonso (español).
1979. Gerardo Diego (español) y Jorge Luis Borges (argentino).
1980. Juan Carlos Onetti (uruguayo).
1981. Octavio Paz (mexicano).
1982. Luis Rosales (español).
1983. Rafael Alberti (español).
1984. Ernesto Sábato (argentino).
1985. Gonzalo Torrente Ballester (español).
1986. Antonio Buero Vallejo (español).
1987. Carlos Fuentes (mexicano).
1988. Maria Zambrano (española).
1989. Augusto Roa Bastos (paraguayo).
1990. Adolfo Bioy Casares (argentino).
1991. Francisco Ayala García-Duarte (español).
1992. Dulce María Loynaz del Castillo (cubana).
1993. Miguel Delibes Setién (español).
1994. Mario Vargas Llosa (hispano peruano).
1995. Camilo José Cela Trulock (español).
1996. José García Nieto (español).
1997. Guillermo Cabrera Infante (cubano).
1998. José Hierro del Real (español).
1999. Jorge Edwards (chileno).
2000. Francisco Umbral (español).
2001. Alvaro Mutis (colombiano).
2002. José Jiménez Lozano (español).
2003. Gonzalo Rojas (chileno).
2004. Rafael Sánchez Ferlosio (español).
2005. Sergio Pitol (mexicano).
2006. Antonio Gamoneda (español).
2007. Juan Gelman (argentino).
2008. Juan Marsé (español).
2009. José Emilio Pacheco (México).
2010. Ana María Matute (española).
2011. Nicanor Parra (chileno).
2012. José Manuel Caballero Bonald (española).
2013. Elena Poniatowska (México).

viernes, 7 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, maldito sea por Javier Rodríguez Marcos (El País)

El autor de ‘Poemas del manicomio de Mondragón’ y ‘Así se fundó Carnaby Street’ muere a los 65 años tras una vida destilada en la escritura y la desmesura


Leopoldo María Panero, sentado en una terraza de la Plaza de las Palomas de León en mayo 
“No tenía a nadie”. Así resumía hace unas horas el editor Antonio Huerga la soledad en la que ha muerto Leopoldo María Panero a los 65 años. Lo decía para explicar la incertidumbre sobre los restos del poeta: “¿Incinerarlo? ¿Enterrarlo? ¿Quién decide? No tenía a nadie”. Tras la desaparición de su hermano Juan Luis en septiembre pasado, la muerte de Leopoldo es el último capítulo de una convulsa historia familiar llevada al cine por Jaime Chávarri y Ricardo Franco. Él decía que prefería la película del segundo “por los colores”. Lo decía como lo decía todo, con una salvaje ingenuidad llena de citas de poemas ajenos y propios, teorías conspirativas, críticas a España, a la OTAN, a sus editores o a sus compañeros en el psiquiátrico de Las Palmas, donde se había recluido voluntariamente hace más de una década. Los elogios quedaban reservados para sus colegas de generación: Gimferrer, Colinas o Ana María Moix, fallecida la semana pasada.
“Vivo dentro de la fantasía paranoica del fin del mundo y no solo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella. Todas mis palabras son la misma que se inclina hacia muchos lados, la palabra FIN, la palabra que es el silencio, dicha de muchos modos”. Así abría Panero su poética para Nueve novísimos, la antología de Josep Maria Castellet que le señaló en 1970 como una de las grandes promesas de la literatura por venir. Era el más joven de la selección y dos años antes se había estrenado con Por el camino de Swan, publicado en Málaga en 1968.

Poema inédito


SCIAMMARELLA
En cuanto a la tristeza como modo de venerar la libertad no libre del delirio
Diré lo mismo de otra forma porque la repetición es un señuelo casi inteligente
Ciertamente la mano polvorienta de un enano
Enseña a los hombres un pez
Significando la poesía
Que se opone bastardamente a la verdad
Que rumia aforismos en pie sobre las tumbas
Sobre las que llora el ruiseñor
Como una bruja significando el silencio
Con un vaso de placenta enemiga de la verdad
La poesía como un hombre enemigo del hombre
Azuzando a sus perros
Para que persigan la eternidad que venden los relojeros.
Del poemario Rosa enferma, que publicará en otoño Huerga y Fierro.
Repasar su vida durante ese año inaugural permitiría hacerse una idea de quién era Leopoldo María Panero, un poeta crucificado entre su propia desmesura y los tópicos de loco oficial de la poesía española. 1968 fue el año de su primer libro, de su primer intento de suicidio, de su ingreso en el Instituto Frenopático de Barcelona y de su paso por la cárcel de Carabanchel después de que lo detuvieran en Madrid junto a Eduardo Haro Ibars por consumo de marihuana y le aplicaran la Ley de Vagos y Maleantes. También fue el año en que escribió Así se fundó Carnaby Street. Publicado en 1970, ese libro contiene ya hecha (y deshecha) la voz de un autor que escribía todo lo que se le ocurría y publicaba todo lo que escribía. Cuando en 2001 Visor reunió su poesía completa hasta ese momento -588 páginas, una veintena de títulos- Panero tenía ya tres libros más en marcha en tres editoriales distintas. Uno de ellos Prueba de vida, una “autobiografía de la muerte” cuyo maltrecho mecanoscrito original paseaba por Las Palmas dentro de una bolsa de tela entre cintas de Los Chichos y antologías de Emily Dickinson.
A su muerte, Leopoldo María Panero ha dejado, al menos, un poemario inédito que tal vez se titule La rosa enferma. Huerga y Fierro, su editorial de los últimos años, pensaba publicarlo el próximo otoño. Entre tanto, el sello madrileño ha emprendido la publicación de su obra título a título. De esa serie forman parte poemarios como Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, El último hombre, Poemas del manicomio de Mondragón, Contra España y otros poemas no de amor o Locos. Irracionalismo, expresionismo, culturalismo y hermetismo atraviesan una obra irreductible a una fórmula salida del cerebro de un hombre irreductible, más fácil de tratar para los rockeros que para los catedráticos.
El desencanto, sus intervenciones en público y sus apariciones en la radio (La ventana) o la televisión (Crónicas marcianas) quedarán para la leyenda del penúltimo poeta oficialmente maldito. En la memoria de sus lectores -y son muchos- quedarán los versos de “Deseo de ser piel roja”, “El loco mirando desde la puerta del jardín” o “Ma mère”, dedicado “A mi desoladora madre, con esa extraña mezcla de compasión y náusea que puede solo experimentar quien conoce la causa, banal y sórdida, quizá, de tanto, tanto desastre”. Era en 1979. Ocho años más tarde subtituló como “reivindicación de una hermosura” otro poema, “A mi madre”, que termina: “y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra / y ahora que el poema expira / te digo como un niño, ven / he construido una diadema / (sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)”.

jueves, 30 de enero de 2014

Fallece el poeta Félix Grande por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS (El País)

El poeta Félix Grande, en Madrid en 2011. / ULY MARTÍN
Félix Grande, poeta y flamencólogo, ha muerto en Madrid a los 76 años víctima de un cáncer de páncreas. Será enterrado en Tomelloso (Ciudad Real), el pueblo del que procedía su familia y donde pasó su infancia pese a que la Guerra Civil lo llevó a nacer en Mérida (Badajoz) el 4 de febrero de 1937.
No es casual que su poesía completa lleve por título Biografía, ni que su último poemario, publicado hace tres años, se llame Libro de familia. La unión entre vida y obra atraviesan versos que convirtieron a Félix Grande en un poeta de referencia en los años sesenta y setenta. La tardía publicación de su primer libro, Las piedras (1964), premio Adonais, hizo que generacionalmente se moviera entre los poetas del 50 y los novísimos. También en eso era un autor difícil de clasificar. Pese a todo, libros como Blanco Spirituals (1967) o Las rubáiyátas de Horacio Martín(1978), Premio Nacional de Poesía, le convirtieron en un autor ineludible más allá de las clasificaciones escolares.
Niño de la guerra, guitarrista flamenco y luego flamencólogo de prestigio, Grande trabajó durante años en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, que llegó a dirigir entre 1983 y 1996 después de décadas de labor al lado de Luis Rosales, uno de sus grandes maestros vitales. Los literarios fueron, decía, César Vallejo y Antonio Machado.
Casado con Francisca Aguirre y padre de Guadalupe Grande, dos poetas más en una familia de tres, Félix Grande llevaba tiempo retirado del ruido literario cuando en 2004 recibió el Premio de las Letras Españolas. Del ruido literario y de la literatura. Fuera de algún poema de homenaje, no había vuelto a escribir versos. “Si no llegan las palabras es que no lo mereces”, decía quitándole importancia a un silencio tan largo. Fue la impresión causada por una visita al campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, lo que le llevó a escribir La cabellera de la Shoah, un poema-libro de mil versos con el que se cerraba en 2010 su poesía reunida, aquella Biografía a la que siguió, un año después, Libro de familia. Poeta sobre todas las cosas, Félix Grande hablaba como un poeta sabio, sentencioso y cercano. Tenía siempre a mano las palabras justas. Los que lo trataron saben que se las merecía.

miércoles, 24 de abril de 2013

Poesía contra los desahucios de la razón por Javier Rodríguez Marcos


El poeta, narrador, memorialista y ensayista ha dado su discurso durante la entrega del Premio Cervantes

"Hay que defender con la palabra contra quienes pretenden quitárnosla. Esgrimirla contra los desahucios de la razón"

"Una sociedad decepcionada, perpleja y herida por una renuente crisis de valores, tiende a convertirse en una sociedad renovada por su esfuerzo regenerador. Quiero creer que el arte también dispone de ese poder terapéutico"

"Decía Octavio Paz que con el Quijote empieza la crítica de los absolutos, comienza la libertad"

VÍDEO: EL PAÍS-LIVE / FOTO: ULY MARTÍN

La literatura es una realidad paralela; las ceremonias que la rodean, también. Así, en la entrega de un premio los poderosos celebran a los críticos con el poder, es decir, un ministro puede elogiar a un desobediente y un príncipe, a un infractor. Esta mañana, las protestas de los afectados por los recortes en los colegios públicos Zulema y El Carrusel de Alcalá de Henares no traspasaron los muros renacentistas del Colegio Mayor de San Ildefonso y los pitidos que ahogaban los aplausos en la plaza de San Diego al paso de las autoridades —los príncipes Felipe y Letizia; el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert; el obispo Juan Antonio Reig Plà— contrastaban con la cordialidad y el silencio —teléfonos móviles aparte— que presidió en el paraninfo de la universidad la entrega del premio Cervantes a José Manuel Caballero Bonald.
Si el silencio lo puso la solemnidad del acto —con himnos, latines y maceros—, la cordialidad corrió a cargo de los muchos escritores que acompañaron en su gran día al poeta y narrador jerezano, de 86 años, un autor que cuenta con la admiración de sus colegas de generación y con la de los más jóvenes. “Un lúcido que no da lecciones”, como tal lo describió en su discurso el Príncipe después de destacar las raíces andaluzas de su obra y sus alas latinoamericanas y antes de recordar que el galardón iba a “estropear sus planes” de evitar la “insufrible y engorrosa” inmortalidad.
Bajo la mirada vigilante de tres de sus nietos —uno de ellos, Agar, de 14 años, cámara en mano—, Caballero Bonald subió al púlpito, cambió de gafas y habló durante media hora con esa voz que parece nacida donde se cruzan los caminos entre Jerez de la Frontera y del Siglo Oro.
Miembro de una generación literaria, la de los 50, que nunca distinguió entre literatura y amistad, lo primero que hizo el autor de Somos el tiempo que nos queda fue recordar a los amigos que le precedieron en el palmarés del Cervantes —Ana María Matute y Antonio Gamoneda le escuchaban entre el público— y a los que la muerte impidió entrar en él: Valente, Barral, Ángel González, Claudio Rodríguez, Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo. Como dicen los manuales, niños de la guerra; como dijo uno de ellos, “partidarios de la felicidad”, escritores cuajados contra la dictadura franquista. No es extraño que todo el discurso de Caballero Bonald fuera un canto a la libertad que nace de los actos de leer y escribir. “Todos aquellos que se han valido de la opresión para programar el mantenimiento de sus poderes han coartado la libre circulación de las ideas”, dijo. “Los enemigos históricos de la libertad han recurrido desde siempre a una suprema barbarie: la hoguera. O quemaba herejes o quemaba libros”. Y añadió: “Bien sabemos que destruir, prohibir ciertas lecturas ha supuesto siempre prohibir, destruir ciertas libertades”.
Llegó entonces el momento del Quijote, un libro que fue para él no “una lección” sino “una conmoción”. Siguiendo la regla no escrita de referirse en el discurso de recepción del premio más importante de las letras en español al autor que le da nombre, Caballero Bonald reivindicó al Cervantes menos trillado —el poeta—, algo que ha hecho por extenso en el ensayo que abre su libro más reciente, Oficio de lector (Seix Barral). “Quien escribió el Quijote no podía ser sino un gran poeta”, afirmó en Alcalá citando a Luis Cernuda. En esa novela que tantas veces ha resultado ser “una poderosa luminaria” que oscurece cualquier otro empeño se decantan, dijo el premiado, “los alimentos primordiales de la poesía, esa emoción verbal, esas palabras que van más allá de sus propios límites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la iluminación, a esas ‘profundas cavernas del sentido’ a que se refería San Juan de la Cruz”.
Tras recordar las “vaguedades, zozobras y cautiverios”, las “decepciones, fracasos y desdenes” que llevaron a Cervantes a publicar la parte fundamental de su obra cuando rondaba los 60 años y apenas le quedaban 10 de vida, el autor de Ágata ojo de gato subrayó que más que un “vencido por la vida”, el creador de Alonso Quijano fue el “vencedor literario de todas las batallas por la libertad”.
Libertad fue una de las palabras más usadas ayer por Caballero Bonald. La otra fue la palabra poesía, “ese engranaje de vida y pensamiento que tanto amó Cervantes y que tan exiguas recompensas le proporcionó”. Corrección de las erratas de la historia, defensa contra sus “averías”, consuelo para sus trastornos y desánimos... todo eso es la poesía para un escritor que ayer reivindicó la utopía —esa “esperanza consecutivamente aplazada”— y “los nobles aparejos de la inteligencia” para que el pensamiento crítico “prevalezca sobre todo lo que quiere neutralizarlo” en una sociedad “decepcionada, perpleja, zaherida”.
“Siempre hay que defenderse con la palabra de quienes pretenden quitárnosla”, dijo el autor de Manual de infractores cuando su discurso se encaminaba hacia el final. “Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios de la razón”. Puede que algún día esa fórmula —desahucios de la razón— se lea como una simple metáfora, el 23 de abril de 2013, no. Y menos en la voz de alguien que suele repetir que busca que el poema ocupe más espacio que el texto propiamente dicho, que las palabras signifiquen dentro de la poesía más de lo que significan dentro del diccionario.
La literatura es una realidad paralela, es cierto, pero la otra, la cruda realidad, es tozuda, y a veces, aunque sea entre líneas, se cuela como la noche en un famoso poema de José Manuel Caballero Bonald, o sea, por las ventanas, por los ojos “de cerraduras y raíces”, por orificios y rendijas. Y por debajo de las puertas. También por aquellas cerradas al ruido de la calle.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Puestos a pensar, puestos a elegir por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS


En la selección de Babelia ha participado más de medio centenar de críticos, colaboradores y redactores de EL PAÍS



“Me crié entre palabras. Se caían de la mesa de la cocina al suelo, donde yo estaba sentado: abuelos, tíos y refugiados se las lanzaban unos a otros en ruso, polaco, hebreo, francés y lo que pretendía ser inglés en una competitiva cascada de aseveraciones e interrogaciones […] Llegado el momento —y por hacerme mi propio hueco— yo también hablé”. Esto dice Tony Judt —autor del libro del año para los críticos y colaboradores de Babelia— en El refugio de la memoria, su recuento autobiográfico. Vivimos rodeados de palabras, muchas de ellas, pese a la revolución digital, todavía impresas. Según la Federación de Gremios de Editores, que cita al ISBN, en 2011 se publicaron en España 103.000 títulos (22.000 de ellos, traducciones; un 47% de estas, del inglés).
Los datos de este año se harán públicos el que viene, pero la magnitud de los del pasado sirve para poner en perspectiva cualquier selección. En la de Babelia ha participado más de medio centenar de críticos, colaboradores y redactores de EL PAÍS. Cada uno de ellos ha elegido 10 títulos y otorgado 10 puntos al primero de su lista; y así de manera descendente. En caso de empate, el recuento final ha primado el libro con mayor número de menciones.
Aunque no es raro que un economista incluya en su selección una novela; un catedrático de Literatura, un ensayo de musicología o un crítico de poesía, un libro de divulgación científica, las listas individuales -que recogen cerca de 400 títulos- tienen la virtud de servir también como recomendación especializada en los diferentes géneros: de la filosofía a la política pasando por la historia o literatura de viajes.

Los economistas se ocuparon del presente mientras novelistas como Cercas, Usón o Trapiello no perdían de vista el pasado
Pese a la contundencia del sintagma, una selección de los libros del año es sobre todo una guía de lectura. Publicada en un periódico, tiene más que ver más con la actualidad que con la eternidad: es más un resumen destilado que un canon; si se quiere, la comprobación de que incluso estos, los cánones, son cambiantes. En La moral del testigo, incluido en la lista del ensayo en español, el lingüista Carlos Piera recoge un texto de 1996 en el que recuerda que “no hará ni tres cuartos de siglo, en el canon europeo probablemente los únicos autores anglófonos que aparecería en primera división serían Shakespeare, Milton, tal vez Chaucer y Scott, y seguramente, Byron y Dickens. Hoy resulta imposible justificar la ignorancia del curso general de la literatura inglesa”. Justo lo contrario que pasa, dice, con la francesa, que “va pasando a ser una literatura de excepciones, como Proust o Stendhal, cuando era el ejemplo mismo de la literatura de continuidad”. También la geopolítica es una rama de la literatura. O viceversa.
Aunque las conclusiones que salen de una lista son tan parciales como ella misma, la abundancia del ensayo y la poesía entre los títulos más citados este año en la de Babelia podría interpretarse como la expresión de la necesidad de comprender un mundo tan convulso que cada día encuentra nuevas acepciones para la palabra crisis. Podría. Si en 2011 esta misma lista acogió masivamente a narradores como Marías, Marsé, Franzen o Philip Roth, en 2012 su lugar lo ocupan un pensador de la historia como Tony Judt y poetas consagrados como Antonio Gamoneda o Juan Gelman. Sin olvidar a José Manuel Caballero Bonald, que abrió enero con un rotundo libro de un solo poema —Entreguerras— y lo ha cerrado llevándose el Premio Cervantes.

La abundancia del ensayo entre los títulos más citados este año podría nacer de la necesidad de comprender un mundo convulso
Si la recuperación para el lector en español de clásicos como Imagen del mito, de Campbell, o La ciudad en la historia, de Lewis Mumford, demuestra que los editores no pierden de vista el pasado -lo mismo que narradores como Cercas, Trapiello o Clara Usón-, fue el presente el que más agitó las aguas editoriales. Libros como los de Joseph E. Stiglitz —El precio de la desigualdad—, Paul Krugman —Acabad ya con esta crisis— o Sylvia Nasar —La gran búsqueda— consagraron el protagonismo actual de la Economía. Entretanto, la polémica primaveral sobre el futuro de la cultura en torno a La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, certificó que, en tiempos de dispersión digital de los referentes, el principio de autoridad —ese que sirve para hacer listas— es a la vez precario y necesario.

Narrativa en español

1. Absolución. Luis Landero. Tusquets.
2. Cuentos completos. Juan José Saer. El Aleph.
3. Las leyes de la frontera. Javier Cercas. Mondadori.
4. Mala índole. Javier Marías. Alfaguara.
5. El tango de la Guardia Vieja. Arturo Pérez Reverte. Alfaguara.

Narrativa traducida

1. Antigua luz. John Banville. Trad. Damià Alou. Alfaguara.
2. Ciudad abierta. Teju Cole. Trad. Marcelo Cohen. Acantilado.
3. Barrio perdido. Patrick Modiano. Trad. Adoración E. Rodríguez. Cabaret Voltaire.
4. Goethe se muere. Thomas Bernhard. Trad. Miguel Sáenz. Alianza.
5. Peking by Night. Svetislav Basara. Trad. L. F. Garrido y T. Pištelek. Minúscula.

Poesía en español

1. Canción errónea. Antonio Gamoneda. Tusquets.
2. Poesía reunida. Juan Gelman. Seix Barral.
3. Entreguerras. José Manuel Caballero Bonald. Seix Barral.
4. Lo solo del animal. Olvido García Valdés. Tusquets.
5. Segunda oscuridad. Andrés Trapiello. Pre-Textos.

Poesía traducida

1. Poesía completa. Zbigniew Herbert. Trad. Xaverio Ballester. Lumen
2. Mythistórima. Yorgos Seferis. Trad. S. Ancira y F. Segovia. Galaxia Gutenberg
3. Poesía completa. Edward Thomas. Trad. Gabriel Insausti. Pre-Textos
4. Antología de Spoon River. Edgar Lee Masters. Trad. Jaime Priede. Bartleby
5. Poemas 1-600. Emily Dickinson. Trad. A. Mañeru y M. Rivera. Sabina

Ensayo en español

1. Diccionario de música, mitología, magia y religión. Ramón Andrés. Acantilado 2. La civilización del espectáculo. Mario Vargas Llosa. Alfaguara
3. En el combate por la historia. Ángel Viñas (editor). Pasado & Presente
4. Tantos tontos tópicos. Aurelio Arteta. Ariel
5. La moral del testigo. Carlos Piera. Antonio Machado Libros

Ensayo traducido

1. Pensar el siglo XX. Tony Judt. Taurus
2. La edad de los prodigios. Richard Holmes. Trad. M. M.-Lage y C. Núñez. Turner
3. Has de cambiar tu vida. Peter Sloterdijk. Trad. Pedro Madrigal. Pre-Textos
4. La Segunda Guerra Mundial. Anthony Beevor. Trad. J. Rabasseda y T. Lozoya. Pasado & Presente
5. El libro negro. V. Grossman e Ilyá Ehrenburg. Trad. J. Ferrer. Galaxia Gutenberg

Biografía en español

1. Lo que cuenta es la ilusión. Ignacio Vidal-Folch. Destino
2. Camarada Javier Pradera. Santos Juliá. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
3. Cárceles y exilios. Nicolás Sánchez Albornoz. Anagrama
4. Miguel de Unamuno. Jon Juaristi. Taurus
5. La vida crápula de Maurice Sachs. Enrique López Viejo. Melusina

Biografía traducida

1. Cartas. Saul Bellow. Trad. Daniel Gascón. Alfabia
2. Diario de invierno. Paul Auster. Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama
3. Joseph Anton. Salman Rushdie. Trad. Carlos Milla. Mondadori
4. Haciendo historia. John Elliott. Trad. Marta Balcells. Taurus
5. El cóndor y las vacas. Christopher Isherwood. Trad. Andrés Barba. Sexto Piso

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