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domingo, 29 de mayo de 2011

Antonio Colinas (podcats de RTVE)


Tras la resaca del Día del Libro y del Premio Cervantes, hay algunos que queremos más. Por eso nuestro tren se pone en marcha con el recuerdo de uno de los grandes, el poeta chileno Gonzalo Rojas . Por suerte, otros maestros de la palabra siguen con nosotros, es el caso de uno de los escritores más significativos de nuestro país, Antonio Colinas ; con él repasamos toda su carrera. Hablamos de los bestsellers con un maestro del éxito, Javier Sierra y su Ángel Perdido . Y por supuesto, os regalamos libros perdidos si estáis atentos a rescatarlos.

Antonio Colinas

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Antonio Colinas: «La poesía puede sanar y salvar»

El escritor publica su «Obra poética completa», compendio de cuarenta y cinco años de trabajo

ABC - MANUEL DE LA FUENTE / MADRID

Día 24/02/2011

Quizá muy pronto sólo sea cosa del pasado, de un pretérito que a este paso se va antojar pretérito perfecto, pero a los 65 años llegaba la hora del retiro, del descanso. Esos son exactamente los años que acaba de cumplir Antonio Colinas hace menos de un mes. Pero ni entonces ni ahora, el poeta se jubila, el poeta sigue a pie de obra, a pie de su «Obra poética completa» que el autor de «Sepulcro en Tarquinia» publica en estos días en Siruela, resumen, como él dice de «casi 45 años de poesía vivida, de vida ensoñada, de fidelidad a una voz, a una vocación».



—«Los tiempos están cambiando» nos dejó dicho (o mejor, cantado) Bob Dylan. ¿Desde que usted escribía sus primeros versos, cree que la poesía ha cambiado mucho?



—Creo que sí, aunque llevamos cinco o seis años que la nueva poesía parece haber recuperado de nuevo su libertad expresiva y temática: se vuelve a lo metafísico, regresa la cultura de sentido vivificador (la meramente «culturalista»no me interesa hoy), regresan otras sensibilidades, el poema se intensifica y es menos plano. Respecto a los cambios dentro de mi obra, basta con apreciar la diferencia que media entre un libro como «Preludios a una noche total» y «Truenos y flautas en un templo» o «Sepulcro en Tarquinia», entre «Noche más allá de la noche» y «Libro de la mansedumbre». No hay un solo Antonio Colinas, como a veces se afirma en función del gusto de cada lector, sino ese ir «paso a paso» en el tiempo, como dijo María Zambrano de mi obra. Cada uno de mis libros tienen una justificación plena.



—¿Y la «inmensa minoría» de los lectores de poesía ha cambiado?



—Es obvio que hoy se edita más poesía y que también se lee más. Esto en principio es bueno, pero esa «inmensa minoría» está sometida hoy a otras amenazas, como la de un predominio invasivo de la imagen o de los nuevos medios. Existe el riesgo de que el poeta se olvide de la palabra poética, de ese momento del escritor en la soledad de su cuarto frente a la página en blanco. Por eso a mí me gusta decir últimamente que, ante todo, ser poeta es una manera de ser y de estar en el mundo; siempre hay en la poesía una búsqueda de la palabra nueva, un mensaje a contracorriente.



—Al volver sobre los libros de hace años, ¿qué ha sentido indulgencia, cariño, orgullo, satisfacción?



Diría que sobre todo cariño. Como le dije antes, encuentro justificación para esos 16 libros que he escrito, tenga cada uno de ellos más o menos valor. Escribirlos ha sido un proceso muy unido a mi vida, aunque no siempre el poema refleja la vida; el poema metamorfosea la realidad, la enriquece y trasciende. Por eso me reconozco en el sentir y en el pensar de mis libros, pero a la vez en ellos se da una transformación, que procuro sea fértil, de la realidad.



—«Lo que permanece lo dictan los poetas», recuerda usted a Holderlin. Aunque quizá el propio autor no sea la persona más indicada, ¿qué cree usted que ha fundado dentro de nuestra lírica, de nuestra cultura?



Comprendo muy bien la afirmación de Hölderlin. Antonio Machado nos lo dijo de otra manera: poesía debía ser ante todo «palabra en el tiempo»; es decir, palabra no sólo de hoy sino también del ayer y del mañana. La poesía verdadera está traspasada de intemporalidad. Como digo en uno de mis poemas, el verso debe ser «esa roca que vence a toda muerte». He hecho por ello lo posible porque mi poesía estuviese en esta linea de intemporalidad, pero sin renunciar a lo que yo llamo la realidad-realidad, al testimonio, que madura de una manera ahondadora en mi largo poema «La tumba negra». He apostado porque nuestra poesía tuviese una nueva sensibilidad, un nuevo lenguaje, pero eso sí siendo fiel en todo momento a mi propia voz. Creo que ésta se puede apreciar allá donde se abra cualquiera de las 965 páginas de este volumen.



—Ritmo, emoción, sentimiento, conocimiento...¿cuáles son para usted los colores con los que a su juicio se debe pintar un poema?



—Por supuesto comparto los cuatro. El ritmo del verso para mí es esencial, lo prioritario. De ahí también el sentido órfico, musical de mis poemas. En todo momento el lector debe distinguir lo que es un poema de lo que, engañosamente, sólo puede ser prosa cortada en trozos que simulan versos. Por eso el ritmo es lo prioritario. Luego, pienso que el poema ideal es aquel en el cual el poeta siente y piensa en igual medida. Sin pensamiento no habría gran poesía, de Fray Luis de León a Hölderlin, de Dante a Leopardi. Pero la emoción es también primordial en el poema. Cuando leemos un poema algo se debe “revolver” en nuestro interior. No hay poema sin conmoción.



—«Alguien nos dicta el primer verso», escribe. ¿Así que existen las musas, la inspiración, no todo es trabajo?



—Es una idea sugestiva. Desconfío de la palabra «inspiración», pero en mí el primer verso surge de un misterioso estado de equilibrio. Alguien nos regala ese primer verso y nosotros después continuamos el poema. Ya he contado un par de experiencias al respecto: cómo nació ese primer verso de mi poema «La tumba negra»tras visitar la tumba de Bach en Leipzig, o cómo después de tres años de silencio brota el primer verso de mi libro «Tiempo y abismo» al día siguiente del funeral de mi padre. Sí, hay ese misterio inicial, pero luego viene el trabajo.



—En tiempos de crisis, la poesía un bálsamo o una bandera



—Un bálsamo sobre todo. Últimamente también he escrito que la poesía puede sanar y salvar un poco al que la escribe y al que la lee. Sobre el poder sanador de las artes en general ya ha hablado sobradamente la psicología profunda. Comprendo que hay tantas Poéticas como poetas, pero en mí la poesía fluye de y hacia esa idea de «armonía» que he dejado fijada en mis «Tres tratados de armonía»; una armonía que viene, eso sí, después de la prueba, de la dificultad. La armonía no es un estado de escapismo o de ataraxia.



—Cultura, siempre sinónimo de vida.



—Por supuesto. La experiencia de ser y la experiencia de crear van para mí profundamente unidas. De ahí que el proceso de la escritura nos recuerde mucho lo que Jung reconocía como «proceso de individuación», es decir, aquel que nos lleva a cada uno a ser en la vida lo que debemos y tenemos que ser. No comprendo cómo se puede alzar un muro entre vida y obra. La poesía es consustancial a la vida, lo que sucede es que hoy hemos tendido a “intelectualizarla” en exceso. No es posible un mundo sin poesía; ese día el ser humano sería otra cosa que humano.



—Acabo de teclear Antonio Colinas en Google. Aparte de su web, me aparecen 59.500 resultados de búsqueda. ¿Esto le asusta, le emociona? La poesía será minoritaria, pero en la red funciona bastante bien.



—Esto que usted me dice me lleva a lo que yo llamo «sintonía con el lector anónimo o secreto». A mi entender, no hay satifacción mayor para el escritor que la sintonía con ese lector que no tiene poder, que no decide, que no influye, pero que en China o en México ha entrado en comunicación con nuestros poemas. Esa comunicación, sí, es un factor que internet ha facilitado. Es asombroso siempre la universalidad del fenómeno poético. Él también nos permite seguir teniendo esperanza en este mundo.

La casa como cruce de caminos

La vivienda de Antonio Colinas en Salamanca ocupa el antiguo solar de un convento muy ligado a la vida de fray Luis

J. RODRÍGUEZ MARCOS 28/05/2011


Más que en una mesa, Antonio Colinas trabaja en un cruce de caminos. En la pared, la pintura de un eccehomo que perteneció al abuelo de su mujer; sobre la mesa, un busto de Dante, un "budita" comprado en un rastro en China y la talla de una diosa púnica traída de Ibiza, la isla en la que el poeta pasó 21 años después de vivir en Italia. La tradición cristiana y la oriental, el Mediterráneo y el noroeste peninsular confluyen en la vivienda salmantina de Colinas (La Bañeza, León, 1946) tanto como en sus versos, recopilados recientemente en Obra poética completa (Siruela). Desde la ventana del escritor leonés, en un sexto piso, se ve un parque y la iglesia de Sanctis Spiritus. El solar que ocupa su casa, cuenta, lo ocupó siglos atrás el convento en el que vivía la monja para la que fray Luis tradujo el Cantar de los cantares, traducción que terminaría llevándole a la cárcel. Poeta y traductor también, Colinas se afana en estos días en verter al castellano una selección del Zibaldone de Leopardi. En su mesa, el original italiano de esa antología, Le Passioni, convive con un cuaderno de tapas negras en las que anota lo que podría ser en el futuro su cuarto Tratado de armonía. El año pasado reunió en un volumen publicado por Tusquets los tres primeros, una síntesis de géneros y mundos parecida a esta habitación misma.


Dice Antonio Colinas que no se considera bibliófilo: "Valoro un libro más por el autor que por la edición". A veces, no obstante, coinciden ambos amores. Por eso conserva en estantería aparte una primera edición de Campos de Castilla, de Antonio Machado, y otras de Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda. El poeta chileno, además, aparece a su lado en una fotografía junto a otras de autores a los que el autor de Sepulcro en Tarquinia ha ido tratando a lo largo de su vida: de Ezra Pound a Pablo García Baena pasando por Miguel Ángel Asturias o Rafael Alberti. Varios de ellos están colocados en columna junto a otros que han viajado con el poeta en cada mudanza: Hermann Hesse, Azorín, Rilke, el propio Machado. ¿Añadiría hoy alguno? "A Celan, Trakl, Seferis, Cavafis -algún mediterráneo, sí-, Miguel Torga, Claudio Rodríguez". El resto de las paredes de una casa plagada de libros de poemas y ensayos sobre mística, Grecia y Oriente lo ocupa un puñado de dibujos y grabados de artistas muy pegados a la vida del escritor: Barry Flanagan, amigo de los años de Ibiza, Perejaume, Agustí Puig, Pere Alemany... A su lado, un grabado de Miró con un texto de María Zambrano que la pensadora le regaló y dedicó un año antes de volver del exilio, en 1984. Filosofía y poesía: de nuevo, caminos que se cruzan.

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