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sábado, 3 de noviembre de 2012

La lista que hizo historia


Un libro de entrevistas se convirtió hace cincuenta años en el canon del llamado boom

El chileno Luis Harss evoca esa época desde un distanciado presente

    El País



  • Ilustración de Sciammarella.

    En el ambiente literario iberoamericano se respiraba una especie de internacionalismo que antes no existía: los argentinos conocían lo que se hacía en México o en Colombia. En los sesenta se decía que la capital de América Latina era París porque allí se encontraron todos los escritores de aquella zona, unos exiliados de las dictaduras de sus países, mientras que otros estaban en misiones diplomáticas. El movimiento literario que estaba naciendo disponía de corte propia, ejército y artillería. En la capital francesa, el crítico Emir Rodríguez Monegal fundó la revista Nuevo Mundo cuyo propósito fundamental era promocionar esta nueva cultura literaria. Los autores se movían con su séquito, y la prensa, en especial la argentina, hablaba ya de una “concienciación literaria”. Sus obras circulaban por el continente gracias a las distribuidoras y a la nueva actitud de las editoriales. A los universitarios e intelectuales se les sumó un numeroso grupo de lectores que devoraba apasionadamente novelas como Rayuela, La ciudad y los perros o Pedro Páramo. El boom latinoamericano contó con muchos escritores y tres polos geográficos: Buenos Aires, México y Barcelona, donde la relación con Carlos Barral fue clave. Entre ellos, los más jóvenes se apodaron la Mafia. No eran íntimos, pero unos remitían a otros y salían juntos en las fotos. Había también sus pugnas internas, odios y celos irreconciliables, pero eso contribuyó también a agrandar la leyenda.
    En ese ambiente y sin proponérselo, Luis Harss (Valparaíso, Chile, 1936), profesor de Letras y escritor, estableció el canon de lo que luego se conoció como el boom latinoamericano. Y lo hizo, como muchas cosas en la vida, por casualidad. Cuenta que fue Julio Cortázar, con el que se encontró en París, quien le animó a escribir un libro que captara las nuevas tendencias literarias. A estas alturas, casi cincuenta años después, ya nadie le puede negar su olfato literario. Los nuestros se publicó en inglés y pasó con más pena que gloria, hasta que la Editorial Sudamericana lo publicó, unos meses después, en 1966, en español. Se trataba de un ensayo de crítica literaria con 10 entrevistas a otros tantos autores iberoamericanos; algunos como Borges, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti o Cortázar, ya consagrados, pero otros, como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez no superaban la cuarentena; João Guimarães Rosa era el único de ascendencia brasileña. La región más trasparente de Fuentes ya contaba con lectores, pero Cien años de soledad de García Márquez era un manuscrito inacabado cuando entrevistó a su autor en la localidad mexicana de Pátzcuaro. A todos les unía la idea de que su país común era el español. El idioma se había convertido en un artefacto arcaico que necesitaba renovarse. Lo cambiaron, dejando de lado el floreo literario que marcaba la época por el habla de la calle. Fuera, les esperaba un público hambriento por reconocerse en historias cercanas.Los nuestros no llegó a editarse en España, pero se convirtió en libro de obligado estudio. Alfaguara lo recupera ahora en el cincuenta aniversario del fenómeno literario.
    Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares. El lenguaje y su forma local, el idioma es identidad. “Usar el lenguaje ajeno es alienación”, cuenta Luis Harss desde su casa, en un pequeño pueblo del Estado de Pensilvania, donde vive retirado de la enseñanza y de la crítica, entretenido ahora en la escritura de un nuevo relato. Este escritor ha desarrollado su propia teoría sobre el lenguaje, relacionada con el arranque de lo que fue la búsqueda de la novela totalizadora: los escritores iberoamericanos (aunque los de clase culta hablaban francés) se educaban leyendo traducciones del ruso, del alemán o del inglés. “En general versiones muy torpes, de editoriales españolas que deformaban, estereotipaban o censuraban. Quedaba un muñón parecido a todos los otros muñones que salían del mismo proceso. Se ha observado que el lenguaje de la traducción es generalmente el término medio de la época con sus mediocridades, lugares comunes y percepciones desgastadas, una horma rígida y un mortero. Eso es lo que leían los escritores, en eso se inspiraban, por eso todo salía tan mal y sin imaginación. Después se abrieron las puertas al mundo. Más cultura literaria, más manejo de idiomas, mejores traducciones, a veces por escritores buenos, por poetas, gente sensible. El escritor se educó, vio más, pudo más. La traducción se interiorizó, en vez de representar superficies”. Así empezó a redactarse la nueva novela.

    “Alrededor del boom hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad”
    Visto con la perspectiva que da el tiempo, se entiende por definición que ningún boom puede durar. En las universidades norteamericanas han florecido los departamentos de estudios latinoamericanos, pero se trata de una corriente solo para especialistas. En cambio, la nueva novela sí ha generado “un mar de fondo”. “Sigue, en el sentido que dejó modelos, descubrimientos, abrió dimensiones. No se puede escribir en Latinoamérica sin haber pasado por allí. Como no podían escribir las generaciones de Estados Unidos sin haber pasado por Hemingway y Faulkner. ¿Medio siglo después cuántos de la lista de Harss se han convertido ya en referencias universales? “Borges ya figura como un habitante de muchos otros mundos, y en muchos idiomas. García Márquez aparece en miles de novelas, su lista de imitadores es interminable; Macondo ha pasado a ser lo que Barthes llamó ‘un recuerdo de la imaginación’. Estoy casi seguro de que, como Hemingway y Faulkner, seguirán siendo fronteras entre un antes y un después. Cortázar, el más radical, desgraciadamente se conoce poco fuera del idioma español, queda muy atado a la lógica interna del idioma argentino. Cortázar es puro jazz y es difícil de transportar. Se lo distingue en Roberto Bolaño. Y en todos los que, sin saber por qué, tratan de escribir como se habla”.
    Por correo electrónico escribe que Los nuestros se corresponde con una época de su vida, pero “quedó allá atrás”. Le gusta y le divierte recordar a la gente y hablar de los temas de época y las circunstancias que rodearon el libro, pero hace mucho que está en otras cosas. “No he seguido las carreras de esos escritores. A algunos los he leído de vez en cuando por placer. A otros no los he tocado en ¿cuarenta-cincuenta? años, dejaron totalmente de interesarme, ¿qué quieren que les diga? Uno no se queda donde estaba”. En esa estela de placer que provoca la nostalgia bien entendida se detiene a hablar de dos editores fundamentales: Roger Klein y Paco Porrúa. Curiosamente fue un editor estadounidense, un tipo alerta a todo lo que pasaba en el mundo literario en cualquier idioma, el primero en proponer el libro. Sin la pequeña ayuda financiera que le dio Roger Klein de Harper & Row en Nueva York (unos 1.500 dólares), Los nuestros no existiría. “Se me ocurre que de su propio bolsillo. Era de una gran familia judía de joyeros. Un tipo raro en EE UU, donde se conoce poco y se traduce menos. Yo me resistía a muerte. Había abandonado Argentina, huyendo del peronismo, y me había instalado en EE UU. Había roto espiritualmente con Latinoamérica y el idioma español, pero Klein me regaló su persistencia. Curiosamente, después, por problemas personales (fue gay antes de tiempo) perdió el interés”. El original inglés salió huérfano, nunca vendió nada, y Klein se suicidó dos o tres años más tarde dejando un gran vacío.

    Aquellos escritores descubrieron que era más eficaz escribir como se habla o como se sueña para trasladar historias cercanas y populares
    El fracaso que supuso su publicación en inglés no arredró a Editorial Sudamericana cuando decidió publicar el libro en español. Paco Porrúa (A Coruña, 1922), editor de Minotauro, que luego distribuiría Los nuestros, se movía más en el terreno de la ciencia ficción, pero tenía buen apetito para los autores nuevos. Por eso se alió mano a mano con Harss en una precipitada traducción. “Fuimos como hermanos, poco tiempo, cuando nos distanciamos lo extrañé mucho”. Los nuestros se vendió más de lo esperado y funcionó, especialmente, como texto universitario, pero con el tiempo se convirtió en el manual para el conocimiento de ese movimiento literario que representaban los 10 autores entrevistados en el libro.
    El boom también dejó sus víctimas, sobre todo entre los escritores jóvenes, un derroche de talento en el que no todos se salvaron. “Hubo una conciencia de círculo vicioso. Los que estaban en cierta cosa y no en otra. No hay duda, la mafia, el club, entre los que se sentían brillar. No hablo de mi selección, que es secundaria. Digo entre ellos. Alrededor del boom siempre hubo esos otros, interesantes y raros, que quedaron fuera por cuestiones ajenas a su calidad, como Felisberto Hernández que murió justo antes de empezar Harss sus entrevistas. “Escribía en sótanos, era pianista y lo imagino siempre al teclado, proyectando sus historias en una pantalla de cine (fue acompañante de cine mudo). Juan José Saer, que me quedó bajo el radar; no había llegado a ser él todavía en los sesenta. En esos días empezaba Manuel Puig La traición de Rita Hayworth. Es de 1968 con la estética del cine popular y los boleros. Cabrera Infante. José Donoso. Salvador Garmendia, venezolano, el de ‘los pequeños seres’ de la vida ciudadana. Un extrañísimo novelista talmúdico argentino, Mario Satz, casi ilegible, vivía en Barcelona. Les pasó a muchos”, remata.
    De entre las víctimas, Harss conoció personalmente la tristeza de un narrador de mucho valor: José María Arguedas, el novelista peruano. “Conoció el ayllu, el hogar que le dio de chico la comunidad indígena y que después perdió. Trató de evocarlo en español sin perder la magia metafórica del animismo quechua. Escribió un libro notable, autobiográfico, Los ríos profundos. Es de 1958, a orillas del boom; había leído a Joyce. Su protagonista también es un Dédalo. Había gozado de mucho prestigio en su país, pero se movía todavía dentro de algunas limitaciones del indigenismo; fue excluido explícitamente del canon, humillado en artículos y comentarios, y se mató en 1969. Dejó un diario suicida, en su última novela, inconclusa, El zorro de arriba y el zorro de abajo. Diatribas (lamentables) contra sus detractores, pero también un acercamiento a la muerte, a la tierra, a las moscas, único en la literatura de Latinoamérica. Se fue comiendo barro como vino”. Un caso de perdedor total, antes de saber quién era Harss lo recuerda sentado tocando la flauta en un rincón, en una fiesta de izquierdas en California. “Un momento de soledad tan aguda que me quedó la imagen para siempre”.
    Los nuestros. Luis Harss. Alfaguara. Madrid, 2012. 411 páginas. 18,50 euros (electrónico: 9,99).



    De izquierda a derecha, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay, en 1974.
    Viendo nacer una generación clásica
    ALEJO CARPENTIER. ((La Habana, 1904) fue quizás el primero de nuestros novelistas en querer asumir la experiencia latinoamericana en su totalidad, por encima de sus efímeras variantes regionales y nacionales. Nuestra novela estaba en su infancia cuando empezó a escribir. Era poco más que escenografía. Su aparato era pomposo y retórico. Recorrió de punta a punta nuestro mundo tratando de asimilar e integrar todo lo que encontraba hasta poseerlo. Se buscaba como todo latinoamericano en la fábula y el mito. Su pasión ha sido seguir los pasos perdidos del continente, descifrar sus oráculos olvidados. El resultado es una obra de gran alcance y vigor.
    MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS. Vivió y sufrió su época, y supo expresar su dolor. Ha hecho de su obra una especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas, templo de piedad y justicia donde claman las voces de los desposeídos… Visto hoy en perspectiva, El Señor Presidente ha envejecido, no intimida. Lo que da fuerza al libro es la sensación de que es un espejo deformado pero reconocible de una realidad sórdida, tristemente conocida por todos los que han recorrido los barrios bajos de las ciudades latinoamericanas. Pero es probable que se le recuerde por Hombres de maíz, un libro arrollador, en el que persigue lo que llama “un idioma americano”. Se da cuenta de que el floreo retórico y los lugares comunes de la prosa académica han sido la plaga de nuestra novela.
    JORGE LUIS BORGES. Ha inventado su propio género, a medio camino entre el cuento y el ensayo, para darse completa libertad de movimiento. Varían las proporciones, pero la tendencia es siempre, como él dice, “estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético”. Pero hay algo más: una aspiración al absoluto que se vislumbra en las formas de la imaginación… Un cuento de Borges es algo muy especial. Cada uno de ellos rompe el molde. Combina felizmente, y en las formas más inesperadas, el suspenso y el teorema. Usa la sorpresa, la falsa apariencia y el argumento sofístico a la manera de la novela policiaca; mezcla la burla y la metafísica, la lógica y la argucia, la realidad y el hecho apócrifo.
    JOÃO GUIMARÃES ROSA. Lleva cada línea del paisaje impresa en la palma de la mano. Hubo exploradores que abrieron fronteras en el interior, apropiándose de lejanas tierras de pastoreo que a veces fueron verdes y florecieron hasta convertirse en prósperas fazendas. Echar ancla en esas regiones inhóspitas siempre estuvo en conflicto con el espíritu vagabundo. La vida nunca era completamente sedentaria. Bajo el colono estaba el nómada. Guimarães Rosa encarna esa dualidad… Nadie ha penetrado como él en la psicología del habitante del sertão. El lenguaje es densamente emotivo, mezcla de erudición y dialecto, lleno de giros inesperados, inversiones, proverbios, interjecciones, preguntas retóricas.
    JUAN CARLOS ONETTI. Hay en él algo genuinamente autóctono que va mucho más hondo que las estridentes protestas de nacionalismo literario que caracterizan a tantos de sus compatriotas. Los años que ha pasado entre Montevideo y Buenos Aires lo han asimilado al alma y al carácter de la zona. No fue él quien inventó la novela urbana en el Uruguay; el género ya existía, pero la ciudad muchas veces estaba en Europa, y en otros tiempos. Los escenarios locales no eran considerados dignos de interés. Onetti cambió todo eso. La vida breve puede ser su obra maestra, libro de inagotables desdoblamientos, un monumento a la evasión a través de la literatura.
    JULIO CORTÁZAR. Es la prueba que necesitábamos de que existe una poderosa fuerza mutante en nuestra literatura que lleva a la metafísica (o la patafísica cuando la metafísica se toma en chiste). Brillante, minucioso, provocativo, adelantándose a todos sus contemporáneos latinoamericanos en el riesgo y la innovación… Es un hombre de fuertes anticuerpos. Con el tiempo ha ido descartando los efectos fáciles de la narrativa tradicional: el melodrama, la sensiblería, la causalidad evidente, la construcción sistemática, las amabilidades y la demagogia retórica. Ha buscado en la paradoja el verdadero acorde. Es difícil por el momento medir su impacto. Rayuela (1963) fue un huracán, es una obra ambiciosa e intrépida, a la vez un manifiesto filosófico, una rebelión contra el lenguaje literario y la crónica de una extraordinaria aventura espiritual.
    JUAN RULFO. Sus libros están en un paisaje de tragedia clásica, los muertos lo persiguen. Sabe que el peso de los antepasados aumenta con la distancia. El de los suyos, que están lejos, no lo ha descargado nunca. Se ha pasado la vida abriendo tumbas en busca de sus orígenes perdidos. Su brillante y breve carrera ha sido uno de los milagros de nuestra literatura. No es, en el fondo, un renovador sino, al contrario, el más sutil de los tradicionalistas. Pero ahí radica su fuerza. Escribe sobre lo que conoce y siente, con la sencilla pasión del hombre de la tierra en contacto inmediato y profundo con las cosas elementales: el amor y la muerte, la esperanza, el hambre, la violencia. Con él, la literatura regional pierde su militancia panfletaria, su folclore. …Su lenguaje es tan parco y severo como su mundo. Es un estoico que no blasfema contra la vida, acepta el destino. Por eso su obra brilla como un fulgor lapidario. Pedro Páramo no es épica sino elegia. El ritmo del lenguaje es el de la sangre.
    CARLOS FUENTES. En 1959 publicó La región más transparente, una supernovela en la que se narra, como lo llamaba el autor, “la biografía de una ciudad y una síntesis del presente mexicano”. La novela estaba destinada en cierta forma a ser un foro para las opiniones contradictorias de la época. Se llama al debate, no a una decisión final. Refleja la preocupación de ese momento por fijar, por resumir, por destilar lo mexicano. Está entre los poquísimos escritores latinoamericanos que dominan las disciplinas del cuento, ¿será por la simpatía que siente por la literatura norteamericana, donde florece el género?... El cuento además se presta idealmente a la pirueta brillante que siempre tienta a Fuentes. Es el arte de la baraja y la sorpresa, y nadie lo sabe mejor que él, que maneja la forma como si la hubiera inventado.
    GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Su empecinamiento nace de la nostalgia: por una época y por un lugar. Ha estado fuera demasiado tiempo. “Se me están enfriando los mitos”. Hará cualquier cosa para revivirlos. Son la luz —y la felicidad de la inspiración— que le viene de su infancia. EnLa hojarasca se destacan ya ciertos prototipos que poblarán los otros libros: el vetusto coronel, el médico de alma atormentada, la serena y consecuente figura femenina, siempre en García Márquez, un baluarte en la adversidad… Mas allá de los hechos cotidianos que constituyen el relato se advierte la intención mágica… Una misma subjetividad anima a todas sus creaciones. Los papeles que se reparten derivan todos de un solo repertorio mental. …La próxima fase del libro, que anuncia para marzo o abril de 1967, se llamará Cien años de soledad. Será la muy esperada biografía del elusivo coronel revolucionario, Aureliano Buendía. Será como la base del rompecabezas cuyas piezas ha venido dando en los libros precedentes.
    MARIO VARGAS LLOSA. Cuando acababa de cumplir los 26, con sólo dos obras a su nombre, ya se destacaba entre nuestros escritores jóvenes. Era un inspirado que parecía haber nacido bajo una lengua de fuego. Tenía fuerza, fe y la verdadera furia creadora. La fama le había llegado pronto, pero se la había ganado honradamente. Hasta ahora ha sido menos profundo que pródigo. Su visión es limitada, sus caracterizaciones pueden ser esquemáticas y hasta simplistas, y es un empedernido determinista y antivisionario, pero una invencible riqueza de temperamento, una poderosa carga emotiva y una interioridad que él niega pero no puede reprimir dan densidad a su materia dramática. La ciudad y los perros (1962), su primera novela, narra la vida del colegio militar Leoncio Prado. Dos generales lo denunciaron, calificándolo de profanación y acusando al autor de ser enemigo del Perú y comunista.
    Párrafos extraídos de Los nuestros, de Luis Harss.

    viernes, 11 de mayo de 2012

    El amor oscuro de García Lorca

    Durante toda la vida, Juan Ramírez de Lucas calló su apasionada relación con el poeta, truncada por una familia conservadora y por el asesinato del escritor

    El crítico Juan Ramírez de Lucas, fotografiado junto a su colección 
    de objetos de arte popular.




    AMELIA CASTILLA / LUIS MAGÁN  - El País


    Juan Ramírez de Lucas (Albacete, 1917-Madrid, 2010), periodista y crítico de arte, no quiso llevarse a la tumba su secreto. Guardó silencio durante más de 70 años, con todos los recuerdos (dibujos, cartas, un poema, su diario…) de su tragedia sentimental ocultos en una caja de madera. Sin embargo, antes de fallecer, entregó a una de sus hermanas su legado para que se hiciera público. Pese al férreo silencio que mantuvo en vida, apoyado por los propios amigos de la pareja que respetaron su intimidad, Ramírez de Lucas no quiso que la memoria de su gran amor de juventud, el poeta Federico García Lorca, se perdiera para siempre.

    La pareja se conoció en el convulso Madrid republicano, donde mantuvieron su idilio de espaldas a sus familias, una de ideas muy conservadoras y otra socialista pero con sentimientos cercanos en cuanto a la homosexualidad. Culto y muy atractivo, Ramírez de Lucas soñaba con ser actor y Lorca prometió llevarlo por los teatros del mundo. Locamente enamorados decidieron escapar juntos a México. La situación de Lorca en Madrid, convertido ya en un autor de éxito en medio mundo y una de las figuras más odiadas por los grupos violentos de derechas, se hacía más peligrosa por momentos. Sus amigos le advirtieron del peligro que corría, pero el poeta no quería viajar solo. La pareja se despidió, el mes de julio de 1936, en la estación de Atocha. Ramírez de Lucas, que apenas contaba 19 años, iba camino de Albacete, buscando el permiso familiar (la mayoría de edad era a los 21) para poder marcharse a América con el poeta. Lorca subió al tren rumbo a Granada para despedirse de sus padres antes de partir para México.

    La vuelta a escena de Ramírez de Lucas ha sido saludada por los expertos lorquianos, dada la importancia histórica que supone que afloren nuevos documentos que ayuden a comprender mejor la historia. Laura García Lorca, sobrina del poeta, que conocía la existencia de la carta, aseguró que podría tratarse de “material de enorme interés para el archivo de la Fundación Lorca”. Una novela de Manuel Francisco Reina, Los amores oscuros, que Temas de Hoy publica el 22 de mayo, recupera la relación de ambos. Los herederos de Ramírez de Lucas, que negocian con una editorial la posible publicación del diario y otros documentos, no quisieron aportar ningún dato a este diario, alegando problemas de herencia y de criterios sobre el destino del legado.

    A estas alturas del siglo XXI sobra contar que los planes de la pareja no pudieron salir peor. Como sospechaba Ramírez de Lucas su padre puso el grito en el cielo y amenazó con poner el asunto en manos de la Guardia Civil si intentaba salir de Albacete sin su autorización. Lo había mandado a Madrid para estudiar administración pública y, pese a los buenos resultados escolares, había defraudado su confianza. Su vida paralela como actor en el Club Teatral Anfistora, creado por Pura Ucelay para estrenar, entre otras, las obras de Lorca, no encajaba para nada en sus planes, y menos aún su relación sentimental con un poeta homosexual. Trató de intermediar a su favor Otoniel, el mayor de sus 10 hermanos, miembro de las Juventudes Socialistas y el único que conocía su doble vida, pero fue en vano. Simultáneamente, desde la Huerta de San Vicente en Granada, Lorca telefoneaba animándole a que fuera paciente y comprendiera a su familia. Pensaba que se impondría la razón y acabarían entendiéndolo. Llegó una carta, fechada en Granada el 18 de julio, pero ahí perdió su rastro. El arresto de Lorca, en casa de la familia Rosales, y su fusilamiento no fueron conocidos en los primeros momentos en la confusión de la guerra. El asesinato del poeta dejó a Ramírez conmocionado. Su sentimiento de culpa no hizo sino aumentar con el paso de los años.

    Tras su paso por la División Azul para limpiar su pasado, Ramírez de Lucas regresó a Madrid y rehizo su vida. Solo Agustín Penón, el escritor que viajó a Granada para investigar la muerte de Lorca en 1955, descubrió la relación y dejó constancia de ello en sus anotaciones, que posteriormente serían publicadas, en primera instancia, por Ian Gibson y después recogidas también en la edición que Marta Osorio realizó de la maleta de Penón. Se trataba en ambos casos de unas pocas líneas perdidas entre cientos de páginas, algo que alentó el propio amante de Lorca al no contestar a los requerimientos de ninguno de los estudiosos. Perdido en el anonimato que ofrece una gran ciudad, recurrió al poeta Luis Rosales, gran amigo de Lorca, quien lo ayudó a entrar en el diario Abc, donde comenzó su carrera como crítico de arte y arquitectura, que luego desarrollaría en otros medios especializados.

    Comenzó a redactar un diario y nunca se desprendió de los recuerdos que le unían a Lorca, entre ellos un poema escrito en el reverso de una factura de la academia Orad, donde estudiaba en Madrid. No contó su relación con Lorca ni a su nuevo compañero, con el que vivió 30 años. “Tenía encanto, sentido del humor, personalidad y era muy atractivo”, cuenta Julia Sáez-Angulo, vicepresidenta de la Asociación de Críticos de Arte, quien lo valora como un pionero en la crítica de arquitectura y un gran experto en arte popular.

    Tras dos años de investigación exhaustiva, que ha volcado en su novela testimonial, Manuel Francisco Reina tiene claro que Ramírez de Lucas fue el protagonista último de los Sonetos del amor oscuro. Para el biógrafo Ian Gibson la recuperación de la documentación, que obra en poder de los herederos de Ramírez de Lucas, sería fundamental para aclarar los últimos días de Lorca. “Intenté entrevistarle, pero no fue posible. Sabía que era un personaje fundamental pero supongo que su silencio tuvo que ver con el tema gai”.
    Reverso del recibo de la academia Orad, donde Lorca escribió el romance.

    'Romance'

    Aquel rubio de Albacete
    vino, madre, y me miró.
    ¡No lo puedo mirar yo!
    Aquel rubio de los trigos
    hijo de la verde aurora,
    alto, sólo y sin amigos
    pisó mi calle a deshora.
    La noche se tiñe y dora
    de un delicado fulgor
    ¡No lo puedo mirar yo!
    Aquel lindo de cintura
    sentí galán sin...
    sembró por mi noche obscura
    su amarillo jazminero
    tanto me quiere y le quiero
    que mis ojos se llevó.
    ¡No lo puedo mirar yo!
    Aquel joven de la Mancha
    vino, madre, y me miró.
    ¡No lo puedo mirar yo!



    Todos los expertos en la obra del poeta aplaudieron ayer la noticia. Para Félix Grande la sorpresa fue escuchar su nombre: “Sabíamos que había un gran amor, que en cierto modo inspiró los Sonetos de amor oscuro, pero no sabíamos cómo se llamaba”, explicó el poeta. “En las muchas conversaciones que tuve con Rosales me contó que durante los días que Lorca pasó escondido en su casa corregía sin parar esos versos. Nunca logré que me diera el nombre. Le había prometido a Federico que mantendría el secreto y era una persona de palabra”. Para el flamencólogo, que una historia de ese calibre permanezca oculta prueba el mundo en que vivimos tres cuartos de siglo después del asesinato. También el poeta Antonio Hernández conocía la relación. De hecho, lleva tiempo trabajando en un libro que cerraría la obra poética de Luis Rosales en el que aborda, entre otros, el tema de la homofobia y de Lorca y en el que aparece Ramírez de Lucas.

    miércoles, 4 de abril de 2012

    Los relatos de Josefina Aldecoa, en un solo tomo



    La niñez, el paisaje y las mujeres fueron tres de los temas esenciales en la obra de Josefina Aldecoa. Sus relatos se reúnen en Madrid, otoño, sábado

    AMELIA CASTILLA

    La niñez, el paisaje y las mujeres fueron tres de los temas esenciales en la obra de la escritora, cuyos cuentos se reúnen en Madrid, otoño, sábado

    Descripciones minuciosas del paisaje, situaciones en las que la fugacidad de la felicidad queda patente, las duras condiciones de la posguerra y los diferentes aspectos de la condición femenina a lo largo de los años resaltan como una constante en la literatura de Josefina Aldecoa (La robla, León 1926-Mazcuerras, Cantabria 2011). Madrid, otoño, sábado, que ahora publica Alfaguara, reúne todos los cuentos de la escritora desde 1961 al 2000, y a través de ellos se refleja, como si de un espejo se tratara, los cambios que fue experimentado su narrativa, en la que temas universales como la niñez, las esperanzas rotas o el amor son descritos con un realismo implacable.

    Ya en el primer relato, El niño y los toros, una historia de amos, señoritos y criados en una finca se respira el olor del campo en medio de un bosquecillo de adelfos. Tulipanes amarillos, acacias, gladiolos, pitas, sabinas, peonías, espinos y aromas frescos y dulzones de las frágiles rosas silvestres entran a rachas en casi todos los cuentos, da igual la época en se trate. Aldecoa deja constancia también del siglo que le tocó vivir con sus cambios y sus vaivenes. En esos primeros relatos, destacan la figura del indiano que retorna a casa, la revolución minera en Asturias narrada desde una minúscula zona rural en la que acentúan todas las diferencias sociales y las inquietudes de las jóvenes adolescentes en los años cincuenta. Cada historia se lee con constantes y sutiles referencias a la guerra civil. “Aquí quedó mucha miseria después de la guerra. Claro, sin hombres y con tanto chiquillo hambriento… pero lo peor fue antes mientras aquello duró. Hasta aquí llegaron las bombas. Hasta aquí que nada bueno había querido llegar antes…” o “en la guerra pasaba cada cosa… a mi mujer y a los chicos les pilló en un pueblo cerca de aquí, con unos parientes y estuve seis meses sin aparecer por allí de miedo, porque todos los días se preparaba algún sabotaje al coche de línea”, se lee en El cuarto oscuro.

    Los viejos domingos, uno de los relatos de la primera época, adelanta una cuestión que ha marcado toda la narrativa de esta escritora: la relación entre los personajes femeninos y la educación sentimental de la época:

    -“Algún día tendrás un cuarto a tu manera. Cuando ya no vivas en tu casa”, dijo tranquilamente Isabel.

    -“¿Quieres decir cuando me case?”, preguntó Sara.

    Isabel se quedó mirándola.

    -“No. Quiero decir cuando seas mayor y trabajes y te vayas a vivir a otro sitio”.

    Ese diálogo entre las dos amigas y lo que supone por la manera de entender las relaciones de las mujeres se convierte en algo recurrente en toda la obra de Aldecoa. Los cuentos reunidos en Madrid, otoño, sábado marcan dos líneas perfectamente diferencias que tienen que ver con la propia vida de la escritora. Los primeros relatos, reunidos en A ninguna parte iban firmados con el nombre de Josefina Rodríguez. Tenía 35 años, ya había nacido su hija Susana y dirigía el Colegio Estilo, fundado por ella y basado en la Institución Libre de Enseñanza. Los otros, incluido el Cuento para Susana (1988) forman parte de su segunda vida literaria tras la interrupción que supuso para ella la muerte repentina de su marido Ignacio Aldecoa. La España de las misas, las niñas de uniforme y la vida del campo dan paso a una narrativa en la que los personajes femeninos se van adueñando del relato y en el que el modelo de la mujer libre e independiente frente a la de corte tradicional y dependiente de su marido van evolucionado al compás de la sociedad. “Luis era un hombre fuerte, un eficaz hombre de negocios, con sus esquemas inamovibles , sus aptitudes tradicionales. Pero un buen marido y un buen padre”, se lee en Espejismos, un relato del año 2000.

    El cine como parte importante de la educación sentimental de una generación también tiene su reflejo en Happy end: “Era una época…Vivíamos tan aislados. Te acuerdas que de fuera no llegaban ni libros ni revistas. Y aquellas comedias que veíamos en el cine, hasta las más sosas, significaban mucho para nosotras. Los trajes, los peinados, aquellas casas. Todo frívolo pero tentador”, cuenta Cecilia, una de las protagonistas del relato. “¡Que diferentes éramos!. Tú querías estudiar, ser algo por ti misma”, prosigue Cecilia. “ Encontrar un hombre parecido a ti: un compañero. Yo quería un protector, una familia tradicional. Tener tres o cuatro hijos con mi John Wayne”. Las dos amigas se sienten felices en medio de tanta confidencia y ambas son conscientes de la fugacidad se semejantes momentos: “Lo único que tenemos de verdad”.

    domingo, 11 de diciembre de 2011

    Una tribu de letras (ANÁLISIS: ESPECIAL LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL)



    Superexcitados niños del siglo XXI se decantan por novelas de iniciación entre las secuelas de Harry Potter o las cuestiones pegadas a la vida. La literatura juvenil apenas sufre la crisis.


    Amelia Castilla - Babelia - El País
    Unos son partidarios de El señor de los anillos y otros flipan con Harry Potter. Hobitts o aprendices de magos en Hogwarts gritan y corren como descosidos. Claro que enamorarse de un elfo puede mitigar la soledad en el patio. La imaginación es un arma invencible, tanto que puede convertir el recreo en algo soportable, mientras los demás juegan y comparten bocadillos en el patio del colegio. No importa que cuchicheen a su lado o que los chicos se metan con ella. Bien pensado mejor epatar contando que su elfo le ha besado y que juntos se han ido a dar un paseo por el bosque. A veces, los amigos también juegan con ella a internarse en el bosque. Pero no resulta tan fácil para los menos soñadores, se empieza cerrando los ojos y concentrándose mucho. Mejor con la luz apagada y la puerta cerrada de la habitación. "He visto una fuente ¿estoy cerca?", grita uno de los que buscan, sin suerte, iniciarse en los mundos ocultos, mientras en el iPod suena la voz de Lennon en una versión de Imagine. El espacio de la cocinita lo ocupa ahora una mesa nueva donde hacer los deberes y en las estanterías, a las aventuras de Stilton y Kika Superbruja se van sumando tomos heredados de las aventuras de Los Cinco, el cómic Persépolis y la trilogía Memorias de Idhún, entre otros títulos. En el colegio ya han leído El Lazarillo de Tormes, el Quijote o La Eneida. Los besos con príncipes azules, las luchas contra dragones en un mundo mítico más unas dosis de intriga imprescindible, que en un momento dado les puede acercar a la novela negra, forman parte del imaginario literario de una buena parte de los lectores de entre 10 y 13 años. En esa edad, el 100% lee por estudios, un 82,6% lee en su tiempo libre y de ellos el 77,1% lo hace diaria o semanalmente, según el barómetro de hábitos de lectura del Gremio de Editores.
    En esa edad, en la que el cuerpo ya ha empezado a transformarse, su voz suena más grave y se sonrojan por cualquier bobada, un 48% lee revistas, un 26,7 tebeos y un 22,5% periódicos. "A los niños les gusta seguir las modas; la diferencia no resulta nada gratificante cuando estás creciendo. Ellos quieren lo mismo que sus compañeros y si se identifican con el personaje, cuando acaben con un libro buscarán la continuación", asegura Ester Blasco, profesora de Lengua del madrileño colegio Estilo.
    La adolescencia, en lo que tiene de cambio físico y psicológico, forma parte de la misma esencia literaria. Ahora se lleva un género híbrido compuesto por sagas interminables que suceden en submundos de leyenda con una épica con cierta reminiscencia de la Edad Media, aunque se trate de lugares inventados. Entre los alumnos de este colegio privado se cuentan los chicos que siempre tienen un libro de ficción en la mochila y los que no los tocan y, en este último caso, no se debe a falta de estímulos. Los padres, cuya economía aún no ha saltado por los aires, se apresuran a comprarles los títulos que piden, más lo que ellos creen que les vendría bien leer, pero ¿los leen? Por su experiencia la profesora lo duda. "Los buenos lectores devoran los libros, pero no creo que lleguen al 10%". Surgen también casos excepcionales de niños de primaria leyendo títulos como Rojo y negro o Caperucita en Manhattan.
    Como en otros aspectos de la vida, existen dos bandos bien diferenciados. Frente a los que no leen nada, emerge una generación que lee por todos los demás y un estadio intermedio, con un promedio de lectura de entre cinco y seis libros al año. En otro equipo juegan los que optan por una solución nueva y se quedan en el cómic, que para ellos tiene una recompensa inmediata a través de los dibujos y de un lenguaje exagerado. Expertos del sector editorial apuntan que en la fase siguiente, los jóvenes de entre 14 y 24 años el porcentaje de lectores baja al 68,9%. Una franja en la que el tránsito de una etapa a otra de la vida se hace más evidente y un tiempo en que las narraciones, cuyo desenlace lleva consigo la transformación del personaje, se leen como medicina para el alma. ¿Funciona entonces un término tan ambiguo como literatura juvenil? La librera Ana Escarabajal aconseja cualquier título que acabe por entregarlos en brazos de la literatura para adultos, en un abanico que abarca clásicos como El guardián entre el centenoEl niño con el pijama de rayas o una historia recientísima como Rumble de la dibujante Maitena, con todos los ingredientes para ser considerada como una novela de iniciación.
    En el otro lado, se ubica los que huyen de la lectura, casi un 40%. Estos últimos, aparentemente, se conforman con el ordenador y el cine, algo que acabará por pasarles factura. "La ausencia de lectura revierte en la escritura y el lenguaje, que son los elementos que conforman el aprendizaje. Llegarán a la universidad sin saber construir frases, carecerán de vocabulario y no sabrán expresarse", concluye la maestra de Lengua.
    Los hijos de padres lectores (8 de cada 10 de entre 6 y 14 años) leen una media de 3,3 horas semanales. Para ese círculo Harry Potter o El señor de los anillos juegan el papel que las aventuras de La isla del tesoro o las obras de autores como Julio Verne ejercieron sobre generaciones anteriores. Educados con la Wii o la Play Station, habituales del Rincón del Vago, habilísimos en manejar buscadores en Internet y acostumbrados a chatear, los jóvenes del siglo XXI necesitan novelas de aprendizaje que se pueden ver más que leer. Siguiendo esa máxima buscan lecturas donde pasen muchas cosas, y donde la cuestión sexual, con o sin resolver, ocupe una parte importante. La nueva literatura juvenil está a la altura de los tiempos que corren; más que divertir y formar se escribe para estimular al instante y en el momento. La educación tampoco se enfoca a potenciar la reflexión. Fuera de clase van sobrecargados de actividades paralelas. Forman parte del mundo de locura de los adultos. Sin tiempo para aburrirse.
    Todos los datos apuntan que la literatura infantil y juvenil sufre la crisis editorial con menor intensidad. Autores de éxito, como Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo, Christopher Paolini -su nuevo título de la serie Eragon, Legado, se puso a la venta en noviembre en Estados Unidos con una tirada de dos millones y medio de ejemplares y ahora sale en español con 100.000 copias - o J. K. Rowling, ayudan y mucho a que las cuentas cuadren a final de año. La publicación de novedades de algunos de estos autores de culto se rodea de una parafernalia animada por las redes sociales y las webs de las editoriales: información puntual del estado de la novela y los capítulos que van escritos, pormenores de los protagonistas, detalles de la nueva portada para, a medida que se acerca la fecha de salida, ir lanzando mensajes de "falta menos de una semana", "apenas un par de días"..., todo ello trufado con entrevistas e información de la vida del autor y, por supuesto, encuentros físicos de fans.
    Los datos en el sector resultan alentadores. Según el Gremio de Editores, un 12% de la venta se corresponde con el género infantil y juvenil, pero la facturación supone casi las tres cuartas partes del mercado interior. Los datos de 2010 sitúan las ventas en 228,23 millones de ejemplares. El precio medio de un título para adultos ronda los 12 euros frente a los 8,89 de los infantiles.
    El panorama actual todavía es consecuencia de revolución literaria que estalló en 1997, cuando la editorial Salamandra adquirió los derechos de Harry Potter y la piedra filosofal. Las aventuras del joven mago dieron un vuelco a las costumbres de los adolescentes. De las historias de poco más de un centenar de páginas con argumentos que contaban con el visto bueno y asesoramiento de profesores y psicólogos, pasaron a una saga de más de trescientas páginas por título. El éxito, como ocurre siempre, fue de los lectores, pero las editoriales no perdieron la ocasión de convertirlo en negocio. Leyeron los siete tomos de la saga de curso en curso -solo en España se han vendido seis millones de ejemplares y otros tantos en América Latina- y crecieron con el personaje; muchos agotaron con esa lectura su primera juventud y de ahí se entregaron a otros géneros.
    Con el éxito del joven mago creció también el poder del marketing como pieza clave del lanzamiento de los libros hasta el punto de identificar lo más vendido con lo mejor. Ahí mismo, las empresas creyeron descubrir un filón argumental en lo que se denomina como fantasy y que no ha parado de crecer desde entonces. Antonio Rodríguez Almodóvar, recopilador de cuentos antiguos, considera el fenómeno como literaturaprêt-à-porter. "Funciona porque hay mercado, pero no creará lectores, solo consumo ocasional. La literatura debe tener la pureza de lo espontáneo, no se puede diseñar. Todo se queda en pasarlo bien, no se trata de libros que formen". Entre tanto, las editoriales siguen debatiéndose entre el reino de los vampiros y la moda de lo políticamente correcto, centrada en la educación en valores.

    Góticos y épicos

    Temerario. El imperio de marfil.
    Naomi Novik. Traducción de José Miguel Pallarés. Alfaguara. Madrid, 2011. 481 páginas. 17,95 euros.
    El secreto de Lucia Morke / El secret de Lucia Morke.
    Inés MacPherson. La Galera. Colección Luna Roja. 257 páginas. 16,95 euros.
    El joven templario. Huérfano del destino
    Libro III. Michael P. Spradlin. Traducción de María Jesús Asensio. Bruño. Madrid, 2011. 298 páginas. 15 euros.
    El joven Sherlock Holmes. La joven desaparecida.
    Shane Peacock. Traducción de Susana Andrés. Almadraba. Madrid, 2011. 386 páginas.17,90 euros.
    Escuela de frikis. El examen final.
    Gitty Daneshvari. Ilustrado por Carrie Gifford. Traducción de Laura Manero. Montena. Barcelona, 2011. 282 páginas15,95 euros (electrónico: 10,99).
    El ladrón del rayo (Percy Jackson y los dioses del Olimpo)
    . Rick Riordan. Traducción de Libertad Aguilera Ballester. Salamandra. Barcelona, 2011. 288 páginas. 14,50 euros (tapa blanda: 12,50; novela gráfica: 136 páginas. 17 euros).
    Cielo Rojo.
    David Lozano Garbala. Ediciones SM. Madrid, 2011. 475 páginas. 17,95 euros.


    viernes, 9 de diciembre de 2011

    Juan Eduardo Zúñiga publica Brillan monedas oxidadas



    "A mi generación se le hizo una putada, y no distingo bandos"  

    AMELIA CASTILLA  -  Madrid 



    Zúñiga, en su casa de Madrid.- S. BURGOS


    "Pasarán años y, si vivimos, estaremos orgullosos de haber presenciado unos sucesos tan importantes, aunque traigan muchas penas y sean para todos una calamidad". Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929) no hace suyas las palabras de uno de los personajes de Largo noviembre de Madrid, uno de los libros de su narrativa sobre la Guerra Civil que, con Capital de la gloria La tierra será un paraíso, se han reunido ahora en un volumen Brillan monedas oxidadas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).
    Con voz suave, el escritor cuenta que se está separando de la Guerra Civil pero que nota una incomodidad vergonzosa: "Fue un episodio que no debía haberse producido; a mi generación se le hizo una putada, y no distingo bandos políticos, fuimos heridos para siempre. Resultó muy destructor en todos los sentidos. Un periodista griego que cubrió la contienda me dijo que nunca se había encontrado con tanto odio acumulado".

    Sus palabras resuenan en el salón de su casa, iluminado por el sol de otoño, junto al Retiro madrileño. Sus relatos huelen a miseria, zapatos desgastados, palabras de rencor y fracaso de las ilusiones. A Zúñiga no le interesaron los combates ni las trincheras sino el heroísmo cotidiano de las personas que permanecieron en la capital sitiada, bombardeada, acosadas por el hambre, la inseguridad, el frío y el contacto con la muerte. "En esas circunstancias se imponía el hambre, el miedo y el amor, el amor era incontenible, la gente estaba deseando amarse como fieras, como un destello de esperanza y de perspectiva de futuro", añade. La primera parte de la trilogía se publicó en los años ochenta y fue pionera en la recuperación de la memoria como elemento literario. También en esa década de libertad, tras la dictadura franquista, surgían, entre otros, nuevos títulos de Max Aub, Ramón J. Sender o Juan Iturralde, con Días de llamas, una novela que le arrebató.

    Los relatos reunidos ahora han sido revisados por el autor, aunque reconoce que los ha tocado poco, prestando atención acaso a una palabra, para aumentar su tensión con un sinónimo. "No suelo corregir, hago un monstruo y lo cuido bastante hasta que lo lanzo al mundo, a partir de ahí no me pertenece, pero cargo con la responsabilidad de los errores. No soy como los poetas, que siempre andan corrigiendo". Con su pantalón de pana, el jersey, el chaleco y esa barba de medio pelo que le da un aire de genio de épocas olvidadas, Zúñiga apunta que la escritura exige soledad y mucho tiempo; lo notaba especialmente en su juventud, cuando se juntaba con amigos y el pensamiento se le iba al tema en el que estaba trabajando. "Se trata de una vocación muy exigente, esa tensión en crear banalidades que, como dice Borges, consiste en inventar historias que no son verdaderas".

    A la serie de 35 relatos sobre los personajes que vivieron bajo las bombas en el Madrid asediado, una agonía larga y cruel, le ha sumado ahora dos relatos inéditos, Caluroso día de julio e Invención del héroe. El primero arranca con un muchacho leyendo cuentos de amor romántico, en el primer día de la sublevación militar. De pronto le atrae un gran ruido en la calle y desde el balcón ve pasar camiones cargados de hombres que agitan en alto fusiles y banderas y cantan a voz en grito. Se trata de una metáfora de la adolescencia pero ¿podría ser su primer recuerdo del niño de la guerra que él fue? "Esa figura no soy yo, se me ocurrió ese cuento que es como si ese choque en un adolescente, entre la vida familiar tranquila y un atisbo de que puede haber una revolución, produjera una madurez en su conciencia".

    En los poéticos y enigmáticos cuentos de Zúñiga emerge Madrid como un personaje más: "La ciudad queda impregnada de los propios altibajos, la mentalidad y la sensibilidad de uno, como si fuera un ser vivo", cuenta el autor. Que el paisaje se haya convertido en una sinfonía de su narrativa se lo debe a la novela rusa. Lo aprendió de niño, cuando contaba 12 años y encontró un folleto que alguien había colado tras la verja del jardín de la casa de sus padres: "Se trataba de una novela de frustraciones amorosas, era la primera vez que leía algo de adultos, luego me enteré de que estaba escrita por Iván Turguénev. A partir de entonces mis ojos interiores se orientaron hacia esa narrativa, una narrativa que ya ha desaparecido, pero entonces había mucha demanda, los lectores eran muy apasionados y los escritores contaban con mucho prestigio, un poco como si fueran tipos proféticos. Esa cualidad se ha perdido, ningún escritor intenta ya ser profético", concluye con humildad.

    jueves, 17 de marzo de 2011

    Última clase de literatura y pedagogía








    vídeo EFE

    El mundo de la literatura y de la docencia está apesadumbrado. Josefina Aldecoa (La Robla, León, 1926) falleció ayer mientras dormía en Las Magnolias, su casa de Mazcuerras (Cantabria) donde vivía retirada, debido a su delicada salud. Su única hija, Susana Aldecoa, apenas acertó a decir que se trataba de uno de los días más tristes de su vida. Toda su carrera se desenvolvió entre la narrativa, que buscó retratar el intimismo y el costumbrismo de la España de los últimos 60 años con títulos como Historia de una maestra, y la dirección del colegio Estilo, que fundó en 1959 en Madrid en pleno franquismo siguiendo las normas educativas de la Institución Libre de Enseñanza. Sus alumnos siguieron ayer atentos las clases de lengua y matemáticas como a ella le hubiera gustado. Sus restos serán incinerados esta tarde a las siete en Santander, en la intimidad.En Las Magnolias, muy cerca del jardín, en una pequeña casita, anexa a la residencia familiar, Josefina había hecho trasladar algunos de sus objetos más queridos. Allí junto a la vieja máquina de escribir, parte de su biblioteca, cuadros y algunas de las revistas de la época, en las que publicaba cuentos junto a su marido Ignacio Aldecoa, se sentía realmente a gusto. Pese a la enfermedad que le privó de muchos de sus recuerdos, Josefina siguió escribiendo pequeñas historias, relatos fantásticos que muy poco tenían que ver con su literatura tan pegada a la vida y a la sensibilidad de las mujeres.
    No resulta fácil ocultar a los niños las malas noticias. Las lágrimas de algunas profesoras, las caras de tristeza y los teléfonos que no dejaban de sonar les pusieron sobre aviso, pero mantuvieron el tipo como ella les enseñó día a día. Muy pocos conceptos fundamentales se han modificado en su escuela. En los tiempos de Internet, los alumnos siguen estudiando sin libros de texto y son ellos mismos quienes ilustran sus cuadernos. Nieta, hija y madre de maestra, la escritora solía decir que la educación es lo único que puede cambiar a las personas.
    Estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía, pero nunca sospechó que acabaría en el patio de un colegio. Amiga de Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Buero Vallejo, Luis García Berlanga y Alfonso Sastre, se inició en la literatura muy joven. Fue precisamente la amistad con la pandilla lo que la impulsó a crear el colegio. Los amigos comenzaban a tener hijos en edad escolar y ninguno deseaba para sus vástagos ni la ideologizada escuela franquista ni la educación religiosa. En un chalé alquilado en la colonia del Viso empezó a los 33 años su carrera como pedagoga. Los últimos 50 años los pasó rodeada de niños, los vio crecer, enamorarse, volver con sus hijos al colegio y hasta enterró a alguno de ellos.
    Josefina Rodríguez, como rezaba en las tarjetas del colegio, fue Josefina Aldecoa por decisión propia, al fallecer su marido, el escritor Ignacio Aldecoa en 1969 de un infarto. Así firmó todos sus libros. "Cuando falleció Ignacio para la gente seguía siendo la Aldecoa; por eso, y también como homenaje decidí adoptar el apellido", contó en una entrevista. La muerte de su marido la sumió en una depresión tan fuerte que durante años dejó de lado la literatura, una carrera en la que ambos habían arrancado juntos. En ese tiempo se refugió en el colegio y reapareció en 1990 con Historia de una maestra, una novela precursora de lo que luego se ha conocido como la memoria histórica. El manuscrito ya había sido rechazado por un editor antes de que Jorge Herralde (que finalmente fue su editor) le expresara sus dudas sobre el futuro de una novela de esas características. "Hubo una etapa de silencio sobre el pasado que fue como una cura de muchas cosas que nos habían ocurrido; para entender una literatura hay que entender el contexto histórico en que se ha desarrollado. Algunos escritores y críticos de los setenta despreciaban el realismo, y tuvimos que esperar a los noventa para que se produjera una reacción justa, de reflexión y memoria", contó años después cuando la novela, inspirada en la vida de su madre, una maestra en los años de la Segunda República, se había convertido en un éxito que todavía colea. La novela se ha convertido en un referente de la educación.
    El pasado 8 de marzo, día de su cumpleaños, la autora de Los niños de la guerra recibía la medalla de la Igualdad que entrega el Ministerio de Sanidad, pero ya no pudo recogerla. Fue el último homenaje de reconocimiento a una mujer cuyo legado literario y pedagógico permanecerá.

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